01, nov 2016

Las dos espaldas del ensayo

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“En el año de Cristo de 1571, a la edad de 38, en la víspera de su aniversario, durante las calendas de marzo, Michel de Montaigne, ya desde tiempo atrás cansado de la esclavitud de la corte y de los empleos públicos, se refugió, todavía en pleno vigor, en el seno de las musas, para encontrar ahí la calma y la entera seguridad, para pasar el resto de los días que le queden por vivir”. Es el propio Montaigne quien coloca solemnemente la inscripción en su castillo. Se trata del recordatorio de una determinación vital. La decisión de cumplir los votos de paseante.

En la dedicación a su obra se encuentra una resistencia a las seducciones de la hazaña, a las ilusiones del héroe. Una sólida convicción antiépica. La actividad política, la intervención en la vida pública es una esclavitud que rechaza enfáticamente. El escritor desoye el llamado de la responsabilidad, rompe con el hábito de la influencia para refugiarse en su torre. Ante las convulsiones de su tiempo opta por el retiro. El paseo, la conversación, la lectura y la escritura habrán de llenar sus días. Los ensayos que escribe pueden leerse así como una apuesta por la impotencia. “No puedo llevar el registro de mi vida por mis acciones”, escribe pensando en la vanidad. No vive en la actividad sino en la cavilación. Sólo con mis fantasías, sugiere, podrá delinearse mi biografía. La aportación que quiere hacerle a su siglo es el ocio: “en una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”. No es injusta por eso la denuncia del ensayo como expresión inservible, una forma de la cobardía, de la indecisión, de la indolencia. Puede ser cierto: desde su nacimiento le ha dado la espalda a la acción.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

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25, oct 2016

La mujer que fue un museo

El día que Hitler entró a Noruega, Peggy Guggenheim entraba al estudio de Léger para comprarle un cuadro por mil dólares. Poco después, mientras los alemanes marchaban hacia París, regateaba con Brâncuși para hacerse de uno de sus maravillosos pájaros. Las lágrimas se le escurrían al escultor al despedirse de la pieza. Guggenheim se había propuesto comprar una obra de arte cada día. Los artistas huían de la ciudad mientras ella sacaba la chequera. No eran días fáciles para ella tampoco. Corría peligro. Pudo haber terminado en un campo de concentración. Logró formar una de las mejores colecciones de arte del siglo XX. Tal vez debería estar entre los grandes héroes del arte moderno. Sin su intervención y su cuidado obras cruciales del surrealismo y la abstracción habrían sido robadas o incineradas en las piras del arte degenerado. Cuando le quedó claro que su colección no estaba a salvo en su apartamento parisino le buscó refugio. Léger sugirió acercarse al Louvre para que le permitiera usar el escondite donde resguardaba sus tesoros. Los directores le cerraron las puertas. Las obras les parecieron indignas de su protección. Lo que no consideraron merecedor de su cuidado fueron obras de Kandinski, Klee, Picabia, Miró, Ernst, De Chirico, Dalí, Magritte, Mondrian, Giacometti, Arp. Este desaire del museo puede parecer hoy una insensatez monstruosa, pero no era del todo extraño que en 1940 se dudara de su valor artístico. Las obras eran demasiado modernas; su mérito, dudoso. Ella decidió empacarlas junto con vajillas y sábanas y llevarlas en barco a Estados Unidos.

En estas estampas de transacciones bajo acoso puede verse un ansia por el arte que reta la prudencia. El arrojo, la temeridad de una coleccionista que no se detiene ante los riesgos. Una manía que es una forma de la adicción. También se aprecia una fe en los artistas que procuró, su convicción de que esos lienzos, esas formas, esos juegos eran la voz de un siglo. Una intuición del futuro anida en los afanes del coleccionista. Guggenheim no buscaba simplemente adornos para sus mansiones, joyas para decorar sus fiestas, lienzos para impresionar a los invitados. Creía que su sitio en el mundo, el sentido de su vida estaba ahí, en el cuidado del genio contemporáneo. También es cierto que en el furor adquisitivo se asoma al igual la sombra de un vacío. En la necesidad de llenarse con la creatividad de otros se advierte un hueco profundo, una carencia primordial.

La ensayista Francine Prose (Nueva York, 1947) ha escrito recientemente una rica biografía de la coleccionista. La publicó el año pasado la Universidad de Yale en su colección “Vidas judías” y Turner la acaba de editar en español, traducida por Julio Fajardo Herrero. Es imposible abordar la vida de Peggy Guggenheim sin recurrir a su principal fuente: el chisme. Imposible recorrerla sin hacer inventario de mil nombres famosos que se cruzaron por su vida. Su biografía está llena de infidencias y exhibiciones, de alardes y secretos. Una vida hecha de tragedia y vanidad. Antes de haber cumplido los cuarenta, Peggy Guggenheim había sufrido la muerte de su padre en el Titanic, la muerte de su hermana Benita, dando a luz; la muerte de sus sobrinos pequeños al caer misteriosamente del balcón de un edificio cuando estaban al cuidado de su hermana Hazel. El sexo y el arte parecen haber sido los asideros de una vida plagada de pérdidas. Sus memorias, ridiculizadas por muchos como literatura de tabloide, también recibieron elogios: una Casanova del siglo XX. ¿Cuántos maridos ha tenido?, le preguntaron alguna vez. Ella respondió con otra pregunta: ¿míos o de las otras? Los suyos, hay que decir, fueron especialmente violentos y humillantes.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de octubre.

