Sin Categoría

11, Jul 2019

Saber melódico

Nos define la ignorancia de nuestro piso, escribe Roberto Calasso en la primera línea de su ensayo más reciente. El explorador de todas las mitologías, el editor exquisito recorre en este trabajo las telarañas de la ansiedad contemporánea. “La sensación más precisa y más aguda, para quien vive en este momento, es la de no saber dónde se pisa en cada momento. El terreno es poco firme, las líneas se desdoblan, los tejidos se deshacen, las perspectivas oscilan. Entonces se advierte con mayor evidencia que nos encontramos en la actualidad innombrable”. El ensayo de Calasso toca el presente, es decir, todo lo que, aun siendo remoto, vive. Para entender la peculiaridad de nuestro tiempo hay que escudriñar las ficciones del pasado. Este día seguimos escribiendo la inmensa novela humana. Todos los relatos de las civilizaciones son uno. Por ello este ensayo sobre el presente se vierte sobre el mismo recipiente de La ruina de KaschLas bodas de Cadmo y HarmoníaKaLa Folie Baudelaire o El ardor. Los ríos del mito, de la poesía, de la historia se vierten al mismo océano. El inabarcable relato que nos constituye.

Tendrán muchos nombres los dioses, pero repiten, con sutiles variaciones, los mismos gestos. En el obsesivo clic del turista y la ansiosa anticipación del terrorista, se percibe la reverberación de mil cuentos. El diálogo con las deidades y las pasiones continúa. La sensibilidad poética de Calasso sigue bordando lo celestial y lo subcutáneo: la gran aventura de nuestros enigmas. Como los griegos, el italiano está poseído por los enigmas. Pero… ¿qué es un enigma? Un misterio, se respondería de inmediato. Pero es un misterio, escribe en Las bodas de Cadmo y Harmonía, cuya solución es igualmente misteriosa. Resolver un enigma es apenas elevarse a un enigma superior. Esa es la naturaleza de esos ensayos eruditos y desafiantes: una depuración de la perplejidad.

El artículo completo puede leerse aquí.

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02, Jul 2019

Aislacionismo

El discurso oficial abraza nuevamente el nacionalismo. Eso que Jorge Cuesta denunciara en su tiempo como una coartada de la mediocridad, ha vuelto a ocupar el centro del discurso público. Mexicanismo: la ilusión de que a México le basta lo propio. Pensar que lo nuestro es, por el hecho ser nuestro, lo mejor, lo más valioso. Ver lo extranjero como algo que, por el hecho de venir de fuera, es despreciable. Para nosotros, lo nuestro y sólo eso. Cerrar los ojos a lo que acontece afuera. Callar cualquier opinión sobre lo que sucede detrás de frontera. No necesitamos de los otros. No tenemos nada que aportarle a los demás. La ciencia de los otros es sospechosa. La cultura de los otros nos amenaza.

El viejo nacionalismo no era aislacionista. De hecho, el nacionalismo postrevolucionario era fundamento de una política internacional activa e intensa. El país tenía una posición en el mundo. Era un actor visible, defendía sus intereses y su visión en el ámbito global. Tuvo una posición frente al fascismo. Plantó cara a las dictaduras. Tuvo voz. Construyó alianzas, defendió causas. En coyunturas críticas asumió riesgos. El nacionalismo de hoy es otra cosa. Su curiosa lectura de la constitución lo lleva a renunciar a la política internacional. Una frívola distracción. La idea de que la mejor política exterior es la política interior significa que la mejor política exterior es aquella que no existe. Lo cierto es que la política internacional le tiene sin cuidado al presidente. Simplemente no le parece relevante. Cree que se trata de un brindis de aristócratas, una pérdida de tiempo. Estos seis meses de gobierno son elocuentes. Medio año de inactividad y de silencio. Frente a la crisis venezolana, México decidió no existir. La única política exterior que le interesa al presidente es la que no le quita el tiempo, la que no lo aleja de sus rutinas, la que no lo saca de su centro.

El hombre convencido de que estudiar fuera de México es contaminarse, aprender malas mañas, siente un profundo desprecio por la política exterior. ¿Para qué mantener una embajada si hay skpe? Fascinando con la comunicación en su pantalla, el presidente cree que ha superado el atavismo de las cumbres y del diálogo directo con sus pares. Una conexión de wifi es suficiente para superar el fastidio de comunicarse con extranjeros. Lo que resulta claro es que el presidente López Obrador no piensa distraerse con el mundo. O, por lo menos, eso ha pensado hasta ahora. El franciscano imagina que salir del país es una ofensa a los mexicanos. ¿Para qué usar traductores si es tan comprensible la indecencia de los cortesanos que lo abordan por las mañanas? ¿Para qué ir a un encuentro de mandatarios, si hay cosas más urgentes en México, como, por ejemplo, organizar un magnífico baile de  de autocelebración? Que sean los subalternos quienes malgasten de esa manera su tiempo. Menos México en el mundo y, por supuesto, menos mundo en México.

El nuevo nacionalismo es más provinciano que el previo. El otro tenía al exterior como referente. El victimismo nacionalista no se cansaba de decir que el origen de nuestro atraso era el imperio. El culpable de todos nuestros males estaba afuera. La codicia de los otros impedía el florecimiento de la nación. Esa denuncia ha desaparecido bajo el lopezobradorismo. Todos los males de México son endógenos, la mafia que nos oprime es de aquí. Por eso llama la atención que el populismo lopezobradorista carezca de dimensión internacional. No denuncia al norte, ni tiene el menor interés en construir alianzas con los países del sur. La penosa carta que el presidente envió al anfitrión de la cumbre de Osaka es la mejor prueba de su desinterés por la política internacional.

