20, Abr 2020

Polémicas por venir

Es tiempo de pensar lo impensable, decía Emmanuel Macron en una entrevista reciente con el Financial Times. Más aún: “todos estamos embarcados en lo impensable.” Las tradicionales coordenadas ideológicas ya bastante borrosas a estas alturas, terminarán siendo irrelevantes.

Las categorías políticas del populismo que definieron el debate público en el mundo tras la crisis financiera del 2008 enfrentan una nueva realidad. De muchas maneras simplificaron la disyuntiva como la alternativa entre nosotros, el pueblo, y ellos, la élite de los expertos. El país profundo y verdadero contra la globalización que lo ensucia y desnaturaliza todo. La voluntad auténtica de la gente contra el distante juego de las instituciones. Planteado en esos términos, el populismo llevó la voz cantante. Ese relato captó el descontento y la imaginación. Fue extraordinariamente eficaz, pero, tras la pandemia, ¿lo seguirá siendo? ¿De qué manera el miedo planetario reelaborará el debate público? Su feroz antipatía por los expertos choca con la urgencia de contar con técnicos confiables. Su frontera de buenos y malos, de Pueblo y Antipueblo, difícilmente puede ordenar la polémica por venir. La ola de vulnerabilidad cambiará las coordenadas del debate público. Ojalá asiente la responsabilidad por lo complejo.

El desenlace, por supuesto, no está cantado. Las preguntas de hoy se irán respondiendo en las décadas por venir. La naturaleza de la globalización es, quizá la más evidente. Un ciclo concluye y está por abrirse uno nuevo. ¿Qué carácter tendrá?

Chocan desde ya los reflejos nacionalistas con los llamados de una cooperación más efectiva. ¿Es esta crisis resultado del demasiado mundo? ¿La ferocidad y la rapidez del contagio son producto de un “exceso” de globalización? Así lo creen quienes llaman a reforzar nuestras fortificaciones y evitar así los contagios que vienen de fuera. Pero el discurso localista encuentra nuevos asideros. No es solamente el temor por lo extraño, sino también en una sensata valoración de las cercanías. El llamado de la desglobalización encontrará, seguramente, nuevos argumentos y no serán necesariamente xenófobos. La salud y el medio ambiente nos invitan a repensar la teología globalizadora. Al mismo tiempo, nunca como ahora se ha percibido la mutua dependencia y, por lo tanto, la necesidad de cooperar. La globalización–recurro nuevamente al sociólogo Ulrich Beck–debe ser entendida como una “sociedad mundial del riesgo.” Lo es porque vivimos en un tiempo que ha disuelto los refugios. No hay rincón que esté a salvo. Para el virus no hay lugar remoto. Las fallas del sistema de salud en un país son, por lo tanto, amenazas a todos. Los secretos en un rincón del planeta nos tapan los ojos a todos. Al tiempo que se piden murallas y el regreso a lo local, urgen instituciones globales eficaces.

En el combate al contagio se pone a prueba también el modelo político interno. No me refiero al golpe que seguramente recibirán muchos gobiernos y partidos por su gestión de la crisis. Me refiero al desafío de las democracias frente a la seducción autocrática. El discurso antiliberal ha querido presentar la respuesta autocrática como ejemplar. A diferencia de los regímenes vacilantes de Occidente, la determinación política china supo poner orden en casa y ahora envía ayudas a todo el mundo como propaganda de su éxito. No me trago ese discurso, pero es innegable que, bajo un clima de incertidumbre extrema y miedo intenso, la autocracia resulta atractiva. Las democracias más sólidas han activado resortes dictatoriales: poderes de excepción y restricción de derechos. ¿Qué rastros dejará en las democracias este súbito régimen sanitario? ¿Cuántos sacrificios momentáneos se harán permanentes? ¿Cuántos derechos estaremos dispuestos a ceder? ¿Cómo se alterará el espacio de la privacía si se prolonga la vigilancia de los protectores?

El paternalismo sanitario es un desafío serio y complejo para las democracias liberales. No puede ignorarse la razón que la causa ni la amenaza que implica. En todo caso, debe entenderse que la emergencia no debe conducir a un extravío irreparable. La restricción a los derechos debe ser el último recurso, limitada a la atención de la emergencia, basada en criterios técnicos que hayan mostrado eficacia y abierta a la crítica pública y a la revisión cuando pase la emergencia. La eficacia democrática se pone a prueba en tiempos de crisis.

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