16, Dic 2019

Destinos esposados

Ninguna decisión ha marcado al México contemporáneo como la declaratoria de aquella guerra. No fue, como se nos presentó entonces, una “guerra de necesidad.” Fue una guerra de elección. A ciegas, Felipe Calderón optó por la guerra. Nadie niega el desafío que se presentaba entonces. Nadie puede negar que el efecto de la intervención gubernamental fue empeorar las cosas. Los grupos criminales se multiplicaron, se propagaron las zonas de violencia. Más crimen, más violencia, más sangre, más corrupción, más miedo. No digo que el presidente sea culpable de las atrocidades. Sostengo que debe considerársele responsable de su expansión. A él y a su política se debe, en buena medida, nuestro descenso a la barbarie. El presidente carecía de un diagnóstico y de una estrategia. Se vistió de olivo, pero no sabía quién era el enemigo, ni cuáles eran los recursos con que contaba. Confió en que su arrojo era una justificación moral suficiente. Era un alarde de bravura, no la resolución serena de un hombre de Estado. Si no hubiera tenido más que piedras y palos, con eso habría luchado contra los criminales, dijo en una confrontación memorable. El presidente Calderón olvidaba entonces lo que había desatendido desde el principio: al hombre de poder ha de evaluarse por lo que provoca, no por lo que desea. Por la consecuencia de sus actos y de sus omisiones, no por la entereza de su determinación.

La captura en Estados Unidos del cerebro de esa política nos ayuda a recordar el origen de una tragedia que sigue enlutándonos. Nos permite aquilatar una dimensión particularmente perversa de ese periodo: su teatralidad. La guerra contra el narcotráfico fue, en efecto, una guerra para la televisión. Una guerra para ser representada antes que para ser ganada. Una cacería de trofeos para la exhibición. Jorge Volpi lo registró admirablemente en Una novela criminal. El caso de Florence Cassez que el novelista aborda detenidamente es el episodio más visible del abuso y de la irracionalidad que caracterizaron esa ruinosa política. Genero García Luna, el ingeniero que se convertiría en la joya policiaca del panismo, sentía tanto desprecio por la ley como fascinación por las cámaras. “Ellos saben que el bien vence al mal”, era la frase con la que Televisa promovía la telenovela que servía de propaganda gubernamental. Un melodrama que pintaba a García Luna y a los suyos como héroes entregados a la causa del orden.

Al preferido de Fox y Calderón le tenía sin cuidado ese detalle del debido proceso. Lo importante era salir a cuadro. El montaje televisivo de la captura de Florence Cassez es, quizá, la más grotesca escenificación de esa política: la ley entregada a la lógica del espectáculo. Su carácter novelesco proviene de su inverosimilitud: una captura ilegal, tortura a los presos y luego… el montaje de una escena que sería trasmitida en vivo por televisión, respetando, por supuesto, el sagrado espacio de los deportes. Fue al productor de tal aberración a quien Felipe Calderón invitó para dirigir la política crucial de su gobierno. Ya había confesado su participación en esa farsa y el panista lo incorporó a su gabinete. En él confió siempre y por él estuvo dispuesto a pagar altísimos costos políticos y diplomáticos, ignorando las muchas pistas y denuncias de sus abusos. No solamente lo protegió: se le entregó políticamente. No es por eso injusto ligar el la suerte de Calderón con la de García Luna. Destinos esposados.

La fiscalía de Nueva York acusa a quien fuera Secretario de Seguridad Pública de haber estado en la nómina de los criminales. Habrá que escuchar, por supuesto, su defensa y estar atentos a las bases de la acusación. De lo que no parece haber controversia es de la fortuna que formó mientras era servidor público. Tan grave sería la ignorancia del último presidente panista como su conocimiento de las transferencias que hicieron multimillonario al policía. En un país con la mínima salud cívica, las andanzas del secretario preso serían razón suficiente para sepultar de manera definitiva las ambiciones de Felipe Calderón, quien hoy encabeza la segunda apuesta del personalismo. Lamentablemente, en estos tiempos desquiciados, todo es posible. Y ante el vacío de las oposiciones, el caciquismo de derecha que encarna Calderón, respira.

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12, Dic 2019

La razón ante el abismo

La crítica es la inteligencia del riesgo. Un caminar descalzo sobre la navaja. Nadie vivió esa osadía de pensar como Jorge Cuesta. En su Canto a un dios mineral contempla al mundo con el atrevimiento de la lucidez.

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en un agua adormecida y mansa
un rostro se aventura,
igual retorna a sí del hondo viaje
y del lúcido abismo del paisaje
recobra su figura.

Estrofa impecable que encapsula el peligro en que se ahondaba la esperanza de Cuesta. Cuando de veras se atreve la razón, todo se disuelve. Termina la calma para las aguas estancadas de la convención. Y el paisaje: puro abismo. Por eso al evocarlo, Octavio Paz no puede más que pintar el vértigo de la caída: el abismo de una razón destilada al grado de la insensatez.

El espejo que soy me deshabita:
un caer en mí mismo inacabable
al horror del no ser me precipita.

Y nada queda sino el goce impío
de la razón cayendo en la inefable
y helada intimidad de su vacío.

El artículo completo puede leerse aquí.
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11, Dic 2019

Historia de un matrimonio

El espectador descubre muy pronto que las cartas de amor, son un adiós. Lo que amo de él. Lo que amo de ella. Los pequeños detalles, los rasgos profundos, la admiración mutua. Y el aviso también de una rivalidad. Dos cartas que no llegan a ser enviadas. De inmediato se revela la primera clave de Historia de un matrimonio, la nueva película de Noah Baubach para Netflix: la comunicación que se vuelve imposible. Más que la historia del matrimonio, la película retrata su final. Es a través de las ruinas que identificamos lo que alguna vez estaba en pie. Por las piedras que quedan en el suelo, por las vajillas hechas polvo podemos imaginar, como arquéologos, lo que alguna vez fue el desayuno amoroso y las nimias rivalidades.

Baubach pinta admirablemente ese deseo de comunicación que se ahoga en la garganta o revienta en el pleito. El intento de entenderse viene de ambos lados y fracasa siempre, estrepitosamente. Una escena lo retrata quizá, con literalidad excesiva: la pareja coopera solamente para recorrer la cortina de un muro que los separa. El tiempo parece acelerarse para imponer la incomprensión. De un momento a otro, la pareja pierde la capacidad de decir, la capacidad de escuchar. Será que, como dice Nicole, el personaje al que da vida Scarlett Johansson, “no es tan sencillo como dejar de estar enamorada.”

