07, Oct 2013

Juan J. Linz

Ha muerto uno de los grandes estudiosos de la democracia en el mundo. Desde New Haven, el español Juan J. Linz provocó discusiones fructíferas sobre la salud de las democracias. Estudió su nacimiento y su muerte, sus padecimientos, su anatomía institucional, su metabolismo, su compleja fisiología. Pero lo importante no fue solamente lo que dijo sino también lo que suscitó. Hay pensadores que concluyen, otros que convocan. Juan Linz fue un académico de semilla. Sus estudios fijaron una agenda de reflexión. Por supuesto, sus monografías eran piezas académicas acabadas, impecables muestras de inteligencia y de rigor. Fue un comparatista ejemplar. Cada idea encontraba asidero en mil casos: constituciones en un continente y en otro, experiencias cercanas y distantes. El politólogo encontraba en la comparación el gozo del científico en su laboratorio: la aventura de probar hipótesis, la emoción de hallar conocimiento.  Quien sólo sabe de su país no sabe nada, ni siquiera entiende a su país.

Por eso, al ponerle nombre político al franquismo, nos ayudó a entender mejor la política mexicana. La dictadura española era ostentosamente antidemocrática y, sin embargo, estaba lejos de ser una dictadura totalitaria. Los nudos de su poder eran distintos, otro su dispositivo de legitimación. Se trataba de una configuración política peculiar: un régimen autoritario. A Juan Linz debemos el concepto. Algunos vieron en esta fórmula una descripción benévola del franquismo. Discrepo: se trataba de una precisión conceptual relevante. La crítica gana cuando se afila, cuando discierne, cuando enfoca. Bajo el autoritarismo, el poder no está en juego pero hay espacios—limitados, por supuesto—para la organización independiente que resultan inadmisibles bajo la dominación totalitaria. En el autoritarismo pueden existir franjas de autonomía, siempre y cuando no pongan en riesgo el núcleo del poder autocrático. Y, lejos de servir a una Idea, el régimen se monta en una mitología difusa e incoherente. Para comprender la democracia, pues, había que trazar con claridad sus fronteras, entender qué es un régimen totalitario, un régimen autoritario o, lo que después examinó con fascinación por los extremos, un régimen sultanista. Su aporte fue crucial: sólo la precisión nos permitiría comprender la naturaleza del bicho autoritario y anticipar, en consecuencia, las rutas de su transformación.

En esa órbita está la segunda gran contribución de Linz: el estudio del cambio. Toda forma política es perecedera. No hay fórmula que escape a la corrosión del tiempo, que sea inmune a los errores del diseño, que aguante el embate de la irresponsabilidad histórica. Las democracias mueren; las dictaduras también. Lo que aporta Linz a esta obviedad es un entendimiento de una dinámica propiamente política que permite escapar de la pesadez de lo irremediable. No hay fatalidades. El español recordaba en su trabajo sobre la quiebra de las democracias al historiador alemán Meinecke. Cuando éste se enteró que Adolfo Hitler había sido nombrado canciller escribió: “Esto no era necesario”. En efecto: ningún régimen democrático está condenado histórica, económica, socialmente al fracaso. Es la (mala) política la que quiebra las democracias, son los errores de su arquitectura institucional, la irresponsabilidad de sus liderazgos lo que explica su caída. Lo mismo puede decirse del nacimiento (o renacimiento) de las democracias: no son el regalo del desarrollo económico, ni el fruto político de una lentísima evolución cultural. Las democracias son artefactos que se construyen estratégicamente: con un voluntad prudente y audaz que sabe aprovechar la coyuntura. Linz fue así uno de los más destacados transitólogos: un especialista en democratización y autor, junto con Alfred Stepan de uno de los volúmenes más influyentes de esa industria académica: Problemas de la transición y consolidación democráticas.

Fue seguramente el peor enemigo académico del presidencialismo. Estaba convencido de que el invento de los Estados Unidos condenaba a las democracias a crisis recurrentes y, finalmente, a la muerte. A los países que accedían al pluralismo recomendó enfáticamente que se alejaran de ese sistema y que adoptaran sin reservas el parlamentarismo, ese arreglo británico que puede procesar eficazmente la diversidad. Su crítica fue, quizá, demasiado rígida. No fue capaz de advertir la importancia del diseño institucional más fino. Alonso Lujambio, su discípulo mexicano aprendió sus lecciones principales pero registró las minucias que pueden conducir a la estabilidad y la eficacia bajo el presidencialismo. Con todo, la crítica linzeana sigue teniendo vigencia como muestra el atasco de la democracia norteamericana.

Linz invitaba al debate. Deja una escuela que nos llama a tomar las instituciones en serio y a la responsabilidad política, también.

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