09, Oct 2019

Preocupación por la Corte

Tiene razón el presidente de la Suprema Corte cuando advierte que el tribunal no es ni debe ser oposición. Por supuesto que ésa no es su labor. No corresponde a los jueces reparar las fallas de la representación ni llenar el vacío de los partidos. Su tarea es muy distinta, pero no por ello deja de ser crucial. En cualquier democracia el decoro, la autonomía, el rigor del último tribunal es esencial para mantener el equilibrio entre el poder de las mayorías y los derechos de cada quien. En nuestro contexto, la responsabilidad del tribunal se afila por la conformación de un poder avasallante que se ha empeñado en hostigar cualquier cápsula de autonomía. La preocupación por la independencia del tribunal no es solamente legítima, sino fundada.

Por su respaldo electoral, por la solidez de su mayoría parlamentaria y por la suerte el presidente López Obrador está en condiciones de rehacer la Suprema Corte de Justicia. La aplanadora política puede deshacerse del freno judicial. El hecho es inquietante porque en un tribunal constitucional deben confluir no solamente distintas lecturas de la ley, sino también tiempos distintos. El equilibrio interno depende, entre otras cosas, de la imbricación de calendarios. Si los órganos representativos expresan un instante de la voluntad electoral, el tribunal supremo ha de entretejer generaciones. Que una coalición mayoritaria pueda rehacer por sí misma a un tribunal constitucional es, en cualquier democracia, una anomalía que debería despertar alertas. Habría sido preocupante con Fox y lo es hoy también con López Obrador.

A la preocupación genérica hay que agregar las señales que se proyectan desde los dos poderes. Las planas de este diario podrían llenarse si hiciéramos colección de los insultos que ha proferido el presidente contra los jueces que han osado contrariarlo. Con su notable creatividad literaria ha usado mil nombres para señalarlos como corruptos: ministros maiceados, alcahuetes, achichincles al servicio de la mafiadelpoder. En una arenga de campaña preguntó a sus simpatizantes: “¿Saben de algo que hayan hecho los de la Suprema Corte en beneficio de México? ¿Se han enterado de algo que hayan resuelto a favor del pueblo?” Él mismo respondió de inmediato: “¡Nada!” Debe decirse que la retórica presidencial expresa una convicción auténtica y profunda: que la democracia no tiene más que un motor y ese motor es la voluntad popular. Los contrapoderes, los vericuetos procedimentales, los derechos son, en realidad, obstrucciones de “leguleyos.” Es la simpleza de creer que la democracia es solamente que mande el pueblo, la fe en un pueblo infalible y la arrogancia de suponerse encarnación de ese pueblo. Un tribunal constitucional independiente desentona irremediablemente con esa teología.

También son inquietantes los mensajes del otro presidente, el de la Suprema Corte. Unos días después de la elección presidencial, el ministro que entonces aspiraba a presidir el tribunal publicó un artículo lamentable en el diario Milenio. Pedía al poder judicial que escuchara el mensaje de las urnas. El ministro se convertía en intérprete de la voluntad electoral para pedir que los jueces acompañaran la agenda del nuevo gobierno. Lo decía así, literalmente: “debemos acusar recibo de los mensajes de las urnas.” La petición me parece no solamente equivocada sino escandalosa. Al juez constitucional no le corresponde ratificar la voluntad de la mayoría sino hacerla pasar rigurosa y estrictamente por el filtro de la Constitución. Aquel artículo de Arturo Zaldivar, escrito ciertamente con el pudor de defender ritualmente la independencia del poder judicial, era una franca invitación a servir a un nuevo régimen. Buscar sintonía con el poder que despuntaba. Por eso inquieta leer al presidente de la Suprema Corte de Justicia descalificar a quienes expresan preocupaciones por la independencia del poder judicial, con las mismas palabras que usa el presidente de México para deslegitimar a sus críticos. ¿Dónde estaban antes?, pregunta el presidente de la Corte. Peor aún, el ministro presidente suscribe una de las líneas más aberrantes de la intolerancia lopezobradorista: quienes nos cuestionan no merecen respeto porque sus críticas son, casi siempre, interesadas. ¡Así lo escribió quien preside hoy la Suprema Corte de Justicia de la Nación!

El presidente de Corte ratifica que hay buenas razones para estar preocupados por el futuro del tribunal.

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