26, Feb 2018

Tecnología de la corrupción

La corrupción huele. Apesta. Ataca a la nariz, no a la vista. Es una advertencia de que estamos ante lo podrido. La carne se descompone, se pudren las tripas. La corrupción es la confusión de lo que debía vivir separado: el músculo y el hueso, el gusano y la piel. La corrupción es una promiscua revoltura de lo público y lo privado; de la ambición y del deber. Suele por eso vincularse a una cordialidad que escapa de los requisitos de la ley. Frente a la impersonalidad de la norma, la intimidad de la mordida. Por eso pensamos en la corrupción como una astucia perversa, una habilidad para evadir el deber. Valdría pensar ahora que la corrupción se ha convertido en tecnología. Conocimiento frío e impersonal que logra desentrañar los vericuetos de la norma para desactivar sus exigencias. Una pericia para cumplir la ley… y violarla.

Hemos cambiado mil leyes para permanecer en el mismo lugar. Hemos puesto mil barreras para que el abuso permanezca intacto. Podríamos sentirnos orgullosos de lo que dicen las leyes si la realidad nos fuera indiferente. A pesar de las tantas reglas, los muchos órganos y los enredados procedimientos, México sigue empeorando. Lo ha logrado porque ha desarrollado una compleja tecnología de la corrupción. No es picardía ni astucia, es estrategia, método, técnica. Ha sido exitosa: seguimos bajando en la escalera de la corrupción. El estudio de Transparencia Internacional que ha sido difundido recientemente nos da una cachetada con datos. Mientras otros suben, nosotros bajamos. De 180 países que son medidos, estamos en el lugar 135. De 100 puntos posibles, nosotros alcanzamos 29. ¡No llegamos siquiera a 3 de 10! Por supuesto, en este índice estamos en la cola de los miembros de la OCDE, en la cola de los países del G20, en la cola de los miembros de la Alianza del Pacífico. Pero no solamente en esa comparación ocupamos los peores lugares. Estamos muy por debajo de países con niveles de desarrollo similares al nuestro. En una región que no se destaca por un estricto régimen de derecho, apenas estamos por arriba de cuatro países: Guatemala, Nicaragua, Haití y Venezuela.

A nadie, supongo, habrá sorprendido el reporte de Transparencia Internacional. Pocos asuntos generan tanto consenso como la percepción de que la trampa avanza, de que el poder público se emplea para beneficiar a quienes lo ocupan, que no hay piso parejo. El voto del 2018 será, antes que cualquier otra cosa, un voto sobre la corrupción. Una forma de protesta frente al soborno, la connivencia y el latrocinio. La publicación del Índice de Percepción de Corrupción 2017 ha coincidido con las revisiones de la Auditoría Superior de la Federación que se difundieron recientemente. Las auditorías muestran la coronación de una tecnología, una compleja trama que permite cumplir ciertas reglas para evadir los controles de la propia ley. La corrupción juega al billar. Hay que activar un complejo de instituciones y organismos para recibir los jugos de dinero público y escapar los controles de las reglas. No se trata ya de embucharse inmediatamente los recursos. Hay que pasearlos primero para luego recibir los beneficios. Fraude a la ley:  violar el espíritu de la ley siendo (casi) escrupuloso con su cumplimiento.

Como bien dicen Marco Fernández y Noemí Herrera en un artículo publicado en animalpolitico, las nuevas revelaciones retratan los avances y los pendientes del sistema anticorrupción. Por una parte, la Auditoría Superior de la Federación ha podido aprovechar sus nuevas facultades para conocer y revelar los movimientos de las empresas que disfrazan el abuso. Al mismo tiempo, seguimos desarmados porque la Fiscalía General de la Nación no termina de nacer, porque carecemos de un fiscal anticorrupción y porque siguen pendientes cambios jurídicos fundamentales. La perspectiva es preocupante: conocer de las maquinaciones y las trampas y contemplar la impunidad.

Y también recuerdo lo que dijo Raúl Cervantes, al renunciar a la Procuraduría General de la República: “La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (…) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal.’’ Eso fue el 16 de octubre del año pasado. Todavía no pasa nada.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
21, Feb 2018

El café de Jonathan Swift

1280px-Jonathan_Swift_by_Charles_Jervas_detail

Jonathan Swift escribía el relato de los viajes de Lemuel Gulliver mientras enviaba cartas a su amada. Le había inventado nombre y se comunicaba en código con ella. “Un golpe tan  _____ _____ _____ ______ significa todo lo que debe decirse.” Ella le entendía. “He gastado mis días en suspiros y mis noches mirando y pensando en _____, _____, _____, _____.”  Había una palabra que utilizaba una y otra vez para ocultar (apenas) el secreto de los amantes. “Quisiera caminar contigo cincuenta veces alrededor de tu jardín y luego—beber tu café.” El oscuro brebaje se esparece en esas cartas. “No he bebido café desde que te dejé y no tengo ninguna intención de hacerlo hasta que te encuentre de nuevo. No hay café que merezca la pena, sólo el tuyo.” Le pedía que se cuidara, que durmiera bien, que no se olvidara de comer: “sin salud, perderás hasta el deseo de beber café.” Y él mismo, con el apremio de terminar su novela, le confesaba el desánimo que le provocaba la distancia. “No tengo ánimo de escribir. Necesito un café para poder escribir.” Ella le contestaba: “No sabes cuánto he deseado una taza de café para ti y una naranja en tu posada.”

De esta afición por el secreto, el ocultamiento, el doblez habla Leo Darmrosch en su biografía de Swift.  La escritura cifrada no era, desde luego, puro coqueteo. En todos los ámbitos se esmeraba en cultivar su misterio. Se ocultaba incluso en sus publicaciones. Casi nunca firmó sus escritos. Se inventaba vidas, cambiaba constantemente el relato de su pasado, era la contradicción andante: un humorista que apenas reía; un misántropo generoso; un ambicioso dedicado a sabotearse, un escatólogo obsesionado con el aseo personal, un propagandista al servicio del poder con instintos de anarquista. Odiaba a los mentirosos y a los pedantes. Sometía su vida a un régimen estrictísimo: las horas que dedicaba a la lectura y al paseo nunca variaban. Computaba sus pasos cotidianamente. Asistir a una cena con él era someterse a un dictado implacable: la palabra se iba turnado entre los comensales. Estaba estrictamente prohibido interrumpir y hablar durante más de un minuto seguido. Al mismo tiempo, se burló de todas las tradiciones y de todas las reglas. Alguno de sus cercanos lo llamó “mi amigo jeroglífico.”

Tenía un oído extraordinario y no solamente lo utilizaba en las aventuras de su ficción. Lo ponía a prueba en sus conversaciones. No comía fruta ni bebía alcohol pero cuando iba al pub, se divertía encarnando a los personajes de su imaginación. Imaginaba a un visitante que llegaba de lejos, recreaba un acento, fantaseaba con las peripecias de su vida y lo encarnaba durante horas, disfrutando las reacciones que provocaba su histrionismo.

