Sin Categoría

11, Sep 2018

Arte del tacto

A finales de enero de 1801 Charles Lamb le escribía una carta a William Wordsworth. Rechazaba una invitación a pasar una temporada en el campo con él. Lo mío es la ciudad sucia y ruidosa. Prefiero las calles polvorientas de Londres, las sorpresas y amenazas de la noche, la sordidez de algunos barrios a esa naturaleza repetitiva, silenciosa, muerta a la que dedicas tantos poemas. Mis únicos amantes son mi silla, la mesa en la que como y el librero que me sigue como un perro fiel (pero un poco más inteligente). También discrepa del tono que domina su literatura. En la carta le agradece el envío de sus baladas líricas y las elogia. Pero tras el piropo suelta las razones de una discrepancia esencial. En tus poemas encuentro una falla: hablan imperativamente. Tu voz instruye, como si estuviera dictando cátedra. Tus ideas no se resbalan en el oído, se imponen. “Un lector inteligente —dice Lamb— sentiría como un insulto que le digan qué pensar”. ¿Escribir con la ambición de que el lector piense como uno? ¡Qué indigno!

Lamb defendía la evasiva. Escondía su propia pluma. Los dos volúmenes que publicó en vida son atribuidos a un autor imaginario. En los Ensayos de Elia Lamb escribe de las brujas y de la galantería moderna; de las orejas y del préstamo de libros; del cerdo rostizado y de sus borracheras. Habrá cedido la autoría de sus divagaciones a Elia, pero como bien dijo con admiración Tito Monterroso, “es probable que después de Montaigne nadie se haya desnudado ante el público en otro libro de tan buena fe”. Lamb no se maquillaba. En el estreno de una obra suya se unió a la rechifla. Llegó a la conclusión de que era malísima. Así lo retrató Monterroso: “Charles Lamb era un hombre bajito, tímido y sarcástico, cosas que, si uno se fija, tienden siempre a juntarse; y es el autor de los Ensayos de Elia, a través de los cuales dejó un testimonio de cómo, pase lo que pase, después de todo el mundo puede ser visto con una sonrisa”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

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15, Ago 2018

Sobre los delegados

Con súbita arrogancia, el presubsecretario de hacienda respondía a las críticas que ha recibido la propuesta de formar 32 superdelegados en las entidades federativas. Los críticos son ignorantes. No tiene sentido perder el tiempo con ellos. Pónganse a estudiar… y luego hablamos.

Muy distinto y muy apreciable es el texto que Gibrán Ramírez Reyes escribe en defensa de la propuesta. Su artículo es una aportación valiosa no solamente al debate sobre la controvertida figura de los delegados sino también a la reflexión sobre la naturaleza política del proyecto triunfante y el sentido del cambio que viene. GRR defiende la propuesta como una decisión propiamente política. Lejos de quienes pretenden dorar la decisión como una inocente medida de austeridad, lo entiende como parte necesaria del “mandato” electoral. Asumir el poder para crear una nueva hegemonía. Una ocupación , aunque el término le parezca impreciso. Le resulta por eso natural que el criterio para el reclutamiento de los delegados sea la lealtad a un partido político. Ganamos y ejerceremos el poder. Le parece ingenuo—o hipócrita—activar alarmas frente a la entrega de estas posiciones a dirigentes locales de Morena. Se agradece la franqueza. Creo que eso es precisamente lo que está en el centro de la controversia. A su juicio, la victoria es una orden para edificar un nuevo régimen. Qué lástima que a algunos les moleste, pero eso es la democracia. Para GRR la instrucción de los electores es, en consecuencia, ocupar el Estado para consolidar una base electoral. El voto de julio como instrucción de reconstituir un partido de Estado. Un partido bueno, por supuesto.

Lo que él celebra como arrojo histórico es precisamente lo que me resulta ominoso como restauración. Son atendibles las críticas que hace al vocabulario que hemos empleados los críticos de la medida. Usamos el lenguaje por aproximación, empleamos metáforas que, al colorear una cara del fenómeno, pueden oscurecer otra. Pero más allá de los términos, la iniciativa de López Obrador parece una mala solución a un problema real. Tiene razón Ramírez Reyes cuando nos exige observar el federalismo realmente existente y dejar atrás las entelequias, pero advertir los peligros de lo que se propone no es nostalgia. Él está convencido de que lo que viene es mejor que lo que tenemos. Yo lo dudo. Lo que GRR aplaude como la necesaria tracción de grandes reformas lo veo yo como una amenazante rehabilitación autoritaria. Seguramente, como él sugiere, no logro advertir la profundidad del cambio histórico. Sólo insisto en que el esfuerzo por comprender no supone asentimiento con las razones y los proyectos de la nueva mayoría.

