04, Ene 2018

La conspiración de la fealdad

La sorpresa, más que el plan, define el futuro. Por eso sólo con preguntas podemos abordarlo, sabiendo que cualquier respuesta preludia el desengaño.

Es de la ciudad de la que me atrevo a hablar. De esa “madre que nos engendra y nos devora, que nos inventa y nos olvida”. Ahí está el enigma del futuro mexicano. En el enjambre de autobuses, teatros, callejones y plazas están los otros y está también, como escribió Octavio Paz en su poema, “un yo a la deriva”. Aquí, en la ciudad, la abstracción de lo político y los fantasmas de la historia se hacen palpables: es el mercado y el parque; es el reposo y el tráfico, el encuentro y el refugio.

Para imaginar la ciudad de poco sirven las coordenadas habituales. Tengo la impresión de que los dilemas políticos nos engañan en este ámbito. Nos presentan disyuntivas que conducen al mismo embotellamiento y subrayan diferencias que poco cuentan en la banqueta. Imaginamos lo que viene dependiendo de una votación. Creemos que en las disyuntivas electorales, en las opciones ideológicas, en el contraste de las personalidades está la clave del mañana. Unos confían en la perseverancia, otros anhelan el tijeretazo con el pasado. Unos describen al adversario como populista, otros ven la calamidad en la tecnocracia. Con eso nos tienta la temporada: dramatizar el peso del voto para imaginar que la felicidad o la miseria cuelgan de una suma o de eso que llaman, con grandilocuencia, “proyecto de nación”.

Yo encuentro, al salir a la calle, una disputa por la ciudad que en poco se corresponde con ese cuento de las ideologías en pugna. Un valor discreto y esencial, pensado habitualmente como apolítico, está en el núcleo de esa batalla. Se le tildará de melancólico y aún de aristocrático pero es un valor republicano esencial. Más que económico o político es un valor estético. Ahí es donde encuentro pregunta pertinente al futuro mexicano. ¿Seguirá expandiéndose el dominio de la fealdad? ¿Continuará avanzando lo horripilante de la mano de la corrupción y el desprecio a lo común? ¿Seguirán aliadas la codicia y la demagogia para corroer decididamente la tela de la ciudad? Esa es, sin duda alguna, una marca de nuestro pasado reciente: el avance generalizado e irresistible de lo feo. Obra pública que agrede y que nos arrincona; construcciones privadas que ofenden, la terca extorsión de lo indómito.

 

El artículo completo puede leerse en la edición de aniversario de nexos.

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