20, Oct 2008

Flores D’Arcais y la ‘dictadura del relativismo’

En El país del sábado Paolo Flores D'Arcais aborda lo que Benedicto XVI ha llamado "la dictadura del relativismo" y su argumento de que, tras el Estado, laico se esconde una nueva tiranía totalitaria:

La amenaza totalitaria se hace realidad tan sólo cuando una institución pretende decidir en lugar del ciudadano cómo debe ser su vida. Porque, ¿quién puede disponer sobre la vida salvo quien la vive? Entre dos seres humanos, tú y yo, ¿qué aberración justifica que yo pueda decidir sobre tu vida? Y lo de menos es que ese yo que pretende decidir de forma totalitaria tu vida sea un individuo, sea el Estado o sea la Iglesia.

Confío en que Su Eminencia el cardenal Antonio María Rouco Varela no responda que el que dispone sobre mi vida, como de la vida de cualquiera, no es quien la vive sino Dios. Porque Dios no habla, sino que son siempre seres humanos los que hablan en su nombre (cosa que, aparte de todo, es una forma de delirio de omnipotencia).

En segundo lugar, porque Dios existe para unos pero no para otros, y todos son ciudadanos, por lo que Dios, en una democracia, no puede convertirse en argumento, ya que ello discriminaría manifiestamente a los no creyentes.

En tercer lugar, porque cada uno tiene su propio Dios, que impone distintos derechos y obligaciones (el dios judío otorga el derecho al divorcio, el dios cristiano ordena el matrimonio indisoluble, el dios islámico da derecho a tener cuatro esposas… Y, sobre asuntos como el aborto y la eutanasia, cada una de las iglesias tiene un punto de vista diferente).

Y, por último, porque la vida es un regalo, y un regalo se puede rechazar; si no, se llama condena.

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9 Comentarios

  1. Miguel A. Osuna dice:

    Saludos Sr. Silva Herzog, yo como sacerdote católico simpatizo mas con el relativismo que con el absolutismo. Prefiero equivocarme respaldando la libertad «si eso fuera un error», que equivocarme suprimiéndola. Lamentables las afirmaciones, lamentable actitud la de la comunidad a la que pertenezco de querer imponer siempre todo a todos.

  2. Carlos Villa Velázquez Aldana. dice:

    Es conveniente engendrar ese demonio llamado «dictadura del relativismo» para armar una antinomia con las propias filiaciones «absolutistas». El pensamiento incapaz de dialogar necesita ejercitarse con boxeo de sombras, inventando contendientes a imagen y semejanza de sí mismo. No hay opción entre «absolutismo» y «relativismo», es el efecto de un juego de espejos.

  3. 1.-Creo que la situación realmente se refiere a quien puede creer en «un Dios de amor» vs. el Dios que experimentan la mayoría de los altos mandos católicos, caben pequeñas dsimilitudes, pero definitivamente no son el mismo, como bien quedó señalado en el post de arriba.
    2.-Sí, uno tiene derecho a exigir y defender las decisiones y la propia vida, es un derecho digamos inalienable, pero quien convierte a esas mismas personas en dueñas y jueces del destino de alguien más, y me refiero particularmente al aborto. Tanta «vida» tiene quien resulta embarazado como el bebé que cabe en las entrañas de esa persona que con irresponsabilidad delibera en favor de su muerte, todo con el afán de deslindarse de su obligación personal.
    Porque la muerte de cualquiera es un hecho apreciable, sin importar el tamaño o «antigüedad» del sujeto en cuestión, ¿No crees?
    Saludos,

  4. perdón por los errores de redacción y ortografía de mi anterior comentario.
    1.- (…)caben pequeñas dsimilitudes(…) por «pequeñas similitudes»
    2.- (…)pero ¿Quién convierte a esas mismas personas en dueñas y jueces del destino de alguien más? y me refiero particularmente al aborto(…)
    Una vez más, me disculpo,
    Saludos,

  5. Carlos Villa Velázquez Aldana dice:

    Pareciera que el aborto es el paradigma de los problemas religiosos. La iglesia, dispuesta a mantener el monopolio de las tinieblas, acecha los recovecos que abandona la ciencia. Se engolosina con cuestiones del tipo: «¿en qué momento se infunde el alma en el cuerpo?», y desde semejante marco conceptual pretende influir en política y movilizar creyentes. Es triste que utilice asuntos tan delicados para armar consignas y banderas de guerra. Debería darle verguenza.