Este primer tramo del gobierno de López Obrador debería dejar claro el error del aislacionismo reinante. México no puede darse el lujo de callar en el mundo. El país no puede desentenderse de sus responsabilidades globales, no puede dejar de actuar políticamente fuera de las fronteras. A pesar de que en todos lados se respire nostalgia nacionalista, el mundo está integrado. Si nuestra suerte depende en buena medida de lo que se decida afuera, salir para cuidar el interés nacional no es ninguna frivolidad

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24, Jun 2019

Hechizo de palabras

Andrés Manuel López Obrador se habituó a producir realidad con las palabras. Como tenaz dirigente opositor fue capaz de definir la naturaleza del presente y configurar el antagonismo políticamente relevante. Lo hizo hablando. En el decir estaba su acción. Su relato daba cuerpo a una identidad pública. En el indignado recuento del pasado inmediato y en la nostalgia de lo remoto construyó un alegato persuasivo y eficaz que cambió la política mexicana. Mientras predominaban las coincidencias entre los partidos de la transición, él mantuvo, casi a solas, la voz de la discrepancia. Pero, con el paso de los años, su relato fue empatando con una emoción colectiva en expansión. El país fue hablando el lenguaje del opositor. Su vocabulario se convirtió en el vocabulario común. Nos hicimos de sus palabras, repetimos sus ocurrencias, empleamos el chicote de sus insultos, absorbimos el léxico de su epopeya. Ningún político ha tenido el éxito de López Obrador para colonizar nuestra expresión e insertarse en el seno de nuestra racionalidad. Hablamos pejeñol. Este videojuego “no lo tiene ni Obama,” decían hasta hace poco los niños, apropiándose de un dicho de campaña. La “mafia del poder” dejó de ser solamente referencia de un grupo político más o menos compacto, para convertirse en el malvado imaginario de todos. El diablo personal era “el innombrable” y el salvador era “ya sabes quién.” “Fifí,” una expresión en desuso, se convirtió, de pronto, en la voz de moda. Hasta los enemigos del presidente se describen como “fifís a mucha honra.” Y el absurdo de la “Cuarta Transformación”, pronunciada así con reverencia de mayúsculas, es una fórmula que emplean hasta los críticos del gobierno, como si existiera tal cosa, como si pudiera el presente fijar su sitio histórico.

Difícilmente puede haber crítica cuando el poder presidencial ha colonizado no solamente las instituciones sino, sobre todo, el lenguaje. No es exageración decir que López Obrador está en boca de todos. Lo está porque se infiltró en nuestro idioma. Porque estamos hablando como si él fuera el autor del nuevo diccionario nacional. No niego el misterioso talento expresivo que hay en ese “poeta del insulto” como lo llamara Gabriel Zaid. Advierto las consecuencias de ese embrujo. No puede decirse que sea un gran orador. No hay ritmo en su discurso, sus recursos retóricos son muy limitados, sus repeticiones son insufribles. Todo, soporíferamente predecible. Pero nadie en la historia contemporánea de México ha hechizado nuestro lenguaje como el presidente López Obrador.

El vocabulario que López Obrador ha acuñado ha rehecho el mapa imaginario de México. Son las palabras las que, al fin y al cabo, nos permiten comunicarnos y entendernos. Son los instrumentos insustituibles de la comprensión. Quien, sin darse cuenta, emplea ese lenguaje lleno de insulto y descalificación, de simplificaciones maniqueas, de grandiosas epopeyas que parten la historia en dos ha mordido el anzuelo. Quienes se enganchan al cebo son, por igual, los fieles y los opositores. De los fieles se entiende que hagan eco de la tonada. Son los críticos quienes desertan de su deber al absorber la cosmovisión presidencial mimetizando, en negativo, su retórica binaria.

La primera tarea de la crítica es, quizá, recuperar el lenguaje. Hablar con ese idioma común que registra la complejidad, que practica el respeto en la descripción del otro, que advierte la modestia de la voz. Restablecer la paleta de los claroscuros. Respetar el dato. Escuchar el razonamiento técnico, sin creer que la suya es la única o la última palabra. Rehabilitar el vocabulario moral. Apreciar la pluralidad de razones válidas e intereses legítimos. Cuidar el hilo de los argumentos. Exhibir la demagogia de quien da categoría de inapelable decisión del pueblo, a la respuesta de un grupo de simpatizantes a la pregunta de su caudillo. Escapar, con los gerundios, de la trampa del tiempo muerto. El pasado no está sellado, como pretende el oficialismo. Sigue siendo. Para superarlo no basta decretar su abolición y cantar el himno del nuevo amanecer.

Quiero decir que para comprender lo que sucede, hay que luchar contra ese contagio de simplezas y desprecios que nos apesta. Rechazar, por ejemplo, la idea de la reinvención patria desde el propio apelativo es indispensable para repeler la idea de que todo lo existente merece abolición; de que todo lo nuevo exige respaldo. Eso que el oficialismo llama “cuarta transformación” no es más que eso: un lema para enaltecer al poder. Nuestra expresión no puede ser tributo a la megalomanía presidencial.

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07, Jun 2019

Contra la tersura

La tragedia, dice la poeta Anne Carson, evoca ese olor a tocino caliente que hay en la contradicción pura. Desde siempre, la nariz de la filosofía le ha hecho ascos a ese aroma quemado. Su tragedia fue, precisamente, el rehuir la experiencia de lo trágico. Desde su primer monumento ha pretendido enviar al exilio la experiencia del dolor y del lamento. Desde aquella república, la filosofía se comprometió con el ideal de la tersura. Conquistar la armonía, pulir la existencia hasta liberarla de cualquier astilla, amaestrar las emociones; venerar la verdad única y entregarse a ella.

La tragedia es una invitación para entendernos de otra manera. Una propuesta para albergar con sabiduría la viva fricción de lo contradictorio. No es una la verdad, no es una la justicia. Nunca es claro el recuerdo y siempre habrá algo de indómito en nosotros. A defender la tragedia frente a su censora ha dedicado Simon Critchley un buen número de cursos, conferencias, seminarios, y su libro más reciente. La tragedia, los griegos y nosotros es el título del libro que apareció este año bajo el sello de Pantheon Books. No es del infortunio de lo que hablamos cuando hablamos de tragedia. No es trágico un huracán que arrasa una ciudad. Lo trágico no proviene de una agresión de la naturaleza, sino de una conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina. La tragedia, dice el filósofo inglés, exige de nosotros cierta complicidad. Una inconsciente colaboración con la catástrofe. En esa involuntaria colaboración despunta una advertencia: porque alojamos a los fantasmas de nuestra desgracia no seremos nunca los amos de nuestra existencia. Absurda es la ilusión de nuestro señorío psicológico. Más que agentes autónomos, somos juguetes, tuercas, trapos.

