13, Sep 2010

La miopía de lo político

Orozco - Hidalgo Aceptemos por un momento la ficción de que esta semana cumplimos doscientos años. Démosla un momento por válida, aunque se entienda bien que las naciones no son criaturas paridas entre gritos, en una noche. Las metáforas nos ayudan a entendernos, en la medida en que sepamos que lo son. La idea del cumpleaños de las doscientas velas es útil porque nos permite pensar en México. Los dos siglos podrían ayudarnos a expandir la mirada, a reflexionar de un modo distinto sobre la casa común. Lo digo no solamente porque el horizonte de un tiempo largo ofrezca la perspectiva que nos urge, ese sentido de proporción que hemos perdido, atrapados por la urgencia del día. Lo digo también porque los siglos nos permitirían también superar la miopía de lo político. 

La política nos ha hecho miopes. Ha querido que su obsesión por el poder sea nuestra. Ha querido imponernos su mirada y, en buena medida lo ha logrado. Pensar la vida de México desde ese marco que enfoca gobiernos, caudillos, congresos, leyes, constituciones, proclamas, revoluciones, presidentes. Lealtades y traiciones; patriotismo y enemigos. Sólo importa lo que cabe en sus categorías y en sus pleitos. Desde luego que ésa no fue la única voz del bicentenario, pero fue la predominante: la nación como pelota en el juego de la política. La nación como fruto de un patriótico furor destructivo. La peor contribución del bicentenario fue el haber insistido en esa lectura de México. Se reinstaló entre nosotros el vocabulario de la épica: los héroes y sus gestas; los padres de la patria y sus sacrificios; los prohombres y sus proezas. Es cierto que, a diferencia del primer centenario, no se usó la conmemoración para enaltecer a un hombre, pero se ha usado para glorificar el mismo quehacer: la política. Se ha usado para comprenderla en clave dramática: una política cocinada con violencia y sangre, preparada con el sacrificio de los mártires. No celebramos la política estable y constructiva (esa que la vieja y la nueva historia oficial desprecian) sino la política de la ruptura. La cara más grotesca de esta idolatría es que el gobierno federal nos haya invitado a rendir homenaje a los huesos de los insurgentes. Espectáculo abominable para la macabra autocelebración de la política. 

Es vanidad de la política asumirse como hacedora exclusiva de la nación. 

Por eso se habla de los “padres de la patria,” como si una amiba fuera, de pronto, felizmente fecundada por el heroísmo que la transforma en una sociedad con cuerpo y rumbo. Los héroes obsequiándonos la patria para que todos los septiembres les demos las gracias. Pero si celebramos la casa común habría que apreciar otros albañiles: no los de la sangre y la muerte, no los de la asonada y el arrojo, sino los constructores cotidianos de un espacio que reconocemos, a pesar de todo, como nuestro. México empezará su tercer siglo con lacras profundas y muy viejas; también con problemas nuevos y muy amenazadores. Una historia hiperpolítica y belicosa nos ayuda poco a entendernos y a encarar nuestros retos. Nos hace falta aprender de la modestia de las pequeñas conquistas. Apreciar los provechos de la construcción, por encima de las emociones de la demolición. Bien dice Gabriel Zaid que México no nació hace 200 años, con una guerra. “Los verdaderos padres de la patria no son los asesinos que enaltece la historia oficial, sino la multitud de mexicanos valiosos que han ido construyendo el país en la vida cotidiana, laboriosa, constructiva y llena de pequeños triunfos creadores.” 

No niego que esos pequeños triunfos creadores conquistados sin sangre y sin violencia han modificado la manera en que se accede y se ejerce el poder. No ignoro la novedad histórica que significa el régimen democrático. Creo que debemos apreciar que, a finales del siglo XX, el país dejó de ser propiedad de un hombre. Esas victorias son los avances de la competencia electoral, los nuevos contrapesos del poder, las conquistas de la publicidad, la independencia y la crítica. Pero esos avances palidecen frente a la persistencia de los males ancestrales y la aparición de nuevas amenazas. No es mezquindad advertir que democracia se estanca, la barbarie regresa, la escuela está en ruinas y el país carece de rumbo. El bicentenario nos atrapa en el desánimo. Y a pesar de todo, México es la casa de millones. Existe. El tercer siglo de México es la oportunidad para pensarnos sin esa onerosa obsesión por la política dramática y pensar la nación sin los falseamientos de la declamación nacionalista. 

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3 Comentarios

  1. Estela Margarita Rosas Cruz dice:

    Estimado Jesús Silva-Herzog Marquez, me encantó este artículo, no puedo estar más de acuerdo con Usted: México lo construímos todos, y la política es sólo una parte de ese todo, tristemente una parte que cada vez es más importante. En Querétaro, de donde soy, la Comisión del Bicentenario sacó una página que pone en práctica sus ideas: el motivo central son los ciudadanos, los queretanos. La comparto con Usted: http://www.queretaro2010.com
    Su agradecida lectora, Margarita Rosas.

  2. FMGARZAM dice:

    Excelente oración Professor.
    De la descripción me viene en mente un anuncio de la excesiva propaganda actual, que describe el lugar donde dos culturas dieron lugar a otra.
    Mi impresión es que este es el lugar donde dos Civilizaciones dieron lugar a una culturita pigmea. Si bien es muy grande mi admiración por los primeros años de la culturita, digamos durante Cortés, Antonio de Mendoza y el primer Velasco–aunque no faltos de defectos–y algo después, todo terminó por degenerar.
    El problema de la culturita pigmea es la de los pigmeos, según cita de Swift que le aprendí a Christopher Domínguez, algo así como que el problema de los pigmeos no es en sí su reducida talla: es su miopía. Su falta de capacidad para ver a lo lejos, para ver más allá.
    Peor resulta el caso para Monterrey donde alguna vez habitaron (imperfectos) gigantes con visión 20/20. Citando a Krauze: Ciudad de Hazañas.

  3. LA PRESBICIA DEL PUEBLO.
    Convencido de no poder determinar la línea que separa la ficción de la realidad, concuerdo en que al igual que sucede en la naturaleza, nos mimetizamos en el entorno, sobre el particular en lo inefable de la política, al otorgar pábulo en sus prácticas que transigen al maleficiar y convenir las prerrogativas de intereses de peculado y de prebendas particulares.
    Más que miopia parece que se trata de presbicia hacia la política. Aún así, como dice Fernando Zertuche, la conmemoración sólo es una foto de cumpleaños en los que habrá que preguntarse si: ¿estamos satisfechos con lo que hasta hoy se ha logrado? o ¿hacia donde debemos mirar con la metáfora del tiro de cañón, que hay que apuntar alto para impactar con su trayectoria parabólica de la bala lejos?
    De tiempo se resquebrajan los valores, en varios aspectos la humanidad no se respeta a si misma; se desvasta la naturaleza, se lastran las economías, se manipula con otros intereses con la religión, el marketing abusa de las tecnologías para el usese y tírese y se conculcan leyes que atropellan la Democracia.
    Tendremos que rescatar el anagnóris de nuestra historia de los que anonimamente han aportado, en este pais del nunca jamás se está conforme con lo acumulado por el pais del nunca jamás se esté satisfecho por lo hecho en su desarrollo.

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