03, Feb 2020

Cometer verdad

El acoso judicial que ha padecido Sergio Aguayo amenaza a todos. A todos, y no solamente a quien escribe porque callar a uno implica tapar los oídos de todos. La víctima de la persecución no es solamente quien pudiera ser silenciado por el poder, sino todo aquel que deja de recibir la información, la denuncia, la reflexión independiente. El tapabocas a un crítico es un tapaojos a México.

Un artículo de opinión que no cae en ninguna falsedad es considerado por un juez como un transgresión que merece castigo. En efecto: una opinión ilegal. Quien lea el artículo que Reforma publicó el 20 de enero de 2016 encontrará un texto severo, pero ninguna calumnia. Las líneas que un juez ha decretado contrarias a la ley constituyen la materia misma del debate en una sociedad democrática. Un crítico no debe callar para cuidar la imagen personal de los poderosos, como quisiera el juez de la censura. La severidad con la que Aguayo denuncia al político coahuilense y a su red de protección corresponde a la abominable actuación pública del priista y al régimen que lo prohijó.  Un régimen democrático no solamente debe tolerar estas “ofensas” a la actuación de sus políticos. Debe celebrarlas. Si la prensa no tiene el permiso de ofender, no tiene derecho a existir. El debate público es irremediablemente rasposo. Un estado democrático debe proteger al máximo la libertad crítica. Si debe honrar la verdad y respetar los refugios de la intimidad, necesita liberar a la crítica política del chantaje de los sensibles.

Después de haber padecido durante años el suplicio de los tribunales, después de haber sido condenado por el delito de opinar, parece que, en este caso tan sonoro, el fin de la persecución se acerca. La Suprema Corte de Justicia intervendrá en el asunto y puede confiarse que pondrá las cosas en su sitio para defender la libertad de expresión. Pero ese uso de la ley para limitar la expresión, esa manipulación de los tribunales para proteger a los poderosos e intimidar a los críticos, sigue firme. La ley misma abre la puerta de la intimidación: causar deshonra a quien la merece puede configurar una conducta ilegal. La verdad importa poco, la libertad menos.

No soy de quienes creen que en la persecución de Aguayo está el aviso del despotismo presidencial. No veo la mano del Ejecutivo en la aberrante protección judicial al exgobernador priista. Encuentro en este caso una nueva evidencia de la podredumbre de nuestro sistema de justicia. Pero de que hay enemigos de la crítica en el gobierno de López Obrador, no cabe la menor duda. Y no me refiero al cotidiano hostigamiento presidencial al golpismo que, a su juicio, se esconde en toda crítica. Quisiera referirme a expresiones públicas de altos funcionarios que corresponden a un afán grotescamente inquisitorial.

Conserva su puesto un subsecretario de gobernación que sugiere afilar cuchillos ante la discrepancia. “A chillidos de marrano, oídos de chicharronero.” No hay que escuchar la crítica, ni responder a ella: hay que ir calentando el aceite para los lloricones. Son enseñanzas, dice él, de la sabiduría popular que deben guiar la actuación de un gobierno. Bonita imagen: freír en aceite a los “moralmente derrotados.” Podría decirse que la frase pudiera interpretarse de manera menos literal, pero de la convicción del funcionario de que la crítica al gobierno merece castigo hay pruebas igualmente ridículas, pero mucho más ominosas. En un artículo publicado el año pasado por Excélsior el alto funcionario pide considerar terroristas a quienes difundan notas hirientes que dividan equipos de trabajo. Sí: terroristas. Lo cito para que no se crea que interpreto injustamente al señor subsecretario: “Crear ambientes de duda entre colaboradores, difundir notas hirientes para dividir equipos de trabajo y hasta contar con toda una infraestructura mediática y de redes para genera noticias falsas se puede configurar como terrorismo.” Si alguien tuitea algo que genere distancia entre el subsecretario y la secretaria de gobernación, debe ir de inmediato a la cárcel por sospecha de terrorismo. El subsecretario querría imponernos a todos los mexicanos un alto deber patriótico: cuidar la armonía entre burócratas. Nada de crear ambientes de duda entre los servidores de la nación. Jamás escribir algo hiriente. Y sí: el subsecretario conserva su puesto. Qué alivio saber que ya no es como antes.

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27, Ene 2020

Insultar a las víctimas

El hermetismo intelectual conduce a una ceguera ética. El soberbio que se imagina por encima de los mortales cierra los ojos al mal que puede causar, desprecia el sufrimiento de los irreverentes y cobija a los pillos, si le profesan devoción. El presidente abre las puertas del palacio a quien lo abraza, llega hasta el último rincón del país para recibir veneración. Pero al crítico le da la espalda. Al independiente desprecia. Recibir a quienes piden seguridad es, para él prestarse a un espectáculo indecoroso. La más reciente marcha del dolor mexicano ha recibido su menosprecio. Se trata, a su juicio, de un show, un montaje propagandístico. El reflejo de aquel intolerante que, desde el gobierno del Distrito Federal, agredía a quienes pedían seguridad en la capital, sigue intacto. Como entonces, ve a los ocupantes de la plaza como farsantes. Si no son sus seguidores, no defienden un derecho legítimo: montan un espectáculo de propaganda, con el que no está dispuesto a colaborar. El desprecio de López Obrador por sus críticos es un acto de congruencia: nadie, que no sea seguidor suyo, expresa un interés legítimo.

Lo más preocupante es que el maniqueísmo moral ha hecho escuela. Los seguidores del presidente, siguen su enseñanza y la ponen en práctica. Han bebido el veneno de su prédica diaria: el país está dividido en dos y solo una de esas mitades es valiosa. La otra es perversa y no merece siquiera ser escuchada. En su clase de todas las mañanas el profesor ha insistido en que el tiempo de México ha sido el enfrentamiento de unos que han sido muy, muy buenos contra otros que han sido endiabladamente malvados. Los malos, por supuestos, monopolizan el vicio: la mentira, la corrupción, la deslealtad son de ellos. En el presidente y sus afines no hay siquiera la posibilidad de vicio. Dudarlo es ya una afrenta patriótica. “¡Eso calienta!”, dice nuestro simpático mandatario, como si, por impensable, fuera chistoso el trazar la línea de las continuidades en su gobierno. Hablar de las similitudes entre la política de hoy y la de hace unos años (aunque los paralelos sean más que evidentes) es para él inconcebible.

Pero ese hermetismo intelectual, decía en la primera línea, no dificulta solamente el trato con la realidad. También cancela la posibilidad del entendimiento. No solamente entender el mundo, sino entender al otro. Una administración sellada por la fe es torpe para adaptarse a la realidad cambiante, es incapaz de apreciar con realismo el efecto de sus decisiones para ajustar el rumbo o cambiar de dirección. Pero no se quedan ahí los efectos de esa cerrazón intelectual. Quien cierra las puertas a la razón del otro porque lo ha definido como perverso ha cancelado el diálogo con él. La política, hecha batalla, renuncia a ser un espacio de entendimiento.

