08, Mar 2021

Ridiculizar la farsa

La respuesta del presidente a las mujeres de su propio partido que exigen el retiro de la candidatura de Félix Salgado Macedonio sigue el mismo libreto de las descalificaciones. Desoyendo la crítica, el presidente se lanza contra las críticas. Su causa no es auténtica. Si critican al presidente por apoyar a un violento son, objetivamente, instrumentos de la reacción. Personas manipuladas por los enemigos de su gobierno. Conservadoras. Al insulto rutinario, se le agrega un reproche político. La indignación de las mujeres ante la candidatura de un hombre acusado de ser un violador reincidente refleja una desconfianza en el pueblo. La rabia de las feministas es, en el fondo, antidemocrática. Que el pueblo decida, dice reiteradamente el presidente. ¿Por qué temer la decisión de la gente? ¿No son capaces los guerrerenses de evaluar al político?

Con aire diazordacista, el presidente López Obrador acusa a las feministas de haberse intoxicado con ideas extranjeras. No es mexicano el reclamo que hacen las mujeres. No corresponde a nuestras formas, a nuestra herencia, a nuestro lenguaje. Las mujeres que nos convocan a “romper el pacto” hablan como si no fueran de esta tierra. Usan expresiones importadas, dice. Tal vez han leído textos escritos en otro idioma. Quizá se hayan envenenado de discusiones que se celebran en universidades del extranjero, esas escuelas donde aprendieron sus mañas los tecnócratas y ahora copian furia las feministas. Para el hombre que, ante este asunto, se revela en cuerpo entero como un ultraconservador, el vocabulario de la protesta feminista es ajeno a nuestra experiencia y una amenaza a la tradición. No hay aquí tal pacto, dice burlonamente el presidente. Aquí la familia es una institución hermosa y cordial: ¡un ejemplo para el mundo! Aquí las mujeres merecen el cielo. Lo nuestro, lo auténtica y profundamente mexicano es la familia dulce y amorosa, la mujer que cuida tiernamente a los mayores y que se expresa siempre con dulzura. Si acaso hubiera motivos para la protesta, ésta debe ser un reparo recatado y discreto. Para el venerador de las tradiciones, para el protector del alma nacional, las feministas son una amenaza porque su discurso y su práctica siguen una moda que se aparta de lo auténticamente nuestro. Son, en ese sentido, contaminación extranjerizante; infiltradas de una ideología extraña que amenaza con pervertir el alma nacional. Es la paranoia del nacionalista acosado por lo que no entiende.

No hay sacudida que libere al presidente de sus prejuicios. Nadie puede imaginar que la rabia de la protesta de hoy, hará reflexionar al hombre del Palacio. Lo que tendría que provocar es reflexión en sus seguidores: el discurso de la infalibilidad popular en el que se escuda para respaldar al violento es el mismo que se esgrime para curtir toda la política presidencial y huir de las exigencias de la deliberación, desbordar los canales de la ley, para respetar los derechos. El discurso que escuda, en una supuesta voz del pueblo, la postulación de un abominable como Salgado Macedonio es el mismo discurso que se esgrime para el derroche y el capricho, para la militarización del país, para la destrucción de los contrapoderes y el desprecio de la razón técnica. Es el mismo discurso que pretende poner a votación el derecho de las mujeres a terminar voluntariamente un embarazo.

El abismo entre la causa feminista y el conservadurismo presidencial puede ser, en ese sentido, valioso para hacer visible la trampa de esa sacralización del Pueblo empleada para hacer irrefutables los deseos del poder. Las feministas han ridiculizado la farsa en la que se fundamenta la soberbia del régimen. Si son la energía opositora más poderosa es porque no reproducen el antagonismo que, en su beneficio, ha fabricado el gobierno. Su causa representa, sin la megalomanía del Cuartotransformador, la más profunda revolución de nuestro tiempo. Su lección desborda su propia causa. Desmonta, como ningún otro movimiento, la política de fe que practica el gobierno. Escudado en la coartada de la voz sabia del pueblo infalible, no solamente ofrece parapeto a violadores también se santifica el capricho y el derroche, el abuso y la militarización.

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