24, Ene 2011

Maternidad extrema

Chua

La pesadilla de toda potencia es la decadencia. Los imperios se atormentan con la idea de ser desplazado de la cumbre por el rival ideológico o económico. Hace cincuenta años, los norteamericanos veían con temor el ascenso militar y tecnológico de la Unión Soviética. Años después, les preocupó el brío comercial de los japoneses. Hoy los chinos les quitan el sueño: su enormidad demográfica, su fuerza económica, su ambición geopolítica, su éxito deportivo. El presidente Obama habló hace poco del tema declarando que los Estados Unidos enfrentaban un reto extraordinario, una competencia inédita. Nuestra generación vive, un “momento Sputnik,” dijo. Aludía al momento en que los soviéticos tomaron la delantera en la carrera espacial. Esa fue una llamada de atención que puso al país a trabajar en la innovación, en el desarrollo científico, en la educación.

La competencia de hoy no es por la conquista del espacio sino por la enseñanza. Y en eso, los Estados Unidos se han ido rezagando en relación con otros países desarrollados e, incluso frente a economías más atrasadas. Si bien las mejores universidades del mundo y las mejores plataformas de innovación tecnológica siguen estando ahí, sus escuelas primarias se van quedando atrás. El debate en Estados Unidos examina los estímulos en las escuelas y la preparación de los maestros; las pruebas y el papel del sindicalismo en la política educativa. Tiene también un componente cultural: ¿cuál es el sitio de la educación en una sociedad, en una familia? ¿De qué manera se valora el mérito en una comunidad? ¿Con qué rigor se pueden exigir resultados a los niños? Más allá de lo que sucede en el salón de clase y en el patio de la escuela, es crucial entender los mensajes que los niños reciben en casa, de sus padres. Este debate se zarandeado en los últimos días en Estados Unidos tras la publicación de una polémica memoria de crianza. El libro de una madre de origen chino que relata su filosofía pedagógica ha generado una intensa discusión sobre el lugar de la casa en la educación de los niños, el poder de los padres para formar a los hijos y el sentido mismo de la formación educativa.

El libro es un grito de batalla de una madre-tigre. Así podría traducirse el título de esta memoria sobre la educación de dos niñas. Amy Chua, autora del libro, se adelanta a revelar en el primer capítulo su catálogo de prohibiciones: sus hijas nunca tuvieron permiso para: quedarse a dormir con una amiga, aparecer en la obra de teatro de la escuela, ver televisión o jugar videojuegos, escoger sus actividades extraescolares, tener una calificación inferior a 10, tocar un instrumento diferente al piano o el violín. Chua contrasta el rigor de la crianza china con la laxitud occidental. A su juicio, las madres occidentales son sobornadas por la primera queja de sus hijos. En lugar de conducirlos a la excelencia, buscan mimarlos para nutrir su “autoestima." Aunque el libro no se presenta como instructivo, queda clara la convicción de la autora de que el modelo chino “produce” prodigios, mientras el modelo occidental multiplica mediocres.

Chua describe la maternidad como un deporte de confrontación extrema.


No se trata de atender las necesidades de los niños y ser sensible a sus gustos sino de imponerles un orden, y exigirles dedicación total. Está convencida de que los niños sólo disfrutarán realmente de aquello en lo que se hayan vuelto expertos. Si las niñas no se concentran para tocar el violín, bien vale llamarlas “basura.” Si tocan mal el piano, se les puede amenazar con quemarles sus osos de peluche, o regalar sus juguetes a la beneficencia cortadas en cachitos si no dominan el fraseo de una sonata. Desde luego, no hay que estimular su vanidad elogiándolas en público. Un auténtico régimen draconiano, hermético a los cohechos de la sensiblería. Chua recuerda, casi orgullosamente que en un cumpleaños de ella, las hijas le prepararon una sorpresa. Estaban celebrando en un restorán italiano y le entregaron una tarjeta. Una carita feliz diciendo: “Felicidades, mamá. Te queremos.” La madre vio el papel y se los aventó de regreso. “No quiero esto. Quiero algo mejor.” Y tiró al suelo la sorpresa. La mayor tenía siete años y la menor cuatro. La idea del éxito de Chua tiene un perímetro diminuto: la boleta de calificaciones y la ejecución musical. Se asoma así idea de que la felicidad es consecuencia de la perfección. Una vez que se ha alcanzado la excelencia, se podrá disfrutar del reconocimiento y la satisfacción.

Sea como sea, la discusión pone un tema relevante sobre la mesa mexicana: lo que hacemos en casa, los mensajes que difundimos en la cena, el código de premios y castigos del fin semana son tan importantes para el desempeño educativo de los niños como las lecciones del salón y las pruebas de enlace. Es horrible decirlo pero tal vez somos cómplices de Elba Esther. Escultores, como ella, de nuestra mediocridad.

