04, Mar 2019

El poder ante la nada

No hay más brújula que la presidencial. No hay en el país otro instrumento de orientación pública. Todos nos ubicamos en el espacio a partir de las señales que de ahí surgen. Todos viéndolo a él. Escuchándolo a él. Alabándolo o condenándolo. Reaccionando a lo que él dice y deja de decir. Sus ceremonias son, sin duda, eficaces: el presidente es el único generador de sentido. Ahí el norte y sur, el pro y el contra.

Su presencia es abrumadora. Todos los días se hace sentir su poder. Más que como poder de decisión se presenta como un poder de fabulación: el presidente convertido en el gran narrador que todas las mañanas nos relata el cuento que somos. El poder se ubica en la voz de un hombre que no ha guardado silencio un solo minuto. El presidente habla y parece que solo el presidente tiene voz. Si alguno de los suyos habla es bajo la severa vigilancia del presidente. Al hablar, sus ministros sienten la respiración del jefe en el cuello. Sin descanso, la voz presidencial denuncia los horrores del pasado y celebra las maravillas del futuro inminente. Anuncia programas, aplaude la nueva era de México, señala a los traidores, da consejos de crianza, predica, extrae lecciones de la historia, insulta, se burla de los otros y los consuela. Todos los días, la voz del presidente. Y frente a esa voz, la nada.

De esa nada hay que hablar. De la nada en que se convirtió la oposición desde julio. De la nada que nada ha entendido desde entonces. De esa nada que hoy nada propone. De la nada que se empeña en ser menos.

El vacío de la oposición es la marca más preocupante de la nueva política. El problema que enfrentamos no es la aparición de un gobierno mayoritario. Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de la legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. La formación de un gobierno mayoritario permite escapar de la política de los vetos, esa que con tanta facilidad se convierte en política de atascos, extorsiones y complicidades. Pero aún un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que se prepare para el relevo. Una oposición atenta, capaz de ofrecer alternativa y dispuesta a señalar errores y abusos. Una opción que exponga a la opinión pública otra manera de entender la política, que ofrezca otro relato, que dibuje otra posibilidad.

No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No hay oposición que vigile, que explique, que cuestione, que destape y que critique. No se escucha la voz de las oposiciones y si aparece de pronto, resulta irrelevante. Las minorías siguen, al parecer, lamiéndose las heridas de julio. Saben bien que, en buena medida, se provocaron su propia desgracia y no se atreven a afrontar su propia crítica. Quisieran pasar página, pero no podrán hacerlo si no encaran la responsabilidad que les corresponde. Por ello no pueden levantar la cabeza. Por ello siguen pasmadas. Despistadas y disminuidas, se esconden en sus sótanos. La única esperanza que tienen es llegar a cosechar el error de los otros. No encuentran más palabra que el lugar común. La frase gastada, el lema hueco. Temen el aire libre, les aterra el futuro. Continúan pagando la cuenta de sus despropósitos y no logran dar el salto al presente. Las oposiciones saben bien que los votos no solamente les quitaron poder. La derrota de julio no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de sobrevivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Lo cierto es que murió el sistema de partidos. Murieron los defectuosos equilibrios de la transición. Tenemos frente a nosotros a una nueva mayoría con ambición hegemónica. Una situación de partidos que, por imbatible que parezca ahora, no podemos dar por consolidada.

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25, Feb 2019

El destello del Congreso

La política mexicana dio un giro insospechado. Hace unos días el Senado abrió una puerta al diálogo. El legislativo interrumpió el soliloquio del nuevo presidencialismo para hacernos recordar que ni la elección más enfática puede borrar la pluralidad mexicana. Es importante apreciar el sentido de la sorpresa, las condiciones que la hicieron posible y las perspectivas que abre para el futuro inmediato.

El acuerdo del Senado que modifica sustancialmente la propuesta que el Ejecutivo hizo para configurar la Guardia Nacional, recupera para la legislatura un papel que parecía eclipsarse en los tiempos de la mayoría aplastante. A pesar de la insistencia presidencial, a pesar de las amenazas que se escucharon a la víspera de la votación, eso que llamamos “cámara alta” supo escuchar las inconformidades y logró un consenso sorprendente para impedir la consagración militar. Lo han reconocido los críticos más enérgicos de la propuesta original. El Senado escuchó, las oposiciones se coordinaron estratégicamente, las organizaciones aportaron propuestas razonables. Nadie fue arrollado, nadie fue ignorado. Todos los senadores dieron su respaldo a un documento de consenso auténtico.

No celebro la unanimidad. No suele ser la conformidad absoluta señal de salud democrática. Lo que vale reconocer en este caso no son los votos, sino el proceso de deliberación parlamentaria. Más allá de lo importante que es para la causa de los derechos el haber impedido (por el momento) la constitucionalización del militarismo como buscaba el presidente López Obrador, la intervención del Senado es muestra de que otra política es posible. Una política que reconozca la aportación de los conocedores, que aprecie el valor la crítica y el mérito del diálogo. Es estimulante el proceso reciente. El Senado abrió las puertas a los sospechosos y todos salimos ganando. Quienes reciben cotidianamente el insulto matinal del presidente fueron los arquitectos del pacto en el Senado. Especialistas, organizaciones no gubernamentales, representantes de la sociedad civil, escépticos y críticos de la “Cuarta Transformación,” opositores. A ellos debemos la modificación de una iniciativa que ya había sido aprobada por la Cámara de Diputados. A los machuchones, a los fifís, a los hipócritas conservadores, pues, debemos la sorpresa de la enmienda. Lo que es digno de registrar es que, al parecer, no se extendió por los pasillos de la asamblea la peste de la reacción. Se escuchó a los expertos y nadie se contagió de elitismo antinacional. Se atendió a las organizaciones sociales y no se tiene registro aún de que el conservadurismo se haya propagado. La lección para el nuevo régimen podría ser valiosa: los otros tienen algo que decir.