En el centro de la película están los diálogos entre Nicole y Charlie, representado por el genial Adam Driver. Intercambios crueles, dulces, cómicos, letales. Diálogos rotos, diálogos frustrados. Pero lo que me resulta más entrañable de la película es lo que sucede entre ellos en ausencia de palabras. Ahí es donde se muestra el portento de las actuaciones y de la dirección. No en la tormenta de la agresión sino en la intensidad de las reservas, en la espontaneidad de los reflejos. Hablo del silencio hostil, de la incomodidad de un cuerpo frente al otro… y también del diálogo tierno de las miradas, la complicidad de los gestos, de las sonrisas. La profunda imbricación de la intimidad en el tiempo. Es ahí, en ese vacío de palabras, donde se refugia el recuerdo del amor.

La película de Baubach no es solamente el relato de un colapso amoroso. Es también, en plenitud, una tragedia, es decir el cuento de la colusión con nuestra ruina y la intervención de fuerzas que son superiores a nuestra voluntad y nuestra inteligencia. La imposición en la vida humana de una lógica incomprensible que nos rebasa y nos arrolla. Quienes fueron amantes se convierten en títeres de una irracionalidad invencible. Cuando los divorciantes caen en manos de un abogado han renunciado a su libertad, a su razón, a su poder. Sus recuerdos habrán de ser pervertidos, sus deseos ignorados. El absurdo de la ley arrasa con el anhelo de entendimiento. En esta historia el destino habla con lenguaje abogadil. Ofrece abrazo y comprensión, mientras hace cálculos y amenaza. Seduce con té y galletitas para imponerle a la pareja una guerra que le era ajena. La quiebra del amor conduce a un secuestro. Un secuestro, debe decirse, del que son cómplices los secuestrados. Lo sabían: colaboraban con su propia desgracia convocando al demonio a oficiar en su despedida.

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09, Dic 2019

De equilibrios y capacidades

La mejor candidata no logró los votos necesarios para llegar a la Corte. Hasta donde eso es posible, puede decirse que objetivamente lo era. Para reconocerlo basta leer el discurso que Ana Laura Magaloni pronunció ante el Senado. No es un texto para desechar después del desenlace. Es un documento nutrido de reflexiones y de experiencias. Es el razonamiento de una académica rigurosa que no se ha quedado en el salón de clase, ni escribe para sus colegas. Se trata de un diagnóstico severo de nuestro aparato de justicia, una toma de posición, un programa de trabajo. Ahí se identifican con claridad los desafíos que tenemos en frente y se apuntan estrategias razonables. Parte de la inmensa responsabilidad que surge del vuelco del 2018. El respaldo al cambio abre posibilidades infrecuentes. Tiene razón: mucho podría hacerse… si se intentara bien. Dos tareas se proponía la candidata a la Corte: abrir las puertas de la justicia a los excluidos y asegurar los necesarios equilibrios. Las dos tareas de la ley, vistas con admirable claridad. Asentar el orden en la paz de las reglas y no en la intimidación de los violentos. Cuidar que los poderes, por legítimos, populares o fuertes que sean se mantengan dentro del espacio trazado por la constitución.

El proceso constitucional nos obliga a la maleducada necesidad de comparar. Es mala idea designar ministros tras la presentación de una terna, pero nos conduce inevitablemente al cotejo: experiencias, posiciones públicas, programa, coherencia de las candidatas quedan expuestas para ser confrontadas. Lo que podemos saber de la ministra designada es preocupante. A diferencia del empaque del discurso de Magaloni, el mensaje de la favorecida fue una colección de lugares comunes; un texto superficial y vago envuelto en una esponjosa demagogia. Nada en su carrera profesional indica que ha caminado algún trayecto hacia el tribunal constitucional. Más aún, su brevísimo contacto con el servicio público parte de una mancha bochornosa. Para cumplir con el capricho de su nombramiento, la ley fue cambiada en su beneficio. La nueva ministra subió al peldaño previo a la Corte con una norma hecha a su medida. Beneficiaria de leyes tratadas como herramientas del poder, no como límites al poder. Poco confiable resulta también una ministra que oculta sus nexos con el Padrino de esta administración. Abogada al servicio de ese monumento al conflicto de interés llamado Alfonso Romo, Margarita Ríos Fajart tuvo a bien ocultar en sus papeles públicos sus vínculos profesionales con el empresario regiomontano que despacha a un milímetro del presidente. Y lo más grave, su sentido de misión institucional. Dijo en el Senado la hoy ministra que el país está en un proceso de transformación y que los mexicanos estamos buscando recuperar nuestros valores nacionales. Yo quiero ser parte de ese esfuerzo, dijo. Ninguna palabra sobre el deber del tribunal de controlar el poder. Deseo de unirse a la “transformación”.

Dije hace unas semanas que el presidente López Obrador daba muestras de reconocer la autoridad de la Suprema Corte. Debo corregir lo dicho. Si es cierto que ha detenido su vieja hostilidad a la Corte, es porque empieza a verla ya como suya. La afabilidad no parece señal de respeto, sino de conquista.

El proceso reciente en el Senado no solamente es ominoso por lo que representa para los equilibrios del poder, también es una señal del desprecio por la preparación y por la experiencia. Cuando el presidente nos advierte que, para sus nombramientos, lo que verdaderamente importa es la honestidad y que lo demás es irrelevante, pretende beatificar la ineptitud. Ahí está el segundo golpe político de López Obrador. El primero es la anulación de los contrapesos y las autonomías, la colonización de los ámbitos de neutralidad. El segundo es la destrucción de la capacidad administrativa del gobierno. En agosto dijo que con un 1% de capacidad en sus colaboradores bastaba. Lo importante era asegurar que, en ellos, el 99% fuera honestidad. No entiendo muy bien cómo se corta ese pastel de porcientos, pero la concepción es terrorífica. ¿Están reñidas una y otra? ¿Es honesto el incapaz que se hace cargo de lo que desconoce? ¿Es honesto nombrarlo para una tarea para la que no está preparado?

Como lo vemos en sus alianzas, en sus nombramientos y en sus favoritos lo que le importa en realidad al presidente no es la honestidad, sino la lealtad. Y así damos paso a una política desbocada y inepta.

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02, Dic 2019

A un año

El presidente vuelve a encontrar fecha para celebrarse. Sin recato alguno, el gobierno federal se entrega al alto propósito de enaltecer al caudillo. Secretarios y directores convocan a sus subordinados al homenaje que el presidente se tributa a sí mismo. Por supuesto, cuando el presidente se festeja, en realidad celebra a los héroes cuyas lecciones han desembocado en su anatomía y al pueblo que, en su sabiduría infinita, lo sigue. El caudillo es desinteresado y generoso. No es siquiera dueño ya de sí mismo porque desde hace un año se entregó como regalo a México.

