12, Mar 2019

Sentidos de la realidad

Nada es tan valioso en la política como el “sentido de realidad”. Nada es tan valioso como ver, oler, palpar la circunstancia. Esa es una de las grandes lecciones de Isaiah Berlin. Los estadistas de genio no son teóricos que conocen a profundidad una disciplina y que, por fidelidad a ese conocimiento abstracto, imponen sus lecciones al mundo. No son los técnicos que aplican un recetario, sino los habilidosos que perciben la textura del presente. Para incidir en el mundo, para transformar la realidad era menos importante la idea que el tacto. Un político debía ser capaz de palpar el carácter único de la circunstancia, entender las complejidades del momento, percibir el sentido del tiempo, leer el carácter de sus contemporáneos, anticipar aquello que apenas se insinúa, percatarse del peso de las inercias y advertir las primicias. El juicio político, escribía Berlin en un ensayito que publicó Vuelta en noviembre de 1996, es una sabiduría práctica. Una forma de la sensibilidad antes que una expresión de la inteligencia.

Durante los primeros meses de su presidencia, Andrés Manuel López Obrador ha dejado en claro la agudeza de su olfato y, al mismo tiempo, la amplitud de sus cegueras. El sentido de realidad del presidente se muestra, por decirlo de alguna manera, escindido. Por una parte, se advierte una extraordinaria capacidad para abrazar el clima emocional del país y para construir las bases políticas de un nuevo régimen. El presidente habla el lenguaje del momento y planea meticulosamente la fundación de una nueva política. Al mismo tiempo, se desconecta de la realidad, huye del mundo. Pemex vive su mejor momento en décadas, dijo en una de sus frecuentes excursiones al planeta de la fantasía. El presidente se refugia una y otra vez en sus cantaletas para no enfrentar el fastidio de los hechos incómodos. ¿Para qué tomarse la molestia de examinar el documento desafiante, si se le puede ignorar o, mejor, aún, si se puede despedazar el alegato con alguna frase hecha? Sabemos bien que a los críticos los agrede o los ignora. Quizá lo más grave para su propio gobierno, lo más revelador de su estilo político es que a los hechos que se salen de su libreto los lanza, de inmediato, al basurero. No son hechos sino mentiras de los enemigos. El intolerante que es incapaz de reconocer la dignidad moral de quien lo cuestiona, está dispuesto a cerrar los ojos ante lo que le desagrada. Quien se inserta habilidosamente en la coyuntura también se da a la fuga.

El presidente se percata de la fibra esencial de nuestro tiempo: la furia antioligárquica. No es, por cierto, un fenómeno mexicano sino mundial. La rabia contra las élites define la política en todo el planeta y López Obrador entiende a la perfección esos resortes. Por eso su mensaje es tan persuasivo y lo es de modo tan profundo: su distancia de las élites y de sus viejos rituales es real. Representa una política cercana, accesible; radicalmente distinta a la previa. El presidente toca y abraza a los suyos. Se deja querer. Es querendón. Disfruta como nadie el horno de las multitudes. Lo que le resulta inaceptable es la aparición de un hecho que se rebele a sus deseos.

Al político perceptivo y sensible lo niega el político ideológico que ve el mundo como la elemental batalla del pueblo contra sus enemigos, los malditos neoliberales. En ese trazado épico se borra cualquier complejidad. El mundo pierde entonces su riqueza, su variedad, su coloratura para volverse tontamente binario. Una excusa para no pensar. Cuando la etiqueta neoliberal se fija a una persona, una idea, una institución, no hay nada más que hablar. Esa persona, esa idea, esa institución están podridas.

El político del que hablaba Isaiah Berlin comprendía, quizá instintivamente, el misterioso vínculo entre decisión y consecuencia; entendía los complejos resortes que atan al acto y el efecto. Pero el sentido de realidad de López Obrador es otro. Su voluntad lo es todo y el símbolo es lo que verdaderamente importa. La configuración detallada y precisa de las políticas termina siendo irrelevante frente a la seducción de lo imaginario. El voluntarismo, esa religión del deseo, termina siendo una negación de la realidad y de la responsabilidad.

Empapado de realidad, López Obrador, se fuga una y otra vez de ella.

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