28, Oct 2013

Fascinación por los energúmenos

Fernando Savater publica hoy un artículo interesante en El país sobre nuestra fascinación por los energúmenos, esa debilidad por los demoledores que, naturalmente, no es solamente española.

No me resulta fácil comprender por qué este tipo de vociferantes despierta tan morboso deleite en personas que en otros asuntos prácticos de la vida atienden a argumentos y no a iracundos rebuznos. Siempre me he resistido a creer —aunque no faltan pruebas que la abonan— en la teoría que expuso Enrique Lynch en un artículo hace bastantes años: que los españoles sentimos una suerte de veneración por los energúmenos. Prefiero suponer que para muchos, incluso inteligentes, es una satisfacción mayor descalificar a personas que refutar argumentaciones. Christopher Hitchens protestaba contra este vicio que le aplicaban de vez en cuando algunos de sus antagonistas en debates públicos: “Me había acostumbrado al nuevo estilo de la seudoizquierda, según el cual, si tu oponente creía que había identificado el motivo mas bajo de todos los posibles, estaba bastante seguro de que había aislado el único verdadero. Este método vulgar, que ahora es también la norma del periodismo actual que no es de izquierdas, está diseñado para convertir a cualquier idiota ruidoso en un analista magistral” (en Hitch-22). Lo malo es que el propio Hitchens, y yo mismo, ay, y tantos otros, hemos incurrido a veces en esa práctica cuya mala fe nos resulta tan evidente cuando somos pacientes de ella…

Dos explicaciones ofrece Savater para entender este achaque de nuestra cultura. La primera es la tentación de convertirse en conciencia moral y, por lo tanto, renunciar a la autocrítica. La segunda es el «rabioso afán de llegar a conclusiones». Mucho más gratificante el juicio tajante que el matiz…

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