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18, Ene 2019

Escribir dibujando

Mi oficio no tiene nombre, dijo alguna vez Abel Quezada. “No puedo decir que soy ‘caricaturista’ porque no sé hacer caricaturas propiamente dichas. No puedo decir que soy ‘cartonista’ porque esta palabra —bastante fea— viene del inglés cartoon y —otra vez— no indica exactamente lo que hago. Yo hago textos ilustrados. La gente les llama ‘cartones’, pero para definir mi profesión a mí me gusta decir que soy dibujante”.

Si pudiera volver a nacer, dijo, volvería a ser dibujante, pero un mejor dibujante de lo que soy. Dibujar es un placer que pocos conocen, insistía. Una herramienta para hacerse entender, otro idioma. Un tic. “Comencé a dibujar desde que era niño y lo he seguido haciendo durante todos los días —casi todas las horas de mi vida. Dibujo cuando estoy solo y cuando estoy acompañado. Dibujo cuando hablo por teléfono y dibujo cuando en los restaurantes converso con una persona”. Sus textos ilustrados ejercen el derecho a la mentira. Los hombres verdes, esos raros dotados del placer del dibujo, tienen ese privilegio: “La mentira es el arte. La verdad puede dejarse para los contadores. Las grandes obras de arte son enormes, bellas mentiras. La verdad es sólo una de las materias primas con que se hace una mentira”.

El artículo completo puede leerse en nexos de enero.

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31, Dic 2018

Nueces del 2018

El Pueblo contra la democracia, el trabajo de Yascha Mounk sobre el populismo, es seguramente el libro de teoría política más importante del año. El más comentado, el más discutido. Recientemente Paidós lo ha traducido al español. El profesor de Harvard identifica en el texto los orígenes del populismo y las razones de su seducción. Advierte igualmente los peligros que encierra esa pretensión de ejercer el monopolio moral de la representación política al encarnar a un pueblo siempre unido, bueno y sabio. Podría decirse, que el trabajo se queda, sin embargo, en las nubes de la teoría. En un artículo reciente publicado en el Atlantic que ha firmado junto a Jordan Kyle, Mounk intenta analizar objetivamente el desempeño de los gobiernos populistas contemporáneos. ¿Son eficaces? ¿Consiguen lo que prometen?

La pregunta es importante. Después de todo, las cuatro democracias más pobladas del mundo son gobernadas hoy por populistas: Modi en la India; Trump en Estados Unidos, Widodo en Indonesia y Bolsonaro en Brasil. ¿Cuál es en realidad el desempeño de los liderazgos y movimientos populistas en el mundo? ¿De qué manera puede contrastarse con políticas que no lo son? Mounk y Kyle identificaron cuarenta y seis dirigentes populistas en el mundo en treinta y tres países democráticos de 1990 hasta ahora. El primer resultado es claro. Los populistas son eficaces para conservar el poder. Los gobiernos populistas duran en el gobierno más del doble de tiempo que sus rivales. Su permanencia puede ser prueba de su respaldo. Sin embargo, los estudiosos advierten que solo una minoría de esos líderes deja el poder tras el castigo de los votos y que muchos prolongan su mandato tras alterar las reglas de la competencia. Lo más relevante, sin duda, es qué es lo que los populistas hacen con el poder. ¿Provocan efectivamente un deterioro institucional? ¿Aportan legitimidad? ¿Refrescan el pacto entre sociedad y gobierno? Las conclusiones de Mounk y Kyle no son alentadoras. Cerca de la mitad de los gobiernos populistas reescriben las reglas para debilitar los contrapesos y restringir el disenso. Tampoco son particularmente exitosos los gobiernos populistas en la lucha contra la corrupción. Si ofrecen sacar a sus países del pantano de la corrupción, suelen enlodarlo aún más.

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Pregunta John Gray: ¿Por qué será que los liberales siguen leyendo tan mal el presente?

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Los entuertos del presidente Trump atizan la ilusión de que su ascenso es un paréntesis en la historia. Tan sorprendente fue su victoria que se abriga la esperanza de que su presidencia terminará antes de tiempo. Se cerrará así la excepción y volverán las cosas a su sitio. El centro se recompondrá, los partidos recuperarán sus tradiciones y se pondrá fin a la caótica política del mitómano. No parece ser así. El terremoto ha cambiado a tal grado los puntos de referencia que no hay vuelta posible. Lo escribió hace poco el búlgaro Ivan Krastev, uno de los politólogos más lúcidos de nuestro tiempo. El impacto de Trump en la política mundial permanecerá mucho tiempo después de que deje la Casa Blanca. La marca que dejará en la historia será mayor que el que hayan dejado Bush u  Obama. “El mundo post-Trump no será el mundo pre-Trump.”