El artículo completo, aquí.
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20, May 2019

1994


La historia no crece como el pasto. Hay momentos en que el tiempo se acelera, horas que precipitan cambios colosales, instantes que revientan lo que, por décadas o siglos permanecía firme. Entender la historia es aproximarse a sus dos ritmos. Al lento flujo de los días, a las persistencias, a la discreta sedimentación de los cambios y también a los acelerones y a las rupturas súbitas. Ese fue uno de los lentes del historiador húngaro John Lukacs: la historia “microcósmica.” Se refería al análisis de las coyunturas decisivas. En su trabajo como historiador fue poco a poco comprimiendo el tiempo. Si en su primer libro sobre la Segunda Guerra analizó los dos años más intensos del conflicto y en el segundo examinó el duelo entre Hitler y Churchill narrando ochenta días de 1940, su tercer libro sobre la guerra exprime lo sucedido en menos de una semana. Cinco días en Londres es el título del libro. Sus amigos bromeaban que el siguiente trabajo abordaría los quince minutos más dramáticos de la guerra.

1994, el documental de Diego Enrique Osorno producido por Vice que puede verse en Netflix es un ejemplo de esta perspectiva microcósmica. En unos meses se revelan las tensiones enterradas de México, desaparecen los cuentos con los que nos arrulló la retórica oficial, queda hecha polvo la ilusión de cierto futuro. Fue entonces que, a golpe de rebeliones y conspiraciones palaciegas, se descarriló el proyecto más ambicioso de modernidad. Y la sangre, desde entonces, en el centro. 1994 es el año en que todo se rompe en México. Lo vemos en los vertiginosos capítulos del documental. El relevo presidencial se sale del libreto de la disciplina priista. El mito de la paz se rompe con el estallido zapatista. La violencia vuelve a la política e irrumpe también, con enorme fuerza de seducción, la palabra sublevada. Los enredos sucesorios producen una crisis económica brutal. Por supuesto, aquel año no terminó el 1º de enero de 1995. Dormimos en buena medida en las réplicas de aquellos terremotos. La paz rota, el entendimiento imposible.

La historia mexicana se tuerce en 1994. No por un evento supremo que lo hubiera alterado todo, sino por una sucesión de infortunios, azares y tragedias. Si recordamos 1968 fue por el movimiento estudiantil. Si recordamos el 2000 será por la alternancia. 1994 no puede quedar cifrado en un acontecimiento porque fue un torbellino de catástrofes. Osorno no coquetea en ningún momento con la maniobra perversa y todopoderosa que mueve todos los hilos. Esa suele ser la tentación del documentalismo elemental. Revelar el cuartel de las conspiraciones. El periodismo de Osorno, por el contrario, nos permite advertir lo contrario, es decir, la dimensión del caos. Muestra por eso las contradicciones, las incoherencias y los misterios de aquellos días que siguen vivos. Lo que vemos gracias al admirable uso de los archivos y las entrevistas puntuales es que aquellos terremotos en la cúspide y en la base destruyeron las columnas del sentido. ¿Qué demonios pasa en México? No hemos podido dejar de hacer esa pregunta desde entonces. Es la angustia de una política fuera de curso. La vivencia de un momento trágico: el tiempo fuera de quicio.

Quien recuerde aquel año dialogará, discrepará con el documental de Osorno. A ratos, el documental parece el testimonio de Carlos Salinas sobre aquellos días. La versión del presidente impera sobre el resto de las voces. Aparece como un estratega brillante, un estadista imperturbable que es también un amigo sensible. Luis Donaldo Colosio es retratado como un santo al que no permitieron obrar la conversión democrática del régimen. Podemos ver los ejercicios militares de los zapatistas y escuchar la voz de un subcomandante Marcos panzón, pero me parece que no se logra recrear el impacto que sus mensajes tuvieron entonces. México estuvo, en 1994, hipnotizado por unas cartas que venían de la selva.  Y de la incubación de la terrible crisis económica del 95 apenas tenemos algún indicio. Críticas menores. 1994 es un documental ejemplar. Valioso, sobre todo, porque permite encarar esa historia reciente que es historia presente.

Un acontecimiento se le escapa al documental. En 1994 se estrenó Pulp Fiction.

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20, Mar 2019

Plantas que juegan

El Noé de la historia bíblica fue en extremo cuidadoso para asegurarse que todas las especies entraran a su barco. Águilas, venados, osos, elefantes, lobos, pericos, abejas. Todos debían subir al arca, naturalmente en parejas, para que la especie sobreviviera el castigo. Un pequeño detalle se le olvidó al autor del cuento: el iracundo que enviaba el diluvio como castigo no ordenó empacar macetas. Quería salvar la vida, pero abandonaba lo que le daba sustento. El barco zarpó y dejó en tierra a las palmeras, a los helechos, a los guayabos. Como resultaba irrelevante trepar piedras al barco, lo era el abandonar a las flores. El olvido de esta historia es, tal vez, la mejor estampa de la ceguera vegetal de Occidente. Ignorar a las plantas. Si se nos presenta una fotografía de la selva en la que se muestra una variedad enorme de árboles, arbustos, hierbas, flores, legumbres y un pájaro en la esquina, notaremos al pájaro y no las muchas plantas en la imagen.

Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia ha combatido esa ceguera. El año pasado publicó un libro sobre la inteligencia de las plantas. (The Evolutionary Genius of Plants. A New Understanding of Plant Intelligence and Behaviour, Atria Books, 2018.) Se trata de un libro fascinante sobre las herramientas que han desarrollado las plantas para sobrevivir. Su inmovilidad no es, en modo alguno, insensibilidad. Su mudez no es incomunicación. Mientras los animales han encontrado en el movimiento la clave de su sobrevivencia, las plantas han tenido que desarrollar otro ingenio. Merece ser llamado inteligencia, dice Mancuso: es una capacidad que permite apreciar las características del entorno, detectar los desafíos y encarar las amenazas. Las plantas, como los insectos o los peces, resuelven problemas. ¿No llamamos a eso inteligencia? Su argumento tiene un ilustre precedente. Charles Darwin al estudiar, junto con su hijo Francis, el movimiento en las plantas, concluyó que en la punta de las raíces había inteligencia.