Un amigo suyo lo describió como un “hipócrita invertido.” Suelen los fingidores adornarse con las virtudes que no tienen. El tacaño se hace el generoso; el cobarde se las da de valiente. Swift también simulaba ser quien no era. Pero no engañaba con falsa virtud sino con falsos vicios. Tal era el horror que le provocaba la admiración de sus contemporáneos que simulaba ser, no más virtuoso, guapo, valiente de lo que era, sino precisamente lo contrario. No quería entretener, quería provocar.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
19, Feb 2018

(1988 – 2018)

Nuestro sistema de partidos nació en 1988. Está muriendo. Ya no existe ese arreglo que estructuraba la competencia a través de tres opciones ideológicamente distinguibles. Tres organizaciones con ambición presidencial que delineaban ofertas relativamente coherentes. En el centro estaba un partido ideológicamente amorfo y a sus flancos, un centroderecha y una centroizquierda. Sus emblemas eran señales que ayudaban a orientarnos. Podíamos anticipar la posición del PAN en materia internacional o económica; era conocida la actitud del PRI frente a los sindicatos; se podían prever las críticas del PRD al modelo económico. Brújulas para ubicarse en el caos de la política. El elector progresista tenía una opción, quien temía el riesgo, la suya.

Ese sistema de partidos ha quedado deshecho. Las tres opciones han dejado de ser mapa. Las coaliciones que tenemos en la mesa no son alternativas coherentes que puedan, el día de mañana, estructurar el diálogo en el Congreso y entre los poderes. Habrá quien celebre, por supuesto, la muerte del sistema partidista. Bien merecida extinción, dirán. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese arreglo. Entiendo la antipatía pero no puedo unirme al festejo porque lo que lo ha sustituido no es anticipo de un acomodo estable y productivo que ofrezca norte y eficacia al pluralismo, que permita la aplicación de castigos y que facilite la representación de nuestra diversidad. Si algo puede proteger los contrapesos es precisamente un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen vaticinio.

El primer ingrediente del deceso es la crisis histórica del PRI. Todo indica que el partido del gobierno se perfila al peor desastre electoral de su vida. La opción de la continuidad parece indefendible. Las encuestas empiezan a perfilar con claridad la elección como una batalla por el tipo de cambio y dejan fuera la alternativa de la reelección. Pero la debacle que se respira va más allá de la contienda presidencial. La gran alarma para el PRI está en las regiones. Fue ahí donde se mantuvo la hegemonía priista a pesar de la derrota presidencial y es ahí donde puede ser borrado en los próximos meses. Los priistas no pueden ser optimistas prácticamente en ninguna contienda estatal. La sacudida política que viene puede ser, por ello, la más profunda en la historia del PRI.

La conformación del Frente altera sin duda los referentes tradicionales. Que PAN y PRD caminen juntos rompe las coordenadas habituales. El Frente da respiración artificial a un partido prácticamente irrelevante que arregla sus diferencias a golpes; rompe la tradición institucional del PAN y destruye su identidad. Independientemente de la suerte del candidato presidencial, la alianza ha causado un daño profundísimo al partido del centro derecha. Aquello que constituía su gran orgullo terminó en el bote de basura. Nada queda de ese partido abierto al debate, celoso de sus procedimientos y apegado a sus reglas. La candidatura de Ricardo Anaya ha sido terriblemente costosa para Acción Nacional. Así lo advierten los estudios de opinión. El abuso ha roto la cohesión de ese partido. La salida de Margarita Zavala y de tantos otros líderes y personajes del PAN no son asuntos triviales: amenazan la candidatura de Anaya y la viabilidad misma del partido.

Morena ha renunciado a los contornos. Morena ya no es un partido de izquierda sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Si vemos sus candidaturas, ¿qué partido es? Como una nueva versión del PRI, Morena le ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí están los evangélicos y los jacobinos. Ahí podrán encontrarse admiradores de Kim Jung Un con los aduladores de Enrique Peña Nieto. ¿Alguien puede negar que los extremos a los que ha llegado este pragmatismo son inquietantes? ¿Alguien niega la afrenta que estas candidaturas significan para los defensores de una opción de izquierda?

Habrá que empezar a pensar el país después de julio. Sospecho que tendremos partidos más débiles, más incoherentes… y tan sucios como los de ahora.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
12, Feb 2018

Crítica y soberbia moral

Aprecio que Andrés Manuel López Obrador haya ofrecido disculpas por los comentarios que hizo recientemente. Es un gesto poco frecuente y, en lo que me toca, lo agradezco. Al mismo tiempo, confieso que me parece un tanto desconcertante porque no siento que me haya ofendido por la calificación de mis ideas ni por el juicio que emitió sobre mis posiciones públicas o mi condición fifí. No encuentro en ninguna de esas lanzas, razón para la ofensa. El desacuerdo no es intolerancia. No es intolerante repudiar las aberrantes expresiones racistas y misóginas del presidente del PRI. El vocabulario trumpiano de Enrique Ochoa es inaceptable y es rasgo de salud que haya despertado una condena generalizada. Tampoco creo que haga daño el aderezo de la burla. La polémica es rasposa y bien nos caería aceptar pimienta en las controversias. Debo agregar que, en el México de la barbarie, es una frivolidad decir que la crítica a un crítico ponga en peligro la libertad. Lo que amenaza la libertad de expresión en México son las balas, no los tuits.

La reacción de López Obrador es otra cosa: el autorretrato de un caudillo que imagina en toda discrepancia una conspiración; una buena muestra de su convicción de que el cuestionamiento anida en la perversión moral de esos críticos que están al servicio de la mafiadelpoder. Solamente secuaces de los mafiosos podrían dudar de su proyecto. López Obrador sigue convencido de ser la encarnación del bien. En eso no parece haber cambiado. Si los relojes han de ajustar sus manecillas con el reloj de Greenwich, nuestra brújula moral ha de sintonizarse al proverbial dedito de López Obrador. En su juicio está la fuente del bien y ahí radica igualmente la condena. Vale decir que es un dedo caprichoso. Lejos de ser un fierro en la piedra, su juicio moral se acomoda al viento. Hace unos meses, Andrés Manuel López Obrador describía al Partido Encuentro Social como un órgano al servicio del régimen. Advertía que era moralmente inaceptable una alianza con ese partido. Lo decía enfáticamente: “Por congruencia, es mi punto de vista, no podemos marchar junto con esos partidos, me refiero, para ser preciso al PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y Nueva Alianza.” Encuentro Social formaba parte de la mafia. Remataba así: “el fin no justifica los medios. No es ganar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Vamos a triunfar en 2018 anclados en nuestros principios. Sin caer en la promiscuidad política.”

