26, Ago 2019

El populismo como parásito

Acaba de publicarse un libro valiosísimo para comprender nuestro presente. Se trata, a mi juicio del estudio más ambicioso sobre la naturaleza profunda del populismo. Más que un estudio sociológico o económico sobre las causas de su atractivo, o una comparación histórica de experiencias populistas, es un trabajo minucioso de teoría política. Nadia Urbinati, una reconocida filósofa de la política, ha publicado un denso tratado sobre el fenómeno que recorre el mundo. Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma a la democracia es el título del libro ha que ha publicado la editorial de la Universidad de Harvard y que espera aún la casa que ofrezca una versión en español. Vale adelantar un comentario sobre este ensayo académico porque representa una de las mejores herramientas para entender el sentido del cambio en buena parte del mundo. En efecto, el populismo es el desafío más serio que enfrentan las democracias liberales contemporáneas. El libro de Urbinati nos ayuda a comprender la imaginación y el lenguaje populista; aprecia el origen de su astucia y registra también sus peligros.

“Cualquier entendimiento de la política contemporánea que quiera ser tomado en serio, dice la politóloga de la Universidad de Columbia, debe vérselas con el populismo.” En efecto, los gobiernos y los movimientos populistas están rehaciendo la política en todo el mundo. Por eso es indispensable precisar los contornos de esa fórmula, entender su mecánica, comprender las fuentes de su seducción, desarmar sus recursos retóricos y, sobre todo, analizar la complejidad de su vínculo con la democracia. Vale empezar por reconocer que el populismo es hijo de la democracia. No es, como el fascismo, su asesino, sino, si acaso, su amenaza y su desafío más complejo.

El populismo es certero en su denuncia. En efecto, muestra las fallas de las democracias realmente existentes. Su lenguaje dicotómico ayuda a exhibir la crisis de la representación, la distancia de las élites, el secuestro de las instituciones, el efecto de políticas nocivas. Su gran éxito es construir en la imaginación un nosotros vivo y potente. Sin embargo, no se resuelve ahí la decepción democrática. Lo que parece claro es que incuba ahí mismo, en las grietas del régimen democrático. No inventa la crisis: la revela, la explota, la utiliza. Por eso el populismo es una especie de parásito. No derrota desde fuera a la democracia: se inserta en sus órganos vitales y los somete. Un caudal de transformaciones retóricas e institucionales alteran los equilibrios, los derechos, las cautelas de la democracia liberal. Las instituciones no son valoradas ya como procesos que dan cauce a la diversidad y que asientan algún principio de neutralidad. Las reglas dejan de ser ámbitos de lo común para convertirse en propiedad de los ganadores. Si la libertad que garantizan las leyes se usa para obstruir la voluntad popular, se vuelve ilegítima. El pueblo no es el cuerpo completo de los ciudadanos sino aquella parte del pueblo que es la auténtica, la buena, la moral. Esto es importante: a pesar de su discurso de inclusión, a pesar de su invocación constante y obsesiva de El Pueblo, el populismo se regodea en la exclusión: el Pueblo verdadero contra sus enemigos; el Pueblo real contra los impostores. El pueblo no es nunca toda la gente. Por ello, el populismo representa una política estructuralmente facciosa.

El populismo ocupa a juicio de Urbinati un espacio entre la democracia constitucional y el fascismo. Si llevara sus propósitos a su última consecuencia no podría más que terminar en algún tipo de dictadura. Si el antipluralismo triunfa, la democracia muere. Por eso el éxito definitivo del populismo sería su suicidio: su claudicación como forma extrema de la democracia y su conversión en dictadura. De ahí la pertinencia de la imagen del parásito. El enemigo de la democracia liberal necesita la sobrevivencia del huésped para vivir. Requiere la preservación de ciertas formas, de ciertas reglas, de ciertos órganos. El populismo desfigura esos canales, pero no los elimina; los pervierte, pero no los suprime. El populismo, quiere decirnos Urbinati, no matará a la democracia. La desfigurará a tal punto de hacerla irreconocible

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22, Ago 2019

La poesía de Herbert

A fines de los años ochenta José Emilio Pacheco traducía en su columna legendaria en Proceso, algunos versos del gran poeta polaco Zbigniew Herbert. Formaban parte del libro sobre la ciudad sitiada. Pacheco veía en ese informe desolador un paralelo con México: una rata se convertía en unidad monetaria, el alcalde era asesinado, se sucedían epidemias y suicidios. Testimonios de la bárbara monotonía. Finalmente he encontrado en librerías mexicanas una versión de la poesía completa de este gigante de la poesía del siglo XX. Gracias a la versión de Xaverio Ballester y en edición de Lumen podemos recorrer toda su trayectoria. Los poemas que escribió frente al realismo estalinista hasta los poemas de hospital.

Una de las incógnitas literarias del siglo XX habrá sido la aparición de cuatro poetas gigantescos en un mismo país. ¿Cómo pudieron respirar el mismo aire esos “cuatro poetas del apocalpsis”, Milosz, Szymborska, Rózewicz y Herbert? La marca de Herbert es la avidez irónica de su escepticismo. Una sensibilidad cáustica, reflexiva, pesimista. Su compromiso con la palabra es la valentía que no alberga ilusión. Una resistencia que no cree en el monumento de la posteridad. Ganarán los delatores y los verdugos, anticipa en un poema. Son ellos quien asistirán a tu entierro, quienes arrojarán tierra sobre tu tumba. Las lombrices escribirán tu biografía. Pero podrás ser valiente. Si hoy todavía respiras, no es para vivir, sino para dar testimonio. Se fiel. Ve.

Seamus Heaney vio en Herbert a uno de los máximos ejemplos de integridad ética y artística del siglo XX. Logró describir el mundo sin el humo de la propaganda, sin la coherencia de la ideología, sin las chispas de la metáfora artificial. Lo daría todo, confiesa, “por una sola palabra que cupiera en las fronteras de mi piel.” Encontraba la verdad en el “pétreo significado” de un guijarro. Herbert rechazaba comas y puntos para tocar la crueldad y la dulzura del mundo. Se propuso escapar de los engaños de lo visible. Los ojos nos confunden con el titubeo de los colores; en la caracola del oído, se pierde una maraña de rumores.

entonces llega certero el tacto
devolviendo a las cosas su quietud
frente a la mentira del oído a la confusión de los ojos
de diez dedos crece un dique
una dura e infiel desconfianza
pone sus dedos en la herida del mundo
para el ser separar de la apariencia

Contrasta Herbert el estudio de un pintor con el taller de Dios.