La sorpresa de la semana pasada no hará verano. Una reforma constitucional exige un acuerdo extraordinario. Lo excepcional y lo digno de ser reconocido en este caso es que, en primer lugar, la mayoría en el Senado estuvo dispuesta a escuchar a los críticos de la iniciativa presidencial y que, en segundo lugar, las oposiciones lograron mantener un frente común que no era un simple rechazo, sino una activa disposición a encontrar un acuerdo. Observamos el compromiso de legislar en pluralismo. La siguiente prueba será tan importante como ésta: el nombramiento de la futura ministra de la Suprema Corte de Justicia. La mayoría calificada que es necesaria para aprobar el nombramiento, vuelve a darle un papel protagónico a las oposiciones. Ninguna de las abogadas que han sido propuestas por el Ejecutivo tiene la necesaria distancia personal y política del presidente para cumplir con las tareas de un juez constitucional. Esperemos que la experiencia de la Guardia Nacional sirva para proteger la autonomía y la dignidad del último órgano del Estado y rechazar la terna enviada por el presidente.

El proceso senatorial deja, a mi entender, una enseñanza clara: la navaja del populismo que corta en dos al país es, no solamente nociva sino absurda. Un país complejo no puede ser gobernado con el maniqueísmo de esa epopeya del Pueblo bueno contra los siniestros mafiosos. En el Senado se rompió la estampa del populismo. Se nos presentó con claridad y elocuencia la estampa contraria: la de la pluralidad.

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20, Feb 2019

Oliver Sacks contra el Iphone

Cuando Oliver Sacks supo que tenía el cáncer que habría de matarlo, sintió la urgencia de escribir. Aprovechar los últimos momentos de la vida para dejar constancia de sus descubrimientos, de sus ideas, de sus recuerdos y, sobre todo, de su gratitud. Un pódcast de Radio Lab registra esta batalla de la escritura contra el tiempo, con una intimidad inigualable. Bill Hayes, su pareja, tomó la grabadora y empezó a capturar sus palabras y sus murmullos. Gracias a ella se le puede escuchar hablando y riendo. Preparándose para el hospital, recuperándose de las golpizas del tratamiento, disfrutando los breves pero intensos episodios de recuperación. En el pódcast podemos escucharlo mientras escribe. Se puede oír la tinta deslizándose sobre el papel, su voz empezando una línea y ensayando palabras para un parrafo hasta encontrar la perfecta. El sonido de las hojas que se acumulan y la cadencia de una frase que encuentra melodía.


Puede escucharse en la emisión su lectura del conmovedor ensayo que el New York Times publicó un par de semanas antes de su muerte. El neurólogo recordaba ahí la reacción de su madre al enterarse que era homosexual. Al leer lo que acaba de escribir, la voz del viejo se quiebra al recordar al muchacho de 18 que escucha a su madre decirle: “Eres una abominación. ¡Cómo quisiera que no hubieras nacido.”

De ese último impulso de escritura proviene el ensayito que acaba de publicar el New Yorker . Se trata de una nota pesimista ante el futuro. Al doctor no le preocupaba el cambio del clima, el terrorismo, los odios de la política. Le preocupaba la cajita que tenemos todo el tiempo en la mano y de la que no podemos separarnos un instante. La caja de luces y sonidos que nos sirve para comunicarnos pero que en realidad nos encapsula y nos aparta del mundo. Escribía contra la caja que nos ha secuestrado: el Iphone. No toleraba esos juguetes que esclavizan. Bill Hayes cuenta que el departamento de Sacks era la isla de otro tiempo. No había computadora ni wifi. Le parecía claro que, para escribir, nada mejor se había inventado después de la pluma fuente.

En el artículo que publica el semanario habla del horror que sentía al ver ríos de personas mirando sus teléfonos e indiferentes a lo que pasaba afuera de las pantallas. Parejas que no se miran, padres que ignoran a sus hijos para ser fieles al incesante bombardeo de banalidad. Si el futuro le preocupaba era precisamente por el efecto embrutecedor de esa adicción tecnológica. Lo que temo, decía Sacks, es que el estímulo perpetuo de estos juguetes nos aparte irremediablemente. Que olvidemos nuestro sitio en el tiempo, que despreciemos el contacto con los otros, con la naturaleza, con la cultura. El neurólogo intuía una gravísima enfermedad colectiva: el ser humano convertido en un simple receptor de sensaciones efímeras. Se trataba a su juicio de una gigantesca catástrofe neurológica. Seremos el imbécil que sólo reacciona a los foquitos de un juguete.

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18, Feb 2019

La lista

A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. “Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares.” Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron “inmoralmente.” Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

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13, Feb 2019

Sublime misantropía

“El pico del loro, que éste se limpia, aunque esté limpio”. Resortes cubiertos de plumas. Una ruidosa máquina que repite movimientos sin activar reflexión alguna. Ese el juicio de Blas Pascal sobre los animales. Encuentra máquinas en el pájaro y en el resto de los animales; autómatas que gozan su inconsciencia. Repiten día a día los mismos movimientos sin curiosidad alguna, sin la menor angustia el sentido de su existencia o por su destino. La del loro y la de pez son vidas sin drama porque desconocen su miseria. El hombre es otra cosa. Se hace preguntas y por ello sufre. Su existencia nada de animal tiene y, si hay grandeza en él, es solamente porque es capaz de conocer la hondura de su desgracia. Tan frágiles somos que cualquier cosa puede terminar con nuestra vida. Una gota de agua, un vapor, el piquete de un mosquito pueden matarnos. Pero, a diferencia del mosquito, nosotros nos sabemos mortales. Nuestra dignidad radica solamente en la consciencia de nuestra miseria.

Sin orden ni programa los Pensamientos de Pascal son notas sueltas, aforismos, sentencias inconexas. La filosofía aparece en esas páginas como reflejo espontáneo de la vida. Celebraba Pascal esa naturalidad en el estilo. Quien lee a un auténtico escritor se sorprende: espera a un autor y descubre a un hombre. Sus Pensamientos son lo contrario de las ideas, decía Unamuno, porque son sustancia fluida, líquida, libre. A diferencia de las ideas que aspiran a fijar su sentido, el pensamiento no deja de deslizarse. Se transforma constantemente al entrar en contacto con la vida, al avivarse en la experiencia, al chocar con el prejuicio, al incitar nuevos pensamientos. El filósofo vasco sugería en La agonía del cristianismo que la idea petrificaba en dogma: el cadáver de un pensamiento. Pascal sabía que para filosofar era necesario saber burlarse de la filosofía.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero.