Se conoce el desenlace. Poco tiempo después, López Obrador abrazaba al PES para constituir una alianza que describió como un “acuerdo espiritual”. ¿Es una insolencia hablar del oportunismo de un candidato que vira de este modo? ¿Es una crítica infundada? La decisión, por supuesto, podría defenderse en términos estratégicos pero habría que hacerse cargo de los costos. Pedro Salmerón ha ofrecido paralelos históricos en defensa del acuerdo. Gibrán Ramírez Reyes ha evocado a Maquiavelo para justificar una alianza que reconoce pragmática. Ninguno de ellos se atrevería a decir que se trata de un pacto espiritual para el bienestar del alma, como declaró el candidato de Morena. Ahí está el núcleo de mi cuestionamiento. Desde su soberbia moral, López Obrador no puede reconocer las implicaciones políticas y éticas de su decisión. No se puede entrar al mercado pretendiendo conservar el púlpito. Quien ha ungido a Cuauhtémoc Blanco no puede pretender ser nuestro Mahatma Gandhi. No se puede pactar con los extremos del antiliberalismo en México y seguir diciendo que uno es un liberal puro e intransigente. No se puede promover inocentemente a los enemigos del Estado laico.

Habrá siempre una controversia sobre el sentido y pertinencia del liberalismo. Tal vez sea más claro el cuerpo de su contrario. Antiliberales son quienes rechazan la diversidad ética, convencidos de que la propia es la única perspectiva moral del mundo. Antiliberales son los enemigos del Estado laico y los admiradores del totalitarismo. Antiliberales son los dogmáticos que creen haber desentrañado el libreto de la historia y la mecánica de la sociedad. Antiliberales son quienes creen escuchar y trasmitir la Voz Irrefutable, sea la de un dios, una clase o el Pueblo. Antiliberales son quienes creen que los derechos dependen de los votos. Antiliberal, quien cree que la discrepancia es un vicio moral.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Feb 2018

La caza del adjetivo

Estos papeles me sirven para aprender a escribir, decía Josep Pla de su Cuaderno gris. “No para aprender a escribir bien, sino simplemente para aprender a escribir”. El dietario era el verdadero maestro del escritor catalán porque, antes que cualquier otra cosa, lo ejercitaba en el arte del adjetivo. La gimnasia de su diario lo obligaba a calibrar cotidianamente la textura de una voz, los gestos de la mano, las arrugas en la camisa. Darle la bienvenida a un fenómeno en la página es atreverse a calificarlo. Pla salía a la calle con esa tarea en mente: apreciar el arco de sus colores, la promiscuidad de sus aromas, el flujo de los paseantes. Encontrar el matiz que reconoce la singularidad de cada ola en el mar.

En una nota del 17 de agosto de 1919 se retrata el cazador de adjetivos. Josep Pla está en las playas de Canadel y registra el desenlace de una breve tempestad eléctrica:

A las seis de la tarde ha parado el viento. El mar ha entrado en una inmovilidad total, en un silencio oleoso. Del lado del poniente, el cielo ha tomado una lividez amarillenta que ha puesto sobre las cosas inmediatas un color de yema de huevo. En un momento determinado se ha oído un trueno, sordo y lejano, continuado, que ha durado casi dos minutos seguidos. Un ruido ondulado, que parecía que no se debía acabar nunca. Después un relámpago rápido, nervioso, frenético, que ha creado como un resplandor de luz verdosa en la vaguedad muy cernida del cielo del poniente. Ha vuelto a sonar, de inmediato, otro trueno seguido, no tan largo, de un volumen menor. Otro relámpago de menor intensidad y otro más reducido. Otro trueno sin forma, como un ruido que huye y se desvanece. El cielo ha ido perdiendo la lividez, el color de yema de huevo ha ido desapareciendo y, de repente, todo ha vuelto al color de la hora que era. Mientras tanto han caído cuatro gotas justas, gruesas que han hecho una burbuja sobre el polvo de la calle. Ha venido una racha de aire un poco más fino y fresco. Después, nada.

 

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
07, Feb 2018

Razón, memoria y rabia

El hombre ha dedicado su inteligencia a dos propósitos, decía Bertrand Russell en un ensayo famoso. Por una parte, ha tratado de exprimr el mundo para su ventaja. Para ello ha inventado herramientas, ha diseñado estrategias para la conquista de otros y técnicas para el dominio de la naturaleza. Pero no es ese el único propósito de la razón. El hombre también la ha empleado para cuestionar esos deseos. Más allá de la utilidad, buscar sentido. La filosofía aparece así como una piedra en el zapato de la ambición. Es una pausa para dudar de las ilusiones compartidas. En su ensayo sobre la importancia de las humanidades, el intelectual italiano Nuccio Ordine evoca un pasaje de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. Recuerda el diálogo que sostiene Marco Polo con Kublai Kan, en el que el explorador expone una idea de la salvación. “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos juntos Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio.”

Esa es la tarea de la educación humanística: reconocer lo que escapa del  infierno. Esa es la misión del profesor: más que trasmitir conocimiento, compartir el valor del conocimiento, de la duda y del diálogo. Esa ha sido la labor de Rodolfo Vázquez, el gran patrono de la filosofía del derecho en México y a quien el ITAM acaba de reconocer como Profesor Emérito. Autor de una obra extensa y rigurosa, Rodolfo Vázquez ha sido también un generoso editor y un incansable animador intelectual. Ha puesto en contacto a la academia mexicana con los grandes maestros de la disciplina, ha llevado a la imprenta obras clásicas y contemporáneas y ha animado incontables conversaciones y debates sobre los asuntos más quemantes de nuestro tiempo. Fundó Isonomía, una revista extraordinaria que sigue entregando puntualmente lo mejor de la producción académica en filosofía del derecho que se publica en nuestro idioma.

En el discurso que pronunció al recibir el emeritazgo, Rodolfo Vázquez subrayó tres hilos que han orientado su idea docente: la razón, la memoria y la indignación. Vale la pena detenerse en ellas. Por una parte, llama a defender una perspectiva laica. En un mundo que se entrega a los dogmatismos, sean estos políticos, religiosos o económicos, la universidad debe someter toda idea a prueba. El filósofo del derecho llama a no someterse jamás a las invocaciones de autoridad, las imposiciones de lo sagrado, o las comodidades de lo popular. Toda idea merece examen.

Una universidad no puede producir expertos desconectados de su tiempo. El rigor del razonamiento debe acompañarse de cierta humildad: reconocimieno de que la ciencia, por más perfecta que la imaginemos, nunca basta. Por ello Rodolfo Vázquez invoca los deberes de la memoria. Rastrear los caminos recorridos para saber de dónde venimos y cuál es el sitio que ocupamos. El diálogo del saber debe comenzar como una conversación con las circunstancias. Quien quiera transformar la realidad debe estar dispuesto a aprender de la realidad antes de atreverse a prescribirle recetas.