La fiesta recuerda que apenas ha transcurrido un año de su presidencia. Uno diría que ha pasado una década porque no es fácil encontrar una intensidad como la de estos meses. Hay, sin duda, un afán de rehacerlo todo y de empezar, decididamente, por deshacerlo casi todo. Es claro lo que se derruye y muy confuso lo que se edifica. Si atendemos a los tablones de objetividad, el año ha sido malo. Malo para la seguridad y malo para la economía. Hay mayor violencia, más muerte, más miedo. El estancamiento económico es inocultable. Y frente a la contundencia de los reveses, la reacción presidencial ha sido la cerrazón y la soberbia. Él tiene información más valiosa que la que ofrecen las mediciones técnicas; él confía en su estrategia, aunque todo indique que urge una revisión profunda.

En un año se han provocado daños serios en los equilibrios democráticos y en el profesionalismo de la administración. No es exagerado decir que hemos perdido contrapesos y que tenemos una administración de peor calidad. Los electores conformaron, es cierto, una presidencia fuerte. Pero la desaparición de las oposiciones, el empeño por destruir las autonomías y el desprecio de toda capacidad técnica nos hace enormemente vulnerables al capricho y la arbitrariedad. Estos meses han sido catastróficos para los precarios equilibrios que se habían ido construyendo. Los órganos autónomos, definidos desde el primer momento como enemigos del pueblo auténtico, han sido estrangulados presupuestalmente, hostigados a diario en las soflamas presidenciales y capturados con nombramientos indignos, cuando no abiertamente ilegales. No idealizo a esas cápsulas institucionales. Su captura fue frecuente, sus excesos ostensibles. Era ocasión para refundar su independencia y procurar su dignificación. Lo que se ha hecho es todo lo contrario: someterlos y vejarlos. Subordinar todo principio administrativo a la política militante.

Pero la denuncia debe estar acompañada con una reflexión sobre el sentido de este año. La política de López Obrador tiene raíz y tiene causa. Es reflejo del brutal desprestigio de la alternancia y encarna una innegable contemporaneidad. Aunque su horizonte sea nostálgico, hay en su comunicación y en sus reflejos; en su fe y en sus recelos, mucho presente. López Obrador es por eso un dirigente con el reloj a tiempo. No lo celebro porque no me agrada el mundo de Donald Trump, ni el de Viktor Orbán, ni el del Brexit. Y a ese mundo, a ese tiempo pertenece el presidente López Obrador: a la retórica de la enemistad de Trump, a la política antiliberal del primer ministro húngaro y a la demagogia de los brexiteros.

La política de López Obrador empata con el desprestigio de los técnicos y la profusión de la mentira, con el fin del sueño global y la melancolía de las identidades. Sintoniza, sin duda, con el nuevo imperio emocional. Hay algo que, ante todo, me parece que debe reconocerse. López Obrador ha puesto en práctica, con enorme habilidad, una política de reconocimiento. Tomo esa expresión que el filósofo Charles Taylor empleó para hablar del multiculturalismo. Me parece pertinente para señalar la seducción del llamado lopezobradorista. La política es también eso: el derecho a ser visto. Es ahí donde la intervención de López Obrador resulta más poderosa y más profunda. Ve lo que muchos decidieron ignorar. No puede entenderse el imán de su liderazgo sin registrar la hondura del orden oligárquico que hizo de la mayoría algo invisible o despreciable. A eso se enfrenta simbólicamente López Obrador. Si en algo se ha empeñado durante este primer año de gobierno es precisamente eso: reconocer al país negado.

La austeridad será social y económicamente ruinosa. Pero la escenificación de la proximidad es el elemento crucial de su política. La política de reconocimiento carece de estrategia más allá de lo simbólico y no tiene más enviado que el presidente. Si en gesto queda la política, ahí se cultivará también el desencanto.

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25, Nov 2019

Desconfiar de lo pensado

Es necesario desconfiar de lo pensado. Nos tienta la facilidad de la reiteración. La vanidad de pensar que habíamos visto toda la película desde la primera escena. O, más bien, desde su anuncio. Creer que nada nos sorprende, que todo camina de acuerdo a lo anticipado. No importa si la reiteración proviene de los ilusionados o de los que gritan la llegada de la tiranía. El hermetismo es el mismo: incapacidad para modular el halago o el reproche. ¡Está naciendo la democracia auténtica!, suspiran unos. Todo lo que había antes era una farsa. ¡Ha muerto la democracia!, gritan los otros. Se asienta entre nosotros una dictadura feroz. Ninguno aprecia las continuidades, ninguno registra la contradicción. No hay, a su juicio sorpresas. Todo avanza de acuerdo al plan. Ambos sienten la urgencia de una definición, no solamente tajante, sino también vehemente. Exaltación y hermetismo son, por ello, las marcas del debate que no podemos tener sobre nuestra circunstancia. Haberlo descifrado todo ya y solamente esforzarse por gritarlo más fuerte. Ya se los he dicho mil veces, pero no lo he dicho con el ardor necesario: galopamos dichosos a la felicidad o nos precipitamos al abismo.

Nos hemos convertido en marionetas del belicismo presidencial. Sirviendo a los antojos del señor de palacio, hemos llegado a la conclusión de que no hay que perder el tiempo entendiendo lo que pasa: hay que afiliarse. Estar de un lado o de otro. Y demostrar constante, obsesivamente que se está en el campo correcto de la historia. Si en algún lugar se muestra la eficacia del poder presidencial es ahí, en el imaginario del presente. Se nos ha convencido de que hace un año comenzó una nueva era de la historia mexicana y que lo más importante es afirmar una identidad frente a ese giro. Discrepo del megalómano, de sus aduladores y de sus malquerientes: no estamos ante el cuarto tiempo de la patria. Las continuidades son innegables y las sorpresas cuentan.

