08, May 2018

Avisos del capricho

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos expresidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los expresidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfuguismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la república. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

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02, May 2018

La mujer lila

Joy-Laville-2

Todo es brisa. No viento: brisa, soplo casi imperceptible, caricia de aire. Hay brisa en su mar y en su arena, en sus floreros, en el pelo de sus mujeres y hasta en los muros que aparecen de pronto. Soplan los colores en los cuadros de Joy Laville. Rosas, lilas, mentas, azules, lilas. Los colores contenidos dialogan con la vastedad. Juego de contemplaciones: el mar observa atentamente a la palmera, la colina se arrulla con la costa, la arena y el paseante se admiran en silencio.

Revelación de lo elemental: una mujer en la playa, las flores en su vaso, un avión suspendido en el aire. No hay ciudades ni ruido; no hay artefacto más complejo que un sillón, no hay ingeniería superior a la de un florero. Sobran los zapatos y las telas. Los paisajes de Joy Laville son declaraciones de la simpleza más entrañable: cada quien ante el mundo. No hay misterio en el mar, en la silueta de las colinas, en la copa despeinada de las palmeras. Solo hay belleza. No son paisajes de un intrincado misterio porque la artista no pinta un enigma que el espectador ha de esforzarse en resolver. Sus telas no inquieren, alegran. En el precioso apunte que Jorge Ibargüengoitia hizo de su mujer habla de la ligera melancolía de sus cuadros. Algo hay, desde luego, de ese anhelo por recuperar lo que desvaneció en el tiempo, algo hay de esa dulce añoranza que compone una mitología sosegada. En cada cuadro amanece el mundo. Mañanas limpias, oceanos niños. Todos son la inocencia antes del tiempo. Su pintura, decía Ibargüengoitia capta “el mundo interior de una artista que está en buenas relaciones con la naturaleza.” La de sus cuadros es una naturaleza sin trueno, sin espina y sin colmillo. La placidez.

Sencilla, generosa, elemental, la naturaleza en sus cuadros no es exuberante, no amenaza. Nadie tiene frío, el sol no pica, el viento no tumba a nadie.  Este no es un mundo que deba de ser domesticado pero tampoco, a decir verdad, un mundo para la veneración. Joy Laville nos invita a mirar a un hombre que mira el mar y a un avión a lo lejos. Mirar a alguien que mira. A eso nos invita: a mirar la mirada. A disolvernos en la mirada del arte. El hombre se inserta en el mundo solo con su cuerpo. Es tan majestuoso como un árbol, tan sereno como una piedra, tan sinuoso como una montaña. En un cuadro de 2001 titulado “Cinco personajes caminando en playa de árboles muertos” puede verse eso: los caminantes en la arena, apenas distinguibles de los troncos secos. El oleaje, las dunas de arena, el cielo y las nubes son la casa por la que pasean esos cinco personajes. El horizonte marca el territorio de lo íntimo. Por efecto de la escala y de la desnudez de los cuerpos se proyecta el mundo como una habitación de libertad. Por la gama de sus colores, la naturaleza es un abrazo. Todas las olas de ese mar tranquilo, toda la espuma que se despierta, la sábana extendida de la playa son el paraíso, el hogar imperturbable.

Todas las mujeres de Joy Laville parecen la misma. ¿Es ella? Es ella y todas las mujeres del mundo. No hay, en realidad, facciones claras o señas únicas en sus figuras porque no hay ahí asomo de retrato. Será que el retratista excluye a la humanidad para pintar solamente a un individuo. Lo que le importa a Laville es otra cosa: la silueta común que nos hermana. En esas ventanas de armonía que pintó cada mañana de su vida adulta, todos somos esa mujer, esa palmera, ese avión y ese mar. Seres contemplativos bebiendo apaciblemente la luz del mundo.

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01, May 2018

Aceptabilidad de la derrota

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de “reflexión.” Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los “expertos” es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar—¿a todo costa?—un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta—así sea la más aberrante—con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

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18, Abr 2018

La utilidad de lo inútil

En uno de sus ensayos, Montaigne sostiene que el sentido de la caza no es la presa sino su persecución. “El mundo es solo una escuela de indagación. La cuestión no es quién llegará a la meta, sino quien efectuará las más bellas carreras.” La metáfora de la cacería le servía al ensayista para reflexionar sobre el conocimiento que siempre se nos escapa. Buscamos el conocimiento aún sabiendo que no lo encontraremos jamás. Montaigne quizá anticipaba también esa tiranía de la utilidad que niega valor a lo más preciado: el paseo.

El escepticismo de Montaigne es buena vacuna contra la idolatría de lo práctico. El inventor de herramientas no puede volverse esclavo de su invento. Nuccio Ordine publicó un ensayo breve hace unos años precisamente contra ese fanatismo de nuestra era. Lo publicó El acantilado hace un par de años y lleva por título La utilidad de lo inútil. Es más útil, por supuesto, un desarmador que una sinfornía, una taza es más servible que un poema, un taladro nos ahorra tiempo, mientras que un ensayo filosófico puede causarnos una ansiedad interminable. La prédica del momento decreta que un saber sin beneficio es inútil si no es que francamente pernicioso. Lo inútil es un lujo o tal vez una distracción que no tiene cabida en estos tiempos veloces.

Ordine defiende lo inútil del sermón de la rentabilidad. “Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero cxanto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de produciur una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espírtiu nos haya ya agotado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.”

