06, abr 2016

Camus: la locura de la sinceridad

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06, abr 2016

Zaha Hadid y Malevich

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En búsqueda de la más plena abstracción, Kazimir Malevich encontró la arquitectura. Veía el futuro del suprematismo, la religión de la geometría que había fundado, en las tres dimensiones. Formas puras levantándose del suelo. Después del cuadro negro que se convertiría en su firma y su epitafio, empezó a jugar con los volúmenes. Quiso darle expresión externa a la emoción pictórica. Del lienzo a la plaza. Prescindiendo del color, exploraría en maquetas blancas las posibilidades del objeto. Los fragmentos flotantes que aparecen en sus dibujos se integran para ganar cuerpo. Edificios sin puertas ni ventanas. Arquitectura utópica, una idea no manchada por su realización.

Ha muerto Zaha Hadid, la gran discípula de Malevich en el ámbito de la arquitectura. Dos radicales de la forma, dos devotos de la abstracción. Como el ruso, la iraquí deja una mina de proyectos suspendidos: dibujos, pinturas, maquetas que fueron descartados como irrealizables. Un enorme cuadro que colgaba en el centro de su estudio dejaba en claro su deuda: era su homenaje a Malevich. La pintura contenía el proyecto con el que se graduó como arquitecta. Un hotel expresado en el vocabulario suprematista. Más que el bosquejo de una hostería, el cuadro parece una estación espacial. Estructuras que gravitan alrededor de un anillo. Para percibir el espacio, decía Malevich hay que desprenderse de la tierra, liberarnos de la dictadura que nos empuja al piso. Con el cuadro como recibidor, Hadid mostraba su verdadero título profesional o, tal vez sería mejor decir, su acta de nacimiento. Haber aprendido la lección del maestro era su credencial artística.

A Hadid le atraen las composiciones de Malevich pero antes la convoca su ambición creativa. El revolucionario rompe con todo lo heredado porque confía en la capacidad transformativa del arte. De la mano de Malevich, Hadid busca inventarle un nuevo plano a la geometría, liberar al mundo de las imposiciones de la gravedad, pensar los segmentos, capturar el instante de la explosión, conquistar la ingravidez.

Un cuadro de 1917 que Malevich tituló “Disolución de un plano” representa para Hadid una profundización de sus estudios espaciales, algo así como una anticipación de la teoría de la relatividad. Un rectángulo rojo pierde forma en su extremo. El color enfático de un lado se diluye en el otro. La forma se disuelve en fuerza, el espacio se transforma sutilmente en energía. El guiño es advertido por la arquitecta muchas décadas después: su trabajo será eso: explotar todas las posibilidades de la forma en movimiento: estallido, fragmentación, ondulación.

Dos lenguajes opuestos que Hadid exploró admirablemente se derivan de esta pista. El primero es geológico o más bien, tectónico: lajas de tierra que se sobreponen, capas de piedra o de hielo que emergen y se entierran. El segundo es orgánico: tejidos que envuelven, hiedra que crece. La arquitectura de Zaha Hadid, esa que está en su pintura y sus construcciones, la que se recorre en sus museos o se calza en sus zapatos, la que aloja al poder o a la flor son el diálogo de esos mundo que riñen y se entrelazan: espadas y olas, flechas y muslos, sinuosidad y filo. El terremoto y la palpitación.

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29, mar 2016

Duchamp: Códice y diccionario

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Marcel Duchamp se esmeró en la contradicción. Era la única manera de escapar de su propio gusto. Vivir es indefinirse. Decir una cosa hoy y lo contrario mañana. Creer y dudar. Hacer y romper. Desdecirse a diario. Entregarse al azar. Colocar a la suerte frente al volante. El hábito, la tradición, la herencia eran los enemigos. Mi gran propósito ha sido rebelarme contra el gusto, dijo alguna vez. Armarse contra la dictadura de la repetición y la costumbre. El arte, si algo era para él, era una condición: “la condición heracliteana de estar siempre cambiando”. El verdadero artista ha de disponerse, pues, a la autoinfidelidad. Artista, dije, citándolo y negándolo. Poco después de su muerte aparecieron un par de entrevistas. Ahí podría leerse lo uno y lo otro. Soy solamente artista, le decía a un periodista. Por supuesto que no soy un artista, le respondía al otro. Renuente siempre a pertenecer a un grupo, quiso ser libre hasta de sí mismo. Se deshizo del nombre, se inventó cara, se travistió.