Esa es la lección profunda y seguramente duradera del lopezobradorismo. No deja de ser curioso que un político que se entiende a sí mismo como un predicador, haya cultivado ese mensaje. Se trata de la proscribir moralmente al otro. El conservador acecha siempre, pero es incapaz de defender el bien. Ese es el cuento de la historia oficial que se ha creído y que repite a diario para ilustrar a la nación. Las escenas que pudimos ver ayer muestran la ponzoña de esa simplificación polarizante. El presidente había ya expresado su desprecio por la marcha organizada por Javier Sicilia y Julián LeBarón. Encontrarse con el poeta, dijo hace un par de meses, le daba flojera. ¡Qué pereza escucharlo! ¿Para qué perder el tiempo, si verlo sería un acto indigno de su investidura? ¿Para qué hacerle el caldo gordo a los conservadores?

En los oídos de los fieles, los dicterios del presidente son órdenes. Por eso resulta imposible respetar a quien discrepa, aunque sea un doliente. El impacto de la prédica constante es terrible:  el dolor deja de ser real si es de ellos. Deshumanización radical: el dolor de los otros es una farsa, el grito de los otros, una patraña. México enfermo: a las víctimas de los crímenes más atroces, los devotos del poder insultan.

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22, Ene 2020

Del vicio impune

En un poema publicado en La calle blanca, David Huerta describe una cosa intangible que se despliega con el furor de dragones suspendidos. El poeta descubre que un conglomerado de abstracciones y de ciencia infusa se vuelve esplendorosa en la maraña renacentista de Florencia. Y contempla con ojos insomnes esos esguinces tipográficos que se desdoblan en versos. Habla de sus lecturas para el verano.

libros, cuentos, poemas, lucientes teatros
del vicio impune, Larbaud dixit, pedazos encendidos de la vida vivida
aunque tantos digan lo contrario. Son el mundo conversado y silencioso,
los momentos agridulces de noches y tardes pobladas
por minuciosos cosmos de sonido y sentido

Al vicio impune de la lectura se dedica el nuevo libro de Huerta. Es un impecable librito publicado por Grano de sal, con un prólogo de Felipe Vázquez. El libro publicado para celebrar el Premio FIL del año pasado, recoge las notas que el poeta publicó en Hoja por Hoja entre 2005 y 2008. El título, Correo del otro mundo rinde homenaje a Diego Torres Villarroel, admirador de Francisco de Quevedo que fue, si creemos en su autorretrato, “sucesivamente criado de ermitaño, curandero-bailarín en Coimbra y soldado en Oporto.”

En las postales de Huerta llegan invitaciones para releer a García Márquez y detenerse en la abundancia de sus sustantivos; sugerencias para apreciar la autobiografía involuntaria que hay en las agendas de papel; elogios de esas maravillas que para nosotros los miopes son los anteojos. El libro brinca de la caligrafía que Peter Greenaway diseñó para el libro de Próspero a una cita cuya fuente ha quedado en el misterio: “la actividad poética es una negociación entre el diccionario y el sueño.” Paseos por la poesía, el cine, la política, la novela, la pintura y las nubes. Apuntes de un lector atento a la música de las letras que es, a un tiempo, libérrimo y riguroso: “sonido y sentido”.

De ese otro mundo llegan también recomendaciones por demás pertinentes para éste. Frente a quienes celebran la autenticidad de lo malhecho, frente a los que se fascinan con el arrebato irreflexivo pero apasionado, David Huerta propone a la asamblea: “rescatemos la inteligencia. Convirtámosla de nuevo en algo interesante. Hagámoslo sin la menor concesión al nihilismo sentimental y a sus destructivas operaciones cardiocéntricas. Tres o cuatro estamos hartos del “así lo sentí”, “me salió del alma” y otras zarandajas por el estilo.”

En ese rescate de la inteligencia está la apuesta del poeta. Al sumergirse en los libros, el vicioso da la espalda a los retablos. Por eso entiende la lectura como un acto de subversión: “Siempre he creído en el talante subversivo (antiestatal) de quienes leen libros; mejor dicho: en la índole marginal de esa actividad desinteresada.”

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20, Ene 2020

Intuición y aislamiento

Gobernar es fácil. Esa es la convicción profunda del presidente. No requiere ciencia. La experiencia está sobrevaluada, la técnica es sospechosa. Lo que nos dice el presidente es que, a lo largo de los siglos, las civilizaciones han perdido el tiempo tratando de precisar las complejidades del gobierno. Bibliotecas enteras dedicadas a lo obvio. La ciencia de la administración, la mecánica de los incentivos, el catálogo de experiencias son entretenimientos triviales. No hay dificultad alguna en el mando, en la gestión, en la economía, en la ley. Nada perderíamos si desaparecieran esas bibliotecas que han tratado de escudriñar los misterios y complejidades de lo social. En realidad, nos dice el presidente de México, eso de gobernar no necesita estudio. Y no me refiero, por supuesto, a una disciplina universitaria o a un diploma. Me refiero al respeto por lo complejo, a la atención al conocimiento. Lo que se desprecia en la práctica presidencial es el análisis de los enredos que caracterizan lo público, la seria ponderación de los costos, la carga que implica cualquier decisión. Se impone en el gobierno la simpleza de un moralismo elemental: cuando uno es bueno, todo lo que se hace será bueno. De esa soberbia moral proviene la idea de que las soluciones son siempre obvias y no requieren mayor reflexión.

Para gobernar no se requiere reflexión ni se necesita equipo. La política de la intuición es la política del aislamiento. Aunque se abrigue de multitudes, el presidente es un político aislado. Un gobernante omnipresente y un gabinete invisible. Y no creo que lo imperceptible del equipo se deba a la discreción de los funcionarios. Es el personalismo instintivo e impetuoso del jefe lo que impide el funcionamiento del equipo. La rutina misma del presidente corroe cualquier posibilidad de colaboración estable y productiva. Toda política pública cuelga de su saliva. Cada mañana la administración suspende la respiración. Habrá que ajustar la política a lo que en ese instante ha declarado el presidente. La improvisación que caracteriza su homilía cotidiana puede imponer un viraje radical a la labor de meses. No hay coordinación que resista esa frenética locuacidad.

El arreglo de las competencias que establece la ley le importa poco al presidente. Cuando era alcalde la capital hizo que la titular del órgano encargado de cuidar el medio ambiente, supervisara su regalo a los automovilistas. La confianza del caudillo está por encima de cualquier normativa. Los cargos importan poco: el canciller puede encargarse de la política migratoria y encarar una de las más severas crisis de seguridad del país. Un subsecretario de relaciones exteriores puede anular las competencias de la Secretaría de Economía y negociar (a solas) los acuerdos comerciales.

