06, oct 2017

El cristal roto

En su poema “A manera de canción”, William Carlos Williams dejó estas líneas:

Que la culebra aguarde
bajo el yerbal
y la escritura sea
de palabras, lentas rápidas, prontas
al ataque, quietas en la espera,
insomnes.

–por la metáfora reconciliar
gente y piedras.
Componer. (No ideas:
cosas.) ¡Inventa!
Saxífraga es mi flor y abre
rocas.

No ideas but in things, había escrito el poeta entre los parántesis. No hay ideas más que en las cosas. Sólo en la materia reside la idea. Si no son palpables, si  no pueden sujetarse en la mano, si no huelen, si no tienen peso, no son. En la abstracción se disipa la idea, en la materia vive. La poesía es una fábrica de objetos, una máquina que da plomo a la imaginación. Productora de imágenes, comprime la complejidad para darle la simplicidad de una silla. Sólo en las cosas que la poesía inventa hay ideas, dice Williams. Y el ensayo es un cristal roto. Octavio Paz, de quien he tomado la traducción que abre esta nota, celebró los ensayos de ese médico que escribía entre consultas. “Irradiaciones de su poesía,” llama a estos ejercicios que merecen muchos más lectores de los que ha recibido. En su ensayo tanto como en su poesía, las palabras libran una lucha contra la abstracción. Son imágenes, no símbolos. Cuando dice que las palabras son ostiones, llegan al paladar, las olemos. Al abrirlas, sus navajas nos hieren los dedos.

En su escritura no hay barda que separe prosa de verso. Primavera y todo lo demás es un libro que medita sobre la imaginación, una colección de poemas cortos, un juego de tipografías, un manifiesto artístico, una mirada al presente. Poemas intercalados con prosa: improvisaciones. Un abrazo a la vida. Los reportes médicos fueron su mejor lección literaria. Aprovechando los paréntesis de su consultorio, escribiendo en papeles sueltos, daba forma a las palabras que aparecían en su tinta. Los poemas son la puntuación del ensayo. Los ensayos, una reescritura del poema. El flujo espontáneo de sus letras hace de la imaginación el único realismo posible. Escribir no es ver lo que no existe. La obra escapa del plagio cuando inventa, cuando escapa del mundo, cuando crea otra naturaleza. El arte por eso no bautiza: crea. El portento de la imaginación sirve para apreciar el mundo que la realidad apenas insinúa. La imaginación es una fuerza, una energía sobre la naturaleza. No hay retrato. El arte aparece cuando crea un nuevo objeto, dice Williams. A crear o a destruir está llamada la imaginación: si no es arte, lo advierte ese poeta que tradujo Quevedo, sería crimen.

El artículo completo puede leerse en nexos de octubre.

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04, oct 2017

Interpretar

Ilustración de Gottfried Wiegand

Ilustración de Gottfried Wiegand

Hace un par de años se reunieron el violonchelista Mario Brunello y el jurista Gustavo Zagrebelsky para hablar del arte que une sus oficios: la interpretación. Ambos intérpretes: uno de la partitura, el otro de la ley. La cuerda común de la música y la jurisprudencia es el despertar de los textos. Un juzgado y una sala de concierto, hace brotar una versión, una lectura propia de un conjunto de signos. El pentagrama y la norma esperan su intérprete. Aplicando una fórmula íntima dan vida a la abstracción. ¿Será el juez un pianista de la ley? ¿Será el violinista un abogado del compositor? El resultado del encuentro puede leerse en Interpretare. Dialogo tra un musicista e un giurista, libro publicado por la casa italiana de Il Mulino. No conozco traducción al español.

El juego es rico es sugerencias. Brunello titula su capítulo como “La ley de las notas”. El antiguo presidente del Tribunal Constitucional Italiano responde con “La nota de las leyes.” Los incisos de cada aportación se responden en simetría. El asunto que los une es casi teológico: un texto en apariencia fijo e inmutable, un documento reverenciado, un venerable papel despliega un universo de posibilidades. Imposible imaginar una única lectura auténtica. La exactitud es imposible. Ese mandato obligatorio, ese instructivo para la orquesta puede dar origen a muy distintas creaciones. ¿Cómo puede el intérprete ser fiel a la intención del compositor? ¿Debe venerar el juez las intenciones del parlamento? ¿Puede de actualizar el sentido de un mandato? ¿De cuánta libertad dispone un director al colorear una sinfonía? ¿Qué espacio puede tomarse legítimamnente el juez al fijar el sentido de un artículo constitucional?

