15, Abr 2013

Thatcher

Margaret Thatcher proclamó la inexistencia de la sociedad. No hay tal
cosa, dijo. Existen individuos, si acaso, familias. Pronunciar esa palabra ya
es mentir. Durante siglos nos han engañado con esa idea inhumana, propia de
insectos, de mamíferos inferiores. El único espacio humano para el nosotros es
la casa; fuera de ella no hay barrio, no hay ciudad, no hay nación. El
individualismo, transformado en utopía. Pocos proyectos tan radicales en el
siglo XX como el suyo: una política para extirpar los restos de esa malévola
fantasía de lo social. Instaurar en la tierra el reino irrestricto del mercado,
convertir en heroísmo la codicia.

Al terminar su gobierno expuso, ante el Parlamento, su convicción de
que la desigualdad era irrelevante. La preocupación por la equidad le parecía
simplemente ridícula. Al contestar a un parlamentario que la cuestionaba por el
ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, Thatcher respondió con esa
fascinante contundencia sin titubeos, con su convicción hermética que la
igualdad era una obsesión de los cínicos que preferían que todos estuvieran en
la miseria, si era una miseria equitativamente distribuida. En su despedida
triunfal reiteraba su idea de la sociedad como una ficción truculenta. Lo que
importa es que cada individuo prospere. Tiremos a la basura el anhelo de un
piso común, un vocabulario compartido, oportunidades equitativamente
distribuidas. Le obsesionó restaurar el prestigio de la Gran Bretaña pero nunca
le interesó construir una casa común.

No fue una conservadora en la tradición británica. Su prisa, su
hermetismo, la radicalidad de su política eran, más bien revolucionarias. Se ha
visto en su ambición, en su estilo político, una especie de leninismo de
derecha. El polaco Adam Przeworski, que bien entiende la morfología del
discurso totalitario, advirtió la cercanía entre esas ingenierías radicales.
Reinvenciones del mundo que no están dispuestas a negociar su diseño. La
estructura discursiva del thatcherismo es paralela al armazón bolchevique:
donde estaba la nacionalización de los medios de producción se colocó
privatización; donde estaba la planificación se puso el libre mercado; y en el
altar de la clase obrera que guía al futuro luminoso, al empresario, radiante portador
de la felicidad que viene. Lo suyo no era la transacción con las
circunstancias, la adaptación a las tradiciones, el remiendo de lo descosido:
lo suyo era el cambio tajante, la terquedad y la sordera. No conoció la duda ni
el remordimiento, nunca probó la rectificación. Las personas no eran un
misterio para ella. En unos minutos, tras el encuentro más breve, se hacía una
idea del otro y no la cambiaba. Habrá citado a Popper pero no se daba cuenta
que su política era sólo una versión sutil de la sociedad que se clausura.

A Edmund Burke, el gran sabio del conservadurismo británico le habrían
horrorizado el discurso y la política de Margaret Thatcher. La habría denunciado
como jacobina con nostalgia, una arrogante con proyecto pero sin sensibilidad
histórica. Un político debe temerse a sí mismo, decía Burke. Un revolucionario
auténtico, un estadista que cambia la historia debe confiar ciegamente en sí
mismo, en sus ideas, en sus capacidades, respondió Thatcher. No soy una
política de consensos, decía: soy una política de convicciones. En efecto, la
negociación era, para ella, una claudicación, una flaqueza, una inmoralidad. No pretendió adaptarse a las circunstancias: se impuso a ellas con un talento excepcional. Si piden que dé un viraje les digo claramente: esta mujer no está para dar la vuelta.

Nadie puede cuestionar su influencia en la política británica y mundial. Cambió a su país, le abrió un horizonte que parecía perdido, reactivó una economía que había sido secuestrada por los sindicatos, rehízo el mapa ideológico de la política mundial, impuso su sello, incluso en su oposición. Su fe en el mercado se acompañaba de una confianza en la autoridad estatal. Concentró todo el poder que pudo y desde ahí impuso su doctrina. No se detuvo ante la impopularidad, no la limitaron las tradiciones, no supo de tabús. Tuvo la valentía de decir la verdad, aunque fuera tan impopular como decir que 2 + 2 es igual a 4. Y tuvo también el valor de apoyar dictadores como Pinochet y a combatir a ‘terroristas’ como Mandela. Vivimos en su planeta… y muchos lo celebran.

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7 Comentarios

  1. FMGARZAM dice:

    ¡CELEBRO LA VIDA Y LA OBRA DE LADY TATCHER! Lástima que no la entiendas, deberías juzgarla desde una postura liberal (auténtica).
    Mi pésame para su hijo Tony Blair y sus herederos los Británicos.
    Merecido tener un funeral similar a los de Wellington, Nelson y Churchill, vencedores de Batallas contra Napoleón y toda su gente y la guerra contra Hitler y toda su gente. Merecido para la Lady que haciendo tan poco hizo tanto.
    Sin eso de entonces hoy estarían en compañia de Grecia, Portugal y España, casi sin remedio.
    Los avances se miden de muchas maneras, la educación universitaria hace evidente su legado.
    Tony Blair en un discurso de su época increpaba a la Unión Europea el hecho de que entre las veinte mejores universidades del mundo solo había dos europeas y
    que ninguna de las dos estaba en el continente (obvio). Hoy son cuatro Inglesas entre las veinte, cinco entre veinticinco. Gracias a ella y el espíritu del quiebre generado.
    No soy muy pro académico, pero: Por (ella) su nación habla el espíritu de sus universidades.
    p.s. ¿De veras crees que la sociedad existe?