Hay, en efecto, un comportamiento inteligente en las plantas. Que no provenga de un centro unificador como el cerebro animal no significa que no exista. Hay ingenio sin cerebro. La inteligencia tampoco necesita manifestarse como una agilidad de movimiento que podemos percibir a simple ojo. El tiempo vegetal no es el nuestro. La capacidad sensorial de las plantas no se concentra en órganos especializados pero existe: no tendrán ojos, pero puede decirse que ven; no tienen nariz, pero perciben olores, no tienen boca, pero emiten información a través de un complejo vocabulario de sustancias. La inmovilidad ha llevado a las plantas a desarrollar un discernimiento químico más avanzado que el de nuestro mejor laboratorio.

Mancuso registra las muchas manifestaciones de la inteligencia verde. Hay recuerdos en las plantas, aprendizaje basado en la experiencia. Puede identificarse el cálculo de riesgos y el anticipo de beneficios. Sabemos que se comunican, e incluso, que se entienen mejor las hijas de la misma planta. No es absurdo decir que son capaces de idear argucias militares. Mienten, seducen, se esconden. Cuando una larva ataca a un tomate, sus hojas lanzan una invitación a los emigos de la larva. El enemigo de tu enemigo será tu amigo… Lo más llamativo quizá es el juego de los girasoles. En una conferencia, Mancuso muestra las imágenes aceleradas de unos girasoles tiernos que se arquean de un lado para otro. Giran y dan vueltas; se estiran y se encogen. Uno diría que están bailando. Juegan. Como los cachorros juegan a la cacería, los girasoles juegan a atrapar la luz. Se preparan. Será, desde luego, una metáfora como esa de la neurobiología vegetal, pero ¿qué sería la ciencia sin metáforas?

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06, Mar 2019

Sembrar pájaros

Hay tiempo. Hay que darse tiempo. Ese era el consejo que Manuel Álvarez Bravo le daba a Graciela Iturbide, su achichincle. La fotografía llegará cuando sea su momento. No hay manera de planear una sorpresa. La paciencia ritual de la fotografía es cultivo de azar.

De esas sorpresas que el lente capta con esmero está hecha la exposición de Graciela Iturbide que se presenta en el Palacio de Iturbide. “Cuando habla la luz” es el nombre que se le ha dado a esta retrospectiva de más de cuarenta años de constancia artística. La exposición escapa del recorrido cronológico y de la ordenación geográfica para destacar los emblemas de su perseverancia. Juan Rafael Coronel, el curador de la muestra, propone un viajes a través de veinte interrogantes: el autorretrato y el reflejo; la muerte y lo sagrado; las máscaras, los recuerdos y la premonición; los alfabetos y las geometrías.

El espejo es la primera estación del recorrido. No son muchas las fotografías en las que Graciela Iturbide se mira, pero sus autorretratos deberán reconocerse como una de las autoexploraciones más profundas en el arte mexicano contemporáneo. El rostro de la artista con incrustaciones de otras vidas. Dos pájaros muertos sobre sus ojos. Un pescado sobre la boca, brillando en el atardecer del campo. Una familia de caracoles caminando sobre la cara, los hombros y los brazos. Y esas víboras negras que salen de su boca. El misterio del sueño se asienta en cada una de las fotografías de Graciela Iturbide.

Dije espejo y habré dicho mal porque la fotografía no es testimonio, es transfiguración. El mundo es otro tras el lente de la cámara. “La fotografía no es la realidad”, ha dicho ella. La cámara interviene y sublima. Sus series de Juchitán y de la India, sus hombres del desierto y de la playa son apariciones que en nada se acercan al catálogo antropológico. Su mirada no es la del estudioso que mira con respeto tal vez, pero con distancia al otro. La mirada de Graciela Iturbide es la de la identificación, la de la complicidad. Su naturaleza convalece, se duele. Cactus en recuperación, piernas postizas, palmeras en terapia. Son sus pies los que se asoman en la tina de Frida Kahlo.

La cámara también sorprende. Renuente a emplear cámaras digitales, la imagen es un misterio hasta que ha sido revelada. Y aún entonces, el misterio permanece. ¿Qué significa esa luz? ¿Qué esconden las sombras? Una de sus fotografías más famosas, “La mujer ángel”, que tomó en Sonora en 1979, captura a una mujer seri que camina con prisa por el desierto, cargando su radio grabadora en el monte. La vemos de espaldas, ante la inmensidad del desierto. Una imagen poderosísima. Graciela Iturbide no recordaba haber tomado esa imagen. La descubrió hasta que le enseñó los contactos a Pablo Ortiz Monasterio. Regalos del azar. Si el fotógrafo rehace el mundo, la fotografía lo rehace a él.

No recuerda todo el sueño, pero sí una frase que un hombre pronuncia: “En mi tierra sembraré pájaros”. Premonición de una estampa que llegaría después: un hombre como el del sueño, dedicado a cultivar alas y esparcir por la tierra, semillas para el vuelo. Los pájaros aparecen en muchos módulos de la exposición. Son el cuerpo del sacrificio, el anuncio de la muerte, la libertad de los árboles. Graciela Iturbide recuerda una reflexión de San Juan de la Cruz sobre la soledad de las aves y el espíritu contemplativo. “Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha de tener el alma contemplativa: que se ha de subir sobre las cosas transitorias, no haciendo más caso de ellas que si no fuesen; y ha de ser tan amiga de la soledad y silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de poner el pico al aire del Espíritu Santo, correspondiendo a sus inspiraciones, para que, haciéndolo así, se haga más digna de su compañía; no ha de tener determinado color, no teniendo determinación en ninguna cosa, sino en lo que es voluntad de Dios; ha de cantar suavemente en la contemplación y amor de su Esposo.”