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Amos Oz recomendaba La vida de Brian en su brillante ensayo contra el fanatismo. En la película de Monty Python, el protagonista le dice a sus discípulos: “Todos ustedes son individuos.” La multitud responde: ¡Todos somos individuos!” Uno disiente. Tímidamente dice: “Yo no.” El montón lo calla de inmediato. La urgencia de pertenecer, la vocación de uniformarse suele ser el primer paso del fanatismo. Muy pronto se transforma en culto a los seductores.

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Tuiter, más que una plataforma de comunicación, es un reality show, escribió el historiador holandés Ian Buruma. El medio perfecto para un farsante narcisista como Donald Trump. “Normalmente no tenemos oportunidad de ver u oír sin filtro los pensamientos de otros (salvo, tal vez, en un bar). Antes los diarios pasaban las cartas al editor por un cuidadoso escrutinio para no dar publicidad a fanáticos y maniáticos; lo privado era privado. Pero con Internet eso cambió: ahora cualquiera puede airear sus pensamientos sin importar lo repelentes o absurdos que sean.” Es el reino de la ocurrencia y el prejuicio.

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13, Dic 2018

ROMA

El entusiasmo sólo se expresa en desmesura. Contenerlo es falsificarlo. Roma es una obra de arte como la que no se ha producido en México en este siglo. Más que una cinta, es un acontecimiento que solamente puedo comparar con la publicación de El laberinto de la soledad o de Pedro Páramo, con los murales de Orozco, con Los olvidados. Afirmaciones del arte que nos interpelan de manera radical. Metáforas que rehacen nuestro recuerdo y nuestra presencia. Quiero decir que Roma no es, a mi juicio, solamente la muestra de un artista en la plenitud de su creatividad, el trabajo magistral de un equipo insuperable que logra un concierto único. No es solamente la perfecta ensambladura de actuaciones, libreto, fotografía y evocaciones sonoras. Es algo más que una película técnicamente impecable y emocionalmente devastadora. Es el retrato más acabado del México dulce y cruel, de ese país entrañable y detestable que sigue sin ser una casa para todos.

Roma es muestra del genio, que no del puro talento de Alfonso Cuarón. Una película suya en todos los sentidos. Son sus recuerdos los que aparecen en la pantalla, es su cámara la que retrata la ciudad y el cielo, es su libreto el que fija las palabras y las miradas. Lo primero que maravilla es la fotografía. El blanco y negro encuentra su justificación plena porque armoniza los detalles. Imposible pasar por alto la conmovedora belleza de sus cuadros: la marea del agua que limpia el patio, una cazuela rota, el universo de las azoteas, una ciudad llena de vida, un avión que cruza el cielo. La cámara de Cuarón captura la intimidad de los cajones y el portento del horizonte. Acaricia con luz cada objeto para hacer poesía con esa cotidianidad que se ha ido. Si es una fiesta para la mirada, lo es también para el oído. La admirable recreación del pasado es, sobre todo, resurrección de sus sonidos. Los silbidos del afilador, el rumor de los viejos motores, los anuncios de la radio. Si regresamos a otro tiempo es porque lo escuchamos.

Roma puede verse como una carta de amor a las dos mujeres que marcaron la infancia del director. Su madre y la mujer que trabajaba en su casa no solamente cocinando y limpiando sino también cuidando amorosamente a los niños, despertándolos por la mañana, arrullándolos con canciones al dormir. Retratos de dos mujeres fuertes y solas. Si la película no se desbarranca ante los riesgos retóricos y sentimentales de la historia es por la contención de estas actuaciones magistrales. Cleo, (Yalitza Aparicio) encarna todas las emociones pronunciando apenas unas cuantas palabras. No tiene sitio en la conversación, pero sus silencios lo dicen todo. En sus ojos están la ternura y la sorpresa, el esmero y el cansancio, el miedo y la soledad. Contrastante es la energía masculina. Hombres cobardes que rugen, que amenazan, que matan y que huyen.

Vivir en casa ajena. Ese es el tema de Roma y es también el tema de México.  ¿Qué significa vivir en un país que es, a fin de cuentas, ajeno? ¿Qué significa, para los dos extremos de la casa, crecer con una familia inexistente? El cariño en la desigualdad no es falso, pero es perverso y encierra, a pesar de todas las dulzuras, un abuso. Los niños aprenden a ser, desde que pueden hablar, educadamente, déspotas. Una relación entrañable que, al mismo tiempo, supone la privación de los derechos: no hay vacaciones, no hay privacidad, no hay horarios. Un vivir para servir.

No le han faltado críticos a Cuarón por esta película llena de riesgos. Hay quien la encuentra condescendiente, hay quien advierte cierta intención de ennoblecer la explotación.  No lo veo así, pero creo que esas reacciones prueban la fuerza de una película que no puede sernos indiferente. Ahí está su grandeza: las emociones que despierta son profundas, aunque no sean opuestas.