Le gustaba la palabra anartista porque no aparecía en los diccionarios y porque sonaba a anarquista. No antiartista porque el prefijo delata una dependencia de la negación. El ateo es, a fin de cuentas, un religioso que encuentra fe en la ausencia de dios. Anartista: quien no hace arte, quien lo desbarata, quien lo objeta. Lo podríamos decir con palabras de ese esplendoroso ensayo que Paz le dedicó: en sus ready-mades la crítica se materializa dándole una patada a la belleza. Es cierto: su interés es más filosófico que plástico. Su representación no es la de cualquier idea sino de la idea moderna: la crítica. La provocación de su mirada, llegó a decir John Cage, se ha insertado en el mundo de tal manera que es imposible verlo ya sin su ironía. Duchamp ha hecho de todo su criatura, dice el músico: “todo lo visto –cada objeto que es, más el proceso de verlo– es un Duchamp”.

 

El artículo completo puede leerse aquí, en Letraslibres.

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16, mar 2016

Malkovich lee la Caverna de Platón

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09, mar 2016

Harnoncourt

Nikolaus Harnoncourt, el extraordinario director que ha muerto recientemente, estuvo muy lejos de aquella tradición del conductor autocrático que tiraniza a su orquesta. Colega de sus músicos, buscó junto a ellos las claves de la música antigua y la reciente. El único maestro que reconozco, dijo alguna vez, es mi peluquero. Fue, por supuesto, un gran maestro. Y lo fue en dos sentidos. Un director excepcional y un académico riguroso que nos enseñó a interpretar y a escuchar la música. Su huella está en el recuerdo de sus conciertos, en sus medio millar de grabaciones. Está también en su pedagogía, en su pensamiento, en su crítica al modo de acercarse a una partitura.

A mediados del siglo fundó Concentus Musicus, un grupo que cambiaría por siempre la manera de aproximarse a la música medieval y renacentista. El ensamble al que dio vida era más que un grupo de virtuosos. Era, en algún sentido, un colegio dedicado a rescatar música olvidada y a restaurar el brillo de una música adulterada por la ignorancia y los prejuicios del presente. Mucho le debemos en la recuperación de esos instrumentos que fueron siendo arriconados en los museos. Gracias a su exploracíón, revivieron las cuerdas y los alientos que tenían en mente Mozart y Haydn al componer Más importante que esa reincorporación de los instrumentos de época fue quizá su propuesta para tocarlos.

La intepretación de la música antigua llamaba al estudio de una cultura, a la comprensión de un lenguaje distinto al nuestro. Harnoncourt propuso un regreso al origen: no traer la obra al presente sino desplazarse a su cuna. Interpretar con fidelidad la obra era la mejor manera de imprimirle fuerza, dignidad, vida. Su ambición era acercarse, en la medida en que eso fuera posible, a la intención del compositor. Pero no era un siervo del pentagrama. Para descifrar los propósitos de las cantatas de Bach no era suficiente leer la partitura. Era necesario estudiar su vocabulario y las convenciones que gobernaban su escritura. El director no era un anticuario que creyera en la posibilidad de una fidelidad absoluta. Podría haber ejecuciones históricamente impecables y musicalmente muertas. Si hubiera que elegir, Harnoncourt no tenía duda: antes la vida de la música que la sorda lealtad a las notas. El erudito lo escribió así en La música como discurso sonoro, editado por Acantilado: “los conocimientos musicológicos no han de ser un fin en sí mismo, sino que únicamente han de poner a nuestro alcance los medios para una interpretación mejor pues, al fin y al cabo, una interpretación sólo será fiel a la obra cuando la reproduzca con belleza y claridad, y eso sólo es posible cuando se suman conocimiento y sentido de la responsabilidac con una profunda sensibilidad musical.”