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11, Feb 2019

Antidemócratas

El liberalismo predominante se obsesionó a tal punto con el populismo que llegó a ignorar el peligro que lo acechaba desde el extremo contrario: la antidemocracia. Se fue asociando de este modo a una doctrina que buscaba domesticar al poder político, al tiempo que imaginaba a los poderes económicos como adalides de libertad que debían permanecer salvajes. Que los beneficios se concentraran en una cúspide cada vez más estrecha era obra de la naturaleza. Sólo los ignorantes podían oponerse a la inclemente mecánica de la realidad. Frente a la desigualdad, resignación. El discurso liberal se mutiló, renunciando a la riqueza de su propia tradición. La doctrina de la sospecha se convirtió en el alegato de la élite en defensa de sí misma. El liberalismo dejó de ser un cuerpo de ideas punzantes para ser ideología. Una versión de la ciencia económica se convirtió en la única fórmula razonable de comprender lo social. En su pizarrón podían resolverse todos los enigmas. De ahí habrían de surgir todas las órdenes. Solo quedaba aplicar las recetas y esperar el beneficio de los siglos. No debe extrañarnos que, tras estas perversiones, el liberalismo oficial se haya convertido en el manual de modales de la oligarquía mexicana.

Me he topado en estos días con un argumento que captura ejemplarmente esa perspectiva antidemocrática. Son las líneas de un hombre que hasta hace poco tiempo era un destacado funcionario gubernamental y que, desde que dejó las responsabilidades administrativas, ha participado con entusiasmo en el debate público. Me refiero a un hilo de comentarios de Aristóteles Núñez en tuiter. Si me detengo en esta cadena de apuntes no es por su elaboración intelectual sino precisamente por lo contrario: por la cándida naturalidad con la que expresa una persuasión política. No tengo dudas de muchos coincidirán con sus palabras. Por eso vale detenerse en ellas.

Llegué a su diatriba antidemocrática por la enorme difusión que tuvo en el vecindario de esa red social la carta que Núñez dirigió al presidente López Obrador. La carta es un documento pertinente. Llama con buen tono a la prudencia y a la moderación. Critica decisiones que le parecen impulsivas y que de poco sirven a los propósitos del gobierno. Sin estridencia, pide estudio y mesura para orientar las decisiones de la administración. La carta es acompañada de una serie de mensajes testamentarios: Núñez se despide de tuiter y deja a sus seguidores un paquete de reflexiones finales. Son esas líneas las que exigen un comentario.

El exfuncionario encuentra a México detenido, incapaz de prosperar, presa de demagogos y farsantes. Quiere un país “exitoso” y advierte las muchas conspiraciones que lo impiden. Expone así una crítica al régimen democrático que es, simplemente, una denuncia del sufragio universal. Sí: a este Aristóteles también le resulta absurdo el principio de un ciudadano, un voto. Que no voten los ignorantes o que su voto pese menos que el de los mexicanos “exitosos”. Así lo plantea: “En el modelo democrático que nos rige, el voto del ignorante, del flojo o del subvencionado vale lo mismo que (el) del empresario o intelectual más exitoso del país. Por lo tanto, si la sociedad es ignorante, ganará la ignorancia, si la sociedad es apática, ganará el impulsivo.” Una perla. Pocos se atreverían a decirlo tan claramente. En pleno siglo XXI, un destacado miembro del grupo político recientemente desplazado se lanza en contra de la igualdad del voto. Así. Sin más. Que el voto dependa de los ingresos o de los diplomas y que, por favor, esos flojos no voten.

Desde luego, el interés público se ofrece como justificación. Se entiende que liberar a los vagos de la carga del voto terminará siendo en su beneficio. A juicio de Núñez, quienes no han conocido el éxito, los ignorantes y los mantenidos son incapaces de razón: el sentimiento y la emoción son los únicos resortes de su vida. Piadoso, sentencia: “Donde no hay comida, oportunidad, empleo o satisfacción, no cabe la racionalidad.” La disyuntiva no puede ser más clara: nosotros pensamos, ellos gimen. Nosotros conocemos, ellos viven enjaulados en la ignorancia. Como el populista quiere deshacerse del liberalismo, los tecnócratas pretenden liberarnos del fastidio de la democracia. Quieren nuestro bien.

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06, Feb 2019

De libros y humillaciones

Al hablar en la entrega del Premio Villaurrutia a Juan Villoro, Hugo Hiriart se preguntaba si los cuentos servían para algo. ¿Podrá la literatura proporcionarnos algún conocimiento? Sí, contestaba, de inmediato: sólo la narración puede capturar la variedad de la experiencia humana. Inventaba entonces un cuento para explicar el valor de los cuentos: supongamos que un subsecretario de Gobernación sube con prisa la escalera del palacio y se encuentra de pronto a una mujer trapeando. Seguramente no la ve. Va con prisa a una reunión y no registra su presencia. “La gente humilde tiene la peculiaridad de ser invisible.” Entonces el subsecretario, tan atareado con sus altísimas responsabilidades escucha una voz que le dice: “Esa mujer es, a los ojos de Dios, más importante que tú, puerco.” Desconcertado por esa voz, el subsecretario se pregunta. ¿quién es ella?, ¿cómo será su vida? “Para eso sirven los cuentos, concluye Hiriart, para ver por dentro existencias ajenas.”

Daniel Goldin recordaba esa escena del funcionario en la escalera y la voz que lo alerta de su ceguera, en una alguna conferencia. Le ayudaba a ilustrar el valor de la lectura. En una novela nadie es número. En los cuentos no somos datos: somos vida y toda vida es única, valiosa, sugestiva. Lo entendió muy pronto porque en su casa había dos bibliotecarios. Padre y madre eran guardianes de libros. Antes de que pudiera descifrar su sentido, los libros ocupaban todos los espacios de la casa. Ladrillos con los que uno tropezaba. Objetos raros y, en alguna medida, amenazantes: esos bloques de papel robaban la atención de su padre. Lo cuenta Goldin en un magnífico ensayo publicado hace años por Fractal donde hace la autobiografía de su pasión: “Me es difícil imaginar un placer más completo que la lectura.” Las estaciones de su vida aparecen como un rollo que se despliega. La primera lectura del gozo. El encuentro con una enciclopedia seductora. La ceremonia familiar de la lectura. Ese momento en que los hermanos guardan silencio para escuchar la voz de su padre, leyendo. Más que la trama, las novelas que leía de niño se le revelaban como estampas, como personajes o lugares, como una atmósfera. Descubrir el ensayo para encarar ese misterio que es la realidad. Y luego la poesía: tiempo que no fluye. Abrir el poemario, descubrir un poema… y cerrar el libro. La emoción de los libros que pronto se vuelve, ante todo, el gozo de compartirlos.

