22, Abr 2019

Mentira e ilegalidad

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

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15, Abr 2019

Engaños del éxito

Andrés Manuel López Obrador conoce su Maquiavelo. Lo conoce, pero no es claro que lo entienda. Lo invoca, pero no puede decirse que haya aprendido lo que es verdaderamente central en su obra: la política como un arte de audacia y de prudencia. A pesar de que el presidente se describe como el moralista empeñado en derrotar al cinismo de la burda ambición, las ideas o, más bien, las expresiones del renacentista maldito aparecen reiteradamente en su discurso. Lo ha mencionado directamente en alguna de sus conferencias de prensa. Celebrando hace poco que la suerte le favorecía, defendió, con el autor de El príncipe, la relevancia del azar. “Decía Maquiavelo que se necesitaba virtud y fortuna para la política.” Es imposible pensar una política a salvo de lo impredecible. No es el político un territorio de regularidad que pueda eliminar la sorpresa. Por eso el conspiratismo que el propio presidente alimenta sea, de tan coherente, absurdo. López Obrador ha invocado también al florentino cuando ha trazado como emblema de su ambición histórica nada menos que la “gloria”. Como lo pensaba Maquiavelo, la política no consiste en la administración del poder, sino en su utilización para refundar la nacionalidad, para rehacer la historia. Nada menos. También puede escucharse un eco maquiavélico cuando se escucha al presidente advertir que en el gobierno hay que elegir entre inconvenientes. No suele presentársele al gobernante el dilema entre un bien nítido y un mal ostentoso. Las fronteras entre ellos son confusas y, en ocasiones, la única posibilidad es evitar el mal mayor. Entender que hay que elegir entre inconvenientes es una buena advertencia al propio López Obrador quien habita el mundo del simplismo moral. El presidente no suele hacerse cargo de esa invitación a la madurez moral que hay en el humanismo maquiaveliano.

López Obrador parece tropezar con una de las piedras más peligrosas en la política: el éxito. Quien ha conquistado el poder llega a la persuasión de que debe continuar el camino que emprendió para lograrlo. Cree que lo que funcionó antes, funcionará después. Tiene lógica y parecería absurdo recomendar otra cosa. Si una estrategia ha funcionado, lo más sensato sería insistir. ¿Por qué habría de ensayarse algo distinto si lo que se ha hecho anteriormente ha funcionado? Quien ha derrotado enemigos poderosos, quien ha remontado mil adversidades, quien ha trepado hasta la cima del poder, pensará que debe ser fiel a su estilo y a su actuar. Si así pudo vencer a los enemigos de antes, vencerá a los de ahora.

El problema es que las circunstancias cambian, que los desafíos se transforman constantemente, que la historia es más azar que rutina. Por eso advierte Maquiavelo que lo que ayer encumbró al ambicioso, mañana arruina al poderoso. Esa es, tal vez, la mayor dificultad que enfrenta el gobernante: ser capaz de soltar los emblemas de su triunfo, desprenderse de las medallas de su orgullo. El político suele esclavizarse a sus prácticas y a sus rutinas. Se convence de que la reiteración es la única política digna y eficaz. Empieza a actuar mecánicamente sin prestar atención al flujo de los acontecimientos y al impacto de sus decisiones. Cree que tarde o temprano la realidad cederá a sus deseos. Se ata a sus manías como si fueran el mármol de su identidad pública. Detenido en los logros de su pasado, cree que la repetición es la única forma de ser auténtico. Quien fuera osado se niega entonces al riesgo de la innovación. El opositor tenaz se convierte en un gobernante obsesionado con sus pleitos de antes, sus diagnósticos de antes, sus recetas de antes. Cualquier intento de repensar la estrategia es sentido como una traición. Remembrar los éxitos del pasado es una forma de cerrar los ojos a los frescos desafíos del presente. Es el engaño del éxito.

El terco es enemigo del ágil. Quien, como Andres Manuel López Obrador, conquistó el poder gracias a una tenacidad extraordinaria corre el riesgo de quedar congelado en un éxito pretérito. Al comenzar su sexenio, su política parece ya entumecida y miope. Una política decidida a repetir sus cantaletas, pero indispuesta a dialogar con las circunstancias.

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08, Abr 2019

El nuevo antiestatismo

El gran enemigo del neoliberalismo le rinde culto. No hay discurso que no incluya alguna embestida contra sus horrores. Tiro por viaje. No es posible imaginar al presidente desayunando sin lamentar el terrible daño que los neoliberales le hicieron a los chilaquiles. El neoliberalismo es el origen de todos los males del país. La única fuente de nuestra desgracia. Todo lo malo nació cuando esos traidores que estudiaron en el extranjero se apartaron de la ruta nacional. Ahí se funda el atraso, la violencia, la desigualdad, la inmoralidad. El nostálgico no deja de lamentar todo lo que perdimos desde el triste día en que los neoliberales impusieron su dominio. Las parejas no se divorciaban, los niños estudiaban con unos libros de texto fantásticos, se respetaban los valores morales, el presidente gobernaba sin el fastidio de una prensa doble cara y los chilaquiles picaban. Qué bonito era el México preneoliberal.

Pero, aunque el presidente vuelva a lanzarse hoy por la mañana, a medio día y en la tarde contra el maldito neoliberalismo, seguirá atrapado por la sospecha originaria de su enemigo. El Estado le parece una máquina fría y distante. Un inmoral concentrado de violencia, cuya actuación es irremediablemente represiva. Un aparato encadenado a procedimientos enredadísimos que entorpecen su actuación; un artefacto sometido a formalismos que retrasan cualquier intervención eficaz y que absorben los recursos que deberían destinarse a otras causas.