El gran pianista Alfred Brendel ha dicho que el intérprete no da vida a la música. La música ya vive en la partitura… pero duerme. “El intérprete tiene el privilegio de hacerla despertar o, para decirlo más cariñosamente, darle vida con un beso.” Tomo esta línea del diccionario de Brendel que publicó Acantilado hace unos años: De la A a la Z de un pianista. El intérprete no es esclavo de un texto. No es una máquina que aplica una fórmula cerrada. Están por inventarse las pianolas que interpreten la ley. Para interpretar hay que saber distanciarse, atreverse a completar los huecos que aparecen, ensamblar las piezas para integrar la armonía del conjunto, salvar el sentido apartándose de la torpe literalidad. Las reglas, dice Brendel, existen para ser cuestionadas: merecen obediencia sólo si resisten el examen minucioso del intérprete.

Interpretación: lealtad creativa. El pianista entiende su labor como la de un mediador que es jalonado de ambos brazos. Apreciar la contradicción que lo posee es vital para su arte. Estar al servicio de un código sin renunciar a la voz propia. Fecundar la neutralidad de la cifra con un acento y un tono propio. Nudo en tensión. El intérprete, propone Brendel, es símbolo de la contradicción que es esencia de lo humano. Sólo quien reconozca esa tensión se abrirá al arte. “Toca para el compositor y al mismo tiempo para el público. Debe tener una visión panorámica de toda la pieza y, al mismo tiempo, hacerla surgir del instante. Sigue un plan y se deja sorprender a un tiempo. Se domina y se olvida de sí mismo. Toca para él y al mismo tiempo para el último rincón de la sala. Impresiona por su presencia y, cuando la suerte le es propicia, se disuelve al mismo tiempo en la música. Es un soberano y un sirviente. Es un convencido y un crítico, un creyente y un escéptico. Cuando sopla el viento adecuado se produce la síntesis en la interpretación.”

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02, oct 2017

Manual de resistencia

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Entre los libros que se han publicado en los meses recientes para entender el fenómeno Trump resalta uno breve y provocador. Un éxito de ventas que, al parecer, suele comprarse por docena en Estados Unidos para regalar a los amigos. Un libro cuya urgencia es demostrada por el hecho de que hay quien compra ejemplares para dejarlos en el parque o en el metro, como regalo a un compatriota desconocido. Me refiero al manual de resistencia que ha escrito Timothy Snyder. El título (Sobre la tiranía) evoca un viejo ensayo de Leo Strauss. La de Strauss era una reflexión a partir de un olvidado diálogo de Jenofonte que examinaba la etimología del término y la posible legitimidad que podría alcanzar un tirano. Para los lectores de ese libro publicado en 1948, el ensayo era una sorprendente fuga de la experiencia reciente. El filósofo guardaba silencio sobre Hitler, recién derrotado, y sobre Stalin, en pleno poder. Esclareciendo conceptos y moralejas, Strauss huía del presente. El panfleto de Snyder es todo lo contrario. En lugar de perderse en sutilezas etimológicas, sin preocuparse mucho por la precisión confronta la urgencia. Se trata, en efecto, de un instructivo para demócratas ante la amenaza del fascismo.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de septiembre.

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07, sep 2017

Salvaciones

A principios de 1912 José Ortega y Gasset concibe una serie de ensayos que habrían de distribuirse por suscripciones. Sería el primer libro del filósofo y sería bautizado al final del día como Meditaciones del Quijote. Durante algún tiempo jugó con otro título. En lugar de meditaciones: salvaciones. La expresión se cuela a las primeras páginas del libro, en el aviso que dirige a su lector. Estos ensayos, advierte, no son informes de hechos ni resúmenes de ideas, “son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado “salvaciones”. Eso es el ensayo para el pensador de “alma dispersa” que era Ortega: una apuesta por la salvación.

No era, por supuesto, el tropiezo místico de un ateo bien sellado. Era la mejor expresión de su viva idea del sitio donde fundía escritura y filosofía. El ensayo era vía para extraer el jugo del mundo… y compartirlo. Ortega exponía con claridad la ruta de esas salvaciones: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones”. Dirigir a cada una de las criaturas del mundo todos los rayos de la inteligencia. Aclarar la tierra y comprenderla.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes…

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06, sep 2017

Signos errantes

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Tras recibir El arco y la lira, Julio Cortázar le escribió desde París una carta de bullente entusiasmo a Octavio Paz. No ha leído el libro: lo ha releído y lo ha archileído. Lo comparaba con Shelley, con Keats, con Mallarmé. Gaos celebraba igualmente el libro que acababa de publicar el Fondo de Cultura Económica. Más que un trabajo de poética, le parecía uno de los ensayos más hondos de la filosofía en lengua española. A Paz no le gustaba el epílogo. En cuanto hubo oportunidad de deshacerse de él, lo hizo. Entresacó algunas líneas y las fundió en un ensayo con vida propia: Los signos en rotación. Hace cincuenta y dos años se publicó en Sur y hace medio siglo se incorporó a El arco y la lira como epílogo definitivo.

