25, Nov 2013

Dos artículos de Albert Camus sobre el periodismo

El periodismo crítico

Es preciso que nos ocupemos también del periodismo de ideas. La concepción que tiene la prensa francesa de la información, ya lo hemos dicho, podría ser mejor. Se quiere informar rápido en lugar de informar bien. La verdad no se beneficia con ello.

Razonablemente no se puede, entonces, deplorar que los editoriales tomen, en parte, el lugar de la información. Algo al menos es evidente: la información, tal como es provista hoy a los periódicos y tal como éstos la utilizan, no puede prescindir de un comentario crítico. Ésta es la fórmula a la que podría tender la prensa en su conjunto.

Por una parte, el periodistas puede ayudar a la comprensión de noticias mediante un conjunto de consideraciones que den su alcance exacto a informaciones cuya fuente e intención no son siempre evidentes. El periodista puede, por ejemplo, en la composición del diario, enfrentar telegramas que se contradicen, y lograr así que uno cuestione al otro. Puede informar al público acerca de la credibilidad que es conveniente atribuir a una información dada sabiendo que emana de tal agencia o de tal corresponsal del exterior. Para dar un ejemplo preciso, es seguro que, de la gran cantidad de corresponsables que mantenían en el exterior las agencias, sólo cuatreo o cinco ofrecían las garantías de veracidad que debe exigir una prensa decidida a desempeñar su papel. Le corresponde al periodista, mejor informado que el público, presentarle, con el máximo de reservas, informaciones de las que conoce bien la precariedad.

A esta crítica directa del texto y de las fuentes, el periodista podría agregar artículos, claros y precisos, que pusieran al público al tanto de la técnica de información. Puesto que al lector le interesan el doctor Petiot y la estafa de alhajas, no hay razón inmediata para que no le interese el funcionamiento de una agencia internacional de prensa. La ventaja estaría en despertar su sentido crítico en lugar de apelar a su inclinación hacia lo fácil. El problema consiste solamente en saber si esta información crítica es técnicamente posible. Mi convicción sobre este punto es afirmativa.

Hay otro aporte del periodista al público. Consiste en el comentario político y moral de la actualidad. Frente a las fuerzas desordenadas de la historia, de las que las informaciones son el reflejo, puede ser positivo señalar día a día, las reflexiones de una personalidad o las observaciones comunes de varias personalidades. Pero esto no puede hacerse desaprensivamente, sin distancias y sin cierta idea de la relatividad. Desde luego, el amor por la verdad no impide tomar partido, más aún, si se ha comenzado a comprender lo que tratamos de hacer en este periódico, el uno no se entiende sin el otro. Pero, en esto como en los demás, hay que encontrar un cierto tono sin el cual todo se desvaloriza.

Para tomar ejemplos de la prensa actual, es cierto que el avance sorprendente de los ejércitos aliados, la gran cantidad de noticias internacionales, la certidumbre de la victoria que remplaza de pronto a la esperanza infatigable de la liberación, en fin, la proximidad de la paz obligan a todos los periódicos a definir sin dilaciones lo que el país requiere y lo que es. Es por ello que se habla tanto de Francia en sus artículos. Pero, claro está, se trata de un tema que sólo se puede abordar con infinitas precauciones y eligiendo las palabras. Si se pretende retomar los clisés y las frases patrióticas de una época en que se llegó a irritar a los franceses con la sola mención de la palabra patria, no se aporta nada a la definición que buscamos. Al contrario, se le quita mucho. Para tiempo nuevos son necesarias, si no palabras nuevas, al menos un nuevo ordenamiento de palabras. Sólo el corazón y el respeto que inspira el verdadero amor pueden dictar este nuevo enfoque. Solamente así contribuiremos, modestamente, a dotar a este país de un lenguaje que sea escuchado.

Como se ve, esto lleva a pedir que los artículos de fondo tengan fondo y que las noticias falsas o dudosas no sean presentadas como verdaderas. A este conjunto de elementos llamo periodismo crítico. Y una vez más, es necesario un tono y el sacrificio de muchas cosas. Pero alcanzaría, quizás, con que se comenzara a reflexionar sobre todo eso.

(Combat, 8 de septiembre de 1944)

Autocrítica

Hagamos un poco de autocrítica. El oficio que consiste en definir todos los días, ante la actualidad, las exigencias del sentido común y de la simple honestidad de espíritu entraña cierto peligro.

Por querer lo mejor, se dedica uno a juzgar lo peor y a veces lo que sólo está menos bien. En una palabra, uno puede adoptar la actitud sistemática del juez, del maestro de escuela o del profesor de moral. De este oficio, a la jactancia o a la tontería no hay más que un paso.

Esperamos no haberlo dado. Pero no estamos seguros de haber escapado siempre al peligro de dar a entender que creemos tener el privilegio de la clarividencia y la superioridad de los que no se equivocan jamás. No es así, sin embargo. Tenemos el deseo sincero de colaborar en la obra común mediante el ejercicio periódico de ciertas reglas de conciencia de las que la política, nos parece, no ha hecho uso hasta ahora.

Ésa es toda nuestra ambición y, por supuesto, si bien marcamos los límites de ciertos pensamientos o acciones políticas, también conocemos los nuestros. Sólo tratamos de salvarlos recurriendo a dos o tres escrúpulos. Pero la actualidad es exigente, y la frontera separa la moral del moralismo, incierta, y sucede que, por fatiga o por olvido, se la franquea.

¿Cómo escapar a este peligro? Por la ironía. Pero no estamos ¡ay! En tiempos de ironía. Estamos todavía en tiempos de indignación. Sepamos solamente conservar, suceda lo que sucediera, el sentido de lo relativo y todo se salvará.

Ciertamente, no podemos leer sin irritación, al día siguiente la toma de Metz, y sabiendo lo que ha costado, un reportaje sobre la entrada de Marlene Dietrich en dicha ciudad. Y nos indignamos con razón. Compréndase, sin embargo, que no pensamos que los diarios deban ser forzosamente aburridos. Simplemente no creemos que en tiempo de guerra los caprichos de una estrella sean necesariamente más interesantes que el dolor de los pueblos, la sangre de los ejércitos o el esfuerzo encarnizado de una nación para encontrar su verdad.

Todo esto es difícil. La justicia es a la vez una idea y un ardor del alma. Sepamos tomarla en lo que tiene de humano, sin transformarla en esa terrible pasión abstracta que ha mutilado a tantos hombres. La ironía no nos es ajena y no es a nosotros a quienes tomamos en serio, sino a la prueba indecible que sufre este país y a la formidable aventura que hoy es necesario vivir. Esta definición dará al mismo tiempo su medida y su relatividad a nuestro esfuerzo cotidiano.

Nos ha parecido necesario hoy decirnos todo esto y decírselo a la vez a nuestros lectores para que sepan que en todo lo que escribimos, día tras día, no olvidamos el deber de reflexión y de escrupulosidad que tiene que ser el de todo periodista. En una palabra, no olvidamos el esfuerzo de crítica que nos parece necesario en este momento.

(Combat, 22 de septiembre de 1944).
Publicados en Albert Camus, Moral y política, Editorial Losada, 1978

Compartir en Twitter Compartir en Facebook

Un comentario

Deja un comentario