21, oct 2015

El Guggenheim para ti solito…

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21, oct 2015

De felicidad y comida

Al evocar a su amigo Mark Strand, que acababa de morir en noviembre de 2014, Charles Simic recordó una aventura de juventud. Juntos iniciarían un movimiento literario dedicado a celebrar la comida. En sus lecturas de poesía se habían percatado que, cada vez que se mencionaba un platillo en algún poema, el auditorio sonreía. El efecto era inmediato. Hablar del paso tiempo y detenerse de pronto en un caldo de pollo alegraba el rostro de todo mundo. Decidieron así fundar un movimiento al que bautizaron “Poesía gastronómica.” El compromiso de sus militanmtes era mencionar alguna delicia en cada poema. Fuera cual fuera el tema, habría que insertar una receta, un ingrediente, algún guiso. En un poema que Strand dedica a un asado al caldero puede encontrarse el manifiesto de aquel movimiento:

En estos tiempos
donde hay poco
que amar o alabar
no es quizás exagerado
rendirse al poder de los alimentos.

Los poetas coincidían que su oficioera un arte similar a la cocina. Se guisa con palabras o con cebollas. Usar lo que hay en casa para darle encanto y compartirlo con los amigos. Toques de sutileza que vienen de una larga experiencia o que surgen de una súbita inspiración. Después de una cena que había preparado Strand, éste le confesó a Simic: “Creo que esta noche no le puse suficiente queso al risotto.” Simic estuvo de acuerdo, aunque no se había dado cuenta hasta que Strand lo notó. Eso es lo que nos sucede al escribir, añadió Simic. Muchas veces un poema, tal vez uno ya publicado, pide otra palabra para encontrar su punto o necesita deshacerse de una línea para aligerarse.

Alfonso Reyes dedicó sus Memorias de cocina y bodega a quienes pudieran apreciar el caso de Pierrette, una mujer que a los noventa y nueve años y once meses comía en su cama cuando sintió que llegaba su hora. Asustada, empezó a gritar: “Pronto, pronto, tráiganme el postre, que me voy a morir.” Que la buena comida y la tristeza son incompatibles lo ha demostrado Simic en un ensayo brillante. “Comida y felicidad,” se titula y puede leerse en El flautista en el pozo, la antología preparada por Rafael Vargas que publicó Cal y Arena hace unos años. El vino puede ponerlo a uno melancólico pero la comida “produce una felicidad instantánea.” En sus recuerdos aparece siempre el guiso legendario, la conversación que provoca una cena, el festejo alrededor de un platillo, el espectáculo de una charcutería, la filosofía que aprendió en la cocina de su tía.

Recuerdo mejor los platos que he comido que las ideas que he pensado, dice. Las musas auténticas son cocineras. Por ello el propio Reyes encontraba una metafísica en aquella cocinera que guardaba una taza del caldo del día anterior para fundirlo en la sopa del día. Tal vez no habrá arpas ni nubes en el paraíso de Simic pero habrá, sin duda, una olla de frijoles cociéndose en la estufa. No estará solo: la conversación, es decir, la amistad es la compañía natural de una mesa bien servida.

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20, oct 2015

Camisa

Robert Pinsky

La espalda, el canesú, la tela. Costuras ocultas,
las puntadas casi invisibles a lo largo del cuello
dadas en un taller clandestino por coreanos o malayos

chismeando mientras toman el té y los tallarines en su descanso
o hablando de dinero o de política mientras uno de ellos ajustaba
esta sisa con su borde planchado a la banda

del puño que me abotono en la muñeca. El planchador, el cortador,
el escurridor, el rodillo. La aguja, el sindicato,
el pedal, la bobina. El protocolo. El fuego infame

en la Fábrica Triangle en mil novecientos once.
Ciento cuarenta y seis murieron entre las llamas
en la novena planta, sin extintores, sin salidas de incendio–

El testigo del edificio de enfrente
que viera cómo un hombre joven ayudó a salir a una muchacha
al alféizar de la ventana, luego la levantó

por encima de la pared de mampostería y la dejó caer.
Y luego a otra. Como si las estuviera ayudando
a subir a un tranvía, y no a la eternidad.

