09, Ene 2019

Migajas 2018

“La tarea del ojo derecho es mirar al telescopio, mientras que el ojo izquierdo mira en el microscopio.” Leonora Carrington ubicaba en ese estrabismo el genio de su imaginación. Lo diminuto y lo remoto se transfiguran en esa hechicería donde la luna es el ombligo de nuestras rotaciones y el cielo el imán que seduce a todos los cuerpos. De ahí también su fantástica zoología. La extraordinaria exposición que celebraba los cien años de la artista que ahora puede verse en Monterrey, capturaba todas las expresiones de su creatividad. Los lienzos, las máscaras, los títeres, los murales, los bocetos, los relatos, las cartas. A Tere Arcq y Stefan van Raay debemos la curaduría de este acontecimiento. En uno de los muros de la exposición podía leerse una doble revelación de sus ensueños: “Si hay dioses, no los creo de forma humana, prefiero pensar los dioses en forma de cebras, gatos, pájaros. Un prejuicio mío. Pero si se mueve alguna divinidad adentro del animal humano, es el amor.”

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 De Ida Vitale:

No respiran los pájaros:
por su canto respira el mundo.

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Las ilustraciones de Paul Sahre para el artículo publicado por el semanario del New York Times eran perfectas. Una botella con una etiqueta que anunciaba su vacío: Este frasco no contiene nada. Aplíquese diariamente hasta que los síntomas desaparezcan. Otro retrataba una medicina imaginaria: Placeborol. Refrigérese (o no). Las estampas acompañaban un artículo de Gary Greenberg sobre los placebos. ¿Y si el efecto placebo no es una farsa? El texto invita a tomar los chochos con seriedad. Sí: una pastilla de azúcar puede curar. O, por lo menos, ayudar a curar. Los descubrimientos recientes son una cachetada a los prejuicios de la modernidad: si un paciente se toma un vaso de agua con tres gotas de agua por prescripción de un médico al que respeta, tenderá a mejorar. Importa poco la sustancia. Cuenta la autoridad y la atención. Y si a una medicina se le cuelga un nombre rimbombante, tendrá un impacto mayor que si recibe un nombre ordinario.

Tal vez, sugiere, Greenberg, las tabletas inocuas activan una respuesta biológica al cuidado del otro; el celebro se enciende con la preocupación y el esmero de quien prescribe una pócima, desatando con ello una estela de reacciones fisiológicas. Si la mente es persuadida, el cuerpo sigue su pista. La mismísima escuela de medicina de Harvard ha creado un programa de estudios sobre los placebos. Su director sostiene que la curación de las enfermedades humanas no puede seguir siendo entendida como el uso mecánico de ciertas herramientas o el ciego suministro de sustancias. La relación entre el paciente y el médico (o el curandero, o el brujo) es determinante. Lo entendió bien Paul Valéry, un poeta, hace tiempo: los médicos usarán la ciencia pero no son científicos.

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Lo mejor que vi en pantalla en el 18 (además  de Roma, por supuesto, que se cuece aparte) fueron series documentales destinadas a la televisión más que a las grandeas salas. La primera, Wild, Wild Country, registra la aventura del gurú Bhagwan Shree Rajneesh (a quien se le conoció después como OSHO) en un diminuto pueblo de Oregon para fundar una comunidad utópica. La historia no solamente confronta a los seguidores del gurú con los pobladores originarios. También muestra las fricciones interiores, los delirios de los fieles, la ilusión sincera y los terribles permisos que toda secta se concede. Pocos personajes tan fascinantes, tan magnéticos como los que aparecen en esta serie de los hermanos Maclain y Chapman Way producida por Netflix. También ahí puede verse la serie monumental de Ken Burns sobre la guerra de Vietnam. Un lamento en diez episodios y dieciocho horas que recoge testimonios de los dos extremos del conflicto: delirios del poder y lágrimas. Locura, autoengaño, mentira y duelo.

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A cincuenta años del año que cambiara la vida de Octavio Paz, aparece un sitio en internet que aspira a recoger todas las cosas pacianas. En zonaoctaviopaz.com pueden encontrarse cartas, fotos, poemas, ensayos, conversaciones, entrevistas. Lecturas del poeta: lo que él leyó y lo que en él se ha leído. Ahí podrá encontrarse una nota, por ejemplo, de Jorge Cuesta hablando de un joven de veinte años. Y su presagio: “Octavio Paz tiene un porvenir.”

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07, Ene 2019

Épica

Empieza ya a notarse una disonancia crucial en la marcha de la política mexicana. El presidente, incansable y omnipresente, imagina su gobierno en clave épica. Piensa que todos los días se logra una hazaña. Todas las mañanas celebra la epopeya que es su gobierno. Que nadie piense que ésta es una administración ordinaria. Es, ni más ni menos que la cuarta ocasión en que el pueblo mexicano toma el control de su destino. A su juicio, vivimos jornadas que, dentro de algunos siglos, serán estudiadas por los niños. Esa es la dimensión de la megalomanía. Antes de inaugurado, se celebraba ya este gobierno como el Cuarto Nacimiento de la Patria. Al mismo tiempo se escucha otra tonada. Es el rumor de las persistencias, esa realidad que no se transforma de la noche a la mañana. Es la complejidad que se resiste a ser comprimida en el mundo en blanco y negro de la retórica oficial. Es la voz de las instituciones que habla otro lenguaje, que tiene otros tiempos. Es imposible hacer rutina con la épica. La felicidad nacional no puede nacer todos los jueves. A esa imposibilidad se enfrenta el gobierno de López Obrador.

El presidente entiende de ese modo la política. Es sincero en su convicción. No hay cálculo ni fingimiento en su oferta del nuevo amanecer. En eso cree. Por eso no es sensato pensar que puede dejar atrás ese discurso, como si hubiera sido una camiseta de campaña. López Obrador está convencido de que la política, cuando es auténtica, cuando alcanza altura permite saltos en el tiempo. Lo detecta bien Enrique Krauze en su lectura del presidente historiador . Por eso los reformistas no le resultan atractivos. En toda reforma hay una negociación que juzga indecorosa, un acomodo que le parece sucio. La gloria—esa palabra tan importante para Maquiavelo, se ha hecho presente en su vocabulario—no está en la mejora, el remiendo, el adelanto. Está en una transformación que no es simple política ni mera economía: es conquistar el “bienestar del alma.“ Los políticos a los que admira son los que rompen con tradiciones, aquellos que, incluso con el sacrificio, se apartaron radicalmente del pasado para fundar una nueva era. En numerosas ocasiones ha hecho escarnio de los moderados, esos cobardes que sirven involuntariamente a los conservadores.