Dos escenas marginales capturan el mensaje hiriente de la cinta. Dos niños juegan a ser astronautas. Uno de ellos pasea con su familia en el bosque. Su disfraz es impecable. Se imagina descubriendo parajes de la luna. En otra escena aparece otro niño (seguramente de la misma edad) jugando también al astronauta. Camina por los charcos de Netzahualcóyotl. No tiene disfraz de tienda, solamente se ha cubierto la cabeza con una cubeta a la que le ha abierto un hueco. Con idéntica emoción, imagina las mismas aventuras lunares. Esos niños, lo sabemos bien, no pertenecen al mismo país. No habitan la misma casa.

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10, Dic 2018

Nuestras instituciones

Muy generoso fue el presidente con su antecesor. Destrozó en su discurso todas y cada una de sus políticas, pero le agradeció su comportamiento durante el proceso electoral. Ni una palabra al órgano que organizó ejemplarmente la elección. Ni una mención al instituto que dio cauce a la competencia y contó los votos que le dieron la victoria. El silencio es significativo. Andrés Manuel López Obrador mantiene viva su desconfianza del orden institucional. Aun teniendo mayoría en el congreso, busca respaldos y legitimaciones por fuera de la legislatura. Está convencido de que la democracia está en otro lado y que las instituciones necesitan refundarse si es que quieren ser confiables.

Lo que le incomoda, en realidad, es la disonancia del pluralismo. Para él, la democracia no es un régimen de separaciones, sino la afirmación de la única voz legítima. Existiendo una voluntad auténtica del pueblo, todo lo que se aparte de ella, toda duda, toda sospecha, todo freno es un obstáculo maligno. Su ilusión es que los órganos del Estado se alineen con el gobierno mayoritario. Los procedimientos son, para él, frivolidades, los derechos coartadas de quienes pretenden defender privilegios. Esos son los reflejos del político que ocupa la presidencia. La victoria no ha transformado sus convicciones profundas. Si los jueces detienen una decisión, es porque son incapaces de entender el cambio que vivimos en julio.

Desde la perspectiva épica, las instituciones no pueden ser nunca plataformas de la neutralidad, jamás un patrimonio común. No deben siquiera aspirar a serlo. Si ellos tuvieron sus instituciones, ahora serán nuestras. Si antes sirvieron al neoliberalismo, ahora serán instrumentos de la Cuarta Transformación. Si fueron instrumento de ataque en contra nuestra, ahora estarán puestas a nuestro servicio.

En la ocupación morenista de las instituciones no se advierte, si quiera, la intención de guardar las apariencias. Debe ser, para ellos, consecuencia natural de haber conquistado la mayoría. Puede ser, tal vez, su entendimiento del “mandato”: los electores quisieron que lo cambiáramos todo, que barriéramos con todos, que refundáramos todo. Es la lógica de la aplanadora: si tenemos los votos, pasaremos por encima de quien nos venga en gana. El mensaje es claro: no se pretende afirmar a la judicatura como asiento de una imparcialidad deseable sino como respaldo del poder. Así lo muestra la terna que el presidente ha enviado al Senado para cubrir la vacante en la Suprema Corte de Justicia. Las elegidas por el presidente serían impresentables en cualquier país democrático. En cualquier lado se reconocería, por supuesto, su trayectoria académica y profesional, pero su activa militancia en un partido político, su participación reciente en contiendas electorales, su cercanía con el jefe de gobierno las invalidaría definitivamente para ocupar un asiento en el último tribunal de la república. Es a todas luces aberrante brincar de una actividad que llama a la parcialidad vehemente a las tareas de la justicia constitucional.

La denuncia de esta ocupación no es, en modo alguno, nostalgia de lo que tuvimos y que estaríamos a punto de perder. Los gobiernos recientes se encargaron de pervertir estos espacios de neutralidad. En los últimos años fuimos testigos de la captura de los órganos regulatorios, la partidización de instituciones que debían estar por encima de las parcialidades, la distribución por cuotas de los asientos de arbitraje. Pero eran, con todo, posiciones sujetas a negociación. El deseo de uno tenía que vencer el veto del otro. El gobierno no contaba con los votos necesarios para imponer, por sí solo su voluntad. Había que cruzar el puente para lograr los votos del consenso. Eso es lo que ha cambiado. La voluntad de los afines basta. Con ello han desaparecido los recatos. El presidente López Obrador se atreve a lo que ninguno de sus antecesores: proponer a militantes activos de su partido para ocupar el sitio que exigiría la suprema imparcialidad. Ningún presidente, desde la reforma del 95, se había atrevido a tal cosa. Controlando dos poderes del estado, el nuevo gobierno busca el control directo del tercero para eliminar de ese modo, uno de los pocos espacios institucionales de independencia.