El manifiesto de Ordine es, en realidad, una libreta de citas con comentarios al margen. Los enlaza la convicción común de que existen saberes que son fines en sí mismos y que es precisamente su carácter gratuito, su naturaleza desinteresada la que sirve de contraste indispensable en este tiempo dominado por el impulso comercial y el afán práctico. Nikolaus Harnoncourt defendía el derecho al arte. Todos debemos tener acceso a la pintura, a la poesía, a la música. Negarle a un niño ese derecho sería mutilarlo espiritualmente. Alguna utilidad tendrá lo inservible en tanto expande la vitalidad humana. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba el director, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?” La música no fue solamente pasatiempo para el físico: era uno de los recursos de su pensamiento. Cuando la lógica se atrancaba, tocaba el violín y encontraba una salida. Einstein sabía entrar en la otra lógica del mundo.

No hay nada más útil que las artes, decía Ovidio … porque no tienen ninguna utilidad.

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16, Abr 2018

El abono

Las instituciones conspiran contra sí mismas. Desde hace años las instituciones que sostienen y encauzan el conflicto se desnaturalizan; los órganos arbitrales se entregan a alguno de los bandos; las autoridades que han de serenar el dramatismo del pleito con sereno apego a las reglas imponen su capricho. Trazar con reglas los límites del conflicto. Sellarlo con arbitrajes honorables. Ese es el empaque, tal vez la ilusión, del liberalismo democrático. El problema llega hasta la bóveda. En las instituciones cúpula, aquellas que pronuncian la voz inapelable del Estado habría que esperar la más firme racionalidad.  Detrás de su palabra no hay nada.

El Tribunal Electoral ha convertido a un forajido en candidato presidencial. El gobernador con licencia empleó los recursos de su estado para engañar al Instituto Nacional Electoral. Reforma hacía hace unos días el recuento de sus trampas. Vale recordarlas. El 58% de las firmas que presentó el “Bronco” fueron apócrifas. Presentó 810,995 firmas de ciudadanos que no existen en la lista nominal. 158,532 firmas fueron simulaciones. Contraviniendo los lineamientos del INE, presentó 205,721 fotocopias de credenciales. El órgano electoral también detectó $17.3 millones de pesos de financiamiento sospechoso y más de un millón y medio de gastos no reportados. Se trata, evidentemente, de una estrategia diseñada para burlarse del Estado.

Vale hacer distinciones: la conducta del Instituto Nacional Electoral ha sido, en todo este proceso, ejemplar. Es falso que no haya permitido defensa a los aspirantes; es falso también que se les haya engañado admitiendo provisionalmente los apoyos que registraban cotidianamente. Precisamente porque se les permitió derecho de audiencia, el “Bronco” pudo recuperar firmas que se habían rechazado. La sentencia que impone la candidatura de este personaje es, por ello, una de las resoluciones judiciales más aberrantes de las últimas décadas. Lo es, sobre todo, cuando se leen los argumentos de los cuatro magistrados que decidieron contravenir la ley para llevarlo a la boleta electoral. La banda de los cuatro jueces que integran mayoría en el tribunal reconoce que el gobernador con licencia no tuvo los apoyos de ley para alcanzar la candidatura y, sin embargo, le imponen al INE el deber de registrarlo como candidato a la presidencia. La sentencia del tribunal es más preocupante aún porque no es, siquiera consistente. A Armando Ríos Piter lo trata con una vara distinta, concediéndole un tiempo adicional para limpiar su muy sucio expediente.

José Woldenberg, quien bien entiende de estos temas sin caer jamás en estridencias, describe la resolución de los cuatro como una “vergüenza”. Lo es y constituye además un signo verdaderamente ominoso para el proceso electoral. Si la última voz en el supremo tribunal electoral recae en estos cuatro jueces no hay razones para tener confianza. No tenemos una institución técnicamente solvente, no contamos con un verdadero jurado imparcial que aporte tranquilidad institucional a la contienda.

La escandalosa imposición del tramposo es parte de un gravísimo proceso de corrupción institucional. Las instituciones de la democracia han terminado por convertirse en órganos de facción y de capricho. Durante años hemos abonado la tierra para el brote del populismo. Si su discurso antiliberal tiene sentido hoy es porque el relato que expone es una descripción elocuente de la deformación oligárquica. Si la economía marchara bien, si ofreciera futuro, si repartiera razonablemente cargas y beneficios, no habría caudillo que encendiera la mecha del cambio radical. Si en el mundo político se activaran eficazmente los controles, si las plataformas tradicionales ventilaran proyectos alternativos, si las instituciones de la imparcialidad fueran efectivamente plataformas de la neutralidad no prendería la mecha de la refundación.

Para defender la democracia liberal deberíamos empezar por la denuncia de su extravío. Bajo los rituales de la competencia se configuró una coalición oligárquica, un régimen político al servicio de unos cuantos. Las instituciones diseñadas para la neutralidad terminaron siendo secuestradas para sujetar las riendas del poder. El problema no nace con el populista que denuncia sino en la democracia que se desfigura.

