01, nov 2016

Las dos espaldas del ensayo

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“En el año de Cristo de 1571, a la edad de 38, en la víspera de su aniversario, durante las calendas de marzo, Michel de Montaigne, ya desde tiempo atrás cansado de la esclavitud de la corte y de los empleos públicos, se refugió, todavía en pleno vigor, en el seno de las musas, para encontrar ahí la calma y la entera seguridad, para pasar el resto de los días que le queden por vivir”. Es el propio Montaigne quien coloca solemnemente la inscripción en su castillo. Se trata del recordatorio de una determinación vital. La decisión de cumplir los votos de paseante.

En la dedicación a su obra se encuentra una resistencia a las seducciones de la hazaña, a las ilusiones del héroe. Una sólida convicción antiépica. La actividad política, la intervención en la vida pública es una esclavitud que rechaza enfáticamente. El escritor desoye el llamado de la responsabilidad, rompe con el hábito de la influencia para refugiarse en su torre. Ante las convulsiones de su tiempo opta por el retiro. El paseo, la conversación, la lectura y la escritura habrán de llenar sus días. Los ensayos que escribe pueden leerse así como una apuesta por la impotencia. “No puedo llevar el registro de mi vida por mis acciones”, escribe pensando en la vanidad. No vive en la actividad sino en la cavilación. Sólo con mis fantasías, sugiere, podrá delinearse mi biografía. La aportación que quiere hacerle a su siglo es el ocio: “en una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”. No es injusta por eso la denuncia del ensayo como expresión inservible, una forma de la cobardía, de la indecisión, de la indolencia. Puede ser cierto: desde su nacimiento le ha dado la espalda a la acción.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

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