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29, Nov 2018

Cirujano con machete

La política es voluntad y teatro. Poco más. Eso parece decir Andrés Manuel López Obrador, quien dentro de unas horas se convertirá en presidente de México. Para lograr el cambio, para refundar una nación, basta con desearlo y pintar los telones de una patria nueva. A López Obrador se le conoce por sus convicciones: fe en sí mismo y confianza en el efecto mágico de los símbolos. De esas dos cuerdas colgará su gobierno: centralización y escenografía. Son claros sus mensajes en estos largos meses de transición: concentrar todas las riendas del poder y cuidar, con admirable esmero, la coreografía de los símbolos.

López Obrador se ofrece al país como el Cuarto Padre de la Patria. La megalomanía ha sido parte de su encanto. Primero apareció Hidalgo, sonando las campanas de la independencia; luego vino Juárez, fundador del Estado laico. El tercer padre fue Madero, quien dio la vida por el sueño de la democracia. Ahora viene él para completar el mural con la fundación de una nación fraterna. No pretende ser un gestor. Ni siquiera le interesa ser considerado como un estadista porque para él la tarea pendiente, en realidad, es la nación. Encabezará el primer gobierno de izquierda desde que Lázaro Cárdenas dejara la presidencia en 1940. Encarna, sin duda, una esperanza igualitaria. Poner a los olvidados en el centro. Terminar por fin con el despotismo oligárquico. “Primero los pobres” ha sido su lema. Ese programa igualitario, urgente como ninguno, no solamente enfrenta el rechazo de quienes podrían ser materialmente afectados por sus políticas. En el estilo de su liderazgo, en la coalición que lo respalda, en las confusiones de su estrategia están, quizá, las mayores amenazas de su propio proyecto.

El artículo completo puede leerse en El país

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11, Sep 2018

Arte del tacto

A finales de enero de 1801 Charles Lamb le escribía una carta a William Wordsworth. Rechazaba una invitación a pasar una temporada en el campo con él. Lo mío es la ciudad sucia y ruidosa. Prefiero las calles polvorientas de Londres, las sorpresas y amenazas de la noche, la sordidez de algunos barrios a esa naturaleza repetitiva, silenciosa, muerta a la que dedicas tantos poemas. Mis únicos amantes son mi silla, la mesa en la que como y el librero que me sigue como un perro fiel (pero un poco más inteligente). También discrepa del tono que domina su literatura. En la carta le agradece el envío de sus baladas líricas y las elogia. Pero tras el piropo suelta las razones de una discrepancia esencial. En tus poemas encuentro una falla: hablan imperativamente. Tu voz instruye, como si estuviera dictando cátedra. Tus ideas no se resbalan en el oído, se imponen. “Un lector inteligente —dice Lamb— sentiría como un insulto que le digan qué pensar”. ¿Escribir con la ambición de que el lector piense como uno? ¡Qué indigno!

Lamb defendía la evasiva. Escondía su propia pluma. Los dos volúmenes que publicó en vida son atribuidos a un autor imaginario. En los Ensayos de Elia Lamb escribe de las brujas y de la galantería moderna; de las orejas y del préstamo de libros; del cerdo rostizado y de sus borracheras. Habrá cedido la autoría de sus divagaciones a Elia, pero como bien dijo con admiración Tito Monterroso, “es probable que después de Montaigne nadie se haya desnudado ante el público en otro libro de tan buena fe”. Lamb no se maquillaba. En el estreno de una obra suya se unió a la rechifla. Llegó a la conclusión de que era malísima. Así lo retrató Monterroso: “Charles Lamb era un hombre bajito, tímido y sarcástico, cosas que, si uno se fija, tienden siempre a juntarse; y es el autor de los Ensayos de Elia, a través de los cuales dejó un testimonio de cómo, pase lo que pase, después de todo el mundo puede ser visto con una sonrisa”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

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15, Ago 2018

Sobre los delegados

Con súbita arrogancia, el presubsecretario de hacienda respondía a las críticas que ha recibido la propuesta de formar 32 superdelegados en las entidades federativas. Los críticos son ignorantes. No tiene sentido perder el tiempo con ellos. Pónganse a estudiar… y luego hablamos.

Muy distinto y muy apreciable es el texto que Gibrán Ramírez Reyes escribe en defensa de la propuesta. Su artículo es una aportación valiosa no solamente al debate sobre la controvertida figura de los delegados sino también a la reflexión sobre la naturaleza política del proyecto triunfante y el sentido del cambio que viene. GRR defiende la propuesta como una decisión propiamente política. Lejos de quienes pretenden dorar la decisión como una inocente medida de austeridad, lo entiende como parte necesaria del “mandato” electoral. Asumir el poder para crear una nueva hegemonía. Una ocupación , aunque el término le parezca impreciso. Le resulta por eso natural que el criterio para el reclutamiento de los delegados sea la lealtad a un partido político. Ganamos y ejerceremos el poder. Le parece ingenuo—o hipócrita—activar alarmas frente a la entrega de estas posiciones a dirigentes locales de Morena. Se agradece la franqueza. Creo que eso es precisamente lo que está en el centro de la controversia. A su juicio, la victoria es una orden para edificar un nuevo régimen. Qué lástima que a algunos les moleste, pero eso es la democracia. Para GRR la instrucción de los electores es, en consecuencia, ocupar el Estado para consolidar una base electoral. El voto de julio como instrucción de reconstituir un partido de Estado. Un partido bueno, por supuesto.

