24, Nov 2009

Fenomenología de la queja

Recupero unas líneas que escribí hace casi diez años al leer un texto de Héctor Aguilar Camín:

En una entrevista publicada hace seis años en una revista francesa el pensador griego Cornelius Castoriadis, comunista que descubrió muy pronto que el Partido Comunista no tenía nada de comunista y mucho de burocrático, analizaba con los pinchos de su obstinada percepción la condición de la crítica en la Europa contemporánea. La crítica está en crisis, decía. Y está en ese momento porque la inteligencia se ha tendido en la cama para cambiar cómodamente el canal de la televisión. El tiempo de conformismo, del cansancio de las ideologías, de la convergencia de los partidos en un centro incoloro ha sofocado la razón independiente y comprometida con el hoy. La sociedad, el mercado, las difusoras ahogan toda divergencia verdadera y unifican todo en su rito comercial. Este inmenso charco de pasividad en el que vive Europa provoca la desaparición de las significaciones, la evanescencia del valor. Todo se vuelve insignificante. Nada tiene sentido, importancia, mérito. Hasta la idea de revolución queda atrapada por el lenguaje de los publicistas. Un nuevo perfume es, según los carteles, un aroma revolucionario.

En el México del brote democrático vivimos un fenómeno similar, aunque su origen se ubique el extremo opuesto. Aquí también presenciamos el “ascenso de la insignificancia:” la desaparición del sentido y el cansancio de la crítica. Sin embargo, la fuente de esa borradura de las significaciones no es el conformismo sino su gemelo enemigo: la indignación. Ambos son idénticos en su capacidad para nulificar la inteligencia en el examen de la realidad. Uno se niega a actuar en el mundo por su convicción de que el mundo es confortable, el otro no se interesa en conocer el mundo porque sabe que es execrable. Los dos son personajes de la complacencia. Así, la sociedad de los indignados es equivalente a la sociedad de los conformes: todo se vuelve insignificante, nada tiene sentido o valor. En ambos casos se cancela la razón para evaluar lo que existe, para distinguir lo provechoso de lo nocivo, para cuestionar las ideas recibidas, para exhibir los errores del lugar común. El conforme se encierra en su habitación para tomar un cerveza, el indignado grita para exhibir su enojo a los cuatro vientos. Los dos han renunciado a la crítica. 

Recupero esto como introducción a la estupenda serie que ayer empezó el historiador sobre la queja. Aquí sus entregas: 1, 2, 3, 4, 5. En una de ellas apunta:

La demasiada queja pública al final es autocomplaciente, releva al quejoso de responsabilidad y de iniciativa. Pone la culpa y la solución en otros. Falta en nuestra ágora el antídoto por excelencia de la queja, el humor. Sobran en cambio la solemnidad, la rabia y el afán de culpar a otro de nuestros males. La demasiada queja es en el fondo poco democrática, asume que no hay otra que quejarse, que las cosas no pueden cambiarse con la acción de los ciudadanos.

La demasiada queja pública es el grito de una ciudadanía que ha adquirido los derechos sin asumir las responsabilidades de su vida democrática. Es el autorretrato de una ciudadanía de baja intensidad, y de unos medios que alimentan la insatisfacción más que el conocimiento en la opinión pública. Que la demasiada queja esté dirigida sobre todo a políticos y autoridades, habla también de una ciudadanía que no cree en sus propias decisiones democráticas, pues nadie sino los ciudadanos han elegido, con su voto, a los políticos y gobiernos que desprecian.

Hay, por último, un fondo elitista y un sesgo profesional en la demasiada queja pública. El país catastrófico o simplemente impresentable que retrata día con día el círculo rojo no coincide con el país del esfuerzo, a veces del estoicismo, en que viven y trabajan millones de mexicanos, sin tiempo para quejarse y sin recibir pago por hacerlo, como es el caso de los profesionales de la opinión pública, cuya credibilidad depende de su tono crítico… y de la fuerza de su queja.