Esta semana vimos que el aislamiento presidencial se traduce en exhibiciones grotescas de descoordinación. Hace unos días, con el fiasco de la iniciativa de reforma judicial, se exhibió una terrible incomunicación. No abordo el contenido de la propuesta. Lo que me interesa aquí es el desbarajuste en la casa presidencial. El poderosísimo presidente López Obrador no es capaz de poner en sintonía a su propio equipo. El signo más claro de este desorden es el vacío en la primera silla de la administración. Desde hace un año, México vive sin titular de la Secretaría de Gobernación. Como se han encargado de difundir la broma los propios integrantes del equipo presidencial, la encargada de esa oficina cumple funciones decorativas. Una secretaria virtual. Se le puede ver de tarde en tarde en ceremonias públicas. Va al teatro. Pronuncia discursos. Recibe visitantes en el palacio que ocupa. Viaja en representación de su jefe. Pero nada que muestre el cumplimiento de sus atribuciones como coordinadora del gabinete, como garante del estado laico o conductora de una política migratoria respetuosa de los derechos humanos. Lo último que se supo de ella corresponde a su breve paso por el Senado. Desde diciembre del 2018 ha fungido como observadora con cargo.

Penosa, o más bien triste, la labor de la primera mujer a cargo de la secretaría de gobernación. Doña Olga Sánchez Cordero encarna en este gobierno lo que Rosario Castellanos llamaba en un brillante discurso, la “abnegación” de la mujer mexicana. La mujer que se nulifica, que se niega a sí misma.

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13, Ene 2020

Política de reconocimiento

En un artículo publicado en octubre del año pasado, el gran historiador inglés Timothy Garton Ash volvía al absurdo de buscar explicaciones económicas a la crisis política contemporánea. En un pizarrón del equipo de Clinton pudo escribirse hace ya mucho tiempo que era “La economía, estúpido”, pero hoy sería estúpido quien dijera que todo se reduce a lo económico. Alemania es el mejor ejemplo de ello, decía el brillante cronista de las revoluciones de terciopelo. Alemania es uno de los países más ricos del mundo, la gente reconoce, en su mayoría, que su situación económica es desahogada. Y, sin embargo, la extrema derecha crece y crece. Avanza, sobre todo, en el territorio que antes era Alemania del Este. El 75% de los ciudadanos de el territorio excomunista siente que su condición económica es buena o muy buena y al mismo tiempo, el 66% se siente tratado como de segunda. Cuenta Garton Ash que en 2015 la canciller Angela Merkel visitó un pequeño pueblo en el Este donde se habían recibido a cientos de refugiados en una vieja fábrica. La prensa registró lo que dijo entonces un manifestante indignado con la visita de la canciller: “Ella no nos voltea a ver ni con el culo.” Merkel misma viene del Este, pero, a juzgar por esta expresión, no deja de ser vista como parte de la élite que ignora al otro.

La escena se repitió instantáneamente por todo el mundo. Un muchacho de secundaria encuentra al presidente francés. Lo saluda afectuosamente y le dice algo así como. “¿Qué onda, Manu?” El presidente Macron no recibe bien la confiancita. Una inaceptable falta de respeto a la investidura presidencial. De inmediato, el pontífice de la república empezó a aleccionarlo: “Eso no lo puedes hacer. De ninguna manera. No. No. No.” El estudiante empezó a disculparse, pero el presidente lo interrumpió. “Si estás aquí en una ceremonia oficial, debes comportarte. No te puedes hacer el tonto, porque hoy es día de la Marsellesa y de la Resistencia. Así que me llamas Señor Presidente o Señor. ¿Está bien?” Y continuó el rapapolvo: “Y el día que quieras empezar una revolución, primero te pones a estudiar, obtienes un título, ganas lo suficiente para comer. Entonces podrás darle lecciones a los demás.” El joven y brillante presidente francés no toleraba la insolencia de un muchacho. Su petición implícita era directa: inclínate ante tu soberano.

Estas dos anécdotas, tal vez triviales, capturan algo de nuestro tiempo. La desconexión de las élites políticas y la intransigencia de la ciudanía. El repudio intenso que provoca el apartamiento de quien gobierna en nombre de personas que ignora o desprecia. Son dos anécdotas, por cierto, de dos de los dirigentes europeos más consistentes y lúcidos en la escena internacional. Pero en ambos se asoma la insensibilidad, el desprecio, la ceguera. Trasmitir al otro que no es visto ni reconocido por su gobierno. Amonestar a quien tutea. Dos estampas que alimentan la rabia: ser ciego a la experiencia de millones, pretender amaestrar para la servidumbre.

He pensado en estos dos eventos recientes por la persistencia de la popularidad de Andrés Manuel López Obrador. Resulta difícil imaginar que este nuevo empujón de respaldo que la encuesta reciente del Financiero registra se deba a los frutos del gobierno. La violencia no ha cedido ni un ápice. El estancamiento económico es inocultable. Y, sin embargo, el país advierte que su gobierno está cerca. Que es suyo. Lo entiende, y se siente más próximo al gobierno que a cualquiera de las alternativas disponibles. Se trata, a mi juicio, de la adhesión a la política de reconocimiento del gobierno. De manera muy consistente, el presidente pone en práctica esa política. Lo hace todos los días con un abanico de instrumentos simbólicos. Sus encuentros cotidianos con la prensa, sus recorridos a ras de tierra, su ostentosa austeridad. El presidente no deja de dirigirse al país. Le habla en un idioma claro, insiste en un relato sencillo y convincente que nos recuerda una y otra vez de dónde venimos.

Puede haber muchas dudas sobre su capacidad para edificar un nuevo régimen y para lograr los objetivos que ha planteado. Sin duda, en estos meses se han activado muchas alarmas sobre la manera en que diseña e instrumenta la política pública. Sin embargo, no puede ignorarse el éxito de su política de reconocimiento.

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06, Ene 2020

Ingeniería de la demolición

La semana pasada comentaba un libro que captura el aire de los tiempos. Era Cómo perder un país. Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura, el ensayo de la escritora turca Ece Temelkuran sobre los populismos de derecha. Tomaba de ahí la hilarante conversación imaginaria entre Aristóteles y un populista que daba cuenta del imposible diálogo. La zona de racionalidad común vuela por los aires. En el universo populista no es posible la neutralidad. Ninguna. Ni siquiera la lógica puede ser la razón común. Es su lógica contra la nuestra. Sus datos y los nuestros.