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09, Abr 2018

No te calles, chachalaca

Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su “perrada”, lánzate de nuevo contra sus huestes de “léperos.” Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, “sacarlo a patadas de Los Pinos”. Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

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04, Abr 2018

La costumbre del poder

En buen momento ha puesto en circulación Siglo XXI las novelas políticas de Luis Spota. Seis novelas que retratan “la costumbre del poder.” Retrato hablado (1975), Palabras mayores (1975), Sobre la marcha (1976), El primer día (1977), El rostro del sueño (1979), La víspera del trueno (1980). La grilla cortesana, el destape, la campaña, la asunción del poder, la soledad del gobernante retratados en en esta serie que es ficción y no lo es. La saga ameritaría, sin duda, una versión televisiva. En las novelas de Spota tenemos la versión mexicana de House of Cards.

Condenado por su cercanía al poder y, sobre todo, por su éxito, Spota fue un autor despreciado por el mundo intelectual mexicano. “El señor Spota no existe,” dijo Emmanuel Carballo. Es un invento, “el momento más sublime de la cursilería de la clase media.” Soledad Loaeza juzgó con severidad las novelas de Spota. La politóloga las leía como caricaturas repletas de lugares comunes. Simplificaciones que presentaban un cuadro falso de la política. Con un sesgo ideológico evidente, se presentaba la política como un mundo irremediablemente perverso, sucio, corrupto. La mirada del novelista sentía una clara atracción por el poder militar y tendía excusar las corruptelas del empresariado. Los relatos de Spota se desentendían de las restricciones institucionales que existían incluso en un régimen autoritario como el priista. Por eso contribuía a la leyenda de la presidencia como una oficina mágica. Sus obras, concluía Soledad Loaeza, son un “sustituto de explicación.”

Más que un sustituto de explicación de aquel mundo político, pueden leerse estas novelas como una representación paralela. Cierto: quien busque sociología compleja, sutileza psicológica, una guía al laberinto de las instituciones, saldrá decepcionado. Pero, como apunta Adolfo Castañón Leonardo Curzio, hay astucia y eficacia en la prosa de Spota. Velocidad narrativa. “Sí, recurre con obstinación al tópico y a las generalizaciones, pero eso no condena su obra a la trivialidad. Tiene miga, una muy precisa visión del fenómeno del poder; entiende bien las bajezas —más frecuentes que las grandezas (que también las hay)— del ejercicio del poder.”

Si en fechas recientes el presidente mexicano invocó la liturgia de su partido, es seguramente porque aquellos oficios que registró Spota perduran en la imaginación de la clase política. Es mucho, por supuesto, lo que ha cambiado en el país desde que se fueron publicando, por entregas, aquellas novelas. Otras las vías de acceso al poder, otra la naturaleza de la crítica y las oposiciones, muy distinta la configuración del mando. Pero algo puede encontrarse en las novelas de Spota que parece tan descripción de nuestro mundo como del suyo… El poder como una cueva de secretos y deslealtades, de jerarquías, servilismo y traición.

Dejo como muestra un párrafo de los dilemas de un candidato en campaña frente al presidente en funciones. El candidato se percata de que el presidente es un fardo para su campaña pero no se atreve a romper con él. “¿Por tradición debo silenciar los atropellos que se cometen contra el pueblo; por tradición, ¿debo aparecer como secuaz de caciques, despojadores y asesinos?; por tradición, ¿he de aplaudir la voracidad de los ricos, las sinvergüenzadas de los líderes y las incompetencias de los burócratas?; por tradición, ¿estoy obligado a cerrar los ojos y a taparme las orejas para no ver ni oír que la justicia sólo sirve al que puede comprarla? ¿Se me exige que por tradición me convierta en cómplice o encubridor de los culpables de todo aquello a lo que me opongo?

Su asesor le contesta de inmediato: “No indefinidamente, doctor Ávila: disciplinarte hasta que seas tú el Señor del Poder. Entonces, rebélate contra lo que desees, cambia lo que gustes, castiga al que lo merezca.”

Si no es explicación es descripción.

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03, Abr 2018

En busca del ronquido

La escritura es un estorbo para el orador, decía, con cierta tristeza, Alexis de Tocqueville. Lo había descubierto al tomar la tribuna como diputado y darse cuenta que no provocaba efecto alguno en la asamblea. No es que le faltaran aplausos. Sus colegas lo elogiaban: reconocían que en sus discursos había miga: ideas, buen juicio, atrevimiento, lucidez de visionario. La más aguda inteligencia política discurriendo sobre las convulsiones del día: ¡Dormimos sobre un volcán!, advertía. Pero los aplausos que le tributaban eran fríos. Sus palabras no eran resorte para las piernas. Tocqueville se daba cuenta: su voz era emocionalmente impotente. Por eso registró en sus cuadernos que nada hay tan distinto a un buen discurso que un buen capítulo. Escritura y oratoria: profesiones enemigas.

Nadie en estas tierras ha visto tan claro ese abismo de expresiones como Julio Torri quien dedicó precisamente un ensayito a comparar al artista con el orador. Torri era un cultivador de pizcas, un admirador de la página no escrita, un amante del ingenio estéril. “Soy el más estéril de tus amigos”, le confiesa —o más bien, le presume— a Alfonso Reyes en una carta. Llamaba a los escritores a librarse de la presión de los marchantes y acariciar esa obra que se proyecta y no se ejecuta, deleitarse con los libros que “nacieron en una noche de insomnio y murieron al día siguiente con el primer albor”. A los hombres callados les recomendaba escribir un prólogo bajo la condición de que no escriban el libro. De ese cariño por la brevedad se nutren sus ensayos cortos. “El ensayo corto ahuyenta de nosotros la tentación de agotar el tema, de decirlo desatentadamente todo de una vez”. Idea ligera: evocación: “Mientras menos acentuada sea la pauta que se impone a la corriente loca de nuestros pensamientos, más rica y de más vivos colores será la visión que urdan nuestras facultades imaginativas”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes

 

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02, Abr 2018

Anaya y su iFax

Parecía una broma para desprestigiar al Frente. Parecía absurdo el rumor de que Ricardo Anaya iniciaría su campaña por la presidencia de México desde Santa Fe, uno de los mejores símbolos de la contrahechura de nuestra “modernidad”. Santa Fe: una ciudad que desprecia a la ciudad, una pequeña república cuyo único ciudadano es el automóvil. Una urbanización que es un exilio de México. Un pueblo tan avanzado que decidió prescindir de las banquetas y que consideró irrelevante el transporte público. Veo en Santa Fe al símbolo de todo lo que no debe ser México pero, al parecer, para Ricardo Anaya es emblema de lo moderno porque desde ahí lanzó formalmente su campaña. Quiso enfatizar futuro y pensó en Santa Fe… Lo hizo con algo que presumió, no como un acto político, sino como un hackatón. La palabrita al parecer nombra a un festival de programadores, diseñadores y técnicos en el mundo informático que colaboran intensamente durante unos días para desarrollar software. Un encierro de ingenieros que se apresta a darle solución a los problemas del mundo.

No es absurdo que el candidato del Frente apueste por el contraste con el candidato puntero y que lo haga para enfatizar juventud, frescura, innovación. Pero está muy lejos de enlazar la promesa tecnológica con la circunstancia mexicana. ¿A quién le habla el candidato del Frente? A decir verdad, no parece muy atractivo que se nos invite a ser mirones de un hackatón. Por supuesto, se nos dirá que la convocatoria se abre a todos, que todos tenemos algo que aportar pero es evidente el sesgo elitista que hay en la pretendida vanguardia tecnológica. La modernidad que abraza el más joven de los candidatos vendrá de la mano de los expertos. Como estrategia de campaña es desastrosa por antipática pero como idea de futuro es insustancial, si no es que aberrante. La promesa es simplemente frívola: a gobernar con apps, parece invitarnos el candidato de ese menjurje de izquierdas y derechas. Se trata, por supuesto, de meter a la cárcel al presidente y a su gabinete pero, sobre todo, de diseñar el software que acabará con la corrupción, la app que nos dará seguridad y de encontrar el algoritmo de la prosperidad.

El evangelio tecnológico de Anaya carece de raíz cívica. Los mensajes de Anaya no tocan ninguna fibra, no mueven ninguna emoción porque no conectan con el país. Su teatro quiere ser un espectáculo fresco de charlas inspiradoras y vanguardistas pero es show para muy pocos. El genio retórico de un político está en la capacidad de enlazar experiencias, mundos, lenguajes inconexos. Comunicarse con muchos auditorios y a cada uno decirle algo que importe. Anaya carece de ese talento porque habla de los suyos y para los suyos. Es un orador elocuente y ordenado, con notable fluidez de palabra pero sin esa sensibilidad que se requiere para trasmitir una idea de futuro común. Su show puede funcionar en un auditorio empresarial o en algún foro universitario. Fuera de ahí no dice nada.

Anaya, un hombre con dotes innegables para la política de la intriga, no tiene experiencia de gobierno y carece de una visión propiamente nacional. Quien conspira con la pericia con la que lo ha hecho Anaya se encierra en los laberintos de la pequeña política y confunde su corte con el universo mismo. No es extraño que, habituado al hormiguero, sea incapaz de ocupar la plaza pública. Que los promotores de la desastrosa presidencia de Vicente Fox sean ahora sus colaboradores principales nos habla del absurdo de considerarlo una apuesta imaginativa. ¿Alguien cree que Santiago Creel merece una segunda oportunidad después de lo que hizo en la Secretaría de Gobernación de la primera administración panista? ¿Alguien confía en que Miguel Ángel Mancera puede refrescar la política mexicana después de su gestión en la capital? ¿Podemos imaginar a los burócratas que hundieron al PRD como arquitectos de un nuevo régimen político?

El modelo que sigue Ricardo Anaya no es el del estadista que transforma reglas e instituciones y que logra, desde ahí, cambiar la realidad, sino el del empresario de fama y éxito que reinventa juguetes. Así quisiera ser visto: como el Steve Jobs de la política mexicana. Un detalle lo distingue del visionario de la tecnología: Anaya no vende ningún producto atractivo y la política que nos ofrece no puede promoverse como innovación. Si acaso, Anaya nos ofrece un ifax: un nombre nuevo y pretencioso para un producto viejo e inservible. Eso sí: con buena envoltura.

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21, Mar 2018

El cerebro en el frasco

Nada me resulta tan frustrante, tan humillante como mi incapacidad para comprender el reino luminoso de la “belleza-verdad.,” escribía George Steiner en su Gramáticas de la creación. Se refería a una ceguera que le impedía advertir la elegancia de las fórmulas, el ritmo de las deducciones matemáticas, la cualidad estética de los teoremas. ¿Qué habrá querido decir Leibniz cuando dijo que, cuando Dios se cantaba a sí mismo, cantaba álgebra? Cantar álgebra. La idea es preciosa pero… ¿qué puede significar para quien es incapaz de escuchar esa melodía?

