08, Abr 2019

El nuevo antiestatismo

El gran enemigo del neoliberalismo le rinde culto. No hay discurso que no incluya alguna embestida contra sus horrores. Tiro por viaje. No es posible imaginar al presidente desayunando sin lamentar el terrible daño que los neoliberales le hicieron a los chilaquiles. El neoliberalismo es el origen de todos los males del país. La única fuente de nuestra desgracia. Todo lo malo nació cuando esos traidores que estudiaron en el extranjero se apartaron de la ruta nacional. Ahí se funda el atraso, la violencia, la desigualdad, la inmoralidad. El nostálgico no deja de lamentar todo lo que perdimos desde el triste día en que los neoliberales impusieron su dominio. Las parejas no se divorciaban, los niños estudiaban con unos libros de texto fantásticos, se respetaban los valores morales, el presidente gobernaba sin el fastidio de una prensa doble cara y los chilaquiles picaban. Qué bonito era el México preneoliberal.

Pero, aunque el presidente vuelva a lanzarse hoy por la mañana, a medio día y en la tarde contra el maldito neoliberalismo, seguirá atrapado por la sospecha originaria de su enemigo. El Estado le parece una máquina fría y distante. Un inmoral concentrado de violencia, cuya actuación es irremediablemente represiva. Un aparato encadenado a procedimientos enredadísimos que entorpecen su actuación; un artefacto sometido a formalismos que retrasan cualquier intervención eficaz y que absorben los recursos que deberían destinarse a otras causas.

Como los neoliberales a los que tanto detesta, López Obrador sigue imaginando al Estado como un obstáculo y a los burócratas como malhechores. De esa persuasión viene el más furioso recorte burocrático en la historia reciente del país. Con furia thatcheriana, el gobierno emprendió la purga de una burocracia que considera mimada y superflua. No se trata, pues, de crear instituciones, de formalizar programas, de supervisar, de estructurar servicios públicos estables sino de becar. Esa es la filosofía del nuevo gobierno: subvenciones directas que eximan al Estado de cualquier responsabilidad de gestión y de vigilancia. Se trata de establecer “apoyos directos” para evadir las perversas intermediaciones burocráticas. Esa es la lógica que hay detrás del abandono de las estancias infantiles. Darle dinero a los padres para que ellos se hagan cargo. Milton Friedman estaría orgulloso de esta política. Los abuelos podrán cuidar amorosamente de los nietos, sugirió el Secretario de Hacienda. Una política más neoliberal que cualquier iniciativa del satánico salinismo. Si Octavio Paz describió al Estado mexicano postrevolucionario como un ogro filantrópico, el lopezobradorismo pretende remplazarlo con un ángel. No un Leviatán sino un príncipe. Esa es la idea que se esconde detrás de la nueva política social: un ángel filantrópico. Frente al Estado benefactor, un presidente benefactor.

Fiscalmente reaganiano, el nuevo gobierno prefiere la amputación administrativa antes que la reforma. Para financiar los programas sociales y la ambiciosa obra pública, el gobierno opta por estrangular a la administración antes que considerar un cambio en los impuestos. Este desprecio a la administración es consecuencia de un vehemente voluntarismo. El deseo presidencial no tiene por qué detenerse ante los peros de los comités, las reglas, los procesos. De ahí que el antiestatismo del día esté más cerca del pensamiento mágico que de las prácticas del Estado planificador. Pedirle permiso a la madre tierra es más importante que concluir un miserable estudio de impacto ambiental. Antiestatismo que no es economicista sino moralino. No se basa en las supuestas bondades del mercado, sino en la superioridad de una voluntad intachable, la del presidente.

El nuevo presidencialismo es, por ello, anticardenista. Lo es porque representa una embestida contra la regularidad institucional del poder, contra las palancas de una eficacia perdurable, contra la racionalidad administrativa, contra la corpulencia fiscal. Porque se empeña en corroer las capacidades del Estado. Porque es voluntarismo como nunca lo habíamos visto. La presidencia para Andrés Manuel López Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama Cuarta Transformación es eso: una bonita mezcla de sermones y transferencias.

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