08, May 2009

La lógica viral

Jorge Volpi escribe en El país hoy:

Virus A partir del 2001, el virus del miedo ha mutado en dos variantes principales, que acaso pertenezcan a una sola familia: el miedo a las infecciones, sean provocadas por agentes biológicos o terroristas (o, en el caso mexicano, narcotraficantes). Y lo peor es que cualquiera -el vecino, pero en especial el extranjero, el desconocido, el alien- puede encuadrar en esta categoría. La desconfianza se multiplica: el peligro que representan tanto el terrorista como el infectado permanece oculto, de ahí la necesidad de vigilarlos, interrogarlos, escudriñarlos hasta el límite. Como ya advertía Foucault, el biopoder se vale de la antigua retórica de la salvación: estas medidas son imprescindibles para proteger tu salud, somos la primera línea de batalla a favor de la humanidad.

Parece que la normalidad es la nueva utopía inalcanzable.

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8 Comentarios

  1. Rosaura dice:

    Muy buen artículo!
    Por que no publicará volpi en Mexico?

  2. El Oso Bruno dice:

    Volpi, sus lugares comunes y sus excesos de cursilería. ¿Qué, de verdad, nuestras generaciones no dieron para más?

  3. …la normalidad es la nueva utopía por alcanzar. Ya lo había dicho… creo que Rush en signals… Ah, y sin duda es parte del discurso de Edgar Morin

  4. Alberto Gutiérrez dice:

    como no le gusto al blogger la contestación seria y contundente del Dr. Potosino, prefiere un espacio de confort.

  5. jshm dice:

    No entiendo por qué dice Alberto Gútiérrez que no me gustó la comuicación del Doctor Valadez. Recibí su correo; pedí autorización para hacerla pública en el blog; la destaqué e hice un comentario a su correo. Me pareció una reflexión valiosa y bien fundada.
    Lo del espacio del confort, simplemente no lo eniendo.
    De cualquier modo, gracias por la visita y el comentario

