Democracia

14, May 2012

El grito y el argumento

Cielo de Grito

El grito cabe en la democracia como cabe el aplauso. Sólo los defensores más ilusos de la democracia deliberativa pueden imaginar una ciudadanía que sólo participa en los asuntos públicos escuchando imparcialmente argumentos, ponderando científicamente razones, hilvanando juicios para la persuasión de un auditorio ecuánime. El diálogo democrático no es una conversación con café y galletitas: es un encuentro y muchas veces un encontronazo de valores, ideas, intereses y pasiones. Más que el hallazgo de la conciliación a través del coloquio, es una enemistad a duras penas amaestrada: rivalidad contenida.

Si tachamos las consignas como acto antidemocrático, deberíamos hacer lo mismo con las porras. El repetir alabanzas al candidato es tan democráticamente cuestionable como corearle maldiciones. Ambas cantilenas son vehemencia hermética que se hace oír por los decibeles que alcanza y no por los razonamientos que construye. Repetición irreflexiva e impetuosa de una simpleza. Que las porras y las consignas sean boberías, una violenta agresión al juicio literario no significa que sean irrelevantes o, peor aún, peligrosas. Que no alcancen estatura de argumento, que se satisfagan en la reiteración y en el ruido no quiere decir que sean ajenas a la vida democrática. El debate en democracia nunca será un pulcro intercambio de razones porque la política no es un territorio esterilizado donde rivalizan los silogismos en busca de la verdad. Toda política enciende entusiasmos y remueve abominaciones, genera esperanza y provoca temor. Al lado de los argumentos hay gritos; las razones no suprimen los prejuicios; la reflexión individual y las obsesiones colectivas se entrelazan y se confunden.

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17, Ene 2012

Rosanvallon sobre el populismo

La democracia, dice Pierre Rosanvallon, descansa en una paradoja: exalta al pueblo pero repudia la palabra que deriva de él: populismo. "Del fundamento positivo de la vida democrática se deriva un término negativo. Se execra el populismo en tanto que se exalta el principio de la soberanía del pueblo. ¿Qué encubre sospechosamente esta paradoja?" El discípulo de Furet y de Lefort examina esa paradoja en un artículo interesante que David Pantoja ha traducido para Este país. La democracia es un mirador extraordinario para comprender la democracia. El populismo es una respuesta a las preguntas que la democracia plantea. De ahí su vigencia: "¿acaso el siglo xxi no está en vías de convertirse en la era de los populismos, como el siglo xx fue la de los totalitarismos?"

Para Rosanvallon, el populismo depende de tres simplificaciones: 

  1. Considerar al pueblo como un sujeto evidente, que está definido simplemente por la diferencia con las élites. 
  2. Considerar que el sistema representativo y la democracia en general están estructuralmente corrompidos por los políticos, y que la única forma real de democracia sería el llamado al pueblo, es decir, el referéndum, y 
  3. Considerar que lo que cohesiona a una sociedad es su identidad y no la calidad interna de las relaciones sociales. Una identidad que está siempre definida negativamente, a partir de una estigmatización de aquellos a los que hay que rechazar.

Frente a estas simplificaciones, hay que abrazar la complejidad.

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14, Mar 2011

Walzer sobre Libia

Michael Walzer escribe sobre la posible intervención en Libia y rescata para su argumento una idea de John Stuart Mill. Si la democracia depende de los ciudadanos, nadie más que ellos pueden fundarla. La democracia no puede ser otorgada y mucho menos impuesta desde fuera. La comunidad internacional debe respaldar a los rebeldes pero no debe ir más allá. 

Norman Geras cree que el argumento de Walzer es inconsistente. Walzer le responde a Geras. 

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16, Abr 2010

Michael Walzer sobre los relevos políticos

Michael Walzer publica una notita interesante en Dissent sobre la prueba del relevo político. Contrasta la ejemplaridad de la sucesión polaca con el empeño de los populismos latinoamericanos de posponer o impedir la alternancia. Bajo la retórica reinante, imaginar el relevo es contrarrevolucionario. El relevo es una prueba esencial de la democracia. Las elecciones son fundamentales pero entre cada evento, debe prevalecer el debate y la libre organización de la protesta.