Tal vez, dice Daniel Goldin, los libros no sean más que ”una plaza donde negociamos sentido.” Los libros son el lugar en el que nos encontramos vivos y muertos, condes y granjeros, celosos y holgazanes. Son el sitio que nos permite pactar lo posible, ese paseo que nos hace ver lo que tenemos frente a la nariz. La ventana para conocer el mundo, para celebrarlo y para ayudar a transformarlo. Quien fuera hasta hace unos días director de la Biblioteca Vasconcelos ha dedicado su vida a contagiar la emoción de los libros, la pasión de las letras, el entusiasmo de la literatura. Armó la mejor colección de libros para niños que se ha hecho en nuestra lengua. Convirtió un edificio en una feria de conversación y celebraciones. Logró hacer de una biblioteca el corazón de un vecindario. Lo acaban de echar porque sí. Porque el poder más brutal se expresa como escarmiento del talento. Porque el poder más rudimentario hace trofeo de la vejación. No fue simplemente relevado de su puesto: fue defenestrado. Y no es que sorprenden los relevos de un nuevo gobierno. Lo que alarma es que esos cambios supongan la defenestración de los antiguos. Cuando el poder se deleita en la humillación, la barbarie acecha.

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04, Feb 2019

Filosofía del mecansogansismo

No estamos frente a la erosión de las instituciones. Hablamos de erosión cuando contemplamos un desgaste lento de las piedras o de la tierra. Es la constancia del viento o la terquedad del agua lo que, a lo largo de los años y los siglos, va carcomiendo poco a poco rocas y suelos. Eso es la erosión. Lo que hemos vivido en estos dos meses es un daño veloz y profundo al régimen institucional. En unas cuantas semanas se han debilitado de manera importante los órganos de la neutralidad y las cápsulas técnicas. La acumulación revela que el desmantelamiento de esas instancias es parte fundamental del proyecto político de este gobierno. Si las instituciones son un estorbo, hay que pasar por encima de ellas. Si los procedimientos obstaculizan las acciones de un gobierno con prisa, habrá que ignorarlos. Si los técnicos de antes lo hicieron tan mal, la preparación, el conocimiento es irrelevante. Lo único que importa es la fidelidad al proyecto. La lealtad es el nuevo mérito.

No idealizo el pasado. Sé muy bien que muchas de esas instituciones fueron capturadas, que se sometieron a la lógica de las cuotas, que se situaron en una condición de privilegio. Pero eran el germen de una administración profesional, el semillero de cuadros técnicos de gran competencia. Mucho invirtió (en todos sentidos) el Estado mexicano en esta ruta de profesionalización que prefiguraba un diálogo útil y prudente. Llegó a formar, sin lugar a dudas, un patrimonio público invaluable. Pero para la nueva administración estos cuadros son un fastidio. En su democracia no hay lugar para intermediarios, no hay posibilidad de conformar neutralidades, ni es en realidad, valiosa la técnica.

La aplanadora del hiperpresidencialismo no solamente atropella el pluralismo institucional. También arrasa con la deliberación. Lo que importa es la voluntad del señor presidente: sus compromisos de campaña, sus anhelos. Nada que vaya en contra de los deseos del presidente tiene valor. Ningún estudio técnico que se aparte del dictado presidencial merece ser tomado en cuenta. Si alguien osa insinuar la inviabilidad de los caprichos del jefe, tendrá los días contados. Regresamos a la presidencia axiomática: todo deseo del presidente es incontrovertible. Si lo desea el presidente no requiere demostración. No hay razón que pueda estar por encima de la razón presidencial. No hay argumento que pueda rebatir los deseos del presidente. No hay órgano que pueda ponerle freno. Lo ha expuesto el propio López Obrador con todas sus letras. Sus proyectos más queridos “van porque van.”

Va porque va. ¿Qué lógica revela una afirmación tan categórica? Que la voluntad del presidente basta para determinar el futuro. Que sus deseos, por el hecho de ser suyos, no pueden enfrentar obstáculo alguno. Que es insensato y hasta ilegítimo pretender oponerse. Que todo aquel que pretendiera resistírsele, está condenado al fracaso. La expresión, desde luego, revela también los delirios de la omnipotencia: si lo quiero sucederá. Se cancela con ello, cualquier duda razonada sobre los méritos de la decisión, sobre sus costos y ventajas, sobre las alternativas disponibles. Va porque va: la arrogancia de un mando que no discute.

Contemplamos, como no lo habíamos visto en mucho tiempo, la soberanía del capricho presidencial. Nada ni nadie por encima de los antojos del amado líder. Si quiere hacer de un compadre el gerente de la empresa más importante del país, no importa que carezca de experiencia y preparación; si ha decidido destruir un proyecto de infraestructura, da igual lo que cueste y lo que adviertan las instancias técnicas internacionales; si ya soñó con regalarle una refinería a su estado, habrá que ignorar todas las advertencias en contrario. Esto es el despotismo de la ocurrencia. Un despotismo que hace cómplices a los pusilánimes que ha designado como colaboradores. Pánico sentiría cualquiera de ellos al contradecir al caprichoso del gran poder. Puede tener un nombre esta filosofía de gobierno. Escuchando el inagotable ingenio de su expresión, podría llamarse la filosofía del mecansogansismo. Mis caprichos, aunque perezca el mundo. Mis antojos, al costo que sea. Y a la basura, cualquier palabra que me los escatime.

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28, Ene 2019

Homilías matinales

El presidente da la cara. Está presente todos los días en los medios. Desde la primera hora enfrenta a los periodistas. Mientras peleamos contra las sábanas, el presidente habla de sus iniciativas; cuando nosotros salimos del baño, el presidente anuncia un nuevo programa de gobierno. Escucha las preguntas de los reporteros. Responde algunas y evade otras. Sobrevuela los temas, no penetra en los detalles, rara vez se presenta datos precisos. Pero diariamente, como nadie en el mundo, dialoga, se deja ver, atiende peticiones de información. Por supuesto, como bien ha dicho Daniel Moreno, esta ceremonia cotidiana es todo menos una estrategia para la transparencia. Ese no es el objetivo de las homilías matinales. Las conferencias del presidente son una buena demostración de su política. Una extraordinaria sensibilidad y una preocupante improvisación.