Nuestro señor cuando estaba construyendo el mundo
arrugaba la frente
y hacía cálculos cálculos cálculos
por eso el mundo es perfecto
e inhabitable

En cambio, en el estudio sucio y desordenado del artista, el ojo se pasea y sonríe. El espanto del siglo aparece en la poesía de Herbert tan frecuentemente como el humor y la ironía. Un poema en prosa retrata a una gallina y de paso, a algunos de sus amigos:

“La gallina es el mejor ejemplo de las consecuencias de una estrecha convivencia con los humanos. Perdió totalmente su ligereza de ave y su donaire. Su cola es un pegote plantado sobre un prominente trasero como un sombrerazo de mal gusto. Sus escasos momentos de arrobo, cuando se pone sobre una pata y sus membranosos párpados sellan sus ojos redondos, son de una repugnancia estremecedora. Añádase esa parodia de canto, entrecortados gritos de súplica sobre algo indescriptiblemente cómico: un redondeado, blanco, manchado huevo.

La gallina me recuerda a ciertos poetas.

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19, Ago 2019

La ira noble

¿Habría que esperar reclamos suaves? ¿Peticiones dulces, reclamos delicados? ¿Cordiales solicitudes para no ser violentadas, humilladas, asesinadas? Pedir buenas maneras para exigir lo elemental: el respeto, la dignidad, la vida misma. Suplicar trato humano, sin incordiar a nadie. No queremos molestar, pero… si no es mucha molestia, preferiríamos que no nos mataran. ¿Sería eso posible? Ojalá pudieran dejar de violarnos. ¿Sería posible que dejaran de tratarnos como cosas, como instrumentos de su placer, como desahogos de su frustración y de sus miedos? ¿Nos podrían, por favor, dejar caminar tranquilamente por la calle? Sería lindo pasar un día sin pensar en la intrusión de sus palabras, sus manoseos, su violencia. No queremos ofenderlos, no se lo tomen personal, pero francamente preferiríamos vivir. Quisiéramos decirles que no nos ilusiona la asfixia, la puñalada, el ahorcamiento, el degüello. Nos gustaría salir a la calle sin temor. Quisiéramos pasear con libertad. Tener la confianza de que podemos caminar por la ciudad. Se los pedimos amablemente: no nos usen, no nos hostiguen, no nos lastimen, no nos maten.

No. No le pidamos protocolos a la rabia. Reconozcamos la fuente de la ira. Oigamos en ese grito el principio de la justicia. Eliminar la ira es cortar los nervios del alma, dice Remo Bodei, ese admirable estudioso de las pasiones. Negar la ira es romper las cuerdas del arco que dispara la flecha. Una larga, larguísima tradición nos llama a negarla, reprimirla. Se le acusa desde hace siglos de secuestrar el juicio, de reventar los equilibrios que nos sostienen, de cegarnos. En la ira se ha visto una locura destructiva y pasajera, una ceguera, una tiranía que nos saca de nosotros mismos, una esclavitud. Pero hay algo valioso en esto que los católicos llaman pecado. En la ira hay un resorte de justicia. Lo activa un golpe inmerecido. Un golpe intolerable. Haber sido traicionados, humillados, despreciados. No haber sido tratados con el respeto que merecemos. Sufrir maltrato. La ira es el chicote que nos permite reafirmar dignidad.

Tiene dos caras la ira. Una es justiciera, la otra destructiva. Por una parte, (continúo con la exposición del filósofo italiano), la ira es una saludable rebeldía, un impulso moral que levanta la voz frente al abuso. Una conmoción que revienta la apatía. Un estallido que, al decretar rechazo, pone en movimiento la posibilidad del cambio. También hemos visto a la ira como una furia que nos posee, una pérdida de razón, inevitablemente, una desmesura, corrosiva. Lo mismo podemos decir del impacto político de esa pasión: siglos de rechazo y beneplácito. En Hannah Arendt y en Judith Shklar, dos de las mayores teóricas de la política del siglo XX podríamos encontrar las puntas de esa polémica irresoluble. Arendt, exploradora de los mecanismos totalitarios, vio en la ira un impulso perverso, una efusión capaz de envenenar la causa más justa. La ira, a su juicio, subordina toda acción política al miserable impulso de la venganza. Judith Shklar no condena la ira. La comprende como emoción humana, como chispa moral. Desde su escepticismo entendió que bajo esa furia aparentemente irracional existía un sentido de justicia que no podía ser despreciada. Sin la patada de la indignación seríamos incapaces de encarar nuestra cara abominable. Arendt ve la ira como una emoción antipolítica: una peligrosa irracionalidad destructiva. Shklar, una pensadora a la que deberíamos prestar mayor atención, reconoce en esta pasión una energía política valiosísima. Será desde luego desafiante de hábitos y reglas pero ahí despierta la sensibilidad moral. No es la geometría de las abstracciones lo que nos llama, módicamente, a la acción: es el colérico sentir de lo inaceptable. A la política corresponde escuchar esa rabia porque en ella se encuentra la marca de lo intolerable. Indignación: la ira noble. No es una locura súbita. No es ceguera. Si es desmesura es porque responde a lo inaceptable. La racionalidad moral hecha alarido.

La indignación exige escucha. Eso que parece profanación es una posibilidad de luz. La indignación, lucidez iracunda, no busca la equilibrada exposición de un argumento ante un árbitro imparcial. Conmueve y nos sacude porque rompe indiferencias.

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14, Ago 2019

El tino de la crítica

El populismo se gesta en una impotencia. Los canales tradicionales no sirven para hacerse oír. Las escaleras de ascenso están bloqueadas; los derechos que se proclaman con toda solemnidad, se niegan cotidianamente. El ciudadano no se encuentra en su representación. No es visto ni atendido. La política real niega rutinariamente a la mayoría. Podrá reconocer al ciudadano en el momento de votar, pero lo ignora, lo desprecia y lo maltrata al día siguiente. Ese régimen democrático que ofrece inclusión, excluye; esa política que promete atención, resulta impenetrable. Los rituales de la política producen así una sensación de defraudación: hay votos, hay cambios de gobierno, hay alternancia… y poco cambia. Los mismos hacen lo mismo. Es la ausencia de alternativas lo que alimenta el llamado populista. Su denuncia es certera y, en algunos aspectos, irrebatible.  En su denuncia de esa estructura de exclusión, en su crítica de la cápsula oligárquica, en su burla a los augurios de la modernidad nombra una experiencia que toca la vida mucho más que la prédica liberal y su fascinación con las abstracciones.