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02, Ago 2018

Entre la tecnocracia y el populismo

Si hacemos caso a cierta literatura, las democracias liberales están tocadas de muerte. Los títulos que aparecen en estos días compiten en gravedad apocalíptica. Parece haber un consenso funerario en los trabajos académicos, en los panfletos políticos y en las crónicas de lo reciente. Algo agoniza. Algo ha muerto. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt buscan lecciones en la historia para entender cómo mueren las democracias y encontrar advertencias para nuestro tiempo. David Runciman no se deja engañar por los falsos paralelos, subraya las novedades del presente pero coincide en el peligro existencial. Esta no es una crisis más. La amenaza que vivimos es inédita y mucho más grave que todas las anteriores. Es revelador que el título de estos dos libros sea casi el mismo. Uno recela cómo mueren las democracias y el otro cómo terminan. How Democracies DieHow Democracy Ends. En ambos se advierte la sombra trágica del final. La misma alarma se activa en la portada del libro reciente de Yascha Mounk: la libertad corre peligro: el pueblo le ha declarado la guerra a la democracia. Para William A. Galston la amenaza es el antipluralismo. Para Timothy Snyder es algo mucho peor. El enemigo que puede derrotar a la democracia es, ni más ni menos, la tiranía. Hannah Arendt nos advertiría que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo. Masha Gessen, en su admirable mosaico de la Rusia contemporánea, advierte la sombra viejo totalitarismo. Y Nadia Urbinati, en el trabajo intelectualmente más fino de esta legión, advierte una democracia deforme hasta la monstruosidad. Una democracia que ha mutado hasta volverse irreconocible.1

El manifiesto político liberal para estas fechas exige llorar la muerte inminente de la democracia y ligar el futuro con alguna abominación despótica. No debe hablarse de la crisis de las democracias sino de su agonía. Llama la atención el cambio de tono. En una generación hemos ido del triunfalismo más ingenuo al pesimismo más delirante. Hoy se lamenta una hecatombe pero ayer se cantaba la gloria eterna de la democracia parlamentaria y la promesa de su reinado universal. No había alternativa imaginable. El enemigo había sido derrotado definitivamente en 1989 y no era previsible su resurrección. La política se perfilaba finalmente a la gran convergencia universal: en todos los rincones del planeta habría competencia de votos, parlamentos representativos, Estado de derecho, libertades, debate público, controles al poder.

El artículo completo puede leerse en nexos de agosto. 

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04, Jul 2018

Apuntes apresurados

La victoria de Andrés Manuel López Obrador es, al mismo tiempo, la peor condena y el mayor elogio de la democracia mexicana. Un castigo democrático a la incautación de la democracia. Se trata, obviamente, un rechazo a la administración saliente pero es más que eso. Es el repudio a la clase política que se hizo del poder con la alternancia. Un rechazo a la corrupción de Peña Nieto pero también a la violencia desatada en tiempos de Calderón y a la frivolidad de Vicente Fox. Tras las traiciones, las decepciones y los agravios, un acto de confianza en el proceso democrático. El radicalismo de López Obrador, esa clausura a cualquier negociación, nos parecía a muchos un gesto intolerante, una ceguera a reconocer el mínimo mérito del adversario. Terminó siendo una estrategia ganadora por el desplome de las opciones predominantes. Solamente quien se mantuvo al margen de las decisiones políticas de los últimos doce años pudo presentarse como una opción confiable.

El chicote del castigo ha funcionado. Los ciudadanos han usado su voto para forzar el relevo político más radical de las últimas décadas. Por lo que puede verse en los primeros reportes electorales, los priistas no solamente han perdido la Presidencia, ahora han perdido también el poder. No tendrán, como tuvieron en 2000 y en 2006 la fuerza para someter al gobierno. Los panistas han sido igualmente castigados. Su estrategia de alianza con el partido moribundo fue un disparo en el pie. Así, los opositores al nuevo gobierno no solamente han quedado debilitados sino descabezados. La batalla por el control de los restos, por la reorientación de los partidos será cruenta y dificultará la definición frente al nuevo gobierno. Deberán recomponerse cuanto antes para cumplir una labor crucial en todo régimen democrático: ejercer como oposición.