  6. Sobre el artículo de Flores D’Arcais.
    El autor ejerce lo que denuncia y utiliza los mismos argumentos de aquellos a quien señala. La pobreza de su reflexión desmerece su publicación en El País y su replica en este blog.
    Su discusión respecto al significado de dictadura es pueril. Y con ésta intenta sostener su refutación al Cardenal.
    Su principal alegato es respecto a lo que piensa el prelado y su atrevimiento a expresarlo, y la osadía de la iglesia católica para tratar de imponer su punto de vista en algo que ésta considera le concierne particularmente.
    La libertad de expresión y de asociación alcanza a todos. Incluyendo a quienes nos parezcan chocantes o a las instituciones que nos puedan resultar odiosas.
    La deliberación de Paolo Flores es primaria. Y no hace más que darle peso al señalamiento original de Ratzinger sobre la dictadura del relativismo.
    El autor echa en cara las faltas históricas (aberraciones) a la iglesia, como su complicidad u omisión sobre ciertas cuestiones reprobables, para descalificar su dicho actual. Recurre así a una práctica muy católica, hacer de la culpa un argumento.
    Y cuando pretende defender la eutanasia (u ortotanasia) pregunta: “¿quién puede disponer de la vida salvo quien la vive?” y agrega: “¿qué aberración puede justificar que yo pueda decidir sobre tu vida?”.
    Siendo que la costumbre en la práctica de la eutanasia (legalizada o no) es que un familiar cercano a un enfermo determine (es decir disponga) el fin de la vida de este último. Y eso es algo que la iglesia católica misma ha señalado como una “aberración”. Pues desde su óptica, su dios tiene la potestad exclusiva para hacer algo así. No otro ser humano.
    Y también el Vaticano condena el aborto porque esgrime como injustificable la “aberración” de que alguien (la madre) pueda decidir sobre la vida de otro (mórula, cigoto, feto). Pues defiende el derecho a la vida del nonato. Y como designio divino la existencia.
    Flores D’Arcais no se conforma por exhibir lucubraciones semejantes a las del Cardenal. Va más allá, se burla de representantes de la fe de millones de personas en el mundo como delirantes de omnipotencia. Y tiene el desatino de reclamarle a Rouco Varela que tenga a su dios como el único.
    En el colmo de la estupidez le exige a la iglesia que abandone sus principales preceptos como condición para dialogar.
    E introduce un sofisma digno del genio de López Obrador: “…la vida es un regalo, y un regalo se puede rechazar; si no, se llama condena.”
    Los regalos se pueden también aceptar, intercambiar, guardar, reciclar, utilizar, quemar, olvidar, envolver, comprar, morder, etc. Y en consecuencia pueden ser llamados de múltiples maneras. Sin que esto signifique nada.
    Es ominoso que a un Cardenal, o a cualquier persona, en cualquier condición, se le exija que deje de pensar como le venga en gana, que lo exprese y/o que lo defienda públicamente.
    La iglesia y sus líderes tienen todo el derecho (incluso ellos podrían tenerlo por obligación) de defender sus creencias, y de impulsar reformas legales que a su juicio eviten lo que para ellos son “aberraciones” y que violan lo que tienen por sagrado ¿Por qué no iban a hacerlo? ¿Por ser políticamente incorrecto?
    Toca a los parlamentos y a las sociedades en su conjunto, vigilar que las normas que rijan para todos sean lo más benéficas posibles. Que deriven en el bienestar general sin menoscabo de los derechos individuales.
    Los pensamientos de Flores D’Arcais y los de Rouco Varela son equivalentes en más de un sentido. Pero ellos difieren en que el primero es jacobino y el segundo tolerante.
    En la dictadura del relativismo (es decir, en la posmodernidad) cualquier persona dice cualquier cosa sobre cualquier asunto, sin ninguna consecuencia.
    No es lo mismo hacerse el personaje arrojando lugares comunes a la iglesia. Que proponer seriamente su abolición o su necesaria refundación. Y eso sería algo que tal vez debería estar planteando a los fieles el sacerdote que antes arriba publicó su comentario (o mínimo colgara el hábito o se convirtiera al protestantismo), si es que tomara medianamente en serio sus creencias. En vez de andar dándoselas de progresista a costa de la banalización de su vocación.
    Los relativistas tienen todo el derecho a ser cretinos. Y aunque también tienen el de aspirar al imperio de la intrascendencia. No está en sus potestades decretarlo.
    Saludos cordiales
    Gabriel Glz.

  7. Carlos Villa Velázquez Aldana dice:

    No me parece que nadie aquí esté abogando por la refundación o la abolición de la Iglesia, y mucho menos por la censura de su consabida postura.
    Lo aberrante es que la Iglesia pretenda transferir al poder judicial las funciones de la inquisición y embaucar a los ciudadanos en una cruzada contra la libertad de conciencia, ese demonio de las mil cabezas que llama «dictadura del relativismo».
    No veo ningún atrevimiento o valentía, sino mero gusto por la quema de brujas, en la proclama Urbi et Orbi de la criminalización del aborto, incluso si aquel que la profiriera lo hiciera forrado en cilicios.