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16 Comentarios

  1. Federico Zertuche dice:

    Estupendos artículos de Aguilar Camín, yo le llamaba cultura de la queja, Aguilar los enfoca desde una fenomenología, me parece muy bien, pero el caso es que los mexicanos nos hemos acostumbrado a la queja en todas las formas y sentidos que maravillosamente describe de un tiempo acá, pronunciada quizá desde antes de la transición democrática y agudizada desde que se ésta se cristalizara. Sí, ya es el tema más socortrido en la narrativa y en el discurso, así como el tono favorito empleado en los medios, particularmente los impresos, sin duda muchos periodistas y opinólogos tienen gran responsabilidad al respecto.

  2. Javier Capri dice:

    Era necesario que alguien desenmascarara a los «quejosos». Esto se hace cada decenio, por lo menos. De 1900 a 1910, la prensa porfirista; también en Argentina, con tanto aguafiestas de izquierda, se hizo lo propio, de 1989 en adelante. Y esta vez, Aguilar Camín: ¡Gracias, bombero!

  3. El Oso Bruno dice:

    Camín tiene toda la razón, por eso esfuerzos como los que él y Castañeda han emprendido para dar propuestas sobre los problemas del país son loables aunque no se este necesariamente de acuerdo con ellos. Son intelectuales que no sólo se quejan. A mi lo que me sorprende e indigna es ver como a pensadores como Camín y Castañeda es a quienes más duro les tupen los opinadores (JSHM incluido, en el caso de Jorge). Les llaman de todo: mamones, elitistas, reaccionarios, intelectuales de Derecha (el Peje y la izquierda rabiosa) y no se cuantas pendejadas más. Camín no es santo de mi devoción, pero respeto que, al menos, haga un esfuerzo por proponer, amen que sus ideas me parecen, en general, muy sensatas. Corrijamos esa actitud mezquina de destazar a los intelectuales que proponen y no sólo opinan. Escuchemos y mneditemos lo mque dicen los académicos que se atreven a hacer política y valoremos más lo que ellos sí se atreven a hacer: PROPONER y proponerse (en el caso de Jorge)

  4. Manuel García Rendón dice:

    El fenomeno que atinadamente llama Federico Zertuche la cultura de la queja floreció en todo su esplendor en el movimiento de anulación del voto que, en el fondo, consistió en no hacer nada; en renunciar a la responsablidad democrática que tenemos de elegir a los mejores bajo el pretexto de no dar el voto a los menos peores.

  5. Noe Hernández Cortez dice:

    Recuerdo que el poeta Aurelio Asiain con su inteligencia incisiva,señaló que Aguilar Camín era un historiador metido a escritor. Siempre me ha impresionado porque una inteligencia como la de Herzog-Marquez atiende la prosa del lugar común de Aguilar Camín. No tengo explicación.
    Noé Hernández Cortez.

  6. Matilda dice:

    Tal vez porque sabe cuándo escribir «por qué» y cuándo «porque». Por aquello del humor.

  7. Manuel Vargas dice:

    Molotov tiene la queja y la propuesta:
    Yo por eso me quejo y me quejo
    porque aquí es donde vivo
    yo ya no soy un pendejo
    […]
    porque fuimos potencial
    somos pobres, nos manejan mal
    Dame, dame, dame, dame todo el power
    para que les demos en la madre

  8. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    No soy fan, pero sin caer en cuenta quién se queja y quién propone, pareciera que el pueblo es quien quiere todo el poder. El estribillo Dame, dame, dame… refiere no precisamente la colectividad ni al pueblo, sino los poderosos per se o algo así

  9. Arturo dice:

    En serio ¿No se ha dado cuenta don Héctor que su fenomenología de la queja, es una queja de la queja? No soy tautológico, el sí. Vamos don Herzog-Márquez, dejen ustedes como intelectuales de «pelearse a cachetadas con las estatuas» como dijo Benedetto Croce y volteen hacia el otro lado. Merleau Ponty movería la cabeza en señal de burla si viera el texto de Aguilar Camín en Milenio que por cierto, no aporta nada nuevo sino más de lo mismo.

  10. Javier Capri dice:

    Arturo tiene razón. No hay ninguna contribución importante en el argumento de Aguilar Camín. Por lo mismo, resulta falso llamarlo «estupendo». Si lo quieren lisonjear, pueden decirle «mágico», «único», «genial», etc., sin llegar a nada. En los hechos, su censura contra los inconformes o quejosos tiene un tufo a «liga de la decencia». Hablar siempre mal del Presidente, para algunos moralistas, es de mal tono; quejarse de todo, indecente (feo, corriente, vulgar). Entiendo que así piensen los conservadores. Pero, ¿un liberal?