Lo que él celebra como arrojo histórico es precisamente lo que me resulta ominoso como restauración. Son atendibles las críticas que hace al vocabulario que hemos empleados los críticos de la medida. Usamos el lenguaje por aproximación, empleamos metáforas que, al colorear una cara del fenómeno, pueden oscurecer otra. Pero más allá de los términos, la iniciativa de López Obrador parece una mala solución a un problema real. Tiene razón Ramírez Reyes cuando nos exige observar el federalismo realmente existente y dejar atrás las entelequias, pero advertir los peligros de lo que se propone no es nostalgia. Él está convencido de que lo que viene es mejor que lo que tenemos. Yo lo dudo. Lo que GRR aplaude como la necesaria tracción de grandes reformas lo veo yo como una amenazante rehabilitación autoritaria. Seguramente, como él sugiere, no logro advertir la profundidad del cambio histórico. Sólo insisto en que el esfuerzo por comprender no supone asentimiento con las razones y los proyectos de la nueva mayoría.

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02, Ago 2018

Entre la tecnocracia y el populismo

Si hacemos caso a cierta literatura, las democracias liberales están tocadas de muerte. Los títulos que aparecen en estos días compiten en gravedad apocalíptica. Parece haber un consenso funerario en los trabajos académicos, en los panfletos políticos y en las crónicas de lo reciente. Algo agoniza. Algo ha muerto. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt buscan lecciones en la historia para entender cómo mueren las democracias y encontrar advertencias para nuestro tiempo. David Runciman no se deja engañar por los falsos paralelos, subraya las novedades del presente pero coincide en el peligro existencial. Esta no es una crisis más. La amenaza que vivimos es inédita y mucho más grave que todas las anteriores. Es revelador que el título de estos dos libros sea casi el mismo. Uno recela cómo mueren las democracias y el otro cómo terminan. How Democracies DieHow Democracy Ends. En ambos se advierte la sombra trágica del final. La misma alarma se activa en la portada del libro reciente de Yascha Mounk: la libertad corre peligro: el pueblo le ha declarado la guerra a la democracia. Para William A. Galston la amenaza es el antipluralismo. Para Timothy Snyder es algo mucho peor. El enemigo que puede derrotar a la democracia es, ni más ni menos, la tiranía. Hannah Arendt nos advertiría que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo. Masha Gessen, en su admirable mosaico de la Rusia contemporánea, advierte la sombra viejo totalitarismo. Y Nadia Urbinati, en el trabajo intelectualmente más fino de esta legión, advierte una democracia deforme hasta la monstruosidad. Una democracia que ha mutado hasta volverse irreconocible.1

El manifiesto político liberal para estas fechas exige llorar la muerte inminente de la democracia y ligar el futuro con alguna abominación despótica. No debe hablarse de la crisis de las democracias sino de su agonía. Llama la atención el cambio de tono. En una generación hemos ido del triunfalismo más ingenuo al pesimismo más delirante. Hoy se lamenta una hecatombe pero ayer se cantaba la gloria eterna de la democracia parlamentaria y la promesa de su reinado universal. No había alternativa imaginable. El enemigo había sido derrotado definitivamente en 1989 y no era previsible su resurrección. La política se perfilaba finalmente a la gran convergencia universal: en todos los rincones del planeta habría competencia de votos, parlamentos representativos, Estado de derecho, libertades, debate público, controles al poder.

El artículo completo puede leerse en nexos de agosto. 

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04, Jul 2018

Apuntes apresurados

La victoria de Andrés Manuel López Obrador es, al mismo tiempo, la peor condena y el mayor elogio de la democracia mexicana. Un castigo democrático a la incautación de la democracia. Se trata, obviamente, un rechazo a la administración saliente pero es más que eso. Es el repudio a la clase política que se hizo del poder con la alternancia. Un rechazo a la corrupción de Peña Nieto pero también a la violencia desatada en tiempos de Calderón y a la frivolidad de Vicente Fox. Tras las traiciones, las decepciones y los agravios, un acto de confianza en el proceso democrático. El radicalismo de López Obrador, esa clausura a cualquier negociación, nos parecía a muchos un gesto intolerante, una ceguera a reconocer el mínimo mérito del adversario. Terminó siendo una estrategia ganadora por el desplome de las opciones predominantes. Solamente quien se mantuvo al margen de las decisiones políticas de los últimos doce años pudo presentarse como una opción confiable.