  8. Miguel A. Osuna dice:

    La argumentación como regaño. Y una disculpa.
    Gabriel Gonzalez me invita -y lo hace de manera estimulante- a reconsiderar mi pseudo progresismo eclesial, o en escenarios posibles abandonar el ministerio o adherirme a una comunidad protestante. Para quienes no lo sepan o no lo entiendan, este es el argumento que muchos católicos ante posiciones compartidas por miembros de la iglesia -en mi caso sacerdote- arguyen y no sé si el Señor Gonzalez lo sea pero suena como tal. Católicos que generalmente argumentan con regaños y una ironía que nunca suena evangélica sino informada y políticamente incorrecta, oh! y capaz de opinar sobre quien es digno de ser o no publicado en El País.
    Es decir: las reglas del juego católico son estas, si no las convienes, lárgate y deja de contaminar, lobo disfrazado de oveja.
    En cuanto al comentario sobre la postura del cardenal Varela, reafirmo que lamento su tono que es generalmente impositivo, no que desacredite sus convicciones que suscribo una por una en lo sustancial y no necesariamente acepto en lo opinable. Me parece con mucho, de mayor profundidad la cualidad comunicativa de cosas trascendentes de Ricardo Blazquez, Obispo de Bilbao, por ejemplo (para citar a un jerarca de España, al que tal vez el Sr. Gonzalez, considerara obispo que se las da de progresista y que tampoco está a la altura de ser citado en El País). Sigo pensando que el tono de ese Principe, no es ni siquiera con mucho el tono cordial de Benedicto XVI (a quien tengo la fortuna y dicha por el momento, de escuchar cada miércoles o domingo en Roma) y que es una clara muestra de la comunicabilidad respetuosa de ideas y de magisterio. Nunca he oido al Papa decir «si a algun sacerdote que quiera dárselas de progresista, no le gusta, pues que se haga protestate o cuelgue los hábitos». Pobre Papa! que politicamente correcto tiene que ser ante nosotros curas indignos de serlo.
    Sr. Gonzalez, esta será la única y última vez que exprese una réplica. Prefiero no argumentar si no tengo la contundencia de los informados y de los verdaderos aspirantes a la trascendencia, pero le doy mi palabra que siempre he querido serlo y lo intento siempre de este modo, en esta Iglesia y en este ministerio. Es cierto a veces pienso que mis posiciones son ambiguas y pareciera que no se lo que quiero. Pero si sé algo que no quiero: no quiero pensar como Usted, ni como Rouco Varela, que tienen todo el derecho de afirmar y pontificar con altura dialéctica sobre cuanta cosa convengan.
    Lamento el tono de este post, pero expreso una disculpa pública si hubiera ofendido la sensibilidad de cualquier persona al exponer un punto de vista, y si fuera el caso de un católico, pido perdón por el antitestimonio público. Dios les cuide.
    Con saludo cordial y mi admiración a Jesús Silva Herzog, De quien soy lector cotidiano.

