12, Nov 2013

Contra el desconocimiento de la felicidad

El periódico Reforma ha publicado hoy este comentario de Iván Martínez Bravo a mi artículo contra la felicidad. Aquí lo transcribo:

Contra el desconocimiento de la felicidad

Hay un desconocimiento grande sobre la importancia de medir el bienestar subjetivo (mejor conocido como felicidad) y su utilidad en el diseño de políticas públicas. Se argumenta con lugares comunes que a estas alturas resultan más bien ingenuos, pues pertenecen a debates rancios, ya superados dese hace tiempo. Aclaremos tres, presentados en este diario en la columna “Contra la Felicidad” del 28 de octubre.

Ahí se pone en duda el hecho de que la felicidad se puede medir. La felicidad sí se puede medir y también los factores que influyen en ella. Hay un cuerpo vastísimo de bibliografía y evidencia contundente al respecto.[1] La felicidad no es un concepto acientífico, ni absolutamente inasible, se puede medir -muy confiablemente- y ya se mide desde hace años.

Hoy, contraponer la felicidad y el ingreso resulta anacrónico. Con frecuencia, se ironiza con frases del estilo: “¿Qué importa nuestra miseria si somos tan felices?” Lo que esto indica, y que muchos expertos no alcanzan a ver, es que estamos desatendiendo muchos otros factores que explican la felicidad de una persona y nos estamos concentrando en -y sobrevalorando- uno solo: el ingreso. No está mal una persona que tenga pocos ingresos y aún así no se sienta infeliz, está mal el experto que no logra entender por qué esta persona puede sentirse feliz. El dinero es una variable importante, por supuesto, pero no es la única ni mucho menos la más importante.

Se asume, equivocadamente, que el estudioso del bienestar propone que es responsabilidad del Estado «brindar» felicidad al pueblo. Error: ningún científico social serio que estudie el bienestar subjetivo ha propuesto que esto sea responsabilidad del Estado. Eso no es posible: la felicidad es una experiencia personal. Una experiencia que involucra, sobre todo, factores cognitivos y factores emotivos, y que ocurre dentro de los distintos ámbitos que conforman la vida de una persona: el familiar, el laboral, el de la salud, etc.

La felicidad de la gran mayoría de las personas aumenta cuando su salud es buena, cuando cuentan con habilidades para enfrentar problemas y comprender el mundo, cuando disponen del tiempo necesario para convivir con sus seres queridos, cuando están satisfechas con su trabajo, y muchos etcéteras. La responsabilidad del Estado está en diseñar políticas públicas para que todo esto ocurra, generar las condiciones para que la experiencia de bienestar (ser feliz) tenga lugar, mas no “otorgar” felicidad al pueblo.

Sólo teniendo en cuenta que el bienestar de las personas se explica por muchas otras variables además del ingreso podremos diseñar políticas públicas que incidan verdaderamente en su felicidad.

Iván Martínez Bravo
Imagina México A.C.


[1] Una revisión clara de estos hallazgos se encuentra en el capítulo 3 de Rojas y Martínez (coord.), Medición, Investigación e Incorporación a la Política Pública del Bienestar Subjetivo: América Latina, México, Foro Consultivo Científico y Tecnológico A.C., 2012.

*

En aquel artículo escribí:

Hay algo muy contemporáneo en el risible viceministerio (el de la felicidad instaurado por el gobierno venezolano) porque desde hace un tiempo la felicidad se ha convertido en una industria académica y en alimento cotidiano del discurso público. Hay instituciones empeñadas en medir la felicidad, como si ésta fuera mensurable. Hoy amanecí 28% más feliz que ayer pero 14% menos feliz que mi vecino. El barrio está detenido desde hace dos meses en su Índice de Felicidad Integral. Parecerá broma pero hay economistas que se empeñan en la contabilidad. Alguno seguramente se ofenderá al enterarse de que esa necedad aritmética se pone en entredicho. Hay muchos papers que documentan nuestra metodología, responderán…

Iván Martínez Bravo responde que la ingeniería de la felicidad es seria… porque hay un «cuerpo vastísimo de bibliografía» sobre el tema. Entiendo que existen indicadores del bienestar pero insisto en que la felicidad es inconmensurable y que no depende de la satisfacción de un listado de condiciones objetivas. Una persona puede ser saludable, gozar de tiempo libre para convivir con la gente a la que quiere, dedicarse a un trabajo estimulante y ser, al mismo tiempo, profundamente infeliz. Que la política pública busque promover el bienestar es sensato. Que se crea con capacidad de cultivar felicidad es un despropósito. Sigo creyendo que sólo el individuo–y en el terreno más recóndito de su conciencia–puede ser juez de su felicidad.