 

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19, oct 2016

La santidad del sinsentido

 La escucha tiene su propia memoria, escribe Alfred Brendel en su libro más reciente. Los recuerdos del oído mantienen vivo el ladrido del perro que lo asustaba de niño, las canciones que tarareaba su nana, los gritos de Hitler, el rugido de los aviones, la epifanía de Ligeti, los ruidos de una puesta de Peter Brook, una infinita variedad de carcajadas. En los caracoles del oído el pianista encuentra orden y sorpresa; significado y absurdo. Ese es el sonido del mundo: armonía y capricho. Por eso el libro en el que ha recogido la mayor parte de los ensayos que ha escrito durante medio siglo se titula precisamente Música, sentido y sinsentido. La compilación es una muestra de la inteligencia y la gracia del intérprete que no solamente hace música sino que también la piensa. Brendel no es un músico instintivo. Desde hace décadas ha jugado con las teclas del piano y de la escritura. “Siempre me ha gustado trabajar con las palabras,” dice.

El artista tiene siempre un pie en el juicio y otro en la incoherencia. Razona y delira. Los poemas de Brendel—Brendel es un poeta notable—están llenos de duendes, ídolos y diablos que se carcajean. Uno de ellos relata el día en que ángeles y demonios se reunieron en la tierra para jugar el juego de los hombres. Entre nosotros, se burlaron felices de Dios y Satanás durante horas. Al anochecer, cuando se les llamó de regreso a su morada no pudieron recordar de dónde venían. ¿Eran ángeles o demonios? ¿Debían regresar al cielo o al infierno? Las fronteras entre esos hospicios de la eternidad no le parecen tan claros. Si Brendel tuviera que escuchar a Verdi por toda la eternidad en el Paraíso, solicitaría traslado al infierno.

El humor es el descarrilamiento del sentido. Una incoherencia que muestra la distancia entre lo que sucede y lo que esperamos que pase. Son varios los ensayos que le ha dedicado a explorar el humor en la música. Por ese interés se ha detenido en el momento dadaísta. Los dadaístas aparecen en su libro en varias ocasiones. Recientemente le dedicó a los burlones un ensayo publicado en The New York Review of Books. La risa fue el verdadero instrumento de los dadaístas. Los tradicionalistas no han dejado de verlos como tontos y, dice Brendel, tal vez tengan razón. La bobería libera de las restricciones del cálculo. ¿Por qué desconocer que la tontería nos hace reír? La tontería es chistosa pero no es solo eso, nos libera de la tiranía del cálculo. Los dadaístas, dice Brendel, defendieron de este modo la santidad del sinsentido, el júbilo del absurdo.

El sinsentido que en momentos aparece en la música entraña la demolición de las restricciones racionales y se abre al infinito, dice en un ensayo. Si uno está dispuesto a ello, el absurdo puede conducirnos a una dimensión espiritual. “Sentido y sinsentido entretejidos: suena sensato. Es un idea lo suficientemente absurda como para ser realista. Puede ser capaz de reflejar el mundo tal cual es.”

En las últimas líneas de su libro de ensayos, el pianista agradece tres regalos de la existencia. Las mayores bendiciones que he encontrado en el planeta han sido el amor, la música y el humor. Las tres ofrecen sentido la vida. Y le revelan también su sinsentido.

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05, oct 2016

Luis González de Alba: el inclemente

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Más que un escritor incómodo, símplemente áspero, Luis González de Alba era corrosivo, hiriente. Para pensar y defender sus causas, usó el veneno. Un contrincante demoledor que, más que debates, tuvo pleitos. Fue, como bien dijo Aurelio Asiain, un raro. Un excéntrico, un extravagante. Lo era por su severidad inclemente. Un escritor despiadado. Ahí radica su rareza: en una tierra acostumbradas a las medias palabras y al eufemismo, en la patria del ninguneo, en un país dedicado a la vaguedad que nada dice o la ambigüedad que no incomoda a nadie, en un mundo acostumbrado a envolver la mínima discrepancia en algodones, Luis González de Alba llamó pan al pan y caca a la caca.

Fue el mayor de nuestros iconoclastas. A eso dedicó su vida pública: a romper imágenes, a destrozar las esculturas sagradas, a quemar toda efigie que demandara veneración. Como Orwell, estaba convencido de la culpabilidad de todos los santos. Ni la Guadalupana ni Carlos Monsiváis, ni el 68 ni los aztecas merecían devoción. Fue un cruzado del sacrilegio. El abogado del diablo sabía que toda idolatría es ridícula. Si nos piden rezo, hay que soltar la carcajada. Dame un ídolo y te mostraré el fraude. Sentía una profunda antipatía por los héroes, los antiguos y los de hoy. Los denunció a todos brutalmente. Las reacciones que provocó entre los fieles corresponden a la dureza de sus invectivas. Lo borraron hasta ignorar su muerte. Defendió como nadie el derecho a la blasfemia. “No todo pensamiento es respetable ni alguna religión lo es. Ninguna, punto com. Ni todos los viejos son respetables ni debe uno callar ante una estupidez flagrante y peligrosa. ¿Y quién define eso? Cada quien…”