Vale adentrarse en el ensayo porque es una aportación valiosa para entender el desafío político de nuestro tiempo. Temelkuran, crítica política y novelista, ha publicado un testimonio personal que es, al mismo tiempo, una denuncia de la quiebra de la democracia en su país y la descripción de un trastorno global. No es el texto de una teórica de la política preocupada por el esclarecimiento de los conceptos, sino el ensayo de una observadora del poder que ha padecido sus abusos. Disparar las alarmas y pensar alternativas. Escrita desde la experiencia y sobre lo inmediato, logra asomarse a un fenómeno mundial. No son las democracias recientes las que corren peligro. Nadie puede decir hoy que el autoritarismo es un vicio del subdesarrollo. Hasta las democracias que considerábamos más arraigadas muestran su fragilidad.

Cuenta la autora que, cuando presentaba en Londres un libro sobre la política turca y la imposición de la dictadura de Erdogan, una mujer muy bien intencionada se levantó para hacerle una pregunta: “¿Qué podemos hacer nosotros por ustedes?” La intervención la desconcertó. Aquella mujer la veía como una víctima de una política que nada tenía que ver con la noble y civilizada política británica. Se imaginaba naturalmente como una fuerza bienhechora que podría acudir al rescate de esos bárbaros que, nuevamente, perdieron el camino. Seguramente pensaba que su país era inmune a la desgracia que asolaba a Turquía. Dígame cómo puede la Gran Bretaña acudir a su auxilio. Ese es el punto fundamental de su argumento: nadie está a salvo. Todos ahogados en la misma locura. La ingeniería de la demolición se extiende por todo el planeta. “Me crean o no, lo que pasó en Turquía va por ustedes. El delirio político es un fenómeno mundial.”

La exilada desde el autogolpe de Erdogan de 2016 identifica los pasos que sigue el populismo de derecha para demoler la democracia. Lo primero es romper con las ataduras del partidismo. Por encima de un partido, el populismo ha de formar un movimiento que exprese al pueblo “real.” Podrá inventar o absorber a un partido, pero el movimiento debe estar siempre por encima de él. El autoritarismo requiere igualmente corroer la racionalidad y eliminar los estorbos institucionales. Los datos son armas de una batalla y deben usarse a conveniencia. A los jueces corresponde tocar la tonada que marca el caudillo. La complejidad del debate público debe suprimirse, como si fuera una trampa de las élites y remplazarse con un relato simple e infantil que sirva para identificar al enemigo y llame a la epopeya del retorno. El código del populismo, dice la periodista, es la desvergüenza. Lo que era inaceptable y aún repulsivo debe convertirse, así, en motivo de orgullo. El maltrato, la humillación, la procacidad y la mentira se transforman en medallas de autenticidad. Y de esa forma, el populismo diseña un ciudadano y un país a su imagen y semejanza.

Esta distopía que borra verdad y lógica, que atropella derechos, elimina frenos y mina el entendimiento no puede comprenderse sin su precedente ideológico. Propone Temelkuran que ubiquemos al populismo (ella siempre se refiere al populismo de derecha) no como enemigo del neoliberalismo sino como su descendiente directo. Lo dijo con mucha claridad en una entrevista con Ricardo Dudda publicada hace poco por Letras Libres: “El neoliberalismo debilitó la parte fundamental de la democracia, que es la justicia social. La democracia sin justicia social es una cáscara vacía: un proceso repetitivo y ceremonioso y nada más. Es natural que la gente haya perdido su fe en las instituciones democráticas.”

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05, Ene 2020

La risa de Arendt

Una mujer se encierra a leer montañas de hojas de estenógrafo. Durante semanas se entrega a una lectura tediosa que interrumpe constantemente con gestos de espanto. También, de pronto, se descubre, riendo. Fuma un cigarro tras otro. Toma notas. Teclea en su máquina de escribir. Es una admirada profesora que desciende de las abstracciones más elevadas de la filosofía occidental para sumergirse en los testimonios del horror. Un expediente judicial consume sus horas. Si hace unas semanas brincaba de Aristóteles a Heidegger y de Cicerón a Wittgenstein ahora va de un interrogatorio a otro. Testimonios desgarradores y palabrería burocrática. Es Hannah Arendt, quien se prepara para escribir un reportaje filosófico sobre el Holocausto. En efecto, eso es su crónica del juicio a Adolf Eichmann: la crónica de un proceso judicial que le permite adentrarse en la naturaleza del mal y en los resortes más profundos del poder.

El ensayo periodístico apareció en las páginas del New Yorker entre febrero y marzo de 1963 y se publicó como libro poco después. Para la intelectualidad judía, que veía en ella al intelectual más admirable, fue una bomba. Se leyó como una traición, como una ofensa. Como una abstrusa exculpación del monstruo y una explícita acusación a las víctimas. El demonio no era tal; las víctimas terminaron, en la confusión del momento, colaborando con sus ejecutores. Y en cuatro palabras, su dardo más filoso y penetrante: “la banalidad del mal”. Después de más de medio siglo, puede decirse que la controversia no se ha apagado. Todavía hoy se escuchan en la prensa, en los círculos académicos, incluso en el cine, ecos de la indignación que esa crónica levantó.

El artículo completo puede leerse aquí.

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30, Dic 2019

Nueces del 2019

Cuenta Ben Rhodes, amigo y asesor de Barack Obama que el día que dejaron la Casa Blanca, una pregunta rondaba el ambiente: “¿Y si nos equivocamos?” El presidente de la serenidad entregaba el poder a un patán. Esa es, dicen Stephen Holmes y Ivan Krastev en su nuevo libro, la pregunta necesaria. No “¿qué salió mal?,” o “¿quién se equivocó”? La pregunta honesta es esa: “¿”qué tal que hayamos sido nosotros quienes nos equivocamos?” Ahí está la base de la autocrítica liberal que sigue buscando respuesta.

*

La rabia corre como lava en las calles, los payasos ganan elecciones, las instituciones son tapones, el voto se cuenta pero cuenta poco. Es el fin de la normalidad, dice con el tino de lo simple, Michiko Kukatani, crítica literaria del New York Times. Lo inimaginable se ha vuelto rutina. Tiempos de desconfianza y de mentira, de furias y de hogueras.

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Jaron Lanier, un músico y científico al que la revista Wired considera uno de los veinticinco personajes cruciales en el mundo de la tecnología, publicó un decálogo pertinente: diez razones para desconectarte de las redes sociales. Las redes se han convertido, a su juicio, en una adicción que cancela el juicio propio, debilita la verdad, incendia desacuerdos, destruye el sentido de empatía e imposibilita la política. Malditas, no benditas redes.