  2. FMGARZAM dice:

    Love it or leave it.
    Hay un símil y también un disímil enorme entre Tatcher,su hacer, y Keynes, su hacer.
    Ambos aplicaron en el momento correcto la medicina correcta para la enfermedad correcta. Aciertan en diagnóstico, receta e implementación.
    Admirados y odiados.
    El disímil es que el régimen tan odiado de Tatcher tiene pocos efectos secundarios negativos al corto y largo plazo. El régimen tan amado de Keynes, muy específico para la enfermedad y momento, resulta nocivo e imposible al mediano y largo plazo (super esteroides metabólicos).

  3. Ricardo Campos dice:

    Creo que los que defienden su política son los mismos que, igual que ella, hacen oídos sordos y evaden el hecho de que en el mundo (donde convivimos todos) existen diferentes nociones del mundo «ideal» y diferentes anhelos. Tan existe la sociedad que existen leyes para regular casi todo acto del hombre. Cuando el hombre le da orden a la convivencia y se promulgan leyes comienza lo que llamamos «civilización».

  4. Conrado Rivera dice:

    Leí su artículo que llamó Tatcher, en donde, desde su punto de vista, hace mención de las ideas y acciones que esta señora, Doña Margaret Tatcher llevó a cabo en su país Inglaterra durante 11 años.
    Ciudadano común como soy, me pareció muy parecido la forma de pensar y de actuar de ella a la de los políticos mexicanos del partido que sea, con una diferencia que se me hace muy notoria, tomando en cuenta los resultados que se obtuvieron en ese país, que usted mismo menciona en sus dos últimos párrafos, en donde enumera los logros de la Sra. Tatcher que encausaron a Inglaterra a resolver todos los problemas que se le presentaban al país en ese entonces.
    La diferencia a que me refiero son las metas tan distantes que se fijo ella a las metas de los políticos mexicanos. La primer ministra de aquel país (cito sus palabras), Cambió a su país, le abrió un horizonte que parecía perdido, reactivó una economía que había sido secuestrada por los sindicatos, salvándolo de tal vez un desastre de incalculables proporciones, mientras que aquí las metas son muy particulares y cuando mucho partidistas con el resultado de que tenemos décadas con problemas económicos, malas administraciones públicas, corrupción innegable, endeudamiento irresponsable y Etc. Etc. Etc., a nivel estatal y federal.
    Se nos dice que México es un país fuerte económicamente con un Peso firme, con reservas en dólares nunca alcanzado antes pero con una deuda externa bastante pesada y continúa creciendo, Coloca México deuda
    por mil millones de euros anunció Luis Videgaray, Secretario de Hacienda y Crédito Público.(El Norte Abril 10 2013).
    Mientras que la Sra. Tatcher trabajó por y para su país, México continua sufriendo mentiras y traiciones durante los últimos cien años.
    Conrado Rrivera
    Criverap1@hotmail.com

  5. Hugh Thomas dice:

    ¿Se puede hacer una buena economía sobre la base de la desigualdad como filosofía y del abuso del débil como consigna? Yo creo que no. Podrás sacar una economía de una crisis, podrás reactivar los negocios a corto plazo, pero la concentración de capital que vemos en «occidente» pienso que conduce a una reducción de la circulación social del capital, justo lo que no le importa a la Thatcher. ¿Eso no frena la economía? ¿No es uno de los problemas que tenemos acá? Crear desigualdad como receta milagrosa no me parece lógico. Yo quiero un capitalismo civilizado, justo lo que no tenemos ahora. Alemania gana Grecia pierde. Los ricos ríen, los pobres lloran. ¿Concluyamos de nuevo que los Alemanes son una especie superior? P-e-l-i-g-r-o-s-o.

  6. Ot dice:

    No sabía que 2+2=4 podía ser una verdad impopular. Interesante.

  7. FMGARZAM dice:

    Me gustó el punto de Hugh. Un capitalismo civilizado suena bien,
    aunque me gusta verlo como capitalismo burgués, usando el término a la antigua, a lo liberal. O sea masificado y con cierta repulsión a la concentración excesiva (y especialmente si es abusiva) de poder económico.
    De hecho pienso que el concepto de too big to fail, es una corrupción del sistema. Aunque veo justificado el salvamento, veo un error en el permitir que la concentración in-necesariamente se convierta en «too big» (consolidación no justifica, los ahorros en la consolidación se gastan en salvamentos).
    Por otro lado lo P-e-l-i-g-r-o-s-o no es que a los Alemanes se les vea como una especie superior, aunque hay que reconocer que son una cultura superior, sociológicamente superior digamos.
    Lo P-e-l-i-g-r-o-s-o es que se les vea como superior por el capitalismo feudal Alemán (de concentraciones aunque tenga cierta noble solidaridad social, no socialista).

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