Fue un impertinente porque no buscaba el acomodo de sus ideas en el auditorio en el que hablaba. No lijaba sus opiniones para quitarle astillas y hacerlas gratas al tacto. No suavizaba su palabra para no herir la sensibilidad del oyente. Seguramente disfrutaba al imaginarse el impacto que tendría su franqueza entre los pudibundos y los fanáticos. No ocultó la fuente de sus placeres, ni el desenlace de sus convicciones. Seguía con honradez el dictado de su razón intransigente. El artículo que escribió para el número cero de La jornada tenía como título “La izquierda terrorífica.” Advertía desde entonces de una mojigatería que se imaginaba progresista y con buena causa. Una izquierda que, con esas credenciales, pedía censura. No podía aceptar que en la izquierda hubiera anidado tanta sandez, tanta impostura, tanta pleitesía.

Los odios definieron al personaje público. No fue capaz de soltar enemistades, de olvidar ofensas. Una y otra vez volvía al agravio. Las obsesiones se volvieron su energía. Con todo, su pasión no soltó el argumento ni dejó de buscar la prueba. Abominó la hipocresía tanto como la irracionalidad. No estaba dispuesto a aceptar que había unos criminales buenos y otros malos; que la nobleza de una causa hacía admirable la atrocidad; que la justicia de un impulso convertía en razonable la tontería. Hará mucha falta su ácida inteligencia, su valentía pero sobre todo, como dijo Héctor Aguilar Camín, su salvaje libertad.

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04, oct 2016

El Vitruvio espiritual de Alfonso Reyes

Ilustración de Adrián Pérez

Ilustración de Adrián Pérez

*

El poeta puede verlo todo en cada cosa. Nada es sólo lo que es. Y bien visto, es todo lo demás… hasta su opuesto. En el poema el ser se desparrama en significados. El universo en cada partícula de polvo. Así lo muestra William Blake en sus Augurios de la inocencia:

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Cuando una publicación bogotana preguntó a Alfonso Reyes su regla filosófica, el ensayista dudó responder. Imposible sintetizar las cuerdas contradictorias de su entendimiento, las líneas incompletas de su orientación intelectual. La simpleza de la pregunta periodística, sin embargo, lo sedujo: ¿cuál sería, en efecto, el principio filosófico que mayor influencia espiritual había tenido en su vida? Se dispuso entonces a bosquejar una respuesta. El escritor no acudió a sus clásicos para encontrar respuesta. Si se atrevió a delinear una imagen de su doctrina vital en una notita a la que tituló “ Anatomía espiritual” fue porque se miró al espejo. Su filosofía quedaba revelada en su cuerpo. Todo hombre, sacando lección de su cuerpo, podría descubrir su escuela, su ideario. El apunte de Reyes es apenas un bosquejo. Una cruda relación de ideas descosidas. Este comentario es más extenso que su nota.

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de nexos.

 

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23, sep 2016

Fábricas del sinsentido


No es fácil ser conservador, se quejaba Roger Scruton en un artículo de hace un par de años en The Guardian. El conservador carga la fama de estúpido que le colgó alguna vez John Stuart Mill. Los conservadores, aceptaba Scruton, no estamos acostumbrados a pensar mucho. Pero no por las razones que imaginaba Mill, sino porque estamos convencidos de que el buen gobierno no debe ajustarse a una elaborada y compleja teoría de la justicia o de la igualdad sino que ha de acomodarse a la circunstancia. Para un conservador la política supone, ante todo, adhesión a la comunidad, a la historia, a la identidad. Como Burke, Scruton no defiende la quietud sino la adaptación, la reforma. En todo caso, ve la abstracción política con enorme sospecha.

Negados para la fantasía utópica, los conservadores del siglo XVIII usaron su inteligencia y su ironía para oponerse a la impecable racionalidad que, a su juicio, rompía el sagrado hilo del tiempo. Burke no atacaba la falta de lógica de los jacobinos sino el exceso de lógica. La nueva izquierda a la que denuncia Roger Scruton en su libro no es ya hija de la Enciclopedia sino su enemiga. De ahí que la acusación principal no sea que la fría mecánica de la razón se desentiende de la historia sino que la nobleza de la causa esconde pura charlatanería.

Desde el título el autor advierte que su libro ha de leerse como una provocación: Tontos, tramposos y agitadores. En realidad no es un libro nuevo sino la reedición de un volumen que publicó hace más de treinta años. La osadía provocó un pequeño revuelo en el mundo intelectual británico y terminó con la carrera académica de Scruton. El hombre de derecha era un enemigo intolerable de las causas nobles y no merecía tribuna en una universidad. Hoy Scruton desempolva ese viejo libro y lo pone en circulación quitando algunos capítulos y agregándole apartados sobre Lacan, Badiou y Žižek.

El artículo completo puede leerse aquí.

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21, sep 2016

Arquitectura de la bahía

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El arquitecto renacentista Leon Battista Alberti vio la ciudad como una casa y a la casa como una ciudad. La única diferencia entre ellas era la escala: la ciudad era una casa enorme, la casa, una ciudad pequeñita. La ciudad y la casa, cada una con su espacio para lo público y lo íntimo, para el alimento y la distracción, para la fiesta y el silencio. Parques y jardines, restoranes y comedores, bodegas y cajones, calles y pasillos. Nuestro vocabulario apenas distingue los ámbitos. Pero la correspondencia entre estos aposentos va más allá de las medidas. No hay casa que no esculpa, de algún modo, la ciudad. No hay ciudad que no perfore, por algún hueco, la casa. Por eso la arquitectura, siendo resguardo de intimidad, es, de las artes, la más pública. Nadie lo entendió mejor entre nosotros, que Teodoro González de León.

