20, Abr 2020

Polémicas por venir

Es tiempo de pensar lo impensable, decía Emmanuel Macron en una entrevista reciente con el Financial Times. Más aún: “todos estamos embarcados en lo impensable.” Las tradicionales coordenadas ideológicas ya bastante borrosas a estas alturas, terminarán siendo irrelevantes.

Las categorías políticas del populismo que definieron el debate público en el mundo tras la crisis financiera del 2008 enfrentan una nueva realidad. De muchas maneras simplificaron la disyuntiva como la alternativa entre nosotros, el pueblo, y ellos, la élite de los expertos. El país profundo y verdadero contra la globalización que lo ensucia y desnaturaliza todo. La voluntad auténtica de la gente contra el distante juego de las instituciones. Planteado en esos términos, el populismo llevó la voz cantante. Ese relato captó el descontento y la imaginación. Fue extraordinariamente eficaz, pero, tras la pandemia, ¿lo seguirá siendo? ¿De qué manera el miedo planetario reelaborará el debate público? Su feroz antipatía por los expertos choca con la urgencia de contar con técnicos confiables. Su frontera de buenos y malos, de Pueblo y Antipueblo, difícilmente puede ordenar la polémica por venir. La ola de vulnerabilidad cambiará las coordenadas del debate público. Ojalá asiente la responsabilidad por lo complejo.

El desenlace, por supuesto, no está cantado. Las preguntas de hoy se irán respondiendo en las décadas por venir. La naturaleza de la globalización es, quizá la más evidente. Un ciclo concluye y está por abrirse uno nuevo. ¿Qué carácter tendrá?

Chocan desde ya los reflejos nacionalistas con los llamados de una cooperación más efectiva. ¿Es esta crisis resultado del demasiado mundo? ¿La ferocidad y la rapidez del contagio son producto de un “exceso” de globalización? Así lo creen quienes llaman a reforzar nuestras fortificaciones y evitar así los contagios que vienen de fuera. Pero el discurso localista encuentra nuevos asideros. No es solamente el temor por lo extraño, sino también en una sensata valoración de las cercanías. El llamado de la desglobalización encontrará, seguramente, nuevos argumentos y no serán necesariamente xenófobos. La salud y el medio ambiente nos invitan a repensar la teología globalizadora. Al mismo tiempo, nunca como ahora se ha percibido la mutua dependencia y, por lo tanto, la necesidad de cooperar. La globalización–recurro nuevamente al sociólogo Ulrich Beck–debe ser entendida como una “sociedad mundial del riesgo.” Lo es porque vivimos en un tiempo que ha disuelto los refugios. No hay rincón que esté a salvo. Para el virus no hay lugar remoto. Las fallas del sistema de salud en un país son, por lo tanto, amenazas a todos. Los secretos en un rincón del planeta nos tapan los ojos a todos. Al tiempo que se piden murallas y el regreso a lo local, urgen instituciones globales eficaces.

En el combate al contagio se pone a prueba también el modelo político interno. No me refiero al golpe que seguramente recibirán muchos gobiernos y partidos por su gestión de la crisis. Me refiero al desafío de las democracias frente a la seducción autocrática. El discurso antiliberal ha querido presentar la respuesta autocrática como ejemplar. A diferencia de los regímenes vacilantes de Occidente, la determinación política china supo poner orden en casa y ahora envía ayudas a todo el mundo como propaganda de su éxito. No me trago ese discurso, pero es innegable que, bajo un clima de incertidumbre extrema y miedo intenso, la autocracia resulta atractiva. Las democracias más sólidas han activado resortes dictatoriales: poderes de excepción y restricción de derechos. ¿Qué rastros dejará en las democracias este súbito régimen sanitario? ¿Cuántos sacrificios momentáneos se harán permanentes? ¿Cuántos derechos estaremos dispuestos a ceder? ¿Cómo se alterará el espacio de la privacía si se prolonga la vigilancia de los protectores?

El paternalismo sanitario es un desafío serio y complejo para las democracias liberales. No puede ignorarse la razón que la causa ni la amenaza que implica. En todo caso, debe entenderse que la emergencia no debe conducir a un extravío irreparable. La restricción a los derechos debe ser el último recurso, limitada a la atención de la emergencia, basada en criterios técnicos que hayan mostrado eficacia y abierta a la crítica pública y a la revisión cuando pase la emergencia. La eficacia democrática se pone a prueba en tiempos de crisis.

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15, Abr 2020

Auden y los virus

W. H. Auden | Poetry Foundation

En un ensayo de 1969, W. H. Auden describe el poema como una sociedad verbal. Aquello que tiene solo un vínculo aritmético se transforma en una sociedad o, más bien, en una comunidad. A la poesía animaría una noción agustiniana del mundo: lo que el poeta intenta es transformar el agregado de elementos que conforman la experiencia en un organismo vivo, en una ciudad que aspira a la trascendencia. Ahí mismo, en ese ensayo sobre la libertad y la necesidad en la poesía, apunta que el interés del poeta es la persona en lo que tiene de irrepetible. El registro de lo único. Ese único que se mira en el espejo es un ecosistema, un planeta que alberga millones de huéspedes invisibles. Anfitrión de incontables virus, bacterias, hongos y demás bichos.

El artista aprendía de su padre, un médico que sabía que lo importante no era la enfermedad sino el enfermo. Un doctor, como cualquier persona que ha de tratar con seres humanos no puede ser un científico. Será un artesano si usa el bisturí, será un artista si prescribe la justa receta. Y advertía: los médicos que más insisten en recordarnos que son “científicos” son los que menos dispuestos están para considerar los nuevos descubrimientos de la ciencia.

Auden, el neoyorquino que empezaba su lectura del New York Times en la página de los obituarios, estaba suscrito a dos revistas únicamente. Eran Nature y Scientific American. En alguna edición de esta última, se maravilló al descubrir en un artículo de Mary J. Marples la convivencia de especies dentro de nuestro propio cuerpo. Escribió entonces, como respuesta, un poema. La piel humana era un bosque de larvas, plantas, hongos, bacterias. Les concede a todos ellos libre tránsito: instálense ustedes donde mejor se acomoden. Pueden bañarse en las lagunas de mis poros, pueden encontrar refugio en la selva de mi entrepierna, o asolearse en los desiertos de mi antebrazo. Porque no les desea tristeza alguna, los invita a formar colonias y ciudades, pero implora comprensión: compórtense. No me provoquen acné ni piel de atleta.

Ese complejísimo ecosistema de microscópica fauna y flora es abrazado por Auden. Se trata de un entorno rico y a la vez frágil. El simple hábito de vestirse y desvestirse acarreaba la devastación de millones de bacterias. El jabón era una inclemente bomba química. Lo aprendía de aquel artículo del Scientific American. Rascarse provocaba una hecatombe. Por eso se lamentaba que no era el paraíso de esos Adanes y esas Evas. Sé que mis juegos son catástrofes para ustedes. Un regaderazo inunda sus ciudades y extingue seguramente a millones de inocentes. Y se pregunta el poeta: ¿qué mitos explicarán en su mundo mis huracanes? ¿qué parábolas usarán sus predicadores para darle sentido a estos diluvios? Mi muerte, les advierte, anunciará también su juicio. La sábana de mi piel se enfriará y se volverá demasiado rancia para su paladar. Me volveré apetecible para predadores menos generosos.