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26, Oct 2009

El anhelo democrático

Keane - Democracy John Keane ha puesto en librerías un tabique sobre la historia de la democracia. La vida y la muerte de la democracia, lo titula. Un librazo de casi un millar de páginas que cuestiona la tesis predominante de que ese régimen es una planta occidental que viajó de Atenas a Westminster para esparcirse a todo el planeta. Muchas son las raíces culturales de la democracia, sugiere Keane. En Sumeria, India y Afganistán pueden detectarse brotes del impulso democrático. Todas esas raíces coinciden hoy en un mismo anhelo: la democracia es el ideal universal. John Gray, el liberal-reaccionario-antihumanista, difiere: el deseo de la democracia está lejos de ser planetario. Concluye Gray:

La democracia tiene muchos rasgos valiosos. No solamente permite que los gobiernen cambien sin violencia, también obstruye la corrupción. Las elecciones competitivas limitan la tendencia de las élites políticas para coludirse con el privilegio. Más allá de los dispositivos de representación, la democracia de los controles puede tener un papel importante en vigilar constantemente los gobiernos. Pero la democracia no está libre de peligros. Demasiado control puede ser una receta para la parálisis. Por eso la mayoría en todos los países se resiste a idealizar la democracia. Más que nada, quieren que los gobiernos sean eficaces para proteger sus intereses. La democracia es apenas uno de ellos, y normalmente es apreciado instrumentalmente, más que por su propio mérito. Sólo en el salón de clase, donde los costos y riesgos pueden ser ignorados, la idea del gobierno de nadie puede ser tomado en serio. Cuando hay asuntos vitales y prácticos en juego, el realismo de Weber se confirma. La democracia puede lograr muchas cosas, pero la abolición del dominio humano no está entre ellos.

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08, May 2009

Como en San Lázaro

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28, Ene 2009

La democracia y el poeta

Whitman2

La palabra democracia se sella en prensa todo el tiempo pero su sentido sigue durmiendo. Nadie ha despertado aún la palabra tendida en tantos papeles. Una gran palabra y sin historia. La vida de sus sílabas está todavía por delante. Walt Whitman escribía esto en 1871 en sus Perspectivas democráticas. El tono de este ensayo exuberante es ácido, pesimista. La democracia proclamada no ha alumbrado aún al demócrata. El progreso material que el poeta advertía en el paisaje norteamericano contrastaba con una sociedad desalmada y vulgar. Una sociedad artísticamente estéril, espiritualmente desolada.

Whitman - Democratic vistas Las rejillas de la democracia institucional resultan ruindades para Whitman. Si recomienda la participación en la política pide al mismo tiempo distancia de los partidos. Serán útiles, quizá necesarios pero son brutales instrumentos del cinismo. Los traficantes de votos, esos salvajes partidos de lobos, lo escandalizaban. Los clubes políticos, crecientemente pendencieros e intolerantes, no obedecen otra ley que su interés. Pero ahí, en el mercado de los votos no estaba la democracia de Whitman. “¿Soponías, mi amigo, que la democracia era solamente para elecciones, para la política y para el nombre de un partido? La democracia tendría valor solamente en la medida en que pudiera ser escuela del genio. La tarea del gobierno no era legislar o castigar. El propósito del poder en “tierras civilizadas” era entrenar individuos para que pudieran gobernarse a sí mismos. Pero era mucho más que eso y no se limitaba en modo alguno a las funciones cívicas. La democracia para Whitman era el desenlace de una aventura cósmica: el largo trayecto de la humanidad hasta… Walt Whitman.

La emoción democrática de Whitman se encuentra por ello en su poema vital, antes que en su tentativa sociológica. En las palabras introductorias a Hojas de hierba ubica la majestad de Estados Unidos en el hombre común. Nuestra grandeza no está en los presidentes, las legislaturas ni en los embajadores, sino en el hombre sencillo de la calle o la granja. Ahí, en el hombre normal duerme el Gran Poeta. Por eso invoca a la democracia como cuna del verdadero genio. El poeta se vuelve de este modo, la llave del mundo. Sin su palabra, las cosas serían grotescas, ridículas, desquiciadas. Ese poeta del cuerpo y del alma es el gran árbitro, quien imprime proporción al mundo, quien pone las cosas en su sitio: un juez que no sentencia como un juez, sino como el sol cayendo sobre una piedra. El poeta norteamericano acoge continentes, alberga todas las razas, encarna la geografía, la vida natural, los ríos y los lagos. Sólo la camaradería de la sociedad democrática permite el alumbramiento del prodigio poético.

El régimen democrático, atmósfera más espiritual que política, no es para Whitman producto del ingenio sino conciliación con la naturaleza. El mundo natural despliega por todas partes lecciones de variedad y libertad que la política debe aprender. Sólo de la diversidad y de la autonomía puede brotar el artista. La democracia se vuelve una maceta para la irrupción mística del héroe: el creador que se contradice porque contiene multitudes. No es Walt Whitman, el redactor del Canto a mí mismo, sino su personaje, el hermano de Dios, quien culmina la aventura cósmica. Tras la era meteorológica, el tiempo vegetal y, luego, la era de las bestias. Finalmente, el tiempo del hombre y, en su cumbre espiritual, el hombre democrático. El universo recogerá al final de sus peripecias milenarias una recompensa definitiva: el poeta, su amante perfecto. Lo dice Whitman en el prefacio de Hojas de hierba:

Esto es lo que debes hacer: ama a la Tierra y al Sol y a los animales, desprecia las riquezas, da limosna a quién te la pida, defiende al tonto y al loco, dedica tu dinero y tu trabajo a los demás, odia a los tiranos, discute sin preocuparte de Dios, sé paciente y tolerante con la gente, no te quites el sombrero ante nada conocido o desconocido ni ante ningún hombre o grupo de hombres. (…) Cuestiona lo que te han dicho en la iglesia, en la escuela o cualquier libro, desecha lo que sea un insulto para tu alma y tu misma carne será un gran poema.

