13, Ene 2020

Política de reconocimiento

En un artículo publicado en octubre del año pasado, el gran historiador inglés Timothy Garton Ash volvía al absurdo de buscar explicaciones económicas a la crisis política contemporánea. En un pizarrón del equipo de Clinton pudo escribirse hace ya mucho tiempo que era “La economía, estúpido”, pero hoy sería estúpido quien dijera que todo se reduce a lo económico. Alemania es el mejor ejemplo de ello, decía el brillante cronista de las revoluciones de terciopelo. Alemania es uno de los países más ricos del mundo, la gente reconoce, en su mayoría, que su situación económica es desahogada. Y, sin embargo, la extrema derecha crece y crece. Avanza, sobre todo, en el territorio que antes era Alemania del Este. El 75% de los ciudadanos de el territorio excomunista siente que su condición económica es buena o muy buena y al mismo tiempo, el 66% se siente tratado como de segunda. Cuenta Garton Ash que en 2015 la canciller Angela Merkel visitó un pequeño pueblo en el Este donde se habían recibido a cientos de refugiados en una vieja fábrica. La prensa registró lo que dijo entonces un manifestante indignado con la visita de la canciller: “Ella no nos voltea a ver ni con el culo.” Merkel misma viene del Este, pero, a juzgar por esta expresión, no deja de ser vista como parte de la élite que ignora al otro.

La escena se repitió instantáneamente por todo el mundo. Un muchacho de secundaria encuentra al presidente francés. Lo saluda afectuosamente y le dice algo así como. “¿Qué onda, Manu?” El presidente Macron no recibe bien la confiancita. Una inaceptable falta de respeto a la investidura presidencial. De inmediato, el pontífice de la república empezó a aleccionarlo: “Eso no lo puedes hacer. De ninguna manera. No. No. No.” El estudiante empezó a disculparse, pero el presidente lo interrumpió. “Si estás aquí en una ceremonia oficial, debes comportarte. No te puedes hacer el tonto, porque hoy es día de la Marsellesa y de la Resistencia. Así que me llamas Señor Presidente o Señor. ¿Está bien?” Y continuó el rapapolvo: “Y el día que quieras empezar una revolución, primero te pones a estudiar, obtienes un título, ganas lo suficiente para comer. Entonces podrás darle lecciones a los demás.” El joven y brillante presidente francés no toleraba la insolencia de un muchacho. Su petición implícita era directa: inclínate ante tu soberano.

Estas dos anécdotas, tal vez triviales, capturan algo de nuestro tiempo. La desconexión de las élites políticas y la intransigencia de la ciudanía. El repudio intenso que provoca el apartamiento de quien gobierna en nombre de personas que ignora o desprecia. Son dos anécdotas, por cierto, de dos de los dirigentes europeos más consistentes y lúcidos en la escena internacional. Pero en ambos se asoma la insensibilidad, el desprecio, la ceguera. Trasmitir al otro que no es visto ni reconocido por su gobierno. Amonestar a quien tutea. Dos estampas que alimentan la rabia: ser ciego a la experiencia de millones, pretender amaestrar para la servidumbre.

He pensado en estos dos eventos recientes por la persistencia de la popularidad de Andrés Manuel López Obrador. Resulta difícil imaginar que este nuevo empujón de respaldo que la encuesta reciente del Financiero registra se deba a los frutos del gobierno. La violencia no ha cedido ni un ápice. El estancamiento económico es inocultable. Y, sin embargo, el país advierte que su gobierno está cerca. Que es suyo. Lo entiende, y se siente más próximo al gobierno que a cualquiera de las alternativas disponibles. Se trata, a mi juicio, de la adhesión a la política de reconocimiento del gobierno. De manera muy consistente, el presidente pone en práctica esa política. Lo hace todos los días con un abanico de instrumentos simbólicos. Sus encuentros cotidianos con la prensa, sus recorridos a ras de tierra, su ostentosa austeridad. El presidente no deja de dirigirse al país. Le habla en un idioma claro, insiste en un relato sencillo y convincente que nos recuerda una y otra vez de dónde venimos.

Puede haber muchas dudas sobre su capacidad para edificar un nuevo régimen y para lograr los objetivos que ha planteado. Sin duda, en estos meses se han activado muchas alarmas sobre la manera en que diseña e instrumenta la política pública. Sin embargo, no puede ignorarse el éxito de su política de reconocimiento.

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2 Comentarios

  1. OSWALDO MENDOZA dice:

    Pf, lo que escribo en seguida, no se mida por si mismo; màs adelante se explica. ¡Pinche Chucho!, ¡qué onda guey!¿Cómo estás cabrón? (???) ¿Sería admisible que yo, que no tengo trato con usted ,así lo saludara si nos encontramos en la calle? No! Por respeto! En su artículo de este día, censura la actitud del Presidente Macron en relación al trato irrespetuoso de un chamaco. Yo le digo a usted que está equivocado y que justificar esos comportamientos (como el del chamaco) han propiciado el ambiente laxo en el que hoy nos movemos y que facilita situaciones como la trágica ocurrida en Torreón apenas la semana pasada. Cuidado!Si el niño tomó el arma, ¿porqué reprenderlo o impedirle que lo haga? A eso nos lleva la falta de límites. Macron hizo lo correcto y yo lo aplaudo.

  2. Javier dice:

    Jesús. Coincido en el 50% de tus opiniones, asumo que es un problema ideológico. Pero sin duda respeto tu pensamiento crítico y tus opiniones. Me dan visibilidad y claridad sobre el pensamiento honesto de derecha. Obligas a tus adversarios de pensamiento a reflexionar y estar conscientes de lo que hacen o dejan de hacer. Los obligas a mejorar en su propio estilo. Muchas gracias..

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