13, Abr 2020

Fracaso de la imaginación

Algunos dirigentes en el mundo se han montado en la crisis sanitaria para impulsar la autocratización. Hacerse en esta emergencia de poderes extraordinarios para asumir un mando sin restricciones. La crisis es el parque de los autócratas. Cuando la normalidad se rompe, los poderosos asumen el permiso de hacer cualquier cosa con tal de salvarnos. Se imaginan capitanes de un barco a la deriva que deciden echar por la borda a quien estorba. Recibir trofeos por sacrificar a algunos. Las restricciones que serían inimaginables en tiempos normales son aceptadas y aún agradecidas en tiempos de temor. La amenaza, la incertidumbre, el miedo llaman a un poder decidido y enérgico que no pierda el tiempo en discusiones, que no se tiente el corazón con los pudores habituales y que intervenga con arrojo para derrotar al enemigo. Al crítico que es irrelevante tiempos ordinarios se le ve ahora con sospecha y al opositor se le cataloga abiertamente como un traidor. El primer ministro de Hungría es, quizá el más adelantado en este impulso autocratizador. Viktor Orbán ha conseguido el permiso de su parlamento para gobernar por decreto. Cualquier ley que le estorbe podrá ser anulada de inmediato. Él primer ministro podrá legislar sin intervención parlamentaria. Los procesos electorales quedan suspendidos y se podrá castigar con cárcel a los periodistas que se alejen de su versión de la verdad. Hay que agregar que la dictadura recién fundada en Hungría no tiene plazo límite. El proyecto del populista húngaro de abanderar una democracia iliberal ha recibido del virus el impulso definitivo.

No veo, ante la crisis de salud, ese impulso en México. El gobierno federal ha insistido en que la emergencia sanitaria no supone una suspensión de garantías. No ha asumido el Ejecutivo facultades extraordinarias, ni se percibe la crisis como una oportunidad para instalar una dictadura salvadora. La mayoría congresional que respalda al presidente no ha sido convocada para entregarle permisos adicionales. De hecho, lo que ha sorprendido a muchos es precisamente lo contrario: no un ansia de poder en la emergencia sino una renuencia a la decisión.

Si la crisis sanitaria ha tenido un efecto político en México, éste se ha dejado sentir en otra órbita. No en la autocratización, sino en la ideologización del gobierno. Más que liberarse de los límites, el gobierno se desentiende del diálogo con la realidad y se aferra a sus prejuicios. El virus ha precipitado al gobierno de López Obrador a una intensificación de su visión ideológica del mundo, a una radicalización de su hostilidad discursiva, a una endurecida clausura intelectual. Por eso ve el desafío de salud como una prueba de fe, como una ocasión para verificar lealtades y desechar la tentación de reconsiderar. Más que a un autócrata, tenemos en frente a un ideócrata, al esclavo de un manojo de frases.

Se trata de un fenómeno extraordinariamente preocupante: el fracaso de la imaginación. La falta de realismo político, eso que Isaiah Berlin llamaba “sentido de realidad” es, aunque parezca extraño, resultado de una imaginación seca. El ideócrata o, para ser más precisos en el caso del mexicano, el fraseócrata es incapaz de pensar algo que contradiga su preconcepción. Si durante años ha repetido el mismo cuento, no puede imaginar un relato que se separe del mural. Si ha pintado el mundo con los mismos colores elementales, es incapaz de aceptar que haya otros pigmentos, otros tonos, algún claroscuro. Si ha enviado al infierno a unos y si a otros los ha elevado al paraíso, no puede admitir en ningún momento que los condenados sorprendan con alguna virtud o que los santos tropiecen. El prejuicio sofoca la imaginación y por eso cancela el trato saludable con la realidad. Un permiso le está vedado al ideólogo: dudar del credo. La fidelidad ideológica, el hermetismo de las convicciones cancela como impensables todos los hechos, todos los datos, todos los argumentos y las voces que se han descartado previamente. No puede verse lo que se tiene delante de la nariz porque el cerebro ya ha condenado a una parte de la realidad a la categoría de lo impensable.

La imaginación es la perdición del ideólogo porque lo tienta a dudar.¨

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Un comentario

  1. Dante Itmitzín dice:

    Qué bonito escribe usted, sr. Silva Herzog. Parecería que describe la obra literaria o artística de algún autor. La forma de sus columnas es exquisita.
    Lo que no me cuadra es que esa forma, la cual permite darse todas las libertades al referirse a una obra artística, sea la adecuada para referirse a los hechos. Su columna abunda en juicios, diríase de usted que es una autoridad para decidir a cabalidad qué es «trato saludable», o cuál es «La» realidad (que como sabemos el sentido de realidad se constituye de muy distintas variables).
    Construye su figura del fraseócrata (o la parafrasea, soy muy ignorante) y luego pretende meter ahí un poco a la fuerza a la figura del presidente. Que a este luego se le vea hablando bien de aquél a quien antes dijo era un miembro de la mafia del poder, o que tenga a su lado a un personaje tan polémico como Bartlet contradice un poco esa inflexibilidad categórica que le atribuye gracias a la falta de imaginación.

    En fin, que creo que los hechos requieren ser abordados con total frialdad, a veces incluso sacrificando la estética o la elegancia de una tesis. Pretender juzgar a cualquier persona, atribuyéndole un impulso negro o blanco a todo sus motivos ¿no sería caer en lo mismo que se condena? ¿En esa extraordinariamente preocupante falta de imaginación? Como su compañera de medio Denisse Dresser, que habla de o ángeles o demonios en su columna de hoy, no de humanidad propensa a a la virtud y al vicio. Sería no aceptar matices, claroscuros y demás.

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