19, Ene 2014

La lealtad de Gabriel Zaid

Vicente Lombardo Toledano y Manuel Gómez Morin equivocaron el impulso. Para Gabriel Zaid la vida pública en México habría encontrado mejor estímulo si esos hombres hubieran creado revistas en lugar de haber fundado partidos políticos. A ambos los perdió la idolatría política: la creencia de que las cosas se cambian si se trepa a la cima. Araron en el mar del autoritarismo. Su genio se perdió en burocracias inservibles durante décadas. Y en lugar de darnos versiones mexicanas del New Statesman o del Economist, sostuvieron la imagen de competencia en un régimen de piedra.

Zaid ha estado libre de esa reverencia política que marcó el siglo XX: esa pasión desdichada por el poder de la que habló Octavio Paz y que, en alguna medida, lo atrapó también. ¿No calificó Paz de filantrópico al Estado mexicano? El hechizo del palacio como epicentro de la historia, la seducción del mando transformador, la fascinación por la revolución que lo limpia todo. Nadie entre nosotros ha mantenido con tan firme celo la independencia frente al poder como Gabriel Zaid. No le ha escrito al poder, le ha escrito siempre al lector. Su carta a Carlos Fuentes quedará como uno de los emblemas fundamentales del compromiso intelectual en el siglo XX mexicano.

Esa ha sido su lealtad desde el primer momento. Confianza de encontrar hoy o mañana un lector atento, inteligente. Para Zaid la letra impresa, la música, el teatro son obras públicas tan importantes como lo son las calles, el alumbrado, los puentes o las presas. Por eso ha visto en la crítica de Cosío Villegas, en las empresas editoriales, en los corridos la infraestructura milagrosa de esa conversación que hace más habitable el mundo. La cultura es una fiesta cuyo sentido es el asombro, el descubrimiento, las ganas de vivir, la pasión por comprender, la inspiración, atisbos de plenitud. Una conversación que es una fiesta. No importa si uno es culto, dice Zaid. No importa si uno ha leído mucho o poco: lo que cuenta es “cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace físicamente más reales.”

La lealtad de Zaid es gozosa y risueña, sabia y juguetona. Ensaya con máquinas verbales, aforismos, parodias. Su fidelidad es también venenosa. Contra “la fauna parasitaria de la cultura” ha lanzado dardos letales. La fiesta encuentra en burocracias y camarillas intelectuales a sus peores enemigos. Es la convicción de que hay que cultivar un público exigente, que al lector no se le adula, que hay que abrir en México un espacio para la verdad.

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