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13, Feb 2019

Sublime misantropía

“El pico del loro, que éste se limpia, aunque esté limpio”. Resortes cubiertos de plumas. Una ruidosa máquina que repite movimientos sin activar reflexión alguna. Ese el juicio de Blas Pascal sobre los animales. Encuentra máquinas en el pájaro y en el resto de los animales; autómatas que gozan su inconsciencia. Repiten día a día los mismos movimientos sin curiosidad alguna, sin la menor angustia el sentido de su existencia o por su destino. La del loro y la de pez son vidas sin drama porque desconocen su miseria. El hombre es otra cosa. Se hace preguntas y por ello sufre. Su existencia nada de animal tiene y, si hay grandeza en él, es solamente porque es capaz de conocer la hondura de su desgracia. Tan frágiles somos que cualquier cosa puede terminar con nuestra vida. Una gota de agua, un vapor, el piquete de un mosquito pueden matarnos. Pero, a diferencia del mosquito, nosotros nos sabemos mortales. Nuestra dignidad radica solamente en la consciencia de nuestra miseria.

Sin orden ni programa los Pensamientos de Pascal son notas sueltas, aforismos, sentencias inconexas. La filosofía aparece en esas páginas como reflejo espontáneo de la vida. Celebraba Pascal esa naturalidad en el estilo. Quien lee a un auténtico escritor se sorprende: espera a un autor y descubre a un hombre. Sus Pensamientos son lo contrario de las ideas, decía Unamuno, porque son sustancia fluida, líquida, libre. A diferencia de las ideas que aspiran a fijar su sentido, el pensamiento no deja de deslizarse. Se transforma constantemente al entrar en contacto con la vida, al avivarse en la experiencia, al chocar con el prejuicio, al incitar nuevos pensamientos. El filósofo vasco sugería en La agonía del cristianismo que la idea petrificaba en dogma: el cadáver de un pensamiento. Pascal sabía que para filosofar era necesario saber burlarse de la filosofía.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero.

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28, Ene 2019

Homilías matinales

El presidente da la cara. Está presente todos los días en los medios. Desde la primera hora enfrenta a los periodistas. Mientras peleamos contra las sábanas, el presidente habla de sus iniciativas; cuando nosotros salimos del baño, el presidente anuncia un nuevo programa de gobierno. Escucha las preguntas de los reporteros. Responde algunas y evade otras. Sobrevuela los temas, no penetra en los detalles, rara vez se presenta datos precisos. Pero diariamente, como nadie en el mundo, dialoga, se deja ver, atiende peticiones de información. Por supuesto, como bien ha dicho Daniel Moreno, esta ceremonia cotidiana es todo menos una estrategia para la transparencia. Ese no es el objetivo de las homilías matinales. Las conferencias del presidente son una buena demostración de su política. Una extraordinaria sensibilidad y una preocupante improvisación.

La crisis de la democracia de la que tantos hablan en estos tiempos es producto, en buena medida, del abismo que existe entre el poder y la gente. Si se habla de los achaques de la democracia liberal o, incluso, de su agonía, es porque el poder democrático que, en principio debe estar atado al voto, se fuga a otro mundo. Podemos imaginar que en algún tiempo la lejanía de los gobernantes pudo haber cultivado el ascendiente del misterio. Asumir que la política es, a fin de cuentas, un arcano. Un sitio recóndito, reservado a unos cuantos. Era, tal vez, la autoridad de lo impenetrable. Hoy no quedan ya permisos para el distanciamiento. Toda distancia enfurece. Ofende también la coraza que protege al poder. Irrita el boato, la fastuosidad, el despilfarro. Todo esto lo entiende el presidente López Obrador. Se ha dedicado a pintar otro cuadro de la política.

No puede negarse que la suya es una forma distinta de mostrar y ejercer el poder. O, tal vez, de ejercer el poder, mostrándolo. Un poder cuya función principal es esa: mostrarse. Después de todo, el voluntarismo mágico de su fe depende de la propagación de un mensaje. Véanme y serán transformados. Escúchenme y encontrarán otra razón para vivir, lejos de la codicia y de los bajos placeres. De todo pueden tratar estos sermones, pero lo cierto es que muestran una autoridad cercana, hacen alarde de acción y de una ambición descomunal. El poder presidencial no es solamente visible, parece palpable. Tan al alcance de la mano está que corre riesgos indebidos. Su poder no encarna particularmente una reflexión meticulosa ni una estrategia sesuda, sino, ante todo, reflejo, acción impetuosa. Y se muestra también como un poder que se imagina como la palanca de una nueva etapa de la historia mexicana. Mucho puede decirse y criticarse del invento del autodidacta que desmañana reporteros, pero deberíamos aquilatar la importancia del triple mensaje que se repite con ejemplar consistencia: cercanía, acción, ambición. Un poder que no se aleja ni se oculta, un poder que no se queda dormido y que se atreve a desear lo extraordinario.

¿Desea lo extraordinario? Por supuesto. ¿Seduce su propósito? Sin duda. Ahí sigue en las nubes, con altísima popularidad. ¿Se está construyendo lo extraordinario? Nada hay que lo sugiera. Lo que se ha construido efectivamente es esa fuerza presidencial que se celebra todas las mañanas como encarnación del Cuarto Nacimiento. Es un poder que no solamente se beneficia de la debilidad de los contrapesos y la nulidad de los adversarios, sino que también se ha empeñado en erosionar las autonomías.

En las ceremonias matinales se trasluce también un mecanismo de decisión que resulta preocupante. Lo es, en primer lugar, porque se nos han presentado a las figuras que acompañan al presidente. Ya no nos imaginamos la voz del director de Pemex. ¡Lo hemos oído! Pocos funcionarios que acompañan al presidente han demostrado que merecen estar en su cargo. Ninguno parece capaz de llenar los importantes huecos en la formación del presidente. Nadie parece tener el aplomo para detener los arrebatos, las ligerezas o los desatinos del jefe. Y prevalece en esas ceremonias una idea de política basada casi en exclusiva en la intención. Si los deseos son tan nobles, si nosotros somos tan honestos, ¿qué podría salir mal?