Disciplina intelectual y atención al entorno, también indignación, una forma de plantarse frente a lo inaceptable. Ningún universitario puede permanecer impávido frente a la perversión de nuestra vida pública, no puede ser indiferente frente a la desigualdad y la corrupción. Toda empresa educativa es, al final del día, aprendizaje de ciudadanía: la tarea de pensar, de pertenecer y de actuar.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
05, Feb 2018

AMLO 3.0

La tercera campaña de López Obrador se parece poco a las previas. Repetir la cantaleta de las críticas traídas es cerrar los ojos a una transformación innegable. Sus dos intentos iniciales exhibieron a un político de enorme talento que, al mismo tiempo, parecía abrigar la esperanza de la derrota. ¿Cómo no pensar en ese anhelo cuando el tabasqueño parecía esmerarse en boicotear su campaña con decisiones contraproducentes y reacciones de torpeza inaudita? Sin adentrarse en los laberintos de la psique puede decirse que el candidato de Morena se había distinguido por su sectarismo. Más que pensar en el ensanchamiento de su base, parecía empeñado en cuidar la pureza de su movimiento. No buscaba la conversión de los escépticos sino el apasionamiento de sus leales. El sectario está convencido de que cualquier pacto con el otro es obsceno, que hablar con quien piensa distinto es ensuciarse. De ahí que la autocrítica sea impensable para el sectario. Atreverse a ver los errores propios, aceptar la responsabilidad en el fracaso es inaceptable. El sectario ha de alimentar por ello las conspiraciones que lo liberan de cualquier responsabilidad. Sólo el perverso todopoderoso es culpable de su desgracia.

Queda poco de ese sectarismo en AMLO 3.0. Si en empeños anteriores mordía cada anzuelo que sus enemigos le lanzaban, hoy se burla con gracia de su torpeza. Caía fácilmente en las provocaciones. Era irascible, intolerante, grosero. A cada cuestionamiento respondía con una descalificación moral. Hace apenas unos meses, se enfrentaba en pleitos absurdos con periodistas que cometían el terrible pecado de hacer su trabajo y hacerle preguntas incómodas. El tabasqueño rehusaba la respuesta para lanzarse a la descalificación personal de los periodistas. Quien cuestiona al prócer le hace el caldo gordo a la mafia. Ofrecía entonces consejo a los periodistas para hacer su trabajo. Cuestionarlo era venderse a los traidores. Su intransigencia llegó al extremo de anunciar el desconocimiento de un hermano suyo que había osado discrepar públicamente de él. Si apoyas a otro partido dejas de ser mi hermano. Aún no sabemos si el cambio sea perdurable pero es, sin duda, visible. No se perciben esos reflejos en la tercera campaña. Otro es el talante que muestra en estos días. Está de buenas y trasmite su humor. Ha descubierto un recurso valiosísimo: la risa.  Es claro que un candidato que sabe reír puede encarar de una manera muy distinta las embestidas de sus críticos. La mejor forma de desarmar las críticas desproporcionadas es riéndose de ellas.

Dudo que alguien se entusiasme con el equipo que rodea a López Obrador. Bajo ningún punto de vista podría decirse que se trata de una selección nacional. Pero hay algo que resalta en los nombres de su convocatoria: no forman una secta. No son los mismos que han seguido siempre a López Obrador, no son fervorosos de su causa, aunque en este momento sirvan a su ambición. Quiero decir que no hay un criterio sectario en el reclutamiento de sus colaboradores y que eso no es poca cosa. Insistir que el proyecto de López Obrador intenta reeditar el experimento bolivariano es absurdo si uno atiende la silueta del gabinete que ha anunciado.

El peligro de AMLO 3.0 es otro. Del extremo del sectarismo, López Obrador se ha desplazado al punto contrario: el oportunismo. Su coalición no es ya ni sombra de su base política. Morena ha sido traicionado antes de ganar el poder. El caudillo lo ha entregado al cálculo de sus ambiciones. La lealtad de hoy puede vencer a la deshonestidad de ayer; los mafiosos pueden transformarse en abanderados de la regeneración nacional, los bandidos pueden ser perdonados por la infinita bondad del prócer. Morena ya ha sido sacrificada. Al caudillo le sirven los foxistas, los calderonistas, los zedillistas, los salinistas. Todos caben, ha dicho la presidenta de Morena.

Si en el escenario nacional destaca un político pragmático, si resalta un político sin nervio ideológico ni criterio ético para entablar alianzas, ese es el candidato de Morena.  Su política no es nueva. La conocemos en México como priismo. López Obrador ha vuelto a sus orígenes: ha fundado un partido con la ambición de recoger a todos los ambiciosos, un partido en el que las ideas no importan. Ha fundado un partido para que la política no castigue a nadie.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
29, Ene 2018

Una campaña sin oponentes

El caudillo lo ha anunciado ya: Cuauhtémoc Blanco será el candidato de Morena a la gubernatura de Morelos. Esa carrera que comenzó como el negocito de un futbolista en retiro, una mala broma que reflejaba la podredumbre de los partidos bananeros puede coronarse con la gubernatura de un estado complejo que, desde hace años, ha sido azotado por la violencia. No es improbable que el partido que dice encarnar la moral pública lleve a este fantoche a la máxima responsabilidad del estado. No se ve en ese partido quien se manifieste abiertamente contra la aberración. Si López Obrador le ha dado la bienvenida no hay más que abrir los brazos y desearle suerte. Tal vez haya en Morena quien critique la decisión pero lo hará en voz muy baja, repitiendo que la alianza con los esperpentos vale la pena para lograr el objetivo final. No hay quien se movilice activamente para impedir la entrega de la candidatura a un personaje tan grotesco. Si la patria es primero, vale promover pillos si traen votos.

En Morena el dueño define quién entra y qué candidatura se le entrega como coctel de bienvenida. La senadora Gabriela Cuevas, en uno de los despliegues más cínicos de oportunismo de los últimos años, ya tiene asegurada una diputación. La consiguió a bajo precio. Le ofreció lealtad al líder y ya tiene una curul en la bolsa. Está empezando a leer el libro de López Obrador y le está súper encantando. Se entrevistó con él y quedó maravillada con su alegría. ¿Qué importa que toda su carrera haya tenido una conducta pública radicalmente contraria a las propuestas de su nuevo guía? ¿Qué más da que haya respaldado las reformas que, a juicio de ese paladín de la reconciliación, son traición a la patria? No importa lo que haya hecho hace una década. Lo verdaderamente relevante es lo que ha hecho en su responsabilidad actual, como senadora, y la ostensible contradicción con la plataforma de su nuevo padrino. ¿Está de acuerdo Cuevas con la posición de Morena en relación a la reforma energética? ¿Después de haber visto esa alegrísima luz, ha llegado a la conclusión de que la reforma educativa fue un error? ¿Ha tenido un momento de claridad y se ha percatado de que todo lo que ha defendido públicamente en su carrera pública es un error? Nadie niega a otro el derecho a reconsiderar, a cambiar de ideas, a recomponer sus lealtades. Lo que resulta indispensable para la salud del debate cívico es la razonada justificación de la conducta pública. Cuando el escenario político se llena de oportunismos tan cínicos, la democracia pierde sentido como contienda de opciones distinguibles y alternativas respetables.