En el discurso que pronunció al recibir en 1980 el Premio Erasmo defendió el valor de la música en nuestra vida. No creía en el arte como decorado de la vida sino como el lenguaje que la interrogaba hasta su raíz. Desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa, dice, la música era un pilar de la cultura. Hoy se ha convertido en entretenimiento, ornato. Nunca habíamos tenido tanta música a nuestro alcance, nunca había ocupado un lugar tan irrelevante: un pequeño y breve adorno en nuestra vida. Rechazaba el retorno a la música antigua como un simple anhelo de belleza. Entendía que la belleza era sólo una de las dimensiones culturales de la música. La música cautiva, inquieta, conmueve. No es accesorio sino fundamento de la vida: “Todos necesitamos la música, concluía aquel discurso, sin ella no podemos vivir.”

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07, mar 2016

Harnoncourt: La pasión según San Juan

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24, feb 2016

Umberto Eco y el ojo mecánico

A principios de los años 60 Umberto Eco dejó de tomar fotografías. El medievalista había recorrido Francia para conocer sus catedrales y se dedicó a fotografiarlas como loco. Al regresar a casa y revelar los rollos se dio cuenta que tenía un montón de fotografías malas y el recuerdo vacío. Desde entonces se deshizo su cámara y para grabar sólo en la mente lo que contemplaba. En lugar de esas fotografías mediocres, cuando viajaba, compraba tarjetas postales para mostrales a otros los lugares que había visitado. Confiar en el almacen de la mente. Eco recordaba una escena que lo conmocionó. Tenía 11 años y vio un accidente espantoso en la calle. Un camión había arrollado a un tractor . Tendida en el piso, yacía la mujer de un granjero con el cráneo roto. Un charco de sangre y seso. El niño no pudo acercarse, quedó paralizado ante una escena que nunca habría de borrar de su memoria. ¿Qué hubiera pasado, se preguntaba muchos años después, si esa mañana hubiera caminado con una cámara fotográfica? ¿Qué hubiera hecho si estuviera armado, como estamos hoy, de un teléfono que graba video y que puede compartir sus imágenes inmediatamente con todo el mundo? Seguramente, dice Eco, habría puesto la máquina entre la mujer y mi ojo. Habría registrado el momento y se lo habría enseñado a mis amigos para contarles que había estado allí. Refugiado tras la ventana del celular habría sido totalmente indiferente al sufrimiento de quien tenía a unos metros. Sin ayuda del video, la imagen se selló en su memoria y le siguió sirviendo para identificarse con el otro. ¿Tendrán los jóvenes esa oportunidad?, se preguntaba. Hay muchos adultos, escribía, que la han perdido para siempre.

Si somos animales capaces de mirar no es porque tengamos ojos que envían señales al cerebro sino porque estamos dotados de juicio. Mirar es apreciar. Eco fue maestro del arte de mirar. Lo fue como lector erudito, como detective y crítico de arte, como historiador y cronista del presente. Ojo curioso y cultísimo, capaz de enfocar lo diminuto y lo panorámico, lo reciente y lo remoto; el incunable y el cómic. Ciudadano de las dos culturas, se deleitó con la belleza y la fealdad: con el monstruo y la guapa del cine. Pudo advertir el detalle escondido que revela el enigma, apreciar el gesto que apenas se insinúa, notar las marcas de lo fugaz y lo perpetuo.

El semiólogo vio con exquisito mal humor las prótesis de la tecnología que obstruyen la mirada, el conocimiento, la comunicación. A su nieto le suplicó en una carta pública no regalarle su memoria a google. Internet podría almacenar toda la información imaginable y podría entregársela en cualquier sitio con un clic pero sólo el ejercicio de la memoria permitiría un pensamiento autónomo. Olvidar la vieja gimnasia de la memorización sería como venderle las piernas al fabricante de silla de ruedas.

En uno de los artículos que escribía para L’Espresso, Eco hablaba de un amigo suyo, un tipo listo que se había deshecho de su reloj, un Rolex carísimo. Ya no lo necesitaba. Podía ver la hora con ese teléfono que, además de dar la hora, también era cámara, periódico, libro y revistero, oficina de correo, televisión y radio. ¿No daba un paso atrás con esa máquina que remplazaba al reloj?, se preguntaba. El reloj de pulsera había liberado nuestras manos: el teléfono las ha monopolizado. Los diez dedos secuestrados por una máquina. ¿No será que el progreso tecnológico implica la decisión de atrofiar de nuestro miembros? Más que una disminución anatómica, Eco hablaba de una merma intelectual y afectiva. Nuestros juguetes conspiran contra la mirada, contra el tiempo que podemos estar juntos, frente a frente.