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18, Ene 2019

Escribir dibujando

Mi oficio no tiene nombre, dijo alguna vez Abel Quezada. “No puedo decir que soy ‘caricaturista’ porque no sé hacer caricaturas propiamente dichas. No puedo decir que soy ‘cartonista’ porque esta palabra —bastante fea— viene del inglés cartoon y —otra vez— no indica exactamente lo que hago. Yo hago textos ilustrados. La gente les llama ‘cartones’, pero para definir mi profesión a mí me gusta decir que soy dibujante”.

Si pudiera volver a nacer, dijo, volvería a ser dibujante, pero un mejor dibujante de lo que soy. Dibujar es un placer que pocos conocen, insistía. Una herramienta para hacerse entender, otro idioma. Un tic. “Comencé a dibujar desde que era niño y lo he seguido haciendo durante todos los días —casi todas las horas de mi vida. Dibujo cuando estoy solo y cuando estoy acompañado. Dibujo cuando hablo por teléfono y dibujo cuando en los restaurantes converso con una persona”. Sus textos ilustrados ejercen el derecho a la mentira. Los hombres verdes, esos raros dotados del placer del dibujo, tienen ese privilegio: “La mentira es el arte. La verdad puede dejarse para los contadores. Las grandes obras de arte son enormes, bellas mentiras. La verdad es sólo una de las materias primas con que se hace una mentira”.

El artículo completo puede leerse en nexos de enero.

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31, Dic 2018

Nueces del 2018

El Pueblo contra la democracia, el trabajo de Yascha Mounk sobre el populismo, es seguramente el libro de teoría política más importante del año. El más comentado, el más discutido. Recientemente Paidós lo ha traducido al español. El profesor de Harvard identifica en el texto los orígenes del populismo y las razones de su seducción. Advierte igualmente los peligros que encierra esa pretensión de ejercer el monopolio moral de la representación política al encarnar a un pueblo siempre unido, bueno y sabio. Podría decirse, que el trabajo se queda, sin embargo, en las nubes de la teoría. En un artículo reciente publicado en el Atlantic que ha firmado junto a Jordan Kyle, Mounk intenta analizar objetivamente el desempeño de los gobiernos populistas contemporáneos. ¿Son eficaces? ¿Consiguen lo que prometen?

La pregunta es importante. Después de todo, las cuatro democracias más pobladas del mundo son gobernadas hoy por populistas: Modi en la India; Trump en Estados Unidos, Widodo en Indonesia y Bolsonaro en Brasil. ¿Cuál es en realidad el desempeño de los liderazgos y movimientos populistas en el mundo? ¿De qué manera puede contrastarse con políticas que no lo son? Mounk y Kyle identificaron cuarenta y seis dirigentes populistas en el mundo en treinta y tres países democráticos de 1990 hasta ahora. El primer resultado es claro. Los populistas son eficaces para conservar el poder. Los gobiernos populistas duran en el gobierno más del doble de tiempo que sus rivales. Su permanencia puede ser prueba de su respaldo. Sin embargo, los estudiosos advierten que solo una minoría de esos líderes deja el poder tras el castigo de los votos y que muchos prolongan su mandato tras alterar las reglas de la competencia. Lo más relevante, sin duda, es qué es lo que los populistas hacen con el poder. ¿Provocan efectivamente un deterioro institucional? ¿Aportan legitimidad? ¿Refrescan el pacto entre sociedad y gobierno? Las conclusiones de Mounk y Kyle no son alentadoras. Cerca de la mitad de los gobiernos populistas reescriben las reglas para debilitar los contrapesos y restringir el disenso. Tampoco son particularmente exitosos los gobiernos populistas en la lucha contra la corrupción. Si ofrecen sacar a sus países del pantano de la corrupción, suelen enlodarlo aún más.

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Pregunta John Gray: ¿Por qué será que los liberales siguen leyendo tan mal el presente?

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Los entuertos del presidente Trump atizan la ilusión de que su ascenso es un paréntesis en la historia. Tan sorprendente fue su victoria que se abriga la esperanza de que su presidencia terminará antes de tiempo. Se cerrará así la excepción y volverán las cosas a su sitio. El centro se recompondrá, los partidos recuperarán sus tradiciones y se pondrá fin a la caótica política del mitómano. No parece ser así. El terremoto ha cambiado a tal grado los puntos de referencia que no hay vuelta posible. Lo escribió hace poco el búlgaro Ivan Krastev, uno de los politólogos más lúcidos de nuestro tiempo. El impacto de Trump en la política mundial permanecerá mucho tiempo después de que deje la Casa Blanca. La marca que dejará en la historia será mayor que el que hayan dejado Bush u  Obama. “El mundo post-Trump no será el mundo pre-Trump.”

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Amos Oz recomendaba La vida de Brian en su brillante ensayo contra el fanatismo. En la película de Monty Python, el protagonista le dice a sus discípulos: “Todos ustedes son individuos.” La multitud responde: ¡Todos somos individuos!” Uno disiente. Tímidamente dice: “Yo no.” El montón lo calla de inmediato. La urgencia de pertenecer, la vocación de uniformarse suele ser el primer paso del fanatismo. Muy pronto se transforma en culto a los seductores.

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Tuiter, más que una plataforma de comunicación, es un reality show, escribió el historiador holandés Ian Buruma. El medio perfecto para un farsante narcisista como Donald Trump. “Normalmente no tenemos oportunidad de ver u oír sin filtro los pensamientos de otros (salvo, tal vez, en un bar). Antes los diarios pasaban las cartas al editor por un cuidadoso escrutinio para no dar publicidad a fanáticos y maniáticos; lo privado era privado. Pero con Internet eso cambió: ahora cualquiera puede airear sus pensamientos sin importar lo repelentes o absurdos que sean.” Es el reino de la ocurrencia y el prejuicio.