La crisis de la democracia de la que tantos hablan en estos tiempos es producto, en buena medida, del abismo que existe entre el poder y la gente. Si se habla de los achaques de la democracia liberal o, incluso, de su agonía, es porque el poder democrático que, en principio debe estar atado al voto, se fuga a otro mundo. Podemos imaginar que en algún tiempo la lejanía de los gobernantes pudo haber cultivado el ascendiente del misterio. Asumir que la política es, a fin de cuentas, un arcano. Un sitio recóndito, reservado a unos cuantos. Era, tal vez, la autoridad de lo impenetrable. Hoy no quedan ya permisos para el distanciamiento. Toda distancia enfurece. Ofende también la coraza que protege al poder. Irrita el boato, la fastuosidad, el despilfarro. Todo esto lo entiende el presidente López Obrador. Se ha dedicado a pintar otro cuadro de la política.

No puede negarse que la suya es una forma distinta de mostrar y ejercer el poder. O, tal vez, de ejercer el poder, mostrándolo. Un poder cuya función principal es esa: mostrarse. Después de todo, el voluntarismo mágico de su fe depende de la propagación de un mensaje. Véanme y serán transformados. Escúchenme y encontrarán otra razón para vivir, lejos de la codicia y de los bajos placeres. De todo pueden tratar estos sermones, pero lo cierto es que muestran una autoridad cercana, hacen alarde de acción y de una ambición descomunal. El poder presidencial no es solamente visible, parece palpable. Tan al alcance de la mano está que corre riesgos indebidos. Su poder no encarna particularmente una reflexión meticulosa ni una estrategia sesuda, sino, ante todo, reflejo, acción impetuosa. Y se muestra también como un poder que se imagina como la palanca de una nueva etapa de la historia mexicana. Mucho puede decirse y criticarse del invento del autodidacta que desmañana reporteros, pero deberíamos aquilatar la importancia del triple mensaje que se repite con ejemplar consistencia: cercanía, acción, ambición. Un poder que no se aleja ni se oculta, un poder que no se queda dormido y que se atreve a desear lo extraordinario.

¿Desea lo extraordinario? Por supuesto. ¿Seduce su propósito? Sin duda. Ahí sigue en las nubes, con altísima popularidad. ¿Se está construyendo lo extraordinario? Nada hay que lo sugiera. Lo que se ha construido efectivamente es esa fuerza presidencial que se celebra todas las mañanas como encarnación del Cuarto Nacimiento. Es un poder que no solamente se beneficia de la debilidad de los contrapesos y la nulidad de los adversarios, sino que también se ha empeñado en erosionar las autonomías.

En las ceremonias matinales se trasluce también un mecanismo de decisión que resulta preocupante. Lo es, en primer lugar, porque se nos han presentado a las figuras que acompañan al presidente. Ya no nos imaginamos la voz del director de Pemex. ¡Lo hemos oído! Pocos funcionarios que acompañan al presidente han demostrado que merecen estar en su cargo. Ninguno parece capaz de llenar los importantes huecos en la formación del presidente. Nadie parece tener el aplomo para detener los arrebatos, las ligerezas o los desatinos del jefe. Y prevalece en esas ceremonias una idea de política basada casi en exclusiva en la intención. Si los deseos son tan nobles, si nosotros somos tan honestos, ¿qué podría salir mal?

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23, Ene 2019

Una defensa de la Cartilla

El presidente sugiere que leamos la Cartilla moral de Alfonso Reyes. Me parece buena idea. Aunque en estos días se hablen pestes de ese ensayito, es una sugerencia que aplaudo. Por supuesto que es un texto que ha envejecido mal. Es posible que sea el peor texto de Reyes pero, aún si lo es, es infinitamente mejor que los textos con los que nos atragantamos cotidianamente. Nunca será mal momento para encontrarse con Reyes, así sea a través de la lectura de su lista del mandado.

Para promover el encuentro con este manual, el gobierno ha dispuesto su publicación con un tiraje extraordinario. La edición gubernamental no podría ser más fea y, sobre todo, más contraria al espíritu del texto y de su autor. Nada tan distante a la suave prosa de Reyes que la estética postiza del heroísmo. Fieles a la iconografía del oficialismo, los diseñadores de la edición ilustran las lecciones del regiomontano con estampitas de héroes. Sor Juana aparece, pero se le representa como una efigie marcial, un soldado que, desde Nepantla, intuía y anhelaba la cuarta y definitiva transformación de la patria.

Sería absurdo pensar que esas cuartillas puedan ser hoy una guía práctica de conducta. Mucho más absurdo, aún ridículo, el creer que pueda servir de base para algo tan aberrante como la “Constitución moral” del nuevo régimen. Muchos han hablado, y con buenas razones, de su arcaísmo, de su ñoñez, de sus prejuicios y de sus vacíos. Hay ejemplos de todo eso en ese texto que ha corrido con la peor de las suertes editoriales. Javier Garciadiego ha mostrado puntualmente esas desventuras en el prólogo a la Cartilla que pronto publicará El Colegio Nacional. Hay quien lo ve mocho, hay quienes lo encuentran machista y pudibundo. Yo creo que, a pesar de todas estas manchas y todos esos huecos, puede leerse con provecho como una invitación a pensar el bien, la dignidad, la convivencia y el aprecio del entorno. Para ello, habría que darle la bienvenida, antes que nada, a su tono. Es Reyes el autor de estas lecciones: ahí está su cordialidad, esa erudición sin alardes que hace suyos todos los siglos y todas las tradiciones.

Si el régimen quiere politizar este texto como insumo para uno de sus proyectos más insensatos, lo cierto es que Reyes es una vacuna contra el odio y sus simplismos, contra la idea de la política como perpetuación de la guerra. Ya decía el autor de la Visión de Anáhuac en una conmovedora carta a Martín Luis Guzmán que odiaba de la política esa tendencia a insistir en un solo aspecto de la realidad, fingiendo ignorar todo lo demás. Reyes, nuestro Montaigne, mira el pecho y la espalda de las cosas. “Tomar partido, decía en algún momento, es lo peor que podemos hacer.” Con todas sus telarañas, la cartilla es contemporánea porque defiende eso que pedía el historiador Tony Judt en sus últimos escritos: recuperar la dignidad del vocabulario moral. Sí: habrá que sumar y restar, habrá que examinar eficiencias y economías. Pero este mundo no puede cerrar los ojos al bien, la justicia, la equidad o la belleza.