El poema de Auden fue publicado la edición de mayo de 1969 en el Scientific American y convertida en, diciembre de ese año, en su postal de año nuevo.

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13, Abr 2020

Fracaso de la imaginación

Algunos dirigentes en el mundo se han montado en la crisis sanitaria para impulsar la autocratización. Hacerse en esta emergencia de poderes extraordinarios para asumir un mando sin restricciones. La crisis es el parque de los autócratas. Cuando la normalidad se rompe, los poderosos asumen el permiso de hacer cualquier cosa con tal de salvarnos. Se imaginan capitanes de un barco a la deriva que deciden echar por la borda a quien estorba. Recibir trofeos por sacrificar a algunos. Las restricciones que serían inimaginables en tiempos normales son aceptadas y aún agradecidas en tiempos de temor. La amenaza, la incertidumbre, el miedo llaman a un poder decidido y enérgico que no pierda el tiempo en discusiones, que no se tiente el corazón con los pudores habituales y que intervenga con arrojo para derrotar al enemigo. Al crítico que es irrelevante tiempos ordinarios se le ve ahora con sospecha y al opositor se le cataloga abiertamente como un traidor. El primer ministro de Hungría es, quizá el más adelantado en este impulso autocratizador. Viktor Orbán ha conseguido el permiso de su parlamento para gobernar por decreto. Cualquier ley que le estorbe podrá ser anulada de inmediato. Él primer ministro podrá legislar sin intervención parlamentaria. Los procesos electorales quedan suspendidos y se podrá castigar con cárcel a los periodistas que se alejen de su versión de la verdad. Hay que agregar que la dictadura recién fundada en Hungría no tiene plazo límite. El proyecto del populista húngaro de abanderar una democracia iliberal ha recibido del virus el impulso definitivo.

No veo, ante la crisis de salud, ese impulso en México. El gobierno federal ha insistido en que la emergencia sanitaria no supone una suspensión de garantías. No ha asumido el Ejecutivo facultades extraordinarias, ni se percibe la crisis como una oportunidad para instalar una dictadura salvadora. La mayoría congresional que respalda al presidente no ha sido convocada para entregarle permisos adicionales. De hecho, lo que ha sorprendido a muchos es precisamente lo contrario: no un ansia de poder en la emergencia sino una renuencia a la decisión.

Si la crisis sanitaria ha tenido un efecto político en México, éste se ha dejado sentir en otra órbita. No en la autocratización, sino en la ideologización del gobierno. Más que liberarse de los límites, el gobierno se desentiende del diálogo con la realidad y se aferra a sus prejuicios. El virus ha precipitado al gobierno de López Obrador a una intensificación de su visión ideológica del mundo, a una radicalización de su hostilidad discursiva, a una endurecida clausura intelectual. Por eso ve el desafío de salud como una prueba de fe, como una ocasión para verificar lealtades y desechar la tentación de reconsiderar. Más que a un autócrata, tenemos en frente a un ideócrata, al esclavo de un manojo de frases.

Se trata de un fenómeno extraordinariamente preocupante: el fracaso de la imaginación. La falta de realismo político, eso que Isaiah Berlin llamaba “sentido de realidad” es, aunque parezca extraño, resultado de una imaginación seca. El ideócrata o, para ser más precisos en el caso del mexicano, el fraseócrata es incapaz de pensar algo que contradiga su preconcepción. Si durante años ha repetido el mismo cuento, no puede imaginar un relato que se separe del mural. Si ha pintado el mundo con los mismos colores elementales, es incapaz de aceptar que haya otros pigmentos, otros tonos, algún claroscuro. Si ha enviado al infierno a unos y si a otros los ha elevado al paraíso, no puede admitir en ningún momento que los condenados sorprendan con alguna virtud o que los santos tropiecen. El prejuicio sofoca la imaginación y por eso cancela el trato saludable con la realidad. Un permiso le está vedado al ideólogo: dudar del credo. La fidelidad ideológica, el hermetismo de las convicciones cancela como impensables todos los hechos, todos los datos, todos los argumentos y las voces que se han descartado previamente. No puede verse lo que se tiene delante de la nariz porque el cerebro ya ha condenado a una parte de la realidad a la categoría de lo impensable.

La imaginación es la perdición del ideólogo porque lo tienta a dudar.¨

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10, Abr 2020

La tortura del genio

Cuando Victoria Ocampo recibió en París un ejemplar de Una habitación propia, el gran ensayo de Virginia Woolf sobre la mujer y la escritura, quedó deslumbrada. Ahí estaba lo que ella quería decir sobre las dificultades de la expresión en un mundo masculino. Era 1929, muy poco tiempo después de haber sido publicadas las conferencias de las que proviene el libro. De inmediato, Ocampo busca a la novelista, le escribe cartas, le regala orquídeas, le envía cajas repletas de mariposas, la visita en su casa en Londres. Woolf se siente acosada por la adinerada sudamericana de “ojos de huevo de bacalao fosforescente”, pero permite que un argentino traduzca, para SurLa habitación y también Orlando. Se llamaba Jorge Luis Borges.

Muchos años después, Borges confesó a Osvaldo Ferrari que, en realidad, había sido su madre la verdadera traductora del ensayo y que él solamente hizo la revisión. Tomaba distancia porque no le parecía un ensayo de gran valor. Lo veía como un alegato elemental por el feminismo y como tal, innecesario. “No necesito alegatos para convencerme del feminismo”, le dijo al entrevistador. Virginia Woolf aparece ahí como misionera y como comparto su propósito, me resulta prescindible. El poeta ponía la novela por encima del ensayo. Admiración por el arte, desprecio de la idea.

El artículo completo puede leerse en nexos de abril.

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08, Abr 2020

Desde el encierro

Cuando salga de su encierro, el mundo no volverá a ser el mismo. Esta no es una crisis pasajera. Pocas cosas volverán a su sitio. El mundo no se detiene durante semanas para reactivarse mágicamente de inmediato, como si nada hubiera pasado. El secretario general de Naciones Unidas ha descrito el desafío sanitario como el reto más serio que ha enfrentado ese organismo en toda su historia. Lo es porque ningún desastre natural, ningún estallido bélico, ninguna tensión política ha exigido, como lo hace el contagio, tal coordinación y celeridad de respuesta. Lo es porque ninguna crisis pone en jaque nuestras ideas, nuestras reglas, nuestros reflejos.