La casa se abre a la ciudad en su arquitectura. Lo privado se oxigena de lo público. No hay forma de pensar o de hacer arquitectura que no sea pensar y hacer ciudad. Hasta la habitación para el más solitario residente, traza en su fachada los contornos del pueblo. Nuestra ciudad tendrá la puntuación de González de León hasta el fin de sus tiempos. Sus casas, sus torres, sus museos, sus teatros son brújula y remanso. Un paréntesis de orden en el caos.

Teodoro González de León no dejó de experimentar jamás. Sus pesados volúmenes hieráticos se izaron para adquirir transparencia. Su línea conoció la curva. Lo que nunca dejó de incorporar a sus proyectos fue el vacío. Como el músico trabaja con silencios, el arquitecto exalta el vacío. En el vacío de sus patios está contenido su genio. Ahí se expresa, en primer lugar, la vitalidad de una tradición. La incorporación creativa de las más antiguas referencias. No es retórica, es su lenguaje. Imposible dejar de reconocer en sus composiciones esa huella del pasado colonial o prehispánico. Imposible desconocer el atrevimiento de sus reinvenciones. Él, desde luego, habría rechazado este carácter evocativo. No buscaba celebrar la tradición, vivía en él, como vivía la tradición en los colores de Tamayo. En esas plazas está también su apuesta de sentido: el patio reina. Ahí está la hospitalidad que integra, comunica, ventila, armoniza. En el patio puede reconocerse también su apuesta cívica. El patio es la horizontalidad que permite el encuentro y rompe jerarquías. Son la plaza y el patio los espacios que ofrecen en lo público y en lo privado, sitio para el encuentro. Afirmar estos espacios de encuentro en tiempos de codicia inmobiliaria, defender la alegoría en la guerra de los voraces es una de las más elocuentes apuestas de convivencia que se han plantado en el país.

Pensar en sus edificios más emblemáticos nos conduce directamente a la contemplación de lo no edificado. En sus patios se expresa su esperanza de que la arquitectura se impregne de azar y facilite las hermandades: comunicación entre personas y encuentro con el arte. Si algo le entusiasmaba de proyecto del Manacar que dejó inconcluso era que el mural de Carlos Mérida que se había rescatado, se vería desde la calle. La recuperación del Auditorio Nacional da la bienvenida a la ciudad. El teatro se baña en las aguas de su avenida más hermosa. La piedra da la bienvenida a la intemperie. La arquitectura pensada como la bahía de la ciudad. Con el binomio de la plaza exterior y el patio interior juega en muchos proyectos. Está los trazos generosos de sus mejores trabajos: en el Infonavit y en El Colegio de México, en el Museo Tamayo y en el MUAC. Hacia fuera, los brazos extendidos, hacia dentro, la mano abierta.

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07, sep 2016

Ecos de una diatriba

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Los comisarios de la corrección conminaron a la reeducación del insolente. Debía retractarse públicamente, ofrecer disculpas a los ofendidos y jurar solemnemente que no volvería a pronunciar las palabras prohibidas. No solamente eso. El ciudadano debía someterse a una intervención para liberarse de los pensamientos inmorales. Debía asistir a un curso de sensibilización para desinfectar su vocabulario. Tras las lecciones, supongo, el discriminador expulsará de su cerebro todas las ideas impuras y los nombres indecentes. Las palabras malévolas ya no cruzarán por su mente y, si las malditas se aparecen en su imaginación, sabrá anularlas antes que lleguen a su boca. Pensará y hablará algodoncitos, sin lastimar a nadie. A través de uno de sus órganos, el Estado mexicano llama a la confesión, al juramento y al catecismo.

Hablo del escándalo del momento: la reacción del consejo contra la discriminación ante la diatriba de Nicolás Alvarado contra Juan Gabriel. El Conapred actuó con sorprendente velocidad para dictar, como si se tratara de una emergencia sanitaria, medidas precautorias.. Tras la renuncia del escritor al cargo público que detentaba, no solamente dejó sin efectos las instrucciones sino que también borró su decreto. Una institución pública esconde una resolución controversial. Más allá del ocultamiento, es importante hablar de la censura bienhechora. Discrepo, por supuesto, de la resolución de Conapred. Las ideas se rechazan con ideas, las palabras se rebaten con palabras. El respeto no se promueve con la resurrección del Santo Oficio. Me parece una aberración entregarle a una institución estatal el permiso de vigilar nuestras expresiones. Aún teniendo los mejores propósitos, aún creyendo promover los valores más altos, me parece contrario a la función del poder público, el imponer límites a lo que decimos.

No se me escapa la diferencia entre la voz de un particular y la de un funcionario público. Quien habla en nombre de lo común ha de someterse a un código distinto. Lo que es permisible y aún plausible en el ámbito privado, puede ser imprudente, condenable si se representa lo público. El deber del crítico es, frecuentemente, imprudencia del funcionario.

Creo además que los inquisidores suelen ser malos lectores. Implacables interventores de la literalidad, son incapaces de apreciar la ironía, el dúctil significado de las voces. No es extraño que un insulto sea apropiado como prenda de orgullo, que un elogio esconda una embestida. Que lo que uno lee sea distinto de lo que lee el otro. Los censores ven expuesto un tramo de piel y corren de inmediato por la manta. Nicolás Alvarado pronunció palabras tabú: dijo naco y dijo joto. La sentencia condenatoria cayó de inmediato: discriminador, clasista, homófobo. No lo veo así. Si acaso, provocador y pedante. Vale subrayar lo que cualquier lector atento habría detectado: el texto, si se quiere antipático, se burlaba de su propio autor. Hablaba de su problema frente a un personaje idolatrado. Más que una denuncia del ídolo, era una confesión de prejuicios. El crítico admitía la innoble fuente de sus reflejos. ¿Ni en confesión pueden pronunciarse esas palabras del Índice?

Alvarado advirtió luego que su invectiva había sido inoportuna. Ofreció disculpas, no por lo que dijo sino por el momento en que lo dijo. Lamento el latigazo que el autor se propina. El mérito de su texto radicaba, precisamente en su inoportunidad. En el momento mismo en que cuajaba la unanimidad, el crítico disentía en argumento y en tono. No acompañaba a los dolientes, no se unía al coro, no se fundía en la emoción colectiva: ejercía su derecho a discrepar. Recuerdo ahora el ejemplo de Christopher Hitchens precisamente en sus impertinencias, en la valiosísima inoportunidad de sus combates. Esa es una de las tarea esenciales del crítico: estorbar toda propensión a la unanimidad. Quien fastidia al coro nunca debe esperar su aplauso.

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02, sep 2016

Milosz y la tentación de no pensar

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La confianza del déspota cuelga de la propensión al autoengaño. El principio cívico crece en la esperanza contraria: el deseo de verdad. Aristóteles llegará al extremo de considerarlo un impulso constitutivo de la humanidad: porque somos hombres, queremos saber. Pero, ¿somos en verdad animales que buscan siempre el conocimiento? ¿A toda costa? ¿No será más bien lo contrario? La única especie dispuesta a ignorar lo que tiene frente a la nariz. Si fuera incorruptible ese afán de sabiduría no habría razón para apropiarnos de lo que sabemos falso, para adoptar lo que se sigue por simple hábito, para creer en lo que no se demuestra. Estamos dotados de un cerebro dispuesto a bloquear cualquier imagen fastidiosa. La mente logra borrar a velocidades insospechadas el cuadro inoportuno que tenemos delante. Y sentimos alivio al desterrar la impertinencia; nos consolamos en la mentira, trasladamos a otros el deber de descifrar la realidad.

Czeslaw Milosz se propuso examinar la entrega del pensamiento en La mente cautiva. ¿Cómo es que los intelectuales, esos profesionales de las ideas, están dispuestos a sacrificar su propia mirada, a cancelar sus dudas, a callar las preguntas? ¿Qué resortes se mueven en la compleja maquinaria de esos cerebros tan admirablemente equipados para defender con vehemencia aquello que detestan? Escrito cuando Stalin aún vivía, Milosz se enfrenta al dogma pero también a sus propias tentaciones. Él mismo había sentido la fascinación del historicismo. El diplomático sabe de lo que habla al hablar del pensamiento secuestrado porque permitió su sometimiento. Conoce los encantos del señuelo porque lo ha mordido. Quiso en algún momento agradecer la relevancia que el régimen le otorga al hombre de cultura, creyó posible recogerse en su palacio interior, deseó sentirse parte de la historia, sintió el apetito de sumarse a la gran causa. La fuerza de este ensayo radica en su capacidad para describir el poder seductor de la ideología, la manera en que se aprovecha de las debilidades del temperamento intelectual. Al hacer la taxonomía del pensamiento ideológico creó personajes abstractos que aludían a artista e intelectuales de su tiempo. No es difícil advertir que en todos ellos está también el autor. El ensayo de Milosz hay que insertarlo en la tradición agustiniana, dice Zagajewski: “obra de un pecador que intenta redimir su pecado”. La denuncia de los esclavos del pensamiento comienza con una autocrítica y termina con un adiós. El ensayo es el punto final de la colaboración del poeta con el régimen. La mente cautiva, una petición de exilio, un adiós.

 

 

El artículo completo puede leerse en el número de este mes de Nexos

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24, ago 2016

Físico cuéntico

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Pensando en Cervantes, nuestro máximo poeta dijo que aprender a ser libre era aprender a sonreír. Para Ignacio Padilla, la sonrisa no era aprendizaje sino naturaleza. No había esfuerzo ni impostura en la cordialidad de su gesto. En un tiempo malhumorado y quejumbroso, Nacho sonreía con la naturalidad con la que parpadeaba. Así lo retrataron todas las cámara, así lo han recordado todos sus amigos: sonriendo. “Saludaba sonriendo con esa gracia que empieza por los ojos y la mirada poco a poco se volvía palabra, escribió hace unos días Jorge F. Hernández. Leía en voz alta con entonaciones y gestos que mantenían su boca en media luna, e incluso callado y oyente, Nacho parecía sonreír.”