No se puede pasar por alto la paradoja. El hombre al que hemos descrito como el populista paradigmático ha refrescado en esta elección la legitimidad del orden institucional. Hemos hablado mucho de su desprecio a las instituciones, su terca denuncia de las asambleas representativas (que no representan al pueblo) y de los tribunales (que no han hecho nada por el pueblo). Pero, frente a la crisis de los partidos, López Obrador ha creado una organización que ha logrado implantarse ya en casi todo el territorio nacional y ha recibido respaldo a través del voto. Su intervención ha reanimado la confianza en la capacidad de la democracia para encauzar el cambio.

La elección de ayer es un gran paso de inclusión. La izquierda adquiere, finalmente, responsabilidad federal. Ocupará la Presidencia y tendrá seguramente una posición de mando en la legislatura. No se trata de un respaldo tímido sino de un respaldo franco y aun entusiasta. Por primera vez en 78 años México tiene un Presidente de izquierda que coloca la agenda de la igualdad en el centro de su proyecto. La marginación de este flanco de la vida pública mexicana era una anomalía en la historia de la región. Desde la Presidencia de Lázaro Cárdenas, México ha oscilado entre derechas: derechas tradicionalistas y modernizadoras, derechas estatistas y neoliberales. Andrés Manuel López Obrador será el primer Presidente de izquierda desde el cardenismo. Puede ser en muchos aspectos un conservador pero es un conservador de izquierda, es un nacionalista pero es un nacionalista de izquierda. Esta alternancia ideológica normaliza nuestra vida pública.

La jornada concluye como un reencuentro nacional. Las reacciones de los candidatos perdedores, el mensaje de la autoridad electoral, los discursos del Presidente y del candidato ganador son alentadores. En las reglas y en los votos podemos reconocernos todos.

Me preocupa, por supuesto, la fragilidad de los contrapesos. Morena ha arrasado. El votante de ayer fue más entusiasta que cauto. No solamente quiso propinar un castigo sino que quiso también dar elementos al nuevo gobierno para echar a andar cambios sustanciales. Las preguntas que emergen son cómo leerá su victoria la nueva mayoría y cómo se reconstituirán los adversarios. El futuro inmediato de México dependerá en buena medida de que seamos capaces de entender bien el significado del voto de ayer. Honrar el deseo de cambio y cuidar las precauciones.

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27, Jun 2018

La tenacidad de López Obrador

Su teología fue la conspiración. Un poder invisible y absoluto le arrebataba una y otra vez la victoria que merecía. La mafia-del-poder dictaba su capricho en todos los ámbitos. Controlando medios, mercados, encuestas y votos, los poderosos se empecinaban en obstruirlo. Hoy México contempla una sintonía de acontecimientos que perfilan a Andrés Manuel López Obrador para ganar la presidencia. Los planetas y los mosquitos se coordinan para darle al candidato de Morena no solamente un triunfo arrollador sino para rehacer el mapa político del país. Hay una conspiración lopezobradorista en el sentido que Cornelius Castoriadis recordaba: todos respiran el mismo aire y al mismo compás, todo sopla en una dirección.

La inminente victoria de López Obrador es testimonio de una tenacidad asombrosa. Durante décadas ha estado en el centro de la atención nacional. Sus frases, su acento, sus dardos y sus tics se han vuelto parte de nuestra comida diaria. Hecha de más derrotas que de victorias, el hombre que vino del trópico ha creído siempre en su causa y, sobre todo, en sí mismo. Ha sido político el más temido y el más amado. Un factor de polarización y, al mismo tiempo, una antorcha de esperanza. Lo hemos dado por muerto varias veces y está más vivo que nunca. ñSe creyó que su radicalización tras perder las elecciones en el 2006 sería su fin. Tuvo una segunda oportunidad en el 2012 y volvió a perder la presidencia, ahora con un margen claro. Pocos creyeron que tenía futuro por delante. Al cerrársele las puertas en su partido, emprendió la marcha para formar una nueva organización política. Parecía un salto al vacío, la obstinación de un hombre que no admite su ocaso, el capricho que volvía a dividir a la izquierda. Su apuesta terminó siendo acertada: aquella aventura quijotesca se perfila a conquistar la mayoría. López Obrador es un hombre de fe porque ha visto más allá de lo razonable, porque es un creyente en lo inaccesible.

