22, Nov 2010

Recuerdos de Tony Judt

Judt - Memory Chalet

En agosto de este año murió el historiador inglés Tony Judt. El último tramo de su vida fue una auténtica tortura. Víctima de una enfermedad particularmente cruel fue perdiendo poco a poco el control de su cuerpo. Los músculos lo abandonaron hasta perder el gobierno de los brazos y las piernas. El sonido de la voz se fue apagando hasta hacerse inaudible. Finalmente, el motor del corazón se detuvo. Incapaz de respirar sin el auxilio de las máquinas, se encontró atrapado en la prisión de su cuerpo. Su único refugio estuvo en la energía de su mente: en la fuerza de sus convicciones y en el cobijo de sus recuerdos. Así, mientras su vela se ahogaba, escribió dos libros extraordinarios. El primero es un alegato en defensa de la socialdemocracia, el segundo, una colección de recuerdos personales. En uno habla un intelectual de izquierda; en el otro, un padre que se despide de sus hijos. Un testamento público y otro privado. Judt no subraya la primera persona del singular para erigirse en estatua. Sus recuerdos son el testimonio íntimo de un hombre del siglo XX que se empeñó en comprender el siglo XX. Judt habla de la relación de su padre con los coches, de la presencia de la comida en la familia, de su entusiasmo político y sus decepciones.

El libro no es el currículo expandido de un profesor en donde se presumen publicaciones y ponencias. Es una carpeta familiar donde aparecen trenes y hoteles; escuelas, camiones y comidas. Un álbum que recoge las ilusiones y los desengaños; los barrios, las ciudades y las palabras más entrañables. Los deseos y los miedos. Más que un mecanismo para vivir de nuevo lo vivido, recordar fue para Judt, una forma de aferrarse a la vida. El historiador no recuerda la vida de las abstracciones sino la vida de lo más concreto: él mismo. Así, aprovechando los últimos vientos de su voz, fue pintando una serie de estampas para ahuyentar la noche. A tres meses de su muerte, se publican en un libro. The Memory Chalet, se titula: la cabaña de los recuerdos. Esta carpeta de recuerdos no forma una autobiografía. No se trata de un libro que haga un recorrido puntual a todas las estaciones de una vida; es, por el contrario, un parpadeo de episodios memorables, de sabores imborrables, de los problemas y las ideas que dieron sentido a su vida. No es tampoco una confesión: es celebración de un hombre con clara conciencia generacional. No podía ser de otra manera, el historiador reconoce la marca del tiempo social: esa posguerra en Europa que se inició en la penuria para expandir después la libertad y las oportunidades. Una generación que se equivocó en muchas cosas pero que sostuvo con vehemencia ciertas convicciones y un sentido de pertenencia. Judt rinde homenaje a valores como la austeridad y el mérito. Creciendo en la estrechez, Tony Judt tuvo que vérselas con la precariedad. Eran privaciones comunes: todos vestían igual, con los mismos colores modestos. La austeridad, por supuesto, no era una simple condición económica sino una ética común. Lo contrario a la austeridad no es la prosperidad sino la ostentación, el consumo como única aspiración colectiva. Churchill pidió a los ingleses sangre, trabajo, lágrimas y sudor. Años después, ante la emergencia del terrorismo, el presidente de los Estados Unidos pidió que sus ciudadanos cumplieran el deber patriótico de comprar.

En el cajón de recuerdos de Tony Judt aparece también la estampa de una época que luchó por expandir las oportunidades sin dejar de reconocer el mérito. Éramos radicales pero también éramos elitistas. El ejemplo más claro de esto es Keynes, el gran patricio, fundando instituciones para que todos los ingleses tuvieran a su alcance las expresiones más finas de la cultura universal, asegurando que esas mismas instituciones estuvieran a cargo de los enterados. Se trata, dice el historiador, “de la incoherencia de la meritocracia: darle a todo mundo una oportunidad para luego privilegiar a los talentosos.” El antipopulismo del socialdemócrata.

Recuerda Tony Judt que, ante una crisis personal, no se compró un coche ni buscó una novia: decidió aprender checo. Esa decisión exótica en un hombre maduro dedicado a estudiar la vida intelectual de París, cambió su mundo. Lo vinculó a la disidencia centroeuropea, lo conectó con la sensibilidad de los márgenes y le abrió un horizonte para repensar la historia y la política. Gracias a ese escape, Tony Judt pudo escribir una biografía del siglo XX europeo que no se desentiende el Este.

Una de las últimas estampas de este álbum lo forma una relectura de La mente cautiva, el gran ensayo de Czeslaw Milosz contra del servilismo intelectual. El siervo es aquel que tiene miedo de pensar por sí mismo. Las memorias de Tony Judt muestran que esa independencia intelectual está conectada con otra independencia más profunda: la de quien se atreve a vivir su propia vida. La peor servidumbre consiste en el temor de buscar la vida propia.

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