La humanidad no existe, decía Carl Schmitt, el teórico del nacionalsocialismo tan querido por los populistas de hoy. Quien pronuncia esa palabra solamente quiere engañar. No existe tal cosa. El abogado alemán lo sostenía para resaltar que la experiencia humana sólo encuentra sentido en alguna parcialidad en conflicto. Nosotros contra ellos. La tribu, el credo, la clase, la raza nos marcan y nos enardecen porque nos ponen en conflicto con alguien más. Por ello la idea de la especie humana era para él una ilusión que en nada correspondía con la historia real. La historia:  infinitos episodios de enemistad. Que la humanidad existe más allá del dato cromosómico es, tal vez, la revelación del momento. El virus que, al parecer, incubó en el plato de una sopa de un mercado en Wuhan nos ha hermanado súbitamente porque nos lanza a todos la misma amenaza. Esta es la primera crisis sin espectadores. Nadie está lejos porque nadie está a salvo.

Los reflejos de nuestra política son de otro tiempo. El primer impulso en todas partes fue levantar los muros, como si hubiera aduanas capaces de detener el paso del enemigo. El contagio no respeta los linderos nacionales, pero los gobernantes siguen imaginando que su palabra es magia suprema en sus confines. Levantaré mi muralla y quedaremos todos limpios de la contaminación de los otros. La fatuidad nacionalista es el resorte más absurdo en estos tiempos y, sin embargo, es el recurso más frecuente. El virus chino, lo sigue llamando el demagogo de la Casa Blanca, el mismo que denunciaba la invasión del sur. Para los xenófobos, todos los males vienen de fuera y toda la cura es siempre propia: nuestra historia, nuestra cultura, nuestro dios, nuestras familias.

La crisis ha puesto a los expertos en el centro. Los mismos líderes populistas que hasta hace poco llamaban a desoír sus consejos, que limitaban sus recursos, que se burlaban de su vocabulario y que apelaban a la sensibilidad del pueblo por encima de la fría razón de los científicos, han recurrido a ellos. Tardaron en reconocerlo. Esto es un catarrito dijeron muchos demagogos. En esa negación han intervenido filósofos, ideólogos, predicadores y empresarios. Un filósofo reconocido como Giorgio Agamben sostuvo que el virus era una invención, una treta para decretar un estado de excepción. Un devoto del presidente mexicano, el padre Solalinde, pide castigo para el culpable del invento y recomienda a sus feligreses que se tomen unos tecitos para curarse. El gobernador de Puebla celebra que el contagio sea una avanzada de la lucha de clases. Por la “justicia divina” que se invoca en estos días, morirán los ricos y se salvarán los pobres. Y un empresario como Ricardo Salinas, llamando cobardes a los gobiernos de todo el mundo, apuesta a la racionalidad de la codicia: aceptemos que morirán algunos, pero no detengamos nunca la bendita máquina económica. Ni modo. Que mueran los que deban morir, pero no dejemos de comprar. Esa es, a su juicio, la racionalidad que no se intimida por el miedo. Frente a los barbosas, los solalindes y los ricardosalinas, hay que apostar a la razón y a la decencia. Y al mismo tiempo, podría decirse que la ciencia exhibe también sus limitaciones en esta crisis. No lo digo solamente porque sus respuestas tarden o porque sus conclusiones sean, por definición, debatibles. Lo digo porque la emergencia anhela explicación sobre el proceder del contagio y las vulnerabilidades del virus. Pero también revela un ansia de sentido, un apetito de comunidad, un deseo de expresión, un instinto de arte. No bastan las vacunas. Necesitamos también consuelos.

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01, Abr 2020

Viaje alrededor de un cuarto

Dijo Pascal en alguna línea de sus Pensamientos que todas nuestras desgracias derivan nuestra incapacidad de aislamiento. Nadie puede vivir tranquilo, sentado en un cuarto. Xavier de Maistre escribió una brillante refutación en su Viaje alrededor de mi cuarto. Una aventura entre cuatro paredes escrita por el hermano menor del conde Joseph de Maistre el terrible reaccionario al que Isaiah Berlin vio como precursor del fascismo. Xavier, quien había tomado parte en un duelo prohibido, purgaba un arresto domiciliario de 42 días. “Me han prohibido ir y venir en una ciudad, pero me han dejado el universo entero; la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes.”

La crónica de esa cuarentena narra la reclusa aventura que avispa la imaginación. Una crónica de gratitud y de asombro. No hace falta gastar un peso para el turismo que nos lleva de un mueble al otro. No se expone uno a los ladrones de la carretera ni corre peligro de caer en en precipicios. El viaje del aristócrata no se ata a la disciplina del itinerario. No me gustan esas personas que constriñen la vida a sus planes: hoy escribiré dos cartas, visitaré a este amigo, dedicaré tres horas al jardín. Los placeres se esparcen por la vida y sería absurdo, dice, no entregarse a sus seducciones. Cuando aparecen, hay que suspender de inmediato la tarea y abandonarse a sus regalos. “Nada, creo, más atractivo que seguir el rastro de las ideas, cual cazador que persigue a la presa sin atender ruta fija.” Los pasos del confinado son como la ruta absurda de la mosca: de la mesa me dirijo al cuadro que está en la esquina. De ahí camino hasta la puerta, pero de pronto, como si auténticamente fuera una sorpresa, me encuentro un sillón en el camino. No lo dudo y me dejo caer.

Lo importante en cualquier crónica del viaje es el detalle. Hay que describirlo todo y adentrarse en las minucias. De Maistre describe los cuadros que mira, los amores que recuerda, las amistades que perdió. Recorre las novelas de su biblioteca, acaricia a su perra, medita y se pierde en digresiones. Pero también consigna en esta travesía entre cuatro paredes la experiencia de la nada, el peso de la aburrición. Hecho de viñetas y divagaciones breves, el librito incluye también capítulos vacíos. Páginas atravesadas solamente por puntos suspensivos. ¿Qué pasó entre las 6 de la tarde y las 8? Misterios del reloj descompuesto.

El cuarto le ofrece lectura al preso, pero también le motiva con el olvido de las letras. Ese doble placer ofrecen los libros: aprenderlos y olvidarlos. De Maistre lee y escribe, pero goza también con la chimenea que enciende y contempla. “Así las horas transcurren y caen silenciosas en la eternidad, sin dejar entrever sus tristes presagios.” El encierro altera el tiempo y hechiza todas las cosas. Las impregna de otro sentido. No son ya objetos de uso, sino de contemplación. Las cortinas juegan con los rayos del sol, las sombras de los árboles se fragmentan dibujando formas esplendorosas. La cama se convierte en el templo de la imaginación: un mueble delicioso que permite olvidarnos durante la mitad de la vida, las amarguras de la otra mitad. Una recomendación nos ofrece el recluso: las sábanas deben ser rosas y blancas porque son colores consagrados a la felicidad y al placer.

Encadenado a su propia caverna, De Maistre dialoga con Platón e imagina a dos animales combatiendo en el encierro. La bestia prepara el desayuno: tuesta el pan, prepara “espléndidamente” el café y se lo toma. El otro pinta, fantasea, medita. Y concluye, al recuperar la libertad, que la calle, la plaza y el mercado son la verdadera cárcel. Con tristeza lamenta que, al dejar su encierro, volverá a quedar sujeto “al yugo de los negocios.”

