12, Ene 2021

Mentiras e intimidaciones

Desde su fundación, Estados Unidos se ha imaginó como una excepción. Un país que guiaría al planeta en la senda de la libertad, un modelo que nadie podría superar. A este pueblo le ha sido reservado el decidir si las sociedades humanas pueden establecer un gobierno basado en la razón, dijo Hamilton en una de las primeras entregas de El federalista. Estados Unidos sería el primer país en el mundo que podría escapar la imposición de los ancestros o la de los violentos. Ni la brutalidad de la fuerza ni los absurdos de la tradición: un gobierno diseñado a través de la razón y sostenido con la voluntad libre de los ciudadanos.

De esa fantasía proviene la idea de que la norteamericana es una política incomparable. Aún en el espacio académico se sigue alimentando ese cuento del excepcionalismo. Para entender sus mecanismos y sus procesos basta su propia historia y sus propias fuentes. El provincianismo de su inteligencia impidió apreciar la amenaza que tuvieron frente a la nariz. Aún los medios más liberales tendían a restarle importancia a la victoria electoral de Trump. Su retórica era estridente, pero, en el fondo, no representaba un peligro serio para la vida democrática de los Estados Unidos. Los partidos, los medios, las instituciones serían lo suficientemente fuertes para domar a la bestia.

Los denunciantes más lúcidos de la amenaza trumpiana salían de la miopía nacionalista que domina la discusión norteamericana. Por su origen o sus curiosidades intelectuales, pudieron ver en Trump un remedo de otros autócratas y, en la circunstancia norteamericana, la reedición de quiebras democráticas en el mundo. Pienso, por ejemplo, en la perspectiva de Masha Gessen advirtiendo de inmediato los paralelos con el déspota de Rusia. Pienso también en el grito de alarma de un historiador como Timothy Snyder, quien vio la sombra del fascismo en el ascenso del patán. Pocos en Estados Unidos se atrevieron a ponerlo tan claro como lo puso Letras Libres en aquella portada memorable: fascista americano.

Fue precisamente Snyder quien advirtió que la postverdad es prefascismo. Abandonar la plataforma de la verdad es cancelar la posibilidad de la ciudadanía, ahogar el espacio del entendimiento, matar la ley. Lo que ocupa el lugar de la verdad en ese contexto es el espectáculo de lo que nos entretiene–mientras nos envenena. Las redes sociales pueden ser un intenso y constante estímulo emocional, pero, insiste el historiador que ha explorado los peores horrores del siglo XX, suelen recrudecer el prejuicio y llevarnos a olvidar la distinción entre lo que nos halaga y lo que es cierto. Las redes sociales podrán ser un extraordinario estímulo emocional, podrán entretenernos las 24 horas del día, pero suelen provocar que confundamos lo que nos halaga con lo que es cierto. La aventura política de Trump no fue solamente un espectáculo de mentiras, sino también un desplante de intimidaciones. La violencia, la demostración de fuerza física fueron su marca indeleble. En sus últimas horas como presidente, esta combinación de farsa y machismo fue más explícita y más dañina que nunca. Fue esa combinación la que condujo al asalto del Capitolio. Por extraordinaria que haya sido la toma del congreso, no puede decirse que haya sido una sorpresa. Desde el 4 de noviembre el presidente Trump empezó a colgarse de las conspiraciones más absurdas para sostener que había habido fraude y que él, no solamente había ganado, sino que había arrasado. Convocó así a los seguidores que estuvieron dispuestos a seguirlo en su patraña a manifestarse con fuerza frente al capitolio para demostrar los arrestos de su movimiento. No seremos unos debiluchos ante el robo, dijo.

Donald Trump habrá reventado en esas horas el liderazgo que aún mantenía en el Partido Republicano. Después de la elección, conservaba un ascendiente crucial en el partido. Tras el asalto, es rentable ya distanciarse de sus locuras. Pero lo que nació ese día no se apagó por la noche. El veneno de mentiras e intimidaciones, desprecio y odio que regó durante años ha cultivado una extrema derecha que seguirá viva durante mucho tiempo. Los hijos de Trump, esos millones de habitantes de la realidad alternativa, esos fanáticos de las conspiraciones que están armados hasta los dientes y que ven con angustia el futuro serán la gran amenaza a la democracia norteamericana.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook

Deja un comentario