Al presidente de la Suprema Corte de Justicia le convendría, tal vez, atender la recomendación. Seguramente el político de la toga respondería que asume el riesgo del tuiteo en aras de la transparencia. No se equivoca: su cuenta de tuiter lo exhibe transparentemente como un escudero del gobierno, más que como un árbitro digno e imparcial. Así ha salido en defensa de la Secretaria de la Función Pública para expedirle un certificado de honorabilidad. Tal vez la funcionaria es, como dice él “una mujer íntegra y honesta,” pero, ¿le corresponde a un juez expedir esos diplomas a sus amigos? Peor aún, en la controversia internacional reciente, el ministro Zaldívar brincó para defender al presidente. ¿Alguien podría imaginar a un juez del máximo tribunal de los Estados Unidos declarar su apoyo al presidente en una controversia diplomática? Lo señaló puntualmente José Manuel Vivanco, director de Human Rights Watch: hay controversias que exigen, de los jueces, silencio.

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“Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y al fin, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.”

Carlos Marx y Federico Engels firmaron esto hace 171 años.

*

Del diálogo entre Aristóteles y un populista en Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura de la escritora turca Ece Temelkuran

Aristóteles: Todos los seres humanos son mortales.
Populista: Ese es un argumento totalitario e insensible.
Aristóteles: ¿No crees que todos los humanos son mortales?
Populista: ¿Me estás llamando ignorante? No seré un filósofo como tú, pero el pueblo vive la realidad en carne y hueso.
Aristóteles: Eso es irrelevante para lo que estamos discutiendo.
Populista: Será irrelevante para ti porque tú y los tuyos han gobernado este país y nos consideran prescindibles. La verdad no está en los papiros de la élite.
Aristóteles: Permíteme continuar: todos los seres humanos son mortales. Sócrates es humano…
Populista: Tengo que interrumpirte. Gracias a nuestro líder sabemos quién es ese Sócrates. Ya no nos pueden engañar. Sócrates es un fascista. Estamos hartos de las mentiras.
Aristóteles: Estás rechazando el fundamento de la lógica.
Populista. Respeto tus creencias.
Aristóteles. Esto no es una creencia. Es lógica.
Populista. Respeto tu lógica, pero tú no respetas la mía. Ese es el problema en la Grecia de hoy.

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23, Dic 2019

La trampa del clericalismo

Una senadora de Morena ha presentado una iniciativa que pretende terminar con los principios básicos del Estado laico. La propuesta invita a los predicadores a las instituciones públicas. Se pretende poner fin a la separación. De manera enfática, el presidente se ha distanciado de la propuesta. Es bueno saber que no es una iniciativa presidencial y que no cuenta con su apoyo. Sin embargo, no creo que sea posible rehuir la responsabilidad que tiene el presidente en la confusión que ha servido de fermento a la propuesta. A decir verdad, la legisladora no hace más que poner en norma lo que el presidente predica cotidianamente. Al él debemos la utilización del discurso religioso en la deliberación democrática, la convocatoria a los predicadores en eventos gubernamentales, el uso político de un relato abiertamente piadoso. Usar la fe, agitar los símbolos religiosos, aliarse con pastores para promover causas políticas. Lo que en Vicente Fox era una frivolidad, en López Obrador es una convicción sellada en el mismísimo nombre de su partido.

La Biblia ha vuelto a ser plataforma de legitimación del poder. López Obrador la invoca constantemente como si ese libro fuera, para México, esa plataforma común que solamente puede ser la Constitución. El presidente habla de los pecados y pide respetar los “mandamientos,” como si todos los mexicanos debiéramos creer en el sentido de aquéllos y en obligatoriedad de éstos. La religión marca toda la acción política de López Obrador. Desde la política social a la que describe como muy cristiana y hasta la política exterior, cuyo miramiento al gobierno del Trump se basa en la certeza de que Estados Unidos es una nación cristiana y, por lo tanto, muy buena y confiable. Si la fuente de sus convicciones personales es cristiana, el dirigente de una república secular tiene el deber de traducir esa persuasión al lenguaje cívico. Al Estado no le compete la lucha contra el pecado, ni la aplicación de un texto que algunos consideren sagrado. Pero la presidencia no solamente corroe al Estado laico con la religiosidad de su discurso. También lo vulnera con su práctica. La prédica de redención del gobierno, esa matraca del “bienestar del alma” que agita todos los días encuentra en los grupos religiosos a un aliado. Por eso cree aceptable trazar colaboración con ellos. El presidente está convencido de que la “ayuda” de las iglesias debe ser bienvenida porque contribuye a la promoción de valores. Irrelevante le parece que esas agrupaciones devocionales sean irradiaciones de misoginia y homofobia, que sean promotores de las supersticiones más absurdas, que respalden los hábitos más arcaicos. Son aliados de su proyecto y por lo tanto reciben el apoyo de su gobierno. Lo han reconocido así los propios beneficiarios de este nuevo clericalismo. Arturo Farela, el presidente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas, un personaje a quien bien podríamos considerar como el pastor del régimen, celebra la colaboración con el gobierno porque permite su expansión. Gracias a su labor como promotores de la Cartilla moral, tendrán, como reconoce quien se declara consejero espiritual del presidente, la “oportunidad maravillosa” de instruir la “palabra de Dios.”

El antijuarismo del nuevo gobierno es innegable. Nada más contrario al ánimo de aquel liberalismo que las peroratas de los predicadores en los eventos oficiales. Podrá ponerse el rostro de Juárez en los telones de la propaganda oficial, podrá citársele mil veces y no se borrará la mancha: las tribunas, los recursos y las estructuras del poder público bajo este gobierno se han puesto al servicio de organizaciones religiosas.

El ataque al estado laico se funda en una confusión capital. Creer que laicidad se reduce a la libertad religiosa. El estado laico no es aquel que permite la diversidad religiosa, el que abre espacio para diversas creencias Esa es la trampa del nuevo clericalismo: promover como causa de la libertad lo que es, en realidad, una traición al Estado laico. El Estado laico es un orden que rechaza activamente la fundamentación religiosa del poder. Por eso ha de fundarse exclusivamente en el lenguaje y el simbolismo civil. No está en peligro la libertad religiosa, pero el discurso, las alianzas y las decisiones del presidente sí ponen en riesgo al Estado laico.

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16, Dic 2019

Destinos esposados

Ninguna decisión ha marcado al México contemporáneo como la declaratoria de aquella guerra. No fue, como se nos presentó entonces, una “guerra de necesidad.” Fue una guerra de elección. A ciegas, Felipe Calderón optó por la guerra. Nadie niega el desafío que se presentaba entonces. Nadie puede negar que el efecto de la intervención gubernamental fue empeorar las cosas. Los grupos criminales se multiplicaron, se propagaron las zonas de violencia. Más crimen, más violencia, más sangre, más corrupción, más miedo. No digo que el presidente sea culpable de las atrocidades. Sostengo que debe considerársele responsable de su expansión. A él y a su política se debe, en buena medida, nuestro descenso a la barbarie. El presidente carecía de un diagnóstico y de una estrategia. Se vistió de olivo, pero no sabía quién era el enemigo, ni cuáles eran los recursos con que contaba. Confió en que su arrojo era una justificación moral suficiente. Era un alarde de bravura, no la resolución serena de un hombre de Estado. Si no hubiera tenido más que piedras y palos, con eso habría luchado contra los criminales, dijo en una confrontación memorable. El presidente Calderón olvidaba entonces lo que había desatendido desde el principio: al hombre de poder ha de evaluarse por lo que provoca, no por lo que desea. Por la consecuencia de sus actos y de sus omisiones, no por la entereza de su determinación.