El chicote del castigo ha funcionado. Los ciudadanos han usado su voto para forzar el relevo político más radical de las últimas décadas. Por lo que puede verse en los primeros reportes electorales, los priistas no solamente han perdido la Presidencia, ahora han perdido también el poder. No tendrán, como tuvieron en 2000 y en 2006 la fuerza para someter al gobierno. Los panistas han sido igualmente castigados. Su estrategia de alianza con el partido moribundo fue un disparo en el pie. Así, los opositores al nuevo gobierno no solamente han quedado debilitados sino descabezados. La batalla por el control de los restos, por la reorientación de los partidos será cruenta y dificultará la definición frente al nuevo gobierno. Deberán recomponerse cuanto antes para cumplir una labor crucial en todo régimen democrático: ejercer como oposición.

No se puede pasar por alto la paradoja. El hombre al que hemos descrito como el populista paradigmático ha refrescado en esta elección la legitimidad del orden institucional. Hemos hablado mucho de su desprecio a las instituciones, su terca denuncia de las asambleas representativas (que no representan al pueblo) y de los tribunales (que no han hecho nada por el pueblo). Pero, frente a la crisis de los partidos, López Obrador ha creado una organización que ha logrado implantarse ya en casi todo el territorio nacional y ha recibido respaldo a través del voto. Su intervención ha reanimado la confianza en la capacidad de la democracia para encauzar el cambio.

La elección de ayer es un gran paso de inclusión. La izquierda adquiere, finalmente, responsabilidad federal. Ocupará la Presidencia y tendrá seguramente una posición de mando en la legislatura. No se trata de un respaldo tímido sino de un respaldo franco y aun entusiasta. Por primera vez en 78 años México tiene un Presidente de izquierda que coloca la agenda de la igualdad en el centro de su proyecto. La marginación de este flanco de la vida pública mexicana era una anomalía en la historia de la región. Desde la Presidencia de Lázaro Cárdenas, México ha oscilado entre derechas: derechas tradicionalistas y modernizadoras, derechas estatistas y neoliberales. Andrés Manuel López Obrador será el primer Presidente de izquierda desde el cardenismo. Puede ser en muchos aspectos un conservador pero es un conservador de izquierda, es un nacionalista pero es un nacionalista de izquierda. Esta alternancia ideológica normaliza nuestra vida pública.

La jornada concluye como un reencuentro nacional. Las reacciones de los candidatos perdedores, el mensaje de la autoridad electoral, los discursos del Presidente y del candidato ganador son alentadores. En las reglas y en los votos podemos reconocernos todos.

Me preocupa, por supuesto, la fragilidad de los contrapesos. Morena ha arrasado. El votante de ayer fue más entusiasta que cauto. No solamente quiso propinar un castigo sino que quiso también dar elementos al nuevo gobierno para echar a andar cambios sustanciales. Las preguntas que emergen son cómo leerá su victoria la nueva mayoría y cómo se reconstituirán los adversarios. El futuro inmediato de México dependerá en buena medida de que seamos capaces de entender bien el significado del voto de ayer. Honrar el deseo de cambio y cuidar las precauciones.

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27, Jun 2018

La tenacidad de López Obrador

Su teología fue la conspiración. Un poder invisible y absoluto le arrebataba una y otra vez la victoria que merecía. La mafia-del-poder dictaba su capricho en todos los ámbitos. Controlando medios, mercados, encuestas y votos, los poderosos se empecinaban en obstruirlo. Hoy México contempla una sintonía de acontecimientos que perfilan a Andrés Manuel López Obrador para ganar la presidencia. Los planetas y los mosquitos se coordinan para darle al candidato de Morena no solamente un triunfo arrollador sino para rehacer el mapa político del país. Hay una conspiración lopezobradorista en el sentido que Cornelius Castoriadis recordaba: todos respiran el mismo aire y al mismo compás, todo sopla en una dirección.

La inminente victoria de López Obrador es testimonio de una tenacidad asombrosa. Durante décadas ha estado en el centro de la atención nacional. Sus frases, su acento, sus dardos y sus tics se han vuelto parte de nuestra comida diaria. Hecha de más derrotas que de victorias, el hombre que vino del trópico ha creído siempre en su causa y, sobre todo, en sí mismo. Ha sido político el más temido y el más amado. Un factor de polarización y, al mismo tiempo, una antorcha de esperanza. Lo hemos dado por muerto varias veces y está más vivo que nunca. ñSe creyó que su radicalización tras perder las elecciones en el 2006 sería su fin. Tuvo una segunda oportunidad en el 2012 y volvió a perder la presidencia, ahora con un margen claro. Pocos creyeron que tenía futuro por delante. Al cerrársele las puertas en su partido, emprendió la marcha para formar una nueva organización política. Parecía un salto al vacío, la obstinación de un hombre que no admite su ocaso, el capricho que volvía a dividir a la izquierda. Su apuesta terminó siendo acertada: aquella aventura quijotesca se perfila a conquistar la mayoría. López Obrador es un hombre de fe porque ha visto más allá de lo razonable, porque es un creyente en lo inaccesible.