Eco se confesó malvado. Un día caminaba por la banqueta y vio a una mujer que se le acercaba con el ojo pegado al celular. En lugar de hacerse a un lado para evitar el choque, le dio la espalda para que la señora se estrellara con él. Su teléfono, felizmente, cayó al piso. Lo único que lamentó el maléfico humanista es que no terminara roto.

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22, feb 2016

Lejos de la hagiografía

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José Ortega y Gasset fue a buscar en Mirabeau el retrato de su opuesto. El ensayo que le dedicó es un fascinante ejercicio de introspección en negativo. Mirabeau era para él “cima del tipo humano más opuesto al que yo pertenezco”. Entendiendo el arquetipo del político, el filósofo podría comprenderse mejor, no por afinidad espiritual sino, precisamente, por contraste. El hombre de poder es descrito así, como el antiintelectual. Quien actúa desde el Estado no tiene célula emparentable con quien piensa desde su escritorio. Uno vive en la acción, el otro la rehúye. Uno pone las ideas entre el deseo y su acto, el otro es torrente de impulsos que no se distrae con sueños. Dos tipos humanos incompatibles: ocupados y preocupados; políticos e intelectuales. Ortega no solamente niega la fábula de una criatura que acople a las dos bestias: un intelectual-político es como un pez con melena. El filósofo descarta incluso la posibilidad de que el político tenga realmente vida. Volcado a la acción, el político se vacía. No tiene vida interior y carece de personalidad. Sus obras la absorben. Por eso, concluye, ese personaje incapaz de escuchar el rumor de su intimidad, no puede ser interesante.

Jesús Reyes Heroles rechazó aquella disyuntiva porque lo negaba. No aceptaba la imposición del dilema: ser político no podía representar la cancelación de la curiosidad, la sumisión del pensamiento, la entrega del escrúpulo. Se sabía miembro de un especie rara pero ilustre. Pertenecía al linaje de los políticos de ideas, intelectuales que habían aceptado el llamado de la acción. En sus libros exploró la mutación de las ideas en actos, en su actividad política demostró los beneficios prácticos de la reflexión.

No es extraño que el personaje se haya convertido en leyenda. El único ideólogo del régimen, el padre de la transición, el inventor de legitimidades. Un anticuario práctico, un hombre que entendía los códigos del palacio sin ignorar las exigencias de la palabra pública. Un espontáneo aforista, un rebelde comedido. El mito se alimenta de frases memorables y anécdotas jugosas. Don Jesús. Federico Reyes Heroles (ciudad de México, 1955) nada en su memoria para evocar al personaje público, pero sobre todo, para tocar a la persona. A treinta años de la muerte de su padre, ha escrito Orfandad, una entrañable novela sin pizca de ficción.

El artículo completo puede leerse en Letras libres.

 

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10, feb 2016

Respira… sigue respirando

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Hay una escena hermosísima como tantas otras en The revenant, que de alguna manera captura el sentido de la película. No es la del oso, ni la del segundo parto. Tampoco la de la de los flechazos o alguna persecución trepidante. Hugh Glass, el sobreviviente, ha superado alguna prueba terrible y camina sobre un río congelado. La cámara sobrevuela al personaje y muestra la ondulación por debajo del hielo. Una alfombra de agua viva bajo un bloque de hielo transparente. Por momentos parece que el hombre camina sobre al agua. Sobre el líquido que fluye, una dura costra de hielo. La película es eso: un constante equilibrio de elementos, una rítmica sucesión de contrastes.

