28, Oct 2019

Deslumbramientos

La prensa cotidiana no se presta para el deslumbramiento. Hasta nuestra estridencia resulta ritual y predecible. Pero hay momentos en que aparece el destello de una opinión que rompe los moldes. Un juicio deslumbrante y atrevido que deshace todos nuestros juicios.

Pensábamos que el operativo de Culiacán había sido un fracaso. Lo pensábamos un fracaso franco porque, más allá de simpatías, no se consiguió lo que se intentaba. Partidarios del gobierno y hasta sus representantes aceptaban el revés. Nada de eso, responde John Ackerman en un deslumbrante texto publicado en La jornada hace una semana. No debemos dejarnos confundir por la perversidad de los conservadores y la timidez de los nuestros. El operativo fue un gran éxito. Fue un victorioso despliegue de determinación del que debemos sentirnos orgullosos. Un gobierno honesto y nacionalista se impuso a través del ejemplar poder de la capitulación.

El artículo muestra el polo de la razón militante. El autor detecta una victoria que nadie había tenido capacidad de apreciar. Con vehemencia se despoja de cualquier rastro de razón o de decencia intelectual para rendir homenaje al gobierno. Convicción a prueba de lógica. En realidad, nos dice Ackerman, en Culiacán los delincuentes mostraron su debilidad. Abramos los ojos: si los criminales fueron capaces de sitiar una ciudad e imponer sus condiciones al gobierno es porque son en extremo frágiles y porque López Obrador manda en todo el país con su majestuosa autoridad moral. Si los criminales impidieron la captura de su jefe, si abrieron una cárcel para liberar a los suyos es porque están de rodillas ante el líder de la nueva patria. Al doblar al gobierno, los delincuentes exhibieron su propia debilidad. Mejor no interpretar. Las palabras del fogoso articulista encandilan: “El levantamiento armado en Culiacán en respuesta a la detención de Ovidio Guzmán no fue una muestra de fuerza, sino de enorme debilidad de parte de los narcotraficantes frente a un gobierno cada vez más honesto y legitimado.” Ah.

No recuerdo osadía comparable. Recuerdo los homenajes de algún líder sindical a las andanzas triunfales de algún Señorpresidente en la época dorada del priismo. La oratoria oficial y el periodismo estaban repletos de esos agasajos. Quien relea los recortes de Monsiváis en su columna “Por mi madre bohemios,” se divertirá con la perfumada cortesanía del priismo. Pero tiendo a pensar que aún en aquella servidumbre había criterio para el silencio. Se reconocía que había basuras que simplemente no podían trasmutarse en joyas. La habilidad del entusiasta de entonces consistía en cambiar de tema. Mirar a otro lado para que el fiasco presidencial se olvidara pronto. Ninguna cobardía similar se encuentra en la gallarda prosa de John Ackerman. Él no se va de paseo: toma el fracaso por los cuernos y lo convierte en uno más de los gloriosos momentos de esta presidencia gloriosa. Es el valor de quien no se acobarda con decencias.

Puedo entender el argumento del mal menor para evaluar la decisión gubernamental. Es un criterio razonable que puede invocar una seductora tradición filosófica. Pero lo de Ackerman es otra cosa, más profunda y muchísimo más atrevida. No es la ponderación de efectos de un acto político sino un alegato por la inocencia radical. No el mal menor: el imposible mal. Para la teología oficial, el mal jamás podrá brotar de La Bondad. De un liderazgo histórico solo pueden brotar maravillas. Cuando López Obrador tropieza es el suelo el que pierde piso. La Autoridad Moral puede ser incomprendida. Infectados por la sospecha, los infieles la creen falible. Es entonces que aparecen los hombres de fe, los vehementes, esos adalides del entusiasmo hermético quienes nos rescatan de la miserable tentación de pensar.

Los servicios de la alabanza no pierden tiempo en argumentos. El artículo de Ackerman puede ser una de las cimas de nuestro columnismo militante, una cumbre sublime de la idolatría. No es irrelevante: impone tono en la corte de aduladores que tanto le gusta escuchar al presidente. Desde luego, el artículo de Ackerman es un acto de congruencia de quien encuentra inspiración en las conferencias matutinas y confiesa que las escucha con el éxtasis de un devoto en misa. Me conmueve imaginar el poema que este don Juan de la nueva corte compondría a los deliciosos aromas de las presidenciales heces.

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8 Comentarios

  1. Alfredo Falcón dice:

    Jesús, indudablemente para una increíblemente irracional e inefable pluma como la del señor Ackerman, se requiere el pensamiento y destreza de una opinión como la tuya. Me da mucha esperanza que gente como tú tengan esa altura de pensamiento para encarar equellas repugnantes declaraciones; que como si fuera novedad, en el fondo solamente abonan a que el país lejos de avanzar, se hunda en el oscurantismo que nos gobierna. ¡Grandioso artículo Jesús!

  2. Armando dice:

    Excelente pluma, buen análisis a la idolatría que tiene muchos, las maromas de Ackerman no tienen limites.

  3. Fresnillo dice:

    Ante la idolatría, ¡qué deleite caer en «la miserable tentación de pensar»!
    Gracias por eso.

  4. Cristóbal Rey dice:

    Sin duda tu comentario es preciso, Akerman vive, duerme y sueña con la 4t, intenta manipular desde la militancia, conjurar errores y convertirlos en virtudes. Triste es que gente inteligente esté tan embobada, para el citado como para tantos otros de diferentes espectros políticos usen ahora su inteligencia intestinal motivada por el odió que día a día transmiten por todos los medios y formas

    • Arturo Romero dice:

      Quien piensa así no puede, ni por asomo, ser considerado inteligente. Es un pobre incondicional sin pudor ni dignidad porque de nadie, absolutamente de nadie que no sea de los principios, se puede ser incondicional.

  5. Rolando Villafuerte Aguilar dice:

    Inmejorable opinión con un remate espectacular

  6. CARLOS PAZ COVARRUBIAS MARTINEZ dice:

    Me quedo con la frase «Con vehemencia se despoja de cualquier rastro de razón o de decencia intelectual para rendir homenaje al gobierno.»
    Resalta y resulta que el «señor» Akerman no tiene la menor decencia intelectual.
    Gracias por un artículo sin medias tintas.

  7. Sergio Jara dice:

    Extraordinario artículo, felicidades.

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