El artículo completo puede leerse en El país

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30, May 2018

Una novela criminal

El epígrafe es la clave. Las líneas no son volutas decorativas. Son la llave que permite descifrar un texto. De los cuadernos de Paul Valéry viene el epígrafe de la nueva novela de Jorge Volpi: “La mezcla de lo verdadero y lo falso es mucho más tóxica que lo puramente falso.” No hay ficción en Una novela criminal, advierte Volpi por la sencilla razón de que las mentiras las aporta el poder. El novelista recuenta la historia de Florence Cassez e Israel Vallarta sin imaginar escenas ni diálogos, sin condimentar los expendientes del juzgado y sin volar en especulaciones. Los hechos bastan. La complejidad de los personajes reales es suficiente para hilar una historia que es una cápsula del México que habitamos. Una historia de violencia y crimen, una historia que describe la batalla contra la deshumanización. Una historia que también muestra la pequeñez de esos poderosos que pueden aplastarnos.

El novelista no imagina, registra. Es la policía, al servicio de una cruzada política,  la que inventa narraciones inverosímiles. Entrenado escrutador de lo verosímil, el novelista se percata de inmediato de los absurdos que se ofrecen como coartada. El escritor apenas aparece como personaje secundario de la historia para dejar constancia de su perspectiva. Cuando necesita tomar cierta distancia de lo comprobable, lo apunta rigurosamente: esto imagino. Se trata de una valiosa aportación ética: honrar la verdad es advertir cuando se plantea una hipótesis, cuando se baraja una presunción. Masha Gessen, la brillante crítica de los gemelos que gobiernan en Moscú y en Washington, lo advertía al leer la diatriba de Michael Wolf contra Trump: el chismorreo que es incapaz de distinguir el hecho de la fabulación contribuye a la degeneración del diálogo. Cuando trozos de la verdad son coloreados con inventos, se degrada nuestro sentido de la realidad. Por eso puede decirse que el primer aporte de esta novela es ético: los instrumentos de la literatura le permiten al novelista documentar una causa criminal y explorar los enredos de un desencuentro diplomático pero lo hace bien ceñido a los hechos, a los instrumentos del proceso judicial, a los testimonios de los involucrados. Cuando se atreve a la conjetura, lo advierte; cuando imagina, lo previene. La posverdad, dijo Timothy Snyder en el panfleto que publicó hace unos años es prefascismo.

Novela que es crónica que es periodismo que sociología que es crítica legal que es denuncia política. Mirada que es, de principio a fin, literatura. Las tenazas del sistema de justicia no son la barbarie de Orient Express, dice al autor en alguna página de la novela. La opresión es propia de El proceso de Kafka. Los complejos y vivos personajes que aparecen a lo largo del libro pertenecen efectivamente a ese laberinto de caprichos que convierte una mentira en verdad. Esa es la tesis que asoma: en un mundo sin Estado y sin ley, las instituciones se alojan en un mundo paralelo, ajeno del todo a la realidad. Inermes, los ciudadanos no son solamente víctimas de la injusticia sino de una torpeza narrativa. El cuento más absurdo rompe vidas. La realidad no importa. Solo es real el poder de quien puede de dictar la realidad. Nada tan tóxico como la mentira enredada con verdades, advertía Valéry. ¿Y cuando la mentira se hace enreda con un poder irrefutable?

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21, May 2018

La bomba de la confesión

El individuo es un invento cristiano, sostiene Larry Siedentop en un libro publicado hace unos años. La semilla del liberalismo no está en las especulaciones del estado de naturaleza ni en el inventario de los derechos. Se encuentra en la idea de la igualdad moral de todos los seres humanos, en la hermandad del mensaje cristiano. La naturaleza del mundo antiguo impone jerarquías por todos lados. Estrellas e insectos; amos y esclavos. La desigualdad es tan natural como el aire. Los rangos gobiernan la casa, la vida pública, el conocimiento. La razón, la libertad, el mando eran concebidos como lujos. El gran terremoto moral de la historia, sugiere Siedentop, es el mensaje cristiano, en particular, la concepción de Pablo. En cada ser humano está la vía de la salvación. La dignidad humana no depende del género ni de la condición política, ni de la nacionalidad.