Como los neoliberales a los que tanto detesta, López Obrador sigue imaginando al Estado como un obstáculo y a los burócratas como malhechores. De esa persuasión viene el más furioso recorte burocrático en la historia reciente del país. Con furia thatcheriana, el gobierno emprendió la purga de una burocracia que considera mimada y superflua. No se trata, pues, de crear instituciones, de formalizar programas, de supervisar, de estructurar servicios públicos estables sino de becar. Esa es la filosofía del nuevo gobierno: subvenciones directas que eximan al Estado de cualquier responsabilidad de gestión y de vigilancia. Se trata de establecer “apoyos directos” para evadir las perversas intermediaciones burocráticas. Esa es la lógica que hay detrás del abandono de las estancias infantiles. Darle dinero a los padres para que ellos se hagan cargo. Milton Friedman estaría orgulloso de esta política. Los abuelos podrán cuidar amorosamente de los nietos, sugirió el Secretario de Hacienda. Una política más neoliberal que cualquier iniciativa del satánico salinismo. Si Octavio Paz describió al Estado mexicano postrevolucionario como un ogro filantrópico, el lopezobradorismo pretende remplazarlo con un ángel. No un Leviatán sino un príncipe. Esa es la idea que se esconde detrás de la nueva política social: un ángel filantrópico. Frente al Estado benefactor, un presidente benefactor.

Fiscalmente reaganiano, el nuevo gobierno prefiere la amputación administrativa antes que la reforma. Para financiar los programas sociales y la ambiciosa obra pública, el gobierno opta por estrangular a la administración antes que considerar un cambio en los impuestos. Este desprecio a la administración es consecuencia de un vehemente voluntarismo. El deseo presidencial no tiene por qué detenerse ante los peros de los comités, las reglas, los procesos. De ahí que el antiestatismo del día esté más cerca del pensamiento mágico que de las prácticas del Estado planificador. Pedirle permiso a la madre tierra es más importante que concluir un miserable estudio de impacto ambiental. Antiestatismo que no es economicista sino moralino. No se basa en las supuestas bondades del mercado, sino en la superioridad de una voluntad intachable, la del presidente.

El nuevo presidencialismo es, por ello, anticardenista. Lo es porque representa una embestida contra la regularidad institucional del poder, contra las palancas de una eficacia perdurable, contra la racionalidad administrativa, contra la corpulencia fiscal. Porque se empeña en corroer las capacidades del Estado. Porque es voluntarismo como nunca lo habíamos visto. La presidencia para Andrés Manuel López Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama Cuarta Transformación es eso: una bonita mezcla de sermones y transferencias.

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03, Abr 2019

Las playas de Varda

Cuando nació su segundo hijo, la cineasta Agnès Varda inventó un proyecto para estar cerca del bebé. Saldría a la calle, a su calle para documentar las aventuras cotidianas. Cámara en mano, filmó la vida del íntimo ecosistema de su cuadra. Las tiendas, los cafecitos, la panadería, el taller de acordeones, la ferretería. Los protagonistas son sus vecinos: el que vende perfumes, la pareja recién casada, los ancianos, el peluquero, el sastre. Las conversaciones del clima, la salud, los intercambios más ordinarios. “Cada mañana, decía ella, se levanta el telón del teatro de lo cotidiano” Para no incomodar demasiado, avisó a los vecinos que usaría su propia corriente. No se colgaría de la luz de nadie. De ese modo, un cable de 90 metros definiría el alcance de la expedición diaria. “Daguerrotipos,” aquel proyecto de 1975, captura a la perfección el espíritu creativo de la artista que acaba de morir, a los 90 años. La magia de lo cotidiano.

Su cine es una invitación a contemplar, a adorar quizá, lo desechable. Lo que descartamos sigue teniendo vida. Hay que agacharse para recoger lo abandonado, lo que tendemos a ignorar, lo que olvidamos. Prestemos atención, por ejemplo, a la papa, la más modesta de las verduras. La directora no se escondía tras la cámara en esos documentales que eran mucho más que registro de hechos. En sus documentales, podemos ver el rescate de viejas imágenes, conversaciones y testimonios, pero también podemos apreciar el juego del teatro, el disfraz, la representración. Varda aparece con frecuencia a cuadro. Su presencia era adorable. Una mujer inteligente y fresca; sensible y afectuosa sin ser sentimental, naturalmente profunda y a la vez suave. Al ponerse del otro lado de la cámara y aparecer en pantalla, la directora se burla de la autoridad del director invisible. Como decía A. O. Scott, crítico del New York Times, Varda se nos muestra indicándonos que su cine es una manera de ver juntos. Ahí puede estar el secreto íntimo de su cine: proyectar la emoción de la amistad.

He vuelto a ver “Las playas de Agnès,” la preciosa autobiografía que filmó hace diez años. Se trata de un documental extraordinario en el que no solamente rememora sino recrea su vida. Recordar es revivir imaginando. En la primera escena aparece ella caminando hacia atrás sobre la arena. Soy una anciana gordita y habladora que cuenta su vida. Pero lo que me importa son los otros. Es a ellos a los que quiero filmar: mis amigos, mis amores, mis colegas, mis hijos. Son ellos quienes me motivan, quienes me intrigan, quienes me cuestionan y me desconciertan. Despliega así una centena de espejos para retratar a los otros, no a ella. Si pudiera ver a los otros, vería paisajes, si me pudiera ver a mí, vería una playa.

Esta memoria radiante y también dulcemente triste brinca de un tiempo a otro, de un recuerdo al siguiente. El pasado es caprichoso como el revoloteo de las moscas. El documental pasea entre la música de la infancia, las cartas que escribió enamorada, los mercados de pulgas, el primer coche, sus viajes, sus cariños, las enfermedades, la muerte y, por supuesto, el cine. Una casa que filtra la luz, como puede verse en una de sus escenas. Al cine llegó sin preparación alguna, después de dedicarse a la fotografía. ¿Por qué brincaste de la foto al cine,? le pregunta el artista Chris Marker representado en la película por la caricatura de un gato. “Me recuerdo necesitada de palabras,” responde ella. Las encontró en conversación con la luz y las imágenes.