Me confieso incapaz de pintar el primer año de gobierno de López Obrador con un solo color. Lo encuentro cruzado por la contradicción y, a pesar de su conocida terquedad, dispuesto en ocasiones al viraje. Hay decisiones que me han sorprendido, y algunas para bien. He hablado mucho de su populismo de manual. He hablado también de su hermetismo ideológico, de la ceguera de sus fobias. Creo que es necesario registrar al mismo tiempo los bordes de esa persuasión. El populismo presidencial se aviene de pronto, en ciertos ámbitos, al recato institucional y sofoca el impulso de conflicto. A pesar de la intensidad de sus antipatías, hay órganos que ha respetado como presidente y mal haríamos si lo pasamos por alto. De lunes a domingo escuchamos agresiones e intimidaciones a los órganos autónomos. Pero no a todos. El presidente reconoce hasta el momento la autoridad de la Suprema Corte y del Banco de México, dos institutos cruciales para el país. No hemos visto aquí intento de colonización ni de sometimiento. Si el agravio a la comisión de derechos humanos o a tantas otras instituciones autónomas merece denuncia, también es necesario registrar los territorios del respeto.

El combustible del populista es el conflicto. En su entendimiento, la política muere en el consenso y se reaviva con antagonismo. Por eso asistimos diariamente a una misa de la enemistad. Una ceremonia no para dar la paz sino la guerra. ¿Quién recibirá esta mañana el honor de su insulto? Sólo una relación está para él, por fuera de este hábito: la relación con Estados Unidos. Con notable disciplina el presidente ha rehuido el conflicto con el norte. Puede decirse que su docilidad ha sido demasiado costosa. Que nos hemos convertido en el muro que Trump nunca soñó. Es cierto, pero lo que también debe resaltarse es que el presidente reconoce el peso de la vecindad. Por eso no juega al antiyanquismo y apuesta por la sobrevivencia nuestra zona económica. Estados Unidos representa el aplacamiento del belicista.

Tras un año de gobierno es necesario recordar las razones del vuelco del 2018 y lo necesario que era el castigo a quienes antes ejercieron el poder. No puede entenderse el presente si no imaginamos la sombra de la alternativa.

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18, Nov 2019

El poder impúdico

Los libros de actualidad comparten un tono apocalíptico. Si hacemos caso al anuncio que despliegan las portadas en las mesas de novedades, pensaremos que la democracia se extingue. No es para tanto, dice quien es, probablemente, el politólogo más brillante y más cuidadoso de nuestro tiempo. Un estudioso del máximo rigor que no ha dejado de hacer las preguntas pertinentes. Adam Przeworski, el académico de quien hablo, ha publicado recientemente un libro sobre las crisis de la democracia que sirve para evitar los juicios apresurados que tanto abundan. Para quien se toma la cuestión en serio no es fácil aquilatar el sentido de los desafíos contemporáneos. ¿Cómo entender los nuevos extremismos, el surgimiento del populismo de derecha y de izquierda, la destrucción de los partidos, el prestigio de los autócratas? Con la modestia del verdadero hombre de ciencia, el politólogo simplemente dice: “Algo está pasando.”

No está, en modo alguno, cantada la muerte de la democracia, pero sin lugar a dudas, las transformaciones en el ámbito de la economía, de la sociedad, de la comunicación alteran muy profundamente la mecánica pluralista. Las antiguas certezas se desmoronan. Más que esperar la súbita quiebra, habrá que estar alerta a la erosión. Lo vemos en todos los rincones. Una pasión de antagonismo desborda los cauces institucionales. Los órganos constitucionales se debilitan y se muestran ineptos para procesar las exigencias colectivas; el debate público se envenena con una retórica belicosa. El peligro, dice Przeworski es que “la democracia se deteriore gradual y subrepticiamente. Es el peligro de que quienes ejercen el poder intimiden a los medios hostiles y creen su propia maquinaria de propaganda; que politicen los órganos de la seguridad, que hostiguen a la oposición política, que usen el poder del Estado para beneficiar a los empresarios afines, que apliquen selectivamente la ley, que alienten conflictos internacionales para generar miedo y alterar las elecciones.”

En nombre de la democracia se pervierte la democracia. El argumento que muchos han hecho es que, incluso siguiendo sus procedimientos formales, podría socavarse el pluralismo. Por eso hasta el más voluntarioso de los autócratas busca cuidar las apariencias. Lo sorprendente entre nosotros es que ese cuidado se está perdiendo. El nombramiento de la titular de la comisión de derechos humano se desprendió del recato elemental. Pasó de manera grotesca por encima de la ley sin hacer el mínimo intento por cuidar las formas.

Apenas hay duda del fraude en el Senado. El abierto partidismo de la preferida no solamente hacía imprudente su nombramiento, lo hacía ilegal. Aún así, la mayoría impuso el capricho del caudillo sin tener siquiera los votos requeridos. La trampa se hizo y quedó al descubierto. Una ilegalidad encima de la otra para entregarle un obsequio al presidente. Y para hacer más ominoso el mensaje, la ofensa. A carcajada suelta, acompañado de dos de sus cómplices, el dirigente de Morena en el Senado, celebró el atropello.

Si a esa insolencia está dispuesta la mayoría de Morena, ¿qué nos espera? Si se van a reír de sus embustes, si se burlan de la razón y de la ley, ¿a dónde podrían llegar? Preocupa el destino del árbitro electoral. Cuando en una reunión reciente el politólogo del CIDE José Antonio Aguilar preguntó precisamente a Przeworski por el baluarte democrático que habría que defender por encima de cualquier otro, el académico polaco respondió de inmediato: el órgano electoral. Y pensando concretamente en México, precisó: el IFE. Con sus siglas anteriores recuerda al órgano electoral. Si le meten mano a ese árbitro, habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro democrático de México. Eso pretenden, al parecer, los diputados de Morena, quienes tienen ya, bajo la mira, al presidente del instituto electoral y pretenden removerlo de su cargo. Están dispuestos, al parecer, a cambiar la Constitución a fin de tener a un cercano en la presidencia del INE. Podría pensarse que, por absurda y gratuita, la iniciativa carecería de la mínima esperanza de realización. Pero el grotesco espectáculo del Senado es alarmante. Es la revelación de un poder impúdico. Y si la autocracia es algo es eso: un poder que no busca razones ni acata la ley.

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13, Nov 2019

Una nube, un muro, una silla

Para que una mujer entre a un museo es necesario que se desnude y que un hombre la pinte. Lo denunciaba hace años el grupo de activistas Guerrilla Girls, con una intensa campaña de carteles en estaciones de metro, autobuses y paredes de Nueva York que denunciaban la misoginia del aparato cultural. El 3% de los artistas del Museo Metropolitano son mujeres, mientras el 83% de los desnudos son femeninos, se podía leer en las pancartas en las que se asomaba un gorila. Las cosas empiezan a cambiar. El Instituto de Arte de Chicago, que, en las últimas tres décadas apenas había organizado la exposición individual de una sola artista, está viviendo “un momento feminista.” Así lo advierte el Chicago Tribune al recorrer las galerías de su ala moderna. En cada uno de los espacios, una artista: fotografías de Sara Daraedt, una instalación de Diana Thater, una serie de autorretratos de Eleanor Antin.