  11. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    La queja más que razones apuntadas, tiene una relación más estrecha con la política (antes de las políticas públicas que están ahí contenidas), en la política que llamo de efectividad o de engaño de los partidos. Que trataré después.
    Según creo, Héctor Aguilar se equivoca, al menos de manera reciente, en el sentido de la queja de la opinión publicada y los periodistas (el círculo rojo), cuando incurre o habría incurrido en la queja por la queja misma, sin más propuesta. Mi impresión es que sí han sido mayormente propositivos, otra cosa es sí se toma en cuenta qué piensen los círculos del poder y cortesanías intelectuales propiamente alineadas, quen son baladí. Pero ese pequeño detalle no demerita en nada la lucidez que Héctor Aguilar tiene en cada una de sus entregas, la mayoría bien escritas, con pocos lugares comunes. No obstante, sí debe revalorarse más el complejo papel de los ciudadanos —que no es neurálgicamente, ni tiene por qué serlo— ser propositivos, con demasiados miramientos a la cosa pública. Los ciudadanos escuchan y votan, y en el ejercicio público y sus extravíos marcan límites al gobernante, a los gobiernos propiamente dichos, quizá hasta les sea dable hacerlo de forma circunfleja a los poderes fácticos (otra cuestión sería la gobernanza o quién marque límites a los ciudadanos mismos, si otros ciudadanos, las leyes, la naturaleza propia del espacio público u otro círculo que no es rojo ni verde; o si lo hacen los gobernantes, etc. Sin ver caso por caso, no se sabe a ciencia cierta, no me adentro). Y efectivamente, es exigible que el círculo rojo, que tiene que contextualizar, vislumbrar, optar, contrastar qué opción es más menos mejor, peor, entre un abanico, cuando ejerza la crítica, cuando se queje, realice lances y asertos periodísticos, diríase intelectuales, que sean propositivos, no meramente críticos, que incorpore propuestas a la labor crítica. En ese mismo orden, llama la atención qué tan pospositivos realmente pueden resultar gobernantes o políticos mismos también, con respecto a los ciudadanos y sus gobernados. Qué tan propositivos lo son en lo que dicen en los pasillos del poder, que es inescrutable (y apuesto no ha de ser tan justificado ni positivo como muestran en una pantalla de televisión, en una declaración pública o lo que dice un opinólogo) y abarca por igual los círculos verde, rojo y hasta los poderes fácticos. ¿No mucho se pierde o se abandona ante la mera opinión que todos los gobernantes son malos o corruptos? Me explico, si hay una impresión digamos fatal, que todo gobernante es corrupto, que no hace nada bien (aunque lo sea), si los gobernantes así lo perciben y se justifican incluso, que eso piensan, dicen de ellos los gobernados, entonces, éstos y aquéllos, gobernantes y gobernados, ¿no se abandonan a hacer las cosas como les venga en gana? Total, tope hasta donde tope, se topen hasta donde topen, como se quiera y quieran, esto se vuelve suma, recorrido y meta de voluntarismos. Si así sucede, entonces tenemos que conformismo e indolencia de gobernantes y gobernados guardan una relación a cierto punto equivalente y proporcional una con otra. No se sale del círculo vicioso, porque no se empieza a diferenciar más allá de puritanismos y mezquindades que ciertos servidores públicos elegidos o designados, que dependencias o gobiernos, que representantes y personas comunes y corrientes hacen bien o muy bien sus funciones, su chamba. Y no se resolverá nada si no se empieza a premiar el mérito, si como sociedad toda no se incentiva la cultura del mérito sea ciudadano, público, privado, empresarial. En suma, seriamente no se rompe ese círculo vicioso al no redimensionar y se la creen en lo individual, si no se la creen como sociedad verdaderamente, que se debe premiar, es loable por sí acciones pro bono, ad honorem o simple aportación u honestidad cívica a cualquier plano, que esto a la corta y larga hace la diferencia, que importa y en cascada genera bienestar, valores empáticos o asertivos, compartidos por todos, que genera riqueza moral incluso pecuniaria.