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01, Abr 2019

Desde el fondo de la tumba

Ante un cuadro de Fragonard, Denis Diderot se dispuso a reescribir la alegoría de la caverna. El crítico no describía el cuadro. Se dejaba seducir por el lienzo para seguir sus indicios. Comenzaba contando con fidelidad el mito platónico: una multitud de hombres, mujeres y niños bajo encierro contemplan la proyección de sombras sobre las paredes. Como en el relato original, la humanidad es presa de la percepción. Pero la fábula de Diderot está impregnada de una carga política adicional. Las sombras eran, en realidad, una tortura de los poderosos. Los reyes, los curas, los ministros, los doctores, los profetas, los apóstoles, los teólogos, los políticos, los charlatanes engendraban las figuras que idolatramos como si fueran la realidad. Los traficantes del temor y la esperanza idiotizaban con leyendas. Provocaban risa y llanto. Y con esas reacciones sometían a la humanidad. La caverna de Diderot no mostraba, como la otra, los defectos de la razón. Denunciaban las trampas de los poderosos.

Desde su primer libro, Diderot supo que el escándalo sería su compañía. Como advertencia a sus lectores pidió a su editor que agregara una leyenda en latín en la portada: “Piscis hic non est omnium”. Este pescado no es para todo mundo. No lo firmó. Pensamientos filosóficos apareció en 1746 como un escrito anónimo. A pesar de su título, no era una meditación propiamente filosófica. Se trataba de la refutación de un escéptico a los Pensamientos de Pascal. Contra su angustiosa metafísica, el sentido común. Frente al Absoluto, la sensualidad. ¿Qué dios buscaría el tormento eterno de sus criaturas?, pregunta en uno de sus párrafos. ¿Encontraría placer ese dios al bañarse en nuestras lágrimas? La infinita crueldad del personaje de la ficción bíblica le resultaba tan absurda como la condena que se hacía de nuestros apetitos. La pasión no es el enemigo, es el motor de todos nuestros placeres, la fuente de lo sublime. La Iglesia, ese patronato de la hipocresía, nos quiere monstruos que no sienten nada, que no aman nada, que no viven nada. A los dogmáticos los combatía con una sencilla invitación a pensar. Lo temible no es la inexistencia de Dios. Lo aterrador es que Dios sea el que nos pintan.

El artículo completo puede leerse en nexos…

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01, Abr 2019

Escribir con tijeras

La historia se escribe con tijeras. No es un tejido de múltiples versiones, una memoria rica en contradicciones y misterios sino un enfrentamiento entre dos sujetos morales. La historia es un relato edificante, una sencilla lección cívica, un cuento de clara moraleja. No podría ser de otra manera si se trata de una lucha de los buenos contra los males. El enfrentamiento de los patriotas contra los traidores. Así parece decírnoslo un presidente obsesionado con el pasado. Todos los días presenta un capítulo de esa historia de estampitas en la que cree fervorosamente. En la historia no encuentra ejemplo de una fascinante complejidad, sino de esa simpleza que alimenta su juicio político. Nada de claroscuros. Los héroes son saludables y rozagantes; son honestos y bondadosos. Los villanos son monstruos viles y deformes. Los liberales podrán cambiar de nombre y de escenario, pero no de causa.  Los conservadores estarán atrapados por siempre en su maldición: conspirar sin éxito contra la patria. Si alguien ha tomado los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional como si fueran una auténtica lección de historia ha sido es precisamente quien hoy despacha ahí.

De esa historia de bronce proviene la convicción de que el tiempo puede cortarse a voluntad. Con una navaja puede separarse el hoy de todos los días precedentes. En un instante se pasa de una era a otra. Se puede por eso romper definitivamente con todas las herencias del pasado e iniciar, como en una hoja en blanco, el nuevo capítulo de la nación. Esa ilusión de la cisura expresa una idolatría de la política. Imaginar al poder como una fuerza capaz de romper el tiempo. Terminar súbitamente los hábitos, fundar con fresquísimos materiales, la nueva arquitectura de la nación. Proclamar el primer día.

Así se decretó recientemente. El presidente de la república declaró, con toda solemnidad, la abolición definitiva del neoliberalismo. Tras la abolición de tan perverso credo, el auditorio se entregó a los aplausos. Se pensará que, tal como Hidalgo abolió la esclavitud, López Obrador termina con la servidumbre del presente. A decir verdad, la anulación no parece muy convincente si advertimos que las columnas fundamentales del neoliberalismo se mantienen intocadas y aún apreciadas como sustento de la estabilidad del nuevo gobierno. Si el neoliberalismo concretó dos reformas cruciales durante su reinado, la primera sería la autonomía del banco central y la segunda el acuerdo comercial de Norteamérica. No parece intención del gobierno terminar con la autonomía del Banco de México ni romper el pacto norteamericano. Pero en la imaginación del presidente, la ideología neoliberal ha sido definitivamente eliminada. Los aplaudidores de palacio habrán celebrado la histórica liberación de una doctrina perniciosa, pero, vale preguntar, ¿puede decretarse la abolición de una idea? Aceptemos, si se quiere, que el neoliberalismo es la más perversa de las concepciones económicas en la historia de la humanidad. Pensemos que es, como nos dice el presidente, una ideología demoniaca de la que han surgido todos los males que padece el país. Pero, aún creyendo en el satanismo neoliberal, ¿puede alguien abolirlo? ¿Puede la política invalidar una idea? ¿Puede abolirla?

La ilusión presidencial es reveladora de una ingenuidad disfrazada de omnipotencia. Arrogancia que es, en el fondo, ignorancia. Quien se imagina con el poder de abolir una idea, desconoce que el mundo de las ideas escapa de su control. El poder presidencial, por macizo que sea, no puede anular una fuente de pensamiento. Se trata de la misma soberbia de quien pretende bautizar su propio tiempo y colocarse por adelantado como una de las cuatro estatuas de la historia nacional.

Se cuenta que hace mil años, un rey Canuto en Inglaterra se burló de los aduladores que lo endiosaban mostrándoles el límite de su poder. Eres el más sabio, el más poderoso. Nadie osaría desobedecerte, le decían. Pues bien, si eso es cierto, le ordenaré al mar que retroceda y que cesen ya las olas. Tras la respuesta del mar, los aduladores callaron. Soberanía no es omnipotencia. El presidente podrá decretar la abolición de mil ideas perniciosas, podrá proclamar que despierta el primer día del cuarto nacimiento de México y dirá misa.