El problema con la épica es que se lleva mal con el pluralismo democrático. Imagina una batalla histórica y la representa obsesivamente. Se vuelve, así, esclavo de su propio cuento. La política épica es incapaz de sacudirse la imposición de un libreto que termina siendo muy bobo. Se trata de identificar al villano y de aclamar al héroe. La visión épica del mundo puede ser persuasiva y ha demostrado su eficacia electoral, pero no es una perspectiva saludable para gobernar en un entorno democrático porque ciega a quien ha de tomar decisiones complejas. Lo que importa en esa dimensión es identificar al monstruo y blandir con energía la espada. La muy tonta reacción del Secretario de Comunicaciones ante la crítica de José Antonio Meade a la cancelación del aeropuerto es un perfecto ejemplo de ese síndrome: no escucho lo que dices porque eres quien eres. Ese es el tic del maniqueísmo épico: la descalificación moral de quien discrepa se basa en la convicción de que la historia es un templo para los héroes y el basurero de malvados.

Ante la invitación de un dirigente de Podemos a reencender la épica en la política española, Javier Cercas respondió de inmediato que en la democracia no hay espacio para la épica y que, en realidad, el principal deber de las instituciones democráticas es desterrar esa lógica. “La política democrática no se parece a la épica arrebatada de Juego de tronos, donde héroes y monstruos pelean a muerte por el poder en dos continentes ficticios en medio de guerras, torturas, violaciones, secuestros de niños y asesinatos en masa; la política democrática se parece a la prosa serena y razonable de Borgen, donde hombres y mujeres comunes y corrientes, dotados de sueños, pasiones, deseos y debilidades mediocres de perfectos antihéroes, se esfuerzan por mejorar la vida de sus conciudadanos en una Dinamarca real, o por lo menos verosímil.”

Lo cierto es que no hay López Obrador sin épica. Sospecho que los límites de su política estarán determinados por la leyenda que imagina.

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31, Dic 2018

Nueces del 2018

El Pueblo contra la democracia, el trabajo de Yascha Mounk sobre el populismo, es seguramente el libro de teoría política más importante del año. El más comentado, el más discutido. Recientemente Paidós lo ha traducido al español. El profesor de Harvard identifica en el texto los orígenes del populismo y las razones de su seducción. Advierte igualmente los peligros que encierra esa pretensión de ejercer el monopolio moral de la representación política al encarnar a un pueblo siempre unido, bueno y sabio. Podría decirse, que el trabajo se queda, sin embargo, en las nubes de la teoría. En un artículo reciente publicado en el Atlantic que ha firmado junto a Jordan Kyle, Mounk intenta analizar objetivamente el desempeño de los gobiernos populistas contemporáneos. ¿Son eficaces? ¿Consiguen lo que prometen?

La pregunta es importante. Después de todo, las cuatro democracias más pobladas del mundo son gobernadas hoy por populistas: Modi en la India; Trump en Estados Unidos, Widodo en Indonesia y Bolsonaro en Brasil. ¿Cuál es en realidad el desempeño de los liderazgos y movimientos populistas en el mundo? ¿De qué manera puede contrastarse con políticas que no lo son? Mounk y Kyle identificaron cuarenta y seis dirigentes populistas en el mundo en treinta y tres países democráticos de 1990 hasta ahora. El primer resultado es claro. Los populistas son eficaces para conservar el poder. Los gobiernos populistas duran en el gobierno más del doble de tiempo que sus rivales. Su permanencia puede ser prueba de su respaldo. Sin embargo, los estudiosos advierten que solo una minoría de esos líderes deja el poder tras el castigo de los votos y que muchos prolongan su mandato tras alterar las reglas de la competencia. Lo más relevante, sin duda, es qué es lo que los populistas hacen con el poder. ¿Provocan efectivamente un deterioro institucional? ¿Aportan legitimidad? ¿Refrescan el pacto entre sociedad y gobierno? Las conclusiones de Mounk y Kyle no son alentadoras. Cerca de la mitad de los gobiernos populistas reescriben las reglas para debilitar los contrapesos y restringir el disenso. Tampoco son particularmente exitosos los gobiernos populistas en la lucha contra la corrupción. Si ofrecen sacar a sus países del pantano de la corrupción, suelen enlodarlo aún más.

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Pregunta John Gray: ¿Por qué será que los liberales siguen leyendo tan mal el presente?

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Los entuertos del presidente Trump atizan la ilusión de que su ascenso es un paréntesis en la historia. Tan sorprendente fue su victoria que se abriga la esperanza de que su presidencia terminará antes de tiempo. Se cerrará así la excepción y volverán las cosas a su sitio. El centro se recompondrá, los partidos recuperarán sus tradiciones y se pondrá fin a la caótica política del mitómano. No parece ser así. El terremoto ha cambiado a tal grado los puntos de referencia que no hay vuelta posible. Lo escribió hace poco el búlgaro Ivan Krastev, uno de los politólogos más lúcidos de nuestro tiempo. El impacto de Trump en la política mundial permanecerá mucho tiempo después de que deje la Casa Blanca. La marca que dejará en la historia será mayor que el que hayan dejado Bush u  Obama. “El mundo post-Trump no será el mundo pre-Trump.”

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Amos Oz recomendaba La vida de Brian en su brillante ensayo contra el fanatismo. En la película de Monty Python, el protagonista le dice a sus discípulos: “Todos ustedes son individuos.” La multitud responde: ¡Todos somos individuos!” Uno disiente. Tímidamente dice: “Yo no.” El montón lo calla de inmediato. La urgencia de pertenecer, la vocación de uniformarse suele ser el primer paso del fanatismo. Muy pronto se transforma en culto a los seductores.

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Tuiter, más que una plataforma de comunicación, es un reality show, escribió el historiador holandés Ian Buruma. El medio perfecto para un farsante narcisista como Donald Trump. “Normalmente no tenemos oportunidad de ver u oír sin filtro los pensamientos de otros (salvo, tal vez, en un bar). Antes los diarios pasaban las cartas al editor por un cuidadoso escrutinio para no dar publicidad a fanáticos y maniáticos; lo privado era privado. Pero con Internet eso cambió: ahora cualquiera puede airear sus pensamientos sin importar lo repelentes o absurdos que sean.” Es el reino de la ocurrencia y el prejuicio.

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24, Dic 2018

De música

Esta noche es Noche Buena y me doy permiso para escribir de música en estas páginas. No tiene mucho sentido hablar hoy de presupuestos y de congresos, del presidente locuaz y de sus fieles, de polémicas leyes o decretos. Para eso hemos tenido todo el año. Las fiestas piden apartarse de las rutinas y cambiar la conversación. Hablar, por ejemplo, de música.

Hablar de música no es hablar de un pasatiempo sino de un lenguaje que, al escapar de las tenazas de la lógica, nos permite interrogar y celebrar la existencia. Lo decía con admirable elocuencia Nikolaus Harnoncourt al recibir el Premio Erasmo en reconocimiento a su contribución a la cultura europea. El violinista y director austriaco hablaba de la música como uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, una columna que ahora se trata como simple entretenimiento, como un pasatiempo, una compañía tan constante como trivial. Nunca hemos estado tan llenos de música como ahora. La música nos envuelve, nos persigue y, tal vez por eso mismo, no ha sido nunca tan irrelevante. Música en el elevador, en el camión, en la calle, en la casa, en el baño, en el mercado. En la palma de la mano podemos escoger de entre millones de canciones, sin detenernos un segundo a festejar su misterio. La música puede ser hermosa, posee al cuerpo, se convierte en una adicción. Pero ahí no está lo importante, dice Harnoncourt. Más allá de la belleza de sus armonías y de lo pegajoso de sus ritmos, es la puerta de lo inefable. Hechizo inquietante, conmovedor, misterioso.

