03, dic 2007

Festejos de la impunidad


Mario_marn
La impunidad sonríe. Festeja jactanciosa. Se pavonea con el aval del último tribunal de la nación. El gobernador de Puebla, el gobernante que puso todo el poder público a servicio de la venganza, recibió la exoneración definitiva de la Suprema Corte de Justicia. Ahora el gobernador nos regala perlas de compromiso institucional, consejos de buenos modales y cantos de lealtad a la república. No imagino ninguna democracia que hubiera permitido la sobrevivencia política de un gobernante tras el escándalo de las conversaciones telefónicas que escuchamos. Más allá de su procacidad, las conversaciones daban cuenta de la más perversa utilización del poder político. No es cosa menor que el servicio se haya prestado para proteger a delincuentes vinculados con el abuso sexual de menores. La gravedad y crueldad del crimen sólo se equiparan a la monstruosidad de la protección. Pero el barullo desatado queda en revuelo mediático, en ridiculizaciones, en chistes y reproches de saliva o garabato. Allá, en el lejano universo de la política, el escándalo es apenas un leve fastidio, un rumor breve y pasajero. La complicidad resulta más poderosa que la legalidad. Invulnerable en su estado por una sólida coraza local, el gobernador recibió el incondicional socorro de su partido. No llegó por eso la sanción política fulminante que merecía el sátrapa.

En ausencia de una correa eficaz de sanciones políticas, la judicatura podría ser el último vehículo de reparación democrática. Así funcionó hace poco tiempo al desmontar la alianza de partidos que agasajaba a los medios con una ley a su medida. La Suprema Corte de Justicia funcionó entonces como contrapeso de una partidocracia sometida a otros poderes. Ahora su mayoría encumbra la impunidad con argumentos impropios de un auténtico tribunal constitucional. Ése es, quizá, el fondo del debate que se libró en el pleno del tribunal. Más allá del caso concreto que se debatió, la Suprema Corte de Justicia polemizaba sobre su papel en la construcción de un estado democrático. La postura conservadora que se impuso llevó a la Suprema Corte de Justicia a olvidar su sitio en el juego de la legalidad democrática. Los argumentos que se esgrimieron la semana pasada alrededor del caso del gobernador poblano desarrollan, en efecto, una controversia sobre la naturaleza de nuestro tribunal supremo. Mientras unos defienden una Corte que actúa simplemente como un peldaño más de la legalidad ordinaria; otros impulsan un auténtico órgano constitucional que ocupe su lugar como garante de los derechos fundamentales, las autonomías y los contrapoderes.
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19, nov 2007

De monarcas y déspotas


Por_qu_no_te_callas
Concluyó hace unos días el discreto reinado de Juan Carlos como figura tutelar de la “commonwealth” iberoamericana. Es cierto que su dominio era tan ligero como superficial es (si es que existe) la tal comunidad. Su duración episódica era tan extensa como los encuentros diplomáticos en tal o cual ciudad. Pero el rey de España era una especie de presencia paternal que recibía el respeto de casi todos, extendiendo de algún modo su jefatura simbólica más allá de las fronteras de su país. Durante los años que se ha celebrado la tediosa reunión de los gobernantes iberoamericanos, el rey de España ofició como un patriarca, a un tiempo tradicional y moderno que recibía la deferencia del resto de los mandatarios. Eso se acabó intempestivamente con cinco palabras y su irritado retiro de las sesiones de la cumbre chilena.

Decía Héctor Aguilar Camín la semana pasada en Milenio que “los fanfarrones viven de la prudencia de sus interlocutores.” Creo exactamente lo contrario: los bravucones se alimentan del hartazgo de sus oyentes. El fanfarrón gana cuando logra sacar de quicio al otro, cuando lo coloca en su terreno al entrar en su propia disputa. La provocación prende cuando el tranquilo se torna iracundo. De esa confianza para sacar de quicio al más paciente se nutren los desplantes retóricos de Hugo Chávez. Su condición de presidente rebelde lo coloca en una situación ventajosa. Está fuera del circuito de la prudencia, vive apartado de los cordones de la diplomacia y por eso puede dedicarse a pescar irritación y controversia. A lo largo de los años ha desarrollado ese talento para fastidiar que cuenta ya con varios trofeos.

Al ordenar su silencio, el rey Juan Carlos ganará en simpatía de quienes aborrecen al locuaz déspota de Venezuela. Resultará simpático también para quienes aprecian la autenticidad de su gesto. Muchos se sentirán identificados con el lance: hizo lo que muchos hubieran querido hacer, se dice. Puede ser: en su exabrupto, el monarca se muestra de pronto como una figura familiar, cercana. Pero las monarquías no viven de arranques de sinceridad sino de ceremonia. El rito de serenidad y compostura es vital para la pervivencia de ese (funcional) arcaísmo político.
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02, ago 2007

Economía política del pesimismo

Hace unos años, una encuesta publicada por el Wall Street Journalregistraba que el 70% de los mexicanos creía que la vida de sus hijos sería peor que la suya. Años de estancamiento traducidos en pesimismo. En un artículo publicado en nexos de este mes,Ricardo Becerra recoge la reflexión de Benjamin Friedman para analizar las consecuencias morales del atasco económico. En The Moral Consequences of Economic Growth, Friedman argumenta que el crecimiento no es simplemente mejora material: condiciona el carácter moral de la sociedad.