El reproche populista debería ser tomado muy serio. Sólo escuchando esa crítica, en lo que tiene de válida, puede reconstruirse el proyecto democrático. No es necesario acompañar la propuesta para escuchar la denuncia. Que el camino que sugiera sea, a mi juicio, equivocado no significa que su argumento sobre las promesas incumplidas de la democracia sea absurdo. Bien nos haría reconocer la validez de la crítica como un llamado de atención. No podemos ignorar la hondura de las desigualdades, la concentración de poder, la captura de las instituciones, la debilidad de los derechos. Del populismo viene en nuestros días la crítica más severa a estas traiciones de la democracia liberal. Por eso creo que tiene razón el brillante politólogo español Fernando Vallespín cuando sugiere que la clave para entender al populismo es su dosis. Su compuesto químico no es necesariamente ponzoñoso. En la proporción justa, puede ser, incluso, medicinal. “El populismo opera como el pharmakon griego (…) porque significa a la vez remedio (medicina) y veneno; lo que cura y lo que mata, una antinomia inscrita en la misma palabra. Pues bien, creo que este es el caso del populismo en su relación con la democracia liberal: en pequeñas dosis sirve para tomar consciencia de qué es lo que no está funcionando en nuestros sistemas políticos y contribuye así a reconducir la situación. Pero si nos pasamos, el daño que puede llegar a producir es imprevisible. Basta con mirar los destrozos que está originando Trump para percibir que puede llegar a ser letal.”

Esto viene a cuento porque creo que al populismo hemos de agradecerle la politización de la desigualdad. Que se hable de ella, que se denuncie, que se exhiba como nunca antes. Que se muestren sus múltiples manifestaciones. Que se señale la estructura de poder que la preserva y los artilugios ideológicos que la esconden, la exculpan y aún la justifican. Puedo discrepar del maniqueísmo y de la simplificación con los que se frecuentemente aborda la desigualdad en el nuevo discurso oficial, pero no dejo de reconocer que pone el dedo en nuestro gran pendiente histórico. Lo confirmo al advertir la ceguera de las élites frente a lo que tenemos en frente. Lo común que resulta cerrar los ojos a la segregación e imaginar que las ventajas que se disfrutan son justísimos premios al esfuerzo. Vivir como si en el país no imperara la discriminación. Y ese resorte de negación que lleva a muchos a decir que hablar de racismo es, en realidad, una actitud racista; que hablar del clasismo es puro resentimiento. No puede haber la menor duda de que el tono de piel demarca el horizonte de vida en México. El Proyecto sobre discriminación étnico-racial en México de El Colegio de México que coordina Patricio Solís lo documenta de manera contundente. Pero un excandidato presidencial se atreve a bromear que advertir el privilegio del color es una frivolidad.

La polarización puede tener buena secuela si nos hace ver, si nos hace oír. O más bien, si al final del día, nos permite vernos, nos permite oírnos

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14, Ago 2019

La sabiduría del deseo

En un poema de tres líneas, Octavio Paz admiraba el prodigio de un trompo en las manos de un niño:

Cada vez que lo lanza
cae, justo,
en el centro del mundo

El mismo juguete y el mismo niño aparecen en un cuento de Kafka. El relato breve cuenta de un filósofo que va una y otra vez al parque para ver a un niño jugando al trompo. Se deleitaba en la ingeniería de esa pera de colores porque estaba convencido de que en ese movimiento estaba el secreto más recóndito de la naturaleza. Descifrar la rotación que era capaz de derrotar a la gravedad era la puerta para comprenderlo todo. Si pudiéramos conocer ese detalle a fondo, si lográramos atrapar el instante vertical, lograríamos sujetar al mundo. Cada vez que el niño se aprestaba a proyectar el trompo se prendía la ilusión del filósofo. Por un instante pensaba que la iluminación llegaba, pero en el mismo momento en que parecía descubrirse el misterio del cosmos, el trompo perdía ímpetu, se tropezaba y caía a la arena. Esperanza, exaltación… y desánimo. La culminación imposible. En ese relato encuentra Anne Carson la metáfora del deseo: la belleza revolotea, la imaginación activa la ilusión de sujetarla y al rozarla, se desvanece.

Traductora de Eurípides, Carson es una académica estricta y meticulosa que, al mismo tiempo, ha puesto marca poética en todo lo que hace. En un poema que titula ensayo identifica a la poesía como una linterna de error. Cuando hacemos poesía invocamos el error para alumbrar lo inesperado. Si la prosa es una casa, ha dicho, la poesía es un hombre que la atraviesa en el incendio. Los géneros se mezclan. La referencia a los antiguos es constante. Pero en ella la erudición es un pasillo de su intimidad. Como bien dice Charles Simic, Anne Carson escribe “como si todo poeta, escritor, teólogo, dramaturgo o filósofo que haya vivido jamás fuera nuestro contemporáneo”.

El artículo completo puede leerse aquí

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14, Ago 2019

Quinientos

Quinientos números ha publicado la revista nexos. Este mes puede encontrarse en todas partes la edición que despliega la imponente cifra en su portada. Se trata, sin duda, de un acontecimiento que merece celebración. Acostumbrado nuestro medio a esas publicaciones religiosas que salen si dios quiere y que subsisten de milagro, la longevidad de un espacio cultural como nexos es una verdadera hazaña. Más de cuarenta años de estimular la comprensión y la crítica de la realidad.

El primer número apareció en enero de 1978. Era una revista sin tapa que rechazaba, desde su nacimiento, la mayúscula en su nombre. Habían pasado diez años de la represión estudiantil, dos años del golpe a Excélsior y apenas unos meses de la reforma política del 77. Como recuerda Enrique Florescano, su primer director, al país le urgían canales respiratorios. Nexos quiso abrir esas vías de oxigenación a través de una crítica rigurosa y de la ventilación de distintos saberes y sensibilidades. De ahí el nombre. Si bien podríamos decir que la revista no ha podido liberarse de la idolatría política que sojuzga a nuestra era, también debemos apuntar que ha hecho mucho para poner en contacto lo inconexo. Como toda revista, nexos ha sido fiel a sus preocupaciones esenciales. La política de hoy y la de ayer, el cambio democrático, la precariedad del orden legal han sido obsesiones de la revista. Pero haríamos mal en ubicarla como una revista meramente política. Lo que se propuso el grupo fundador desde su inicio y lo que han conseguido en buena medida sus continuadores es alentar el encuentro de esas culturas que apenas se hablan. Sus primeros colaboradores daban cuenta de su aspiración dialogante. Autores que hablaban de historia y de geofísica, que compartían hallazgos médicos o antropológicos, que hacían crónica y crítica de arte. Lo decía el anuncio de aquel primer número: “Nexos quiere ser lo que su nombre anuncia: lugar de cruces y vinculaciones, punto de enlace para experiencias y disciplinas que la especialización tiende a separar, a oponer incluso.”