Lo más humano y lo más divino a lo que tenemos acceso. Cantar, ha dicho ese gran melómano que es George Steiner, es “la más carnal y la más espiritual de las realidades. Acopla alma y diafragma.” Idioma intraducible, a fin de cuentas, indescifrable. El oído acoge con deleite el “no se qué,” aquello que no puede ser nombrado, aquello que no se entiende y, sin embargo, otorga sentido. Entre los silencios, el paréntesis de la música. «Una duración encantada, dice el filósofo Vladimir Jankélévitch, una efímera aventura y un breve encuentro que se aísla dentro de la inmensidad del no ser». Octavio Paz escribe en un poema:

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Todo ser humano, decía Harnoncourt, tiene el derecho a entrar en contacto con el lenguaje de la pintura y de la poesía. Ser capaz de comprender el vocabulario y la gramática de la música. Negarle a un niño este trato con las artes sería tan abusivo como bloquearle el acceso a las letras, los números o la historia. Formarnos en el arte es abrirnos a la posibilidad de ser transformados por el genio de la fantasía, la imaginación. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?”

La gran pasión de Einstein fue la música. Era incapaz de pensar sin música. No viajaba sin Lina, su violín preferido. El mayor placer que me ha dado la vida ha venido de sus cuerdas, decía. De Mozart dijo algo interesante: más que creador de su música, fue el descubridor de una armonía universal. Fue el maestro que captó el sonido eterno del universo. El genio de la música escucha el universo, el genio de la física lo deduce. No es que la música fuera para él un pasatiempo, era parte esencial de su proceso intelectual. Lo notaba Elsa, su segunda esposa quien advertía el vaivén de su pensamiento: del escritorio donde trabajaba en sus teorías a la sala donde tocaba el violín, y de regreso. Su hijo Hans Albert coincidía: cada vez que en su trabajo topaba con pared, escapaba a la música. Tarde o temprano, el violín sugería la solución. Pudo haber coincidido con John Keats: la belleza es verdad, la verdad, belleza.

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17, Dic 2018

De autonomías

La democracia se alimenta de la sospecha. También se nutre de esperanzas, por supuesto, pero en el recelo encuentra su equilibrio. Las instituciones que desentonan de la voluntad mayoritaria son tan importantes como aquellas que pretenden expresarla. La democracia está en el voto que constituye gobierno y en las muchas instituciones y prácticas que lo restringen y vigilan. El brillante politólogo francés Pierre Rosanvallon ha propuesto un término para nombrar esa política de desconfianza. “Contrademocracia” llama, no a lo contrario a la democracia, sino al complejo de resistencias que se configuran en un régimen pluralista en contra del poder de los elegidos. Instituciones de vigilancia y de denuncia, instancias arbitrales, medios que develan los secretos, órganos técnicos diseñados para actuar con independencia de la presión popular. La democracia, a pesar de lo que dicen los demagogos, no supone, en modo alguno, confianza en la infalibilidad del pueblo o de institución alguna. En democracia se cree y se duda, se afirma y se refuta.

Arremeter contra los órganos de la desconfianza es debilitar equilibrios esenciales.  Resulta preocupante el embate de la nueva política a esos órganos de la suspicacia. El cambio electoral de julio sería, a juicio de la nueva clase política, una instrucción a todos los órganos del poder para seguir la guía del presidente de la república y para abrazar su proyecto. ¿No se han dado cuenta de que el país ya cambió políticamente?, preguntan insistentemente. Insinúan que todos deben alinearse. Esta visión unitaria de la política desconoce el aporte de quienes no siguen instrucciones del votante. La máquina democrática exige que las piezas estén enfrentadas persiguiendo propósitos distintos, defendiendo intereses contradictorios. No lo entienden así los nuevos jerarcas. Para el presidente, los órganos autónomos no son más que burocracias privilegiadas, estorbos a la clara voluntad del pueblo. Gastos inútiles. A su juicio, estaríamos mejor sin ellos. Tiene razón, sin duda, cuando advierte excesos en salarios y prestaciones de sus titulares. Acierta al denunciar el gigantismo de algunos. Seguramente se pueden encontrar formas para adelgazarlas y hacer más eficiente su actuación. Pero se trata de órganos indispensables que nos proveen de información valiosa, que pueden activar alarmas necesarias, que pueden denunciar desviaciones peligrosas, que pueden corregir errores. Debilitar estos órganos que han aparecido en la última generación es perder reflejos para actuar, es arrancarnos ojos, amputarnos brazos. Insisto: hay espacio para la reforma, para la compactación de instituciones que crecieron desmedidamente. Pero no podemos darnos el lujo de vivir sin ellas.

La primera víctima de esa fobia contra las autonomías será, al parecer, el instituto de evaluación educativa. La propuesta de reforma, diseñada ostensiblemente para congraciarse con los sindicatos, entrega a los dueños de la representación otro obsequio: el cadáver de un órgano que, con independencia de la administración y del gremio, podía presentar reportes oficiales sobre los resultados de la política educativa. Si la funesta iniciativa de reforma constitucional propuesta es aprobada, habremos perdido, además de los mecanismos de mérito para la selección y promoción de los maestros, una instancia oficial confiable que nos permitía medirle el pulso a la educación. La oficina que se creará en sustitución de ese órgano estará supeditada a los cálculos y los intereses del poder. El feo nombre que se propone para designarla anticipa el sentido de sus trabajos: se trata de presentar estudios que ayuden a mejorar la autoestima de los trabajadores y a promover su imagen pública. Se entiende que nada que los ofenda merece salir a la luz. “Jamás otra campaña de desprestigio contra los maestros,” ha dicho enfáticamente el presidente. La instrucción con la que nace el instituto para la revalorización el magisterio es clara, ningún reporte, ningún estudio, ningún registro que vaya en contra de su prestigio. Y si aparece alguna información políticamente contraproducente, habrá, por supuesto, que callarla. Si se descubre una información amarga, a dulcificarla para no incomodar a nadie. Nada que lastime la sensibilidad de los maestros. Perdimos un instituto autónomo. Se nos ofrece, en remplazo, una agencia de publicidad de los sindicatos.

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13, Dic 2018

ROMA

El entusiasmo sólo se expresa en desmesura. Contenerlo es falsificarlo. Roma es una obra de arte como la que no se ha producido en México en este siglo. Más que una cinta, es un acontecimiento que solamente puedo comparar con la publicación de El laberinto de la soledad o de Pedro Páramo, con los murales de Orozco, con Los olvidados. Afirmaciones del arte que nos interpelan de manera radical. Metáforas que rehacen nuestro recuerdo y nuestra presencia. Quiero decir que Roma no es, a mi juicio, solamente la muestra de un artista en la plenitud de su creatividad, el trabajo magistral de un equipo insuperable que logra un concierto único. No es solamente la perfecta ensambladura de actuaciones, libreto, fotografía y evocaciones sonoras. Es algo más que una película técnicamente impecable y emocionalmente devastadora. Es el retrato más acabado del México dulce y cruel, de ese país entrañable y detestable que sigue sin ser una casa para todos.