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25, Mar 2019

El fin de la (otra) hegemonía

La economía parece negada a la autocrítica. Parece negarse también a discutir con legos, pero su condición de autoridad tiene que ser analizada críticamente. Desde hace décadas ha ocupado un lugar privilegiado en la discusión pública y se ha instalado como la única vía racional de intervención en la realidad. Por eso nos corresponde a todos examinar sus pretensiones de supremacía intelectual. Fernando Escalante publicó en el 2016 un libro breve en el que examina su estatuto. Se supone que es ciencia. Reflexiones sobre la nueva economía, es su título. Lo publicó El Colegio de México. Ahí resalta la arrogancia profesional y el aislamiento de una disciplina. Por esa estrecha altanería ha sido incapaz de percibir sus miopías, sus cegueras, sus obsesiones. Ha resultado incapaz de reconocer, por ejemplo, su responsabilidad en la devastadora crisis del 2008. “La crisis de 2008 tendría que haber tenido consecuencias serias, no sé si catastróficas, para la economía como disciplina académica (para la versión dominante, al menos). No ha tenido prácticamente ninguna.» Poco sucedió después de la crisis. Tal vez algún remordimiento, alguna confesión. Pero la prédica se mantiene intacta: se enseña lo mismo, se publica lo mismo, se hacen las mismas recomendaciones. Como si el 2008 no hubiera pasado. Es que la crisis no fue solamente una crisis económica sino una crisis de la ciencia económica. La crisis de una disciplina académica. Una crisis que apenas algunos reconocieron como tal. Paul Krugman, unos meses después de haber ganado el Premio “Nobel”, se preguntaba en un ensayo en la revista dominical del New York Times, ¿cómo era posible que los economistas se hubieran equivocado tanto? La crisis era oportunidad para repensar los fundamentos de una disciplina. Se trataba del momento propicio para hacer una profunda reflexión intelectual. “Según lo veo, decía ahí, la profesión económica erró el camino porque los economistas, en conjunto, confundieron la belleza—vestida con unas matemáticas impresionantes—con la verdad.”

Fareed Zakaria, el acreditado internacionalista, escribe en la edición más reciente de Foreign Policy que la economía había ejercido una especie de hegemonía intelectual (“The End of Economics?”, invierno de 2019). Si durante la guerra fría las tensiones eran esencialmente ideológicas y geopolíticas, el conocimiento más apreciado era histórico, cultural, político. Eran los diplomáticos con una larga perspectiva histórica quienes ofrecían claves para entender los conflictos del día. Al terminar la guerra fría, esas consideraciones pasaron a un segundo plano. La economía parecía la herramienta racional de la integración. Una ciencia rigurosa abriría los caminos del progreso. De ahí nacía su autoridad pública. Era una hermana de la física. Ahí estaba la llave de la prosperidad. Lo notable es que se presentaba como un conocimiento al que solamente algunos podían acceder. Una ciencia, pues, que no podía ser moneda común. Por ello en la economía se deja entrever una utopía antiilustrada. Su saber nos hará prósperos, pero no todos tendremos acceso a ese saber. Habremos de confiar en los expertos, aquellos iniciados que han podido descifrar sus secretos.

La autoridad indisputada de la disciplina marcó una era. En la cuenta de Zakaria son tres décadas de imperio intelectual. En sus fórmulas y modelos se quiso ver el lente más preciso para observar el mundo. En sus herramientas, el saber más útil y más confiable. Esa hegemonía, dice Zakaria, ha muerto. La voz de la disciplina no es la más atendida ni la más persuasiva. Sobre los asuntos más candentes del mundo (las identidades y las nostalgias, las ansiedades colectivas, la fe política, las pasiones públicas) simplemente, tiene poco que decir. Si seguimos pensando que la lógica económica es la única prueba de racionalidad, seguiremos tachando a medio mundo de imbécil. Hay razones humanas que la razón económica desprecia. Cuando un ministro británico gritó su hartazgo de los expertos quiso ponerle un hasta aquí a esa racionalidad que se pretende única.

Que la economía haya caído del pedestal no significa, desde luego, que resulte irrelevante. Frente a la demagogia, la plomada del economista será siempre valiosa. Lo que advierte el fin de esa hegemonía es que la complejidad requiere de más enfoques y menos encierros.

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20, Mar 2019

Plantas que juegan

El Noé de la historia bíblica fue en extremo cuidadoso para asegurarse que todas las especies entraran a su barco. Águilas, venados, osos, elefantes, lobos, pericos, abejas. Todos debían subir al arca, naturalmente en parejas, para que la especie sobreviviera el castigo. Un pequeño detalle se le olvidó al autor del cuento: el iracundo que enviaba el diluvio como castigo no ordenó empacar macetas. Quería salvar la vida, pero abandonaba lo que le daba sustento. El barco zarpó y dejó en tierra a las palmeras, a los helechos, a los guayabos. Como resultaba irrelevante trepar piedras al barco, lo era el abandonar a las flores. El olvido de esta historia es, tal vez, la mejor estampa de la ceguera vegetal de Occidente. Ignorar a las plantas. Si se nos presenta una fotografía de la selva en la que se muestra una variedad enorme de árboles, arbustos, hierbas, flores, legumbres y un pájaro en la esquina, notaremos al pájaro y no las muchas plantas en la imagen.

Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia ha combatido esa ceguera. El año pasado publicó un libro sobre la inteligencia de las plantas. (The Evolutionary Genius of Plants. A New Understanding of Plant Intelligence and Behaviour, Atria Books, 2018.) Se trata de un libro fascinante sobre las herramientas que han desarrollado las plantas para sobrevivir. Su inmovilidad no es, en modo alguno, insensibilidad. Su mudez no es incomunicación. Mientras los animales han encontrado en el movimiento la clave de su sobrevivencia, las plantas han tenido que desarrollar otro ingenio. Merece ser llamado inteligencia, dice Mancuso: es una capacidad que permite apreciar las características del entorno, detectar los desafíos y encarar las amenazas. Las plantas, como los insectos o los peces, resuelven problemas. ¿No llamamos a eso inteligencia? Su argumento tiene un ilustre precedente. Charles Darwin al estudiar, junto con su hijo Francis, el movimiento en las plantas, concluyó que en la punta de las raíces había inteligencia.