La revista emergía de la academia en busca de lectores. Salía del cubículo para llegar al puesto de periódicos. De la jerga profesoral al lenguaje común. Hace un par de años, Luciano Concheiro, Ana Sofía Rodríguez y Álvaro Ruiz Rodilla formaron una antología de las décadas de nexos. Se celebraban entonces los cuarenta años de la revista. En los dos tomos que entonces publicó el Fondo de Cultura Económica en su colección de Revistas mexicanas puede constatarse que nexos ha hecho mucho más por la cultura mexicana que tomarle el pulso al poder. Quien recorra ese fresco encontrará a José Emilio Pacheco pensando en la naturaleza de los clásicos. Leerá el retrato que Luis Cardoza y Aragón hizo de Breton y Aragon, “hermanos enemigos” y la crónica berlinesa de José María Pérez Gay. Podrá reencontrar la crítica que hacía Cuauhtémoc Cárdenas al proyecto del TLC en los noventa y también el reportaje de Alma Guillermoprieto sobre la violencia en Medellín. Se confrontará el lector con el mejor registro de esa década sangrienta que se prolonga hasta nuestros días en vecindad con textos de Magris, Nélida Piñón y García Márquez. De página a página de nexos, puede el lector brincar de un mundo a otro, ha dicho Héctor Aguilar Camín,  el editor a quien los lectores de la revista tanto debemos

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05, Ago 2019

La ceremonia del delirio

Se nos invita todas las mañanas a presenciar una ceremonia delirante. No creo que haya manera de describirla de otra manera. Lo que comenzó como un audaz compromiso de comunicación se ha convertido en una inquietante exhibición de incoherencias y agresiones. El presidente de la república encara a los medios para enlazar disparates con insultos. Las obsesiones de siempre se combinan con la ocurrencia del instante. En reflejo a una pregunta se toman decisiones, se contradice a los colaboradores, se niegan los hechos más evidentes. El presidente divaga, vuelve a contar la anécdota que ha contado mil veces, repite por enésima ocasión algún fragmento de la historia de bronce que tanto le entusiasma. Machaca el manojo de sus frases fijas. Evade cualquier pregunta incómoda. Si aparece un cuestionamiento serio sobre sus responsabilidades de gobierno, el presidente huye con más descaro que habilidad. Sus evasivas se han vuelto francamente grotescas: quien cuestiona es borrado de inmediato como un interlocutor digno. La intolerancia frente a la opinión discrepante se escenifica todos los días. No se muestra en esos espectáculos del disparate a un presidente tan seguro de su paso que puede polemizar con soltura y con respeto, que puede defender sus decisiones con argumentos sólidos y pruebas persuasivas. Lo que vemos es a un presidente voluntariamente ciego. Un político decidido a no ver más que lo que le gusta y a no escuchar más que piropos.

Si, como creo, eso que se retrata en las conferencias de mañana refleja un estilo de gobierno y no solamente una rutina publicitaria, hay razones para estar muy preocupados. Preocupante el teatro de todos días porque no hay orden en el activismo presidencial, porque no se percibe ese sentido de límite que funda la prudencia; porque se confiesa rutinariamente el desprecio por la ley, la experiencia, el conocimiento técnico y los datos; porque no se muestra un deseo honesto de cotejar el proyecto con su impacto. Se nos receta un optimismo cada vez más hueco. Se insiste en proyectar un ánimo celebratorio que se separa cada día más de la experiencia. El festejo presidencial de un crecimiento imperceptible es una de las mayores pruebas de esa desconexión entre un discurso festivo y una realidad amenazante. Estamos muy contentos, dijo, con el reporte que registraba un crecimiento infinitesimal. Vamos muy bien. Se despeja el miedo. El crecimiento microscópico bastó para fundar la alegría presidencial porque era, en realidad una manera de burlarse de los expertos que se equivocaron–por una micra. El atolladero es celebrable si sirve para desacreditar a los tecnócratas.

El presidente más popular del que tengamos memoria, el político más cercano a la gente parece, al mismo tiempo, el más hermético. Ahí la paradoja de su cercanía popular: rodeado de gente, el presidente se aísla de la realidad. Desconfiando de todos los instrumentos de medición, descartando por principio cualquier advertencia de riesgo, creyendo ciegamente en su sensibilidad infalible, el presidente se recluye en sí mismo. Se empeña en recordarnos que está de buen humor, que está de buenas. Así, rompe brújulas y termómetros porque esos instrumentos no registran la temperatura moral ni el sentido de la historia. Por fortuna el esclarecido dirigente nos lo revela todas las mañanas. Lo conocemos impermeable a cualquier crítica, pero se nos ha mostrado también, y de manera muy clara, como un político hermético a la información que su propio gobierno genera. Lo ha vuelto hacer en estos días, contradiciendo, nuevamente, a la Secretaría de Hacienda. “Yo tengo otra información.”

El presidente corroe a su administración. Cada mañana toda la estructura del gobierno federal se pone a temblar. ¿A qué oficina lanzará a una tarea imposible? ¿A qué funcionario exigirá lo que no le compete? ¿Qué ocurrencia romperá el ritmo de una decisión pública? ¿Y qué quiere decir esa instrucción presidencial que pide elegir la justicia por encima de la ley?

*

Tal vez deba dedicar una línea al artículo que firma Álvaro Delgado en el número más reciente de Proceso. No tengo ninguna participación en el proyecto “Alternativa por México” que, de acuerdo al reportaje, coordina Coparmex.

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01, Ago 2019

Lealtades perversas

El sábado reciente La jornada publicó una carta de los escritores David Huerta y Verónica Murguía. Responden a Marx Arriaga, director general de Bibliotecas del gobierno federal, quien comentó que la última dotación al acervo había sido en el 2012, “muchas veces con cierta carga ideológica, porque había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze.” Transcribo el núcleo de la carta, porque merece la máxima difusión. “Hemos leído los libros de esos dos autores y tenemos nuestra opinión sobre ellos; pero eso no es lo importante: lo importante son las insinuaciones sobre la supuesta inconveniencia de esa “carga ideológica” en algunos “textos.” Eso apunta directamente a las vocaciones centrales de los censores e inquisidores de cualquier tiempo y lugar: la persecución y represión del pensamiento libre, incluido, naturalmente, el pensamiento de quienes no piensan como los gobernantes. (…) (R)esulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un auténtico bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluido los “textos” con cuyas ideas no comulga.”