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30, Mar 2020

Un provocador en el palacio

Se acercan días muy oscuros para México. Debemos aceptar que no hay escapatoria. Me temo que, si la voz más sensata del gobierno nos advierte que estamos ante la última oportunidad es porque ésta ya se nos ha ido de las manos. Pero la urgencia es sentida por todos, menos por el presidente de la república. Andrés Manuel López Obrador se ha entregado a la provocación. En lugar de ofrecer serenidad y confianza, se ha entregado al desplante. Si hay algo que fastidia a mis enemigos, lo haré mil veces. Si recibo una recomendación de los expertos, me burlaré de ella con mi conducta cotidiana. Yo, el supremo, no pretendo sujetarme a consejo de nadie.

¿Qué valor tiene la voz de un hombre que recomienda quedarse en casa, cuando pasa el fin de semana en la gira más absurda de su sexenio, a más de 2,700 km de distancia de su domicilio? Los errores y las imprudencias no ceden. Por el contrario, se incrementan. Eso es lo que hemos visto: la radicalización de la imprudencia. Acosado por las circunstancias, el presidente se envalentona y tira al barranco lo que queda de su ascendiente popular. Estos eran tiempos para reinventarse, para adaptarse a la nueva circunstancia, pero el presidente lleva su obstinación al extremo. Resulta inconcebible que, precisamente en estos momentos en que necesitamos a un jefe de Estado responsable y juicioso, el presidente de la república salude pública y afectuosamente, con visible cercanía, a la madre de uno de los criminales más siniestros de la historia reciente del país. Como adolescente caprichoso, López Obrador hace lo que se le da la gana sin medir las consecuencias. No solamente es irresponsable, parece esforzarse en proyectar su irresponsabilidad a los cuatro vientos. En su frenesí de provocaciones, el presidente no hace más que correr al aislamiento del loco.

Reescribo velozmente este artículo ante las revelaciones de su encuentro de ayer por la tarde. En la versión inicial de este texto imaginaba que, aunque resultara poco realista, había que insistir en la posibilidad de reinventar el gobierno ante la emergencia. Sugería la posibilidad de cambiar la conversación para hablar de lo que importa hoy: el presente y el prójimo. Tal vez la gravedad de la coyuntura pudiera alentar la concentración en lo urgente. Pero la frenética sucesión de desplantes de este fin de semana, la abominación del saludo fraternal del domingo es para poner los pelos de punta a cualquiera. Esto no es una insensatez: es una provocación. Frente al aviso de la peor tormenta sanitaria y económica de la historia contemporánea de México, el capitán del barco suelta el timón para pasearse por la cubierta del barco tocando el violín, diciendo insensateces, deleitándose con la manera en que incordia a la tripulación y a todos los pasajeros. Sé que no les gusta a mis adversarios, pero mírenme a mí, tan despreocupado.

El virus lo cambia todo. No será una ventisca pasajera, una tormenta que azota, deja muertos y se va. El México que salga de la emergencia sanitaria poco tendrá que ver con el que recibió el 2020. Los planes de la administración, históricos para unos, absurdos para otros, perdieron sentido. Hasta los más ardientes defensores del proyecto de López Obrador, lo admitirían. Pero el presidente se ha instalado en la negación. No se ha dignado siquiera a cambiar su agenda, ni mucho menos se ha dispuesto a cambiar su discurso. Le parece más importante en este momento viajar miles de kilómetros para supervisar las obras en un gimnasio que coordinar la respuesta ante las catástrofes que vienen. Prefiere lanzarse contra los enemigos de su obsesión que dar al país un mensaje de sensibilidad y firmeza.

Aunque se resista a reconocerlo, el legado del presidente López Obrador se juega en las próximas horas. No será el partero de la Cuarta Vida de la patria, pero podría ser el digno presidente de la emergencia. Cada vez parece más improbable que esté a la altura. Su gobierno ha quedado irremediablemente sellado por la pandemia y la recesión que vendrá. No corresponde al gobernante el lujo del artista que escoge libremente asunto, material y tono. Al político le toca encarar la realidad que tiene en frente, no la que esperaba encontrar. Eran tiempos para la adaptación, no para la obstinación. Al terco le correspondía, en esta prueba, ejercitarse en la virtud contraria: agilidad. Insistir será ahondar en el fracaso. Incapaz de reinventarse y tocar realidad, todo indica que el gobierno, será cómplice y no atenuante de la catástrofe.

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23, Mar 2020

El charlatán de las estampitas

Tenemos un presidente incapaz de gobernarse. Esclavo de sus impulsos, no logra cumplir la elemental disciplina que es indispensable trasmitir en tiempos de emergencia. Los mensajes más simples son los más persuasivos. No provienen, por cierto, de la palabra sino de la acción. Rechazar visiblemente el aseo de las manos, no guardar las distancias aconsejadas, seguir con las rutinas como si nada estuviera pasando, promover la superstición. Esos son los mensajes del presidente López Obrador ante la peor crisis sanitaria de la historia reciente. El presidente de México se ha convertido en estos últimos días en el ejemplo mundial de lo que no debe hacerse. Se reirían en otras latitudes del salvaje que sigue empeñado en diseminar su baba por todo el territorio que gobierna para demostrar aplomo y valentía, pero nadie puede tomárselo a la ligera. Sus besuqueos y sus apretujones no son tomados como una simple inconsciencia sino como lo que son: una amenaza a la salud pública. El presidente de un país latinoamericano promueve activamente el contagio con su conducta. Desprecia el conocimiento científico al invocar la protección de los amuletos que habrían de cubrirlo con un manto protector. Un presidente entregado al impulso y a la sinrazón. Y no hablo de lo que hizo hace un mes ni de lo que hizo hace una semana. Me refiero a lo que ha hecho en las últimas horas, desatendiendo las indicaciones de todos los conocedores, desoyendo las recomendaciones de su propio gobierno, cerrando los ojos a lo que sucede en el mundo. Este fin de semana pudo verse al presidente de México organizando todavía eventos públicos, saludando a decenas de personas, rompiendo cotidianamente la barrera de distancia que su programa sanitario ha indicado. ¿Cómo puede atenderse una crisis de esta dimensión si el gobernante se escuda en la superchería? ¿Cómo puede gobernarse una crisis, si el gobernante no logra gobernarse?