La contradicción de su programa no es menos grave que la de sus alianzas. El proyecto alternativo de nación que presentó en noviembre pasado es un documento indigno de un partido político nacional. Mal escrito, carente de unidad, repleto de faltas de ortografía, incapaz de definir un sentido de prioridad. Nadie puede ver en este pastiche el fundamento de un gobierno serio. No hay ahí, ciertamente, un programa radical pero se trata de un documento vergonzoso, en el que se ha colado, incluso, el plagio. Dudo que el candidato López Obrador haya leído el farragoso documento no solamente porque es intragable sino porque él mismo suele apartarse de lo que ahí se propone. Tedioso como es, el plan no aclara lo elemental: si el candidato ha propuesto echar abajo las llamadas “reformas estructurales”, ¿cómo lo piensa hacer y qué pretende poner en su lugar? Si es seria la propuesta de convocar una consulta sobre la vigencia de esas reformas, los redactores del plan no la consideraron digna de atención. Así, uno de los asuntos centrales para el futuro de México permanece como incógnita en el programa del candidato puntero.

Si no hay debate dentro de Morena, tampoco parece haber debate con Morena. Los adversarios de López Obrador lo promueven con su silencio. Tiene razón Roberto Gil cuando advierte la pasividad de los antagonistas. Mientras un candidato desfila por el país cantando tonterías y el otro se debate entre llamar a la conciliación o acusar a sus críticos de torturadores, el candidato de Morena, disfruta una campaña sin oponentes. Se está divirtiendo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
24, Ene 2018

Carne y arena

CARNEYARENA

El nuevo trabajo de Alejandro González Iñárritu entra por los pies. La experiencia que nos envuelve comienza en el frío que se filtra a nuestro cuerpo desde el cemento y la arena. Para empezar el viaje hay que descalzarse: fuera zapatos y calcetines. Sentir el frío para exponerse a la vulnerabilidad de la piel. “Carne y arena”, el espectáculo que todavía se presenta en el Centro Cultural Tlatelolco, es la expresión de un arte todavía sin nombre. González Iñárritu, quien ya ha recibido un Óscar por esta obra, emplea los recursos de la realidad virtual para romper la frontera entre la representación y el espectador. Cine, teatro, instalación, videojuego, polifonía. La invitación del cineasta no es ver sino sentir: sentir el frío, el viento, la soledad, el cansancio, el miedo. No vemos el éxodo, somos parte de él. No contemplamos a lo lejos la cacería de los migrantes, somos cazados como ellos.

Fotografiar es enmarcar, dijo Susan Sontag. Y enmarcar es confinar. Salvo en alguna película de Woody Allen, los actores no tienen permiso de escapar a la pantalla e ingresar a la sala. Nosotros tampoco podemos penetrar la tela de la proyección. El marco del cine no solamente encuadra la imagen, también guarece al espectador de sus peligros. La guerra, la invasión de los marcianos, suceden allá, a lo lejos, en ese universo bidimensional. Mientras las bombas caen, nosotros podemos comer palomitas y ver, de reojo, el teléfono. “Carne y arena” rompe los barrotes del cine para sumergirnos en una experiencia y entregarnos a una posesión. Eso es: una cesión total de ojos y oídos. El desierto nos envuelve y nos maravilla. Los personajes nos abordan, nos rodean, nos interpelan. Tal vez no estamos preparados para una cesión tan profunda de nuestras cautelas. De pronto, los perros de la policía nos ladran furiosos, la mujer que está a nuestro lado ya no puede caminar más, un niño pequeñito ha perdido su zapato. La luz del helicóptero y la tormenta de sus aspas se detienen ante nosotros, un policía grita y no te entiende, todos están exhaustos.

La inmersión de “Carne y arena” se vive en tres tiempos, en tres atmósferas. La primera es una congeladora. Un vestidor que es realidad una cárcel helada donde pueden verse mochilas abandonadas, zapatos sin pareja, botellas de agua. El segundo es un cubo de arena que habrá de convertirse en un desierto retratado por el lente genial de Emmanuel Lubezki. Es ahí donde sucede la acción, breve e intensa. El tercero, un pasillo de vidas: historias de los migrantes que conocimos en el desierto. Más testimonio que ficción, “Carne y arena” nos llama a penetrar la vida de los otros en un microrrelato que es, en realidad, muchas historias que suceden simultáneamente. El relato, siendo brevísimo e intenso, permite también la contemplación y se abre por segundos al sueño.

El espectador se percata en algún momento que no ha cedido solamente sus zapatos. También le ha entregado al artista sus ojos y sus oídos. Por breves minutos no hay otra imagen ni otro sonido que no provengan de la imaginación ajena. También se percata de una infranqueable soledad. El recorrido al que invita González Iñárritu es un viaje de soledad. Cada experiencia será única y solitaria.

El callejón que despide al espectador cierra magistralmente la experiencia porque permite aquilatar lo que se ha visto. Los protagonistas del relato cuentan su experiencia en el desierto. Si allá los veíamos borrosos, ahora los vemos a los ojos, con plena nitidez. No es el sueño americano lo que los lleva a arriesgar su vida, son los infiernos del sur lo que los expulsa de su casa.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
22, Ene 2018

La tecnocracia en cueros

El pleito del gobierno de Chihuahua y el gobierno federal importa hoy, sobre todo, porque es el golpe más certero que se le ha dado a la autoridad tecnocrática. Es cierto que la controversia se describe explícitamente como una batalla contra la corrupción. Lo es y ese es un mérito innegable de la denuncia del gobernador Corral. También es valiosa su denuncia del estropicio federal. Los gobiernos locales siguen dependiendo de los caprichos del centro. El gobierno federal puede abrir o cerrar la llave de los recursos sin rendirle cuentas a nadie. Pero tengo la impresión de que la importancia de este conflicto va más allá de esas dos órbitas. Se trata de una estocada a la pretendida superioridad de los técnicos. La configuración de la contienda electoral hace explosiva esta exhibición. El traje de sabiduría y de imparcialidad de los técnicos es invisible. Los tecnócratas caminan en cueros.

La autoridad de los técnicos se fundamenta en una supuesta superioridad racional. Siguen las órdenes de la ciencia sin imprimir en sus decisiones el sello de la voluntad. Se presentan ante nosotros como siervos de una técnica. No lo quiero yo, lo ordena la ciencia. Los expertos que saben reclaman para sí el poder de decisión porque entienden todo lo que nosotros ignoramos. Con diplomas visten su autoridad. Se disfrazan con palabras esmeradamente incomprensibles. Su fantasía es vivir en una cápsula que los mantenga a salvo de las malignas presiones políticas. De ahí la hostilidad que todo tecnócrata siente por la democracia. El conflicto es infundado: no hay más que aceptar el dictado frío de la razón económica. Los votos han de servir, si acaso, para poner y quitar gobiernos pero nunca para definir políticas. Las movilizaciones, los gritos de protestas, las exigencias colectivas son para el técnico expresiones de una furia que ha de ser contenida por una estricta racionalidad.