Lo que Huerta y Murguía describen como vocación inquisitorial va mucho más allá de los estantes. Esa velada intención de depurar el acervo bibliográfico de la nación del gorgojo literario muestra el deseo de sanear ideológicamente al país. Ese es el sello intelectual de este gobierno. Que las letras, la ciencia, el arte y la prensa se afilie decididamente a lo que llaman cuartatransformación. Cumplir el deber histórico es suscribir el anuncio de la nueva era, fustigar los horrores del pasado y las miserias de los enemigos. Se trata, es cierto, no de la proscripción de las ideas distintas, sino de un hostigamiento activo y permanente que comienza con la misa de todas las mañanas.

Son tiempos de definiciones, dice el presidente. Y sólo hay dos sopas. No hay creación intelectual, esfuerzo científico o trabajo periodístico al margen de la epopeya en curso. No lo piensa solamente en términos políticos. Está convencido de que su liderazgo lo imanta todo. La disyuntiva le parece inescapable. Si no estás conmigo, es decir, si no estás con la Historia, estás en contra de la justicia, de la verdad y de la patria. Si no estás conmigo estuviste con los conquistadores y con Maximiliano, con los huertistas y los corruptos del neoliberalismo. Por eso la prensa debe respaldar su proyecto. ¡Portarse bien! Celebrar al presidente para recibir, del magnánimo tutor, la estrellita en la frente.

En el ámbito de la ciencia se percibe también el embate de esta perversa noción de compromiso. De los brutales recortes a la ciencia se ha hablado mucho. La prestigiosa revista Science dedica a ello un artículo reciente que muestra una preocupación en la comunidad científica internacional por lo que sucede aquí. Pero el problema no es solamente la tijera sino la ideología. En el portal de la misma revista puede leerse un artículo de Antonio Lazcano, uno de los científicos más admirados en el país, quien, además de advertir de los peligros de la asfixia presupuestaria, nombra la amenaza de la politización. Al Conacyt le han montado una hache por ahí, pero, tal vez habría que agregarle una I: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología Ideológica: Conacyti. Ciencia y tecnología, siempre y cuando sirva a la retórica del antineoliberalismo. La directora de ese organismo ha replicado la política pendenciera del presidente de la república. A su juicio, la ciencia mexicana necesita emanciparse de la perversa hegemonía de la ciencia occidental. Dejar atrás la ciencia neoliberal. Por ello habría que pensar de nuevo si nuestros científicos deben salir al extranjero a continuar su formación académica. Mejor quedarse aquí. En las universidades europeas y norteamericanas podrán estar la investigación de punta, las revistas más exigentes y las nuevas patentes, pero son, no debemos olvidarlo, nidos de pensamiento colonial.

El maniqueísmo presidencial quiere dejar su huella en todas partes. Pretende que su belicismo lo inunde todo. Sustituir la complejidad del pluralismo por la simpleza de un mundo binario y remplazar los aprendizajes de la conversación con la fogosidad la cruzada.

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25, Jul 2019

Pura nervadura

El MUAC ofrece en estos días una extraordinaria muestra de los viajes creativos de Jan Hendrix. Desde sus primeros registros de México, a mediados de los años setenta, hasta sus piezas más recientes. Caminos de un observador solitario y trayectos en compañía de poetas, novelistas, editores, científicos. Postales de viaje; boletos de tren; las polaroids de una libreta de apuntes; bitácoras de los encuentros azarosos con hierbas, palos, piedras, plumas; abanicos de paisajes descubiertos, trofeos de coleccionista, mosaicos de hallazgos al paso. Tiene razón Issa M. Benítez cuando encuentra en la obra de este holandés errante, un “enorme diario de viajes,” un “gran mapa fragmentado que acumula sus recorridos geográficos y vitales.”

“Tierra firme”, la exposición que estará abierta hasta el 22 de septiembre, es la mejor aproximación a la enciclopedia cartográfica y taxonómica de Hendrix. Los afanes del viajero registran, en efecto, la aureola de la naturaleza. Ubicación del paradero y contemplación de lo diverso. Como pedía Goethe, el poeta científico, Hendrix, al contemplar el mundo, no pierde de vista la vastedad del conjunto ni del detalle. La hierba y la palma; el cactus gigantesco y el delicado pistilo. La luz de las hojas, el título de un libro de Seamus Heaney que Hendrix acompañó con una serie de serigrafías inspiradas en la vegetación de Yagul, podría comprender también el sentido profundo de su trabajo. En la simetría y el capricho de las hojas se encuentra el fulgor esencial. La botánica concebida como el arte elemental. En las plantas, la sabiduría primera.

En sus paseos aparece de pronto lo litoral, lo lacustre y lo volcánico pero su mirada se fija una y otra vez en lo botánico. Sus mosaicos son altares de legumbres y agaves. En la fragilidad de una hoja se revela la más hermosa e intricada travesía vital. “Todos los enigmas, ha dicho el propio Hendrix, pueden estar en una rama.” Con precisión de miniaturista, Hendrix recorre minuciosamente la hoja de un árbol y nos ofrece, en sus canales, el mapa de una utopía.

Como la tomografía rebana nuestro cerebro en lonchas finísimas para retratar los esteros de la mente, así el ojo de Hendrix toca la esencia en la membrana. Sus esculturas se liberan del volumen. Son láminas de follajes majestuosos. Planchas de pura nervadura, como diría Ida Vitale en un poema:

Porque el otoño seca las hojas
de manera bellísima:
deja en el aire las puras nervaduras,
ésas, casi invisibles
en las que reparábamos apenas
y evapora esa verde sustancia que era,
para nosotros, hoja.

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22, Jul 2019

Popularidad, temeridad

A la opinión pública le tienen sin cuidado los artículos de opinión. No parece tampoco prestar mucha atención a las calificadoras. El presidente López Obrador sigue siendo extraordinariamente popular. Una mayoría muy amplia lo respalda. El presidente más popular de la historia reciente de México. De acuerdo a la medición de Reforma y el Washington Post publicada el 17 de julio, su apoyo ha descendido algunos puntos desde marzo, pero sigue siendo altísima. Siete de cada diez encuestados aprueban el trabajo del presidente. Pocos gobernantes en el mundo podrían presumir un respaldo de esa magnitud. Las cosas, sin embargo, no pintan tan bien cuando se desmenuza la percepción de las distintas áreas del gobierno. No hay tema de la agenda pública que esté a la altura de la popularidad presidencial. En educación recibe los mayores aplausos. El 50% de los encuestados piensa que la política educativa de esta administración es la correcta. En el resto de los temas el respaldo de los encuestados baja de la mitad. El 52% considera que está fracasando en el combate al crimen y el 55% cree que no ha logrado reducir la violencia. No se registra ninguna identificación con las insignias políticas del presidente. Se apoya al presidente, más que la política presidencial.