Para celebrarlo, El Colegio Nacional ha publicado un libro extraordinario. Del diseño de Alejandro Cruz Atienza vale decir que presta buen cuerpo al libro: más que un objeto legible es símbolo de ese astro, traslúcido y ardiente, que es el pensamiento de Paz. Abre la edición una nota de Marie José Paz que evoca las espirales del proceso creativo del poeta. Además del ensayo central, se recupera en el volumen su precendente más antiguo, el ensayo que publicó a los 29 años de edad: Poesía de soledad y poesía de comunión. La historia del ensayo la cuenta puntualmente Malva Flores. Se incluyen ensayos de Adolfo Castañón, de Tomás Segovia, de Ramón Xirau, y un manojo de cartas.

Desde luego, esta nueva edición de Los signos no es un libro para la mesita. Releer su manifiesto hoy es percatarse de su dimensión clásica, de su fresca hondura, de su lucidez, de su filo crítico, de su pertinencia moral. Paz escribe sobre la poesía desde dentro, como advirtió Tomás Segovia. Pero al hablar de la poesía habla del mundo, habla del tiempo, de la vida, de ti y de mi. Habla de amor y de muerte, habla de la tribu y de las máquinas. Habla, ante todo, de la búsqueda de los significados, de la esperanza de la comunicación en la aridez de nuestros tiempos.

Al pensar en los rumbos de la poesía moderna Paz vuelve al encierro de la soledad: el presente conspira contra el encuentro. La incomunicación de nuestra era surge de la repetición. Monótono combate de ciegos: “pululación de lo idéntico.” No hablamos con otros porque no podemos hablar con nosotros mismos. “Pero la multiplicación cancerosa del yo no es el origen, sino el resultado de la pérdida de la imagen del mundo.” Los monumentos de la técnica, las fábricas, los aeropuertos, las plantas de energía no son presencias, dice Paz, no capturan una imagen del mundo, no dialogan con él. La modernidad se niega a representar el tiempo, la naturaleza, la vida. Nos sepulta con vehículos de la acción, con instrumentos y un millón de artefactos deschables. La imaginación poética va al descubrimiento del mundo para abandonar la idolatría de la posesión para apartarse de la dictadura del ruido. Salir de la cárcel del yo. “Ser uno mismo es condenarse a la mutilación, pues el hombre es apetito perpetuo de ser otro. La idolatría del yo conduce a la idolatría de la propiedad; el verdadero Dios de la sociedad cristiana occidental se llama dominación sobre los otros. Concibe al mundo y los hombres como mis propiedades, mis cosas.”

Todos somos, de una manera u otra y muchas veces sin saberlo, marxistas, dice Octavio Paz en las primeras páginas de su ensayo. En la fibra radical, en la denuncia de las servidumbres encubiertas, en las alusiones a esa utopía que borrará la distinción entre trabajo y arte, el ensayo que Paz escribió en India en 1965 respira todavía aires marxistas. Sospecho que no le habría disgustado a Carlos Marx esta línea del poeta mexicano: “El árido mundo actual, el infierno circular es el espejo del hombre cercenado de su facultad poetizante.”

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23, ago 2017

Gladwell, el revisionista

Le debo a León Krauze la recomendación de un podcast extraordinario. Es el mejor ejemplo de lo que puede ofrecer ese medio magnífico. Se trata de Revisionist History de Malcolm Gladwell. Está ya en su segunda temporada. Pueden escucharse los veinte capítulos en http://revisionisthistory.com/ o descargarse en cualquiera de las librerías de podcast. Se trata, como lo dice en su presentación, del intento de repensar aquello que damos por comprendido. Tiene razón: el pasado merece un segunda oportunidad.

 

Tiene sentido que el autor de libros exitosísimos se acerque al micrófono y se aleje de la letra impresa. El periodista canadiense ha examinado en varios volúmenes lo contraintuitivo. Sabe bien que la verdad se esconde en lugares comunes, en datos ocultos y en prejuicios. Los saberes recibidos suelen ser engaños confortables de los que alguien saca beneficio. De eso mismo habla en el podcast pero lo hace con un tono distinto. Las historias de cada programa adquieren una extraordinaria intimidad. No son pocos los capítulos terribles, los conmovedores, los que desatan la indignación. Nada tan íntimo como la voz. Nada tan honesto como el sonido de las palabras, sus silencios, sus acentos. La voz no puede ocultar tristeza, rabia, duda, asombro. Lo sabe bien Gladwell y quiere usar el poder del audio: hacernos pensar pero también hacernos llorar. Vale advertir que será difícil en algunos capítulos contener las lágrimas.

