05, Ene 2020

La risa de Arendt

Una mujer se encierra a leer montañas de hojas de estenógrafo. Durante semanas se entrega a una lectura tediosa que interrumpe constantemente con gestos de espanto. También, de pronto, se descubre, riendo. Fuma un cigarro tras otro. Toma notas. Teclea en su máquina de escribir. Es una admirada profesora que desciende de las abstracciones más elevadas de la filosofía occidental para sumergirse en los testimonios del horror. Un expediente judicial consume sus horas. Si hace unas semanas brincaba de Aristóteles a Heidegger y de Cicerón a Wittgenstein ahora va de un interrogatorio a otro. Testimonios desgarradores y palabrería burocrática. Es Hannah Arendt, quien se prepara para escribir un reportaje filosófico sobre el Holocausto. En efecto, eso es su crónica del juicio a Adolf Eichmann: la crónica de un proceso judicial que le permite adentrarse en la naturaleza del mal y en los resortes más profundos del poder.

El ensayo periodístico apareció en las páginas del New Yorker entre febrero y marzo de 1963 y se publicó como libro poco después. Para la intelectualidad judía, que veía en ella al intelectual más admirable, fue una bomba. Se leyó como una traición, como una ofensa. Como una abstrusa exculpación del monstruo y una explícita acusación a las víctimas. El demonio no era tal; las víctimas terminaron, en la confusión del momento, colaborando con sus ejecutores. Y en cuatro palabras, su dardo más filoso y penetrante: “la banalidad del mal”. Después de más de medio siglo, puede decirse que la controversia no se ha apagado. Todavía hoy se escuchan en la prensa, en los círculos académicos, incluso en el cine, ecos de la indignación que esa crónica levantó.

El artículo completo puede leerse aquí.

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