  6. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    ¿Utopía? No lo creo, más bien distopía con mucho, MUCHO manoseo político. ¿Cursilería? Tampoco.
    Aunque el verdadero exceso de cursilería fue la muy recién opinión del Oso Bruno respecto del arribo de Alonso Lujambio a la SEP: véase http://brunoderbaer.blogspot.com/2009/04/lujambio-le-coq-bleu.html. Como contraste pueden checar la opinión de John Ackerman de las siguientes direcciones: http://www.poresto.net/republica/29693-trampolin-transparente, http://www.proceso.com.mx/opinion_articulo.php?articulo=67917, http://johnackerman.blogspot.com/2009/04/trampolin-transparente-revista-proceso.html.
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    Ahora bien, creo que hay de mutis a mutis que incorporan diversa gravedad, y que cualquier persona que predique ser liberal no debería guardar. El post de JSHM ‘Los anteojos de un ignorante’ (que según entiendo es artículo también) algo remedia esos ciertos silencios. No obstante, el mutis de su blog durante la crisis real y no real ha sido botón de muestra de un mutismo más extenso que me parece grave. Para la “terrible” ocasión un auténtico liberal (hay que descreer aquí de las categorías: debiese decirse “preocupado liberal”, eso es más meridiano) debe poner un acento –claro, conciso, sin lugar a dudas, con MÁYUSCULAS— en otras cuestiones que están ahí.. que danzan a nuestros ojos inexorablemente. ¿O es que acaso no se ve goles o intentos de gol en la legislación “a lo Bush” que amenazarían amantísimas libertades de todos: individuales, privadas, suyas, mías? Vistas iniciativas de ley y leyes formales que nos acercan a un estado policiaco, ¿acaso no ve JSHM el riesgo de acusar y espiar, so pretexto de la criminalidad, por el simple y sencillo derecho a no estar en de acuerdo, pensar críticamente? Esta segunda interrogante incorpora algún exceso en su planteamiento, lo sé, su sentido se explica a continuación por dos participaciones no ‘ignorantes’ –quizá atrevidas sí— pero para nada extremas, de personas destacadas en nuestro devenir democrático hoy día. Creo que ayudan a entender más. A que algo que sucede no necesariamente está desprovisto de una ventana de oportunismo o de utilidad política. Por lo pronto, espero no herir susceptibilidades, no llamar a venganzas ni a que reprenda esa furiecita ya destartalada de un virus gripal. Saludos.
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    La paranoia y sus facturas
    ILAN SEMO
    No hace mucho tiempo, tres décadas acaso, las sociedades contemporáneas tenían una idea bastante distinta del futuro. Todavía ondeaban, aunque ya debilitadas, algunas de las utopías centrales que significaron al siglo XX. Con una dosis de innegable inocencia, las expectativas de un orden que hiciera posible una vida mejor provenían de los más diversos rincones y relatos del imaginario político y social. A principios del siglo XXI, el cambio fue abrupto. Esa inocencia fue desplazada aceleradamente por una cultura muy distinta; la cultura de las distopías, fincada en la convicción de que las amenazas y los riesgos que nos depara el futuro superan con mucho a cualquier otra de sus expectativas. La retórica de las distopías acabó por decantarse en una cultura del miedo. Un repaso de las imágenes sobre la trama del tiempo que alberga el imaginario actual mostraría que el miedo es, probablemente, el único elemento capaz de cohesionar (y movilizar) a las sociedades de nuestros días.
    Llámesele infortunio o no, sus semejanzas con las pesadillas sociales de los siglos XVI y XVII son asombrosas. En 1600, el habitante europeo estaba absolutamente convencido que a la vuelta de la esquina le aguardaba el Juicio Final. El espejismo del fin teológico del mundo tardó en disiparse un siglo y medio, y guarda diferencias con el de hoy. La apocalíptica contemporánea no proviene de la teología ni de la religión, sino de un poder más disuasivo y contundente: la ciencia. Los espectáculos modernos (o posmodernos) del fin se llaman: el calentamiento global, las mutaciones biológicas, el agotamiento del agua, el envenenamiento del medio ambiente… y, sobre todo, las pandemias.
    La primera pandemia del siglo XX, la gripe española, cobró varios millones de víctimas. (Por cierto, Enrique Semo ha sugerido recientemente que no es improbable que una parte del millón de muertos que causó la Revolución mexicana se deba a la diseminación de ese virus). Después le siguieron entre los años 20 y 40, varias de escala menor. Desde los años 50, cada década estuvo signada por el pánico de una nueva mutación viral: la fiebre asiática en los 60, el ébola en los 80, las vacas locas en los 90, la gripe aviar más recientemente, y la gripe humana, que fue detectada la semana pasada. Lo que asombra es la imparcialidad de los mutantes: han surgido en el corazón de las sociedades con sistemas consolidados de salud pública (las vacas locas en Inglaterra), en órdenes compulsivamente controlados (la gripe aviar en China), en medio de las mayores desgracias humanas (el ébola en África) y ahora frente a un Estado (cada día más eminentemente) fallido como el mexicano. En cierta manera, ya no sorprende que el número de víctimas que cobran las pandemias sea decreciente (unos cientos durante la gripe aviar): existe de alguna manera un know how social global de cómo hacerles frente. Ni tampoco que el pánico estalle de manera global: el miedo también pasa por la interconexión.
    Las autoridades de la OMS han dicho en reiteradas ocasiones que el gobierno mexicano ha actuado, dadas sus posibilidades, de la manera más diligente posible frente a la crisis epidemiológica. Lo más probable es que sea cierto. Lo que no han dicho (no les toca decirlo) es que sin la presión de verse convertido súbitamente, en la opinión pública global, en una suerte de amenaza para la sociedad, la administración panista jamás habría actuado con la celeridad que la caracterizó la semana pasada. Hay epidemias seculares en México, por decirlo de alguna manera, que matan calladamente a miles y miles de los que menos tienen cada año y que transcurren frente a la absoluta indiferencia de un poder que, a lo largo de un sexenio y medio, ha convertido al sistema de salud pública en una zona de desastre, y a la salud misma en un privilegio privado.