Roma es muestra del genio, que no del puro talento de Alfonso Cuarón. Una película suya en todos los sentidos. Son sus recuerdos los que aparecen en la pantalla, es su cámara la que retrata la ciudad y el cielo, es su libreto el que fija las palabras y las miradas. Lo primero que maravilla es la fotografía. El blanco y negro encuentra su justificación plena porque armoniza los detalles. Imposible pasar por alto la conmovedora belleza de sus cuadros: la marea del agua que limpia el patio, una cazuela rota, el universo de las azoteas, una ciudad llena de vida, un avión que cruza el cielo. La cámara de Cuarón captura la intimidad de los cajones y el portento del horizonte. Acaricia con luz cada objeto para hacer poesía con esa cotidianidad que se ha ido. Si es una fiesta para la mirada, lo es también para el oído. La admirable recreación del pasado es, sobre todo, resurrección de sus sonidos. Los silbidos del afilador, el rumor de los viejos motores, los anuncios de la radio. Si regresamos a otro tiempo es porque lo escuchamos.

Roma puede verse como una carta de amor a las dos mujeres que marcaron la infancia del director. Su madre y la mujer que trabajaba en su casa no solamente cocinando y limpiando sino también cuidando amorosamente a los niños, despertándolos por la mañana, arrullándolos con canciones al dormir. Retratos de dos mujeres fuertes y solas. Si la película no se desbarranca ante los riesgos retóricos y sentimentales de la historia es por la contención de estas actuaciones magistrales. Cleo, (Yalitza Aparicio) encarna todas las emociones pronunciando apenas unas cuantas palabras. No tiene sitio en la conversación, pero sus silencios lo dicen todo. En sus ojos están la ternura y la sorpresa, el esmero y el cansancio, el miedo y la soledad. Contrastante es la energía masculina. Hombres cobardes que rugen, que amenazan, que matan y que huyen.

Vivir en casa ajena. Ese es el tema de Roma y es también el tema de México.  ¿Qué significa vivir en un país que es, a fin de cuentas, ajeno? ¿Qué significa, para los dos extremos de la casa, crecer con una familia inexistente? El cariño en la desigualdad no es falso, pero es perverso y encierra, a pesar de todas las dulzuras, un abuso. Los niños aprenden a ser, desde que pueden hablar, educadamente, déspotas. Una relación entrañable que, al mismo tiempo, supone la privación de los derechos: no hay vacaciones, no hay privacidad, no hay horarios. Un vivir para servir.

No le han faltado críticos a Cuarón por esta película llena de riesgos. Hay quien la encuentra condescendiente, hay quien advierte cierta intención de ennoblecer la explotación.  No lo veo así, pero creo que esas reacciones prueban la fuerza de una película que no puede sernos indiferente. Ahí está su grandeza: las emociones que despierta son profundas, aunque no sean opuestas.

Dos escenas marginales capturan el mensaje hiriente de la cinta. Dos niños juegan a ser astronautas. Uno de ellos pasea con su familia en el bosque. Su disfraz es impecable. Se imagina descubriendo parajes de la luna. En otra escena aparece otro niño (seguramente de la misma edad) jugando también al astronauta. Camina por los charcos de Netzahualcóyotl. No tiene disfraz de tienda, solamente se ha cubierto la cabeza con una cubeta a la que le ha abierto un hueco. Con idéntica emoción, imagina las mismas aventuras lunares. Esos niños, lo sabemos bien, no pertenecen al mismo país. No habitan la misma casa.

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10, Dic 2018

Nuestras instituciones

Muy generoso fue el presidente con su antecesor. Destrozó en su discurso todas y cada una de sus políticas, pero le agradeció su comportamiento durante el proceso electoral. Ni una palabra al órgano que organizó ejemplarmente la elección. Ni una mención al instituto que dio cauce a la competencia y contó los votos que le dieron la victoria. El silencio es significativo. Andrés Manuel López Obrador mantiene viva su desconfianza del orden institucional. Aun teniendo mayoría en el congreso, busca respaldos y legitimaciones por fuera de la legislatura. Está convencido de que la democracia está en otro lado y que las instituciones necesitan refundarse si es que quieren ser confiables.

Lo que le incomoda, en realidad, es la disonancia del pluralismo. Para él, la democracia no es un régimen de separaciones, sino la afirmación de la única voz legítima. Existiendo una voluntad auténtica del pueblo, todo lo que se aparte de ella, toda duda, toda sospecha, todo freno es un obstáculo maligno. Su ilusión es que los órganos del Estado se alineen con el gobierno mayoritario. Los procedimientos son, para él, frivolidades, los derechos coartadas de quienes pretenden defender privilegios. Esos son los reflejos del político que ocupa la presidencia. La victoria no ha transformado sus convicciones profundas. Si los jueces detienen una decisión, es porque son incapaces de entender el cambio que vivimos en julio.

Desde la perspectiva épica, las instituciones no pueden ser nunca plataformas de la neutralidad, jamás un patrimonio común. No deben siquiera aspirar a serlo. Si ellos tuvieron sus instituciones, ahora serán nuestras. Si antes sirvieron al neoliberalismo, ahora serán instrumentos de la Cuarta Transformación. Si fueron instrumento de ataque en contra nuestra, ahora estarán puestas a nuestro servicio.

En la ocupación morenista de las instituciones no se advierte, si quiera, la intención de guardar las apariencias. Debe ser, para ellos, consecuencia natural de haber conquistado la mayoría. Puede ser, tal vez, su entendimiento del “mandato”: los electores quisieron que lo cambiáramos todo, que barriéramos con todos, que refundáramos todo. Es la lógica de la aplanadora: si tenemos los votos, pasaremos por encima de quien nos venga en gana. El mensaje es claro: no se pretende afirmar a la judicatura como asiento de una imparcialidad deseable sino como respaldo del poder. Así lo muestra la terna que el presidente ha enviado al Senado para cubrir la vacante en la Suprema Corte de Justicia. Las elegidas por el presidente serían impresentables en cualquier país democrático. En cualquier lado se reconocería, por supuesto, su trayectoria académica y profesional, pero su activa militancia en un partido político, su participación reciente en contiendas electorales, su cercanía con el jefe de gobierno las invalidaría definitivamente para ocupar un asiento en el último tribunal de la república. Es a todas luces aberrante brincar de una actividad que llama a la parcialidad vehemente a las tareas de la justicia constitucional.

