20, Nov 2018

Algunas señales

El presidente electo más activo de la historia reciente ha ido mostrando sus cartas. El marco de su gobierno está trazado. Su estrategia parece clara. Sus apuestas y sus debilidades también. Sus críticos han renovado las razones de la desconfianza en semanas recientes, pero, a decir verdad, sigue montado en una firme popularidad. Los votantes que lo apoyaron en julio no le han dado la espalda. Están dispuestos a perdonar algunos errores y a premiar el cambio, aunque sea en los símbolos solamente. Las encuestas muestran lo que era predecible: tras la victoria, su base de apoyo se ha ensanchado. Debemos partir de ese dato: López Obrador despierta una enorme esperanza en el país. Estos meses, sin embargo, no han sido buen preparativo para que su gobierno cumpla con las expectativas. Varias señales son inquietantes.

El equipo arranca débil. A muchos sorprendió el tempranísimo anuncio del gabinete. Arrancaba apenas la campaña y López Obrador ya repartía puestos. Acostumbrados a conocer al equipo a la víspera de la toma de posesión, conocimos a sus colaboradores desde hace meses. El anuncio fue electoralmente eficaz: dio confianza a muchos que vieron en los colaboradores sensatez y moderación. Nadie podría decir que dominaran los extremistas. El equipo era una selección de moderados. Estos meses de exposición pública, sin embargo, los deja lastimados. Las diferencias entre ellos son visibles, sus insuficiencias también. No se advierte conducción política desde la secretaría de gobernación. No hay diálogo estrecho con los partidos ni siquiera con el que respalda al presidente. Defensora de causas nobles, impulsora de reformas encomiables, la futura secretaria de gobernación empieza ser vista como muda espectadora de cambios sustanciales en la política nacional. Si en el gabinete no hay una firme columna política, tampoco la hay económica. El secretario de hacienda no aprobó su primer examen. Ante la turbulencia reciente, el futuro secretario, reaccionó tardía y débilmente. Ningún efecto tranquilizador tuvieron sus palabras. No podemos imaginarlo inyectando confianza en momentos de crisis. El secretario de comunicaciones se ha exhibido públicamente como un embustero, un burócrata dispuesto a manipular la información para acomodarla a los designios del jefe. El equipo que en tiempos de campaña podía ser visto como una plomada de moderación, hoy es motivo de intranquilidad. No es un equipo que trabaje en conjunto, ni que tenga una visión común. No han despuntado ahí funcionarios capaces de encarar con realismo las ocurrencias del jefe ni quien le haya presentado el cuadro de las consecuencias. El primer gabinete de López Obrador es un gabinete herido y apocado.

La campaña será permanente. López Obrador no seguirá el libreto presidencial. El político rebelde no se convertirá súbitamente a la ortodoxia. Seguirá pensando la política como un épico combate de símbolos y no como administración de lo ordinario. En el aplauso, en la concentración masiva estará su energía y su brújula. Los indicadores que hemos considerado como medidores del éxito y del fracaso serán motivo de burla. Los mercados ladran, luego avanzamos. Nos regañan los expertos: sigamos por ahí. Seguramente tendrá como aliado la torpeza de sus adversarios, columpiándose como han estado entre la estridencia y la sumisión. Es probable que tropiece en algún momento con el consenso, pero la constante será la batalla: el ataque a sus críticos y la convocatoria a los leales para escenificar la batalla de la historia.

¿Será eficaz la mayoría? El futuro presidente tendrá legitimidad, popularidad y poder. Su partido tiene mayoría y enfrenta antagonistas en crisis.  No parece obvio, sin embargo, que logre el embonar todas las piezas que le son leales para construir un gobierno eficaz y para proyectar mensajes de certidumbre. Las señales de las semanas recientes son francamente preocupantes. Morena no trabaja como partido gobernante. La existencia de una mayoría no garantiza en sí misma coordinación, ni eficacia. Lo más delicado es seguramente el ámbito administrativo, que parece estar totalmente ausente de las consideraciones del nuevo gobierno. Es que la política no es para el lopezobradorismo gestión sino épica. Pero poca gloria espera a un gobierno incapaz de administrar las rutinas.

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