Hay, en efecto, un comportamiento inteligente en las plantas. Que no provenga de un centro unificador como el cerebro animal no significa que no exista. Hay ingenio sin cerebro. La inteligencia tampoco necesita manifestarse como una agilidad de movimiento que podemos percibir a simple ojo. El tiempo vegetal no es el nuestro. La capacidad sensorial de las plantas no se concentra en órganos especializados pero existe: no tendrán ojos, pero puede decirse que ven; no tienen nariz, pero perciben olores, no tienen boca, pero emiten información a través de un complejo vocabulario de sustancias. La inmovilidad ha llevado a las plantas a desarrollar un discernimiento químico más avanzado que el de nuestro mejor laboratorio.

Mancuso registra las muchas manifestaciones de la inteligencia verde. Hay recuerdos en las plantas, aprendizaje basado en la experiencia. Puede identificarse el cálculo de riesgos y el anticipo de beneficios. Sabemos que se comunican, e incluso, que se entienen mejor las hijas de la misma planta. No es absurdo decir que son capaces de idear argucias militares. Mienten, seducen, se esconden. Cuando una larva ataca a un tomate, sus hojas lanzan una invitación a los emigos de la larva. El enemigo de tu enemigo será tu amigo… Lo más llamativo quizá es el juego de los girasoles. En una conferencia, Mancuso muestra las imágenes aceleradas de unos girasoles tiernos que se arquean de un lado para otro. Giran y dan vueltas; se estiran y se encogen. Uno diría que están bailando. Juegan. Como los cachorros juegan a la cacería, los girasoles juegan a atrapar la luz. Se preparan. Será, desde luego, una metáfora como esa de la neurobiología vegetal, pero ¿qué sería la ciencia sin metáforas?

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19, Mar 2019

Dulces envenenados

La política del actual gobierno nos ofrece, mañana tarde y noche, dulces envenenados. El oficialismo celebra el celofán con que envuelve sus decisiones, pero se desentiende de las sustancias tóxicas que oculta bajo el caramelo.

Se celebra, por ejemplo, que se ha aumentado el catálogo de delitos graves. Qué gran cambio, festeja el presidente. Hemos terminado con la permisividad neoliberal que trivializaba el horror de la corrupción, del fraude, del feminicidio. Hemos cambiado la ley para considerarlos delitos graves. Lo que no dice el presidente es que la palabra “grave” no designa, como en el lenguaje común, la dimensión de la ofensa sino el tratamiento procesal del acusado. ¿En algo ayuda esta reforma para combatir la impunidad? En nada. Absolutamente en nada. Lo reconoce incluso la el dictamen de la Cámara de Senadores:  lo que aprobaremos “no resuelve per se el problema de inseguridad ni es en sí una medida dilatoria (sic) de la comisión de delitos”. Aún reconociendo la inutilidad de la medida, la aprobaron. Y no es una mera frivolidad. Siendo inequívocamente ineficaz es una reforma nociva. La reforma dará nuevos permisos para atropellar la presunción de inocencia. Y favorecerá la criminalización de la pobreza. Así lo ha advertido la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Pero, al parecer, no importan las consecuencias de las reformas. Importa su envoltura. Que puedan venderse, por supuesto, como un clavo más sobre el ataúd del neoliberalismo.

Propone la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados una iniciativa para reducir a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. ¡Todos a festejar! Finalmente, alguien se decide a quitarle el dinero a las entidades más abominables. ¿Quién podría oponerse a tan magnífica propuesta? La iniciativa tiene apariencia benefactora, pero sería un golpe severísimo, tal vez mortal, al ya agónico sistema de partidos. Con los resultados de la elección reciente, el partido del gobierno sería el único beneficiario de la medida. José Woldenberg ha hecho el cálculo de lo que significaría la aprobación de esta propuesta: Morena aumentaría en un 89% sus recursos, mientras que las oposiciones más importantes perderían entre 50 y 60% de sus ingresos. Si el financiamiento público ha de prevalecer, es importante que aliente razonablemente la equidad. El pluripartidismo no es gratis. Los ahorros que nos quieren vender como medida admirable son, en realidad, un tiro de gracia. ¿De veras queremos vivir sin el fastidio de la pluralidad?

Lo más grave, sin duda, es la reforma constitucional que está en el aire. Se nos ofrece como un paso democrático: poder quitar, mediante el voto a un presidente impopular. El arreglo institucional de la revocación es extraordinariamente delicado. De él depende, no solamente la estabilidad de los gobiernos futuros, sino también su capacidad para poner en marcha reformas y su corpulencia para resistir los embates de los adversarios. Alterar el periodo fijo de gobierno modifica sustancialmente los equilibrios tradicionales del presidencialismo. No digo que ese esquema deba permanecer inalterado. Simplemente advierto que, para modificarlo, hay que examinar cuidadosamente las alternativas. Sin embargo, en la conducta de los diputados se han impuesto tres vicios graves y preocupantes. Por una parte, el sometimiento irreflexivo al deseo presidencial. Si el presidente lo quiere, nosotros se lo daremos. Se trata de una sumisión que, además, actúa como si estuviéramos ante una urgencia. Reformas de ese calado no pueden definirse con prisa. Pero los morenistas en la Cámara de Diputados no quieren perder el tiempo en argumentos. Finalmente, los oficialistas legislan como si su condición fuera perpetua. Legislan para López Obrador y para el presente. Quieren abrir un camino para lo inmediato sin detenerse a considerar lo que puede venir. Olvidan la norma elemental de la prudencia institucional: las reglas que diseñas deben servir para contener a tu peor enemigo. La rueda de la fortuna pondrá en tu sitio a quienes más temes. Al diseñar instituciones hay que imaginarse con la responsabilidad del poder y también en la condición de minoría. La actuación del partido gobernante refleja la convicción contraria: hay que legislar para el instante y para el jefe. Después de Amlo, el diluvio.