Aquí puede accederse a la página de Imagina México AC.

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6 Comentarios

  1. José Flores dice:

    Pienso que cualquier cosa que provenga del gobierno hay que tomarla con cautela y hasta con recelo. Si un funcionario toca a mi puerta diciendo que viene a ayudarme, será merecedor de toda mi desconfianza. Hasta ahora, lo mejor que puede hacer el gobierno para aumentar mi felicidad es no estorbar.

  2. Martín Paloalto dice:

    Jesús Silva-Herzog, yo era escéptico como usted antes de leer sobre el tema (me parecía una tontería), hace falta leer e involucrarse en el tema para emitir una opinión fundamentada y creo que usted no lo está haciendo. La evidencia sí es mucha («hay muchos papers», aunque usted intente burlarse, algo que me sorprende pues usted es académico) y los estudios son muy rigurosos. Me gusta su blog pero creo que a veces se queda corto, como ahora, pues como bien dice el señor Martínez «la felicdad no es un concepto acientífico… se puede medir -muy confiablemente- y ya se mide desde hace años.» Y lo más importante, la información sí es muy útil para hacer políticas públicas, le recomiendo leer The Politics of Happiness de Derek Bok.

  3. René Millán y Roberto Castellanos dice:

    Estimado Jesús,

    Retomo ahora, a propósito de la carta de Iván Martínez publicada hoy 12 de noviembre en Reforma, el comentario que en su oportunidad hicimos en tu blog (el anterior a este) al artículo «Contra la felicidad»:

    Van algunas breves reflexiones motivadas por tu artículo de ayer en Reforma, advirtiendo, desde un inicio, que quienes esto escriben llevan ya algún tiempo tratando de comprender la compleja y a veces paradójica relación entre felicidad (preferimos bienestar subjetivo) y la política pública.

    Sin duda es atendible la crítica contra la creación del Viceministerio de la Suprema Felicidad por Nicolás Maduro: un franco despropósito con rasgos asistencialistas y populistas. Pero también es equivocado asumir que los temas son, en sí, responsables de la manipulación que los gobiernos hacen de ellos. En nombre de la libertad o la igualdad se han cometido muchas atrocidades pero muy pocos propondrían cancelar su estudio y análisis por tal motivo. Es descabellado suponer que los académicos y especialistas que buscan proponer políticas públicas atentas a la felicidad (al bienestar subjetivo, en realidad, del que aquella es sólo uno de sus componentes), pretendan prescribirla. La educación no puede ser impuesta a ningún adulto, a pesar de los beneficios conocidos que ésta reporta, pero eso no implica que se erradique cualquier política que la incentive, justo por sus positivos efectos sociales e individuales. Por otro lado, lo privado, o lo subjetivo, también es (¿debe ser?) factible de atención pública en algunas circunstancias: por eso se reconocen los matrimonios según diversidades sexuales o se atiende el dolor de las victimas de una violación. Las políticas públicas pueden fomentar condiciones para incrementar las capacidades y oportunidades que las personas tengan a su alcance para ampliar su experiencia directa de bienestar. Quizás por eso hacemos parques, aunque nadie está obligado a visitarlos.

    Si bien la felicidad puede entenderse como el producto de las circunstancias, como se sugiere en tu artículo, bastante ha avanzado la psicología, las neurociencias y en lustros recientes las ciencias sociales para medir la felicidad, el balance afectivo, la satisfacción vital. La precisión con la que se miden estos aspectos del bienestar subjetivo aún serán perfectibles, pero nada tienen que envidiarle a la medición de otros temas.

    ¿Debería el Estado promover la felicidad de los ciudadanos? Quizá no, pero lo que no se puede negar es que el actuar de aquel afecta las condiciones de satisfacción vital de éstos, se lo proponga o no. Vale decir también que entre los especialistas no hay consenso sobre que el Estado deba buscar que todos sean felices como su principal faro de acción, aunque históricamente, filósofos clásicos han sugerido precisamente eso (Aristóteles y Jeremy Bentham, por citar dos casos).

    Hay mucho más que se puede argumentar sobre el tema, pero quizá sólo habría que decir, aquí, por último, por ahora, que la felicidad no debe ser vista (ni medida, ni analizada) como un estado de mansedumbre, ese «estado ovino de armonía», como lo llama Ludolfo Paramio, sino como el resultado de un balance entre logros, fracasos, acceso a oportunidades, desarrollo de capacidades o reducción de riesgos sociales, factores en los que la política pública mucho incide y se espera que lo haga.

    Saludos.