La denuncia de esta ocupación no es, en modo alguno, nostalgia de lo que tuvimos y que estaríamos a punto de perder. Los gobiernos recientes se encargaron de pervertir estos espacios de neutralidad. En los últimos años fuimos testigos de la captura de los órganos regulatorios, la partidización de instituciones que debían estar por encima de las parcialidades, la distribución por cuotas de los asientos de arbitraje. Pero eran, con todo, posiciones sujetas a negociación. El deseo de uno tenía que vencer el veto del otro. El gobierno no contaba con los votos necesarios para imponer, por sí solo su voluntad. Había que cruzar el puente para lograr los votos del consenso. Eso es lo que ha cambiado. La voluntad de los afines basta. Con ello han desaparecido los recatos. El presidente López Obrador se atreve a lo que ninguno de sus antecesores: proponer a militantes activos de su partido para ocupar el sitio que exigiría la suprema imparcialidad. Ningún presidente, desde la reforma del 95, se había atrevido a tal cosa. Controlando dos poderes del estado, el nuevo gobierno busca el control directo del tercero para eliminar de ese modo, uno de los pocos espacios institucionales de independencia.

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04, Dic 2018

Nueva política

Es una nueva política. Hemos hablado mucho de los números del cambio. La cantidad de votos, los porcentajes, los asientos del congreso, la recomposición del mapa nacional. Todo eso importa, por supuesto, e importa mucho. Es la base institucional de un poder que ha nacido sin antagonistas. Es la primera vez en nuestra historia en que tenemos a un presidente democráticamente legítimo e imponente. La negociación con las oposiciones ha dejado de ser necesaria. Si la nueva coalición mayoritaria actúa coordinadamente, podrá hacer, rehacer y deshacer las leyes que le dé la gana. Podrá rearmar, a su gusto, las instituciones autónomas. Podrá, con un mínimo esfuerzo, cambiar la constitución.

Pero, tal vez, lo más relevante del cambio está en otro lado. No en el ámbito formal de las instituciones sino en el modo de entender y ejercer el poder. En los hilos de la persuasión y en los calderos de la movilización política. Si estamos frente a una nueva política no es porque las viejas instituciones hospeden ahora a una nueva clase gobernante. Es que ese grupo entiende de manera radicalmente distinta la mecánica del poder, el sentido de la representación, el sitio del conflicto y los atributos del liderazgo. Ocupar las instituciones es apenas una forma (y, por cierto, no la más relevante) de ejercer el poder.

Es cierto que la “parafernalia del poder” le incomoda al presidente López Obrador. Lo constatamos nuevamente este sábado: hablar en la plaza pública le es infinitamente más grato que hablar desde la tribuna del Congreso, así sea un Congreso cuya mayoría le es, no sólo afín, sino devota. La sospecha del orden institucional lo ha acompañado siempre. No ha desaparecido. Si desconfía de las instituciones es porque las ve como corruptoras de la voluntad del pueblo. La voz auténtica del pueblo es la que responde a su llamado. Por eso se anuncia, como en tiempos del cardenismo, una intensa política de movilizaciones. Convocar, desde el poder, al respaldo del poder. Mostrar músculo en el espacio público para aviso de los opositores. La política de López Obrador no tiene como propósito la rotativa del Diario Oficial. La imagen que tiene del cambio histórico, ese sueño de gloria que lo anima supone una activación de lo popular. Es poner en movimiento una militancia del entusiasmo. En la formación de las lealtades se medirá, en buena medida, su éxito.

No hay fervor político sin antagonismos. La nueva política es, a todas luces, una política de enemistad. Es una constante activación de rivalidades. Nadie podría decir que se trata de una brecha inventada por la retórica de un hombre. El abismo es, en realidad, la constitución de México. Pero su uso político nos convierte en un país de irreconciliables, renuncia al entendimiento entre los polos y asume que la misión de la política es derrotar—si no es que aniquilar—al otro. Frente a nosotros se agrupan los herederos de los malos de siempre, esos conservadores que son pura hipocresía, esos mimados que no quieren perder privilegios. En ese escenario, no hay otro deber para la política que organizar la batalla contra el antipueblo.

La política también cambia de ambición y de ritmo. La nueva política no es política de reformas. El gradualismo es, para el presidente de México, mala palabra. Nunca se ha quedado corto para acentuar la dimensión épica de su proyecto. Insiste en sugerir que está naciendo un nuevo país con una auténtica democracia, una economía incluyente, una sociedad solidaria y una nueva moralidad pública. Sus propuestas acentúan el filo con el que pretende cortar el pasado. Habla insistentemente de la prisa con la que asume la encomienda. En seis años, gobernar doce. Hay momentos, cree él, en que las sociedades logran desprenderse del pasado. Rechaza por eso el reformismo, como si fuera simple maquillaje, el engaño de esos cambios que nada cambian. Escuchamos así la restauración de la retórica revolucionaria. Nada, o casi nada es importante cuidar del pasado. Hay que barrer con él.

La política mexicana tiene nuevas sedes, otra tracción, tensiones de distinta naturaleza, otras prioridades, otro ritmo, un vocabulario diferente. Debemos hacer esfuerzos por entender esas novedades porque sólo de comprensión puede surgir una estrategia frente a ella. ¨

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03, Dic 2018

La casa de Auden

Si podemos reunirnos frente al pavo en Navidad es porque hay mesa, porque hay techo. Porque hay cocina y alacena. Al prepararse para la noche de Acción de gracias, W. H. Auden pensaba en la arquitectura, en los recovecos de su casa, en sus atmósferas, su luz, su calidez. Es posible invitar a alguien a cenar porque hay un lugar reservado al W.C.  El arquitecto hace realidad un anhelo esencial: crear un espacio común y al mismo tiempo, delimitar un claustro. Un sitio para todos los días y para las fechas de guardar. Un espacio para ti y un espacio para nosotros. En “Acción de gracias por un hábitat”, un poema que escribió en la primavera de 1962, Auden reflexionaba sobre el gozo de la posada. La historia de la humanidad y los secretos de lo más íntimo se entrecruzan en las habitaciones de su casa. En las escaleras y en mi cocina está Notre Dame; en el cuarto de visitas y en mi recámara aparece la sombra de Stonehedge y el blanco de la Acrópolis. En el planeta hay, por supuesto, otras especies arquitectónicas. Abejas, hormigas, pájaros edifican con tierra, con ramas, con cera. Tejen redes maravillosas, esculpen colmenas de admirable simetría, extienden complejísimos laberintos subterráneos. Pero somos, al parecer, la única especie que imprime trascendencia a sus refugios: levantamos recintos para vivir, pero también para morir. Abrigos contra la lluvia y templos para el culto. Deseosa como es de permanencia, la arquitectura nos recuerda mortales. La arquitectura, dice Auden, no es techo, es recordatorio de que necesitamos vivir como si existiera otra vida. La idea esencial de la arquitectura es esa: si acaso…

Auden describe su estudio: la caverna del significado. Una cueva para la soledad, una cápsula que mantiene el mundo a lo lejos, un lugar que convierte el silencio en el instrumento más precioso. Tal vez pensar no sea salir de la cueva, sino dejarse envolver por una gruta. Contemplar ahí las sombras, descifrarlas. El recorrido sigue. El poeta nombra la bodega, ese albergue de lo necesario, y el ático que colecciona desechos. En un sitio nos resistimos a la degeneración de las cosas y combatimos la podredumbre. En otro acumulamos desperdicios. Somos coleccionistas de basura y alimento, de sustento y decorado. El poeta se detiene en el baño y en su trono: esa butaca que todos visitan y que sirvió de asiento a aquel personaje de Rodin ha sido, seguramente, la fuente de las más admirables hazañas. ¡Cuánto se ha pensado ahí! Y la regadera, un edén del canto. Habla, por supuesto, de la sala que es una invitación a la amistad. La más suntuosa de las habitaciones permanece vacía y callada durante buena parte del año porque se prepara a recibirte. Auden mira su recámara y ve una mano que acaricia nuestra desnudez.