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3 Comentarios

  1. Jaime Castro dice:

    Jesús: Tu artículo de hoy es bastante interesante. Desde mi perspectiva, el «labrar» hijos sobresalientes con exigencias más allá de lo razonable y métodos espartanos no es más que alimentar el ego de los padres: enorgullecerse de haber engendrado un prodigio. Además, cabe la duda de la finalidad, ¿para que el hijo tenga éxito económico (y de paso asegurar la vejez de los padres)?, ¿para que la patria gane una medalla más en Juegos Olímpicos?.
    Me parece que la educación occidental, es más libre: el hijo debe ser buen deportista porque quiere hacerlo; la hija debe ser buena violinista porque es una actividad que le apasiona, y por tanto más duradera en el largo plazo.
    Debe ser un infierno ser niño en China: sin hermanos, con padres «tigre» que no muestran cariño, sin una finalidad trascendente. Obligado a ser pianista cuando lo que le gusta es jugar futbol. Qué pesadilla!. Esto debe tener consecuencias graves en el futuro, (aunado al hecho de que NO hay suficientes mujeres en China para el número de varones).
    Estados Unidos puede estar rezagado en su sistema educativo; pero su sistema político permite dar la alarma en un problema, discutirlo y solucionarlo. En materia educativa hay zonas que han empezado a cambiar, incluso contratando a maestros no sindicalizados.
    En México somos presa del inmovilismo: el SNTE no permite el cambio educativo, las escuelas públicas son un desastre (la UNAM es una universidad mediocre: si bien es la mayor institución de investigación de México gracias al enorme presupuesto que ejerce, el Tec es más eficiente en generación de patentes y el uso de recursos privados). La clave está en las escuelas privadas donde los padres de familia o son escuchados o cambian a sus hijos de colegio. Si el gobierno hiciera deducibles las colegiaturas, habría forma de inyectar más recursos a la educación privada y desinflar un poco el poder del SNTE.

  2. José Javier Cárdenas Cortés dice:

    Jesús Todos somos cómplices.
    Después de varios años de estar en forma profesional en este sórdido mundo de la seguridad pública, cada vez estoy más convencido de que todos somos cómplices. El problema mayor es cultural. Por años pensé que era sobre todo en una ciudad como la de México, ahora que he vivido fuera del país y en una pequeña ciudad como Chetumal, he podido confirmar que es una cuestión de cultura, al decir esto me refiero a que claro que hay factores de educación, académica, de familia, etc. Pero también hay factores que hablan del confort. En un texto publicado por el REFORMA se menciona que la mayoría de las personas saben que no hay aplicación de la ley, por tanto difícilmente serán castigados en caso de cometer algún delito. Es totalmente cierto, pero también es cierto que nos hace falta un riguroso examen de autocrítica, como individuos estamos fracasando y ayudando a que esta problemática crezca.
    Al decir que todos somos cómplices, lo que quiero decir es que yo también soy cómplice. Al dar una mordida a un oficial de tránsito cuando he tenido una conducta que infringe el reglamento, al pagarle una “lana” al supervisor del centro de verificación para que pase mi vehículo con un engomado que no le corresponde, o al ir a los talleres que están afuera de los centros de verificación para que “toquen” el motor para que pase, transitar a una velocidad mayor al límite máximo, etc.…
    Son tan sólo unos cuantos ejemplos de las mil y un cosas que en la vida diaria hacemos, hemos hecho o quizá hagamos para continuar con nuestro nivel de confort, es claro que en muchas ocasiones hacemos éstas cosas porque de hacerlas “bien”, nos llevaría tiempo, esfuerzo, etc., que no tenemos ni queremos hacer. En otras ocasiones la complicidad pone en juego cosas más sensibles, como cuando sabes con precisión que se están cometiendo actos de corrupción en el lugar en donde trabajas, el miedo, principalmente a comprometer el poco ingreso sustento de la familia, caes en la inacción, no denuncias, pero de todos modos acabas sintiéndote cómplice.
    Sí desde luego que se aplica también a lo que te refieres en tu texto con relación a Elba Esther.
    Saludos
    José Javier Cárdenas Cortés

  3. Magda Riquer dice:

    Jesús,
    Claro que somos cómplices de Elba Esther, en la medida en que permitimos/toleramos su presencia y poder en la educación básica nacional. Igualmente los mensajes verbales y no, los códigos que se manejan en casa en relación con el sentido y el valor de la educación, son parte de la misma y los niños aprenden eso también. Pero lo que me interesa destacar en relación con la «mamá tigre china», es que en occidente, afortunamdamente, todavía se conoce y se reconoce la importancia del afecto, el respeto y el reconocimiento a los niños (en casa, en la escuela, en la calle…) como semilla de una educación moral imprescindible para que esa persona, llegue a ser, no sé si excelente, perfecta; pero sí un ser humano íntegro, capaz de querer, respetar y reconocer a los otros seres humanos que habitan el planeta. Esos aprendizajes, al igual que el valor y sentido de la educación comienzan, para bien o para mal, desde los primeros años de vida y difícilmente se adquieren una vez que se ha logrado «la excelencia»… ¿en qué?

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