17, Ago 2020

Esto no es una distracción

Muchos críticos del presidente quieren pintar los juicios a los personajes encumbrados del pasado reciente como un circo que desvía la atención de los verdaderos problemas del país. Dicen que se trata de un espectáculo mediático, una distracción que pretende ocultar los dramas de la economía, la salud, la seguridad. Que los juicios sirvan al relato de la administración no significa que sean maquinaciones para encubrir las desgracias del presente. Se trata de procesos cruciales para la vida pública. Caminos para conocer la verdad y aplicar la ley. Conocer y castigar.

Los dos personajes que se encaminan a juicio son piezas cruciales de las administraciones recientes. Uno está preso en una cárcel de Estados Unidos. El otro recibe trato privilegiado administrando el proceso desde su casa. Las acusaciones que cada uno enfrenta tocan el corazón de aquellos gobiernos. El encargado de la lucha contra la delincuencia en el gobierno de Felipe Calderón, al servicio de una organización criminal. El director de la empresa pública más importante del país, una bisagra de sobornos. Cada uno representa, a su modo, el corazón de los gobiernos a los que sirvieron. El combate a la delincuencia que inauguró la guerra que nos sigue matando y la política energética que simbolizó las llamadas “reformas estructurales” del Pacto por México. ¿Quién puede ignorar la gravedad de las acusaciones contra estos favoritos? ¿Quién desearía que esos juicios se esfumaran de la atención pública? Se trata de dos asuntos fundamentales para la salud pública.

Por el papel que desempeñaron y por la naturaleza de las acusaciones que enfrentan, los casos de García Luna y de Lozoya son juicios a las dos herencias más perniciosas de los gobiernos recientes: la violencia y la corrupción. La barbarie y el cinismo son, en efecto, el legado más perverso de los gobiernos que prepararon la llegada de Andrés Manuel López Obrador. La violencia que se disparó con Calderón y el obsceno desfalco del peñismo. A los jueces, por supuesto, no corresponde la ponderación histórica o la evaluación política de estas administraciones. Solo, y de manera estricta, les toca la evaluación jurídica de los delitos que pudieron haberse cometido desde el poder. Pero en el camino judicial, entre pruebas, alegatos y testimonios, el país podrá confrontar una parte esencial de su pasado reciente.

El ascendiente del lopezobradorismo tiene dos puntales. El primero es la emoción antioligárquica y el segundo es la rabia contra la corrupción. El disco presidencial gira alrededor de esos motivos. Dos indignaciones legítimas y poderosas. Es por ello que las acusaciones a los cercanísmos colaboradores presidenciales caen–aquí sí–como anillo al dedo del relato oficial. Sirven como demostración de que las prioridades de las administraciones previas, la recuperación del orden y la modernización pactada, fueron en el fondo, pantallas de corrupción. El país necesita conocer la verdad que puede surgir de los juicios. Debe exigirse, por supuesto, lo elemental: imparcialidad en el proceso, transparencia, respeto pleno a los derechos de los acusados.

El futuro cercano no es atractivo para el país. No lo es tampoco para el presidente. Más allá de su propensión al autoengaño, debe saber que la promesa de prosperidad equitativa se ha desmoronado. El virus y la demagogia han logrado borrar cualquier posibilidad de crecimiento. Si el presidente retiene en algún rincón íntimo de su cerebro un gramo de sensatez, debe reconocer que en los años que vienen prosperará solamente la fábrica de pobreza. Tampoco parece fácil ser optimista en cuanto a las perspectivas de la pacificación. Por ello el optimismo del gobierno no puede más que refugiarse en el pasado. Lo único que puede ofrecer esta administración como prueba de su novedad es el castigo. No habría que menospreciar el impacto que los encarcelamientos ejemplares pueden tener en la opinión pública y en la imagen presidencial. El combustible del escarmiento no es menor. No lo es porque pone contra la pared a las oposiciones que siguen sin dar pie con bola, y porque corrobora la línea básica del relato oficial. El único complemento concreto a la saliva presidencial pueden ser las rejas.

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