Un hombre carga su cadáver por el invierno más inclemente. Más que sobrevivir, renace. La película de Alejandro González Iñarritu podría ser una más de muchas películas olvidables. Es otra historia de entereza, una metáfora de la fundación de un país, épica de la venganza, una orgía de violencia, un himno al esplendor y la crueldad de la naturaleza, alegoría de una ruta espiritual, otro western de sangre y muerte, balas y flechas. Es todo eso pero lo es de forma extraordinaria. Lo es, seguramente, porque es el trabajo de un cineasta en pleno dominio de su lenguaje. En condiciones extraordinariamente adversas, el director ejerce el control absoluto de su mundo. No vemos actores actuando frente a una cortina verde. El director fue de un extremo a otro del planeta para cazar la luz del invierno. El bosque se rinde a su libreto o, quizá sea al revés. Una ambición desmedida y un talento que le alcanza el paso.

La ambición del artista radica también en la confianza para reinventarse. Hay, por supuesto, perceptibles líneas de continuidad en la filmografía de González Iñárritu pero difícilmente podría encontrarse mayor contraste que el que existe entre sus últimas dos cintas. Birdman es una ratonera en los sótanos de la urbe, el laberinto de la vanidad. The Revenant es la inmensidad de la naturaleza, el desamparo. Una se regodea en su retórica, la otra es elocuente en la mudez. Un suicida y un sobreviviente. Como en todas las escenas de su cine: extremos vitales.

The Revenant es una película sobre el drama de respirar: “mientras puedas jalar aire, pelea,” le dice el protagonista a su hijo. “Respira… sigue respirando.” La película misma es aire que entra y sale de la nariz. Se escucha desde la primera escena ese ahínco respiratorio. El espectador se instala dentro de los pulmones de los personajes. Con el ir y venir del aire se escribe la puntuación de la película. El mundo brutal de los hombres encuentra respiro en la impasible serenidad, la aterradora indiferencia de la naturaleza. La pantalla se llena de amenazas para descargarse después en escenas de quietud. El genio de Lubezki da vida a esta cinematografía respiratoria. Después de perder el aliento al sentir en carne propia el caos del acoso y la muerte que acecha, el remanso de la naturaleza. Los hombres huyen y se cazan: los árboles se columpian. Los hombres se traicionan, la nieve cae. Los hombres odian, las piedras, los ríos, los animales se prestan de cuna.

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28, ene 2016

¿Son calvos los hoyos negros?

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25, ene 2016

Heaney y la autoridad de la poesía

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Seamus Heaney, Obra reunida, traducción e introducción de Pura López Colomé,
México, Trilce/Conaculta/UANL, 2015, 556 pp.

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En una entrevista publicada en The Paris Review, Seamus Heaney hablaba del contenido político de la poesía de Auden. “¿Será demasiado elaborado decir que Auden fue un poeta cívico antes que un poeta político?” La distinción era certera. Auden habló con la voz de la calle, la voz del día. Sus poemas tienen fecha. Heaney apreciaba al hombre preocupado por su tiempo que no cayó en el alegato del panfleto o la alabanza. No podría decirse lo mismo de Heaney. Como Auden, es también un poeta con hondo valor político. Pero el sentido de su compromiso es muy distinto porque viene de otro ámbito. No es un poeta de la ciudad. Tampoco podría decirse que es, propiamente, un poeta del campo. Situado en el universo de la infancia y el territorio del mito proyecta una voz muy distinta: la de la autoridad poética.

Relación compleja la de la política y la poesía. Ya lo decía Paz: la política envenenó a los mejores hombres del siglo XX: los engañó, los humilló, los enloqueció, los envileció. ¿Cómo ha de hablar el poeta de su tiempo, de los dramas de su historia? Seamus Heaney (Derry, Irlanda del Norte, 1939-Dublín, 2013) no se desentiende de la violencia del presente, del conflicto, de la pasión que ciega y mata. Tampoco elige uno de los bandos en pugna. Su poesía es rechazo simultáneo de la indiferencia y de la idolatría. Su palabra se inserta en el presente para ofrecer sentido, para defender la belleza, para ennoblecer la lengua común, para nombrar los horrores, para iluminar esperanza. Su sentido de responsabilidad poética lo coloca en un sitio equidistante del diletantismo y la militancia. Su autoridad no se eleva por los cielos sino, por el contrario, se entierra. La suya es la autoridad del suelo, de la tierra, de la lengua. No es extraño que su colección poética más extensa lleve ese nombre: suelo abierto. Lo supo desde los poemas de Muerte de un naturalista: su pluma no es surco de tinta, es hendidura en la tierra. Escribir es cavar, escombrar, sembrar, sepultar, exhumar. Autoridad de la tierra, del suelo generoso. El abrazo que nos envolverá hasta el fin de los tiempos.