Se entregó, como pocos lo han hecho en mi generación, al gozo de la literatura. A su culto. Apenas se distrajo en otras ocupaciones. Si alguna vez se desvió de el taller donde combinaba palabras, regresó de inmediato a la vocación. Fue un lector atentísimo que encontró en Cervantes una fértil obsesión. Iba y volvía al Quijote y en cada viaje encontraba algo fresco. Fue un crítico afilado que supo compartir, ante todo, el entusiasmo por las letras. No cayó nunca en el pedantismo académico: No se dedicó, a pesar de su imponente erudición, a la explotación de irrelevancias. Debe haber sido, simplemente, un lector que trasmite sus pasiones. Recordaba la indignación del lingüista Roman Jakobson al conocer que Nabokov había sido invitado a la facultad de Harvard. ¿Cómo es posible que se admita a este advenedizo? Aún admitiendo que fuera un buen novelista, decía el profesor, no conoce la teoría, no es uno de nosotros. ¿Invitaremos ahora al elefante para que dé clases de zoología? Así se sentía Ignacio Padilla frente a sus alumnos: un elefante dando el curso de paquidermos. Contagiaba.

Se definió como un “físico cuéntico.” Cultivó todos los géneros pero ésa era su verdadera casa: el cuento. Se reconocía, más que como un maratonista, como corredor de cien metros. Virtuoso de una brevedad densa, sesuda e irónica, Ignacio Padilla jugó con las palabras para nombrar monstruos, ogros y diablos; para describir la vida de las cosas, el peso de los miedos, los olvidos del arte. Brincaba con gracia de Mafalda al Quijote y de los zombis a Hamlet. Uno de sus último ensayos se propuso confrontar a Shakespeare con Cervantes: ver a uno en la sombra del otro. Encontrar luz en el cotejo. Cervantes y Compañía (Tusquets, 2016) es un trabajo admirable por la ecuanimidad que alcanza la admiración por el novelista y el dramaturgo, por el dios y el hombre.

Defendió brillantemente la impureza del lenguaje, es decir, su vida. “Desde las primeras líneas del Quijote, la volatilidad del idioma como sonrisa erasmiana se ha opuesto al rictus medieval petrificado de la lengua, una lengua que, con no ablandarse, no conmueve. Al ingresar a la academia por la puerta trasera, el alcalaíno ha embellecido a martillazos, con la lengua de la tribu, el duro mármol de la lengua del monarca y el obispo: contra la inamovilidad y la muerte, el habla movediza de la vida; frente al latín del púlpito y la cátedra, el balbuceo alegre del lenguaje otro; frente a los discursos sacralizantes y sordos, la burla destemplada y dialogante. Con su crítica, Cervantes nos recuerda que nacemos cada día de la sangre derramada en el feliz combate de dos linajes verbales: uno solemne y otro risueño, uno ancestral y otro gestante, el uno tan necesario como el otro.”

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15, ago 2016

El presentimiento de El Bosco

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En un dibujo cargado de alegorías, El Bosco trazó las siluetas de un paisaje estrecho. Un árbol seco sirve al descanso de un búho y un zorro. Sobre el tronco hueco vuelan y reposan los pájaros. Detrás del tallo, una arboleda viva y tupida. Entre los árboles llenos de hojas, un par de orejas gigantes; frente al árbol pelón, ojos como piedras sueltas. Es innecesario el nombre del dibujo: “El campo tiene ojos, el bosque tiene oídos.” En efecto: la naturaleza de El Bosco se puebla de órganos humanos mientras el hombre se hace pájaro, piedra, rama. A la imagen, el artista agrega una leyenda: “Del espíritu mezquino es propio emplear solo estereotipos y nunca ideas propias.” Sus imágenes no pueden ser más que suyas. No calca el mundo porque enreda sus reinos. ¿Habrá usado el pincel alguien tan libre de ese lugar común que tomamos por realidad? ¿Alguien que haya logrado, como él, la polinización universal: flores injertadas en bestias, hombres dando forma a los montes, cebollas que acogen oratorios. Paradisiaca o demoniaca anulación de las especies. La imaginación de ese “creador de demonios” rompe la dictadura de los géneros y su manía clasificatoria. ¿Habrá alguna pintura más rica en asociaciones insospechadas, en mezclas delirantes? ¿Será el suyo, libérrimo imperio de la hibridez, el dominio de lo indescifrable, de aquello que, al escapar del tópico, se resiste a lo razonable?

¿Qué vemos? Brochetas de ranas, víboras y humanos, gigantescos rodillos de espinas perforando cuerpos, diablos con panza de hoguera, un demonio con patas de gallina en la frente, doctos escarabajos con anteojos, un puercoespín violando a un hombre en el campo, un espantoso pájaro patinador con sombrero de embudo invertido del que brota una rama, de la que cuelga, a su vez, una pelota. Su pico pincha una inscripción indescifrable. La capa lleva un símbolo ominoso. Una pareja se toca amorosamente dentro de un gota de agua. Debajo de ella, el bulbo de una flor sirve de casa o de nave. Su cara se asoma por un pequeño tubo transparente al que ha trepado un ratón. Hay personas sin tallo: cabezas a las piernas atadas. Hay árboles que son madonas y a la vez capullos. Hay cuerpos que son montañas, jinetes que cabalgan sobre peces voladores. Los culos son blanco de las flechas, floreros, lienzos de una partitura. La vegetación es una catedral habitable. La frontera de lo humano, lo natural y lo fantástico se borra. Miniaturas que sólo al más atento se revelan.

