02, may 2016

Kertész, el ojo que se ve

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Cuando Imre Kertész preparaba notas para su discurso en Estocolmo recibió una carta del director del memorial de Buchenwald, el campo de concentración donde lo encerraron de adolescente. Le enviaba, naturalmente, felicitaciones por haber ganado el Premio Nobel y le adjuntaba un documento. Era el reporte de los presos del 18 de febrero de 1945. En la columna de los “decrementos”, es decir, de las muertes, aparece el registro del prisionero número 64,921, Imre Kertész, obrero nacido en 1927. Dos datos falsos: el año de su nacimiento y el oficio. Cuando llegó a Buchenwald se agregó dos años para no ser clasificado como niño y se describió como obrero para parecerle útil a sus captores. Había, desde luego, otro dato falso: su muerte. Tal vez esas mentiras sean la razón de mi vida, dijo: morí para vivir, y tal vez aquella muerte sea mi verdadera historia.

Técnicas de la sobrevivencia: inventarse otra vida y otra muerte. Si la cinta de Spielberg sobre Schindler le resultaba una cursilería insoportable, La vida es bella, la película de Benigni, le parecía impecable. No por la ambientación sino por captar el espíritu de una tragedia que se esconde en chistes de bufón. Aquel encierro sólo podía sobrepasarse con la fuga de la imaginación. Incomprensible como realidad, el campo de concentración sólo puede entenderse (y vivirse) como literatura. El protagonista de Sin destino adivina una forma de evadir la prisión y la locura. “Es un hecho demostrado que nuestra imaginación permanece libre incluso en condiciones de privación de libertad. […] Lo había oído decir, y ahora también puedo dar fe de ello: es verdad que las paredes de la cárcel no pueden poner límites a nuestra imaginación”.

 

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