El talento narrativo de Gladwell se pule para alcanzar su mayor brillo en este producto auditivo. Las historias que cuenta se enredan y se aclaran magistralmente. Los secretos de una vieja exposición de pintura, los efectos mortíferos de una amistad, las revelaciones de la música country, alguna lección de un basketbolista, las paradojas de la sátira. En cada oportunidad Gladwell confronta nuestras expectativas, juega con la idea que tenemos del mundo y la somete al ácido de su inteligencia interrogante. Hilos que parecen inconexos se van trenzando para conformar el argumento. Uno de los capítulos abre con dos cápsulas: una sobrecogedora descripción de la hambruna en Bengala en 1943 y el retrato de un excéntrico físico inglés. En 34 minutos Gladwell exhibe el impacto de las lucubraciones de ese aristócata en la muerte de millones de indios. ¿Cuál fue la causa de la hambruna en Bengala, pregunta Gladwell? Creo que fue una amistad, responde. Cada capítulo es un enigma que se resuelve ante nuestro oído: algo que parece obvio es, en realidad, un engaño; eso que esperamos que produzca el efecto virtuoso desencadena consecuencias funestas. Gladwell sabe sacar jugo a los trabajos de la academia pero, sobre todo, sabe hacer buenas preguntas y contar historias. Un detective intelectual que no se deja llevar por la corriente de las opiniones hechas.

Siendo auténticamente conmovedor, este trabajo de Gladwell es, probablemente, el más político de todos los que ha hecho el investigador canadiense. Hay una línea común en todas sus casos: nuestro entendimiento del mundo no es resultado de nuestro interés por la verdad sino un efecto del poder. El poder declara lo razonable, lo útil, lo valioso y barniza con cera nuestros ojos para que seamos incapaces de ver lo que tenemos frente a los ojos. Su gran victoria es la cancelación de las preguntas. Acercarse a este podcast es maravillarse ante una inteligencia que interroga eso que yace perversamente como obvio.

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18, ago 2017

Denuncia del artificio

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En una de las conferencias que Octavio Paz pronunció en Harvard a principios de 1972, el poeta advertía del fin de la idea del arte moderno.No el fin del arte, subrayaba, el fin de la idea del arte moderno. “Hoy somos testigos de otra mutación: el arte moderno comienza a perder sus poderes de negación. Desde hace años sus negaciones son repeticiones rituales: la rebeldía convertida en procedimiento, la crítica en retórica, la transgresión en ceremonia. La negación ha dejado de ser creadora.” Por esa línea camina el cineasta canadiense J. F. Martel en su polémica contra los artificios que posan como arte.

Toda obra de arte es un apocalipsis silencioso, dice Martel a la entrada de su Vindicación del arte en la era del artificio. Una novela, una sinfonía, un cuadro hacen estallar el mundo de los significados asumidos. Nacidos del asombro, provocan asombro. Revientan la inteligencia discursiva, rompen las cortinas del ego para expandir el mundo que habitamos.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de agosto.

 

 

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14, ago 2017

Gotas de lucidez

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Reclamaba Fernando Savater a sus musas el no haberle concedido el don aforístico. Disfrutaba enormemente de las breverías pero reconocía su torpeza en el manejo de esos dardos. Para escribir aforismos, decía, hace falta fervor por la concisión, un “saber empaquetar con elegancia la lucidez”. Pero era necesario algo más: el poder contentarse con una sola perspectiva. Ahí es donde naufragaba el afán aforístico de Savater: el filósofo podría abreviar pero no sabría cómo sacrificar el argumento; el profesor lograba la miniatura pero no la simplificación que oculta el ángulo opuesto. En la captura de la esencia, no en la brevedad, está la esencia del aforismo.

El aforismo no es un simple logro de la síntesis. Es una decantación de esencias. Bien decía Nicolás Gómez Dávila que hay dos maneras de escribir. Una es pausada y meticulosa, otra breve y elíptica. El sabio colombiano sabía de lo que hablaba. Sus Escolios son seguramente la mejor muestra de la inteligencia aforística en nuestro idioma. “Escribir de la primera manera es hundirse con delicia en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la contemplación de cada principio, instalarse perezosamente en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una soberana importancia, pues es este ante todo un arte del contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o Proust, así sería posible una gran meditación metafísica.