    Quisiera entrar al tema del engaño y de la efectividad como política en las oposiciones y en los partidos en el gobierno. Por regla general un partido exitoso en el gobierno hace poca política de engaño con sus electores y mucha política de efectividad con otras fuerzas y la ciudadanía. Los partidos de oposición tienden a hacer mucha o poca política de engaño y efectividad con el gobierno, y –siendo exitosos— si actúan bien, según cada coyuntura logran mucha política de efectividad con el gobierno y sus electores, estirando la liga del engaño pocas veces, casi no engañan a sus electores. No obstante, en México el PAN por causas internas y su naturaleza, ser partido de derecha, es más disciplinado esté en el gobierno o no, por lo que casi nunca hace en términos reales política de engaño con sus electores. En ese sentido es coherente porque engaña menos. En cambio el PRI, por tener ideología ad hoc, real, ser más empírico, más plástico, según el viento sea o no gobierno hace mucha política de engaño con sus electores, resultando por regla general que les engaña más, tiende hacer más política de efectividad con los gobiernos siendo oposición. En ese sentido cohabita, pero estira más la liga del engaño electoral. O bien, es algo así como neutral, engañando tanto a electores y al gobierno apostando ganar el poder. La cuestión es hacer más coherente al PRI al hacerlo más responsable a la vez, no que sepa engañar mejor, manteniendo una política de efectividad —no de engaño— con sus electores y gobierno a la vez, si quiere en relativa buena lid ganar el poder. A ejemplo, cuestiones como cambios constitucionales y penales no laicos en relación al aborto mantendrán al PRI en una clara política de engaño a sus electores, igual no reformar la hacienda pública, etc. Tiene que desentrañar qué hará, cuando le ha ido bien, si engañar sus electores o mantener una política de efectividad —no se diga principios— con ellos. Meollo o fácil es mostrar esa doble cara y tantas taras en la consecución del poder, del poder por el poder, que no son exclusividad del PRI. En el caso del PRD, equivalente o igual de ideológico que el PAN, por razones de más movilidad interna, realiza más política de engaño con el gobierno siendo oposición y mucha política de efectividad y / o engaño con sus electores, rasgo heredado del PRI, lo que resulta que tiende a engañarlos más o no según calcule logra el poder o mantenerse en él. El reto del PRD es ser un partido nacional de izquierda todavía más fuerte, y siendo oposición haga casi siempre política de efectividad tanto con gobierno —que casi no hace, superar esa imagen— como con sus electores, sin traicionar éstos últimos. En el PRD se debe entender que cohabitar no implica concertacesión ni mucho menos, pero sí quiere gobernar y aún gobernando debe ganar en ambos frentes (el gobierno y sus electores) en política de efectividad. No debe polarizarse demasiado ni tentarse porque se le quiera así, manteniendo política de engaño por un lado y política de efectividad por el otro, sea ante el gobierno o sus electores. Siendo congruente la política de efectividad en todos los partidos a un tiempo, en un sólo eje de relación gobierno-electores.
    Ahora, ¿por qué mencionar esto? Falta sin duda tomar en cuenta voto duro, que es otro tema de política e influencia aquí, pero no se sobrepasará o pasará de la queja si los partidos que aspiran ser democráticos y exitosos, que acepten reglas del juego democrático a su interior y exterior, que consiguen el poder o gobernar, no hacen todo eso si engañan menos y no son más efectivos en términos políticos para sus electores, para el gobierno y sus pares. No se pasará de la queja si los partidos no atienden genuina y verdaderamente demandas de sus electores (que no factores reales de poder o grandes electores, que son ya derivaciones no democráticas aunque relativamente exitosas de obtener el poder).
    Cualquier partido exitoso y democrático hace mucha política abierta hacia afuera, de efectividad, dirigida a las restantes fuerzas políticas y la ciudadanía incluyendo sus electores. Eso lo posibilita, le posibilita ganar más y saberse vigente, ser parte del juego democrático. Es lo que permite construir valores públicos tutelables en el respeto, la diferencia o confluencia y la ley, cuestiones que importan tanto a partidos como ciudadanos, en pluralidad.

