06, Abr 2015

El juego del voto

12-voto

La imaginación es la razón desatada. La inteligencia que se desprende de la memoria y de la prueba. Será por eso que la filosofía política suele ser la fantasía de una ciudad que no existe. Y será por eso que su libro fundador es también un libro de ciencia ficción. ¿No es eso también La república? Literatura fantástica: hombres que viven atrapados en una cápsula de engaños sin siquiera sospecharlo. Un héroe que derrota a la mentira para decretar la perfección. Y en la cima, el Infalible entregado a su pedestal. El problema literario del libro de Platón es que termina cuando la aventura habría de comenzar: y entonces, el filósofo dudó…”.

La imaginación, quiero decir, no es el extravío de la razón, sino el acatamiento de sus órdenes. A ello me conduce la lectura de uno de los trabajos más notables de filosofía política que se hayan hecho en México. No es una nueva exposición de ideas de hombres muertos sino el atrevimiento de pensar honesta y libremente sobre los fundamentos de la convivencia democrática. No examina, como es moda, la mecánica sino la moralidad de las instituciones del pluralismo. Me refiero al libro de Claudio López-Guerra que publicó el año pasado con el sello, ni más ni menos, que de Oxford University Press. Democracy and Disenfranchisement. The Morality of Electoral Exclusions, se titula: la democracia y la moralidad de las exclusiones.

A juicio de López-Guerra, los teóricos de la democracia no han logrado justificar plenamente el principio del sufragio universal. Lejos de ser un derecho de todos es, hasta en los regímenes más abiertos, un arreglo que, simultáneamente, invita y rechaza. El voto siempre se ha limitado: esclavos, extranjeros, pobres, mujeres, niños, dementes, criminales han sido excluidos del derecho de votar. Toda democracia marca a sus excluidos. Bien visto, dice él, el voto no tiene por qué ser un derecho universal, como sí lo son el derecho a expresarse, a moverse, a escoger un camino de vida. John Stuart Mill tenía la misma idea: el voto era un encargo que la sociedad colocaba en manos de los ciudadanos pero no era, de ninguna manera, un derecho natural del que todos debían gozar. Por eso le exigía a los electores el conocimiento del alfabeto y premiaba a los más educados con más votos.

López-Guerra se aparta del dogma más profundo de las democracias: un hombre, un voto. Imagina así un régimen que, en lugar de darle voto a cada uno de los ciudadanos, les ofrece la oportunidad de tener voto. Rescatando el sorteo, ese dispositivo primigenio de la democracia, propone un sistema para comprimir la masa electoral a un pequeño cuerpo de electores que pueda concentrarse en el proceso electivo y, tras una deliberación ponderada, formar gobierno.

La reseña completa puede leerse aquí.

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