El artículo completo puede leerse en nexos de agosto.

 

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09, ago 2017

Xirau y el conacimiento

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Ramón Xirau se apropió de una línea del Cántico de Jorge Guillén:

Soy, más: estoy, respiro.

Cuatro palabras, cada una de ellas hilada a la otra con un signo. Xirau las sentía suyas: la nuez de su pensamiento. Por eso regresaba una y otra vez a ellas. Nuestro idioma nos ofrece un privilegio que no tienen todas las lenguas para apreciar la condición humana. Ser no es estar. Más que ser en el mundo, estamos en él. Serán las piedras, nosotros solo estamos. “El soy, dice Xirau, es una asfixia; el estoy es respiración.”

Xirau escribiría poesía en catalán y la filosofía en español pero tenía bien claro que las dos hermanas iban en busca de lo mismo. Poesía y filosofía eran dos formas de habitar el mundo, dos caminos hacia el asombro de lo sagrado. Su manual de historia de filosofía, más que una historia, es una invitación a filosofar. La filosofía, “encuentro con la verdad” era, para él, “una cuestión de vida.” Más que eso: “una cuestión de supervivencia más allá de la vida.” Dice bien Julio Hubard que Xirau no exponía el pensamiento de los filósofos sino que pensaba con ellos, desde ellos, quizá. “Cuando se dilata con Hegel, es un hegeliano; cuando con Platón, platónico.” El maestro no trasmite pensamiento, lo hospeda. La poesía, la más intuitiva de las hermanas, la que brota sin aviso era para Xirau la hermana mayor. La poesía iba siempre un brinco adelante porque la captación poética entreveía sin reflexión el sentido profundo de la existencia. Después vendría el reposo de la reflexión. La poesía palpa el sentido del tiempo, es decir, de la muerte. Vivir es ir muriendo, decía de la mano de Pere March, un poeta valenciano medieval:

En cuanto se nace se empieza a morir
y muriendo, se crece y creciendo, se muere de continuo,
que ni un momento se deja de hacer vía
ni para comer, ni yacer, ni dormir.

A este crecer muriendo dedicó ensayos luminosos. Nuestro tiempo no es el presente sino la presencia. Durante su estancia en el mundo, el hombre contempla, comprende, siente. Estar presente es entrar en contacto con las maravillas del mundo: nombrarlas. Fugaz es la caricia del mundo. “Tiempo continuadamente nuestro, en nuestra estancia en el mundo, la presencia es constantemente un ahora, atento al mundo, atento a los demás, atento al Otro, a los dioses, a la divinidad.” Sus poemas están llenos de música, de aire, de naranjas y de ríos, es decir, de pájaros.

Xirau es puente, dijo Octavio Paz. Una tabla para cruzar la brecha de las generaciones, de los continentes, de las lenguas, de los saberes. Poesía y filosofía eran rutas para el encuentro con el mundo, lo humano y lo sagrado. Ciudades y ríos, árboles y viajes, cuadros y música aparecen constantemente en su poesía. “Conocer es, al mismo tiempo, percibir, sentir, nacer con el mundo, con los otros, con el otro. ¿No decía Claudel—preguntaba Xirau—que el conocimiento es co-naissance?” Conocer es conacer.

Me pasa el río que pasa
y yo soy este río
si la ventana abierta
hace contagio de ojos y de aguas.

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26, jul 2017

Dalí y el ADN

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En su “Oda a Salvador Dalí”, Federico García Lorca dice del pintor de voz aceitunada:

Amas una materia definida y exacta
donde el hongo no pueda poner su campamento.

Un párrafo que no alcanzó la versión que se publicaría por primera vez en Revista de Occidente decía:

Te dan miedo las flores y el agua de los ríos
porque son fugtitivos y pasan como el aire.
Amas una materia definida y exacta
Imposible al misterio y mortal al gusano.

El cuerpo de Dalí, campamento de hongos y de gusanos desde hace casi treinta años, ha vuelto a tener contacto con el aire. Como se sabe, una orden judicial mandó la extracción de muestras genéticas. Una vidente se dice su hija y convenció a un juez de que era necesaria la exhumación. La exhumación se mantuvo lejos de lo mirones y los fotógrafos, pero se ha sabido que la momia mantenía intacto el bigote. El rescate de su ADN nos llama a recordar que una de sus fijaciones era precisamente el ADN. En la alucinante entrevista que le hizo Jacobo Zabludovsky habla insistentemente de la molécula como el mecanismo de la inmortalidad, como el hilo monárquico de la creación. “Nada hay más monárquico que una molécula de ADN,” decía.