  12. Manuel Vargas dice:

    Al parecer nadie entendió el chiste de Molotov. Si en algo tiene razón Camín, en su taxonomía de la queja, es cuando afirma que hace falta demasiado humor en la cursi solemnidad del mexicano.

  13. Javier Capri dice:

    A propósito del tema, un amigo español acaba de enviarme este chiste.
    ————————————–
    Después de otra reunión de la UE, algunos ministros decidieron pasar por el Museo del Louvre para «aliviar» el estrés y se paran meditativos ante un precioso cuadro de Adán Eva en el Paraíso.
    Dice Angela Merkel: Miren que perfección de cuerpos: ella esbelta y delgada, él con cuerpo atlético, los músculos perrfilados …. Los estereotipos son necesariamente alemanes.
    Nicolás Sarkozy respondió de inmediato: – Es evidente que el erotismo que se puede ver desde ambas figuras… ella tan femenina … él tan masculino … saben que pronto llegará la tentación … Sólo pueden ser franceses.
    Moviendo negativamente la cabeza, Gordon Brown arriesga: – Of course not! Miren atentamente … la serenidad de sus rostros, la delicadeza de la pose, la sobriedad del gesto … Sólo pueden ser ingleses.
    Después de unos segundos más de contemplación, Rodríguez Zapatero exclama:
    – NO ESTOY DE ACUERDO. Miren bien: no tienen ropa, no tienen zapatos, no tienen casa, sólo tienen una manzana para comer … no protestan y encima piensan que están en el paraíso … No tengo la menor duda, son ESPAÑOLES.

  14. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    Sin pretender obviar, todas las referencias a los partidos políticos, tanto en política de engaño como en política de efectividad, igualmente aplican a los integrantes de los mismos, a los políticos independientes. Es decir, cualquier político o integrante de un partido exitoso y democrático, que quiera ver su organización o actividad que despliega exitosa y democrática, será congruente si desarrolla una política de efectividad —no de engaño— a un solo tiempo en un solo eje de relación gobierno-electores. No se pasará de la queja si los políticos y los partidos que aspiran ser realmente democráticos y exitosos, que acepten las reglas del juego democrático al interior de su actividad y hacia afuera, que consigan gobernar, no lo hacen si engañan menos y son más efectivos en términos políticos para sus electores, para el gobierno y sus pares. Si no se atiende genuinamente las demandas de sus electores, sin cerrarse ni quedarse en las demandas propias de su voto duro o seguro, sino las demandas del electorado real que los eligió. Igual faltó considerar la variable crucial de que el gobernante, una estructura gubernativa estatal o de servicio público, a final de cuentas atiende todos los gobernados, no sólo los electores mismos.
    Considero pertinente, ya que hablé de política per se, hacer un claro énfasis en la política misma pues, en la política de efectividad no de engaño, que individuos y partidos realicen en su relaciones y en la coyuntura en el gobierno, con sus pares y con los electores. Hay que rescatar la noción intrínseca de la política, que es hacer buena política. Siendo la política de efectividad la que permite romper círculos viciosos propios al espacio público y al poder, e importante, permite ganar ganar en ambos frentes, el del gobierno y el de los electores, se sea gobierno u oposición si se le procura a un solo tiempo, sin innecesarias polarizaciones ni obstaculizaciones (o al menos más de las debidas) del contrincante, no enemigo público, sino adversario político. Ello a fin no caer en los gobiernos de nadie ni divididos, por el estilo.
    Habida cuenta, un recién artículo-reseña{1 de Porfirio Muñoz Ledo sobre un libro de Mario Soares, Elogio de la política, es pertinente al respecto, retrata ciertos aspectos, cita entrecomillados puntos desagregados importantes.
    1} http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/46477.html

  15. Bien por Aguilar Camín y Silva Herzog, por lo menos exploran y proponen nuevas vertientes en este análisis.
    Y hay que seguir quejándose aunque sea para fines catárticos, pero por lo menos algo hay que proponer…

  16. Roberto Hernández dice:

    Son buenos retóricos ambos. Es lindo el cierre del párrafo de JSH, pero el conforme y el quejoso no son lo mismo. Preguntemos al poderoso a quién prefiere. Y se inclinará sin pensarlo del lado del conforme. Siempre será más cómodo tratar con los conformes.
    Y un reparo (o queja) más a los compadres SH y AC: ¿Por qué encerrarnos en el maniqueo mundo de conformes y quejosos?

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