La captura en Estados Unidos del cerebro de esa política nos ayuda a recordar el origen de una tragedia que sigue enlutándonos. Nos permite aquilatar una dimensión particularmente perversa de ese periodo: su teatralidad. La guerra contra el narcotráfico fue, en efecto, una guerra para la televisión. Una guerra para ser representada antes que para ser ganada. Una cacería de trofeos para la exhibición. Jorge Volpi lo registró admirablemente en Una novela criminal. El caso de Florence Cassez que el novelista aborda detenidamente es el episodio más visible del abuso y de la irracionalidad que caracterizaron esa ruinosa política. Genero García Luna, el ingeniero que se convertiría en la joya policiaca del panismo, sentía tanto desprecio por la ley como fascinación por las cámaras. “Ellos saben que el bien vence al mal”, era la frase con la que Televisa promovía la telenovela que servía de propaganda gubernamental. Un melodrama que pintaba a García Luna y a los suyos como héroes entregados a la causa del orden.

Al preferido de Fox y Calderón le tenía sin cuidado ese detalle del debido proceso. Lo importante era salir a cuadro. El montaje televisivo de la captura de Florence Cassez es, quizá, la más grotesca escenificación de esa política: la ley entregada a la lógica del espectáculo. Su carácter novelesco proviene de su inverosimilitud: una captura ilegal, tortura a los presos y luego… el montaje de una escena que sería trasmitida en vivo por televisión, respetando, por supuesto, el sagrado espacio de los deportes. Fue al productor de tal aberración a quien Felipe Calderón invitó para dirigir la política crucial de su gobierno. Ya había confesado su participación en esa farsa y el panista lo incorporó a su gabinete. En él confió siempre y por él estuvo dispuesto a pagar altísimos costos políticos y diplomáticos, ignorando las muchas pistas y denuncias de sus abusos. No solamente lo protegió: se le entregó políticamente. No es por eso injusto ligar el la suerte de Calderón con la de García Luna. Destinos esposados.

La fiscalía de Nueva York acusa a quien fuera Secretario de Seguridad Pública de haber estado en la nómina de los criminales. Habrá que escuchar, por supuesto, su defensa y estar atentos a las bases de la acusación. De lo que no parece haber controversia es de la fortuna que formó mientras era servidor público. Tan grave sería la ignorancia del último presidente panista como su conocimiento de las transferencias que hicieron multimillonario al policía. En un país con la mínima salud cívica, las andanzas del secretario preso serían razón suficiente para sepultar de manera definitiva las ambiciones de Felipe Calderón, quien hoy encabeza la segunda apuesta del personalismo. Lamentablemente, en estos tiempos desquiciados, todo es posible. Y ante el vacío de las oposiciones, el caciquismo de derecha que encarna Calderón, respira.

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12, Dic 2019

La razón ante el abismo

La crítica es la inteligencia del riesgo. Un caminar descalzo sobre la navaja. Nadie vivió esa osadía de pensar como Jorge Cuesta. En su Canto a un dios mineral contempla al mundo con el atrevimiento de la lucidez.

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en un agua adormecida y mansa
un rostro se aventura,
igual retorna a sí del hondo viaje
y del lúcido abismo del paisaje
recobra su figura.

Estrofa impecable que encapsula el peligro en que se ahondaba la esperanza de Cuesta. Cuando de veras se atreve la razón, todo se disuelve. Termina la calma para las aguas estancadas de la convención. Y el paisaje: puro abismo. Por eso al evocarlo, Octavio Paz no puede más que pintar el vértigo de la caída: el abismo de una razón destilada al grado de la insensatez.

El espejo que soy me deshabita:
un caer en mí mismo inacabable
al horror del no ser me precipita.

Y nada queda sino el goce impío
de la razón cayendo en la inefable
y helada intimidad de su vacío.

El artículo completo puede leerse aquí.
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11, Dic 2019

Historia de un matrimonio

El espectador descubre muy pronto que las cartas de amor, son un adiós. Lo que amo de él. Lo que amo de ella. Los pequeños detalles, los rasgos profundos, la admiración mutua. Y el aviso también de una rivalidad. Dos cartas que no llegan a ser enviadas. De inmediato se revela la primera clave de Historia de un matrimonio, la nueva película de Noah Baubach para Netflix: la comunicación que se vuelve imposible. Más que la historia del matrimonio, la película retrata su final. Es a través de las ruinas que identificamos lo que alguna vez estaba en pie. Por las piedras que quedan en el suelo, por las vajillas hechas polvo podemos imaginar, como arquéologos, lo que alguna vez fue el desayuno amoroso y las nimias rivalidades.

Baubach pinta admirablemente ese deseo de comunicación que se ahoga en la garganta o revienta en el pleito. El intento de entenderse viene de ambos lados y fracasa siempre, estrepitosamente. Una escena lo retrata quizá, con literalidad excesiva: la pareja coopera solamente para recorrer la cortina de un muro que los separa. El tiempo parece acelerarse para imponer la incomprensión. De un momento a otro, la pareja pierde la capacidad de decir, la capacidad de escuchar. Será que, como dice Nicole, el personaje al que da vida Scarlett Johansson, “no es tan sencillo como dejar de estar enamorada.”

En el centro de la película están los diálogos entre Nicole y Charlie, representado por el genial Adam Driver. Intercambios crueles, dulces, cómicos, letales. Diálogos rotos, diálogos frustrados. Pero lo que me resulta más entrañable de la película es lo que sucede entre ellos en ausencia de palabras. Ahí es donde se muestra el portento de las actuaciones y de la dirección. No en la tormenta de la agresión sino en la intensidad de las reservas, en la espontaneidad de los reflejos. Hablo del silencio hostil, de la incomodidad de un cuerpo frente al otro… y también del diálogo tierno de las miradas, la complicidad de los gestos, de las sonrisas. La profunda imbricación de la intimidad en el tiempo. Es ahí, en ese vacío de palabras, donde se refugia el recuerdo del amor.