La exposición que, sin lugar a dudas, destaca en este abanico es la de seis diseñadoras en el México del medio siglo: Clara Porset, Lola Álvarez Bravo, Anni Albers, Ruth Asawa, Cynthia Sargent y Sheila Hicks. Mesas, cestos, collages, telas que dialogan con una tradición y la proyectan.

“En una nube, en un muro, en una silla” el título de la exposición que se presenta hasta enero del 2020 en Chicago, proviene de una de las páginas del catálogo de una muestra insólita en la ciudad de México hace más de setenta años. En aquella exposición se aludía a la presencia del diseño en todo lo que existe. Todas las formas, sean olas u ollas incorporan ideas y afinidades para el deleite de los dioses o las personas. La muestra en el Instituto de Artes revive aquella muestra organizada por la artista cubana Clara Porset a mediados de los años cincuenta del siglo pasado en el Palacio de Bellas Artes. “El arte en la vida diaria. Exposición de objetos de buen diseño hechos en México” era el título de esta exposición que contenía toda una filosofía del diseño. Aprendiendo de la alfarería y la cestería tradicional, de los colores, las técnicas y las formas originales, las creaciones de estas artistas adquirían una dimensión contemporánea. En el máximo recinto de la cultura mexicana se mostraban canastos, jarrones, tortilleros tostadores, sillas y petates. Se pretendía formar un gusto y una exigencia por las cosas que nos cobijan y nos sostienen, por los objetos con que cocinamos, los cacharros que usamos para mil cosas. Era un diseño, al mismo tiempo doméstico y público; era familiar, pero estaba cargada de hondas implicaciones políticas.

Aquella muestra, dice la curadora Zoë Ryan, no solamente fue la primera en su tipo en México, sino que seguramente habrá sido la primera en el mundo por su perspectiva panorámica y por su filosofía. Se conciliaban en esos salones todas las artes del diseño. Lo industrial empalmaba con lo artesanal. No había jerarquías: el jarrón de barro se exhibía frente al refrigerador. Al asociarse orgánicamente lo ancestral con lo moderno, lo propio y lo universal se vislumbraba otro lenguaje estético.

En este nacionalismo moderno y creativo, en este rescate de lo propio se deja sentir el poderoso imán cultural que fue México en aquel tiempo. De todos rincones llegaban pintores, escritores, diseñadores para ser testigos y quizá partícipes de lo que Anita Brenner llamó el “Renacimiento mexicano.” Los muralistas seguían a la mitad del siglo con enorme presencia pública, Barragán estaba en la plenitud de su creatividad, la arqueología mexicana hacía descubrimientos extraordinarios, se trazaban grandes proyectos urbanísticos y arquitectónicos.  México, un territorio de creatividad efervescente seducía a los grandes artistas. En esta muestra puede verse su impacto en la obra de las seis creadoras. Collages, vasijas de hilo, esculturas de alambre, modernísimas sillas prehispánicas, arte textil. La fotógrafa, las diseñadoras de muebles, de telas, de alambres descubren en las grecas y en las plantas mexicanas, en la cerámica y en los telares de estas tierras los mejores estímulos para el hacer flotar nubes, para colorear los muros, para reinventar las sillas.

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12, Nov 2019

El horror

El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a lo rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma.

Vivimos en el país de la atrocidad cotidiana. Presente todo el tiempo, somos capaces de cerrar los ojos a ella y convertirla en ruido de fondo. Aquel tiroteo, ese hallazgo macabro, la “ejecución” de tal o cual personaje, pasa por nuestra cabeza y se aleja velozmente, como si creyéramos poder ahuyentar la presencia de la barbarie con alguna distracción. Pero, de repente, la atrocidad se hace más visible, más intimidante, más cercana o más escalofriante y no tenemos más remedio que mirarla de frente. En uno de esos asaltos de la barbarie, el poeta David Huerta describió a México como el país de los niños en llamas, el país de las mujeres martirizadas. El país de las fosas:

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

El lamento se duele por la extinción de un país. La nación, si es el lugar de convivencia, ha de registrarse como una más de las víctimas de desaparición.

Imposible nombrar lo inconcebible. ¿Hay palabras para describir a quien acribilla niños? ¿Cómo nombrar el fuego sobre los más indefensos? En Dolerse. Textos desde un país herido (Sur + ediciones, 2011), un ensayo crucial de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza recupera la noción del “horrorismo” que emplea la feminista italiana Adriana Cavarero para describir los extremos de la violencia contemporánea. El horror va más allá del miedo. No es advertencia que alerta sino estupor que engarrota. “Más que vulnerables—una condición que compartimos todos como parte de la condición humana—desarmados. Más que frágiles, inermes.” Eso es lo que los mexicanos de este siglo hemos sido obligados a ver. Uno de los “espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo.” Un horror, advierte Rivera Garza, que nos recuerda las atrocidades de Armenia, Auschwitz o Kosovo. Tiene razón y no podemos dejar de preguntarnos si en este horror no se asoma nuestro holocausto.

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04, Nov 2019

La ceguera del conspiratista

En el reflejo ante la crisis se juega el destino de los gobiernos. Más que la coherencia del plan o la disciplina para ejecutar lo programado, importa el modo en que se encara lo imprevisto. Importa, sobre todo, la reacción ante lo indeseado. ¿De qué modo responde el gobernante al contratiempo? ¿Qué oídos presta a la información desfavorable? En ese reflejo se decide la posibilidad de enmienda o la obstinación en el error. Ahí se define, a fin de cuentas, el trato del político con la realidad.

No son alentadoras las señales. El presidente está curtido para la tenacidad, para la perseverancia, pero no tiene la ligereza para soltar sus preconcepciones, no tiene la agilidad para adaptarse a lo inesperado. Es entendible: así ha hecho política toda su vida. Pero las herramientas de ayer no sirven para la tarea de hoy. Solo puede terminar mal el gobierno que se niega reconocer existencia de lo que le disgusta. No pido autocrítica al gobierno. No es tarea de un gobierno el realizar la denuncia pública de sí mismo. De lo que hablo es de otra cosa, necesariamente discreta y políticamente crucial. Valentía para someter cotidianamente su prejuicio a prueba. Honestidad para recoger los fragmentos de realidad en donde quiera que se encuentren. Si de un enemigo viene ese aviso de verdad, habrá que aceptarlo con tanta o mayor disposición que si viene de un adepto. Pero lo que se aprecia en estos meses de gobierno es un hermetismo que pone en riesgo la comunicación con la realidad. No parece buena idea el responder cada crítica con la misma respuesta: vamos bien, tengo otros datos y estoy de buenas. Al descartar cualquier amonestación, el gobierno se fuga al confortable territorio de sus fantasías para escuchar la melodía de sus aduladores. De ellos, no de sus críticos, debería cuidarse el presidente.