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02, Nov 2008

Exigencia, aspereza, civilidad

La elección ha empezado a terminar. Los candidatos cierran su argumento, aparecen encuestas de víspera, los medios se pronuncian. Los votos comienzan a fluir. Ciudadanos que viven fuera del país y algunos adelantados han votado ya. Después del largo maratón se ve ya el listón de llegada. Ambos finalistas son sorpresa. Al principio del recorrido, pocos habrían apostado por ellos. En los dos partidos, una especie de forastero le arrebató la candidatura a la estructura. En el Partido Demócrata todo indicaba que la heredera del aparato clintoniano obtendría con facilidad la candidatura. En el otro lado, se perfilaba algún personaje más joven, ligado a la vertiente religiosa del conservadurismo republicano. Dos sorpresas que ratifican la democrática imposibilidad de lo infalible.

Repasando la historia reciente, puede verse el proceso del 2008 como una muestra oportuna de la vitalidad de la democracia norteamericana. Se ha puesto de moda la denuncia de ese régimen como política de circo y de dinero; un sistema político subordinado al espectáculo y a la compraventa de poder. El proceso que concluirá este martes da cuenta de la aptitud oxigenante de la democracia norteamericana. La ardua construcción de las candidaturas, la reaparición del entusiasmo político, el involucramiento de nuevos electores, la combinación de tecnologías flamantes y enredadas normas tradicionales, la solidez de los partidos políticos como depósitos de orgullo colectivo y cementos de lealtad institucional, el riguroso examen de la prensa, el rudo combate entre los contendientes, la presencia de dos candidaturas que encarnan valores compartidos—el heroísmo del combatiente de guerra y el adelanto de una minoría excluida—retratan la vivacidad democrática en los Estados Unidos.

Destaco tres elementos que brincan a los ojos de un observador mexicano: el rigor con el que se prueba a los pretendientes, la rudeza de la batalla y la resistencia de la civilidad. El largo camino a la Casa Blanca está cargado de retos y de pruebas. Barack Obama ha tenido que demostrar que, más allá del encanto de su oratoria hay sustancia, que bajo su piel emblemática, hay temple. Por su lado, John McCain ha debido dar cuenta de su relación con el presidente más impopular de la historia reciente y ha visto examinada con lupa toda su carrera legislativa y sus decisiones como candidato. La prensa, la tradicional y la nueva, ha jugado un papel extraordinariamente valioso al mostrar, al cuestionar, al denunciar. Otros sistemas democráticos tienen su forma de probar la madera de sus liderazgos, dudo que exista país en el mundo que, durante el episodio electoral, someta a los suyos a exigencias mayores.

La campaña ha sido ruda. Un ir y venir de ataques. Algunos han dado en el blanco, otros no han tenido ese tino. La campaña de los Estados Unidos muestra las bondades de la negatividad. Nadie se extraña aquí de la legitimidad de una estrategia de acusación. Se le valora sensatamente por la validez de sus fundamentos y por sus resultados. Ambos candidatos han recurrido a la estrategia negativa. La temporada reciente demuestra que la denuncia del adversario es una estrategia válida, riesgosa y útil. Es válida porque una campaña—como el nombre revela—no puede eliminar su belicosidad. Una contienda electoral no es, como quieren nuestros paternalistas defensores de las buenas costumbres–aterciopelada exposición de ideas; es también una disputa áspera, inclemente. Es riesgosa porque puede ser contraproducente. La bofetada que no da al cachete del enemigo regresa a la cara del agresor. Pero es, sobre todo útil: le ofrece información a la gente; es la gente la que decide si el ataque es razonable y fundado.

La denuncia, como es natural, ha sido el principal recurso de quien ha estado abajo en las preferencias. McCain no ha dudado en usar las técnicas que algún día abominó para bajar del pedestal a su adversario. Los ataques han sido duros. Es cierto: ha habido reproches severos e insinuaciones infames pero, bajo el cruce de los puñetazos, se ha mantenido durante toda la campaña cierta plomada de civilidad. Una inocultable liga de respeto une al viejo soldado y al carismático orador.

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13, Jun 2008

Monumento a la democracia

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Unos se inspiran en el Ché Guevara para rendir homenaje a la democracia; los otros pretenden ensalzar nuestra barbarie como riqueza “intangible.”

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