Quien lea esta cartilla encontrará una defensa de la alegría y una burla de la solemnidad. Comprenderá que la tradición es vitalidad y no servidumbre a lo antiguo. Aprenderá también a distinguir la emoción patriótica de la manipulación nacionalista. Sabrá que hay que ser modestos frente a las sorpresas del azar para no caer en la soberbia. No es un viejo regañón el que advierte que el mal se asoma cuando enturbiamos un depósito de agua, cuando arrancamos la rama de un árbol, cuando lastimamos a un animal, cuando rompemos una piedra por la emoción que nos causa el poder de destruir.  No es un nostálgico de los tiempos idos quien nos invita a conocer el nombre de las plantas para poder celebrarlas. El cuidado del entorno no es más que cariño por la casa que todos compartimos. La Cartilla nos recuerda que las ideas pueden ir y venir, lo que importa es la conversación.

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22, Ene 2019

La lectura vehemente

No quiero hablar del librito aquí. Me interesa hablar de su lectura. En un libro, un ensayo, un artículo está el autor y su tiempo. En la lectura estamos nosotros, nuestros reflejos, la atmósfera que respiramos. Ahí están nuestros prejuicios y nuestros reflejos. En toda lectura se ponen en evidencia las trampas en las que caemos cotidianamente. ¿Qué pasamos por alto en un párrafo? ¿Qué nos llama la atención? ¿Qué nos irrita? ¿Qué nos sorprende? ¿Qué nos resulta trivial? Sean antiguos o recientes, los libros nos plantan un espejo. Nos mostramos en nuestra reacción a los textos, sean los de hoy o los de hace un siglo. El lector revela sus entusiasmos y sus cegueras, su tolerancia o su cerrazón. En otro momento valdría la pena detenerse en la curiosa cartilla de Alfonso Reyes que ha suscitado tan intensa polémica. Hoy quisiera detenerme en otra cosa: en el ruido que ha provocado ese texto, después de setenta y cinco años de haber sido escrito. Tal vez diga algo sobre nosotros, sobre nuestro tiempo. Sobre nuestra conversación y nuestra política.

Es ella, la política, la que ha tomado las riendas de la lectura. Con su torpe espíritu binario, tan simple como intenso, ha sometido a muchos lectores que, lejos de disponerse a desentrañar las complejidades de un texto, se apresuran a sentenciarlo y a compartir por todos los aires su veredicto. Se trata siempre de una sentencia rotunda y fulminante; tal libro es una basura, aquel es una antigualla que ya no nos dice nada, este es una joya, y el que acabo de leer, un clásico “imperdible”. Es una forma de lectura vehemente que solo se expresa con exclamaciones: la indignación o el deslumbramiento. Se lee así para alimentar el prejuicio, para intensificar convicciones, para petrificar creencias. Una mancha en el texto sirve para descartarlo de plano. Una discrepancia basta para decretarlo como pernicioso. Las palabras aparecen como munición de la guerra y no como lo que pueden ser: armisticio. La posibilidad de suspender hostilidades, de lograr entendimiento, de abrir un paréntesis a los simplismos que nos estrangulan. Apreciar un elemento del texto sin que eso suponga asentimiento de todo. La discrepancia puede coincidir con la admiración. En los libros hay una oportunidad de diálogo, una posibilidad de ver el mundo con otros ojos. Pero la lectura vehemente no se atreve a imaginar la razón de los otros, el tiempo de los otros, la verdad de los otros. No muestra disposición alguna a reconocer mérito en el adversario intelectual. Y se cuela así al mundo de los libros, de las letras, del argumento esa abominable expresión que manda al enemigo al basurero de la historia. Hay libros, nos dicen, que deben tirarse, con las cáscaras de huevo, las latas vacías y los trastos inservibles, a la basura.

El lector vehemente se acerca aun texto con una sola misión: encontrar la referencia que ubique el texto en el casillero adecuado. Lectura de aduanero. No se trata de emprender la lectura para disponerse a la sorpresa. No se trata tampoco de buscar el aprendizaje o el disfrute. Sordo al tono, sordo a la voz, quien lee de ese modo se apresura a detectar la filiación del texto para sellarlo. Sellarlo con una etiqueta y así cerrarlo. Estas letras son enemigas. Este libro es de los nuestros. Se renuncia de este modo al diálogo. No es este tosco afán de etiquetar los libros una expresión de la crítica sino la abdicación a ese ejercicio de la ponderación. Este lector se acerca a los libros como si fueran sustancias químicas a las que hubiera que catalogar como tóxicas o medicinales. En sus juicios se desliza una advertencia. ¡Cuidado! Este libro, este texto puede ser nocivo para la salud. Libro reaccionario, colonialista, misógino, populista, tiránico. Mántengase alejado de sus párrafos y maldiga al miserable que lo escribió y a los incautos que lo leen.

Toda convicción es una vanidosa parcialidad. Una autorización al prejuicio. Una interesada ceguera. Blas Pascal, uno de los más grandes sabios en la historia occidental, uno de los matemáticos más brillantes de todos los tiempos supo contraponer la sutileza al juicio tajante de la geometría. Sutileza es lo que nos hace falta para leer y para participar en la vida pública.

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18, Ene 2019

Escribir dibujando

Mi oficio no tiene nombre, dijo alguna vez Abel Quezada. “No puedo decir que soy ‘caricaturista’ porque no sé hacer caricaturas propiamente dichas. No puedo decir que soy ‘cartonista’ porque esta palabra —bastante fea— viene del inglés cartoon y —otra vez— no indica exactamente lo que hago. Yo hago textos ilustrados. La gente les llama ‘cartones’, pero para definir mi profesión a mí me gusta decir que soy dibujante”.

Si pudiera volver a nacer, dijo, volvería a ser dibujante, pero un mejor dibujante de lo que soy. Dibujar es un placer que pocos conocen, insistía. Una herramienta para hacerse entender, otro idioma. Un tic. “Comencé a dibujar desde que era niño y lo he seguido haciendo durante todos los días —casi todas las horas de mi vida. Dibujo cuando estoy solo y cuando estoy acompañado. Dibujo cuando hablo por teléfono y dibujo cuando en los restaurantes converso con una persona”. Sus textos ilustrados ejercen el derecho a la mentira. Los hombres verdes, esos raros dotados del placer del dibujo, tienen ese privilegio: “La mentira es el arte. La verdad puede dejarse para los contadores. Las grandes obras de arte son enormes, bellas mentiras. La verdad es sólo una de las materias primas con que se hace una mentira”.

