13, Ago 2014

Jan-Werner Mueller sobre el populismo

Jan-Werner Mueller, autor de Contesting Democracy, notable reconstrucción de las ideas políticas del siglo XX,  escribe una nota sobre la naturaleza del populismo, a propósito de la reelección de Erdogan en Turquía:

Al contrario de lo que se suele creer, el populismo no se caracteriza por contar con unos electores particulares –como, por ejemplo, la clase media baja– o por unas políticas simplistas que halagan a las masas, como con frecuencia sostienen los observadores liberales, sino que es una concepción de la política totalmente moralizante, pues un populista es un político que afirma que él –y sólo él– representa de verdad al pueblo, por lo que relega a todos sus oponentes políticos al papel de pretendientes inicuos.

Tras esa afirmación hay otra suposición: la de que el pueblo tiene una voluntad común encaminada auténticamente a la consecución del bien común y de que el auténtico dirigente del pueblo –como, por ejemplo, Erdoğan, que hizo campaña con el lema “la voluntad nacional, el poder nacional” – puede interpretarla correctamente y aplicarla. Así, pues, los populistas no son sólo enemigos de las minorías selectas, sino que son necesariamente antipluralistas y, por tanto, antiliberales. Su política siempre es polarizadora, al escindir a la ciudadanía real entre un pueblo moral y puro y los otros, inmorales, a los que Erdoğan ha calificado con frecuencia de simples “traidores”.

En opinión de un populista, no puede haber nada parecido a una oposición legítima. Quienquiera que esté contra el dirigente está automáticamente contra el pueblo y, conforme a esa lógica, quienquiera que esté contra el pueblo no puede pertenecer de verdad al pueblo.

En el mismo sentido, los partidos populistas suelen apresurarse a colonizar el Estado . Si sólo un partido representa de verdad al pueblo, ¿por qué no habría de pasar el Estado a ser el instrumento del pueblo? Y, cuando los populistas tienen una oportunidad de redactar una nueva Constitución, ¿por qué habrían de tener la menor consideración para con cualquier oposición, que, por definición, ha de estar constituida por los enemigos del pueblo (a los que con frecuencia se acusa de ser agentes extranjeros)?

Así se explica por qué el clientelismo y la corrupción de los gobiernos populistas no socavan el apoyo fundamental a sus dirigentes del electorado. Se considera que esos métodos están al servicio de un “nosotros” moral a expensas de los inmorales o extranjeros “ellos”.

Así, pues, la creencia de los liberales de que basta con que revelen la corrupción de los populistas para desacreditarlos es una esperanza vana. También deben mostrar que el clientelismo no rinde beneficios a la inmensa mayoría de los ciudadanos y que la falta de rendición democrática de cuentas, una burocracia disfuncional y el socavamiento del Estado de derecho a la larga perjudican al pueblo… a todo él.

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