El artículo completo puede leerse aquí

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11, ago 2016

Las cenizas del arquitecto

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La historia la contó el viernes Juan Villoro en páginas vecinas a ésta: han convertido a Luis Barragán en un diamante. Sus cenizas, más bien. La trasmutación ha sido ocurrencia de una artista que ha obtenido todos los permisos necesarios para abrir la tumba del arquitecto en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, empacarse las reliquias y entregarlas a una compañía dedicada a un macabro departamento de joyería. Uno le da un cadáver a la empresa y ésta se lo regresa convertido en una alhaja.

La metamorfosis se ha escudado, previsiblemente, en el arte—o en lo que hoy se toma por tal al consagrarse con exposiciones en museos. La etiqueta del arte conceptual obra prodigios: el discurso, como esas recicladoras de cadáveres, transforma cualquier cosa en tesoro de galería. Como relata Alice Gregory en un estupendo reportaje del New Yorker, Jill Magdid fue la autora de la idea. Su arte, nos advierte la reportera, confronta la institucionalización del poder y los usos de la ley. Su trabajo podría ser descrito, más bien, como activismo creativo: denunciar, por ejemplo, el ojo omnipresente de las cámaras que nos observan en las calles; aprovechar los huecos de la ley para burlarse de ella. Nada particularmente conmovedor. Exponía en la ciudad de México y descubrió la casa de Barragán. Al enterarse que su archivo está en Suiza supuestamente como regalo de compromiso de un rico empresario a una arquitecta, se le ocurrió un gesto. La novia finalmente podría recibir un anillo. No se lo entregaría el novio con la propuesta matrimonial sino la artista, con la petición de recuperar, para México, el archivo de su máximo arquitecto. Los restos de un hombre convertidos, literalmente, en moneda de cambio. ¿Qué mejor pago por el archivo de Barragán que Don Luis mismo, brillando eternamente?

“Autorretrato pendiente” es una pieza de Jill Magdid que puede verse en su página. Es un anillo preparado para recibir el diamante en el que se convertirán sus cenizas cuando muera. La artista ha dado instrucciones precisas a Lifegem, la empresa que compactará su polvo en gema. “Háganme un diamante cuando muera. Córtenme redonda y brillante, denme peso de un quilate, asegúrense que sea real.” Nadie cuestionaría el derecho que tiene la artista de dar esas instrucciones. También podría pedirle a otra compañía llamada Lifechew que convirtiera sus huesos en goma de mascar y alegar en algún discurso profundo que la vida es chicle y que los chicles, chicles son. Pienso que sería un poco distinto que otra persona hiciera el genial chiste con las cenizas de Magdid.

Un mundo que mercantiliza todo es un mundo que hace pose artística con todo. El mercado del arte es tan expansivamente arrogante como el otro. Todo es mercancía para el discurso del arte conceptual, tan escaso de arte, tan pobre en concepto y tan abundante en rollo. Mi reacción a la historia del arquitecto al que no se le permitió ser polvo está en una respuesta que le dio alguna vez a Elena Poniatowska: “No tienes idea cuánto odio las cosas pequeñas, las pequeñas cosas horribles.” Tengo la impresión de que el diamante en el que convirtieron sus cenizas sería para él algo así: una pequeña cosa horrible. Y estúpida.

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02, ago 2016

Un ensayo sobre la fuerza

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La fuerza, no el hombre, ocupa el centro de la historia humana. Lo advierte Simone Weil leyendo la Ilíada. Su argumento es que la energía que se impone en nuestras relaciones nos deshumaniza. Sometidos a un imperio físico, somos carne inanimada, cosa. “La fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido, una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien y, un instante después, no hay nadie”.

Ese es el tema del hombre, sostiene la mística excéntrica en su admirable ensayo titulado “La Ilíada o el poema de la fuerza”. Escrito en 1939, el ensayito de apenas una veintena de páginas fue uno de los pocos textos de Weil que vio publicados. Para Weil sólo los Evangelios pueden compararse en penetración al poema homérico. Y es ahí donde mejor se presenta el estremecedor espectáculo de la fuerza. El soldado, el esclavo, el prisionero, el vengador, el poderoso incluso, son títeres de la fuerza. La fuerza nos contrapone pero también nos hermana en la desgracia. Triturados los resortes de su libertad, el ser humano pierde ánimo, alma. Es una masa de carne, de músculos y de nervios. ¿Vive? No lo sabe bien Weil.

El texto completo puede leerse en nexos.

 

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27, jul 2016

La colaboración

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Tras la muerte de su libretista Richard Hugo von Hofmannsthal, Richard Strauss buscó a Stefan Zweig, el autor más leído de Europa. Acordaron colaborar en una ópera basada en una pieza de Ben Jonson. A esa colaboración se refiere, en primer término, el título de la obra de Ronald Harwood que ha traducido Sergio Vela y que, bajo su dirección, se presenta en Coyoacán. El compositor más admirado y el escritor más popular, trabajando juntos en una ópera. Pero no es solamente esa colaboración la que aborda la obra de Harwood. Es también, y sobre todo, una reflexión sobre la maldición de la política. ¿Cómo puede sobrevivir el arte bajo la dictadura más atroz? ¿Cuáles son las exigencias del decoro, cuáles son los permisos de la creación?