  9. De los argumentos como tales. Y de la ambigüedad como (im)postura.
    Sr. Osuna
    La defensa de la libertad de pensamiento, de expresión y de asociación, es aquí lo central. Lo que el autor criticado pretende, es hacer válida la supresión de tales libertades a los jerarcas religiosos simplemente porque a él sus posturas le parecen «aberrantes». De la misma manera que la iglesia ha condenado a tantos por diferir de sus opiniones.
    Y para su endeble argumentación usa inadvertidamente juicios que la iglesia ha utilizado para condenar al aborto y la eutanasia. Precisamente para defender: ¡el aborto y la eutanasia!
    Incapaz de presentar una tesis. Se burla de las creencias de aquel de quien difiere (y de quienes representa) y le exige renuncie a sus derechos y que abdique de lo que le da identidad (además de trabajo).Le demanda autocensurarse. Para entonces poder dialogar.
    Una de tres precisiones.
    La dignidad del autor no es algo que esté en discusión para juzgar la pertinencia de la publicación y/o reproducción de su artículo (la mención de lo tal no es mía). Lo que sí: el valor de su texto bobalicón e insustancial. Para eso vayamos a los argumentos.
    Evidentemente aquello de “dictadura del relativismo” es un recurso para evidenciar algo, nunca una dictadura como tal.
    Flores D’Arcais lo utiliza literalmente para probar su punto, e intentar exhibir el totalitarismo del Cardenal y su iglesia: si quieren imponer su punto de vista a los demás son totalitarios. Pero falla. Principalmente porque esa institución no tiene potestad para obligar a los ciudadanos a acatar su voluntad. Lo que sí puede, y tiene por derecho, es impulsar, por medios institucionales, propios de la democracia, legislaciones que coincidan con sus intereses. Como cualquier ciudadano o grupo.
    Todos tenemos derecho a considerar aberrante lo que hace el vecino. Pero cuando se trata de algo que consideramos debiera prohibírsele, existen instituciones para determinar eso. Ser pro choice o pro vida, no le confiere mayor estatura jurídica a ninguna de las partes, sin importar con cuál pudiéramos coincidir (Osuna, yo, Flores o Ratzinger).
    Segunda precisión.
    Suena un tanto extraño que la probabilidad de pertenecer a su iglesia, pudiera, para un sacerdote, considerarse como una especie de vicio que trastocara mi dicho.
    Por lo tal me (pre)juzga y se da licencia para denunciarme como católico ¡dios mío! qué dislate ¿Nota que es usted el que me juzga por quien supuestamente soy, y no precisamente por lo que le digo? Tal vez el que me tenga por indigno para hacer público lo que pienso sea usted.
    De cualquier forma: soy ateo. Y no me parecería que su iglesia (ni ninguna otra) se opusiera a mi derecho de expresarme y tampoco de promover, por mi cuenta o agrupado, cualquier ley que considere conviene a mis intereses. Del mismo modo que por grande que fuera mi desacuerdo con la misma, no estoy por la conculcación de sus derechos equivalentes a los míos.
    Lo que se anuncia como “amenaza totalitaria”, “imposición de estado” o “transferencia al poder judicial de las funciones de la inquisición (en el post Carlos Villa)”. No es un acto dictatorial, sino un ejercicio democrático de un grupo de interés pugnando por asentar sus creencias (y dogmas) en los códigos que rigen la conducta de la gente. Así se hacen las leyes.
    Por cierto, el que usted resida en Roma (o en Marte, para el caso) no altera en nada el valor de sus ocurrencias. Además, entenderá que siendo ateo no me causa impresión que usted esté cercano al Papa (al que vale recordar Flores D’Arcais tilda de loco), incluso si con él se llevara de piquete de ombligo.
    Tercera precisión.
    Que se “largue y deje de contaminar” es un subterfugio que usted intenta. No algo que yo le demande. Lo que sí le señalo claramente es que de tomar medianamente en serio sus creencias, no le quedarían más que tres caminos: su deserción, la reforma (o abolición) de su iglesia, o su conversión.
    No le he llamado a usted “lobo disfrazado de oveja”, le he dicho que hace el bobo disfrazándose de liberal.
    Por último.
    Cierto: usted prefiere no argumentar y sus posiciones son ambiguas y parece no sabe lo que quiere. Lo bueno es que lo reconoce. Lo malo es que lo tenga por virtud.
    Lo que el autor y usted le reclaman al Cardenal es lo mismo que a Ginzburg aquel sacerdote, en el pasaje de Nobleza de Espíritu (publicado en este mismo blog). Su falta de adaptación. Y con esa premisa como lo correcto (y lo cómodo). Le piden ser inconsecuente; que relativice sus dogmas. ¿Y cómo es que eso podría pasar vg. en el caso del aborto? Si para la iglesia de usted equivale al asesinato de alguien. Cómo no podrían tenerlo sino como una aberración. Y cómo, y por qué, podrían o tendrían que sustraerse de intervenir en lo concerniente a una legislación que facilite o sancione un acto que consideran de tal gravedad. Tal como lo escribe Flores, en congruencia con sus principios, la iglesia tendría que haberse opuesto a (entre otras tantas atrocidades) la pena de muerte. Y en el mismo sentido no tendría otra que oponerse al aborto (o a la eutanasia) y a su legalización. Mas allá de que lo tal a mi en lo personal no me convenza, que no sea popular, que un columnista lo tenga por impropio, o que un cura lo tenga por inconveniente mala prensa. Siendo consecuente, la iglesia simplemente no tendría otra opción que defender su postura. O claro, podría cambiar de posición. Pero no podría, no debería, esconderse en la ambigüedad.
    Saldos cordiales.
    Gabriel Glz.
    PS
    Le felicito por ser un asiduo lector de JSHM, con el tiempo espero le aprenda de su honestidad intelectual. Ciertamente se equivoca de vez en cuando, pero procura ser siempre claro y expone sus argumentos para sostener sus ideas. Respeta a quienes lo leen y no se solapa en lo ambiguo.

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