El reflejo que se activa con toda naturalidad en el presidente es el de la conspiración. Lo vemos cotidianamente en sus intercambios con la prensa. Ante el más discreto asomo de cuestionamiento, la reacción es cuestionar la afiliación de quien pregunta y el impacto de la sospecha. Quiéranlo o no, quienes ofrecen una versión distinta de la presidencial, sirven a las peores causas. Son títeres de esas fuerzas del mal que han estado presentes a lo largo de la historia de México. Bajo esta lógica, hacer una pregunta es preparar el terreno para un golpe de estado. Como lo vio con admirable perspicacia Elias Canetti, la paranoia es la enfermedad del poder. Imaginar que el mundo entero conspira contra el redentor, estar convencido de que todos aquellos que no se unen con entusiasmo a la causa, son conjurados que pretenden destruirlo. Así actúa el presidente López Obrador. Así ha sido durante toda su vida pública. y no ha cambiado ni un milímetro durante su presidencia. Cuando alguien le formula una pregunta auténtica, escucha una amenaza; donde aparece un dato desfavorable, advierte intriga; cuando enfrenta una postura independiente, percibe deslealtad.

No hay porcentaje inocente. Ese dato sirve al viejo régimen y por lo tanto carece de realidad. La paranoia termina dándole chanclazos a la estadística, como si fuera un bicho molesto al que se puede aplastar. Ese es el efecto intelectual del maniqueísmo épico. Funda en una pretendida superioridad moral, su ceguera. Descarta, de ese modo, cualquier responsabilidad. En la piedra monolítica de las convicciones no puede haber grieta. El problema no puede estar en su gobierno. Esa posibilidad está definitivamente descartada. El problema está donde ha estado siempre: en los enemigos de la patria que conspiran contra la justicia. Es por eso que llega al extremo de insinuar golpismo. Por eso dice, sin mucha sutileza, una barbaridad: la prensa que hoy nos critica es la misma que mató a Madero. Debían darme las gracias por haberlos liberado y se atreven, ingratos, a cuestionarme.

El conspiratismo presidencial es la razón petrificada. Es la historia convertida, no en enseñanza de prudencia, sino en embrujo. La historia de México entendida como la puesta en escena de un solo y grande conflicto entre los buenos y los malvados: los patriotas liberales y los traidores. En ese teatro que le da la espalda a la realidad ha decidido residir el presidente de México.

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30, Oct 2019

La magia contra las matemáticas

Preocúpate de la música nueva porque lo amenaza todo. La advertencia solemne aparece en La república de Platón. Al esculpir su ciudad, el filósofo reconocía la importancia de lo escuchable. La música era instrumento necesario para formar el alma humana. Por eso la ley habría de ser más un canto que un decreto. Y por eso mismo, los sonidos que se cuelan por nuestros oídos, eran peligrosos. Los sonidos que seducen pueden provocar locura. Sosiego y embriaguez. Regular la música sería, en consecuencia, una de las principales tareas de la política. Proscribir estilos perniciosos, favorecer tonadas para la virtud. Mientras la lira era tenida como un vehículo para trasmitir un mensaje edificante, la flauta se consideraba censurable no solamente porque distorsionaba la cara del flautista sino porque intoxicaba el juicio de quien escucha. La gran ironía es que, si en aquel diálogo parece que el filósofo busca expulsar (como a los poetas) a todos los flautistas de la ciudad, en sus últimas horas buscó el consuelo de ese instrumento. Una curiosa conversión en el lecho de muerte. Despedirse de la vida envuelto en la melodía que se había empeñado en prohibir.

Tomo este apunte sobre el peligro de la música del nuevo libro de Ted Goia, el reconocido crítico de jazz. Una historia subversiva de la música, se titula. Turner, que ya ha publicado otros títulos suyos, editará la versión en español en el primer semestre del 2020. Se trata de una fascinante historia de la música. No la historia de un estilo artístico o de una región musical, sino la historia de toda la música. Sorprende la audacia de Goia. El pianista deja el mundo del blues y del jazz para emprender la historia entera de la música. Desde aquel instante inicial del big-bang (el silencio que hizo posible la música de lo creado) hasta Kendrick Lamar. El hilo de su relato es, como se advierte en lo que recogí arriba, la transgresión. “La verdadera historia de la música no es respetable,” dice Goia. Tampoco es aburrida. Debemos sus quiebres a los provocadores, los insolentes que, al crear nuevas tonadas, sacuden los fundamentos mismos de la sociedad. Goia no solamente escucha la música que se despliega en el tiempo y en el espacio. También ve lo que la música provoca. Por eso resulta tan valioso el examinar lo que sucede en el auditorio y como lo que se orquesta en el escenario. Eso es lo que analiza Goia con gran soltura, más que el sonido de la música, su efecto. La música desafía el orden, se burla de las jerarquías, rompe con la herencia y por eso alarma a la policía, a los curas y a los padres.

Hasta los más venerables padres de la música religiosa han sido insumisos. Pensamos en Bach, por ejemplo, como el sobrio luterano con peluca, entregado en cuerpo y alma a las autoridades de su iglesia para ofrecerles puntualmente la cantata semanal. Lo imaginamos disciplinado, sobrio, devoto. Se nos olvida que estuvo preso por varias semanas, que era violento, que bebía litros y litros de cerveza, que era un insolente. Lo llamaron “incorregible.” Musicalmente era igualmente rebelde y su música debe haber causado escándalo entre sus contemporáneos. Rompió todas las reglas de composición, improvisaba. Era visto con sospecha. Ofendía. Se le escuchaba como una música que coqueteaba con la herejía al esconder la letra de la liturgia en los laberintos de su arquitectura.

La historia de la música, sostiene Goia en uno de los capítulos de su historia, es la batalla de la magia contra las matemáticas. El músico hace cálculos con sonidos y lleva cómputo de su melodía pero es, al mismo tiempo, un chamán que invoca los espíritus para lograr lo imposible. Una ciencia de números y un conjuro.