La película de Baubach no es solamente el relato de un colapso amoroso. Es también, en plenitud, una tragedia, es decir el cuento de la colusión con nuestra ruina y la intervención de fuerzas que son superiores a nuestra voluntad y nuestra inteligencia. La imposición en la vida humana de una lógica incomprensible que nos rebasa y nos arrolla. Quienes fueron amantes se convierten en títeres de una irracionalidad invencible. Cuando los divorciantes caen en manos de un abogado han renunciado a su libertad, a su razón, a su poder. Sus recuerdos habrán de ser pervertidos, sus deseos ignorados. El absurdo de la ley arrasa con el anhelo de entendimiento. En esta historia el destino habla con lenguaje abogadil. Ofrece abrazo y comprensión, mientras hace cálculos y amenaza. Seduce con té y galletitas para imponerle a la pareja una guerra que le era ajena. La quiebra del amor conduce a un secuestro. Un secuestro, debe decirse, del que son cómplices los secuestrados. Lo sabían: colaboraban con su propia desgracia convocando al demonio a oficiar en su despedida.

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09, Dic 2019

De equilibrios y capacidades

La mejor candidata no logró los votos necesarios para llegar a la Corte. Hasta donde eso es posible, puede decirse que objetivamente lo era. Para reconocerlo basta leer el discurso que Ana Laura Magaloni pronunció ante el Senado. No es un texto para desechar después del desenlace. Es un documento nutrido de reflexiones y de experiencias. Es el razonamiento de una académica rigurosa que no se ha quedado en el salón de clase, ni escribe para sus colegas. Se trata de un diagnóstico severo de nuestro aparato de justicia, una toma de posición, un programa de trabajo. Ahí se identifican con claridad los desafíos que tenemos en frente y se apuntan estrategias razonables. Parte de la inmensa responsabilidad que surge del vuelco del 2018. El respaldo al cambio abre posibilidades infrecuentes. Tiene razón: mucho podría hacerse… si se intentara bien. Dos tareas se proponía la candidata a la Corte: abrir las puertas de la justicia a los excluidos y asegurar los necesarios equilibrios. Las dos tareas de la ley, vistas con admirable claridad. Asentar el orden en la paz de las reglas y no en la intimidación de los violentos. Cuidar que los poderes, por legítimos, populares o fuertes que sean se mantengan dentro del espacio trazado por la constitución.

El proceso constitucional nos obliga a la maleducada necesidad de comparar. Es mala idea designar ministros tras la presentación de una terna, pero nos conduce inevitablemente al cotejo: experiencias, posiciones públicas, programa, coherencia de las candidatas quedan expuestas para ser confrontadas. Lo que podemos saber de la ministra designada es preocupante. A diferencia del empaque del discurso de Magaloni, el mensaje de la favorecida fue una colección de lugares comunes; un texto superficial y vago envuelto en una esponjosa demagogia. Nada en su carrera profesional indica que ha caminado algún trayecto hacia el tribunal constitucional. Más aún, su brevísimo contacto con el servicio público parte de una mancha bochornosa. Para cumplir con el capricho de su nombramiento, la ley fue cambiada en su beneficio. La nueva ministra subió al peldaño previo a la Corte con una norma hecha a su medida. Beneficiaria de leyes tratadas como herramientas del poder, no como límites al poder. Poco confiable resulta también una ministra que oculta sus nexos con el Padrino de esta administración. Abogada al servicio de ese monumento al conflicto de interés llamado Alfonso Romo, Margarita Ríos Fajart tuvo a bien ocultar en sus papeles públicos sus vínculos profesionales con el empresario regiomontano que despacha a un milímetro del presidente. Y lo más grave, su sentido de misión institucional. Dijo en el Senado la hoy ministra que el país está en un proceso de transformación y que los mexicanos estamos buscando recuperar nuestros valores nacionales. Yo quiero ser parte de ese esfuerzo, dijo. Ninguna palabra sobre el deber del tribunal de controlar el poder. Deseo de unirse a la “transformación”.

Dije hace unas semanas que el presidente López Obrador daba muestras de reconocer la autoridad de la Suprema Corte. Debo corregir lo dicho. Si es cierto que ha detenido su vieja hostilidad a la Corte, es porque empieza a verla ya como suya. La afabilidad no parece señal de respeto, sino de conquista.

El proceso reciente en el Senado no solamente es ominoso por lo que representa para los equilibrios del poder, también es una señal del desprecio por la preparación y por la experiencia. Cuando el presidente nos advierte que, para sus nombramientos, lo que verdaderamente importa es la honestidad y que lo demás es irrelevante, pretende beatificar la ineptitud. Ahí está el segundo golpe político de López Obrador. El primero es la anulación de los contrapesos y las autonomías, la colonización de los ámbitos de neutralidad. El segundo es la destrucción de la capacidad administrativa del gobierno. En agosto dijo que con un 1% de capacidad en sus colaboradores bastaba. Lo importante era asegurar que, en ellos, el 99% fuera honestidad. No entiendo muy bien cómo se corta ese pastel de porcientos, pero la concepción es terrorífica. ¿Están reñidas una y otra? ¿Es honesto el incapaz que se hace cargo de lo que desconoce? ¿Es honesto nombrarlo para una tarea para la que no está preparado?

Como lo vemos en sus alianzas, en sus nombramientos y en sus favoritos lo que le importa en realidad al presidente no es la honestidad, sino la lealtad. Y así damos paso a una política desbocada y inepta.

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02, Dic 2019

A un año

El presidente vuelve a encontrar fecha para celebrarse. Sin recato alguno, el gobierno federal se entrega al alto propósito de enaltecer al caudillo. Secretarios y directores convocan a sus subordinados al homenaje que el presidente se tributa a sí mismo. Por supuesto, cuando el presidente se festeja, en realidad celebra a los héroes cuyas lecciones han desembocado en su anatomía y al pueblo que, en su sabiduría infinita, lo sigue. El caudillo es desinteresado y generoso. No es siquiera dueño ya de sí mismo porque desde hace un año se entregó como regalo a México.

La fiesta recuerda que apenas ha transcurrido un año de su presidencia. Uno diría que ha pasado una década porque no es fácil encontrar una intensidad como la de estos meses. Hay, sin duda, un afán de rehacerlo todo y de empezar, decididamente, por deshacerlo casi todo. Es claro lo que se derruye y muy confuso lo que se edifica. Si atendemos a los tablones de objetividad, el año ha sido malo. Malo para la seguridad y malo para la economía. Hay mayor violencia, más muerte, más miedo. El estancamiento económico es inocultable. Y frente a la contundencia de los reveses, la reacción presidencial ha sido la cerrazón y la soberbia. Él tiene información más valiosa que la que ofrecen las mediciones técnicas; él confía en su estrategia, aunque todo indique que urge una revisión profunda.