El artículo completo puede leerse en El país

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30, May 2018

Una novela criminal

El epígrafe es la clave. Las líneas no son volutas decorativas. Son la llave que permite descifrar un texto. De los cuadernos de Paul Valéry viene el epígrafe de la nueva novela de Jorge Volpi: “La mezcla de lo verdadero y lo falso es mucho más tóxica que lo puramente falso.” No hay ficción en Una novela criminal, advierte Volpi por la sencilla razón de que las mentiras las aporta el poder. El novelista recuenta la historia de Florence Cassez e Israel Vallarta sin imaginar escenas ni diálogos, sin condimentar los expendientes del juzgado y sin volar en especulaciones. Los hechos bastan. La complejidad de los personajes reales es suficiente para hilar una historia que es una cápsula del México que habitamos. Una historia de violencia y crimen, una historia que describe la batalla contra la deshumanización. Una historia que también muestra la pequeñez de esos poderosos que pueden aplastarnos.

El novelista no imagina, registra. Es la policía, al servicio de una cruzada política,  la que inventa narraciones inverosímiles. Entrenado escrutador de lo verosímil, el novelista se percata de inmediato de los absurdos que se ofrecen como coartada. El escritor apenas aparece como personaje secundario de la historia para dejar constancia de su perspectiva. Cuando necesita tomar cierta distancia de lo comprobable, lo apunta rigurosamente: esto imagino. Se trata de una valiosa aportación ética: honrar la verdad es advertir cuando se plantea una hipótesis, cuando se baraja una presunción. Masha Gessen, la brillante crítica de los gemelos que gobiernan en Moscú y en Washington, lo advertía al leer la diatriba de Michael Wolf contra Trump: el chismorreo que es incapaz de distinguir el hecho de la fabulación contribuye a la degeneración del diálogo. Cuando trozos de la verdad son coloreados con inventos, se degrada nuestro sentido de la realidad. Por eso puede decirse que el primer aporte de esta novela es ético: los instrumentos de la literatura le permiten al novelista documentar una causa criminal y explorar los enredos de un desencuentro diplomático pero lo hace bien ceñido a los hechos, a los instrumentos del proceso judicial, a los testimonios de los involucrados. Cuando se atreve a la conjetura, lo advierte; cuando imagina, lo previene. La posverdad, dijo Timothy Snyder en el panfleto que publicó hace unos años es prefascismo.

Novela que es crónica que es periodismo que sociología que es crítica legal que es denuncia política. Mirada que es, de principio a fin, literatura. Las tenazas del sistema de justicia no son la barbarie de Orient Express, dice al autor en alguna página de la novela. La opresión es propia de El proceso de Kafka. Los complejos y vivos personajes que aparecen a lo largo del libro pertenecen efectivamente a ese laberinto de caprichos que convierte una mentira en verdad. Esa es la tesis que asoma: en un mundo sin Estado y sin ley, las instituciones se alojan en un mundo paralelo, ajeno del todo a la realidad. Inermes, los ciudadanos no son solamente víctimas de la injusticia sino de una torpeza narrativa. El cuento más absurdo rompe vidas. La realidad no importa. Solo es real el poder de quien puede de dictar la realidad. Nada tan tóxico como la mentira enredada con verdades, advertía Valéry. ¿Y cuando la mentira se hace enreda con un poder irrefutable?

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21, May 2018

La bomba de la confesión

El individuo es un invento cristiano, sostiene Larry Siedentop en un libro publicado hace unos años. La semilla del liberalismo no está en las especulaciones del estado de naturaleza ni en el inventario de los derechos. Se encuentra en la idea de la igualdad moral de todos los seres humanos, en la hermandad del mensaje cristiano. La naturaleza del mundo antiguo impone jerarquías por todos lados. Estrellas e insectos; amos y esclavos. La desigualdad es tan natural como el aire. Los rangos gobiernan la casa, la vida pública, el conocimiento. La razón, la libertad, el mando eran concebidos como lujos. El gran terremoto moral de la historia, sugiere Siedentop, es el mensaje cristiano, en particular, la concepción de Pablo. En cada ser humano está la vía de la salvación. La dignidad humana no depende del género ni de la condición política, ni de la nacionalidad.