Un libro en homenaje al científico asturiano Severo Ochoa tiene, en la portada, un grabado de Salvador Dalí. La dibujó ex profeso para el químico español que en 1959 había recibido el Nobel de Medicina precisamente por sus estudios de la síntesis biológica del ARN y del ADN. Ochoa y Dalí habían sido amigos desde los tiempos en que ambos coincidieron en la Residencia de Estudiantes en Madrid. Pero no era solo el afecto lo que llevaba al surrealista a ilustrar la portada de Reflexiones de bioquímica. Desde joven sintió una gran atracción por la ciencia. En sus fotografías más antiguas puede vérsele sosteniendo un ejemplar de alguna revista científica. Al escuchar a Einstein disertar sobre la relatividad, sus relojes empezaron a derretirse. Ya mayor, cuando se acercó a la física cuántica dijo que, más que los sueños, le importaba ahora el mundo exterior. Mi padre durante mi vida surrealista fue Freud: con él quise crear la iconografía interior. Hoy, me interesa más la física que la psicología. Mi nuevo padre es el Doctor Heisenberg.

El código genético le fascinó a Dalí desde que leyó en un ejemplar de Nature, el histórico artículo de Watson y Crick. El acido desoxirribonucleico le parecía la demostración irrefutable de la existencia de Dios. Paladeaba las sílabas de esa palabra que nombraba un diminuto archivo de mandatos existenciales. Aquella revista de abril del 53 incluía una gráfica de la doble hélice: la “Mona Lisa de la ciencia moderna.” Cuatro años después de la publicación, el rizo apareció en un cuadro de Dalí y no dejaría, desde entonces, de estar presente en su pintura y en sus espectáculos. El mandamiento de Dios, la inmortalidad estaban en esas hélices. En “La escalera de Jacob”, los ángeles ascienden al cielo en peldaños desoxiribonucléicos. La biología molecular es, para Dalí, historia bíbilica.

Cuando muera no moriré del todo, dijo Dalí. Los científicos que rascan sus huesos en busca de su ADN reconocerán que su mensaje persiste.

 

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22, jul 2017

El panfleto frente al temperamento ramical

Por escurridizo, el ensayo es inapresable. Quien pretende sujetarlo sólo acierta a fijar todo lo que no es. Un género entre negaciones: no es ciencia ni ficción. No es aforismo ni tratado. No es pura constatación de hechos ni libre fantasía. Ni dardo ni bulto. Pero, más que una literatura de ideas, más que una taza de la escritura, el ensayo es tono: una forma de escuchar la inteligencia. Por ello valdría recurrir a otro contraste para perfilar su identidad. Me refiero al panfleto, ese ademán de la vehemencia.

George Orwell sentía una extraña fascinación por los panfletos. Le atraía su impacto, le repugnaba su estilo. Eran hojas que anunciaban una profecía, que esparcían un rumor, que llamaban a la insurrección, que lloraban el fin del mundo. Los coleccionaba como quien acumula corcholatas, con la persuasión de atesorar un inventario de desechos. Llegó a acumular más de dos mil 700 documentos que hoy cuida la Biblioteca Británica. No elogiaba sus posesiones. Advertía que su tesoro era basura astrológica y política; basura totalitaria y militarista, basura paranoica y supersticiosa. Despojos que eran, a su juicio, retratos de una sociedad consagrada a la mentira siempre que fuera impetuosa; un sociedad deseosa de escapatorias y renuente a la complejidad. Veía una impostada pasión en todos los panfletos pero en muy pocos detectaba auténtica vitalidad literaria. En los panfletos fascistoides o anarquistas, en los panfletos católicos o socialdemócratas escaseaba la imaginación, la inventiva. Unos llamaban a la revolución y otros a la represión de los sediciosos; unos alababan a Dios y otros lo maldecían pero todos se arremedaban en sus exclamaciones. En los panfletos George Orwell ubicaba, tal vez, el sonsonete ideológico que siempre quiso evitar.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes..

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22, jul 2017

Warhol y el fascismo de la banalidad

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Que vivimos tiempos warholianos se ha dicho desde hace tiempo. Idólatras de la mercancía, devotos de la fama, buscamos ser el publicista perfecto para la marca que somos. Todos seremos famosos durante quince minutos, profetizó Warhol para jugar después con su pronóstico. ¿Será que dentro de quince minutos todos seremos famosos? ¿O que quince serán las personas famosas en el futuro? Nadie se atrevería a cuestionar el influjo de Warhol en la escena del arte de nuestro tiempo. Sus imágenes y sus imitadores están por todas partes. Pero no solamente se percibe su presencia en las galerías y en los museos. Warhol está en el punk y en las revistas que glorifican a los famosos, en los likes de Facebook y en los reality shows, en la autopromoción como forma de vida, en las epidemias de imágenes, personajes, escándalos. Y en la política, el warholismo reina sin adversarios.