Quienes carecen de esas luces son incapaces de aquilatar las consecuencias de sus deseos. Hemos vivido durante décadas ese paternalismo de los expertos que se basa, no solamente en un supuesto monopolio de la inteligencia sino también en una pretendida imparcialidad. Si los tecnócratas exigen el acatamiento de su dictado no es solamente porque se presentan como expertos, sino sobre todo, porque se ostentan como agentes de neutralidad. Se han convencido de que la ideología es ajena a su oficio. Que no hay prejuicios que nublen su comprensión del mundo. No hay ciencia de derecha ni de izquierda, dicen. Hay ciencia y hay farsa. Y la ciencia es, naturalmente, la suya. Por ello nos quieren convencer que sus decisiones son asépticas, que no hay en ella mancha alguna de politiquería.

Esa es la neutralidad que ha reventado en Chihuahua. Se trata, ni más ni menos, que de la carta de legitimidad del grupo político que pretende reelección. Ese título de autoridad ha estallado con las denuncias del gobernador Corral. Más allá de las complejidades del caso, más allá de las estridencias, histrionismos y torpezas de la polémica, hay cosas que parecen innegables: la inaceptable discrecionalidad en el uso de los recursos federales, el empleo arbitrario de los fondos públicos, su utilización para premiar aliados y castigar adversarios. Leonardo Núñez González se ha dedicado a mostrar cómo el gobierno hace lo que le da la gana con nuestro dinero. ¿Y dónde quedó la bolita? (Aguilar, 2017) es el libro que contiene la radiografía de la simulación presupuestaria. La lectura del libro es francamente inquietante y se ha vuelto hoy más urgente que nunca. El pluralismo político, lejos de alentar una estricta vigilancia de los recursos públicos e imprimir racionalidad a su distribución, ha estimulado una simulación grotesca. Tras el disfraz de la imparcialidad de los técnicos apenas se esconde el uso político de los recursos públicos. Ofrezco solamente un par de números. En el último año del gobernador Duarte, Chihuahua recibió 1,562 millones de pesos del llamado Ramo 23, cuya distribución no sigue regla alguna. Era, no es casual, año de elecciones. Un periodo después, ya sin gobernador priista el mismo estado recibió 62 millones de pesos. Absurdo pensar que hay una razón técnica detrás del castigo.

Los tecnócratas que pretendieron elevarse por encima de las parcialidades de la política son hoy otra cara de la politiquería.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Ene 2018

La candidatura atada

El candidato del PRI es ya dueño de su campaña. Es responsable del equipo que lo acompaña, del mensaje que proyecta, de las respuestas que ofrece. Al ser designado se presentó insistentemente como el ciudadano apartidista al que respaldaba un partido en busca de renovación. Quiso convencernos de que el PRI era el único partido que se abría a “los ciudadanos” y que con su postulación daba muestras de cambio. El argumento era insostenible desde el principio. La nominación de José Antonio Meade no fue otra cosa que la reafirmación del poder absoluto que el presidente ejerce sobre su partido. Si se eliminaron las antiguas restricciones fue para dejar el camino abierto al dedo presidencial. El antidemocrático ritual priista resultó irrelevante pues ninguno de los partidos pudo ofrecer contraste. Ni siquiera el PAN, que había sido una organización ejemplarmente abierta a la competencia interior, se atrevió a ventilar sus opciones.

La gran ventaja de Meade era curiosamente que pocos electores lo conocían. Con una larga trayectoria en el sector financiero y en distintas oficinas de la administración, había permanecido lejos del escenario propiamente político. Precisamente por eso podía presentarse ante el país, darse a conocer a los millones de electores que no reconocían su apellido ni su rostro. Es mucho lo que tiene todavía que hacer el candidato para ser conocido pero ya ha deshecho la carta “ciudadana” que en un principio blandió como su bandera distintiva. Es imposible distinguir su discurso del discurso del priismo tradicional; es imposible advertir acentos propios en su lenguaje, estilos diferentes. Ha roto incluso con la línea de la tecnocracia priista en la que era perceptible un acento crítico a la tradición de su partido. La falta de credencial priista ha hecho del candidato aún más dependiente de sus complicidades. Por eso, más que dirigir al PRI hacia el cambio, más que proponerle una ruta distinta, ha sucumbido a él. En uno de sus primeros actos públicos pidió que el priismo y, particularmente lo más arcaico de ese partido, lo “hiciera suyo.” Desistimiento del liderazgo: un candidato que lejos de sugerirse como catapulta de transformación, implora su propia absorción.

Un candidato necesitado de hacerse oír ha desperdiciado cada oportunidad que tiene un micrófono cerca. Nadie podría recordar una línea, una idea, una propuesta. Mientras nos dedicamos a reaccionar ante cualquier ocurrencia de López Obrador, somos incapaces de identificar una idea innovadora del candidato del PRI. Si no tiene buenos reflejos, tampoco tiene imaginación. No hay en sus palabras el bosquejo de un futuro deseable. Nos ha dicho que le ilusiona que México sea una potencia pero ese propósito ve a México desde fuera. Pensar a un país como una potencia es delinear alguna superioridad frente a otros países. Nada dice esa fórmula de lo que es el país para sí mismo. Ha dicho también que hay que recortar la distancia entre el México real y el México que soñamos. Pero, ¿con qué país sueña él? Con ninguno que resulte seductor.

A la defensiva desde el primer momento, el candidato priista no oculta reflejos abiertamente autoritarios. A la denuncia del gobernador de Chihuahua respondió con infundios y acusaciones grotescas. Quien denuncia la corrupción priista es, en realidad, un delincuente, un torturador. Para Meade el primer gobernador de la historia reciente que miente es quien ha emprendido una campaña contra la corrupción priista. A animalpolitico, un prestigiado medio de comunicación, un espacio informativo al que el país debe mucho en los últimos años, el candidato del PRI amenazó abiertamente, por medio de su vocero, con una denuncia ante los jueces.

La malhadada campaña de Meade nos deja, quizá, una lección inmediata. Lejos de lo que se cree normalmente, el servicio público es mala escuela de la política. Es, por lo menos, una escuela insuficiente. Lo veía con claridad Max Weber en su ensayo sobre la responsabilidad política. Si la democracia era valiosa era, sobre todo, porque podía mantener a raya el poder de los burócratas.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
10, Ene 2018

Ética del pedaleo

OtraModernidad

Ante el “estancamiento de la imaginación política” de nuestro tiempo, Humberto Beck ha rescatado la profética inactualidad de Ivan Ilich en su libro más reciente. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Ivan Ilich (Malpaso, 2017) es una de las piezas más sugerentes de reflexión crítica que se hayan publicado recientemente. Tal y como lo muestra Beck, en el pensamiento de Ilich hay una pista de modernidad que hemos cancelado desde hace siglos. Una modernidad que no se subordina a las herramientas, que no se somete a la prisa, que no atiza enemistades, que no se ahoga en la incomunicación. Esa modernidad que embona con las ilusiones liberales o socialistas. Más que a la utopía de la libertad individual o de la igualdad, los trazos de Ilich dibujan una utopía de la convivencia.