    René Millán (renem@sociales.unam.mx)
    Roberto Castellanos (castellanos@comunidad.unam.mx / @robcastellanos)

  4. Mariluz Barrera González dice:

    Estimado Sr. Silva Herzog.

    Soy psicóloga con maestría en filosofía, especialidad en terapias posmodernas, con certificación internacional en prácticas colaborativas. Directora y Fundadora del Instituto Psicoterapeutico de Campeche Hypatia A.C., mi presentación viene al caso para sustentar mi siguiente comentario.

    Necesitaría usted y muchas de nuestras autoridades estar en un consultorio terapéutico escuchando a mas de 10 pacientes al día para darse cuenta después de 17 años de trabajo como psicóloga que los problemas de la felicidad e infelicidad de las personas abarcan mucho mas que un asunto meramente personal, de hecho me atrevo a decir que mucho del trabajo que la psicología realizó de forma extremadamente pasiva fue fomentar la individualidad de un proceso que también tiene un impacto social y definitivamente comunitario, llamémosle felicidad o bienestar emocional, del que las autoridades se aprovecharon muy convenientemente para no asumir su responsabilidad en una situación que mas que personal también involucra un contexto estructural. (pobreza, discriminación, violencia, sexismo, etc…)

    En el Ranking de la Felicidad elaborado por Imagina México A.C. Campeche, mi municipio, ocupó el ultimo lugar, de 30 municipios que participaron en la encuesta, ocupamos los primeros lugares en índices de Suicidio, lo que nos lleva definitivamente a correlacionar que una cosa muy probablemente nos llevó a la otra. Podría como ciudadana describir lo limitadas que son las oportunidades de empleo y superación en este lugar, en donde la gran mayoría del monopolio laboral lo tiene el gobierno , donde no hay empresas y en donde el ambiente cultural y de distracción es visiblemente nulo, gracias a nuestras autoridades, y a esa pasividad extrema que la sociedad misma ha generado, intentando de forma muy particular resolver sus problemas de insatisfacción con su vida muy personal, pero que al final se ve afectada por situaciones en las cuales una muy buena actitud no es suficiente, si nos vamos al hecho de que sea mi propia responsabilidad ser feliz o no. Esto no quiere decir que el estado sea responsable de que yo sea feliz, pero como bien puntúa Imagina México, si tiene la responsabilidad de generar políticas públicas que definitivamente colaboren a que esto suceda, por que la gente no se entristece y deprime solo por que quiere, sino por que los motivos son extremadamente reales y tangibles.

    Yo soy de la forma de pensar que la sociedad debe moverse, y confieso que en este estado, Campeche, es extremadamente difícil, pero no es imposible, trabajar en el sector privado para mover a la sociedad es complicado pero no pienso quitar el dedo del renglón, generar opciones como sociedad también es nuestra responsabilidad, pero tendríamos que asumir que el que yo esté bien emocionalmente o no, que sea feliz o no, también le incumbe a otros y también tendrá un impacto en mi comunidad y por lo tanto en la sociedad y el mundo entero. Verlo desde este punto obliga también al estado a tomar medidas drásticas con respecto a esto y entonces dejaríamos tal vez en Campeche de ocupar los últimos lugares en felicidad y los primeros lugares en Suicidios.

    Para finalizar le transcribo una plática que tuve la semana pasada con un grupo de niños de 9 y 10 años acerca de como ven el mundo:

    «Con los niños del taller Las virtudes del principito:
    Niño- Es increíble, aprendo mas aqui que en la escuela
    Psicóloga- ¿Como ven el mundo?
    Niños- Terrible, corrupción, violencia
    Niño – Apocalíptico
    Psicóloga – ¿Eso que quiere decir?
    Niño – Que se encamina al final
    Niño – Todos ven lo peor del mundo, yo trato de ver lo mejor, lo mas bonito, pero es dificil, me cuesta trabajo.»

    Escuchar a un adulto desesperanzado y triste impacta, pero escuchar a los niños es realmente alarmante.

    y para terminar le dejo una frase del psicólogo Delacroix que me fascina, y que explica de forma clara como no solo el estado, sino sobretodo las personas debemos asumir no solo por nuestro bien sino por el de todos que seamos felices.

    «Un individuo acude a terapia no sólo por él, sino por el entorno inmediato que tiene el mismo dolor. Es un agente de concienciación y cambio para él y para el entorno. Tiene una iniciativa que es social y política. Su responsabilidad es la evolución de todos. Su herida, es la herida del otro, del tiempo herido y del planeta herido. Si logra sanar, sana también el tiempo, su entorno y el planeta.» .-Delacroix, 2008-.

    Saludos Cordiales.

    Mariluz Barrera González. (mariluzbg@gmail.com http://mbgenvozalta.blogspot.com )

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