Tengo la impresión de que esta estampa de la popularidad presidencial que nos ofrece Reforma presenta una opinión pública esperanzada y cautelosa. Hay confianza en el liderazgo de López Obrador, pero hay también una postura reservada, crítica, expectante frente a políticas cuyo impacto aún no podemos conocer. Se trata de una visión que parece mucho más ponderada que la de los estridentes de un lado y del otro. Un respaldo considerable que está muy lejos de ser una entrega ciega. Ya lo sabemos: las simpatías políticas son efímeras.

Por lo pronto, el dato inocultable es el respaldo. Dos factores pueden ayudar a explicar la popularidad presidencial. Por una parte, sigue obrando en su favor el orgullo del cambio. El nuevo estilo enfatiza la ruptura con la tradición. Los votantes no se han arrepentido de la decisión de hace un año. Por el contrario, en su inmensa mayoría se sienten satisfechos con la apuesta. Muchos que no votaron por Morena, respaldan hoy al presidente. Así lo pinta la encuesta. Apoyando ahora a López Obrador se sigue celebrando el castigo a la clase política tradicional. La memoria reciente es el mejor soporte de la popularidad presidencial. Nadie puede acusar continuismo. El quiebre histórico se representa todos los días. Esto no es como ayer. En eso no puede haber la menor duda: López Obrador representa una ruptura con el pasado reciente y la ciudadanía lo celebra. No tiene del todo claro cuáles serán las consecuencias del tijeretazo, pero, por lo pronto, festeja que hemos dejado atrás una era que no produce nostalgias. Lo sabe bien el presidente quien, con buen olfato, aprovecha cualquier ocasión para recordarnos el fin de los horrores recientes.

El segundo sostén de la popularidad es la cercanía. López Obrador se muestra como un presidente accesible. Se le escucha todos los días respondiendo a los periodistas, se le ve haciendo cola para treparse a un avión, se le reconoce austero. Ha rechazado todos los cacharros del aislamiento: casa, avión, escolta. No rehúye el contacto, no teme el apretujón. Es un presidente que se muestra próximo, que no se esconde ni se encierra. Ha sabido conjurar, por lo menos en términos visuales, ese peligro de la política contemporánea: el aislamiento palaciego. La constante exposición pública, sin embargo, no solamente representa riesgos de saturación. También y, sobre todo, significa un riesgo personal y de Estado. La desaparición del Estado Mayor Presidencial, la falta de un cuerpo profesional de protección exponen al presidente de la república a un peligro serio que debe atenderse cuanto antes. Hemos sido testigos ya de momentos tensos y riesgosos que muestran la vulnerabilidad del presidente. Más allá de las molestias, hay que detenerse en el peligro. El afán de cercanía no puede poner en riesgo al presidente de la república. Sería una gravísima imprudencia, una temeridad, desoír las advertencias. La seguridad personal del Jefe del Estado y de su familia no es un asunto personal.

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15, Jul 2019

La miga de la renuncia

Al exponer las razones de su renuncia, Carlos Urzúa ha exhibido las dos contradicciones esenciales del gobierno. Su proyecto social es ciego. Su discurso moral es hipócrita. Las dos columnas del gobierno son saliva.

No hay instrumentos que sirvan al deseo de remplazar al odiado neoliberalismo. Se le ha decretado muerto, pero no se ha cimentado ninguna alternativa. Las políticas que se han echado a andar no son, ni remotamente, un sustituto viable. Las advertencias vienen de todos lados. Ahora se suma, con un juicio demoledor, quien fuera el arquitecto de la política económica en el primer tramo del gobierno de López Obrador. Es importante leer con atención su mensaje La política lopezobradorista es expresión de un voluntarismo insostenible. La magia comunicativa del opositor no opera en el mundo económico. No se genera crecimiento deseándolo. No se reparte riqueza con discursos sobre la igualdad. La crítica de Urzúa es punzante: el gobierno toma decisiones en el aire, sin un examen responsable y riguroso. Imposible trabajar en un gobierno que decide cerrar los ojos a los hechos que le disgustan. Un gobierno que se imagina transformador no puede dar la espalda a las herramientas de la técnica, ni puede ignorar las mediciones que tenemos como confiables. Urzúa decide separarse del gobierno de los datos alternativos y sonar el timbre de alarma. Es improbable que se le escuche, aunque pide lo elemental. Asentar toda decisión pública en razones, medir el impacto de la intervención gubernamental, corregir cuando es debido.

La fraseología—me niego a llamar “ideología” a los tics retóricos del lopezobradorismo—se impone sobre la evidencia, cierra los ojos a los datos, desprecia cualquier discrepancia, desatiende las advertencias y, sobre todo, es incapaz de viraje. A cada crítica, una lista corta de descalificaciones e insultos. Encerrado en sus oraciones, el presidente es incapaz de ver lo que tiene en frente. Y así dice, y seguramente cree, que las cosas van muy bien. Al cerrar los ojos a lo molesto deja de escuchar también la voz diversa y compleja de los críticos. Ninguno le merece el mínimo respeto porque cualquiera que discrepa se desplaza de inmediato al espacio maligno del neoliberalismo. Los discrepantes son enemigos y todos los enemigos son idénticos. Urzúa, su colaborador en el Distrito Federal, su aliado en muchas batallas, embajador suyo en ámbitos hostiles, integrante destacadísimo de su primer gabinete, termina siendo un neoliberal más.

La segunda crítica de Urzúa en su renuncia es tan grave como la primera. Tal vez sea más hiriente porque pincha la arrogancia moral del presidente. Esa autoridad que él dice encarnar y que nadie tiene siquiera el derecho de poner en duda, ha quedado tocada. No porque haya indicios de que emplee el poder para su beneficio económico, sino porque ha instalado en el primer círculo de su gobierno a un personaje que es una maraña de intereses privados en abierto y constante conflicto con la responsabilidad pública. Que lo diga el Secretario de Hacienda en su despedida agrega peso a la denuncia. Lo cierto es que este estridente conflicto de interés no puede sorprender a nadie. Fue el propio Alfonso Romo quien en tiempos de campaña advertía que sus negocios lo descalificaban para trabajar en el gobierno. Sería un escándalo que yo fuera jefe de gabinete, le dijo a Azucena Uresti. Al asumir la presidencia, López Obrador le dio ese cargo. Ya lo sabemos: él no es como los otros.

Las razones de la renuncia son inquietantes. De manera certera y escueta se detectan los dos motivos que descarrilarán el proyecto más ambicioso de las últimas décadas. Ineptitud técnica y arrogancia moral. Una tercera fuente de intranquilidad viene de la reacción del presidente ante la renuncia. Por supuesto, la descalificación por delante. Nadie podría sorprenderse del reflejo: quien se va es, en realidad, un sobrante del viejo régimen, un neoliberal que no entendió la magnitud del cambio histórico. Y al que llega lo convencerá fácilmente de que esa política basada en evidencia no es más que una fantochería de tecnócratas neoliberales. Lo peor de todo es que cree que es chistoso. Jajajá.