El presidente que no se gobierna es incapaz de mandar en la emergencia. Me confieso sorprendido por la nulidad de su liderazgo en esta circunstancia. Habría pensado que el político tenaz y ambicioso, que el dirigente rebelde y astuto habría tenido prendas para aquilatar la amenaza de estos días y, sobre todo, que habría tenido madera para el mando. Ni lo uno ni lo otro. Ni cabeza para entender, ni encierro para planear, ni claridad para coordinar, ni firmeza para decidir. La crisis sanitaria ha exhibido la insolvencia del liderazgo lopezobradorista. Lo que ya hemos visto durante su presidencia queda brutalmente demostrado en la batalla contra el virus. El implacable opositor, el eficaz destructor de un viejo orden no está equipado para proveer el remplazo ni para diseñar una respuesta de Estado. Hace apenas unos días, al salir de una reunión de gabinete, la secretaria de economía lo reveló con penosa candidez: de la junta con su jefe no había salido decisión alguna. Después de unas horas, se resolvió que el equipo se volvería a reunir. Formaremos equipos de trabajo, pero no hemos decidido nada. ¡Ninguna decisión!

No me parece trivial la invocación constante a los dioses, los mandamientos y los pecados en el nuevo discurso oficial. Al hablar de santitos y divinidades protectoras, el jefe del Estado mexicano no solamente atenta contra la laicidad sino también contra la salud. Las creencias del presidente son irrelevantes, pero no es irrelevante que las promueva desde Palacio Nacional. Las estampitas religiosas que el presidente de México presume como sus guardianes conspiran contra el pensamiento científico en el momento en que más necesitamos de las orientaciones de la razón probada; fomentan las supersticiones más nocivas y atentan contra la responsabilidad cívica. Un daño irreparable se hizo a sí mismo el titular de la política sanitaria del país cuando habló del presidente como una “fuerza moral” de tal magnitud que no podía ser considerada como una “fuerza de contagio.” La zalamería es incompatible con la autoridad científica.

La crisis apenas se asoma en México y nos toma sin un liderazgo responsable. El feroz político del antagonismo no está dispuesto para coordinar esa gran empresa común que nada tiene que ver con sus viejas previsiones y sus tercas manías. Ha quedado en los huesos como un charlatán de estampitas.

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18, Mar 2020

Cuidar las ruinas

Un reacomodo en el librero que tengo a mis espaldas me sugiere el libro necesario. Es un poema escrito hace 37 años que describe la desolación de nuestro tiempo.

No llegué a tiempo
del último transporte

Me quedé en una ciudad
que ya no es ciudad

Zbigniew Herbert, el gran poeta polaco, habla en ese poema de las soberbias vacaciones extemporáneas que puede disfrutar y de la capacidad que descubre en él mismo para “redactar un tratado sobre la súbita mutación de la vida en arqueología.”

En esa ciudad arrinconada por el enemigo impera un silencio helado: “a la artillería de los suburbios se le atragantó su propio valor.” Informe desde la ciudad sitiada es el testimonio de Herbert del estado de sitio en Polonia. Lo publicó en París en 1983, poco después de que se decretara la ley marcial en su país. En copias mecanografiadas, el poema llegó muy pronto, de contrabando, a Polonia. A fines de la década, José Emilio Pacheco lo tradujo en su Inventario de Proceso. La versión que releo es la de Xaverio Ballester para Lumen.

El poeta toma la pluma del cronista y describe lo que veo en las pantallas y que intuyo en el futuro inminente. “Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros–fui designado como un favor para el papel menor de cronista.” Poesía escrita como un testimonio implacable. Sujetando la emoción, muestra el hueso de los hechos. El diario poético de Herbert es registro de un presente que ha durado siglos. Por eso el poeta ignora cuándo comenzó la invasión. Tal vez fue hace doscientos años. Podría haber sido ayer por la mañana porque “todos padecen aquí la pérdida de la noción del tiempo.” ¿Será miércoles hoy? ¿Terminó ya el fin de semana? Si todos los días recibimos las mismas noticias, el tiempo no transcurre. La monotonía, dice, no conmueve a nadie.

El poeta registra el teatro de un juicio público y retrata al fiscal que lleva puesta una máscara de ruindad y de pavor. Mientras tanto, los corresponsales bailan sus danzas de guerra.

Pero el verdadero proceso se desarrollaba en mis células
las cuales sin duda conocieron el veredicto con antelación
tras una efímera sublevación se rindieron y empezaron a morir
una tras otra

Y en medio de esa devastación, el desconocimiento de las magnitudes. Hemos pesado a los planetas, pero en asuntos humanos seguimos a tientas. “Sobrevuela un espectro: el espectro de la indeterminación.” ¿Cómo conocer los nombres de todos quienes han perecido peleando contra un poder inhumano? “Aproximadamente,” infame palabreja. Lo humano, dice Herbert, ha perdido medida.

Sabia desesperanza. A cuidar, no la ciudad sino sus ruinas, llama Herbert.

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16, Mar 2020

Vulnerables

La crisis sanitaria ha revelado las vulnerabilidades contemporáneas. Como el cambio climático, se trata de una amenaza planetaria. Pero, a diferencia del calentamiento global, el contagio viral no es una amenaza distante, sino una urgencia que obliga a la acción inmediata. Ya podemos decir que no estamos políticamente preparados para enfrentar retos de esta naturaleza. Nuestras herramientas de decisión no corresponden a eso que el sociólogo alemán, Ulrich Beck, llamaba “la sociedad mundial del riesgo.” No hablo de las instituciones de salud pública, sino de las estructuras de poder. En estas semanas se ha manifestado el impacto que pueden tener los ocultamientos de información en los regímenes autocráticos, pero también se ha exhibido la torpeza democrática. Hemos visto el impacto desastroso de la demagogia y la negligencia que en todos los rumbos quedan atrapadas por las mezquindades de la política del día. La opinión puede brincar en unas horas del irresponsable desdén al pánico. No son problemas de régimen sino de poder. Se equivoca Mario Vargas Llosa cuando advierte que la crisis del coronavirus solo puede explicarse porque incubó en la dictadura china. Nada hubiera pasado, escribió en su artículo de ayer, si China fuera una democracia. ¿Es eso cierto? ¿No existen mecanismos de ocultamiento en los regímenes democráticos? ¿No padecen las democracias liberales constantemente de liderazgos incompetentes? ¿En verdad podemos decir que no existen ahí estímulos para rehuir decisiones severas?

No hay, por supuesto, buen momento para recibir una pandemia. Pero en México, nos pesca en momentos especialmente vulnerables. Quienes saben de salud pública han advertido el efecto de ese afán de destruir todas las herencias, sin tener claro qué se pone en su lugar. Me interesa concentrarme en otra debilidad: la propiamente política. El gobierno federal, llamado a jugar un papel decisivo en la emergencia, parece especialmente incompetente para la tarea. Ofrezco razones para el pesimismo.

Incapacidad para reconocer hechos desfavorables. Cada vez son más claras y más preocupantes las señales de la voluntaria ceguera presidencial. La conducta reiterada es cerrar los ojos a lo que no le gusta al mandamás. Decretar formalmente su inexistencia y definirlo como conspiración de los perversos. Todavía esta semana, cuando aún los más ignorantes nos percatamos de la tormenta económica que se avecina, el presidente festejaba con los banqueros que nuestras condiciones para crecer son “inmejorables.” ¿En qué mundo vive quien dice eso? El presidente no reconoce la gravedad de la crisis sanitaria que se avecina porque ha perdido ojos para el presente.