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13, Dic 2018

ROMA

El entusiasmo sólo se expresa en desmesura. Contenerlo es falsificarlo. Roma es una obra de arte como la que no se ha producido en México en este siglo. Más que una cinta, es un acontecimiento que solamente puedo comparar con la publicación de El laberinto de la soledad o de Pedro Páramo, con los murales de Orozco, con Los olvidados. Afirmaciones del arte que nos interpelan de manera radical. Metáforas que rehacen nuestro recuerdo y nuestra presencia. Quiero decir que Roma no es, a mi juicio, solamente la muestra de un artista en la plenitud de su creatividad, el trabajo magistral de un equipo insuperable que logra un concierto único. No es solamente la perfecta ensambladura de actuaciones, libreto, fotografía y evocaciones sonoras. Es algo más que una película técnicamente impecable y emocionalmente devastadora. Es el retrato más acabado del México dulce y cruel, de ese país entrañable y detestable que sigue sin ser una casa para todos.

Roma es muestra del genio, que no del puro talento de Alfonso Cuarón. Una película suya en todos los sentidos. Son sus recuerdos los que aparecen en la pantalla, es su cámara la que retrata la ciudad y el cielo, es su libreto el que fija las palabras y las miradas. Lo primero que maravilla es la fotografía. El blanco y negro encuentra su justificación plena porque armoniza los detalles. Imposible pasar por alto la conmovedora belleza de sus cuadros: la marea del agua que limpia el patio, una cazuela rota, el universo de las azoteas, una ciudad llena de vida, un avión que cruza el cielo. La cámara de Cuarón captura la intimidad de los cajones y el portento del horizonte. Acaricia con luz cada objeto para hacer poesía con esa cotidianidad que se ha ido. Si es una fiesta para la mirada, lo es también para el oído. La admirable recreación del pasado es, sobre todo, resurrección de sus sonidos. Los silbidos del afilador, el rumor de los viejos motores, los anuncios de la radio. Si regresamos a otro tiempo es porque lo escuchamos.

Roma puede verse como una carta de amor a las dos mujeres que marcaron la infancia del director. Su madre y la mujer que trabajaba en su casa no solamente cocinando y limpiando sino también cuidando amorosamente a los niños, despertándolos por la mañana, arrullándolos con canciones al dormir. Retratos de dos mujeres fuertes y solas. Si la película no se desbarranca ante los riesgos retóricos y sentimentales de la historia es por la contención de estas actuaciones magistrales. Cleo, (Yalitza Aparicio) encarna todas las emociones pronunciando apenas unas cuantas palabras. No tiene sitio en la conversación, pero sus silencios lo dicen todo. En sus ojos están la ternura y la sorpresa, el esmero y el cansancio, el miedo y la soledad. Contrastante es la energía masculina. Hombres cobardes que rugen, que amenazan, que matan y que huyen.

Vivir en casa ajena. Ese es el tema de Roma y es también el tema de México.  ¿Qué significa vivir en un país que es, a fin de cuentas, ajeno? ¿Qué significa, para los dos extremos de la casa, crecer con una familia inexistente? El cariño en la desigualdad no es falso, pero es perverso y encierra, a pesar de todas las dulzuras, un abuso. Los niños aprenden a ser, desde que pueden hablar, educadamente, déspotas. Una relación entrañable que, al mismo tiempo, supone la privación de los derechos: no hay vacaciones, no hay privacidad, no hay horarios. Un vivir para servir.

No le han faltado críticos a Cuarón por esta película llena de riesgos. Hay quien la encuentra condescendiente, hay quien advierte cierta intención de ennoblecer la explotación.  No lo veo así, pero creo que esas reacciones prueban la fuerza de una película que no puede sernos indiferente. Ahí está su grandeza: las emociones que despierta son profundas, aunque no sean opuestas.

Dos escenas marginales capturan el mensaje hiriente de la cinta. Dos niños juegan a ser astronautas. Uno de ellos pasea con su familia en el bosque. Su disfraz es impecable. Se imagina descubriendo parajes de la luna. En otra escena aparece otro niño (seguramente de la misma edad) jugando también al astronauta. Camina por los charcos de Netzahualcóyotl. No tiene disfraz de tienda, solamente se ha cubierto la cabeza con una cubeta a la que le ha abierto un hueco. Con idéntica emoción, imagina las mismas aventuras lunares. Esos niños, lo sabemos bien, no pertenecen al mismo país. No habitan la misma casa.

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10, Dic 2018

Nuestras instituciones

Muy generoso fue el presidente con su antecesor. Destrozó en su discurso todas y cada una de sus políticas, pero le agradeció su comportamiento durante el proceso electoral. Ni una palabra al órgano que organizó ejemplarmente la elección. Ni una mención al instituto que dio cauce a la competencia y contó los votos que le dieron la victoria. El silencio es significativo. Andrés Manuel López Obrador mantiene viva su desconfianza del orden institucional. Aun teniendo mayoría en el congreso, busca respaldos y legitimaciones por fuera de la legislatura. Está convencido de que la democracia está en otro lado y que las instituciones necesitan refundarse si es que quieren ser confiables.

Lo que le incomoda, en realidad, es la disonancia del pluralismo. Para él, la democracia no es un régimen de separaciones, sino la afirmación de la única voz legítima. Existiendo una voluntad auténtica del pueblo, todo lo que se aparte de ella, toda duda, toda sospecha, todo freno es un obstáculo maligno. Su ilusión es que los órganos del Estado se alineen con el gobierno mayoritario. Los procedimientos son, para él, frivolidades, los derechos coartadas de quienes pretenden defender privilegios. Esos son los reflejos del político que ocupa la presidencia. La victoria no ha transformado sus convicciones profundas. Si los jueces detienen una decisión, es porque son incapaces de entender el cambio que vivimos en julio.

Desde la perspectiva épica, las instituciones no pueden ser nunca plataformas de la neutralidad, jamás un patrimonio común. No deben siquiera aspirar a serlo. Si ellos tuvieron sus instituciones, ahora serán nuestras. Si antes sirvieron al neoliberalismo, ahora serán instrumentos de la Cuarta Transformación. Si fueron instrumento de ataque en contra nuestra, ahora estarán puestas a nuestro servicio.