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11, Jul 2019

Saber melódico

Nos define la ignorancia de nuestro piso, escribe Roberto Calasso en la primera línea de su ensayo más reciente. El explorador de todas las mitologías, el editor exquisito recorre en este trabajo las telarañas de la ansiedad contemporánea. “La sensación más precisa y más aguda, para quien vive en este momento, es la de no saber dónde se pisa en cada momento. El terreno es poco firme, las líneas se desdoblan, los tejidos se deshacen, las perspectivas oscilan. Entonces se advierte con mayor evidencia que nos encontramos en la actualidad innombrable”. El ensayo de Calasso toca el presente, es decir, todo lo que, aun siendo remoto, vive. Para entender la peculiaridad de nuestro tiempo hay que escudriñar las ficciones del pasado. Este día seguimos escribiendo la inmensa novela humana. Todos los relatos de las civilizaciones son uno. Por ello este ensayo sobre el presente se vierte sobre el mismo recipiente de La ruina de KaschLas bodas de Cadmo y HarmoníaKaLa Folie Baudelaire o El ardor. Los ríos del mito, de la poesía, de la historia se vierten al mismo océano. El inabarcable relato que nos constituye.

Tendrán muchos nombres los dioses, pero repiten, con sutiles variaciones, los mismos gestos. En el obsesivo clic del turista y la ansiosa anticipación del terrorista, se percibe la reverberación de mil cuentos. El diálogo con las deidades y las pasiones continúa. La sensibilidad poética de Calasso sigue bordando lo celestial y lo subcutáneo: la gran aventura de nuestros enigmas. Como los griegos, el italiano está poseído por los enigmas. Pero… ¿qué es un enigma? Un misterio, se respondería de inmediato. Pero es un misterio, escribe en Las bodas de Cadmo y Harmonía, cuya solución es igualmente misteriosa. Resolver un enigma es apenas elevarse a un enigma superior. Esa es la naturaleza de esos ensayos eruditos y desafiantes: una depuración de la perplejidad.

El artículo completo puede leerse aquí.

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10, Jul 2019

Retener la belleza

En 2016 Anne Carson publicó un libro extraño. ¿Era un libro? En una caja transparente se ofrecían 22 folletines. Poemas, libretos, traducciones, monólogos, listas, juegos verbales y dibujos. Piezas en las que aparecen su tío Harry, Proust y un coro de Gertrude Stein. Composiciones para teatro de cámara, ensayos, memorias, voces de todos los siglos que pueden leerse o contemplarse en cualquier orden. En una entrevista publicada tras la publicación de esa cesta de textos, la crítica Kate Kellaway le comentó a la autora que su trabajo expandía nuestra noción de lo poético. Le pidió entonces una definición personal: “Si la prosa es una casa, respondió Carson, la poesía es un hombre corriendo en llamas a través de ella.”

La belleza del marido, el poema con el que ganó el premio TS Eliot, tiene ya dos versiones en español. Curiosamente, es la misma editorial la que las ha puesto en circulación. Hace quince años, Lumen publicó la versión de Ana Bercciu y ahora presenta la traducción de Andreu Jaume. El subtítulo del poema anuncia que el poema es, al mismo tiempo, un relato, una confesión y una meditación sobre la belleza y el desamor: “un ensayo narrativo en 29 tangos.” Un lamento que es también una lectura del poeta que entendió a la belleza como sinónimo de verdad: John Keats.

Cada tango es precedido por una clave de Keats que pone en duda la equivalencia. La belleza a la que canta Carson es la belleza del ausente, la belleza del alevoso. La belleza de un defraudador. El primer tango del poemario es, precisamente una dedicatoria a Keats, por su completa entrega a la belleza. Más que “dedicación,” como traduce Jaume, Carson se sobrecoge con esa renuncia que supone la devoción plena.

Leal a nada
mi marido. ¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia hasta entrada la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No tiene mucho secreto. No me da vergüenza decir que le amé por su belleza.
Como volvería a hacerlo
si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible el sexo.
La belleza hace al sexo sexo.

En  su ensayo sobre la antropología del agua Carson escribe dice que el líquido es algo que no puede ser sujetado. Como los hombres. Lo intentó con todos: padre, hermano, amante, amigo, fantasmas hambrientos y Dios. Cada uno de ellos se le escurrió de las manos. Tal vez así debe ser. Como en su ensayo clásico sobre el eros, Carson aborda en La belleza del marido el columpio del deseo: de la anticipación a la nostalgia; del ardor a la agonía. Ser el jugo que el amante bebe y llegar hasta la niebla de la guerra. La bestia dulce y amarga. El poema, escrito con la luz de la herida, es también una defensa de la osadía de vivir. “La vida implica riesgos. El amor es uno de ellos. Terribles riesgos.” Y un exhorto para empeñarse en lo imposible: “Este es mi consejo: retén. Retén la belleza.”

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08, Jul 2019

Apetito de oposición

México cumple un año sin uno de los dos motores de la democracia. Tras la elección del 18 nos quedamos sin turbina opositora. Todo lo que se mueve es por impulso del gobierno y sus aliados. Todo lo que avanza, lo que se detiene o lo que retrocede es por determinación de un grupo compacto. No hay resistencia ni argumento crítico en las máquinas que tienen a su cargo la responsabilidad del antagonismo. Más que disminuidas, las oposiciones siguen atarantadas por la paliza de hace un año. Siguen sin entender lo que sucedió, siguen sin comprender lo que está pasando.

Al parecer, el PAN cambió de dirigencia después de las elecciones, pero no se ha sabido nada de esa nueva directiva. Tal vez es un rumor y permanece la misma cúpula invisible. Si en efecto hubo nombramientos en esa organización, si hay un nuevo jefe de partido es algo que desconoce la opinión pública. De la existencia de esa jefatura no tenemos absolutamente ninguna evidencia. El PAN, al parecer, sigue de vacaciones. Es cierto que hay algunos legisladores panistas que aparecen de pronto para intervenir en el debate público, pero Acción Nacional, como partido, no existe. Del PRI tenemos noticias aún más escasas. Son penosas. Hace poco un priista veterano descubrió que en el PRI no había democracia. Quería presidir al PRI. Tal vez imaginaba que ahí había elegantes discusiones y que lograría el triunfo quien mejores argumentos expusiera a los militantes. De pronto se dio cuenta de que, en ese partido, la democracia ni siquiera es un árbol frutal. Sacudido por el triste descubrimiento, decidió renunciar a su partido. Las noticias que llegan de esa organización dejan en claro que camina con buen paso a la irrelevancia. Se acumulan los indicios de que se dispone a convertirse en subordinado de la nueva hegemonía.