Ese terremoto moral tiene una réplica literaria: la confesión. María Zambrano dedicó al género un ensayo admirable. En la confesión de San Agustín nace el sujeto, el yo que se contempla. La memoria del dolor. Quien se confiesa no observa el mundo ni inventa vidas. No es un fabulador ni filósofo. Es un solitario que se abraza. “La confesión es el lenguaje de alguien que no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto en cuanto tal. No son sus sentimientos, ni sus anhelos siquiera, ni aun sus esperanzas; son sencillamente sus connatos de ser. Es un acto en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión”.

El artículo completo, en nexos de este mes…

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05, Feb 2018

AMLO 3.0

La tercera campaña de López Obrador se parece poco a las previas. Repetir la cantaleta de las críticas traídas es cerrar los ojos a una transformación innegable. Sus dos intentos iniciales exhibieron a un político de enorme talento que, al mismo tiempo, parecía abrigar la esperanza de la derrota. ¿Cómo no pensar en ese anhelo cuando el tabasqueño parecía esmerarse en boicotear su campaña con decisiones contraproducentes y reacciones de torpeza inaudita? Sin adentrarse en los laberintos de la psique puede decirse que el candidato de Morena se había distinguido por su sectarismo. Más que pensar en el ensanchamiento de su base, parecía empeñado en cuidar la pureza de su movimiento. No buscaba la conversión de los escépticos sino el apasionamiento de sus leales. El sectario está convencido de que cualquier pacto con el otro es obsceno, que hablar con quien piensa distinto es ensuciarse. De ahí que la autocrítica sea impensable para el sectario. Atreverse a ver los errores propios, aceptar la responsabilidad en el fracaso es inaceptable. El sectario ha de alimentar por ello las conspiraciones que lo liberan de cualquier responsabilidad. Sólo el perverso todopoderoso es culpable de su desgracia.

Queda poco de ese sectarismo en AMLO 3.0. Si en empeños anteriores mordía cada anzuelo que sus enemigos le lanzaban, hoy se burla con gracia de su torpeza. Caía fácilmente en las provocaciones. Era irascible, intolerante, grosero. A cada cuestionamiento respondía con una descalificación moral. Hace apenas unos meses, se enfrentaba en pleitos absurdos con periodistas que cometían el terrible pecado de hacer su trabajo y hacerle preguntas incómodas. El tabasqueño rehusaba la respuesta para lanzarse a la descalificación personal de los periodistas. Quien cuestiona al prócer le hace el caldo gordo a la mafia. Ofrecía entonces consejo a los periodistas para hacer su trabajo. Cuestionarlo era venderse a los traidores. Su intransigencia llegó al extremo de anunciar el desconocimiento de un hermano suyo que había osado discrepar públicamente de él. Si apoyas a otro partido dejas de ser mi hermano. Aún no sabemos si el cambio sea perdurable pero es, sin duda, visible. No se perciben esos reflejos en la tercera campaña. Otro es el talante que muestra en estos días. Está de buenas y trasmite su humor. Ha descubierto un recurso valiosísimo: la risa.  Es claro que un candidato que sabe reír puede encarar de una manera muy distinta las embestidas de sus críticos. La mejor forma de desarmar las críticas desproporcionadas es riéndose de ellas.

Dudo que alguien se entusiasme con el equipo que rodea a López Obrador. Bajo ningún punto de vista podría decirse que se trata de una selección nacional. Pero hay algo que resalta en los nombres de su convocatoria: no forman una secta. No son los mismos que han seguido siempre a López Obrador, no son fervorosos de su causa, aunque en este momento sirvan a su ambición. Quiero decir que no hay un criterio sectario en el reclutamiento de sus colaboradores y que eso no es poca cosa. Insistir que el proyecto de López Obrador intenta reeditar el experimento bolivariano es absurdo si uno atiende la silueta del gabinete que ha anunciado.

El peligro de AMLO 3.0 es otro. Del extremo del sectarismo, López Obrador se ha desplazado al punto contrario: el oportunismo. Su coalición no es ya ni sombra de su base política. Morena ha sido traicionado antes de ganar el poder. El caudillo lo ha entregado al cálculo de sus ambiciones. La lealtad de hoy puede vencer a la deshonestidad de ayer; los mafiosos pueden transformarse en abanderados de la regeneración nacional, los bandidos pueden ser perdonados por la infinita bondad del prócer. Morena ya ha sido sacrificada. Al caudillo le sirven los foxistas, los calderonistas, los zedillistas, los salinistas. Todos caben, ha dicho la presidenta de Morena.