En la ocupación morenista de las instituciones no se advierte, si quiera, la intención de guardar las apariencias. Debe ser, para ellos, consecuencia natural de haber conquistado la mayoría. Puede ser, tal vez, su entendimiento del “mandato”: los electores quisieron que lo cambiáramos todo, que barriéramos con todos, que refundáramos todo. Es la lógica de la aplanadora: si tenemos los votos, pasaremos por encima de quien nos venga en gana. El mensaje es claro: no se pretende afirmar a la judicatura como asiento de una imparcialidad deseable sino como respaldo del poder. Así lo muestra la terna que el presidente ha enviado al Senado para cubrir la vacante en la Suprema Corte de Justicia. Las elegidas por el presidente serían impresentables en cualquier país democrático. En cualquier lado se reconocería, por supuesto, su trayectoria académica y profesional, pero su activa militancia en un partido político, su participación reciente en contiendas electorales, su cercanía con el jefe de gobierno las invalidaría definitivamente para ocupar un asiento en el último tribunal de la república. Es a todas luces aberrante brincar de una actividad que llama a la parcialidad vehemente a las tareas de la justicia constitucional.

La denuncia de esta ocupación no es, en modo alguno, nostalgia de lo que tuvimos y que estaríamos a punto de perder. Los gobiernos recientes se encargaron de pervertir estos espacios de neutralidad. En los últimos años fuimos testigos de la captura de los órganos regulatorios, la partidización de instituciones que debían estar por encima de las parcialidades, la distribución por cuotas de los asientos de arbitraje. Pero eran, con todo, posiciones sujetas a negociación. El deseo de uno tenía que vencer el veto del otro. El gobierno no contaba con los votos necesarios para imponer, por sí solo su voluntad. Había que cruzar el puente para lograr los votos del consenso. Eso es lo que ha cambiado. La voluntad de los afines basta. Con ello han desaparecido los recatos. El presidente López Obrador se atreve a lo que ninguno de sus antecesores: proponer a militantes activos de su partido para ocupar el sitio que exigiría la suprema imparcialidad. Ningún presidente, desde la reforma del 95, se había atrevido a tal cosa. Controlando dos poderes del estado, el nuevo gobierno busca el control directo del tercero para eliminar de ese modo, uno de los pocos espacios institucionales de independencia.

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29, Nov 2018

Cirujano con machete

La política es voluntad y teatro. Poco más. Eso parece decir Andrés Manuel López Obrador, quien dentro de unas horas se convertirá en presidente de México. Para lograr el cambio, para refundar una nación, basta con desearlo y pintar los telones de una patria nueva. A López Obrador se le conoce por sus convicciones: fe en sí mismo y confianza en el efecto mágico de los símbolos. De esas dos cuerdas colgará su gobierno: centralización y escenografía. Son claros sus mensajes en estos largos meses de transición: concentrar todas las riendas del poder y cuidar, con admirable esmero, la coreografía de los símbolos.

López Obrador se ofrece al país como el Cuarto Padre de la Patria. La megalomanía ha sido parte de su encanto. Primero apareció Hidalgo, sonando las campanas de la independencia; luego vino Juárez, fundador del Estado laico. El tercer padre fue Madero, quien dio la vida por el sueño de la democracia. Ahora viene él para completar el mural con la fundación de una nación fraterna. No pretende ser un gestor. Ni siquiera le interesa ser considerado como un estadista porque para él la tarea pendiente, en realidad, es la nación. Encabezará el primer gobierno de izquierda desde que Lázaro Cárdenas dejara la presidencia en 1940. Encarna, sin duda, una esperanza igualitaria. Poner a los olvidados en el centro. Terminar por fin con el despotismo oligárquico. “Primero los pobres” ha sido su lema. Ese programa igualitario, urgente como ninguno, no solamente enfrenta el rechazo de quienes podrían ser materialmente afectados por sus políticas. En el estilo de su liderazgo, en la coalición que lo respalda, en las confusiones de su estrategia están, quizá, las mayores amenazas de su propio proyecto.

El artículo completo puede leerse en El país

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11, Sep 2018

Arte del tacto

A finales de enero de 1801 Charles Lamb le escribía una carta a William Wordsworth. Rechazaba una invitación a pasar una temporada en el campo con él. Lo mío es la ciudad sucia y ruidosa. Prefiero las calles polvorientas de Londres, las sorpresas y amenazas de la noche, la sordidez de algunos barrios a esa naturaleza repetitiva, silenciosa, muerta a la que dedicas tantos poemas. Mis únicos amantes son mi silla, la mesa en la que como y el librero que me sigue como un perro fiel (pero un poco más inteligente). También discrepa del tono que domina su literatura. En la carta le agradece el envío de sus baladas líricas y las elogia. Pero tras el piropo suelta las razones de una discrepancia esencial. En tus poemas encuentro una falla: hablan imperativamente. Tu voz instruye, como si estuviera dictando cátedra. Tus ideas no se resbalan en el oído, se imponen. “Un lector inteligente —dice Lamb— sentiría como un insulto que le digan qué pensar”. ¿Escribir con la ambición de que el lector piense como uno? ¡Qué indigno!

Lamb defendía la evasiva. Escondía su propia pluma. Los dos volúmenes que publicó en vida son atribuidos a un autor imaginario. En los Ensayos de Elia Lamb escribe de las brujas y de la galantería moderna; de las orejas y del préstamo de libros; del cerdo rostizado y de sus borracheras. Habrá cedido la autoría de sus divagaciones a Elia, pero como bien dijo con admiración Tito Monterroso, “es probable que después de Montaigne nadie se haya desnudado ante el público en otro libro de tan buena fe”. Lamb no se maquillaba. En el estreno de una obra suya se unió a la rechifla. Llegó a la conclusión de que era malísima. Así lo retrató Monterroso: “Charles Lamb era un hombre bajito, tímido y sarcástico, cosas que, si uno se fija, tienden siempre a juntarse; y es el autor de los Ensayos de Elia, a través de los cuales dejó un testimonio de cómo, pase lo que pase, después de todo el mundo puede ser visto con una sonrisa”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

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