Ese terremoto moral tiene una réplica literaria: la confesión. María Zambrano dedicó al género un ensayo admirable. En la confesión de San Agustín nace el sujeto, el yo que se contempla. La memoria del dolor. Quien se confiesa no observa el mundo ni inventa vidas. No es un fabulador ni filósofo. Es un solitario que se abraza. “La confesión es el lenguaje de alguien que no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto en cuanto tal. No son sus sentimientos, ni sus anhelos siquiera, ni aun sus esperanzas; son sencillamente sus connatos de ser. Es un acto en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión”.

El artículo completo, en nexos de este mes…

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05, Feb 2018

AMLO 3.0

La tercera campaña de López Obrador se parece poco a las previas. Repetir la cantaleta de las críticas traídas es cerrar los ojos a una transformación innegable. Sus dos intentos iniciales exhibieron a un político de enorme talento que, al mismo tiempo, parecía abrigar la esperanza de la derrota. ¿Cómo no pensar en ese anhelo cuando el tabasqueño parecía esmerarse en boicotear su campaña con decisiones contraproducentes y reacciones de torpeza inaudita? Sin adentrarse en los laberintos de la psique puede decirse que el candidato de Morena se había distinguido por su sectarismo. Más que pensar en el ensanchamiento de su base, parecía empeñado en cuidar la pureza de su movimiento. No buscaba la conversión de los escépticos sino el apasionamiento de sus leales. El sectario está convencido de que cualquier pacto con el otro es obsceno, que hablar con quien piensa distinto es ensuciarse. De ahí que la autocrítica sea impensable para el sectario. Atreverse a ver los errores propios, aceptar la responsabilidad en el fracaso es inaceptable. El sectario ha de alimentar por ello las conspiraciones que lo liberan de cualquier responsabilidad. Sólo el perverso todopoderoso es culpable de su desgracia.

Queda poco de ese sectarismo en AMLO 3.0. Si en empeños anteriores mordía cada anzuelo que sus enemigos le lanzaban, hoy se burla con gracia de su torpeza. Caía fácilmente en las provocaciones. Era irascible, intolerante, grosero. A cada cuestionamiento respondía con una descalificación moral. Hace apenas unos meses, se enfrentaba en pleitos absurdos con periodistas que cometían el terrible pecado de hacer su trabajo y hacerle preguntas incómodas. El tabasqueño rehusaba la respuesta para lanzarse a la descalificación personal de los periodistas. Quien cuestiona al prócer le hace el caldo gordo a la mafia. Ofrecía entonces consejo a los periodistas para hacer su trabajo. Cuestionarlo era venderse a los traidores. Su intransigencia llegó al extremo de anunciar el desconocimiento de un hermano suyo que había osado discrepar públicamente de él. Si apoyas a otro partido dejas de ser mi hermano. Aún no sabemos si el cambio sea perdurable pero es, sin duda, visible. No se perciben esos reflejos en la tercera campaña. Otro es el talante que muestra en estos días. Está de buenas y trasmite su humor. Ha descubierto un recurso valiosísimo: la risa.  Es claro que un candidato que sabe reír puede encarar de una manera muy distinta las embestidas de sus críticos. La mejor forma de desarmar las críticas desproporcionadas es riéndose de ellas.

Dudo que alguien se entusiasme con el equipo que rodea a López Obrador. Bajo ningún punto de vista podría decirse que se trata de una selección nacional. Pero hay algo que resalta en los nombres de su convocatoria: no forman una secta. No son los mismos que han seguido siempre a López Obrador, no son fervorosos de su causa, aunque en este momento sirvan a su ambición. Quiero decir que no hay un criterio sectario en el reclutamiento de sus colaboradores y que eso no es poca cosa. Insistir que el proyecto de López Obrador intenta reeditar el experimento bolivariano es absurdo si uno atiende la silueta del gabinete que ha anunciado.

El peligro de AMLO 3.0 es otro. Del extremo del sectarismo, López Obrador se ha desplazado al punto contrario: el oportunismo. Su coalición no es ya ni sombra de su base política. Morena ha sido traicionado antes de ganar el poder. El caudillo lo ha entregado al cálculo de sus ambiciones. La lealtad de hoy puede vencer a la deshonestidad de ayer; los mafiosos pueden transformarse en abanderados de la regeneración nacional, los bandidos pueden ser perdonados por la infinita bondad del prócer. Morena ya ha sido sacrificada. Al caudillo le sirven los foxistas, los calderonistas, los zedillistas, los salinistas. Todos caben, ha dicho la presidenta de Morena.

Si en el escenario nacional destaca un político pragmático, si resalta un político sin nervio ideológico ni criterio ético para entablar alianzas, ese es el candidato de Morena.  Su política no es nueva. La conocemos en México como priismo. López Obrador ha vuelto a sus orígenes: ha fundado un partido con la ambición de recoger a todos los ambiciosos, un partido en el que las ideas no importan. Ha fundado un partido para que la política no castigue a nadie.

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