La presencia de la amistad es la célula madre de esa sociedad convivencial. “Para Ilich no había mayor don existencial que la presencia de un amigo,” dice Beck. Estaba convencido de que los vínculos mecánicos y las rutinas de la organización institucional imposibilitaban esos milagros del encuentro. Para Illich, más que desandar siglos, hay que volver a pensar el sentido de la convivencia, las posibilidades del afecto, el servicio de los instrumentos, el impacto de las instituciones, el efecto de nuestros deseos. El pasado no es el lugar al que hay que regresar. Es, más bien, un espejo que desafía nuestras certidumbres.

El enemigo del coche, de la escuela y del hospital estaba convencido de que hemos sido secuestrados por las herramientas. Poco a poco los instrumentos que fabricamos se convierten en fines y nosotros en títeres del artefacto. Rendimos culto a los utensilios que nos exclavizan. El camino, lejos de acercanos a la meta, nos aleja de ella. La medicina institucionalizada se ha convertido en la peor amenaza para la salud. A medida que diseñamos coches más veloces y hacemos más amplias las autopistas, entregamos más tiempo al traslado. Compramos un coche imaginando que el vehículo ampliará nuestra libertad cuando, en realidad, nos apriosiona. Nos hace trabajar para comprarlo y para alimentarlo cotidianamente con combustible. Nos encierra durante horas para trasladarnos de un lado a otro de la ciudad. Y la escuela, lejos de alentar el conocimiento, la curiosidad, el entendimiento, es un expendio de títulos que legitiman la exclusión. Un aberrante monopolio. ¿por qué consentimos que la escuela sea, en términos prácticos, requisito de pertenencia moral a la sociedad?

Javier Sicilia lo llamó con razón un “profeta de la desgracia.” Supo ver antes que nadie que nuestras instituciones son jaulas y que nuestros ideales engaños. En los expertos hemos depositado una fe incompatible con una sociedad abierta y fraterna. Nuestro tiempo, dice Ilich es del de las profesiones inhabilitantes. Nosotros tenemos problemas mientras los expertos dispensan las soluciones. A los técnicos corresponde decidir lo que es conveniente y a nosotros toca dar las gracias. A un abanico de técnicos hemos entregado cuidados que no deben transferirse nunca. La cultura no es propiedad de nadie.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Ene 2018

Cállate y teje

En buen momento se han publicado las dos conferencias de Mary Beard sobre la voz pública de las mujeres. La estudiosa del mundo clásico ha reunido dos charlas en un elocuente manifiesto (Women & Power, Liveright Publishing Corporation, 2017). Con su fresca erudición rastrea el origen y los alcances de nuestra misoginia. En La Odisea hay un pasaje que captura nítidamente la cancelación de la voz femenina. En el primer libro, Penélope desciende de su habitación para encontrar una multitud de pretendientes. Un hombre canta a la tristeza de la guerra y ella le pide, frente a todos, que cante algo más alegre. Telémaco, su hijo, interviene para callar a su madre. “Vete a tu habitación y dedícate a lo tuyo, al telar y a la rueca. Ordena que las esclavas de ocupen de lo propio. La palabra es cosa de hombres, de todos, pero aquí es sobre todo mía, porque es mío el poder de este palacio.” Un adolescente calla a su madre. Ella cumple la orden y en silencio se retira. Mary Beard se detiene en la expresión que usa Telémaco para silenciar a su madre. Al decir que la palabra es asunto masculino emplea el término muthos. Lo que describe el término es un tipo de expresión pública cargada de autoridad. Un discurso sobre los asuntos comunes que merece ser escuchado por otros. Al tapar la boca de su madre, Telémaco cancela la voz pública de las mujeres. Si ellas pueden hilar oraciones ha de ser para la vida íntima, para la familia. Podrán pronunciar palabras para arrullar a un niño, podrán hablar para enamorar a un hombre, podrán chismear pero nunca intervenir en el ágora.

La propia historiadora ha contado que pasó muchas veces por el pasaje del muchacho callando groseramente a su madre, sin reparar en el significado de esa intervención. Más de veinte años leyendo el libro si percatarse del simbolismo de esa terrible orden. Al preparar sus cursos, releía La Odisea sin hacer pausa en el fragmento. Para ella misma la anulación había sido imperceptible. Finalmente se detuvo en el episodio y se dio cuenta de que se trataba, ni más ni menos que de un momento fundacional para Occidente. Es en esa pieza seminal de nuestra literatura que se declara como masculino el discurso público y se decreta el silencio de la mitad del género humano. Ahí mismo se define como un deber del hombre el cuidar que las mujeres no invadan esa esfera. Para ser hombre, callar a la mujer.

La primera conferencia de Mary Beard fue traducida en 2014 por Letras libres. Ahí puede conocerse la fantasía de un orador romano que en el segundo siglo después de Cristo llamaba a sus oyentes a imaginar una epidemia que sojuzgara de pronto a todo un pueblo. Los hombres y aun los niños súbitamente perderían el vigor de la voz y hablarían como mujeres. Ingobernable sería esa ciudad de timbre agudo. ¿Habría plaga más terrible que esa?, preguntaba a sus oyentes. Sin duda correrían todos los hombres a buscar el auxilio de los dioses y estarían dispuestos a cualquier sacrificio con tal de recuperar el tono de su voz. No bromeaba, concluye Beard. Su alegoría repetía el temor que provoca la otra voz. No son escasos los testimonios de la literatura clásica que asocian la autoridad con la gravedad de la voz masculina. Durante milenios hemos cultivado en nuestro oído una perversa sensibilidad: escuchar el rugido del león como portador de sabiduría y valor. Descartar la voz aguda como timbre de cobardía, demencia, fragilidad. Llevamos un par de milenios, sugiere Beard, escuchando en la voz de las mujeres una frecuencia peligrosa para la salud del Estado. Una voz que no merece oído.