Los sordos a esas músicas nunca podremos hacer justicia al genio matemático. Apenas deleitarnos, quizá, con sus metáforas y con la traducción novelesca de sus ecuaciones. Stephen Hawking no fue solamente un científico extraordinario. Fue también un narrador notable. Su cosmología se sustentaba, por supuesto, en complejísimas operaciones matemáticas que solo un puñado de especialistas es capaz de recorrer. Pero entendía la función pública de la ciencia, la necesidad de comunicar los descubrimiento, de contagiar la curiosidad científica, de defender la ética del razonamiento riguroso. No puedo imaginar ambición científica más alta: comprender integralmente el universo. ¿Qué es? ¿De dónde surgió? ¿Qué reglas lo gobiernan? Su Breve historia del tiempo no es menos que un Libro del Génesis. Y en el principio, fue una singularidad. Entonces, comenzó el tiempo.

Hace años leí su Génesis, como tantísimos otros: pasando páginas, esforzándome por comprender, captando dos o tres imágenes, dándome cuenta que casi todo, que lo verdaderamente importante se resbalaba de mi cabeza. Lo que permanecía era la maravilla de lo inabarcable y la potencia de la razón. En las páginas de Hawking, el universo podía ser descomunal pero, al mismo tiempo parecía comprensible. Las trenzas del tiempo y el espacio eran ininteligibles para mí pero había una inteligencia dedicada a desentrañar sus misterios. Como ha dicho recientemente Brian Cox, un físico al que creo entender un poco mejor, la empresa intelectual de Hawking es una mezcla de asombro y posibilidad. Una vía para admirar el mundo y descifrarlo.

De Hawking, el explorador de inobservables maravillas, conmueve también su historia personal. Un hombre llamado a una muerte temprana que sobrevive medio siglo a su condena. Un científico atado a una silla de ruedas que tiene que comunicarse con pestañeos. Es ese personaje, seguramente, el que brincó los muros de la academia para convertirse en ídolo de la cultura popular. Visitante frecuente de los Simpsons y otros programas de comedia; intelectual que participó en un múltipes debates públicos, presencia frecuente en el cine y la televisión. En algún programa se le pintó como una mente suspendida en un frasco. Un humano comprimido en sus neuronas. Ese es el símbolo que encarnó: una inteligencia paradójicamente liberada de las cargas musculares, un cerebro recluido en sus cálculos, una razón sin carne.

En la estampa popular se pinta el heroísmo del científico. Pero tal vez, la voz robótica con la que lo conocimos sea lo contrario de esa genialidad en el vacío. La antropóloga Hélène Mialet vio en Hawking a un ser humano que habita en varios cuerpos y en muchas máquinas. Si a alguien le estaba prohibida la soledad era a él. La suya fue una razón incorporada en aparatos y asistentes, una inteligencia nutrida por instrumentos y ayudantes. Para entender su proceso intelectual era indispensable verlo, no como un individuo, sino como una red que desbordaba los linderos de su cuerpo. Hawking era, en realidad, una tribu, dice Mailet. Un cerebro en un frasco que vive y que piensa gracias a una compleja red humana y tecnológica. La discapacidad del científico simplemente subraya la condición de nuestro tiempo: ¿seremos ya seres incapaces de pensar sin artefactos? ¿se habrán convertido los juguetes a los que entregamos nuestro tiempo en órganos no celulares de nuestra vida?

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19, Mar 2018

La libertad del diablo

No podemos verles el rostro. Todos los personajes que aparecen en la cinta tienen cubierta la cabeza con una malla tosca por la que apenas se asoman los ojos, la nariz y la boca. Sus testimonios—revulsivos y conmovedores—forman uno de los más terribles retratos del México de la barbarie. Son sicarios y víctimas en un coro de pánico y culpa, de odios y compasión. Un mosaico del desamparo. Los recuerdos son pesadillas, las heridas incurables. Las máscaras que resguardan la identidad de los personajes son iguales para todos. Torturadores y madres de desaparecidos, niñas y militares, asesinos y torturados, verdugos y huérfanos cubiertos por la misma máscara. Un perverso equilibrio alterna los testimonios del horror. El uniforme del pasamontañas proyecta un mensaje escalofriante: en el país sin ley todos estamos atrapados en la misma red. Todos somos nadie. La mujer que acude a la policía para denunciar el robo de sus hijos no es escuchada por nadie. Un niño es convertido en instrumento de muerte. Si encuentra de pronto sentido a su vida es porque se descubre capaz de negarla a otros. Un militar teme ser usado como carne cañón por su superior y decide brincar a la otra orilla. El sicario advierte que su trabajo es no sentir.

Hablo de La libertad del diablo, el documental de Everardo González que se estrenó recientemente en los cines comerciales. La cinta en la que también participó Diego Enrique Osorno como guionista expone la profundidad de nuestra deshumanización. Hemos arrancado la raíz de la empatía, hemos decidido ignorar el dolor de los otros, hemos cerrado los ojos a la barbarie que nos circunda. Nos hemos empeñado en cambiar de conversación. En una de las primeras escenas de la película, uno de los personajes recuerda el horror de un espectáculo infernal. “Veo gente enloquecida, chispas de locura, de barbarie total… no puedo pensar en esas personas como mis iguales, en esas condiciones, en esos momentos; no puedo sentir una hermandad con ellos. Y sin embargo, seguimos siendo de la misma especie.” La pantalla permanece oscura. Al clarear, en el desierto, un cuerpo abandonado con las manos atadas y una bolsa sobre la cabeza.