Con la convicción de convocar a un profeta de nuestro tiempo, el Museo Jumex se ha entregado al artista de Pittsburgh. En el magnífico espacio de Chipperfield pueden contemplarse las imágenes que han formado el tapiz de nuestro paisaje. Ahí están los colores elementales, los mosaicos de repeticiones, los retablos de famosos, sus chillantes piezas decorativas, sus fallidas estampas de la tortura. Las serigrafías que juegan con los matices de rostros y de flores y que se han convertido en lugar común de nuestra cultura visual. Ahí están sus Jackies y sus Maos; sus autorretratos, sus choques y sus sillas eléctricas. Vale advertir que el visitante no se podrá sacar una selfi delante del azulejo de Marilyns o frente a la pareja de Elvis. Los Warhol son, naturalmente, marca registrada. Tal vez sea frustrante para algunos no encontrarse con las cajas de detergente en las que Arthur Danto identificó el cadáver del arte.

 

El artículo completo puede leerse en Letras libres de julio.

 

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12, jul 2017

Rilke y el despertar de la poesía

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La manada de turistas va de una ciudad a otra recorriendo los lugares que han visto mil veces en fotografías y libros. Van a la caza de las selfis. Son dirigidos por un guía que marca marcialmente el ritmo de sus pasos contándoles las anécdotas del lugar. En un museo florentino advierten una indicación: “prohibido usar flash.” Tal vez entonces, frente a un cuadro de Piero della Francesca, contraviniendo la indicación, suceda algo extraordinario, escribió Adam Zagajewski en un poema.

Y quizá entonces ocurra algo imprevisible,
Oculto en suave algodón, el corazón se conmueva
Se haga el silencio, brille un flash.

No es la cámara el origen del flashazo. El relámpago vendría del cuadro. La obra de Zagajewski, que acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias, es, como declara el título de uno de sus ensayos, una “defensa del fervor,” Una apuesta por ese flash que destella en un cuadro. Es la apuesta por un arte que puede seguir produciendo escalofríos metafísicos. De ello trata también su relectura de Rilke, el ensayo más reciente que podemos leerle en español. (Releer a Rilke, Acantilado, 2017.)

Zagajewski enfatiza el contraste entre el personaje público que fue Goethe, encarnación de lo mejor de su tiempo, un artista y científico admirado por miles y cortejado por los poderosos y Rilke, un “introvertido amante de la soledad.” Rilke no es la condensación espiritual de una época ni de un lugar. Y en eso radica precisamente su grandeza: “Lo más atractivo del estatus simbólico de Rilke apenas tiene nada que ver con las circunstancias externas de la época. A diferencia de Goethe, más que un ineludible representante de su tiempo, Rilke era un elegante sgno de interrogación en el margen de la historia.”

Rilke, el “artista puro” es retratado por Zagajewsk como un hombre sin raíces dispuesto a apropiarse de linajes ajenos. Un hombre que vivía gracias a su imaginación. Como poeta no trató de describir las cosas o las situaciones. Trató de descubrir qué decían esas cosas, qué querían decirnos. El poeta polaco no escribe, por supuesto, un estudio erudito sobre Rilke. En este breve ensayo identifica el poder que esa poesía ha tenido en su propia vida. Cuenta el momento en que recibió el flashazo. Era estudiante preparatoriano y gracias a su profesor de literatura compró un ejemplar de las Elegías de Duino. Recuerda que era un volumen delgado y elegante que empezó a leer tan pronto lo pagó en la librería. El deslumbramento fue inmediato: “y, en mitad de la calle inundada por el monótono estruendo de una perezosa tarde comunista, leí por vez primera las mágicas frases de ‘la primera elegía.’

¿Quién, si gritara yo, me escucharía
en los celestes coros? Y si un ángel
inopinadamente me ciñera
contra su corazón, la fuerza de su ser
me borraría; porque la belleza no es
sino el nacimiento de lo terrible; un algo
que nosotros podemos admirar y soportar
tan sólo en la medida en que se aviene,
desdeñoso a existir sin destruirnos.

Cuenta Zagajewski que, al leer estas líneas sobre la belleza como el nacimiento de lo terrible, “la calle desapareció de repente, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió intemporal, me topé con la eternidad y la poesía despertó.”