El artículo completo puede leerse en nexos de diciembre.

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29, Nov 2018

Cirujano con machete

La política es voluntad y teatro. Poco más. Eso parece decir Andrés Manuel López Obrador, quien dentro de unas horas se convertirá en presidente de México. Para lograr el cambio, para refundar una nación, basta con desearlo y pintar los telones de una patria nueva. A López Obrador se le conoce por sus convicciones: fe en sí mismo y confianza en el efecto mágico de los símbolos. De esas dos cuerdas colgará su gobierno: centralización y escenografía. Son claros sus mensajes en estos largos meses de transición: concentrar todas las riendas del poder y cuidar, con admirable esmero, la coreografía de los símbolos.

López Obrador se ofrece al país como el Cuarto Padre de la Patria. La megalomanía ha sido parte de su encanto. Primero apareció Hidalgo, sonando las campanas de la independencia; luego vino Juárez, fundador del Estado laico. El tercer padre fue Madero, quien dio la vida por el sueño de la democracia. Ahora viene él para completar el mural con la fundación de una nación fraterna. No pretende ser un gestor. Ni siquiera le interesa ser considerado como un estadista porque para él la tarea pendiente, en realidad, es la nación. Encabezará el primer gobierno de izquierda desde que Lázaro Cárdenas dejara la presidencia en 1940. Encarna, sin duda, una esperanza igualitaria. Poner a los olvidados en el centro. Terminar por fin con el despotismo oligárquico. “Primero los pobres” ha sido su lema. Ese programa igualitario, urgente como ninguno, no solamente enfrenta el rechazo de quienes podrían ser materialmente afectados por sus políticas. En el estilo de su liderazgo, en la coalición que lo respalda, en las confusiones de su estrategia están, quizá, las mayores amenazas de su propio proyecto.

El artículo completo puede leerse en El país

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28, Nov 2018

El mal querer

No he podido despegar el oído del disco de Rosalía que se ha vuelto un fenómeno en España. Digo disco aunque no tenga el acetato ni el cedé porque es, en efecto, un pieza en la que cada una de las once canciones se integra a un relato. Un álbum conceptual como los que ya no se acostumbran en esta época de pedacerías. El disco se basa, según dice la cantaora barcelonesa, en un libro del siglo XIV de autor anónimo. La dramática historia de amor venenoso que bien podría suceder el día de hoy. Una historia de deslumbramiento y negación, de celos, de posesión y abuso. Y finalmente, un canto de liberación.

Cada canción es un capítulo, el fragmento de un dolor que se enreda y se prolonga. El primero es un augurio sombrío. “Ese cristalito roto yo sentí como crujía. /Antes de caerse al suelo / ya sabía que se rompía.”  Después vendrá la ceguera de la boda, los celos y el encierro. Sirenas, acelerones, y llantas acompañan la amenaza del amo: “Mucho más a mí me duele / de lo que a ti te está doliendo / conmigo no te equivoques.” Seguirá el sufrimiento solitario y una advertencia: “Y se va a quemar si sigue ahí / las llamas van al cielo a morir.” Y, finalmente, el poder: “A ningún hombre consiento / que dicte mi sentencia. / Sólo Dios puede juzgarme / Sólo a él debo obediencia. / Hasta que fuiste carcelero / yo era tu compañero.”

El mal querer es un disco que fastidia a los tradicionalistas, que incomoda a los ortodoxos. En la recepción del trabajo hay, desde luego, un ángulo político. Rosalía es una cantante barcelonesa que se expresa a través del flamenco, provocando una estela de reacciones. Los tribales de una y otra secta se indignan. Para unos Rosalía será traidora a la nación catalana; para otros será corruptora del flamenco, pero no es eso de lo que vale la pena hablar. De lo que hay que hablar es del prodigio musical. El disco es sencillamente brillante. Fernando Navarro, el crítico musical de El país, calificaba el disco como una obra maestra. Su juicio no es exagerado. Lo es. En efecto, es un disco atrevido, radical, provocador. Tiene el gancho del pop, los lamentos de blues, la llama del R&B, la aspereza del cante. Es un relato estrujante, un canto que hechiza. En su canal de youtube, puede verse al compositor Jaime Altozano desmenuzar pacientemente el genio de este trabajo. Vale la pena prestar atención a los cuarenta minutos de esta clase en donde examina las armonías y las influencias del disco, las fuentes que inspiran ritmos y efectos, las resonancias ancestrales y las novedades técnicas de la producción. El explicador resalta la complejidad compositiva del disco, la naturaleza de sus experimentos, la minucia de los contrapuntos, la riquísima fusión de géneros. Al oído atento puede insinuarse, bajo las palmas del flamenco, la ominosa marcha fúnebre de Chopin.  Rosalía, dice Altozano en esta exposición, no ha actualizado el flamenco. Creó un universo que no es solamente musical sino también visual. El par de videos producidos por CANADA que ilustra el disco completan a la perfección la estética de ese universo. Yo seguiré pegado a los once capítulos de El mar querer.

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27, Nov 2018

Elogio

La crítica de la política suele dar la espalda a uno de los placeres de la crítica literaria o de la crítica de arte. No se ejercita en el elogio. Es infrecuente en nuestro medio que se festeje la trayectoria de un personaje público. Conocemos, sí, el cebollazo: ese enaltecimiento desmedido e interesado de los personajes poderosos. Alabanzas desde la pleitesía, no desde el juicio independiente. Hoy, cuando está por concluir el encargo del ministro José Ramón Cossío, es debido intentarlo porque no solamente representa una carrera judicial ejemplar sino porque encarna una tradición de digno servicio público que solamente ignoraríamos en nuestro perjuicio.

Muchas vocaciones coinciden en la de José Ramón Cossío. Un jurista que llega a la cumbre del Estado. Un maestro empeñado en rehacer el entendimiento y la enseñanza del derecho. Un tutor de generaciones. Un hombre de la transición: el protagonista discreto de un cambio histórico. Un atentísimo observador del mundo que no se entrega a las cegueras profesionales. Un curioso que se adentra en todas las disciplinas y que, de cada una de ellas, obtiene aprendizajes. Un intelectual que razona en público sobre los mil asuntos que nos conciernen. Un inagotable germinador de proyectos intelectuales.