El crecimiento sostenido, el que llega a muchos al mismo tiempo, cambia masivamente el carácter de las sociedades de una forma positiva. Friedman nos muestra ejemplos en la China contemporánea, en Corea del Sur o en Irlanda, países en los cuales el crecimiento ha hecho a sus ciudadanos más abiertos, más tolerantes y, muy sintomáticamente, más honestos. Por el contrario: el estancamiento desplaza a sociedades enteras hacia el pesimismo, la huida del país, la represión y el fanatismo (Uganda, la Rusia postsoviética, Corea del Norte).

(…) Las conclusiones fundamentales de Friedman son fácilmente trasladables a nuestro país. Las personas que fracasan, que viven permanentemente en el límite de la subsistencia, comparan el bienestar del vecino con su propia mala situación y se larva así una atmósfera corrosiva “proclive a la anomia, la delincuencia, la falta de respeto a las reglas de convivencia…”. En una sociedad estancada, las comparaciones interpersonales del éxito se constituyen en un factor que determina las conductas; los mexicanos contrastan la experiencia de generaciones pasadas por un lado, y comparan la experiencia de los que viven a su alrededor y el resultado es moralmente destructivo y venenoso; a diferencia de España o de Chile cuyas inauguraciones democráticas compartieron un periodo de crecimiento, en México la democratización estuvo contaminada (y lo sigue estando) por la moral del estancamiento económico.

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25, jul 2007

Del uso populista del derecho

José María Ruiz Soroa describe el “uso populista del derecho” en un artículo de El país:

El proceso burocrático y parlamentario de producción de leyes en un mero discurso propagandístico, cargado de mesianismo y rasgos salvíficos, con el que los actores políticos hacen creer a la sociedad que curarán todos sus males. Hacer leyes se ha convertido en una operación de imagen, una actuación orquestada para convencer a la ciudadanía de que la incansable actividad y la omnipotente capacidad de los gobernantes resolverá cualquier género de problemas… mediante la producción incesante de nuevo Derecho. No bien los medios introducen en la agenda un nuevo problema, los políticos se lanzan ávidos a legiferarlo y prometen con ello nada menos que su definitiva erradicación. Da igual que se trate de maltrato de género, accidentes de tráfico, contaminación, abusos infantiles o la paz mundial; en cualquier caso, la respuesta del sistema político es “el Derecho a bote pronto”.

Se trata de emplear la ley como un placebo para todas las dolencias sociales. Pero, a diferencia del azúcar que se receta para aliviar el dolor de cabeza, los placebos jurídicos sí resultan dañinos: engañan a la ciudadanía y debilitan al Estado.

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04, jun 2007

De medios y lealtades

La censura tiene buenos amigos en México. Si los silenciados defienden innobles causas, bien hace quien les tapa la boca. La clausura de un canal televisivo en Venezuela recibió en México importantes tributos de comprensión y aplauso. La Jornada tuvo a bien explicarnos que, de ninguna manera se trataba de un ataque a las libertades democráticas. No debíamos exagerar. Se trataba de una simple decisión administrativa que debía entenderse como una respuesta razonable a la conducta antidemocrática de la televisora. A juicio del diario, “el hecho, por sí mismo, no constituye un atentado contra la libertad de expresión ni representa la clausura o la censura de un canal.” Un alto representante del Partido de la Revolución Democrática consideró que la cancelación de las trasmisiones de la entidad privada y su conversión en agencia estatal eran medidas democráticas. La toma del canal era vista como un paso en la construcción de medios de comunicación populares y participativos.

Parece bastante claro que en Venezuela se encamina hacia nuevas forma de autoritarismo, un autoritarismo electivo que tiene buenas perspectivas de crecimiento en la región. El populismo autoritario bien puede instalarse en un territorio marcado por la desigualdad, el desprestigio de la clase política y la blandura del tejido de legalidad. Marina Ottaway ha escrito un libro sobre las nuevas formas autocráticas en el mundo (Democracy Challenged. The Rise of Semi-Authoritarianism). Llama semiautoritarios a esos sistemas de gobierno. Regímenes ambiguos que combinan la aceptación retórica de la democracia liberal, la existencia de ciertas instituciones democráticas, respeto a ciertas libertades y determinaciones esencialmente antiliberales o francamente autoritarias. No se trata de democracias imperfectas o inmaduras. En estas autocracias electivas la democracia queda vaciada de elemento, quedando apenas como cascarón de formalidades.
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03, may 2007

Claves del chavismo

Gatopardo entrega este mes (al que le quedan unas horas de vida) un par de artículos que pueden ayudar a comprender el fenómeno del chavismo. Boris Muñoz describe el inicio del nuevo mandato de Chávez y Óscar Medina narra la confrontación con los medios. (La edición de internet sólo ofrece una probadita de los textos.) De ambos reportajes puede desprenderse, además del estridente talante autoritario del personaje y su arraigada convicción antiliberal, la enorme responsabilidad que las oposiciones han tenido en la alimentación del monstruo.

El artículo que Javier Corrales publicó en Foreign Policy es una buena descripción de las novedades de su autoritarismo.

El documental “La revolución no será televisada” de Kim Bartley y Donnacha O’Brien es, sin duda, una pieza de propaganda, pero es, de cualquier manera, un documento interesante. Un demagógico retrato de la demagogia, un polarizante testimonio de la polarización, un eficaz cuadro de la incompetencia. Aquí puede verse íntegramente el documental:

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