18, Jul 2020

El conflicto conjurado

La crítica no puede darse el lujo de ignorar la circunstancia que comprime el espacio de la decisión. Tiene sentido comparar la acción con el ideal, pero es necesario también advertir el peso de las restricciones reales e imaginar el escenario contrario. Pienso en la visita del presidente López Obrador a Washington. No parece haber sido la mejor ocasión para visitar a un candidato que busca la reelección. No es convincente el motivo que se ha expuesto para justificar el viaje y mucho menos el propósito de expresar gratitud al antimexicano. Pero la catástrofe que algunos temimos no se materializó. Puede decirse que la visita fue exitosa. Tendrá costos y beneficios que seguramente habrán de apreciarse a fines de año, tras la elección presidencial, pero la ceremonia de cordialidad que contemplamos tiene, por lo pronto, consecuencias benéficas. Las tiene, sobre todo, si consideramos el viaje como el emblema de una relación que, a pesar de todo, se preserva y se cuida.

La reunión reciente, carente de acuerdos sustanciosos, pero cargada de simbolismo nos invita a imaginar el escenario distinto. La cordialidad, habría que decirlo, no estaba asegurada. Ambos son conocidos por su mecha corta, por la naturalidad con la que convierten el micrófono en instrumento de combate. Pero, lejos de haber entrado en pleito, se han entregado al cortejo y se llaman amigos. Si en algo ha ejercitado autocontención el presidente mexicano ha sido precisamente en relación a su contraparte. Subsisten sin duda tensiones y desacuerdos, hay agravios y desconfianzas. Pero con todo, el trato entre ambos facilita el entendimiento y es una de las poquísimas señales de certidumbre en el escenario mexicano.

Podemos hacer la crítica del viaje, de lo que se dijo y de lo que se calló; de las personas a las que vio el presidente y a las que ignoró. No creo que, habiéndose hecho el viaje, se haya logrado enviar el mensaje mexicano en los frentes en los que es importante proyectarlo. ¿En verdad debemos agradecer que el presidente Trump no nos dé trato de colonia? Las discrepancias con el viaje y sus eventos pueden ser muy amplias. Pero el argumento que me interesa plantear está en otro lado. Es el presente que se ha conjurado. ¿Dónde estaríamos si al caldo de los gravísimos problemas que tenemos, le agregáramos en estos momentos tensiones en el frente bilateral? Hagamos el ejercicio de imaginación para calibrar nuestra crítica. ¿Cómo estaríamos hoy si la relación entre los ejecutivos de las dos naciones fuera tensa y pendenciera? ¿Qué clima se respiraría en el país si la furia de los tuits trumpianos cayera en un presidente mexicano que lo rebate constantemente? ¿Qué efectos tendría el escuchar al presidente de México ejercitando el resentimiento nacionalista en contra de los yanquis de hoy y no en contra de los conquistadores españoles de hace quinientos años? ¿Qué efecto tendría una carta semejante a la que envió al rey de España, dirigida al presidente norteamericano recordando, quizá, el año de 1847? ¿Cuál sería la perspectiva económica de México si, a todos los contratiempos, agregáramos ahora la muerte del acuerdo comercial con los vecinos del norte? Pensar la política es siempre imaginar el escenario posible que no se materializa. La amenaza que no se concretó, la desgracia que se evitó. No es absurdo imaginar que, bajo el otro escenario, la campaña de reelección del presidente Trump sería el trofeo de un documento hecho trizas. Casi puede escucharse el grito del demagogo diciéndole a sus huestes: hace cuatro años les prometí terminar con el peor acuerdo comercial en la historia de la humanidad. He cumplido. Aquí lo tienen, diría mientras tira a la basura un gordo volumen con las letras “NAFTA.” Tampoco es difícil imaginar la respuesta de celebración: la muerte del TLC nos libera del último vestigio neoliberal: no tenemos por qué pensar en importaciones si en México lo tenemos todo. El cura Hidalgo nunca perdió el tiempo pensando en las cadenas de valor.

En el enjambre de tormentas, hay un terreno razonablemente despejado para México. Lo abre una prudente hipocresía diplomática: el desagradable entendimiento entre Trump y López Obrador.

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