Cossío debe ser reconocido como uno de los arquitectos del pluralismo democrático que, con todos sus defectos, se asentó en el país. Lo es por razón doble. Primero porque hizo la crítica del fundamento constitucional del autoritarismo y porque abrió espacio, desde la Suprema Corte de Justicia, a una nueva convivencia política. Su aporte debe ser aquilatado porque encarna otra transición. No la visible de las elecciones y la representación política, No la ruidosa transición de la alternancia, sino la transición que da asiento al pluralismo, que fortifica y ensancha derechos a través de la intervención judicial.

Antes de ocupar silla en la Suprema Corte de Justicia, José Ramón Cossío examinaba una faceta ignorada del autoritarismo. Conocíamos de los trucos electorales, se hablaba del hiperpresidencialismo y de la manipulación corporativa. Se denunciaba el fraude electoral, los abusos del ejecutivo, la ausencia de libertades. Cossío nos abrió los ojos al advertir que la retórica constitucional no era irrelevante para el funcionamiento de esta maquinaria de arbitrariedades. Su juicio era severo: los abogados mexicanos habían contribuido, con su ciencia y su mansedumbre, a la legitimación del autoritarismo. Trivializaron esa ley que decían idolatrar. Con su crítica, Cossío encabezaba una subversión intelectual al exigir lo obvio: que el poder se sujete a la norma.

El juez siguió la pista abierta por el académico. En 2003 se integró a un tribunal que se aprestaba al cambio. La argumentación de Cossío en ese espacio (muchas veces solitaria) fue un extraordinario aporte de lucidez. Nadie puede poner en duda su contribución a una lectura liberal e igualitaria de la Constitución mexicana. El juez constitucional es un equilibrista que ha de plantarse frente a un mundo marcado por el conflicto. Cuidar el orden constitucional es ejercitarse en ponderaciones. Así lo entendía desde que asumió la responsabilidad como ministro. Se trataba, ni más ni menos, que de ir redefiniendo los contornos del poder y los derechos. Escabroso trazo. La convivencia pluralista es una travesía en el conflicto porque nuestros ideales no son armónicos sino, con frecuencia, rivales. Toca al juez ponderar, en cada caso, normas y valores.

En la conversación democrática deben participar distintas voces, distintos tiempos, distintas representaciones. En ese intercambio, la palabra de la Corte no puede disolverse en un coro, así sea el más popular. La suya no es la voz de la plaza o del parlamento, esa voz que apela a la mayoría. Tampoco es la voz de la técnica que pretende dictar la única solución correcta. La voz que emerge del último tribunal es la voz de los derechos, la voz de las cautelas. Una voz, como la de Cossío, a un tiempo audaz y prudente. Creativa y memoriosa.

Al terminar el encargo de José Ramón Cossío en la Suprema Corte es justo celebrar su contribución al entendimiento del derecho, al asentamiento de la democracia constitucional, a la expansión de los derechos y al debate público. Y es justo celebrar que su cátedra continuará sin toga.

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20, Nov 2018

Algunas señales

El presidente electo más activo de la historia reciente ha ido mostrando sus cartas. El marco de su gobierno está trazado. Su estrategia parece clara. Sus apuestas y sus debilidades también. Sus críticos han renovado las razones de la desconfianza en semanas recientes, pero, a decir verdad, sigue montado en una firme popularidad. Los votantes que lo apoyaron en julio no le han dado la espalda. Están dispuestos a perdonar algunos errores y a premiar el cambio, aunque sea en los símbolos solamente. Las encuestas muestran lo que era predecible: tras la victoria, su base de apoyo se ha ensanchado. Debemos partir de ese dato: López Obrador despierta una enorme esperanza en el país. Estos meses, sin embargo, no han sido buen preparativo para que su gobierno cumpla con las expectativas. Varias señales son inquietantes.

El equipo arranca débil. A muchos sorprendió el tempranísimo anuncio del gabinete. Arrancaba apenas la campaña y López Obrador ya repartía puestos. Acostumbrados a conocer al equipo a la víspera de la toma de posesión, conocimos a sus colaboradores desde hace meses. El anuncio fue electoralmente eficaz: dio confianza a muchos que vieron en los colaboradores sensatez y moderación. Nadie podría decir que dominaran los extremistas. El equipo era una selección de moderados. Estos meses de exposición pública, sin embargo, los deja lastimados. Las diferencias entre ellos son visibles, sus insuficiencias también. No se advierte conducción política desde la secretaría de gobernación. No hay diálogo estrecho con los partidos ni siquiera con el que respalda al presidente. Defensora de causas nobles, impulsora de reformas encomiables, la futura secretaria de gobernación empieza ser vista como muda espectadora de cambios sustanciales en la política nacional. Si en el gabinete no hay una firme columna política, tampoco la hay económica. El secretario de hacienda no aprobó su primer examen. Ante la turbulencia reciente, el futuro secretario, reaccionó tardía y débilmente. Ningún efecto tranquilizador tuvieron sus palabras. No podemos imaginarlo inyectando confianza en momentos de crisis. El secretario de comunicaciones se ha exhibido públicamente como un embustero, un burócrata dispuesto a manipular la información para acomodarla a los designios del jefe. El equipo que en tiempos de campaña podía ser visto como una plomada de moderación, hoy es motivo de intranquilidad. No es un equipo que trabaje en conjunto, ni que tenga una visión común. No han despuntado ahí funcionarios capaces de encarar con realismo las ocurrencias del jefe ni quien le haya presentado el cuadro de las consecuencias. El primer gabinete de López Obrador es un gabinete herido y apocado.

La campaña será permanente. López Obrador no seguirá el libreto presidencial. El político rebelde no se convertirá súbitamente a la ortodoxia. Seguirá pensando la política como un épico combate de símbolos y no como administración de lo ordinario. En el aplauso, en la concentración masiva estará su energía y su brújula. Los indicadores que hemos considerado como medidores del éxito y del fracaso serán motivo de burla. Los mercados ladran, luego avanzamos. Nos regañan los expertos: sigamos por ahí. Seguramente tendrá como aliado la torpeza de sus adversarios, columpiándose como han estado entre la estridencia y la sumisión. Es probable que tropiece en algún momento con el consenso, pero la constante será la batalla: el ataque a sus críticos y la convocatoria a los leales para escenificar la batalla de la historia.

¿Será eficaz la mayoría? El futuro presidente tendrá legitimidad, popularidad y poder. Su partido tiene mayoría y enfrenta antagonistas en crisis.  No parece obvio, sin embargo, que logre el embonar todas las piezas que le son leales para construir un gobierno eficaz y para proyectar mensajes de certidumbre. Las señales de las semanas recientes son francamente preocupantes. Morena no trabaja como partido gobernante. La existencia de una mayoría no garantiza en sí misma coordinación, ni eficacia. Lo más delicado es seguramente el ámbito administrativo, que parece estar totalmente ausente de las consideraciones del nuevo gobierno. Es que la política no es para el lopezobradorismo gestión sino épica. Pero poca gloria espera a un gobierno incapaz de administrar las rutinas.