Liderazgo de impulsividad, no de reflexión. El presidente es fiel a sus impulsos y apenas logra frenar sus arranques. Por eso desoye a sus propios colaboradores y se burla de las indicaciones que ofrecen a la gente. El técnico al que el presidente ha confiado la conducción de la política sanitaria ha sido claro: debe evitarse el contacto físico, deben evitarse las grandes concentraciones. El presidente, lejos de ser ejemplo de buen juicio, da lecciones de una irresponsabilidad que raya en lo criminal cuando en estos momentos se rodea de multitudes y besa niños. El gobierno pide colaboración a la ciudadanía, mientras el presidente se pitorrea de la petición. El presidente es el peor enemigo del gobierno.

Desprecio del escritorio. Para López Obrador gobernar es ser visto. Nunca como hoy la política ha sido a tal punto, teatralidad. Más allá del espectáculo de sus homilías y sus viajes, no parece haber mucho tiempo en su agenda para tomarle el pulso a las circunstancias, para planear la estrategia del gobierno, para coordinar las piezas de su administración, para aquilatar las opciones disponibles y anticipar las posibles consecuencias. Las horas recientes exigían la máxima concentración del gobierno para preparar la estrategia ante la avalancha que se nos precipita. No le pareció relevante al presidente encerrarse con sus asesores para aquilatar las implicaciones de las inevitables crisis. Antes que una junta, un baile.

Mucho se juega el país en los próximos días. La presidencia, distraída en su romería, entregada a sus arranques más imprudentes, incapaz de aquilatar la severidad de la tormenta, indispuesto para la concentración más elemental y la disciplina necesaria parece no haberse percatado.

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10, Mar 2020

El estruendo de las ausentes

8 y 9 de marzo. Momentos para escuchar y para repensar nuestro papel en el país de la crueldad impune. Oportunidad o, más bien deber, de incomodar nuestra consciencia satisfecha. Hoy corresponde escuchar el estruendo de las ausentes.

Leo “Cálculos del feminicidio”, de Mayra Portillo en Confabulario, el suplemento cultural de El universal. Registra las previsiones que ha de tomar una mujer en México. Desde muy niña, se ve obligada hacer cálculos “injustos, dolorosos, encabronantes.” La barbarie machista obliga a anticipar la agresión “Cuando veas, en una calle solitaria, un grupo de hombres, calcularás qué opciones tienes para no pasar por ahí; cuando vayas sola en un taxi, calcularás la manera de salir si éste toma un rumbo diferente al que debería seguir; si alguien te sigue en una calle oscura, calcularás qué tan rápido puedes correr con los zapatos que llevas puestos; calcularás qué sitio tomar en el metro donde tu cuerpo esté menos expuesto a abusivos toqueteos; si te quedas tarde en el trabajo y notas que tu compañero te observa de manera insistente y sospechosa, calcularás su peso y estatura en relación a la tuya y si eres capaz de darle un golpe suficientemente fuerte para ganar unos minutos que te permitan dejarlo atrás; aprenderás a calcular cómo defenderte con lo que lleves encima, con las llaves de tu casa entre los dedos, con la esquina de tu bolsa o tu portafolios, con el tacón de tu bota, con tu spray del pelo, con lo que sea. Calcularás qué ropa ponerte dependiendo de lo que otros pudieran percibir, de si alguien podría creer que lo estás provocando por el simple hecho de sentirte bonita.”

Leo a Alma Delia Murillo preguntarse cómo serían las cosas si estuviéramos nosotros, del otro lado. “Que en México violan diario a 50 hombres. Que en México cada día 9 hombres son asesinados por sus parejas. Que en México los hombres ganan 30% menos de salario que las mujeres realizando el mismo trabajo. Que en México el 60% de las madres abandonan a sus hijos y los padres tienen que criarlos solos. Que en el mundo sólo 10 de 193 países son gobernados por hombres, el resto lo tienen tomado las mujeres.” Y leo ese relato a mil voces que en tuiter ha desarrollado esa misma línea. La etiqueta de @comohombres le da la vuelta a las conversaciones ordinarias, obligándonos a encarar lo que decimos, lo que escuchamos sin protesta, lo que desata nuestra risa cómplice, lo aberrante que hacemos normal.

Leo el extraordinario número que la Revista de la Universidad dedicó a los feminismos y encuentro ahí un poema de Jimena González.  Copio unas líneas

Pienso:
No tenemos noche,
sólo miedo.

No tenemos día,
sólo obligación.

Estamos aquí:
donde los puercos.
Entre Jesucristo
y el despeñadero
involuntariamente
endemoniadas,
fecundadas de mal.

Gestamos culpa,
saltamos.
Es una orden:
Abrir las piernas.
Cerrar la boca.
Ser almacén.
Aguantar.

Abrir las piernas.
Parir más hambre.
Aguantar.

Leo los hallazgos de Lorena Becerra en su encuesta más reciente para Reforma. Una mayoría clara apoya las protestas y el paro de las mujeres. La casa es vista (eso dice la gente) como espacio de colaboración entre hombres y mujeres, pero dos de cada 10 personas cree que la política es sólo asunto de ellos. Casi la mitad de los encuestados cree que la ropa que visten las mujeres es una provocación para que les falten el respeto y que la igualdad de género ya ha ido “demasiado lejos”.

Leo la denuncia de Sabina Berman al pacto de silencio de los hombres y la hipocresía de académicos liberales que se sienten héroes. “De su indiferencia, de su abstención de su dar un paso atrás ante el tema de las mujeres, de su adhesión verbal y completamente ignorante de la causa feminista, de su participar en las ceremonias de exclusión de las mujeres sin separar los labios; de su tomar los privilegios de haber nacido hombre sin parpadear: de ahí nace la prostituta esclavizada, la trata de blancas, la esposa golpeada. Las diez asesinadas diarias del país.”

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04, Mar 2020

La sexta propuesta de Calvino

Desde 1925 la Universidad de Harvard hospeda una extraordinaria cátedra de creadores. Es el famoso ciclo de conferencias en honor a Charles Eliot Norton. Se describe como una serie charlas de poesía en el sentido más amplio del término. Han desfilado por ahí músicos, críticos, cineastas, dramaturgos. Han ocupado esa silla T. S Eliot, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Leonard Bernstein, Igor Stravinsky, Czeslaw Milosz, John Cage, Nadine Gordimer, Umberto Eco, George Steiner, Agnés Varda. La tradición es que cada uno de los expositores dicte seis conferencias. El ocupante de la cátedra en 1985 fue Italo Calvino. De ahí vienen sus Seis propuestas para el próximo milenio.

