23, oct 2013

La duda del genio

Escribe Vila Matas:

Ayer se cumplieron 100 años del 21 de octubre de 1913. Ese día, Franz Kafka consideró que lo había desperdiciado. Llegó a su casa a las diez de la noche y anotó: “Día perdido. Visita a la fábrica de Ringhoffer, seminario de Ehrenfels, luego en casa de Weltsch, cena, paseo, y ahora, a las diez aquí. Pienso continuamente en el escarabajo negro, pero no escribiré”.

Le perseguía ese oscuro —oscurísimo— insecto desde que un año antes escribiera La transformación (más conocida por La metamorfosis), relato que aquel 21 de octubre de 1913 llevaba ya inédito casi un año, guardado en un no menos oscuro cajón de su escritorio.

Si nos acercamos con mirada dictada por la alegría a esa escena nocturna en la que Kafka escribe que ha desperdiciado el día y evoca el escarabajo, puede que pensemos que nada va mal en ella, pues a fin de cuentas tenemos ahí a un joven que guarda un gran inédito en su escritorio y está sentado en el centro de una estancia que ofrece la imagen misma del bienestar y también de la gracia, pues está tocada por el espíritu del genio que la habita.

Pero si a la misma escena nos acercamos con mirada dictada por la tristeza, puede que veamos que todo ahí va pésimo, pues ese 21 de octubre el joven Kafka se halla hundido en graves titubeos. De hecho, le invaden toda clase de dudas sobre su escritura: “En el fondo soy un hombre incapaz, ignorante, que si no hubiera ido obligado a la escuela, solo valdría para estar acurrucado en una caseta de perro…”.

¿Quién crea las dudas en los jóvenes genios? ¿Cómo es posible que alguien que ha escrito ya La transformación —relato que se convertirá en un clásico de la literatura de todos los tiempos— se vea a sí mismo como un perro y se dedique principalmente a ejercicios de desesperación?

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