02, Feb 2015

Cárcel de palabras

Edifiquemos nuestra ciudad con palabras. Es la conversación la que crea morada, dice Platón en esa sinfonía de pensamiento que inaugura nuestra tradición política. La palabra adquiere, en ese texto, carácter constitutivo: la palabra es la casa misma.

Dije que en Platón la conversación levanta la ciudad. Corrijo. El diálogo platónico no es intercambio de razones que se entretejen. Perspectivas diversas que se alimentan mutuamente, razones que se transforman en el intercambio, ideas que se moderan o reencauzan con el descubrimiento de una noción imprevista. La habitación común se construye en esa república con un trazo de verdad y un coro de errores. En realidad, el diálogo sirve ahí como escondite para el Autor. Esa es la pretensión del filósofo: nadie ha escrito La república: la verdad se alumbra a sí misma. Eso: el diálogo no es una mera elección estilística: es el fundamento de la Autoridad como portadora de una razón justa y perfecta. El dispositivo permite levantar, no el gobierno del filósofo como erróneamente se piensa, sino el gobierno de la Filosofía, un gobierno radicalmente desinteresado e infalible. La filosofía de Platón se presenta como la razón anónima, razón sin autor. Filosofía de una Razón sin padre.

Pero, ¿qué sucede ahí con la palabra?, ¿qué sitio ocupa el lenguaje en esa impecable ciudad de hielo? ¿Cuál es el código que nos impone su diagrama? La palabra es confiscada por el Orden. A él y sólo a él sirve. La palabra que imagina, la que capta el tono y la blandura de las cosas; la que advierte la mudanza de los seres, la palabra que opina o acaricia la apariencia, ha sido proscrita. Sólo hay una palabra lícita: la de la Razón. La otra, flexible, divagante sufre la persecución de la Verdad. La alegoría, el juicio espontáneo, el símbolo son enemigos del Estado. La ciudad de las palabras se convierte en regimiento de palabras. Es la victoria de la filosofía sobre la poesía. La fundación de un lenguaje disciplinario. María Zambrano, en párrafos extraordinarios describió esa tensión en la ciudad.

El filósofo quiere lo uno, porque lo quiere todo, hemos dicho. Y el poeta no quiere propiamente todo, porque teme que en este todo no esté en efecto cada una de las cosas y sus matices; el poeta quiere una, cada una de las cosas sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna. Quiere un todo desde el cual se posea cada cosa, más no entendiendo por cosa esa unidad hecha de sustracciones. La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la cosa complejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás. Quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro. El poeta no se afana para que de las cosas que hay, unas sean, y otras no lleguen a este privilegio, sino que trabaja para que todo lo que hay y lo que no hay, llegue a ser. El poeta no teme a la nada.

El artículo completo puede leerse aquí.

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