El artículo completo puede leerse en nexos de enero.

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14, Ene 2019

Los límites del arrojo

Hay batallas que merecen ser libradas. No hay forma de construir un régimen de derecho sin enfrentar a los beneficiarios de la ilegalidad. El combate a la corrupción exige pleitos. No será con prédicas ni en armonía que lograremos levantar una sociedad de reglas para dejar atrás el régimen del favor y la extorsión. Por eso hay que librar esas batallas… pero librarlas bien. Hace falta decisión y estrategia. La una necesita de la otra. Voluntad y valentía para enfrentar enemigos poderosos. Inteligencia, cálculo y estrategia para ser capaz de derrotarlos y cambiar realmente las cosas. Sin voluntad de correr riesgos, no hay acción política que merezca ese nombre. Sin pericia, el éxito es imposible.

No hay sustituto para la determinación. En el arrojo de este gobierno hay, sin duda, un impulso valiosísimo para romper una compleja red criminal. Es de celebrarse que el gobierno de López Obrador haya decidido enfrentar a quienes roban y comercian ilegalmente con la gasolina. No se exagera cuando se denuncia como un crimen contra la nación, como un delito que financia muchos otros delitos, como una transgresión de la que se alimenta un anchísimo territorio de ilegalidad. Sin osadía, poco se podría hacer contra ese mundo de complicidades arraigadas, de poderosos intereses que viven de ese desfalco. Había que actuar, asumiendo los riesgos de la acción, dispuesto a pagar los costos de un enfrentamiento necesario. En asuntos como éste la ambición histórica puede ser de enorme utilidad. Ese llamado de la historia impulsa al gobierno federal a romper esa complicidad de la parsimonia que sentenciaba que era preferible no hacer nada a correr el mínimo riesgo.

Pero la determinación puede ser estéril o, más probablemente, resultará perjudicial si no se acompaña de un diagnóstico claro de la realidad, si no domina los instrumentos de acción, si no parte de un anticipo realista de las consecuencias previsibles de la intervención. El ajedrecista de Palacio Nacional no imagina la segunda jugada de la partida. En el arrojo del primer movimiento se lo juega todo. Esa parece ser la marca de la administración: nadie podría dudar de su determinación, pero es difícil encontrar buenas razones para confiar en su juicio. Lo que hemos visto en estos días se insinuaba desde antes. La política de López Obrador, al hacerle ascos a la técnica, con su activo desprecio de los especialistas, con su fascinación por lo simbólico, renuncia a la intervención razonada en el mundo. El episodio del combustible es buena prueba de ello. El gobierno decide enfrentar el contrabando de gasolina, pero no elabora una racionalidad estratégica. Los aplausos que recibe hasta el momento son sólo respaldos a la valentía. Se reconoce la intervención, pero no se advierte el plan. El poder hace sentir su presencia, pero no deja ver su inteligencia.

La política del desplante imagina que, tras la osadía y la catequesis, todo se acomodará a los deseos del voluntarioso. Política de lances y sermones. Ya hicimos algo. ¿Qué? No importa: dimos muestra de que actuamos. Por eso ya nadie va a robar. Ya no hay razones para dedicarse a eso. Se trata de una exhibición de poder decidido, tenaz, valiente. También del despliegue de una retórica moralizante. No el testimonio de un poder estratégico que enlace la previsión al arrojo.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador empieza a cultivar su propia sombra. Si su antecesor sembró con su conducta y su ceguera una imagen indeleble de corrupción, el gobierno actual nos da razones para asociarlo, desde ahora, con la ineptitud. No digo, de ninguna manera, que el destino del gobierno esté sellado. Advierto solamente que ser el sexenio de la ineptitud es el mayor riesgo de esta administración. Esa es una posibilidad que incuba en el equipo que acompaña al presidente, en una administración pública depreciada, en una impetuosa maquinaria de decisión. Más allá de la grandilocuencia de sus propósitos, más allá del arrojo que pueda encontrarse en sus decisiones, el gobierno federal habrá de ser evaluado por su capacidad para transformar la realidad. No será evaluado por lo que quiere hacer sino por lo que provocan sus decisiones. No creo que la amenaza más seria de su éxito esté afuera. La ineptitud es su verdadero enemigo.

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09, Ene 2019

Migajas 2018

“La tarea del ojo derecho es mirar al telescopio, mientras que el ojo izquierdo mira en el microscopio.” Leonora Carrington ubicaba en ese estrabismo el genio de su imaginación. Lo diminuto y lo remoto se transfiguran en esa hechicería donde la luna es el ombligo de nuestras rotaciones y el cielo el imán que seduce a todos los cuerpos. De ahí también su fantástica zoología. La extraordinaria exposición que celebraba los cien años de la artista que ahora puede verse en Monterrey, capturaba todas las expresiones de su creatividad. Los lienzos, las máscaras, los títeres, los murales, los bocetos, los relatos, las cartas. A Tere Arcq y Stefan van Raay debemos la curaduría de este acontecimiento. En uno de los muros de la exposición podía leerse una doble revelación de sus ensueños: “Si hay dioses, no los creo de forma humana, prefiero pensar los dioses en forma de cebras, gatos, pájaros. Un prejuicio mío. Pero si se mueve alguna divinidad adentro del animal humano, es el amor.”

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 De Ida Vitale:

No respiran los pájaros:
por su canto respira el mundo.

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Las ilustraciones de Paul Sahre para el artículo publicado por el semanario del New York Times eran perfectas. Una botella con una etiqueta que anunciaba su vacío: Este frasco no contiene nada. Aplíquese diariamente hasta que los síntomas desaparezcan. Otro retrataba una medicina imaginaria: Placeborol. Refrigérese (o no). Las estampas acompañaban un artículo de Gary Greenberg sobre los placebos. ¿Y si el efecto placebo no es una farsa? El texto invita a tomar los chochos con seriedad. Sí: una pastilla de azúcar puede curar. O, por lo menos, ayudar a curar. Los descubrimientos recientes son una cachetada a los prejuicios de la modernidad: si un paciente se toma un vaso de agua con tres gotas de agua por prescripción de un médico al que respeta, tenderá a mejorar. Importa poco la sustancia. Cuenta la autoridad y la atención. Y si a una medicina se le cuelga un nombre rimbombante, tendrá un impacto mayor que si recibe un nombre ordinario.