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14, Nov 2018

Savall, jarocho

Al recibir el Príncipe de Asturias, Daniel Barenboim recordaba a María Zambrano quien identificaba una sustancia musical en toda sabiduría. Esa era la gran lección, a su juicio, de Séneca. La razón es equilibrio, escucha, ponderación, melodiosa mezcla. No fidelidad a un dogma, sino capacidad de un ser concreto para percibir “con su armonía interior, la armonía del mundo.” Saber vivir es saber oír. Oírse para no callar a nadie. Oír para apreciar al otro. “Es una cuestión de oído. Una virtud musical la del sabio; es una actividad incesante que percibe y es un continuo acorde. Es, en suma, un arte. La moral se ha resuelto en estética y como toda estética tiene algo de incomunicable.”

Nadie ha cultivado esa armonía como Jordi Savall. Un devoto de todas las artes de la música. Intérprete prodigioso, director y promotor, arqueólogo de antiguas partituras, resucitador de instrumentos, historiador y cronista, editor, divulgador, maestro, productor de extraordinarios acontecimientos sonoros. Hace unos días estuvo en México. Con su Hespèrion XXI y Tembembe Ensamble Continuo tocó un concierto memorable en el Bellas Artes que revivió las mareas del barroco hispano. El agua de las influencias que va y que viene. Una danza portuguesa del siglo XVII dio paso al cielito lindo. Una jota preparó la improvisación de la guaracha. Un zapateado dialogaba con la viola da gamba. Se escuchó al arpa barroca al lado de la jarana huasteca. Aparecieron los raspones de la quijada de caballo y el violone. Y una voz cantando:

La vida tiene sazón
si hay un chile en la tortilla
si hay un chile en la tortilla
la vida tiene sazón.

“Lo mejor que hicimos los españoles en el Nuevo Mundo fue la música, ha dicho el incansable concertista. Casi todo lo demás fue un desastre.” El concierto reciente y varios discos de su catálogo son testimonio de algo que sí puede nombrarse “encuentro” entre dos mundos. La música de esas dos riberas que Savall trae a la vida es una música libre, una música anterior a la disciplina impuesta por la escritura. Será por esa soltura que la erudición de este arqueólogo no invita al museo sino a la juerga. El arte de improvisar lo aprendió el catalán de su instrumento, la viola da gamba. Es un arte hecho de estudio, espontaneidad y sensibilidad.

La improvisación fue, tal vez, uno de los hilos que bordaron el programa en Bellas Artes. Las “Folías (locuras) antiguas y criollas del antiguo al nuevo mundo” no pueden entenderse solamente como la influencia de un lugar a otro, sino como el ir y venir de cuerdas, cadencias, motivos. El espíritu de una cultura puede estar ahí, en la música que hace reír, la que enamora, la que se imagina como un puente con Dios. Escuchar a Jordi Savall, jarocho y mediterráneo, es acercarse a esa sabia armonía de la que hablaba María Zambrano. Esa armonía que en sonido va de una civilización a otra, que cruza siglos y que hermana.

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13, Nov 2018

De pataletas y servidumbres

El pueblo es sabio y tiene un instinto certero, dijo Andrés Manuel López Obrador repitiéndose una vez más. En esta ocasión celebraba la consulta que los suyos organizaron para darle la razón. El pueblo es listísimo y tiene la fortuna de que su amado líder traza pistas de aeropuerto sobre las rodillas. Nadie antes lo había considerado posible, pero una visita del presidente electo bastó para alumbrar una nueva avenida que permitirá el aterrizaje de miles de aviones. Lo más preocupante de ese video que muestra a un político súbitamente convertido en perito en aeronáutica son los hombres que lo acompañan. Silenciosamente asienten la ocurrencia como si fuera una genialidad. Ahí, a su lado, el embustero que manipuló la información de un dictamen técnico para hacer pasar como atractiva la opción favorecida por el jefe. Ahí también el contratista que López Obrador considera uno de los mejores ingenieros del mundo. Debe serlo. ¿Quién soy yo para dudar de las credenciales profesionales de un hombre que declara con tranquilidad que los aviones se repelen? Lo que ha interiorizado bien el ingeniero Riobóo es el código del Cuarto Nacimiento: quien discrepe de su juicio es un berrinchudo que patea mientras se ahoga. No importa que el crítico sea una autoridad internacional. Discrepar es patalear.

Tal vez porque coinciden con el vocero oficioso del nuevo régimen, hay empresarios que se pliegan al nuevo poder. Se aprestan a olvidar todo lo que haya que olvidar para entenderse con él. Fue revelador el penoso video que el Consejo Mexicano de Negocios produjo unos días después de la elección para unirse a la cargada. Los grandes empresarios modernizaban por youtube las peores ceremonias de la cortesanía priista. A decir verdad, la actuación de los empresarios no era del todo convincente, pero de dientes para afuera llenaban de elogios al nuevo mandamás, le ofrecían apoyo, celebraban la sabiduría de la elección. El organismo empresarial se cetemizaba velozmente en busca del like presidencial. Se ofrecía al nuevo gobierno como apresurándose a borrar una larga historia de diferencias. El desacuerdo se minimizaba. Ahora resultaba que coincidían en lo esencial. Unos días después vimos una escena que superaba en indecencia a la previa. El patriarca de los empresarios salía exultante de una reunión con López Obrador. Presumía un libro del presidente electo como una quinceañera presume el autógrafo de su ídolo. Por supuesto, se desentendía del contenido del libro para mostrar el retrato del ungido en la portada. ¡Treinta millones de votos!, repetía, como si el dato convirtiera en infalible al futuro presidente. ¡Treinta millones de votos! No nos queda otro camino que el sometimiento.

Aquel video de servidumbre empresarial anticipaba una actitud política. En lugar de defender un espacio de autonomía, amistarse, a cualquier costo, con el nuevo gobierno. Lejos de asumir una responsabilidad cívica desde la plataforma que ofrece el liderazgo económico, someterse anticipadamente. Así lo hemos constatado con el nuevo aeropuerto. Ningún empresario pretende activar mecanismos legales por la cancelación de Texcoco. ¿Para qué hacerlo si ya se les ha garantizado la obra en el aeropuerto sustituto? ¿Por qué protestar, si el silencio puede ser tan rentable? La oferta de separar al poder político del poder económico se concreta en un curioso baile: primero se polariza políticamente una discusión para seleccionar, después, a los beneficiarios. Tras una consulta pública, una negociación a puerta cerrada. Ese es el espectáculo que hemos contemplado recientemente. Ni asomo de interés por limpiar de corrupción la obra pública que hace poco se describía como el gran símbolo de la podredumbre neoliberal. De lo que se trata es de marcar los proyectos con el sello del nuevo régimen y crear beneficiarios que deban lealtad a otra estructura. Se trata, pues, de fundar la pejeburguesía. Hay empresarios que ven con buenos ojos esa oferta y empiezan a acomodarse. Deponer los desacuerdos para obtener el certificado de confiabilidad y, con él, los negocios de la Cuarta Fundación.

Desde luego, no corresponde a los empresarios reparar las insuficiencias del sistema de partidos. Mal haría en imaginarse como sede de la oposición, pero la defensa de su espacio de autonomía, es una causa pública.

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