Si en el escenario nacional destaca un político pragmático, si resalta un político sin nervio ideológico ni criterio ético para entablar alianzas, ese es el candidato de Morena.  Su política no es nueva. La conocemos en México como priismo. López Obrador ha vuelto a sus orígenes: ha fundado un partido con la ambición de recoger a todos los ambiciosos, un partido en el que las ideas no importan. Ha fundado un partido para que la política no castigue a nadie.

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08, Dic 2017

Los mejores libros del año para The Guardian

o, más bien, para sus colaboradores:

 

La lista completa puede verse aquí y aquí.

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01, Dic 2017

Los mejores libros del 2017, según el NYT

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27, Nov 2017

Dialéctica del tapado y el destapador

Pronto, muy pronto al parecer, se acelerará el tiempo de la política mexicana. Terminará la espera en el partido gobernante y se pondrá en movimiento frenético la campaña por la presidencia. Se cumplirá la arcaica liturgia y súbitamente todos los priistas estarán milagrosamente de acuerdo. Contemplaremos el bochornoso carnaval de la adulación. Todos los priistas, con excepción de quien será pronto catalogado como lunático, coincidirán: el candidato ungido es el mejor hombre para conducir el país por los siguientes seis años. Solo él podrá salvarnos de la desagracia populista. Patriota, servidor público ejemplar, exitosísimo funcionario, gran bailarín y cocinero de fantásticos chilaquiles. Una buena parte de los medios hará eco al unánime entusiasmo de esa tribu. Nos mostrarán durante varios días retratos del candidato cuando era niño, se rescatarán sus boletas de primaria, se le describirá no solamente como un gran político sino también como un atleta y como un artista consumado. Por supuesto: gran padre de familia, cariñosísimo esposo, compadre leal.

El presidente Peña Nieto disfruta ese ámbito del poder donde sigue siendo, sin disputa alguna, soberano. Su dedo índice no enfrenta contrapeso alguno. No necesita negociar con nadie. Es él y solo él quien decide. La del presidente no es la última voz: es la única. Supremacía es soledad. Su partido es, en efecto, suyo y de nadie más. Las corporaciones y las clientelas, la diversidad regional, la complejísima mezcolanza de intereses del PRI desaparecen cuando se trata de la herencia. El partido gobernante tiene dueño. El patrimonialismo que en otros ámbitos da señas de vergüenza, pierde disfraz en el PRI. Ahí no hay intento siquiera de simular deliberación y competencia. Un partido nacional cuelga del capricho de un hombre. Ese hombre, cuando se anima a hablar del tapado, se desdobla y habla como vocero de la historia. Cuando, hace unos días, el presidente nos llamó despistados, subrayó que el misterio de su decisión solo lo conoce él. El presidente asume que por su voz habla una sabiduría tradicional. El partido sabe, el partido conoce, el partido valora… Cuando da esas señales, el presidente Peña Nieto comparte con el país sus hábitos digestivos.

La cobertura mediática tenderá a normalizar lo que es aberrante. Se irá con el señuelo de la novedad ignorando la restauración del mecanismo. Y tal vez pierda de vista que la reposición del tapadismo no es exhumación de un lindo folklore. La liturgia que tanto aprecian los priistas, el ritual que fascina a tanto opinador es un culto de lealtad y, en el fondo, un dispositivo para la prolongación de las complicidades. El tapado acepta una deuda con el destapador. Desde luego, el candidato del PRI no tiene asegurada hoy la presidencia. Pero la reposición del tapadismo inserta en el proceso la marca de connivencia. El presidente habrá meditado durante mucho tiempo sobre una decisión que imagina testamentaria. No puede ser ésta una decisión desinteresada precisamente porque es personal. Imposible pensar que en ese decreto no estén enredados también los temores y las ambiciones de quien trasmite la estafeta. Si, como dicen los priistas, el tapadismo es un ritual, saben bien que no es una ceremonia de sacrificio. Al heredar, el primer interés que se cuida es el de quien hereda.