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28, jun 2017

Emilio Rabasa y el cuchicheo

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Emilio Rabasa ha sido el más grande constitucionalista de la historia de México. La Constitución y la dictadura es la pieza de reflexión constitucional más aguda, más profunda y más elocuente de esa pobre tradición intelectual. Hombre que sabía de historia y de leyes, al decir de Cosío Villegas, Rabasa entendió la mecánica y la simbología de la Constitución. Sin asomo de sentimentalismo, denunció esa treta de nuestra retórica legalista que consiste en alabar la ley para incumplirla. Gran conocedor de la tradición anglosajona como demostró Alonso Lujambio, describió las fallas de nuestra ingeniería política. Tomarse la ley en serio era dejar los rituales que sirven para legitimar al poder y entenderla como una técnica que lo limita.

La Constitución y la dictadura es una advertencia al nuevo régimen. No es una crítica a los gobiernos liberales que a su juicio se vieron forzados a romper con la ley para sobrevivir, sino un aviso a los revolucionarios. Bien sabía que garantizar el sufragio efectivo no era suficiente para darle estabilidad al país. Si el nuevo Estado no se construía con sólidos y prácticos fundamentos legales, seguiríamos atrapados en el círculo de la anarquía y el despotismo.

 

El artículo completo puede leerse en Letras libres de junio.

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28, jun 2017

Las hijas de Abril

Por tercera ocasión, Michel Franco regresa del Festival de Cannes con trofeos y elogios de la crítica. “Las hijas de Abril”, su película más reciente, ha recibido el premio del jurado en la sección “Una cierta mirada.” Acaba de ser estrenada en México. Es una película notable que confirma, precisamente, la constancia de su ojo. La filmografía de Franco es una persistencia por explorar el universo subcutáneo, por contemplar la complejidad que apenas emerge al gesto y que permanece casi siempre muda.

El silencio puede ser el gran hilo de las relaciones humanas. Más que parlamentos, miramientos. El duelo que agobia a los protagonistas de “Después de Lucía” es un dolor sin palabras, una experiencia común e incomunicable. El genio del director radica precisamente ahí, en la capacidad de mostrar esa intimidad hermética. El enigma de la vida no puede ser resuelto. El arte del asombro no esclarece. Los personajes de Michel Franco son tan incapaces para entender los resortes de su existencia como lo somos nosotros, al verlos en la pantalla. El enfermero que acompaña las últimas horas de los enfermos es un hombre roto. ¿Por qué? No lo sabemos. Él tampoco. ¿A dónde lo lleva su fractura? No lo podemos imaginar.

“Las hijas de Abril” es el retrato de tres mujeres. Una niña a punto de ser madre; su hermana sumergida en una densa depresión y una abuela que se resiste a envejecer. Abril, interpretada magistralmente por Emma Suárez, ha regresado a Puerto Vallarta para acompañar a su hija en el parto. La vida que aparece cimbra ese tenso equilibrio de las distancias y los silencios. No sabemos cuándo se separaron ni por qué. Escuchamos solamente a Valeria preguntarle a su madre: “¿cuánto tiempo te vas a quedar?” Quiero ayudarte, le responde Abril. En ese intercambio se abre un abismo. Es un abismo que apenas se insinúa. El frágil triángulo femenino se manifiesta y no se explica. Es un pozo impenetrable. En esa sutileza de lo que no es declarado está la riqueza del cine de Michel Franco.

La cámara en la nuca de los actores, el micrófono atento a la respiración, la mirada puesta en las rutinas. Los rotros casi siempre inexpresivos, la conversación casi siempre insustancial. Pistas de las ocultaciones que nos forman y nos destruyen, de los hábitos que nos salvan y nos pierden. Si no se escucha música en las películas de Franco es porque no hay trampa en ellas. La manipulación de los cineastas se cuela normalmente por el oído. Se oprime un botón y se provoca la lágrima en el espectador, se apachurra otro y se acelera el ritmo cardiaco de la sala. No hay artilugio en las cintas de Michel ranco. El silencio es la banda sonora de su filmografía porque su cine no pretende dirigirnos. No es un discurso que emita un juicio sobre los personajes, que condene o elogie. El director no nos impone un veredicto porque no lo emite. Hacerlo es imposible cuando se aborda el universo de las emociones. El cine de Franco es un atisbo de lo oculto. Su ojo retrata el enredo de emociones que han permanecido enterradas por años y que de pronto estallan, ese pasado que es siempre misterio, esa complejidad que no tiene raíz primaria.

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