En un año se han provocado daños serios en los equilibrios democráticos y en el profesionalismo de la administración. No es exagerado decir que hemos perdido contrapesos y que tenemos una administración de peor calidad. Los electores conformaron, es cierto, una presidencia fuerte. Pero la desaparición de las oposiciones, el empeño por destruir las autonomías y el desprecio de toda capacidad técnica nos hace enormemente vulnerables al capricho y la arbitrariedad. Estos meses han sido catastróficos para los precarios equilibrios que se habían ido construyendo. Los órganos autónomos, definidos desde el primer momento como enemigos del pueblo auténtico, han sido estrangulados presupuestalmente, hostigados a diario en las soflamas presidenciales y capturados con nombramientos indignos, cuando no abiertamente ilegales. No idealizo a esas cápsulas institucionales. Su captura fue frecuente, sus excesos ostensibles. Era ocasión para refundar su independencia y procurar su dignificación. Lo que se ha hecho es todo lo contrario: someterlos y vejarlos. Subordinar todo principio administrativo a la política militante.

Pero la denuncia debe estar acompañada con una reflexión sobre el sentido de este año. La política de López Obrador tiene raíz y tiene causa. Es reflejo del brutal desprestigio de la alternancia y encarna una innegable contemporaneidad. Aunque su horizonte sea nostálgico, hay en su comunicación y en sus reflejos; en su fe y en sus recelos, mucho presente. López Obrador es por eso un dirigente con el reloj a tiempo. No lo celebro porque no me agrada el mundo de Donald Trump, ni el de Viktor Orbán, ni el del Brexit. Y a ese mundo, a ese tiempo pertenece el presidente López Obrador: a la retórica de la enemistad de Trump, a la política antiliberal del primer ministro húngaro y a la demagogia de los brexiteros.

La política de López Obrador empata con el desprestigio de los técnicos y la profusión de la mentira, con el fin del sueño global y la melancolía de las identidades. Sintoniza, sin duda, con el nuevo imperio emocional. Hay algo que, ante todo, me parece que debe reconocerse. López Obrador ha puesto en práctica, con enorme habilidad, una política de reconocimiento. Tomo esa expresión que el filósofo Charles Taylor empleó para hablar del multiculturalismo. Me parece pertinente para señalar la seducción del llamado lopezobradorista. La política es también eso: el derecho a ser visto. Es ahí donde la intervención de López Obrador resulta más poderosa y más profunda. Ve lo que muchos decidieron ignorar. No puede entenderse el imán de su liderazgo sin registrar la hondura del orden oligárquico que hizo de la mayoría algo invisible o despreciable. A eso se enfrenta simbólicamente López Obrador. Si en algo se ha empeñado durante este primer año de gobierno es precisamente eso: reconocer al país negado.

La austeridad será social y económicamente ruinosa. Pero la escenificación de la proximidad es el elemento crucial de su política. La política de reconocimiento carece de estrategia más allá de lo simbólico y no tiene más enviado que el presidente. Si en gesto queda la política, ahí se cultivará también el desencanto.

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25, Nov 2019

Desconfiar de lo pensado

Es necesario desconfiar de lo pensado. Nos tienta la facilidad de la reiteración. La vanidad de pensar que habíamos visto toda la película desde la primera escena. O, más bien, desde su anuncio. Creer que nada nos sorprende, que todo camina de acuerdo a lo anticipado. No importa si la reiteración proviene de los ilusionados o de los que gritan la llegada de la tiranía. El hermetismo es el mismo: incapacidad para modular el halago o el reproche. ¡Está naciendo la democracia auténtica!, suspiran unos. Todo lo que había antes era una farsa. ¡Ha muerto la democracia!, gritan los otros. Se asienta entre nosotros una dictadura feroz. Ninguno aprecia las continuidades, ninguno registra la contradicción. No hay, a su juicio sorpresas. Todo avanza de acuerdo al plan. Ambos sienten la urgencia de una definición, no solamente tajante, sino también vehemente. Exaltación y hermetismo son, por ello, las marcas del debate que no podemos tener sobre nuestra circunstancia. Haberlo descifrado todo ya y solamente esforzarse por gritarlo más fuerte. Ya se los he dicho mil veces, pero no lo he dicho con el ardor necesario: galopamos dichosos a la felicidad o nos precipitamos al abismo.

Nos hemos convertido en marionetas del belicismo presidencial. Sirviendo a los antojos del señor de palacio, hemos llegado a la conclusión de que no hay que perder el tiempo entendiendo lo que pasa: hay que afiliarse. Estar de un lado o de otro. Y demostrar constante, obsesivamente que se está en el campo correcto de la historia. Si en algún lugar se muestra la eficacia del poder presidencial es ahí, en el imaginario del presente. Se nos ha convencido de que hace un año comenzó una nueva era de la historia mexicana y que lo más importante es afirmar una identidad frente a ese giro. Discrepo del megalómano, de sus aduladores y de sus malquerientes: no estamos ante el cuarto tiempo de la patria. Las continuidades son innegables y las sorpresas cuentan.

Me confieso incapaz de pintar el primer año de gobierno de López Obrador con un solo color. Lo encuentro cruzado por la contradicción y, a pesar de su conocida terquedad, dispuesto en ocasiones al viraje. Hay decisiones que me han sorprendido, y algunas para bien. He hablado mucho de su populismo de manual. He hablado también de su hermetismo ideológico, de la ceguera de sus fobias. Creo que es necesario registrar al mismo tiempo los bordes de esa persuasión. El populismo presidencial se aviene de pronto, en ciertos ámbitos, al recato institucional y sofoca el impulso de conflicto. A pesar de la intensidad de sus antipatías, hay órganos que ha respetado como presidente y mal haríamos si lo pasamos por alto. De lunes a domingo escuchamos agresiones e intimidaciones a los órganos autónomos. Pero no a todos. El presidente reconoce hasta el momento la autoridad de la Suprema Corte y del Banco de México, dos institutos cruciales para el país. No hemos visto aquí intento de colonización ni de sometimiento. Si el agravio a la comisión de derechos humanos o a tantas otras instituciones autónomas merece denuncia, también es necesario registrar los territorios del respeto.

El combustible del populista es el conflicto. En su entendimiento, la política muere en el consenso y se reaviva con antagonismo. Por eso asistimos diariamente a una misa de la enemistad. Una ceremonia no para dar la paz sino la guerra. ¿Quién recibirá esta mañana el honor de su insulto? Sólo una relación está para él, por fuera de este hábito: la relación con Estados Unidos. Con notable disciplina el presidente ha rehuido el conflicto con el norte. Puede decirse que su docilidad ha sido demasiado costosa. Que nos hemos convertido en el muro que Trump nunca soñó. Es cierto, pero lo que también debe resaltarse es que el presidente reconoce el peso de la vecindad. Por eso no juega al antiyanquismo y apuesta por la sobrevivencia nuestra zona económica. Estados Unidos representa el aplacamiento del belicista.

Tras un año de gobierno es necesario recordar las razones del vuelco del 2018 y lo necesario que era el castigo a quienes antes ejercieron el poder. No puede entenderse el presente si no imaginamos la sombra de la alternativa.

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