02, Mar 2020

El asa y el sebo

Para el político todo tiene forma de asa, decía Ortega y Gasset. Los hechos, las opiniones, las personas, los problemas no son más que instrumentos de su ambición. Por eso de inmediato les inventa agarradera. El filósofo se refería a la incapacidad del político para reconocer el mérito de las cosas en sí mismas y la tara que significaba el apreciarlas solamente como herramienta. Al político le estaba negada la emoción de disfrutar un relato, si no lo convertía en pieza de un discurso. Ese sujeto al que ubicaba en el polo opuesto de su propia vida era a su juicio incapaz de entablar relaciones desinteresadas, era ciego al placer estético y negado a cualquier deleite intelectual. Todo sometido a su ímpetu de dominio. Amigos y desconocidos, coyunturas y urgencias, inventos y recuerdos, afectos y aversiones. De ahí la imagen: todo tiene, para político, asa, agarradera. Si algo o alguien no le es útil, no existe.

El mundo es, para el político, una colección de instrumentos. Todo existe para ser usado. A todo puede encontrársele asa. En aquel famoso ensayo sobre Mirabeau donde dibuja agarraderas adheridas a cada uno de los objetos del mundo político Ortega resaltaba el efecto que tenía esa manía de reducirlo todo a utensilio. Era el mejor ejemplo de la oposición entre el político y el intelectual. Mientras el intelectual podía entregarse a la contemplación y esforzarse en comprender por la simple emoción de acercarse a la verdad, el político no perdía el tiempo en divagaciones: si abría los ojos era para detectar adeptos y enemigos, si pensaba era para provocar efectos, si hablaba era para trasmitir instrucciones o para sumar seguidores. Pero el asa que el político imagina en el cuerpo de todas las cosas y personas es también indicio de un talento necesario. El político ha de tener esa capacidad para atrapar los hilos esenciales de la circunstancia. No observa lo que sucede: lo aprehende. Engancha la realidad porque se percata de sus transformaciones y las atrapa. Al hablar y al decidir retiene los desafíos esenciales del momento. Entiende el conflicto y sabe conducirlo. Se percata de los riesgos y advierte las oportunidades del momento.

Hablo de esto porque creo que el presidente López Obrador ha soltado el asa del presente. Si el opositor supo atrapar todos los símbolos candentes de la coyuntura electoral, el presidente no logra sujetar las complejidades de su responsabilidad. Su discurso se aparta cada día más de la realidad. La repetición de sus gastadísimas fórmulas son la mejor evidencia de su fuga. No se adapta a los cambios, no registra los reveses. Niega lo que es evidente, se aferra a lo insostenible. Su obcecación provoca, cada vez más frecuentemente, burlas. El país, en efecto, se le empieza a escurrir. Su incapacidad para entender la raíz de la protesta de las mujeres es la señal más clara del escurrimiento. Se le resbala el país porque el presidente quedó congelado por las medallas de su antigua eficacia discursiva, porque no ha desarrollado, como presidente, las habilidades para lidiar con la complejidad. Al caudillo opositor no solamente le bastaba, sino que le era indispensable la simpleza. Había que partir el mundo en dos y colocarse del lado correcto. No era necesario profundizar; era incluso inconveniente detallar los obstáculos que su proyecto enfrentaría. Pero el presidente necesita instrumentos adecuados para la labor de gobierno. No los ha adquirido y no parece interesado en conseguirlos. La lógica binaria a la que se aferra le impide sujetar la realidad. Las generalidades del demagogo se convierten en el sebo de la administración. Cualquier proyecto se resbala cuando queda untado de la retórica rudimentaria de la enemistad o de la épica de la refundación.

La estrategia gubernamental no encuentra asidero. La realidad se le patina: el recurso de la herencia maldita se agota, el permiso para las promesas se extingue, la fantasía de los datos alternativos irrita. El presidente empieza a habitar un mundo paralelo. Sometido a sus prejuicios, está dejando de entender el presente. La desconexión se ha acelerado en las últimas semanas. Aquel presidente de la comunicación y la cercanía se ha convertido en otro político apartado de las emociones dominantes y obsesionado con negar lo que los datos y los ojos revelan.¨

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