Durante los años setenta, tiempos de violencia, de quemantes disyuntivas en Irlanda del Norte, una línea de Shakespeare rondaba su cabeza. Venía del soneto 65: frente al devastador imperio del tiempo que todo lo carcome, ¿cómo podría la belleza exponer sus argumentos? ¿Cómo podría hacerlo si su energía tiene la flacidez de una flor? Tal vez la obra de Heaney es el anhelo de contestar esa pregunta: defender la belleza sin rehuir las afrentas del horror. Hacer de la poesía un testimonio de la esperanza. La poesía como energía reparadora: “la imaginación que obliga a retroceder a la opresiva realidad”.

El artículo completo puede leerse aquí.

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24, ene 2016

Plaza de la soledad

 

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13, ene 2016

Voces de Chernóbil

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No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué? Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía ‘Te quiero’ Pero aún no sabía cuánto lo quería. Ni me lo imaginaba.

Esa es la voz que introduce el libro de Svetlana Alexiévich sobre la tragedia de Chernóbil. Es una de las historias más desgarradoras que he leído. Eso: la trenza del amor y la muerte. El descubrimiento de la vida más amada mientras se disuelve en la muerte. El desesperado intento de sujetar un cuerpo que descompone y se deshace. Esa es la historia de Liudmila Ignatenko, viuda de un bombero que acudió a la planta del reactor nuclear minutos después de que estallara.

Alexiévich, como el bombero destruido por la radiación, acudió muy pronto al llamado de la tragedia. Coincidió con cientos de reporteros que, con urgencia, enviaban reportajes a sus periódicos y su televisoras. Trasmitían datos y declaraciones. Poco a poco, los periodistas fueron regresando a sus ciudades. Ella permaneció ahí. Durante diez años escuchó a los sobrevivientes para escribir una sobrecogedora historia de la catástrofe. Chernoóil es una terrible metáfora de nuestro tiempo como era del miedo. Una cruel venganza de la naturaleza que logra esconderse para matar a la criatura soberbia que somos. Atroz enemigo que se oculta. La radiación no se ve, no hace ruido, no huele. Ninguno de nuestros sentidos ayuda para cumplir el deber de la sobrevivencia. La corrupción, la arrogancia, el despotismo de un régimen que también se desmorona conspiran para arrasar la vida, para aniquilarla desde dentro.

Se celebra el Nobel a la periodista bielorrusa pero vale advertir que en su trabajo no está la marca de la prisa sino la de la paciencia. El lenguaje, ha dicho, es incapaz de nombrar al vuelo lo que está pasando. El oído requiere tiempo para comprender el enjambre de las conversaciones simultáneas. Comprender es escuchar. Callar. Abrirse a la palabra de los otros. La escritora bielorrusa ha descrito el género de su literatura como “novela de voces.” Retrato de las emociones del presente. Ningún escritor podría hospedar el mundo si no lo recibe en las alcobas de su oído: lo que se escucha en las conversaciones de la calle y el mercado dice más del presente que todos párragos de los periódicos y todas las páginas de los libros.

En una conferencia sobre la literatura y la catástrofe, Alexiévich recordaba que en los días posteriores a la explosión, las abejas desaparecieron de Chernóbil. Huyeron. Las lombrices se sumergieron a las profundidades de la tierra. Las criaturas más sencillas entendían que algo estaba muy mal. Los humanos siguieron con su vida, como si nada. Nosotros continuamos con nuestros hábitos: veíamos la television, escuchábamos a Gorbachov, veíamos el partido de futbol. Quienes trabajábamos en el mundo de la cultura tampoco sabíamos cómo decirle a la gente lo que estaba pasando. No teníamos palabras para la tragedia. Sus libros recuerdan que la tragedia no se nombra, se escucha.

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12, ene 2016

Svetlana Alexiévich: Un fragmento de sus Voces de Chernóbil

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09, ene 2016

Extremely Loud

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