La confianza con la que los priistas encaran el proceso se funda en la centralización y en la disciplina. Una decisión incuestionable que adquiere automáticamente apoyo de la organización. El presidente tiene que ver al futuro pero no puede desprenderse de su interés. Pensará en la campaña e imaginará un posible gobierno. No los podrá ver más que con sus anteojos, conociendo bien su vulnerabilidad, anticipando con angustia las probables mortificaciones futuras. Para el presidente el futuro es una amenaza. Una presidencia marcada por el escándalo no puede mirar lo que viene con indiferencia. Ahí se finca la perversidad del mecanismo. La voz que decide es la voz más cuestionada. Dentro del PRI, el valor principal es la lealtad al destapador. Para el destapado el imperativo será la traición. Puede verse la historia política del priismo hegemónico como variantes de esa tensión irresoluble. La dialéctica del tapado y el destapador.

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18, Ago 2017

Denuncia del artificio

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En una de las conferencias que Octavio Paz pronunció en Harvard a principios de 1972, el poeta advertía del fin de la idea del arte moderno.No el fin del arte, subrayaba, el fin de la idea del arte moderno. “Hoy somos testigos de otra mutación: el arte moderno comienza a perder sus poderes de negación. Desde hace años sus negaciones son repeticiones rituales: la rebeldía convertida en procedimiento, la crítica en retórica, la transgresión en ceremonia. La negación ha dejado de ser creadora.” Por esa línea camina el cineasta canadiense J. F. Martel en su polémica contra los artificios que posan como arte.

Toda obra de arte es un apocalipsis silencioso, dice Martel a la entrada de su Vindicación del arte en la era del artificio. Una novela, una sinfonía, un cuadro hacen estallar el mundo de los significados asumidos. Nacidos del asombro, provocan asombro. Revientan la inteligencia discursiva, rompen las cortinas del ego para expandir el mundo que habitamos.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de agosto.

 

 

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12, Jul 2017

Rilke y el despertar de la poesía

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La manada de turistas va de una ciudad a otra recorriendo los lugares que han visto mil veces en fotografías y libros. Van a la caza de las selfis. Son dirigidos por un guía que marca marcialmente el ritmo de sus pasos contándoles las anécdotas del lugar. En un museo florentino advierten una indicación: “prohibido usar flash.” Tal vez entonces, frente a un cuadro de Piero della Francesca, contraviniendo la indicación, suceda algo extraordinario, escribió Adam Zagajewski en un poema.

Y quizá entonces ocurra algo imprevisible,
Oculto en suave algodón, el corazón se conmueva
Se haga el silencio, brille un flash.

No es la cámara el origen del flashazo. El relámpago vendría del cuadro. La obra de Zagajewski, que acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias, es, como declara el título de uno de sus ensayos, una “defensa del fervor,” Una apuesta por ese flash que destella en un cuadro. Es la apuesta por un arte que puede seguir produciendo escalofríos metafísicos. De ello trata también su relectura de Rilke, el ensayo más reciente que podemos leerle en español. (Releer a Rilke, Acantilado, 2017.)

Zagajewski enfatiza el contraste entre el personaje público que fue Goethe, encarnación de lo mejor de su tiempo, un artista y científico admirado por miles y cortejado por los poderosos y Rilke, un “introvertido amante de la soledad.” Rilke no es la condensación espiritual de una época ni de un lugar. Y en eso radica precisamente su grandeza: “Lo más atractivo del estatus simbólico de Rilke apenas tiene nada que ver con las circunstancias externas de la época. A diferencia de Goethe, más que un ineludible representante de su tiempo, Rilke era un elegante sgno de interrogación en el margen de la historia.”

Rilke, el “artista puro” es retratado por Zagajewsk como un hombre sin raíces dispuesto a apropiarse de linajes ajenos. Un hombre que vivía gracias a su imaginación. Como poeta no trató de describir las cosas o las situaciones. Trató de descubrir qué decían esas cosas, qué querían decirnos. El poeta polaco no escribe, por supuesto, un estudio erudito sobre Rilke. En este breve ensayo identifica el poder que esa poesía ha tenido en su propia vida. Cuenta el momento en que recibió el flashazo. Era estudiante preparatoriano y gracias a su profesor de literatura compró un ejemplar de las Elegías de Duino. Recuerda que era un volumen delgado y elegante que empezó a leer tan pronto lo pagó en la librería. El deslumbramento fue inmediato: “y, en mitad de la calle inundada por el monótono estruendo de una perezosa tarde comunista, leí por vez primera las mágicas frases de ‘la primera elegía.’

¿Quién, si gritara yo, me escucharía
en los celestes coros? Y si un ángel
inopinadamente me ciñera
contra su corazón, la fuerza de su ser
me borraría; porque la belleza no es
sino el nacimiento de lo terrible; un algo
que nosotros podemos admirar y soportar
tan sólo en la medida en que se aviene,
desdeñoso a existir sin destruirnos.

Cuenta Zagajewski que, al leer estas líneas sobre la belleza como el nacimiento de lo terrible, “la calle desapareció de repente, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió intemporal, me topé con la eternidad y la poesía despertó.”

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23, Ene 2017

El pintadiablos

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A Goya debemos verlo como uno de los grandes pensadores de la historia. Lo propone Tzvetan Todorov en un ensayo sobre su obra. En sus lienzos y sus grabados reconocemos no solamente a uno de los grandes pintores de todos los tiempos, sino a un pensador a la altura de su contemporáneo Goethe o de Dostoievski, medio siglo después. Pintar ideas, pensar con tinta. El Museo de San Carlos presenta en estos días una exposición del artista de Fuendetodos. Es una muestra pequeña y modesta en la que pueden verse algunos de sus grabados más famosos. Vale advertir que hay pocos lienzos de Goya e, incluso, piezas de sus copistas. El centro de la exposición son los grabados que integran sus libros. Están los ochenta caprichos, dieciocho disparates y siete grabados de la tauromaquia. Se extrañan, por supuesto, por estar tan cerca del México de hoy, sus grabados de los desastres de la guerra. Con todo, la muestra de San Carlos permite un acercamiento al mundo de Goya, a su visión del mundo, a su idea del hombre.

Podemos encontrar al fisonomista que se deleita en las formas del cuerpo, que retrata la hermosura y la fealdad, la voluptuosidad y el defecto. Aparece también el sociólogo que cataloga la diversidad y denuncia la miseria. Majas, toreros, putas, curas, changos, vagabundos. Sujetos enmascarados, elegantes, harapientos. Caracteres ridículos, temibles, entrañables. Bizcos, cojos, jorobados. Se puede ver también aquí al moralista que denuncia la hipocresía y se burla de la superstición. Su anticlericalismo no lo conduce, sin embargo, al optimismo de su siglo. Goya sabe bien que los filósofos producen tantos monstruos como los hechiceros.

 

El artículo completo puede leerse aquí…

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21, Dic 2016

Marius de Zayas en la Casa Barragán

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Hace casi cien años cerró la legendaria galería de Alfred Stieglitz en Nueva York. El espacio tenía un nombre muy largo pero se le conocía como la 291, por estar ubicada en ese número de la Quinta Avenida. En sus paredes se defendió la dignidad artística de la fotografía y se dio a conocer el arte parisino en el continente. El alma de la galería, su animador, su agente diplomático ante los artistas que se abrían paso en Europa fue Marius de Zayas, un talentoso caricaturista nacido en Veracruz y cuya familia fue lanzada al exilio en el gobierno de Porfirio Díaz. Gracias al destierro, vivió entre París y Nueva York. Su vaivén por el Atlántico contaminó venturosamente a Manhattan con el arte moderno. A pesar de la admirable labor de Antonio Saborit, quien ha publicado dos estupendos volúmenes con sus textos, de una exposición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y otra en el Munal, la aportación del promotor artístico sigue siendo poco conocida entre nosotros.

Cómo, cuándo y por qué el arte moderno llegó a Nueva York (UNAM/DGP/El Equilibrista, 2005), la carta que De Zayas dirigió a Alfred H. Barr Jr., narra la transformación de una ciudad como producto de una revolución estética. Es, por supuesto, la crónica de un encuentro artístico pero es también el testimonio de una mutación histórica. Al cambiar su mirada, la ciudad provinciana se convirtió en capital cultural del mundo. El enjambre comercial adquirió otra energía. El aperitivo que la 291 sirvió a la ciudad para tentarla con el arte moderno fue una exposición “inmoral” de Rodin. Luego vinieron Matisse, Cézanne y, en 1910, Picasso. El veracruzano escribió la nota que acompañaba el catálogo. Un texto breve y notable que explica su pintura como captación de posibilidades, síntesis de vibraciones. La carta de De Zayas tiene el tino de registrar las resistencias de la crítica profesional a la nueva expresión: arte inmoral, confuso, sin personalidad, demente, caótico…

El artículo completo puede leerse en el número de diciembre de Letras libres.

 

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