    Si el gobierno federal reaccionó o no de manera tardía e irresponsable frente a los primeros anuncios de la posible epidemia es un asunto que el Congreso deberá tomar en sus manos para investigarlo exhaustivamente. Sólo así se podrán adoptar las reformas para transformar la estructura misma del sistema de salud pública.
    Lo que es un hecho, sin embargo, es que la forma en como se ha emprendido la cruzada actual para detener el contagio habla de un poder cada vez más apartado de la sociedad. Hay dos maneras de enfrentar los peligros de una epidemia: la paranoia o la solidaridad. El Poder Ejecutivo optó por la primera. Su estrategia ha sido aislar e insularizar al individuo, suprimir las redes de apoyo y solidaridad, recluir y atomizar a la ciudadanía en los muros de una nueva soledad. Esa nueva soledad se llama: el cuerpo como cerco. Dado el know how actual para enfrentar epidemias, que el gobierno federal no logra implementar porque ya no existe el sistema de salud pública que podría ponerlo en práctica, la paranoia puede cobrar más víctimas que el virus mismo.
    http://www.jornada.unam.mx/2009/05/02/index.php?section=opinion&article=041a2pol
    – . –
    ¿De qué se ríe, señor Calderón?
    ÁLVARO DELGADO
    México, D.F., 4 de mayo (apro).- Como lo ha hecho en otras ocasiones, venga o no al caso, Felipe Calderón dispuso, la noche del miércoles 29 de abril, justo en la cúspide de la emergencia por la epidemia gripal, de 17 minutos seguiditos en radio y televisión para enviar un mensaje a la nación, en el que volvió a tutear a los mexicanos y sonriente, como festejando una puntada, predicó sobre el ocio en el hogar.
    La sonrisita no se le borró a Calderón del rostro, habitualmente adusto por su consabido mal humor, ni cuando por primera vez expresó sus condolencias a los deudos de los muertos por la epidemia que ha exhibido la ineptitud gubernamental y cuya cifra real nadie conoce, en vista de la maraña de números que, desde la noche misma en que se decretó la emergencia –el jueves 23–, han confundido inclusive a la Organización Mundial de la Salud (OMS).
    Viene al caso el lugar común: La primera víctima ha sido, en efecto, la verdad.
    Pero detrás del manejo convenenciero de la epidemia, cuyos riesgos evidentemente existen y sobre los cuales la ciudadanía ha contrarrestado con muestras de ejemplar solidaridad con sus semejantes –algo que ni siquiera los curas ni los propios funcionarios han sido capaces de practicar, como el uso de tapabocas, por lo visto inútiles–, se trata de esconder y manipular la atroz realidad que atormenta a los mexicanos.
    No es sólo el problema de la inseguridad que no ha logrado ser abatida por el gobierno con su «guerra» contra el narcotráfico –y que este fin de semana produjo 42 muertos–, sencillamente porque no es veraz ese empeño y perfila, en realidad, un peligro para los ciudadanos, sobre todo después de las aberrantes reformas que aprobó el Congreso, casi a hurtadillas, que le dan un inmenso poder a Calderón para ejercer el ESPIONAJE* y la represión* contra los ciudadanos a través de Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública.
    La aprobación de la Ley de la Policía Federal, que autoriza un solo mando para operar en todo el territorio nacional mediante acciones encubiertas –usuarios simulados y sin uniforme–, y LA INTERVENCIÓN DE TODAS LAS COMUNICACIONES PRIVADAS* –incluyendo todas las telecomunicaciones–, implica un eslabón más en la cadena represiva dispuesta por Calderón, ante el hartazgo que representa el fracaso económico de su breve pero catastrófica gestión, sólo igualable a la de Ernesto Zedillo.
    Y es que éste es, en efecto, el principal problema del México de hoy: Las propias cifras oficiales del estado que guarda la economía de México van consolidando un colapso semejante al padecido por los mexicanos por el «error de diciembre» de 1994, que se materializó, al año siguiente, con el desplome de 6% del Producto Interno Bruto (PIB) en el primer trimestre.
    La cifras de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México, además del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de bancos propiedad de extranjeros que operan en el país, apuntan a un retroceso promedio de 5% anual, una estimación muy conservadora si se tiene en cuenta que se han hecho añicos todas las predicciones desde el año pasado, cuando el frívolo Agustín Carstens predijo un «catarrito».
    Esos mismos organismos públicos y privados modificaron sus vaticinios a los largo de 2008, todavía con indicadores a la alza, y a principios de este año preveían que, en el peor de los casos, México observaría un «crecimiento cero», de suyo negativo, pero jamás anticiparon los números tan catastróficos de ahora.
    Sólo en el primer trimestre del año, la economía cayó 7%, cifra inédita desde 1995, y la actividad industrial registra cifras peores, como las manufactureras, que se desplomaron 16% y la construcción 11.3%, el valor de las exportaciones se cae mes con mes: 31.5% en enero, 29.6% en febrero y 25.1% en marzo.
    Obviamente el empleo, el sello que Calderón le quiso dar a su fracasada gestión, observa cifras de miedo: En enero significó 5% de la Población Económicamente Activa, la más alta justamente desde 1995, pero en febrero empeoró, 5.3%, y en marzo fue de 4.76%. O sea que hay unos 2 millones 200 mil personas desempleadas, 300 mil más que en diciembre pasado.
    Este año, según el Banco de México, perderán su empleo hasta casi medio millón de mexicanos.
    El panorama económico, que ciertamente es global, pero que también tiene que ver con las decisiones que se toman desde el gobierno local, no da para la sonrisa de Calderón, salvo que –como lo ha hecho en otras ocasiones– sea una burla por acciones insanas que pronto conoceremos.
    Comentarios: delgado@proceso.com.mx
    http://www.proceso.com.mx/opinion_articulo.php?articulo=68502
    *mayúsculas y supresiones mías

  7. El Oso Bruno dice:

    Una breve aclaración a Omar Ali Silva Álvarez: Sí, el Oso se reserva el derecho a ser un poquitín cursi, a veces. Por cierto que la nota de Lujambio no es el peor ejemplo. Pero jamás caigo en excesos, eso es falso, ni es mi sello distintivo, como sucede con Volpi cuando se pone a pontificar
    Saludos

  8. Este texto casi lo podría haber escrito Aníbal Quevedo… valdría la pena aprovechar el viaje a Foucault para preguntarnos cómo define una sociedad quién está senil y quién no.
    Saludos,

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