20, Ago 2018

La felicidad del PAN

Es difícil exagerar el desastre electoral del PAN en la elección reciente. En una jornada retrocedió décadas. El peor resultado desde que hay elecciones competidas en el país. El candidato del PAN logró el segundo lugar, pero quedó treinta puntos debajo de López Obrador. Lo peor no fue lo que le sucedió en esa pista sino en las legislativas. La voz del PAN quedó severamente debilitada. En el Congreso tendrá una representación mínima. En la Cámara de Diputados, Acción Nacional tendrá menos representantes que los que tuvo en 86, cuando creció la cámara para incluir a 200 legisladores plurinominales. En el Senado, tendrá menor presencia que la que tuvo tras la elección del 97. Aún podría decirse que esas dos derrotas palidecen frente a la tercera, la más profunda, la más compleja. Acción Nacional perdió en estas elecciones su identidad. Un partido molido por los votos y extraviado.

La derrota panista es, en un sentido, más penosa que la del PRI. El PRI no tenía posibilidades de competir en esta elección. Hizo lo que pudo. Su desprestigio lo anulaba irremediablemente. En cambio, la batalla del PAN no estaba perdida de antemano. Acción Nacional carga hoy el peso de haberse marginado de una elección en la que pudo haber participado con éxito o, por lo menos, con dignidad. Ocupaba el lugar ideal para enfrentarse al partido en el gobierno. Llegó a tener una candidata situada por encima del dirigente de MORENA. Cínicamente, los dirigentes del PAN usan la goliza que recibieron como excusa. Nadie habría podido evitar la debacle. Esto era inevitable, dicen. MORENA era imparable. Nada podíamos hacer. El argumento es inaceptable. No puede pensarse la responsabilidad política sin imaginar lo que pudo haber sido. Si Acción Nacional hubiera resuelto democráticamente sus diferencias internas, si hubiera sido capaz de construir una candidatura creíble en una competencia abierta, si la izquierda hubiera presentado más de un candidato, el cuento de la elección del 2018 habría sido muy distinto. Y aún en el caso de que López Obrador se hubiera impuesto finalmente, habríamos tenido un partido entero en la oposición. Los estrategas de la derrota deben asumir su responsabilidad.

La derrota del PAN estuvo en el olvido del PAN. No creo, por supuesto, que ese extravío sea reciente. La crisis panista es tan vieja como la victoria del 2000. Desde entonces, el PAN no sabe qué lugar ocupar en el escenario nacional: ¿oposición a su gobierno, como lo fue con Fox?, ¿instrumento del presidente, como fue con Calderón?, ¿aliado del PRI, como lo fue con Peña Nieto? En cada ocasión, un partido subordinado, sin ideas propias, sin liderazgos auténticos.

Frente a la crisis que desata la catástrofe de julio, se pensaría que las alarmas del principal partido de oposición se habrían activado de inmediato. Se pensaría que, por elemental sentido de responsabilidad, los dirigentes que condujeron al desastre se hicieran a un lado para facilitar la renovación. Uno se imaginaría en ese espacio tan importante de la política mexicana un debate franco que analizara las razones del fracaso y que ofreciera pistas para el cambio. Nada de eso. Su reunión reciente parecía un festejo. El peor resultado de la historia reciente y el panismo oficial feliz. El antiguo candidato recibido como héroe. Porras, aplausos y apapachos. Sobre la elección reciente, apenas se escucharon críticas superficiales en las que nadie asume responsabilidad alguna. El anuncio de una comisión y algo más que no merece recordarse. Roberto Gil, panista que ha decidido ver las cosas en su partido desde una butaca distante, describía la actitud de sus compañeros como “negación psicótica”: una incapacidad para captar la realidad. Un trastorno psicótico colectivo, una actitud casi demencial de negar la verdad incómoda. Nada pasó el 1º de julio. Perdimos una elección, hay que seguir haciendo lo mismo… y con los mismos.

La pregunta que queda es si el PAN podrá sobrevivir con este panismo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook

Deja un comentario