Zweig concluye el libreto en mal momento. Cuando pone punto final, Hitler ha ascendido al poder. Decretará muy pronto la prohibición de toda obra firmada por un judío. La política del nazismo rompe esa burbuja de entendimiento creativo entre Strauss y Zweig. El músico y el escritor, por razones radicalmente distintas son abatidos por una dictadura que hace imposible la sobrevivencia de la dignidad. Richard Strauss es, inicialmente, un consentido del régimen, un hombre a quien se le encarga el consejo musical del Reich. Siendo judío, Zweig, no necesitaba juicio para ser condenado. Su existencia había sido proscrita por el caudillo.

El diálogo entre ellos captura los terribles dilemas del artista en el siglo XX. En las cartas recreadas dramáticamente por Harwood, se efrentan dos temperamentos, dos estrategias, dos tragedias. Por una parte, el creador que confia en el arte como un refugio, como una explícita renuncia al compromiso. Vivir en el arte como si fuera otra patria. Lo único que quiero es componer, dice Strauss. Esa es mi vida. Todo lo demás es accesorio. Por la otra parte, el intelectual que asume explícitamente una responsabilidad frente al presente y que es incapaz, por ello, de ignorar la atrocidad.

El totalitarismo puso al arte ante la pavorosa disyuntiva de la indignidad y el sacrificio. Componer odas al tirano o disponerse a ser aplastado por él. Servilismo o martirio. El gran mérito del dramaturgo y de esta impecable puesta en escena, es apreciar la complejidad moral de cualquier elección en este contexto. Debes darte cuenta de la realidad, le dice Zweig a su amigo. La música es mi única realidad, le contesta. El gran biógrafo vienés aparece, desde luego, como el héroe lúcido e íntegro que anticipó, desde temprano, lo que vendría. Pero también puede uno apreciar las razones del artista apolítico, que anhela mantenerse al margen de la historia y que cede intimidado por las amenazas a su familia. Strauss y Zweig intentan, cada quien a su modo, ser fieles al arte.

El escritor terminará con su vida en el exilio; el músico sobrevivirá secuestrado. Los amigos ilustran la maraña de nuestras decisiones morales. Las extrañas avenidas del temple. Zweig habla como el realista que entiende las horribles crudezas de la política pero resulta, al final del día, el defensor más exigente del ideal. Su severísmo sentido de realidad no apaga sino enciende los valores. Strauss, en el otro extremo, puede ser visto como un pragmático, como un hombre dispuesto a pactar con quien sea, un cínico, tal vez. Si he trabajado para otros gobierno, ¿por qué no habría de hacerlo con el nuevo? Pero ese pragmatismo alimenta la más costosa ingenuidad. La amistad de estos dos artistas en tiempos oprobiosos retrata al noble realista y al ingenuo calculador. Dos tragedias en una colaboración.

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18, jul 2016

Civitas Ludens. La ciudad y los juguetes de Noguchi

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Nos aburrimos en la ciudad, escribió Ivan Chtcheglov en un manifiesto de 1953. El filósofo que prestó ideas a la Internacional Situacionista y que soñó volar la torre Eiffel, antes de ser encerrado en un hospital psiquiátrico, quería una ciudad para el placer y la devoción. Haciéndola una inmensa fábrica, le hemos arrancado toda poesía, todo gozo, todo juego. Ya no le construimos templos al sol. Circulamos con prisa por calles desalmadas, habitamos edificaciones sin mito. Para una civilización mecánica, una arquitectura frígida. “Dejémosle el estilo de Monsieur Le Corbusier a él mismo. Un estilo apropiado a las fábricas y los hospitales que, sin duda, lo sería eventualmente para las prisiones. (¿No construye ya iglesias?) La represión psicológica que domina a este individuo –cuyo rostro es tan horrible como su concepción del mundo– lo mueve a someter a la gente bajo innobles masas de concreto reforzado […] Su influjo cretinizador es gigantesco. Una maqueta de Le Corbusier es la única imagen que me sugiere inmediatamente la idea del suicidio. Está destruyendo los últimos resquicios del gozo. Y de amor, pasión, libertad.” Chtcheglov veía en el urbanismo contemporáneo una conspiración contra la naturaleza y la imaginación. Sedentarismo que rompía la conexión del hombre con el cosmos: la luz eléctrica niega los misterios del atardecer, los climas artificiales rechazan el reloj de las estaciones. Atada a sus cimientos, la ciudad castiga el movimiento. Para el amigo de Guy Debord, los sueños de De Chirico eran el mejor trazo de un urbanismo abierto a los misterios de la contemplación.

No imagino a Isamu Noguchi celebrando la invectiva de Chtcheglov contra Le Corbusier pero creo que le habría maravillado ese sueño de una ciudad movediza, regida por el azar y las mudanzas. La polis como un laberinto para el arte y el juego. El parque, el jardín –no el palacio ni la iglesia–, convertidos en el núcleo de cualquier barrio. Noguchi quiso insertar su arte en la ciudad por esa vía: el juguete público. Transformar el paisaje de la ciudad no por lo que sus habitantes pueden ver sino por lo que pueden hacer. Escalar el arte, deslizarse o columpiarse en él; sumergirse, esconderse ahí.

El artículo completo puede leerse aquí…

 

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