Las máscaras que se usan en la película se parecen a las protecciones que usan los quemados. Aquí son usadas también para proteger a los entrevistados. Preservada su identidad, pueden hablar con libertad, sin temer represalias. Puede decirse que en la narración encubierta hay una dimensión terapéutica: desde un resguardo seguro, entrar en contacto con los recuerdos más terribles con la esperanza de liberarse de esa emoción que atrapa. Alguno de ellos se atreve por primera vez a narrar el infierno que sufrió siendo torturado. A nadie había podido contárselo. Solo ahora, sin cara, pudo permitirse el recuerdo. La máscaras también tienen una dimensión teatral. Sirven, sin duda, de lupa. Los ojos lo son todo. Ahí está la tristeza, el rencor, la depravación. Hay miradas que se clavan en la cámara y otras que no resisten su atención. Hay ojos que miran al entrevistador y huyen, otros que no sueltan el hilo. Permeables, las máscaras ocultan los gestos pero registran el paso de las lágrimas.

No todos los enmascarados hablan. Hay una mujer tendida en la cama que no dice nada. Un par de militares trepados en un jeep, un joven que se asoma por un balcón. No hablan y su silencio subraya el drama de la película. En el México de la barbarie no parece haber más que una alternativa: sufrir violencia o ejercerla. Esa mujer que vemos por unos instantes con el rostro cubierto, ¿es cómplice o víctima? ¿Qué destino le depara a ese niño con el rostro oculto? ¿Crecerá para convertirse en un secuestrador? ¿Sufrirá un secuestro? Llama la atención que, en La libertad del diablo, víctimas y victimarios compartan envoltura y que ocupen, en la cinta, el mismo espacio. Podría alguien cuestionar la decisión de equipararlos, de sugerir una simetría entre el sufrimiento y la bestialidad. Sin embargo, es precisamente ahí donde reside el atrevimiento de la tesis: en el México sin ley, todos estamos atrapados en una telaraña de crueldad. Arañas o moscas. Nuestra barbarie es una hermandad en la desolación.

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12, Mar 2018

De escaleras y barrotes

La escalera atrapa. Un político es preso de sus peldaños. El instrumento que utiliza para trepar determina, más que el punto de su ascenso, la naturaleza de su mando. El ambicioso se envanece, por supuesto, con la fantasía de la libertad. Está convencido de que la escalera es solamente un instrumento. Al llegar a la cima podrá tirarla. ¿Qué importa cómo se asciende si al final del día se llega a la cima? El político se convence de que, una vez que llegue al poder, decidirá con libertad, con anchísima autonomía. Si hoy se ve forzado a pactar es porque es necesario para subir pero está seguro de que, una vez en la cúspide, hará lo que quiera. Lo correcto, naturalmente. No se da cuenta de que la ruta lo atrapa. Que la vía de ascenso configura los retos, las ventajas, las cargas del poder. Dime cómo subes y te diré cómo resbalarás. No es casualidad que la primera pregunta que planteó Maquiavelo para pensar el poder haya sido precisamente esa: ¿cómo se adquiere el principado? ¿Lo has heredado o quieres conquistarlo? ¿Te llega por casualidad o te has dedicado a ganarlo? ¿Has hecho pacto con los poderosos para hacerte del reino o te has aliado a los débiles? El florentino sabía que la forma de llegar al poder sellaba su ejercicio. Heredar el reino no era lo mismo que arrebatarlo; seguir las reglas para ascender no era lo mismo que romperlas. En la batalla que se elige para conquistar el poder se esculpe el poder que podrá ejercerse. Y ahí mismo se trazarán sus limitaciones.

Quiero decir que el camino al poder no es inocente. Que los medios someten a los fines. ¿Podría hablarse en estos días de una maldición del poder? Sí: el modo de tu ascenso será tu perdición. Aquello que te enorgullece hoy te arruinará mañana. Si un político está dispuesto a aliarse con la escoria, se someterá, tarde o temprano a ella. Si destroza las reglas, tendrá que enfrentar la consecuencia de su temeridad. Si las acata disciplinadamente, quedará atrapado en la red. Si ha destruido a un partido, que no cuente con él… Nadie tiene derecho a invocar inocencia: eres lo que haces; cargas lo que has hecho.

El Frente por México (así creo que se llama esta semana) es uno de los acontecimientos de la temporada. Una verdadera sorpresa o, si se quiere, una hazaña. Nunca creí que esa izquierda y esa derecha pudieran reconciliarse para formar una opción electoral. Fueron nuestros extremos: los herederos de Gómez Morin y de Lázaro Cárdenas. El PAN, el PRD y otro partido que acostumbra cambiar de nombre postulando a un mismo candidato con la noble intención de salvarnos del PRI y de López Obrador. A decir verdad, no es claro qué quieren. Nadie sabe lo que proponen porque no van más allá de la vacuidad del “cambio de régimen” pero es claro cuáles son los polos de su enemistad. La candidatura de esa alianza se habrá moldeado en incontables cenas, cafecitos, conversaciones, comidas, juatsaps, brindis, desayunos, conferencias. Por supuesto, para definir la candidatura no eran necesarios los votos, ni las asambleas, ni las convenciones, ni las encuestas, ni los debates. Tres votos bastaban. ¿Para qué entorpecer con democracia la epopeya de un cambio de régimen?