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28, Oct 2019

Deslumbramientos

La prensa cotidiana no se presta para el deslumbramiento. Hasta nuestra estridencia resulta ritual y predecible. Pero hay momentos en que aparece el destello de una opinión que rompe los moldes. Un juicio deslumbrante y atrevido que deshace todos nuestros juicios.

Pensábamos que el operativo de Culiacán había sido un fracaso. Lo pensábamos un fracaso franco porque, más allá de simpatías, no se consiguió lo que se intentaba. Partidarios del gobierno y hasta sus representantes aceptaban el revés. Nada de eso, responde John Ackerman en un deslumbrante texto publicado en La jornada hace una semana. No debemos dejarnos confundir por la perversidad de los conservadores y la timidez de los nuestros. El operativo fue un gran éxito. Fue un victorioso despliegue de determinación del que debemos sentirnos orgullosos. Un gobierno honesto y nacionalista se impuso a través del ejemplar poder de la capitulación.

El artículo muestra el polo de la razón militante. El autor detecta una victoria que nadie había tenido capacidad de apreciar. Con vehemencia se despoja de cualquier rastro de razón o de decencia intelectual para rendir homenaje al gobierno. Convicción a prueba de lógica. En realidad, nos dice Ackerman, en Culiacán los delincuentes mostraron su debilidad. Abramos los ojos: si los criminales fueron capaces de sitiar una ciudad e imponer sus condiciones al gobierno es porque son en extremo frágiles y porque López Obrador manda en todo el país con su majestuosa autoridad moral. Si los criminales impidieron la captura de su jefe, si abrieron una cárcel para liberar a los suyos es porque están de rodillas ante el líder de la nueva patria. Al doblar al gobierno, los delincuentes exhibieron su propia debilidad. Mejor no interpretar. Las palabras del fogoso articulista encandilan: “El levantamiento armado en Culiacán en respuesta a la detención de Ovidio Guzmán no fue una muestra de fuerza, sino de enorme debilidad de parte de los narcotraficantes frente a un gobierno cada vez más honesto y legitimado.” Ah.

No recuerdo osadía comparable. Recuerdo los homenajes de algún líder sindical a las andanzas triunfales de algún Señorpresidente en la época dorada del priismo. La oratoria oficial y el periodismo estaban repletos de esos agasajos. Quien relea los recortes de Monsiváis en su columna “Por mi madre bohemios,” se divertirá con la perfumada cortesanía del priismo. Pero tiendo a pensar que aún en aquella servidumbre había criterio para el silencio. Se reconocía que había basuras que simplemente no podían trasmutarse en joyas. La habilidad del entusiasta de entonces consistía en cambiar de tema. Mirar a otro lado para que el fiasco presidencial se olvidara pronto. Ninguna cobardía similar se encuentra en la gallarda prosa de John Ackerman. Él no se va de paseo: toma el fracaso por los cuernos y lo convierte en uno más de los gloriosos momentos de esta presidencia gloriosa. Es el valor de quien no se acobarda con decencias.

Puedo entender el argumento del mal menor para evaluar la decisión gubernamental. Es un criterio razonable que puede invocar una seductora tradición filosófica. Pero lo de Ackerman es otra cosa, más profunda y muchísimo más atrevida. No es la ponderación de efectos de un acto político sino un alegato por la inocencia radical. No el mal menor: el imposible mal. Para la teología oficial, el mal jamás podrá brotar de La Bondad. De un liderazgo histórico solo pueden brotar maravillas. Cuando López Obrador tropieza es el suelo el que pierde piso. La Autoridad Moral puede ser incomprendida. Infectados por la sospecha, los infieles la creen falible. Es entonces que aparecen los hombres de fe, los vehementes, esos adalides del entusiasmo hermético quienes nos rescatan de la miserable tentación de pensar.

Los servicios de la alabanza no pierden tiempo en argumentos. El artículo de Ackerman puede ser una de las cimas de nuestro columnismo militante, una cumbre sublime de la idolatría. No es irrelevante: impone tono en la corte de aduladores que tanto le gusta escuchar al presidente. Desde luego, el artículo de Ackerman es un acto de congruencia de quien encuentra inspiración en las conferencias matutinas y confiesa que las escucha con el éxtasis de un devoto en misa. Me conmueve imaginar el poema que este don Juan de la nueva corte compondría a los deliciosos aromas de las presidenciales heces.

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24, Oct 2019

Reyes y el extremismo

Hace un par de meses, en la edición de julio de esta revista, Nicolás Medina Mora Pérez publicó un ensayo brillante y sugerente sobre Alfonso Reyes y, en particular, sobre la manida cartilla que de pronto, después de décadas de desventuras editoriales, se ha convertido en el libro del momento. La lectura es atenta y a la vez imaginativa. Una aproximación tan cuidadosa como osada a ese texto menor. Entiendo este ensayo como la probadita de un ambicioso proyecto. Escondido tras los modos del discurso liberal, se asoma en las letras mexicanas un denso conservadurismo. La reacción subterránea, lo llama con precisión. Pensemos la hegemonía liberal como una estrategia de encubrimiento. El proyecto anunciado no puede ser más pertinente.

“Buena parte de la historia reciente de México —adelanta Medina Mora— se explica cuando entendemos que nuestro país está lleno de conservadores que no se asumen como tales y que en muchos casos ni siquiera son conscientes de ello”. Los conservadores mexicanos no han tenido más remedio que vestir traje liberal. Por eso hay que rascar la cáscara de su vocabulario y hacerse cargo de la pulpa. La pista viene de Leo Strauss. Las grandes verdades intimidan al poder y a la gente. Por eso los verdaderos filósofos necesitan envolver sus hallazgos con el papel de las convenciones. El sabio ha de esconder su mensaje. Hacer la reverencia que exigen príncipes y tribus para entregar sólo a algunos la lección. El crítico se convierte de ese modo en el detective que encuentra la llave enterrada, el tesoro escondido. Revela el misterio que los lectores de superficie no podremos ver.

El artículo completo puede leerse aquí…

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21, Oct 2019

Entre el fuego y el sermón

Quedamos entre los violentos y los incompetentes. Entre el fuego y el sermón. Unos matan y amenazan, el otro predica y se festeja.

No fue la derrota de unos, fue la derrota de todos. No se mostró solamente la torpeza de un gobierno sino la fragilidad del piso común. Lo novedoso fue el estruendo y la rotundidad con que se exhibió el fracaso de Estado. La rendición tuvo como escenario una ciudad de casi un millón de habitantes. Ante los ojos del mundo, la capital de Sinaloa, tomada como rehén. Se suceden con velocidad los acontecimientos: el intento de aplicar la ley, el despliegue de la fuerza criminal, la nulidad del gobierno, el éxito de la intimidación, el caos en la información gubernamental y el desfile triunfal de los violentos. Una derrota que se prolonga en tanto se empeña el presidente en defenderla como prenda de su beatitud.