Los brotes de oposición regional duraron un instante. Las discrepancias que se ventilaron hace unos meses en defensa del federalismo han desaparecido. El centro se impuso para someter a los críticos regionales que se atrevían a cuestionar la centralización. Si llegamos a hablar por un momento de las alternativas que se perfilaban en Jalisco o en Chihuahua, hoy no podemos más que registrar su aquiescencia y sus silencios. Esas semillas de oposición, esos bosquejos de antagonismo institucional se desvanecieron muy pronto.

El vacío de las oposiciones es el mayor problema democrático de México. Tanto o más que la política del avasallamiento, preocupa la fuga, la indolencia y la confusión de los opositores. Nada puede sustituir a esos órganos de la discrepancia. A los medios, a las organizaciones sociales, a los núcleos de interés no les corresponde suplir a los ausentes.

Lo cierto es que hay apetito de oposición. Algo nos dijeron las elecciones locales de hace un mes. La ola morenista sigue imponiéndose para obtener los triunfos más importantes. Pero un partido en fuga como el PAN logró una cantidad de votos que no puede ser menospreciada. El partido de López Obrador obtuvo en la elección de junio 1 millón 900 mil votos. Acción Nacional logró 1 millón 700 mil. Las alianzas de Morena, por supuesto, le agregan una carreta importante de votos y marcan una diferencia que puede ser determinante. Lo notable, como lo anotaba hace poco Héctor Aguilar Camín es que, en solitario, los dos partidos compiten al tú por tú. Si apenas tenemos partidos de oposición, hay una reserva de electores de oposición.

El presidente, popular como sigue siendo, ha multiplicado los frentes de inconformidad. Las torpezas de una administración que no se toma en serio, los efectos de las purgas irresponsables y precipitadas, ese estilo de mando que pende más de la inspiración que de la reflexión tendrán efectos en la vida cotidiana de millones de personas. Necesitarán alternativas. Hace falta un antagonismo lúcido, inteligente, fresco que se desprenda de su ostentosa carga reaccionaria. Debe partir, a mi juicio, de una crítica que asuma como propia la agenda igualitaria que el presidente ha puesto en el centro del debate público, pero que la entienda no como desahogo retórico, ni como prédica moral, sino como un complejo desafío de la responsabilidad política. Y si pretende defender las instituciones liberales, habrá de hacerlo partiendo de sus promesas incumplidas.

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02, Jul 2019

Aislacionismo

El discurso oficial abraza nuevamente el nacionalismo. Eso que Jorge Cuesta denunciara en su tiempo como una coartada de la mediocridad, ha vuelto a ocupar el centro del discurso público. Mexicanismo: la ilusión de que a México le basta lo propio. Pensar que lo nuestro es, por el hecho ser nuestro, lo mejor, lo más valioso. Ver lo extranjero como algo que, por el hecho de venir de fuera, es despreciable. Para nosotros, lo nuestro y sólo eso. Cerrar los ojos a lo que acontece afuera. Callar cualquier opinión sobre lo que sucede detrás de frontera. No necesitamos de los otros. No tenemos nada que aportarle a los demás. La ciencia de los otros es sospechosa. La cultura de los otros nos amenaza.

El viejo nacionalismo no era aislacionista. De hecho, el nacionalismo postrevolucionario era fundamento de una política internacional activa e intensa. El país tenía una posición en el mundo. Era un actor visible, defendía sus intereses y su visión en el ámbito global. Tuvo una posición frente al fascismo. Plantó cara a las dictaduras. Tuvo voz. Construyó alianzas, defendió causas. En coyunturas críticas asumió riesgos. El nacionalismo de hoy es otra cosa. Su curiosa lectura de la constitución lo lleva a renunciar a la política internacional. Una frívola distracción. La idea de que la mejor política exterior es la política interior significa que la mejor política exterior es aquella que no existe. Lo cierto es que la política internacional le tiene sin cuidado al presidente. Simplemente no le parece relevante. Cree que se trata de un brindis de aristócratas, una pérdida de tiempo. Estos seis meses de gobierno son elocuentes. Medio año de inactividad y de silencio. Frente a la crisis venezolana, México decidió no existir. La única política exterior que le interesa al presidente es la que no le quita el tiempo, la que no lo aleja de sus rutinas, la que no lo saca de su centro.

El hombre convencido de que estudiar fuera de México es contaminarse, aprender malas mañas, siente un profundo desprecio por la política exterior. ¿Para qué mantener una embajada si hay skpe? Fascinando con la comunicación en su pantalla, el presidente cree que ha superado el atavismo de las cumbres y del diálogo directo con sus pares. Una conexión de wifi es suficiente para superar el fastidio de comunicarse con extranjeros. Lo que resulta claro es que el presidente López Obrador no piensa distraerse con el mundo. O, por lo menos, eso ha pensado hasta ahora. El franciscano imagina que salir del país es una ofensa a los mexicanos. ¿Para qué usar traductores si es tan comprensible la indecencia de los cortesanos que lo abordan por las mañanas? ¿Para qué ir a un encuentro de mandatarios, si hay cosas más urgentes en México, como, por ejemplo, organizar un magnífico baile de  de autocelebración? Que sean los subalternos quienes malgasten de esa manera su tiempo. Menos México en el mundo y, por supuesto, menos mundo en México.

El nuevo nacionalismo es más provinciano que el previo. El otro tenía al exterior como referente. El victimismo nacionalista no se cansaba de decir que el origen de nuestro atraso era el imperio. El culpable de todos nuestros males estaba afuera. La codicia de los otros impedía el florecimiento de la nación. Esa denuncia ha desaparecido bajo el lopezobradorismo. Todos los males de México son endógenos, la mafia que nos oprime es de aquí. Por eso llama la atención que el populismo lopezobradorista carezca de dimensión internacional. No denuncia al norte, ni tiene el menor interés en construir alianzas con los países del sur. La penosa carta que el presidente envió al anfitrión de la cumbre de Osaka es la mejor prueba de su desinterés por la política internacional.

Este primer tramo del gobierno de López Obrador debería dejar claro el error del aislacionismo reinante. México no puede darse el lujo de callar en el mundo. El país no puede desentenderse de sus responsabilidades globales, no puede dejar de actuar políticamente fuera de las fronteras. A pesar de que en todos lados se respire nostalgia nacionalista, el mundo está integrado. Si nuestra suerte depende en buena medida de lo que se decida afuera, salir para cuidar el interés nacional no es ninguna frivolidad

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