03, Jun 2015

Villoro y la tiranía de los modernos

En 1958, en el seminario de filosofía moderna que dirigía José Gaos, Luis Villoro atendió la inquietud de su maestro: ¿de dónde viene la vocación del filósofo? ¿Cuándo surge el llamado de la filosofía? El maestro español, como recuerda Aurelia Valero se acercaba con amargura al tema: se consideraba un fracasado, un profesor que había dedicado su vida a la filosofía sin haber logrado el libro que expusiera su noción del mundo. Se sentía ya rezagado, anacrónico.[1] A punto de cumplir los 60, necesitaba escudriñar la relación entre vida y obra. Gaos había conseguido, sin embargo, discípulos, esto es: interlocutores. Los principales eran, desde luego, los integrantes del grupo Hiperión donde figuraban, además de Villoro, Emilio Uranga, Alejandro Rossi y Ricardo Guerra. El consuelo de Gaos llegaba pronto. En noviembre del 59, el maestro anotaba en su diario: “Llega un momento en que el maestro tiene que tratar a los discípulos como iguales y, si lo merecen, hasta como superiores. Entonces ellos, aunque discrepen de él y hasta le critiquen, no lo reniegan ni abandonan.”[2]

Villoro, un profesor de 36 años, discrepa de la pregunta misma y rechaza el carácter filosófico del interrogante. Los motivos que disparan nuestras preguntas pertenecen al orden mundano, prefilosófico. Pero aprovecha la mesa para reflexionar sobre la naturaleza y las exigencias de la disciplina. Y escribe así, con la elegancia y la claridad con la que siempre escribió: “La filosofía consiste por esencia en un poner en cuestión, hacer dubitable, desconectar el orden mundano natural al cual pertenecen esos motivos y exigencias.” Y encontraba en ese ejercicio del cuestionamiento una doble radicalidad: radicalidad del saber y radicalidad del vivir.[3] Es el mundo entero lo que se cuestiona y por eso el filósofo huye del conocimiento ordinario que se detiene siempre en los bordes, en la piel de las cosas. Y es también una liberación de los valores mundanos que sellan el tráfico cotidiano. La filosofía no es vocación sino misión. Dejemos de preguntar qué señuelo nos condujo a los caminos de la filosofía: preguntémonos si estamos a la altura de su llamado. “¿Cómo podemos justificarnos ante la filosofía?,” pregunta Villoro.

Rigor, sería la primera respuesta. El amor al que se entrega el filósofo es severo y exigente. Requiere un trabajo minucioso y atento para taladrar las ideas hasta su raíz. En un intercambio con Leopoldo Zea precisó su idea de esta exigencia: “Por ‘filosofía rigurosa’ no debe entenderse filosofía académica, informada de las últimas publicaciones en lengua inglesa o alemana, tampoco significa filosofía aséptica frente a las motivaciones de la realidad en que vive el filósofo. Filosofía rigurosa quiere decir simplemente filosofía que intenta llevar hasta el final, con el ejercicio de la propia razón, el examen de los fundamentos de las opiniones y doctrinas recibidas, filosofía que no se detiene en razonamientos vagos o figuras retóricas, que no toma prestadas, sin ponerlas en cuestión, opiniones manejadas por otros. Filosofía rigurosa es reflexión que aspira a ser clara, precisa, radical. En ese sentido, toda filosofía rigurosa es liberadora, pero su labor liberadora no consiste en prédicas de acción o adoctrinamientos políticos, sino en poner en cuestión los sistemas de creencias recibidos.”[4]

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[1] Aurelia Valero, Introducción a José Gaos, Ricardo Guerra, Alejandro Rossi, Emilio Uranga y Luis Villoro, Filosofía y vocación, México, Fondo de Cultura Económica, 2012, ps. 17 y 18.

[2] En la misma introducción, p. 19.

[3] “Trabajo de Luis Villoro sobre la vocación filosófica,” mismo libro, p. 71.

[4] Citado por Guillermo Hurtado, “Retratos de Luis Villoro,” en Mario Teodoro Ramírez, coordinador, Luis Villoro. Pensamiento y vida. Homenaje en sus 90 años, Siglo XXI Editores, 2014, p 14.

 

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