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12, Mar 2019

Sentidos de la realidad

Nada es tan valioso en la política como el “sentido de realidad”. Nada es tan valioso como ver, oler, palpar la circunstancia. Esa es una de las grandes lecciones de Isaiah Berlin. Los estadistas de genio no son teóricos que conocen a profundidad una disciplina y que, por fidelidad a ese conocimiento abstracto, imponen sus lecciones al mundo. No son los técnicos que aplican un recetario, sino los habilidosos que perciben la textura del presente. Para incidir en el mundo, para transformar la realidad era menos importante la idea que el tacto. Un político debía ser capaz de palpar el carácter único de la circunstancia, entender las complejidades del momento, percibir el sentido del tiempo, leer el carácter de sus contemporáneos, anticipar aquello que apenas se insinúa, percatarse del peso de las inercias y advertir las primicias. El juicio político, escribía Berlin en un ensayito que publicó Vuelta en noviembre de 1996, es una sabiduría práctica. Una forma de la sensibilidad antes que una expresión de la inteligencia.

Durante los primeros meses de su presidencia, Andrés Manuel López Obrador ha dejado en claro la agudeza de su olfato y, al mismo tiempo, la amplitud de sus cegueras. El sentido de realidad del presidente se muestra, por decirlo de alguna manera, escindido. Por una parte, se advierte una extraordinaria capacidad para abrazar el clima emocional del país y para construir las bases políticas de un nuevo régimen. El presidente habla el lenguaje del momento y planea meticulosamente la fundación de una nueva política. Al mismo tiempo, se desconecta de la realidad, huye del mundo. Pemex vive su mejor momento en décadas, dijo en una de sus frecuentes excursiones al planeta de la fantasía. El presidente se refugia una y otra vez en sus cantaletas para no enfrentar el fastidio de los hechos incómodos. ¿Para qué tomarse la molestia de examinar el documento desafiante, si se le puede ignorar o, mejor, aún, si se puede despedazar el alegato con alguna frase hecha? Sabemos bien que a los críticos los agrede o los ignora. Quizá lo más grave para su propio gobierno, lo más revelador de su estilo político es que a los hechos que se salen de su libreto los lanza, de inmediato, al basurero. No son hechos sino mentiras de los enemigos. El intolerante que es incapaz de reconocer la dignidad moral de quien lo cuestiona, está dispuesto a cerrar los ojos ante lo que le desagrada. Quien se inserta habilidosamente en la coyuntura también se da a la fuga.

El presidente se percata de la fibra esencial de nuestro tiempo: la furia antioligárquica. No es, por cierto, un fenómeno mexicano sino mundial. La rabia contra las élites define la política en todo el planeta y López Obrador entiende a la perfección esos resortes. Por eso su mensaje es tan persuasivo y lo es de modo tan profundo: su distancia de las élites y de sus viejos rituales es real. Representa una política cercana, accesible; radicalmente distinta a la previa. El presidente toca y abraza a los suyos. Se deja querer. Es querendón. Disfruta como nadie el horno de las multitudes. Lo que le resulta inaceptable es la aparición de un hecho que se rebele a sus deseos.

Al político perceptivo y sensible lo niega el político ideológico que ve el mundo como la elemental batalla del pueblo contra sus enemigos, los malditos neoliberales. En ese trazado épico se borra cualquier complejidad. El mundo pierde entonces su riqueza, su variedad, su coloratura para volverse tontamente binario. Una excusa para no pensar. Cuando la etiqueta neoliberal se fija a una persona, una idea, una institución, no hay nada más que hablar. Esa persona, esa idea, esa institución están podridas.

El político del que hablaba Isaiah Berlin comprendía, quizá instintivamente, el misterioso vínculo entre decisión y consecuencia; entendía los complejos resortes que atan al acto y el efecto. Pero el sentido de realidad de López Obrador es otro. Su voluntad lo es todo y el símbolo es lo que verdaderamente importa. La configuración detallada y precisa de las políticas termina siendo irrelevante frente a la seducción de lo imaginario. El voluntarismo, esa religión del deseo, termina siendo una negación de la realidad y de la responsabilidad.

Empapado de realidad, López Obrador, se fuga una y otra vez de ella.

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06, Mar 2019

Sembrar pájaros

Hay tiempo. Hay que darse tiempo. Ese era el consejo que Manuel Álvarez Bravo le daba a Graciela Iturbide, su achichincle. La fotografía llegará cuando sea su momento. No hay manera de planear una sorpresa. La paciencia ritual de la fotografía es cultivo de azar.

De esas sorpresas que el lente capta con esmero está hecha la exposición de Graciela Iturbide que se presenta en el Palacio de Iturbide. “Cuando habla la luz” es el nombre que se le ha dado a esta retrospectiva de más de cuarenta años de constancia artística. La exposición escapa del recorrido cronológico y de la ordenación geográfica para destacar los emblemas de su perseverancia. Juan Rafael Coronel, el curador de la muestra, propone un viajes a través de veinte interrogantes: el autorretrato y el reflejo; la muerte y lo sagrado; las máscaras, los recuerdos y la premonición; los alfabetos y las geometrías.

El espejo es la primera estación del recorrido. No son muchas las fotografías en las que Graciela Iturbide se mira, pero sus autorretratos deberán reconocerse como una de las autoexploraciones más profundas en el arte mexicano contemporáneo. El rostro de la artista con incrustaciones de otras vidas. Dos pájaros muertos sobre sus ojos. Un pescado sobre la boca, brillando en el atardecer del campo. Una familia de caracoles caminando sobre la cara, los hombros y los brazos. Y esas víboras negras que salen de su boca. El misterio del sueño se asienta en cada una de las fotografías de Graciela Iturbide.

Dije espejo y habré dicho mal porque la fotografía no es testimonio, es transfiguración. El mundo es otro tras el lente de la cámara. “La fotografía no es la realidad”, ha dicho ella. La cámara interviene y sublima. Sus series de Juchitán y de la India, sus hombres del desierto y de la playa son apariciones que en nada se acercan al catálogo antropológico. Su mirada no es la del estudioso que mira con respeto tal vez, pero con distancia al otro. La mirada de Graciela Iturbide es la de la identificación, la de la complicidad. Su naturaleza convalece, se duele. Cactus en recuperación, piernas postizas, palmeras en terapia. Son sus pies los que se asoman en la tina de Frida Kahlo.

La cámara también sorprende. Renuente a emplear cámaras digitales, la imagen es un misterio hasta que ha sido revelada. Y aún entonces, el misterio permanece. ¿Qué significa esa luz? ¿Qué esconden las sombras? Una de sus fotografías más famosas, “La mujer ángel”, que tomó en Sonora en 1979, captura a una mujer seri que camina con prisa por el desierto, cargando su radio grabadora en el monte. La vemos de espaldas, ante la inmensidad del desierto. Una imagen poderosísima. Graciela Iturbide no recordaba haber tomado esa imagen. La descubrió hasta que le enseñó los contactos a Pablo Ortiz Monasterio. Regalos del azar. Si el fotógrafo rehace el mundo, la fotografía lo rehace a él.

No recuerda todo el sueño, pero sí una frase que un hombre pronuncia: “En mi tierra sembraré pájaros”. Premonición de una estampa que llegaría después: un hombre como el del sueño, dedicado a cultivar alas y esparcir por la tierra, semillas para el vuelo. Los pájaros aparecen en muchos módulos de la exposición. Son el cuerpo del sacrificio, el anuncio de la muerte, la libertad de los árboles. Graciela Iturbide recuerda una reflexión de San Juan de la Cruz sobre la soledad de las aves y el espíritu contemplativo. “Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha de tener el alma contemplativa: que se ha de subir sobre las cosas transitorias, no haciendo más caso de ellas que si no fuesen; y ha de ser tan amiga de la soledad y silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de poner el pico al aire del Espíritu Santo, correspondiendo a sus inspiraciones, para que, haciéndolo así, se haga más digna de su compañía; no ha de tener determinado color, no teniendo determinación en ninguna cosa, sino en lo que es voluntad de Dios; ha de cantar suavemente en la contemplación y amor de su Esposo.”

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04, Mar 2019

El poder ante la nada

No hay más brújula que la presidencial. No hay en el país otro instrumento de orientación pública. Todos nos ubicamos en el espacio a partir de las señales que de ahí surgen. Todos viéndolo a él. Escuchándolo a él. Alabándolo o condenándolo. Reaccionando a lo que él dice y deja de decir. Sus ceremonias son, sin duda, eficaces: el presidente es el único generador de sentido. Ahí el norte y sur, el pro y el contra.

Su presencia es abrumadora. Todos los días se hace sentir su poder. Más que como poder de decisión se presenta como un poder de fabulación: el presidente convertido en el gran narrador que todas las mañanas nos relata el cuento que somos. El poder se ubica en la voz de un hombre que no ha guardado silencio un solo minuto. El presidente habla y parece que solo el presidente tiene voz. Si alguno de los suyos habla es bajo la severa vigilancia del presidente. Al hablar, sus ministros sienten la respiración del jefe en el cuello. Sin descanso, la voz presidencial denuncia los horrores del pasado y celebra las maravillas del futuro inminente. Anuncia programas, aplaude la nueva era de México, señala a los traidores, da consejos de crianza, predica, extrae lecciones de la historia, insulta, se burla de los otros y los consuela. Todos los días, la voz del presidente. Y frente a esa voz, la nada.

De esa nada hay que hablar. De la nada en que se convirtió la oposición desde julio. De la nada que nada ha entendido desde entonces. De esa nada que hoy nada propone. De la nada que se empeña en ser menos.

El vacío de la oposición es la marca más preocupante de la nueva política. El problema que enfrentamos no es la aparición de un gobierno mayoritario. Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de la legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. La formación de un gobierno mayoritario permite escapar de la política de los vetos, esa que con tanta facilidad se convierte en política de atascos, extorsiones y complicidades. Pero aún un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que se prepare para el relevo. Una oposición atenta, capaz de ofrecer alternativa y dispuesta a señalar errores y abusos. Una opción que exponga a la opinión pública otra manera de entender la política, que ofrezca otro relato, que dibuje otra posibilidad.

No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No hay oposición que vigile, que explique, que cuestione, que destape y que critique. No se escucha la voz de las oposiciones y si aparece de pronto, resulta irrelevante. Las minorías siguen, al parecer, lamiéndose las heridas de julio. Saben bien que, en buena medida, se provocaron su propia desgracia y no se atreven a afrontar su propia crítica. Quisieran pasar página, pero no podrán hacerlo si no encaran la responsabilidad que les corresponde. Por ello no pueden levantar la cabeza. Por ello siguen pasmadas. Despistadas y disminuidas, se esconden en sus sótanos. La única esperanza que tienen es llegar a cosechar el error de los otros. No encuentran más palabra que el lugar común. La frase gastada, el lema hueco. Temen el aire libre, les aterra el futuro. Continúan pagando la cuenta de sus despropósitos y no logran dar el salto al presente. Las oposiciones saben bien que los votos no solamente les quitaron poder. La derrota de julio no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de sobrevivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Lo cierto es que murió el sistema de partidos. Murieron los defectuosos equilibrios de la transición. Tenemos frente a nosotros a una nueva mayoría con ambición hegemónica. Una situación de partidos que, por imbatible que parezca ahora, no podemos dar por consolidada.

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25, Feb 2019

El destello del Congreso

La política mexicana dio un giro insospechado. Hace unos días el Senado abrió una puerta al diálogo. El legislativo interrumpió el soliloquio del nuevo presidencialismo para hacernos recordar que ni la elección más enfática puede borrar la pluralidad mexicana. Es importante apreciar el sentido de la sorpresa, las condiciones que la hicieron posible y las perspectivas que abre para el futuro inmediato.

El acuerdo del Senado que modifica sustancialmente la propuesta que el Ejecutivo hizo para configurar la Guardia Nacional, recupera para la legislatura un papel que parecía eclipsarse en los tiempos de la mayoría aplastante. A pesar de la insistencia presidencial, a pesar de las amenazas que se escucharon a la víspera de la votación, eso que llamamos “cámara alta” supo escuchar las inconformidades y logró un consenso sorprendente para impedir la consagración militar. Lo han reconocido los críticos más enérgicos de la propuesta original. El Senado escuchó, las oposiciones se coordinaron estratégicamente, las organizaciones aportaron propuestas razonables. Nadie fue arrollado, nadie fue ignorado. Todos los senadores dieron su respaldo a un documento de consenso auténtico.

No celebro la unanimidad. No suele ser la conformidad absoluta señal de salud democrática. Lo que vale reconocer en este caso no son los votos, sino el proceso de deliberación parlamentaria. Más allá de lo importante que es para la causa de los derechos el haber impedido (por el momento) la constitucionalización del militarismo como buscaba el presidente López Obrador, la intervención del Senado es muestra de que otra política es posible. Una política que reconozca la aportación de los conocedores, que aprecie el valor la crítica y el mérito del diálogo. Es estimulante el proceso reciente. El Senado abrió las puertas a los sospechosos y todos salimos ganando. Quienes reciben cotidianamente el insulto matinal del presidente fueron los arquitectos del pacto en el Senado. Especialistas, organizaciones no gubernamentales, representantes de la sociedad civil, escépticos y críticos de la “Cuarta Transformación,” opositores. A ellos debemos la modificación de una iniciativa que ya había sido aprobada por la Cámara de Diputados. A los machuchones, a los fifís, a los hipócritas conservadores, pues, debemos la sorpresa de la enmienda. Lo que es digno de registrar es que, al parecer, no se extendió por los pasillos de la asamblea la peste de la reacción. Se escuchó a los expertos y nadie se contagió de elitismo antinacional. Se atendió a las organizaciones sociales y no se tiene registro aún de que el conservadurismo se haya propagado. La lección para el nuevo régimen podría ser valiosa: los otros tienen algo que decir.

La sorpresa de la semana pasada no hará verano. Una reforma constitucional exige un acuerdo extraordinario. Lo excepcional y lo digno de ser reconocido en este caso es que, en primer lugar, la mayoría en el Senado estuvo dispuesta a escuchar a los críticos de la iniciativa presidencial y que, en segundo lugar, las oposiciones lograron mantener un frente común que no era un simple rechazo, sino una activa disposición a encontrar un acuerdo. Observamos el compromiso de legislar en pluralismo. La siguiente prueba será tan importante como ésta: el nombramiento de la futura ministra de la Suprema Corte de Justicia. La mayoría calificada que es necesaria para aprobar el nombramiento, vuelve a darle un papel protagónico a las oposiciones. Ninguna de las abogadas que han sido propuestas por el Ejecutivo tiene la necesaria distancia personal y política del presidente para cumplir con las tareas de un juez constitucional. Esperemos que la experiencia de la Guardia Nacional sirva para proteger la autonomía y la dignidad del último órgano del Estado y rechazar la terna enviada por el presidente.

El proceso senatorial deja, a mi entender, una enseñanza clara: la navaja del populismo que corta en dos al país es, no solamente nociva sino absurda. Un país complejo no puede ser gobernado con el maniqueísmo de esa epopeya del Pueblo bueno contra los siniestros mafiosos. En el Senado se rompió la estampa del populismo. Se nos presentó con claridad y elocuencia la estampa contraria: la de la pluralidad.

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20, Feb 2019

Oliver Sacks contra el Iphone

Cuando Oliver Sacks supo que tenía el cáncer que habría de matarlo, sintió la urgencia de escribir. Aprovechar los últimos momentos de la vida para dejar constancia de sus descubrimientos, de sus ideas, de sus recuerdos y, sobre todo, de su gratitud. Un pódcast de Radio Lab registra esta batalla de la escritura contra el tiempo, con una intimidad inigualable. Bill Hayes, su pareja, tomó la grabadora y empezó a capturar sus palabras y sus murmullos. Gracias a ella se le puede escuchar hablando y riendo. Preparándose para el hospital, recuperándose de las golpizas del tratamiento, disfrutando los breves pero intensos episodios de recuperación. En el pódcast podemos escucharlo mientras escribe. Se puede oír la tinta deslizándose sobre el papel, su voz empezando una línea y ensayando palabras para un parrafo hasta encontrar la perfecta. El sonido de las hojas que se acumulan y la cadencia de una frase que encuentra melodía.


Puede escucharse en la emisión su lectura del conmovedor ensayo que el New York Times publicó un par de semanas antes de su muerte. El neurólogo recordaba ahí la reacción de su madre al enterarse que era homosexual. Al leer lo que acaba de escribir, la voz del viejo se quiebra al recordar al muchacho de 18 que escucha a su madre decirle: “Eres una abominación. ¡Cómo quisiera que no hubieras nacido.”

De ese último impulso de escritura proviene el ensayito que acaba de publicar el New Yorker . Se trata de una nota pesimista ante el futuro. Al doctor no le preocupaba el cambio del clima, el terrorismo, los odios de la política. Le preocupaba la cajita que tenemos todo el tiempo en la mano y de la que no podemos separarnos un instante. La caja de luces y sonidos que nos sirve para comunicarnos pero que en realidad nos encapsula y nos aparta del mundo. Escribía contra la caja que nos ha secuestrado: el Iphone. No toleraba esos juguetes que esclavizan. Bill Hayes cuenta que el departamento de Sacks era la isla de otro tiempo. No había computadora ni wifi. Le parecía claro que, para escribir, nada mejor se había inventado después de la pluma fuente.

En el artículo que publica el semanario habla del horror que sentía al ver ríos de personas mirando sus teléfonos e indiferentes a lo que pasaba afuera de las pantallas. Parejas que no se miran, padres que ignoran a sus hijos para ser fieles al incesante bombardeo de banalidad. Si el futuro le preocupaba era precisamente por el efecto embrutecedor de esa adicción tecnológica. Lo que temo, decía Sacks, es que el estímulo perpetuo de estos juguetes nos aparte irremediablemente. Que olvidemos nuestro sitio en el tiempo, que despreciemos el contacto con los otros, con la naturaleza, con la cultura. El neurólogo intuía una gravísima enfermedad colectiva: el ser humano convertido en un simple receptor de sensaciones efímeras. Se trataba a su juicio de una gigantesca catástrofe neurológica. Seremos el imbécil que sólo reacciona a los foquitos de un juguete.

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18, Feb 2019

La lista

A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. “Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares.” Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron “inmoralmente.” Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

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