Si hablamos hoy de amenazas a la democracia, podríamos empezar por la amenaza que representa el “Frente”. Aniquilar al PAN, como lo hizo Ricardo Anaya es abrirle el paso al caudillismo que viene. Nada nos hace tan vulnerables al autoritarismo como la desaparición de ese partido. Si algo podía cuidarnos del populismo autoritario era la presencia de una formación política con ideas y reglas. Anaya destruyó a Acción Nacional para hacerse de la candidatura presidencial. Por eso no puede contar hoy con un partido al que ha liquidado. Hábil como fue para negociar con sus adversarios, no fue capaz de aceptar la disidencia dentro de su partido, no supo dialogar con la crítica interna, no toleró la discrepancia en su partido. Arrinconó a los críticos, los condujo al precipicio y los invitó al salto. Nadie puede sorprenderse: si algo obstaculiza el crecimiento del Frente es precisamente el éxito de Anaya en su partido. Su victoria, es decir, su imposición, obstruye el crecimiento de la alianza. Sus enemigos más temibles eran, hace unos meses, aliados. La escalera de su ambición ya lo castiga. Los escalones que usó son sus barrotes.

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07, Mar 2018

El hilo fantasma

En esta temporada de cine, me interesa detenerme en una película que no es de iguanas enamoradas, ni de bombardeos alemanes, ni de grandes estadistas, ni de la empeñosa búsqueda de un criminal. Me detengo en una película cuya escena más emocionante gira alrededor de la furia que le provoca a un hombre el mordisqueo de un pan. La sacrosanta ceremonia del desayuno violentada por el insolente ruido de un cuchillo untando mantequilla a la tostada. La rabia que apenas contiene el protagonista ante el insoportable crujido del pan entre los dientes. La trepidante escena es clave para comprender el sentido de la cinta. Los ritos diarios empiezan con el primer alimento: si el desayuno no es perfecto, es imposible recuperar el día, dice la mujer dedicada a preservar los rituales del creador.

El hilo fantasma, la nueva película de P. T. Anderson muestra la vida de un obsesivo diseñador inglés que suele coser mensajes invisibles en sus prendas. Palabras ocultas en el doblez de una blusa o en el encaje de un vestido. Letras cosidas para no ser leídas pero destinadas al encantamiento. Mensajes para que la tela no sea cubrimiento sino injerto. La casa que habita el maestro del hilo y la aguja también está encantada. Con frecuencia recibe la visita de un fantasma y puede sentirse ahí la sombra de la Rebeca de Hitchcock. “Hay un aire de muerte silenciosa en esta casa” dice el protagonista en algún momento.

La cámara apenas sale de las paredes de la mansión porque la atmósfera que captura es monástica. El templo es un refugio contra la vulgaridad que acecha. Un monasterio de sedas, agujas, listones, telas, tijeras, costureras y modelos. Uno de los pocos estallidos de emoción brota en el momento en que el diseñador escucha la palabra “chic.” ¿qué diablos quiere decir esa palabra de la falsedad y la pretensión?, grita furioso. Reynolds Woodcock, el protagonista de la cinta, es el oficiante de un rito que no admite ninguna relajación. La pantalla rinde homenaje al detalle, a la cadencia, a la imaginación del hombre creativo, a sus silencios y a sus pausas. Sin ostentación acaricia la telas, los trazos, las siluetas de sus creaciones. Daniel Day-Lewis da vida a un exquisito obsesionado con su arte y sus rutinas; un hombre distante, frío y, al mismo tiempo encantador: un artista honesto y frágil. La sutileza, el esmero, la profundidad que hay en la la actuación es una cátedra perfecta. ¿Será posible que ésta sea su última película? La mera posibilidad de que el actor se haya retirado por siempre agrega una capa de melancolía a su actuación en esta cinta.

La historia de los secretos y las manías cuenta también la más improbable historia de amor. Un amor que no sigue las reglas habituales de la atracción y del deseo. ¿Por qué no te has casado?, le preguntan a ese siervo del estilo. Hago vestidos, responde automáticamente. Casarse con una mujer sería, para él, más que una mentira, un acto de deslealtad. Y sin embargo, es amor lo que surge entre él y el maniquí que habla (y que hace ruido en el desayuno). No espere el espectador una caída en el lugar común. Esta es una película de P. T. Anderson. El amor que brota en la película es absurdo como todos, es único como el resto. Incomprensible, es también breve, trubulento y entrañable.

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05, Mar 2018

Sus instituciones

En uno de los momentos más tensos de nuestra guerra civil fría, el candidato del PRD desconoció la resolución del tribunal electoral que confirmaba su derrota. Era el primer día de septiembre del 2006. Rechazando aquel fallo, Andrés Manuel López Obrador convocaba a la resistencia y gritaba: “Que se vayan al diablo con sus instituciones.” Subrayo el adjetivo posesivo. Lo que mandaba al infierno eran las instituciones de los otros. Sus instituciones. Las tres letras importan porque reflejan la convicción de López Obrador de que las instituciones democráticas no son, en realidad, un patrimonio compartido sino una herramienta que controla una minoría para su propio beneficio.