Cuenta Esther Calvino, su esposa, que, desde que recibió el nombramiento, dedicó toda su energía a preparar las conferencias. Su entusiasmo fue tal, que imaginaba una octava conferencia sobre el principio y el final de las novelas. No llegó a dar las pláticas. Una semana antes de que hubiera viajado a Estados Unidos, murió en Siena. Dejó sobre su escritorio el borrador de las charlas. Cada conferencia dentro de un sobre transparente y todas en una carpeta rígida. Estaban terminadas cinco sesiones, pero faltaba una que pensaba escribir durante su estancia en Boston. Así, el lector que se dispone a leer las seis propuestas que anuncia el título del libro, encuentra solamente cinco. En la edición de Siruela puede verse una imagen con el plan que Calvino trazó para la cátedra y, con letra tenue, el aviso de la conferencia no escrita. Después de examinar la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad, vendría la consistencia.

El propósito del ciclo de Calvino era, ni más ni menos, defender las cualidades literarias que habrían de sobrevivir al nuevo milenio. Faltaban quince años para el cambio en el calendario y se disponía a componer una posible pedagogía de la imaginación. Defendía ahí los principios de una escritura airosa y veloz; una literatura nítida y rica en imágenes que se proyectan a todos los rincones. Se trataba de valores, advertía el propio Calvino en alguna de sus charlas, que no se contraponían al polo contrario. Queda desde luego la incógnita de la conferencia no escrita. ¿Qué habría dicho de la consistencia como cualidad perdurable de la creación literaria? La sexta propuesta inspira mayor curiosidad justamente por el contraste con las otras virtudes. La consistencia es característica del monolito: estable, pétrea, tal vez incluso, sofocante. ¿Cómo armonizarla con la liviandad, la rapidez, la multiplicidad, la visibilidad?

El escritor rumano Andrei Codrescu se ha atrevido a escribir lo que Calvino no tuvo tiempo de terminar. En la edición más reciente del Los Angeles Review of Books aparece un ensayito que se presenta como si fuera la sexta propuesta de Calvino. Lo describe como un valor, al mismo tiempo imposible e inevitable. Es la consistencia que nace de la soledad humana y el afán de contarnos cuentos. Como los algoritmos que pretenden completar la sinfonía inconclusa de Schubert, el sexto ensayo sirve, sobre todo, para subrayar que los misterios no están hechos para resolverse. Prefiero llenar esa conferencia ausente con un comentario que Calvino hizo en una entrevista que concedió mientras preparaba las notas para sus conferencias de Harvard. Ahí revelaba que tenía dos libros en su mesa de noche: La naturaleza de las cosas de Lucrecio y Metamorfosis de Ovidio. “Quisiera que todo lo que escriba esté relacionado con uno o con el otro. O mejor: con los dos.” Ahí debe esconderse el secreto de su consistencia.

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02, Mar 2020

El asa y el sebo

Para el político todo tiene forma de asa, decía Ortega y Gasset. Los hechos, las opiniones, las personas, los problemas no son más que instrumentos de su ambición. Por eso de inmediato les inventa agarradera. El filósofo se refería a la incapacidad del político para reconocer el mérito de las cosas en sí mismas y la tara que significaba el apreciarlas solamente como herramienta. Al político le estaba negada la emoción de disfrutar un relato, si no lo convertía en pieza de un discurso. Ese sujeto al que ubicaba en el polo opuesto de su propia vida era a su juicio incapaz de entablar relaciones desinteresadas, era ciego al placer estético y negado a cualquier deleite intelectual. Todo sometido a su ímpetu de dominio. Amigos y desconocidos, coyunturas y urgencias, inventos y recuerdos, afectos y aversiones. De ahí la imagen: todo tiene, para político, asa, agarradera. Si algo o alguien no le es útil, no existe.

El mundo es, para el político, una colección de instrumentos. Todo existe para ser usado. A todo puede encontrársele asa. En aquel famoso ensayo sobre Mirabeau donde dibuja agarraderas adheridas a cada uno de los objetos del mundo político Ortega resaltaba el efecto que tenía esa manía de reducirlo todo a utensilio. Era el mejor ejemplo de la oposición entre el político y el intelectual. Mientras el intelectual podía entregarse a la contemplación y esforzarse en comprender por la simple emoción de acercarse a la verdad, el político no perdía el tiempo en divagaciones: si abría los ojos era para detectar adeptos y enemigos, si pensaba era para provocar efectos, si hablaba era para trasmitir instrucciones o para sumar seguidores. Pero el asa que el político imagina en el cuerpo de todas las cosas y personas es también indicio de un talento necesario. El político ha de tener esa capacidad para atrapar los hilos esenciales de la circunstancia. No observa lo que sucede: lo aprehende. Engancha la realidad porque se percata de sus transformaciones y las atrapa. Al hablar y al decidir retiene los desafíos esenciales del momento. Entiende el conflicto y sabe conducirlo. Se percata de los riesgos y advierte las oportunidades del momento.

Hablo de esto porque creo que el presidente López Obrador ha soltado el asa del presente. Si el opositor supo atrapar todos los símbolos candentes de la coyuntura electoral, el presidente no logra sujetar las complejidades de su responsabilidad. Su discurso se aparta cada día más de la realidad. La repetición de sus gastadísimas fórmulas son la mejor evidencia de su fuga. No se adapta a los cambios, no registra los reveses. Niega lo que es evidente, se aferra a lo insostenible. Su obcecación provoca, cada vez más frecuentemente, burlas. El país, en efecto, se le empieza a escurrir. Su incapacidad para entender la raíz de la protesta de las mujeres es la señal más clara del escurrimiento. Se le resbala el país porque el presidente quedó congelado por las medallas de su antigua eficacia discursiva, porque no ha desarrollado, como presidente, las habilidades para lidiar con la complejidad. Al caudillo opositor no solamente le bastaba, sino que le era indispensable la simpleza. Había que partir el mundo en dos y colocarse del lado correcto. No era necesario profundizar; era incluso inconveniente detallar los obstáculos que su proyecto enfrentaría. Pero el presidente necesita instrumentos adecuados para la labor de gobierno. No los ha adquirido y no parece interesado en conseguirlos. La lógica binaria a la que se aferra le impide sujetar la realidad. Las generalidades del demagogo se convierten en el sebo de la administración. Cualquier proyecto se resbala cuando queda untado de la retórica rudimentaria de la enemistad o de la épica de la refundación.

La estrategia gubernamental no encuentra asidero. La realidad se le patina: el recurso de la herencia maldita se agota, el permiso para las promesas se extingue, la fantasía de los datos alternativos irrita. El presidente empieza a habitar un mundo paralelo. Sometido a sus prejuicios, está dejando de entender el presente. La desconexión se ha acelerado en las últimas semanas. Aquel presidente de la comunicación y la cercanía se ha convertido en otro político apartado de las emociones dominantes y obsesionado con negar lo que los datos y los ojos revelan.¨

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24, Feb 2020

Narciso en el velorio

Llega de mala gana. Está convencido de que el velorio es, en realidad, una distracción de lo que importa. Desviarse de sus temas es una pérdida tiempo. Eso es, además, lo que quieren los malos: que hablemos de sus temas y no del mío. ¿Qué sentido tiene hablar del dolor de los otros, qué valor tendría hablar de las vidas segadas si podemos seguir trasmitiendo la buena nueva? Lo que de veras importa es su ocurrencia más reciente, su último sermón, la edificante lección de esta mañana. Lo que importa es el recordatorio de las desgracias que padecíamos antes de su llegada. Si acude al velatorio es para pedirnos que no nos fijemos en la mujer o en la niña de la caja. ¿Por qué hablar de ellas si podemos seguir hablando de mí?

