02, Dic 2013

El primer año

La inauguración de fachadas es el rito distintivo de nuestro ceremonial político. La consagración oficial del simulacro. Un rito frecuente donde la clase política posa para los fotógrafos, orgullosa porque ha logrado edificar una apariencia. Se canta el himno, se declaman discursos, el listón se corta y se inaugura un hospital, una escuela, una oficina.  El problema es que el hospital es solamente el frente del hospital. Detrás del muro no hay camillas, no hay jeringas, no hay medicinas. Tampoco hay médicos pero no importa: el listón fue cortado oportunamente para las cámaras y ha aparecido ya en los noticieros. Eso es el primer año de gobierno de Enrique Peña Nieto: la espléndida inauguración de una fachada.

Se instaló en el poder con un extraordinario golpe de escena. El pacto, sorpresa para todos, sacudió al país y atrajo la atención del mundo. Después de años de infructuosa rivalidad, el país se ponía en marcha. México contaba de pronto con una potente coalición reformista. No era una coalición ideológicamente sesgada: el gobierno se acercaba a la izquierda y a la derecha simultáneamente para acentuar la necesidad de recuperar la plataforma de lo estatal. El diagnóstico era despiadado con lo inmediato: los poderes de hecho habían arrebatado capacidad regulatoria al poder público. Los sindicatos y las empresas convertidas en agencias rectoras y el Estado, cómplice de su propia degradación. Había que recuperar el piso y en ello se empeñó la coalición. En materia de educación y en telecomunicaciones lo importante era enviar un mensaje desde el Estado. El contenido de la reforma era secundario, lo crucial era afirmar la determinación de la clase política en su conjunto de emanciparse de sus captores.

El Pacto, desde luego, fue un acierto del gobierno y de los partidos porque logró escapar de la política del bloqueo, esa terca experiencia de nuestro pluralismo que se empeña en anular  al otro. La coalición permitió tocar lo intocable. Esos intereses que parecían invulnerables, herméticos a cualquier roce de la política, fueron sometidos a una regulación severa. Ese es el gran éxito, la gran contribución, el legado perdurable del Pacto. La coalición del 2013 le permitió al país ensanchar el sentido de lo políticamente posible. Mostró que la negociación podría rendir frutos y que los negociadores podrían enorgullecerse del diálogo. Era claro, desde un principio, que el pacto era una alianza perecedera. Que tarde o temprano la liga se rompería. Independientemente de los frutos de ese acuerdo, queda una enseñanza política, una enseñanza histórica, me atrevería a decir: la negociación no es claudicación, no es, como insisten los sectarios, traición. El Pacto por México difícilmente puede reeditarse, pero quedará como la experiencia inaugural de un pluralismo eficaz.

El gobierno ha logrado empujar dos reformas importantes con amplio consenso. La reforma al régimen laboral de los maestros (me rehúso a llamarla reforma educativa) y la reforma de telecomunicaciones tuvieron el respaldo de la izquierda y de la derecha. En alianza con el PRD, produjo una reforma fiscal. Al parecer, es inminente una reforma política y energética respaldada por Acción Nacional. Desde una perspectiva, serían logros extraordinarios de un gobierno en su primer año de gobierno. Hemos demostrado que podemos crear una democracia de resultados, dirán los voceros de la administración. Tendrán razón, pero el problema con ese culto de la eficacia es que ensalza el acuerdo y menosprecia lo acordado. Lo importante parece ser la celebración de la reforma, no la sustancia de esa reforma. Levantar la fachada de una escuela, aunque no haya pizarrones, gises, pupitres. Es la política del listón cortado, el reformismo de fachada. Las reformas de este gobierno son eso: muros de una casa vacía. En el mejor de los casos, se trataría de la primera etapa de una edificación compleja. En el peor, sería un distractor contraproducente. La preocupación gubernamental es comunicativa, más que transformadora: enviar mensajes de corpulencia, unidad, eficacia, disciplina. Lo que cuenta es la proclamación de la reforma, no el detalle de sus reglas. Lo que importa es el festejo del cambio, no el cambio. El gobierno de los operadores es un gobierno ciego al detalle. Conquista de las generalidades, fracaso del pormenor. Pero son éstos, los detalles, los que tarde o temprano, imponen su dictado.

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