11, Feb 2020

El imperativo del placer

Al cumplir veintiún años, Virginia Woolf recibió un regalo de su hermano Thoby: una traducción de los ensayos de Montaigne. Llevaba años buscando esa versión. Le confiesa que ya estaba desesperada por llevársela a la cama. La admiración de Woolf por Montaigne no pudo haber sido mayor. Con su marido hizo tres veces la peregrinación a la torre. A su amiga, la poeta Vita Sackville-West, le escribía extasiada: “Te lo juro: es la misma puerta que él abría. Subí por los escalones gastados en ondas profundas que él pisó. Me asomé por las tres ventanas por las que contemplaba su viñedo. Ahí está su escritorio, las vigas, la silla, los perros. Todo exactamente como era en vida de Montaigne. Bueno, tal vez los perros no”.

La novelista llegó a sugerir que el género al que Montaigne había dado nombre podría ser considerado como el máximo invento literario. El artefacto, más que un vehículo, era una sustancia: una forma que expresa lo que no puede ser dicho de otra manera. La fundición del ojo y lo mirado. La autora de Las olas lo entendía como un arte de riesgos: “Un baile sobre la cuerda floja”. Es que en el ensayo aparece irremediablemente la palabra yo, que en inglés es una línea solitaria y vertical. La valentía del ensayista radica en la confrontación con sí mismo. Ahí se basa también el peligro del género. Virginia Woolf era muy consciente de ello. El ensayo podía volverse una plaga. La literatura de la inteligencia distraída puede encallar en la exhibición narcisista o en ornamento banal. Si el ensayo se nutre de perspectiva y de forma, ante ese doble embrujo (el espejo y la elegancia) puede sucumbir.

El artículo completo puede leerse aquí.

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