A los dolientes pide que dejen de hablar del árbol y vean el bosque. No hablemos de la mujer golpeada, no nos desviemos con las historias de la agonía, no divaguemos con los relatos del crimen. Hablemos de cosas trascendentes, como mi sitio en el altar de la historia. Está convencido de que los asistentes a la funeraria carecen de perspectiva y quiere ofrecerles, no consuelo, sino razón histórica y lecciones de moral. En el gran lienzo de nuestra historia esa niña que ustedes lloran no es nada. Ustedes lloran a una niña torturada, se lamentan de la impunidad, exponen el miedo que las asfixia, denuncian la ausencia y la complicidad de los poderes, pero no se percatan de lo felices que somos porque existo. Sí, es triste lo que ha pasado, concede brevemente. Pero estén tranquilos: ya no sucederán estas tragedias porque yo soy bondadoso. Soy único. No me parezco a nadie. No se repetirán estos horrores porque yo deseo el amor para todos.

No son tiempos para estar tristes. No son tiempos para permitir el miedo, nos dice en la casa funeraria. Debemos darnos cuenta de lo dichosos que somos, a pesar de que se acumulen los ataúdes. Dejemos las anécdotas luctuosas a un lado. Aquí estoy y ustedes pueden verme. Son tiempos para la alegría. ¿No se percatan del privilegio que significa compartir el siglo conmigo? Ustedes pueden darse el lujo de despertar en la misma mañana que yo amanezco. No lo olviden: son mis contemporáneos. ¡Disfrútenlo! Son escasos los momentos en que la humanidad encuentra a alguien como yo que no soy siquiera propietario de mi mismo, sino simplemente el humilde vehículo que ustedes han encontrado para ser felices.

Se irrita el visitante cuando los afligidos regresan a su dolor y lo buscan con la esperanza de encontrar alivio o guía. Se siente ofendido cuando alguien se atreve a pedirle algo más que la enésima repetición de su empalagosa homilía. Yo no voy a cambiar mis convicciones por unas cuantas muertas, dice de pronto. No he caminado hasta este lugar para dejarme llevar por una queja de mis enemigos. No sería el héroe que soy y que ustedes tanto admiran si escuchara las voces de los perversos o si me dejara influenciar por el grito de quienes son manipulados. ¡Cuánto egoísmo, cuánta miopía en los dolientes! No son capaces de reconocer que el país está ya en camino de la gloria y que estos inconvenientes funerarios son vestigios de la era podrida. Son muy pocos y no son buenos quienes quieren empañar nuestra fiesta con lamentos. Y así repite su convicción esencial: porque existo, porque soy bueno, porque quiero el bien el mal desaparecerá. ¿Contentos?

Llama la atención de los deudos el que el visitante no pronuncie una sola vez el nombre de la persona que ha muerto. Quizá se deba a que no debemos hablar del árbol sino del bosque. Por eso no hay que hablar de la vida concreta que ha sido liquidada por el crimen, sino de la lucha del bien contra el mal, de los horrores del pasado reciente y del esplendor actual. Si todos en ese espacio de llanto repiten el nombre de la víctima, si tratan de rendir homenaje a la vida irrepetible terminada por la violencia atroz, resulta revelador que él no pronuncie las sílabas de sus nombres. Nada dice de sus vidas. Son “esa mujer;” es “la niña.” Fórmulas genéricas que le sirven para tomar distancia y repetir las cantaletas de su monomanía. Es que no acude al velorio para expresar su pena o para anticipar respuesta, sino para aprovechar la oportunidad de encontrarse de nuevo con el espejo y bordar sobre un tema importante: él mismo y su grandiosa epopeya.

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19, Feb 2020

El lente de las nubes

El poeta se asoma por la ventana del avión y encuentra un país de ceniza.

Desde el avión

¿qué observas?

Sólo costras

Pesadas cicatrices

de un desastre

Sólo montañas de aridez

arrugas

de una tierra antiquísima

En aquel poema, José Emilio Pacheco veía México como una isla de aridez, el reino del polvo. Desde lo alto veía una hoguera muerta, sepulcros naturales, cordilleras que nos rompen. Registraba también ese pero tan presente en su agudeza. Cenizas, cicatrices, sepulcros y, sin embargo, “la tierra permanece.” Como si emprendiera la tarea de documentar el paisaje de esa mirilla, Santiago Arau ha recorrido México para verlo como lo contemplan las nubes. El año pasado publicó en una coedición de Sexto Piso y la Fundación Bancomer uno de los libros mexicanos de fotografía más notables de los últimos años.

Acompañado con estupendos ensayos de Diego Rabasa, Luigi Amara, Pablo Soler Frost, Juan José Kochen, Sergio Rodríguez Blanco, Julia Carabias y Vivian Abenshushan, Territorios recoge la bitácora de la extensa travesía de Arau por los aires del país. 32,306 km por las cuatro puntas de México. Cuatro años desde el primer viaje hasta el último. 452 días fuera de casa. Durante años los mirones de tuiter y de instagram hemos podido asomarnos por a las postales de sus viajes. En el libro se recogen todas ellas. Estampas de la prodigalidad mexicana: cerros, desiertos, mercados, volcanes, costas, calles, islas, plazas, ríos, pirámides, bahías vistas casi siempre por encima de las nubes.

La fotografía de Arau, dice Pablo Soler Frost, nos permite ver lo que no vemos: lo extraordinario. Al elevarse del suelo, Arau rompe el cerco de lo inmediato. Nos ofrece así, otra retina para vislumbrar la anchura del mundo y sus dos inmensidades. Ciudades monstruosas y selvas infinitas. Laberintos los ríos y las calles. El ojo del dron captura geometrías y caprichos, reporta exclusiones e hibridaciones, bellezas y horrores. Encuentro en estas fotografías de Arau curiosas correspondencias artísticas: se asoman de pronto los microscopios de Felguérez o el horizonte turquesa de Joy Laville; la transparencia de José María Velasco y aquella vendedora de frutas que retrató Olga Costa.

Lo más sorprendente del trabajo de Arau es que la elevación de su lente no enfría la mirada. Se observa en él la secreta geometría de ciudades y bosques, la exactitud de lo inerte, el capricho de lo vivo. Este no es el reporte de un orógrafo. Los drones de Arau van más allá de la cartografía y escapan ese lugar común en que se ha convertido la fotografía desde los cielos en documentales y en libros de decoración. El clic del pájaro es registro artístico: en simultáneo, creación y crítica. Ejercicios de admiración y de denuncia que hacen íntimo lo inmenso.

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