En su acercamiento al mundo clásico, Mary Beard no ha prestado atención particular a la condición de la mujer. Difícilmente podría decirse que es una historiadora feminista. Más que el enfoque de género, lo que ha caracterizado su lectura de la historia es la condición de los comunes: ¿qué hacía reír a los romanos?, ¿quienes colocaban las sillas y llevaban los refrescos al circo? ¿cuáles eran los hábitos de higiene en Pompeya? Al intervenir en la conversación pública a través de los medios, fue percatándose de la violencia con la que eran recibidas sus reflexiones. Sus críticos no argumentaban discrepancias sino daban rienda suelta al prejuicio y al odio. Al burlarse de su apariencia, al amenazarla de la manera más grotesca, le gritan como Telémaco a su madre: cállate la boca y dedícate a tejer. Ella no ha cerrado la boca. Lejos de tomar el estambre, habla, argumenta, discute y exhibe sus odiadores. Sugiere, además, que la mujer debe rehusarse a impostar la voz para transformar la idea misma del poder. Si la mujer ha sido excluida del poder, le corresponde, más que conquistarlo, rehacerlo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, Ene 2018

La conspiración de la fealdad

La sorpresa, más que el plan, define el futuro. Por eso sólo con preguntas podemos abordarlo, sabiendo que cualquier respuesta preludia el desengaño.

Es de la ciudad de la que me atrevo a hablar. De esa “madre que nos engendra y nos devora, que nos inventa y nos olvida”. Ahí está el enigma del futuro mexicano. En el enjambre de autobuses, teatros, callejones y plazas están los otros y está también, como escribió Octavio Paz en su poema, “un yo a la deriva”. Aquí, en la ciudad, la abstracción de lo político y los fantasmas de la historia se hacen palpables: es el mercado y el parque; es el reposo y el tráfico, el encuentro y el refugio.

Para imaginar la ciudad de poco sirven las coordenadas habituales. Tengo la impresión de que los dilemas políticos nos engañan en este ámbito. Nos presentan disyuntivas que conducen al mismo embotellamiento y subrayan diferencias que poco cuentan en la banqueta. Imaginamos lo que viene dependiendo de una votación. Creemos que en las disyuntivas electorales, en las opciones ideológicas, en el contraste de las personalidades está la clave del mañana. Unos confían en la perseverancia, otros anhelan el tijeretazo con el pasado. Unos describen al adversario como populista, otros ven la calamidad en la tecnocracia. Con eso nos tienta la temporada: dramatizar el peso del voto para imaginar que la felicidad o la miseria cuelgan de una suma o de eso que llaman, con grandilocuencia, “proyecto de nación”.

Yo encuentro, al salir a la calle, una disputa por la ciudad que en poco se corresponde con ese cuento de las ideologías en pugna. Un valor discreto y esencial, pensado habitualmente como apolítico, está en el núcleo de esa batalla. Se le tildará de melancólico y aún de aristocrático pero es un valor republicano esencial. Más que económico o político es un valor estético. Ahí es donde encuentro pregunta pertinente al futuro mexicano. ¿Seguirá expandiéndose el dominio de la fealdad? ¿Continuará avanzando lo horripilante de la mano de la corrupción y el desprecio a lo común? ¿Seguirán aliadas la codicia y la demagogia para corroer decididamente la tela de la ciudad? Esa es, sin duda alguna, una marca de nuestro pasado reciente: el avance generalizado e irresistible de lo feo. Obra pública que agrede y que nos arrincona; construcciones privadas que ofenden, la terca extorsión de lo indómito.

 

El artículo completo puede leerse en la edición de aniversario de nexos.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, Ene 2018

Nueces de 2017

El 16 de octubre renunció el Procurador General de la República. En su discurso, Raúl Cervantes dijo lo siguiente: “La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (…) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal.’’

Llegó el 17 de octubre y el 31. Llegó y se fue noviembre. Terminó el 2017. No pasó nada. Es importante recordarlo en el primer día de 2018: a la fecha no se ha presentado ningún cargo relacionado con esa complejísima maquinación corruptora. Ninguno. Con la investigación concluida, la procuraduría mexicana guarda silencio apostando, nuevamente, al olvido. Gobiernos, presidencias, ministerios caen en toda la región. En México no pasa nada.

*

2017 fue el año de la bestia. La masculinidad enferma estuvo en el centro de la atención mundial, desde que asumió el poder como presidente de los Estados Unidos un hombre que festinaba su abuso sexual. Las mujeres son incapaces de resistir el poder de un famoso, decía entre carcajadas. Unos meses después, el abusador ganaba las elecciones. A lo largo del año hemos escuchado revelaciones de abuso en el mundo de la política y del cine, del periodismo y de la comedia, de las salas de concierto y de los estudios de televisión. Las historias que han salido a flote son antiguas pero en estos meses se han hecho públicas retratando un abominable código depredador. Hombres de poder que han usado su condición para humillar sexualmente a sus víctimas. El sexo convertido en vehículo del odio y del desprecio. Lo dijo Salma Hayek mejor que nadie al denunciar al monstruo que intentó someterla: “Para él yo no era una artista; ni siquiera era una persona. Era una cosa: una nadie, solo un cuerpo.”

La catarata de las denuncias muestra el poder del ejemplo. El valor de una víctima que se atreve a denunciar es aliento para otras. Que esas historias hayan roto el sello de silencio en Estados Unidos y que hayan tenido consecuencias es muestra de que las cosas pueden cambiar. Que pueden terminar con lo que Rosa Montero llamó normalidades aberrantes. A golpe de denuncias dejaremos de aceptar la supuesta normalidad de lo abyecto.

México espera esos escándalos. ¿Cuántos abusos sexuales siguen escondidos en el Congreso, en los juzgados, en la diplomacia, en el periodismo, en el mundo del espectáculo? No conocer esos testimonios es prueba de que la abyección sigue siendo norma.

*

No hay opción, dijo el tecnócrata.
No hay restricción, respondió el populista.

*

No, el tema de hoy no es la economía. No votamos por lo que tenemos (o por lo que carecemos) sino por aquello que creemos ser. La nostalgia de una comunidad que se siente amenazada parece ser el impulso que mueve la política en todo el mundo. “Es la cultura, estúpido,” parafraseaba Timothy Garton Ash, el brillante historiador del presente. La lengua, la raza, los recuerdos comunes, la fe mueven la política de nuestros días. Para el antropólogo indio Arjun Appadurai, el fenómeno no es ninguna sorpresa. Hace una década escribía que la nación-Estado “ha sido reducida a la fantasía de que su identidad étnica es el único recurso cultural sobre el que puede ejercer un control absoluto.” Impotente para tantas cosas, la política parece ofrecernos solamente la ilusión de una identidad amurallada. La cultura: el consuelo de una política agotada.

*

“–¡Qué  gran monarca! No parece monarca
–¡Qué gran general! No parece militar.
–¡Qué gran sacerdote! No parece eclesiástico.
Mal síntoma cuando los oficios comienzan a elogiarse por la negativa.”

El síntoma de apreciar a quien negaba la leyenda de su oficio lo detectaba hace muchos años Alfonso Reyes. Enorgullecerse de una incoherencia. ¿No deberíamos decir lo mismo del espectáculo del día:

–Es un buen político porque no parece político.
–Es de izquierda pero, ¡qué conservador es!
–Es priista pero ni lo parece.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook