30, dic 2015

Sufjan Stevens, The BQE

 

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30, dic 2015

Carrie & Lowell

El nuevo disco de Sufjan Stevens lleva como título el nombre de su madre y su padrastro: Carrie & Lowell. Ella, bipolar, esquizofrénica, adicta a las drogas y al alcohol, abandonó a sus hijos cuando el menor tenía un año. Él, su padrasto durante cinco años. Es ese matrimonio el que abrió, brevemente la relación de Sufjan con su madre. Tres veranos en los que, gracias al Lowell madre e hijos pudieron convivir. Después de la separación el contacto fue mínimo, hasta que aparecieron el cáncer y la muerte. Sufjan volvió a ver a su madre tumbada en una cama, atada a tubos y pinchada por agujas. El album es un canto fantasmal a esos recuerdos que enredan amor, dolor, tristeza. Emociones que no pueden ser más que confusión. Un lamento, una despedida, una reconciliación. No hay tambores, ni orquestas. Tras la aparente sencillez, voces espectrales. Apenas el sonido de cuerdas que salen de la garganta, una guitarra, un ukulele o un piano. Algunas pistas se grabaron en el iphone que atrapó su primera versión.

Es la agonía y la muerte de su madre la que da origen a este trabajo que Stevens describe como ajeno al arte. “Esto no es mi proyecto artístico. Es mi vida,” dijo en una entrevista reciente. Para un músico de profunda sensibilidad religiosa, la nostalgia se convierte en una peregrinación: un viaje por la aflicción hasta llegar a la luz. En sus canciones se juega con la autodestrucción, se evoca la ausencia, se coquetea con los excesos, se siente la pérdida, y se contempla el vacío. Musicalmente escueto, puede recordar a Brian Eno, a Bob Dylan, a Leonard Cohen. En una obra comisionada en el 2007 por la Brooklyn Academy of Music que retrata la ciudad pueden escucharse ecos de Steven Reich, de Philip Glass y tal vez de Gershwin.

En este disco, el más personal de todos los suyos, es mezcla de recuerdos y mitología que atraviesan el remordimiento por la carta nunca escrita, la desconexión de relaciones vacías, la seducción de la propia muerte.

Alma de mi silencio: puedo oírte
pero temo estar cerca de ti
y no sé por dónde comenzar…

Sufjan Stevens no sabe por dónde comenzar y por ahí comienza el disco. La travesía por el dolor resulta un murmullo de preguntas: ¿importa si sobrevivo?, ¿cómo sucedió todo esto?, ¿qué sentido tiene cantar si nadie te escucha?, ¿cómo viviré con tu fantasma?, ¿debo arrancarme los ojos? La música termina siendo el espacio del encuentro, la reconciliación, el perdón.

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28, dic 2015

La gran utopía

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La pieza que recibe al visitante es el mejor epígrafe que pudo encontrarse a la admirable exposición de la vanguardia rusa en Bellas Artes. Se trata de una maqueta de buen tamaño de la Torre de Tatlin, que habría de ser la más alta construcción del mundo. Una estructura de hierro, acero y cristal envolviendo tres enormes piezas giratorias: la inferior alojaría al Komintern, en la segunda estarían las oficinas de su comité central y en la tercera se abriría un museo para mostrar las maravillas de la Revolución. Cada bloque daría la vuelta a su órbita, como globos celestes. El monumento a la revolución mundial sintonizaba la historia con el cosmos y el subsuelo. Revolución: regreso al origen; reinicio, reinvención del tiempo.

El monumento fija el tono de esta extraordinaria ráfaga de arte de la Rusia al comienzo del siglo XX porque muestra su ambición y su imposibilidad. Capta a la perfección el ideal e insinúa la tragedia. La torre no se construyó nunca. No había en Rusia hierro suficiente para tal enormidad. La desmesura quedó en proyecto: trazo y maqueta. Se trata, seguramente, del edificio inexistente más influyente del siglo XX. Robert Hughes, en El impacto de lo nuevo, cree que es el monumento perfecto a la idea irrealizable: el mejor emblema de la utopía. La exposición que se presenta en el museo de Bellas Artes es un acontecimiento. Reúne piezas emblemáticas de la vastísima exploración estética e intelectual en Rusia, desde los últimos años del zarismo a los primeros años de Stalin. Más que de una corriente unificadora, bajo el nombre puntiagudo de “vanguardia” se nombran una multitud de corrientes que aspiraron a rehacer el arte, la cultura, el mundo. Si hay algo que las acerca es la negación, un afán crítico que es abiertamente destructivo. “En nombre de nuestro amanecer –escribió el poeta Kirillov en 1918– quemaremos los Raphaeles, destruiremos los museos, pisotearemos las flores del arte.” Destruir la academia era necesario para “respirar otra belleza”. Bajar los cuadros de los museos y poner, en su lugar, el decorado de las balas, agregó Maiakovski. Octavio Paz notó la paradoja: esa vanguardia que quiso incendiar los museos se convirtió en arte de museo. “Las vanguardias –dijo en una conferencia de 1994– se dispersaron y se disiparon, pero enriquecieron nuestra época con creaciones deslumbrantes. Son la otra cara, la luminosa, del sombrío siglo XX.”

El artículo completo puede leerse en Letras libres…

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16, dic 2015

Los libros del año para los colaboradores del New Yorker…

Los colaboradores del New Yorker han seleccionado los libros que más han disfrutado este año. Aquí algunos de ellos y por acá la lista completa.

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16, dic 2015

Atajos y rodeos

Atajos

El poeta venezolano Eugenio Montejo escribió un poema recogido en su Fábula del escriba (Pretextos, 2006) donde lamentaba la vida de los pájaros en la ciudad. Pobres aves: asfalto, vidrio, cables alteraban su paisaje natural. Julio Trujillo escribió una réplica. Mutan los pájaros en las ciudades y se adaptan prodigiosamente. Esas palomas cuyo color ya no podemos identificar, son ratas aladas que se alimentan de las ruinas que producimos, tercamente.

Se adapta bien el pájaro y es cínico:
¿no te das cuenta que tu mano cursi,
de la que come sin rubor,
fue adiestrada por él discretamente?

Toda metrópoli, además, se desmorona:
es un festín de migas.
Un pájaro es un bicho,
todos somos,
tenemos lo que hay
–y seguimos volando.

En esas líneas puede encontrarse la clave de las crónicas que Julio Trujillo escribió semanalmente en el diario La razón paseando la ciudad de México. Somos, como esos pájaros, mutantes alimentados de las migajas que produce la aglomeración. El título del libro, Atajos y rodeos (Cal y Arena, 2015), viene de un poema que Bernardo de Balbuena le escribió, desde muy lejos, a la ciudad. El atajo de uno es el rodeo de otro, dice Julio Trujillo adivinando en el viejo poema el atasco de nuestras calles. Lo leo distinto. El atajo es el camino del que lleva prisa, el rodeo es el camino de quien no quiere arribar. Tomamos el atajo más feos o el más peligroso para llegar lo antes posible. Damos rodeos porque disfrutamos perdernos, porque el camino a veces es preferible a la reunión. La ruta y el paseo. Las dos aventuras están en estas crónicas pero prevalece, por supuesto, el gozo del paseante.

El recorrido de estas notas empieza con una pista cualquiera. Puede ser la pregrinación a una cantina o la búsqueda de una mojarra para la tarea de Santiago; puede ser la conversación del taxi, una nota en el diario de la mañana o la tala de un árbol. El cronista observa, escucha, indaga, medita. ¿Qué es un tope? “El punto cero de la civilización. Son embriones de muros, y nada hay más indignante que esos límites concretos levantados ante el fracaso de la política, es decir, de la conversación.”

No le han faltado cronistas a la ciudad de México. Dialogando con una tradición venerable, el cuaderno tiene una frescura peculiar. Es el asombro del poeta lo que distingue este libro de sus muchos predecesores. Lejos de la sociología urbana, el cazador de instantáneas sabe que la ciudad encarna en una torta, en un árbol masacrado, en las guerras del claxon. Estas notas, llenas de información, inteligencia y buen humor, son una celebración creíble de la ciudad. Escritura siempre gozosa. Alfonso Reyes terminó tosiendo con el polvo de aquella ciudad transparente. ¿qué le hicieron a mi alto valle metafísico?, preguntó en su palinodia. Eduardo Lizalde replicó al homenaje de Balbuena con un lamento:

Vengamos mal y tarde,
tenochcas
la afrenta de nuestros destructores.

Julio Trujillo no suelta ahí la pluma para documentar, como tantos otros, nuestra irremediable catástrofe. Es posible que la ciudad merezca todos los insultos y sin embargo, acá andamos: “aquí seguimos nosotros, pájaros de la urbe, volando bajo pero descubriendo rincones respirables, verdes que no han muerto, árboles que no han desaparecido.”

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12, dic 2015

Mejores libros del arte (según The Guardian)


                                   
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10, dic 2015

Los mejores libros del 2015 para el Economist

La lista completa, aquí.

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09, dic 2015

Arvo Pärt a la Virgen de Guadalupe

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07, dic 2015

Palo de lluvia

Seamus Heaney

Voltea el palo de lluvia y lo que pasa
Es una música que nunca imaginaste
En los oídos. En un tallo de cactus,

Aguacero, embestida a la esclusa, derrame,
Resaca. Y como si el agua tocara la gaita
Te quedas quieto: lo mueves otro poco

Y un diminuendo corre por todas las escalas
Como una coladera que dejara de gotear. Y viene
De nuevo, un salpicar de gotas desde las hojas frescas;

Luego, perlas sutiles sobre pasto y margaritas;
Luego, briznas esplendorosas, casi alientos de aire.
Voltéalo para el otro lado. Lo que pasa

No sufre merma por haber pasado ya
Una, dos, diez, mil veces antes.
¿Qué más da si toda la música que rezuma

Es caída de arena o semillas secas por un cactus?
Eres el hombre rico que entra al cielo
Por el oído de una gota de lluvia. Oye, óyela de nuevo.

Traducción de Pura López Colomé,
en Seamus Heaney, Obra reunida, publicada por Trilce Editores.

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06, dic 2015

Los mejores libros del 2015 para el NYT

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04, dic 2015

Postcript, de Seamus Heaney

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02, dic 2015

Encantamiento

Czeslaw Milosz

La razón humana es bella e invencible.
No hay reja, alambre de púas, pulpa de libros,
Sentencia de destierro que prevalezcan en su contra.
Establece en el lenguaje las ideas universales
Y nos lleva la mano al escribir Verdad y Justicia
Con mayúsculas, mentira y opresión con minúsculas.
Pone lo que debe ser por encima de las cosas como son,
Es enemiga de la desesperación y amiga de la esperanza.
No distingue al judío del griego o al esclavo del amo,
Nos deja en resguardo los bienes del mundo.
Salva a las frases austeras y transparentes
Del sucio desacuerdo de las palabras torturadas.
Dice que todo es nuevo bajo el sol.
Abre el gélido puño del pasado.
Bellas y muy jóvenes son Filosofía
Y Poesía, su aliada al servicio del bien.
Sólo ayer Naturaleza celebró su nacimiento.
La noticia llegó hasta las montañas
Por vía del unicornio y del eco.
Su amistad será gloriosa: sin límites, su tiempo.
Sus enemigos se han entregado a la destrucción

 

Traducción de Pura López Colomé

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02, dic 2015

Pinsky lee el encantamiento de Milosz

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02, dic 2015

Goya: Don Quijote acosado por monstruos

11._Don_Quijote_acosado_por_monstruos

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02, dic 2015

Ser lector

Hace cuatro años, Fernando Escalante ponía el dedo en los antipáticos alardes de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Su publicidad, más que una invitación a la visita era una pose. Era el engreimiento de ser lector. “Somos lectores” se lee en todos los carteles de la Feria. Nosotros sí, se entiende, y ustedes no. Lo que irritaba a Escalante era el exhibicionismo de escritores y burócratas culturales que pretenden hacer de la cultura algo heroico que los debe situar en el centro de la vida pública. Beatería en torno a la lectura, decía él. Coincido en que la FIL pertenece a la sociedad del espectáculo antes que a la república de las letras, aunque creo que entre el circo se asoma, de pronto, el foro.

Vale la vanidad de los letreros para preguntarnos qué significa ser lector. Alberto Manguel ofrece tres imágenes para responder a la pregunta. Sus estampas son ambivalentes: describen la curiosidad pero también una fuga; una sensatez y una demencia; una herramienta y alguna amputación. En un hermoso libro que el Fondo de Cultura Económica publicó en 2014 detecta las metáforas que, a lo largo de los siglos, han servido para comprender a ese personaje que se entrega al desciframiento de los textos. El lector como viajero, el lector como aquel que se trepa a la torre para fugarse del mundo, el lector como el ratón de una biblioteca.

Leer es viajar por un texto, recorrer sus líneas, andar párrafos, páginas, capítulos como si atravesara una ciudad, un bosque. Una aventura que tiene un punto de partida y una llegada. Viajes que, en realidad, conducen a uno mismo. El viaje de la lectura, dice Cees Nooteboom, es una manera más rica de estar en casa, “con uno mismo.” Si el viajero es un peregrino, viaja al encuentro de sí mismo. El sendero del lector solía ser un viaje solitario, concentrado, silencioso. ¿Cómo puede emprenderse hoy ese viaje si nos gobierna el furor por conectarnos? Nuestra lectura tiende a ser ahora asomo al mundo exterior, vistazo, no recorrido. Habrá que aprender a leer de nuevo, sugiere Manguel: viajar de veras para poder regresar con lo que hemos leído.

El lector es también una torre que se eleva y se aparta del suelo. Su exigencia elemental es construirse un ámbito elemental de privacidad. Qué miserable, decía Montaigne, es quien no tiene en casa un lugar donde estar a solas, un lugar donde esconderse del mundo. Ese espacio de soledad es el sitio de la lectura. Leer para escapar de las tareas de la casa y de la calle. La torre es vista no solamente como muralla que aparta del ruido, sino también como el beneplácito a la inacción. El lector se convierte, como aquel príncipe danés, en un sujeto paralizado por el pensamiento.

La lectura puede ser también tragona, devoradora de incautos y devotos. El lector termina tragado por las páginas que lo envuelven. El amante de las letras puede resultar, entonces, su víctima. De tanto leer, perder el jucio. Este es el “necio de los libros”, el coleccionista de historias que deja de percibir la diferencia entre literatura y vida. El lector como un loco. Una larva atrapada por hojas de papel, mutilada de extremidades y sentidos.

El lector: viajero o recluso, sabio o loco. Ser lector, diríamos con Manguel es una forma de ser humano, de estar en el mundo, de conocernos.

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