Esa denuncia de la ajenidad es el centro de su crítica política. Carecemos de instituciones comunes. Las que se presentan como instituciones públicas son, en realidad, instituciones secuestradas. No merecen confianza porque actúan para proteger a sus ocupantes y solamente a ellos. Lo que el discurso de López Obrador pone en duda es el ámbito de la neutralidad que es, ni más ni menos, el sustento del orden liberal. Para la existencia de una democracia liberal que merezca ese título es indispensable contar con instancias de la imparcialidad: reglas que permitan el juego de las alternativas, procedimientos que garanticen la vigencia de los derechos, árbitros que no lleven puesta la camiseta de uno de los equipos. ¿Es injusta, infundada, absurda la denuncia de nuestras instituciones torcidas? No lo es. Nadie a estas alturas puede desconocer el mérito de esa crítica de López Obrador al funcionamiento de la democracia mexicana. No hemos construido plataformas de la neutralidad; no hemos cuidado las que algún día tuvimos.

Es absurdo desconocer el valor de la crítica populista a las democracias liberales realmente existentes. Las parcialidades son evidentes en muchos de los ámbitos en que debería reinar la neutralidad. Es fundada y casi diría irrebatible esa denuncia: las principales instituciones políticas no han funcionado como instituciones comunes sino como armas de unos contra otros. Órganos que deberían estar por encima del juego de los partidos se someten a ellos. Entidades regulatorias son secuestradas por las empresas reguladas. Fiscalías que deberían separarse del gobierno le hacen el trabajo sucio. Órganos que deberían reclutar a técnicos intachables se tiznan con la política de las camarillas.

Estoy convencido de que la receta que propone el populismo para remediar esta perversión terminaría agravando la enfermedad pero no dudo en reconocer el valor del diagnóstico. Nuestro régimen político es tan débil como sus neutralidades. Pocas instituciones han ganado el calificativo de estatales. Instrumentos del gobierno en turno; agencias de los grupos de interés, bocados del corporativismo, obsequios a los privilegiados para el cuidado de sus ventajas. La captura de las instituciones ha corrompido, desde la raíz, el pluralismo. Por eso, lejos de abandonar el ideal de la imparcialidad bajo el espejismo de lo auténticamente popular, habría que insistir en la necesidad de tonificar las instituciones del equilibrio.

La intervención de la Procuraduría en la contienda electoral confirma que estamos ante instituciones de ellos. No puede ser una institución común la que entierra pruebas y olvida acusaciones contra los aliados del presidente mientras se lanza a una campaña para desprestigiar a sus opositores. No es la primera vez que el gobierno putinesco de Peña Nieto usa a los órganos del Estado para intimidar a sus contrarios.

Cuando Mario Vargas Llosa advierte que una victoria de Andrés Manuel López Obrador significaría un retroceso democrático imagina una playa hermosísima a punto de ser invadida por los bárbaros. El novelista cierra los ojos al retroceso que han provocado los gobiernos de la alternancia. Han sido los gobiernos de Fox, de Calderón y de Peña Nieto los que han pervertido las instituciones democráticas poniéndolas al servicio de sus intereses. Si la crítica populista tiene fundamento es precisamente por ellos. Cuando era tiempo de cimentar las imparcialidades se empeñaron en revivir el corporativismo, en pervertir los órganos regulatorios, en negociar el cumplimiento de la ley, en debilitar a los árbitros y en emplear la ley para combatir a sus enemigos.

La profundidad de nuestra crisis exige decir lo elemental: las instituciones del Estado, si quieren serlo, han de ser de todos.

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02, Mar 2018

La simpatía del misántropo

Lo vaticinó él mismo: iría muriendo de arriba abajo. Primero la cabeza, después el resto. Una mañana, caminando con un grupo de amigos, Jonathan Swift le dijo al poeta Edward Young mientras se detenía, fijo como estatua, ante un viejo olmo: “seré como ese árbol, iré muriendo desde arriba”. Empezaba a perder la memoria y anticipaba su demencia. Sus últimos poemas condensan la ferocidad de su misantropía. En uno de ellos imagina el día del Juicio. Dios, fastidiado con su criatura, se despide de ella con desprecio. El todopoderoso se siente aliviado y no se toma la molestia, siquiera, de pronunciar el veredicto. En otro que titula “El lugar de los malditos”, hace catálogo de los oficios condenables: malditos poetas, malditos críticos, malditos pillos, malditos senadores sobornados, malditas prostitutas esclavizadas, malditos abogados y jueces, malditos caballeros y galanes, malditos espías y mentirosos, malditos villanos, malditos curas y consejeros. “Soy la sombra de una sombra de una sombra, etc., etc., etc.”, le confesaba a un amigo. Tan terrible fue la descomposición de su cabeza que empezaba a descuidar la ortografía.

El retratista de nuestra locura terminaría loco. Había cultivado bien su amargura. Estaba convencido de que la felicidad consistía en estar bien engañado. Es feliz quien acepta la mentira plácidamente. Sabía que no podía disfrutar de esa alegría. Era incapaz de voltear la cara e ignorar la estupidez, la superstición, la arbitrariedad, la necedad. Podía, eso sí, reírse de ellas. Lo hacía torciendo las palabras: diciendo algo para comunicar otra cosa. El genio de la ironía compartía una receta para cocinar niños como solución a la pobreza de Irlanda. Con buenos cálculos, impecables silogismos y los condimentos adecuados se puede preparar un guiso delicioso que sea, al mismo tiempo, socialmente benéfico. Si somos tratados como bestias, por qué no mejor ser apreciados como una delicia gastronómica.

El artículo completo puede leerse en el número de marzo de nexos.

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