Hacer la crítica de lo que acaba de pasar no es, ni lejanamente, suspirar por el pasado reciente. Es advertir que más allá de la voluntad de cambio, más allá del deseo de la paz hay en México un pendiente histórico que nos mantiene a la intemperie y que nos hace vulnerables frente a los tramposos y los violentos. La capitulación de Culiacán es alarmante porque es continuación y agravamiento de lo que hemos padecido durante décadas. Quiero decir que lo que habrán sufrido con pánico en la capital de Sinaloa y lo que seguimos con horror en el resto del país es, ante todo, la prolongación de una crisis histórica que no tiene pista de solución. Los defensores más fogosos y los críticos más elementales del gobierno coincidirán en que lo sucedido la semana pasada es radicalmente distinto a lo que hemos vivido en los últimos tiempos. Unos gritan que se entregó el país a los criminales, como si la semana pasada el país fuera nuestro. Los otros vitorean al humanista que opta por el amor, como si los abrazos fueran, en efecto, disolventes de las balas. Discrepo de ambos: la tragedia es que éste es un episodio más en el imperio de nuestra barbarie.

Hablar de la cobardía del gobierno es una frivolidad militarista. Hacer frente a la violencia no es cuestión de valentonadas, ni de despliegues de hombría. Ojalá dejáramos de hablar ya de virilidades y de testículos. La procacidad de su machismo es paralela a su miopía. El tema no es la valentía del gobierno, sino su responsabilidad. Los efectos que una decisión tiene a lo largo del tiempo. La preocupación no es que tengamos un gobierno temeroso, sino que tenemos un gobierno irresponsable.

Gravísima, imperdonable irresponsabilidad fue la imprevisión del gobierno. No me refiero a la salida de la crisis sino a su instigación. Puede concederse que la decisión de soltar al heredero del imperio criminal haya sido, en las terribles circunstancias que se vivía, la menos mala. La disyuntiva era todo, menos simple. En efecto, debemos imaginar el escenario alternativo: una captura fracasada y un reguero de sangre. El punto es que la crisis fue creación exclusiva de quienes dirigen la política de seguridad. Fueron ellos quienes la desataron. No parece muy convincente su alegato de que evitaron un mal mayor si quienes nos pusieron en la disyuntiva entre el horror y la ignominia, fueron ellos. La capitulación de Culiacán será inevitablemente, enseñanza. El camino para doblegar al gobierno está más despejado que nunca.

La crisis deja una humareda ominosa. La inteligencia (en ambos sentidos del término) estuvo solamente del lado de los criminales. El gobierno actuó a ciegas, desconociendo el terreno que pisaba, con torpeza, revelando los pleitos a su interior. Ante la crisis, el reflejo fue la mentira. Persisten incoherencias e inmensos huecos de información. Y en momentos cruciales, un presidente incomunicado. Lo más grave, quizá, es que el gobierno no está dispuesto a encarar la gravedad de lo sucedido. El político de la empatía no altera sus planes y se desentiende del desamparo de una ciudad. La paz llegará porque el presidente madruga y su gobierno es amor. Ante la crisis, una escena abominable que no puede pasarse por alto: el presidente se hace alabar por niños que lo glorifican. Grotesco. Vale recordar una expresión que seguramente le será difícil catalogar como conservadora: “con los niños no”.

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16, Oct 2019

Erótica náhuatl

Como bien escribió Adriana Malvido hace un par de semanas, Miguel León Portilla se despidió de la vida con erotismo. La desembocadura de su obra fue la más vital: una exploración de los juegos del deseo en el mundo al que dedicó su vida. Apenas unas semanas antes de su muerte, vio la luz su Erótica náhuatl. Se trata de un libro, que lejos de pretender la enseñanza erudita y profesoral, busca el gozo del lector. Que el libro haya sido incubado en los talleres de Artes de México y de El Colegio Nacional es un indicio de la calidad de esta edición que ganó el premio García Cubas 2019 en la categoría de libro de arte. Los textos se presentan en náhuatl y en español con breves notas introductorias de León Portilla que entablan diálogo con los grabados de Joel Rendón.

Es prácticamente desconocida la dimensión erótica del imaginario mesoamericano. Llegamos a pensar que ese mundo estuvo negado a la exploración voluptuosa. Pero, como bien muestra León Portilla, hay en esa tradición buenas pruebas del ardor y la dulzura erótica, de las batallas y los recreos amorosos. Advierte el filósofo en la presentación del libro que acercar las dos palabras del título parecería, por ese prejuicio, una extravagancia. La imagen que nos domina de los antiguos mexicanos es la de un pueblo dotado para las artes de la guerra, el estudio de los astros o la maestría arquitectónica, pero no particularmente dispuesto a deleitarse en las sutilezas del deseo.

León Portilla logra registrar las múltiples dimensiones de esa erótica. Ardor genital y ternura; perdición y consuelo; subversión de las convenciones; delirio y gozo. Guerra, juego, enfermedad y ofrenda. Picor y caricia. Engaño y desnudez; posesión y mansedumbre.

Desde una voz femenina se escucha un canto que desafía y, al mismo tiempo seduce: si en verdad eres hombre, le dicen a Axayácatl las mujeres de Chalco: aquí tienes donde afanarte. ¿Acaso no seguirás con fuerza?

Hazlo en mi vasito caliente,
consigue luego que mucho de veras se encienda.
Ven a unirte, ven a unirte:
es mi alegría.
Dame ya al pequeñín, déjalo ya colocarse.

Habremos de reír, nos alegraremos,
habrá deleite,
yo tendré gloria.

Y en seguida… la prolongación de un deseo que no quiere consumarse

pero no, todavía no.

Las acciones de la carne no aparecen en estos poemas nahuas solamente como “siembra de gentes.” No es la fricción reproductiva lo que ahí se registra, sino el deleite que consuela de las amarguras de la vida. “Sabrosa es tu semilla. Tú mismo eres sabroso.” El placer dulcifica hasta transformar al guerrero en un niño. La vulva florida, la boca pequeña disuelve al gran señor en una estera de flores para convertirlo en niñito suyo. Entrégate al placer, le dice. Y sólo le pide una cosa para ofrecerse completa: “Revuélveme como masa de maíz.”

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