Tal vez, sugiere, Greenberg, las tabletas inocuas activan una respuesta biológica al cuidado del otro; el celebro se enciende con la preocupación y el esmero de quien prescribe una pócima, desatando con ello una estela de reacciones fisiológicas. Si la mente es persuadida, el cuerpo sigue su pista. La mismísima escuela de medicina de Harvard ha creado un programa de estudios sobre los placebos. Su director sostiene que la curación de las enfermedades humanas no puede seguir siendo entendida como el uso mecánico de ciertas herramientas o el ciego suministro de sustancias. La relación entre el paciente y el médico (o el curandero, o el brujo) es determinante. Lo entendió bien Paul Valéry, un poeta, hace tiempo: los médicos usarán la ciencia pero no son científicos.

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Lo mejor que vi en pantalla en el 18 (además  de Roma, por supuesto, que se cuece aparte) fueron series documentales destinadas a la televisión más que a las grandeas salas. La primera, Wild, Wild Country, registra la aventura del gurú Bhagwan Shree Rajneesh (a quien se le conoció después como OSHO) en un diminuto pueblo de Oregon para fundar una comunidad utópica. La historia no solamente confronta a los seguidores del gurú con los pobladores originarios. También muestra las fricciones interiores, los delirios de los fieles, la ilusión sincera y los terribles permisos que toda secta se concede. Pocos personajes tan fascinantes, tan magnéticos como los que aparecen en esta serie de los hermanos Maclain y Chapman Way producida por Netflix. También ahí puede verse la serie monumental de Ken Burns sobre la guerra de Vietnam. Un lamento en diez episodios y dieciocho horas que recoge testimonios de los dos extremos del conflicto: delirios del poder y lágrimas. Locura, autoengaño, mentira y duelo.

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A cincuenta años del año que cambiara la vida de Octavio Paz, aparece un sitio en internet que aspira a recoger todas las cosas pacianas. En zonaoctaviopaz.com pueden encontrarse cartas, fotos, poemas, ensayos, conversaciones, entrevistas. Lecturas del poeta: lo que él leyó y lo que en él se ha leído. Ahí podrá encontrarse una nota, por ejemplo, de Jorge Cuesta hablando de un joven de veinte años. Y su presagio: “Octavio Paz tiene un porvenir.”

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07, Ene 2019

Épica

Empieza ya a notarse una disonancia crucial en la marcha de la política mexicana. El presidente, incansable y omnipresente, imagina su gobierno en clave épica. Piensa que todos los días se logra una hazaña. Todas las mañanas celebra la epopeya que es su gobierno. Que nadie piense que ésta es una administración ordinaria. Es, ni más ni menos que la cuarta ocasión en que el pueblo mexicano toma el control de su destino. A su juicio, vivimos jornadas que, dentro de algunos siglos, serán estudiadas por los niños. Esa es la dimensión de la megalomanía. Antes de inaugurado, se celebraba ya este gobierno como el Cuarto Nacimiento de la Patria. Al mismo tiempo se escucha otra tonada. Es el rumor de las persistencias, esa realidad que no se transforma de la noche a la mañana. Es la complejidad que se resiste a ser comprimida en el mundo en blanco y negro de la retórica oficial. Es la voz de las instituciones que habla otro lenguaje, que tiene otros tiempos. Es imposible hacer rutina con la épica. La felicidad nacional no puede nacer todos los jueves. A esa imposibilidad se enfrenta el gobierno de López Obrador.

El presidente entiende de ese modo la política. Es sincero en su convicción. No hay cálculo ni fingimiento en su oferta del nuevo amanecer. En eso cree. Por eso no es sensato pensar que puede dejar atrás ese discurso, como si hubiera sido una camiseta de campaña. López Obrador está convencido de que la política, cuando es auténtica, cuando alcanza altura permite saltos en el tiempo. Lo detecta bien Enrique Krauze en su lectura del presidente historiador . Por eso los reformistas no le resultan atractivos. En toda reforma hay una negociación que juzga indecorosa, un acomodo que le parece sucio. La gloria—esa palabra tan importante para Maquiavelo, se ha hecho presente en su vocabulario—no está en la mejora, el remiendo, el adelanto. Está en una transformación que no es simple política ni mera economía: es conquistar el “bienestar del alma.“ Los políticos a los que admira son los que rompen con tradiciones, aquellos que, incluso con el sacrificio, se apartaron radicalmente del pasado para fundar una nueva era. En numerosas ocasiones ha hecho escarnio de los moderados, esos cobardes que sirven involuntariamente a los conservadores.

El problema con la épica es que se lleva mal con el pluralismo democrático. Imagina una batalla histórica y la representa obsesivamente. Se vuelve, así, esclavo de su propio cuento. La política épica es incapaz de sacudirse la imposición de un libreto que termina siendo muy bobo. Se trata de identificar al villano y de aclamar al héroe. La visión épica del mundo puede ser persuasiva y ha demostrado su eficacia electoral, pero no es una perspectiva saludable para gobernar en un entorno democrático porque ciega a quien ha de tomar decisiones complejas. Lo que importa en esa dimensión es identificar al monstruo y blandir con energía la espada. La muy tonta reacción del Secretario de Comunicaciones ante la crítica de José Antonio Meade a la cancelación del aeropuerto es un perfecto ejemplo de ese síndrome: no escucho lo que dices porque eres quien eres. Ese es el tic del maniqueísmo épico: la descalificación moral de quien discrepa se basa en la convicción de que la historia es un templo para los héroes y el basurero de malvados.

Ante la invitación de un dirigente de Podemos a reencender la épica en la política española, Javier Cercas respondió de inmediato que en la democracia no hay espacio para la épica y que, en realidad, el principal deber de las instituciones democráticas es desterrar esa lógica. “La política democrática no se parece a la épica arrebatada de Juego de tronos, donde héroes y monstruos pelean a muerte por el poder en dos continentes ficticios en medio de guerras, torturas, violaciones, secuestros de niños y asesinatos en masa; la política democrática se parece a la prosa serena y razonable de Borgen, donde hombres y mujeres comunes y corrientes, dotados de sueños, pasiones, deseos y debilidades mediocres de perfectos antihéroes, se esfuerzan por mejorar la vida de sus conciudadanos en una Dinamarca real, o por lo menos verosímil.”

Lo cierto es que no hay López Obrador sin épica. Sospecho que los límites de su política estarán determinados por la leyenda que imagina.

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