Una tercera antes de que él la soltara le puso los brazos
alrededor del cuello y lo besó. Entonces él la sostuvo
en el espacio y la dejó caer. Casi al mismo tiempo

salió él mismo al alféizar, su chaqueta flameó
y ondeó sobre la camisa mientras bajaba,
se llenaron de aire las perneras de sus pantalones grises–

Como la “camisa chillona que se hincha” del lunático de Hart Crane.
Maravilloso cómo el estampado combina perfectamente
a lo ancho de la solapa y sobre los remates gemelos de las

esquinas de los dos bolsillos, como una rima estricta
o un acorde mayor. Estampados, telas escocesas, cuadros,
pata de gallo, cuadros Tattersall, cuadros de Madrás. Los tartanes de los clanes

inventados por los propietarios de los molinos inspirados por el engaño de Ossian,
para controlar a sus salvajes trabajadores escoceses, amansados
por la heráldica inventada: MacGregor,

Bailey, MacMartin. La falda escocesa, concebida para que los trabajadores
la llevaran entre el polvoriento traqueteo de los telares.
Tejedores, cardadores, hilanderos. El cargador,

el estibador, el peón. El sembrador, el recolector, la clasificadora
sudando en su máquina sobre un lecho de algodón
como esclavos con turbantes de percal sudados en los campos:

George Herbert, tu descendiente es una Dama
Negra de Carolina del Sur, su nombre es Irma
y ella inspeccionó mi camisa. Su color y forma

y tacto y su olor limpio nos convencieron
a ella y a mí. Consideramos su precio y su calidad
hasta los botones de hueso falso,

los ojales, la talla, la entretela, las letras
impresas en negro en la tirilla y los faldones. La hechura,
la etiqueta, el trabajo, el color, el tono. La camisa.

Traducción de Inmaculada Pérez Parra,
publicada en Letras libres, agosto de 2013

Aquí puede encontrarse una “visualización” del poema producida por el Nantucket Poetry Project:

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19, oct 2015

Hitchcock en Kubrick

Visto en openculture

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19, oct 2015

Marina Tsvetaeva: yo no soy una poeta rusa

Yo no soy una poeta rusa y me siento siempre desconcertada cuando me consideran tal o me llaman de tal modo. Te conviertes en poeta (¡si acaso es posible convertirse en él, si no se es – de nacimiento!), para no ser francés, ruso y demás, para ser – todos. En otras palabras: eres poeta porque no eres francés. La nacionalidad es in y ex-clusión. Orfeo hace estallar la nacionalidad o ensancha sus fronteras a tal punto que todos (pasados y presentes) son incluidos en ella. ¡Orfeo no puede ser alemán! ¡Ni ruso!

En Cartas del verano 1926, de Boris Pasternak, Marina Tsvetaeva, Rainer Maria Rilke, Editorial minúscula, 2012traducción de Selma Ancira.

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15, oct 2015

Ashkenazy tras los pasos de Sibelius

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15, oct 2015

Amartya Sen: La democracia india y la justicia

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Amartya Sen ha publicado recientemente El país de los primeros niños, un conjunto de reflexiones sobre la libertad, el hambre, la democracia y la justicia en su país. Aquí puede leerse un extracto del libro. La democracia habrá sido capaz de eliminar las hambrunas pero ha sido muy torpe para solucionar otros problemas. El acercamiento a la justicia, la paulatina disminución de las arbitrariedades es esencial, sostiene, para la práctica democrática

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14, oct 2015

Brendel tocando el Andantino de Schubert

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14, oct 2015

Copla

Pedro Lastra

Dolor de no ver juntos
lo que ves en tus sueños

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13, oct 2015

Steven Lukes sobre el poder

Steven Lukes participa aquí en el estupendo podcast Philosophy Bites explicando su idea del poder:


Los editores de Philosophy Bites sugieren estos libros del autor:

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07, oct 2015

Leonard Bernstein presenta a Yo-Yo Ma con Kennedy

Vía 

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07, oct 2015

La escritura de la cara

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Era panzón y mal vestido, los ojos saltones, las cuevas de la nariz abriéndose enormes hacia el frente, muy gordos los labios. El fisiognomista ateniese más famoso fue llamado a dar un juicio sobre el hombre que tenía delante. Zopiro, el médico, dio rápidamente su diagnóstico: éste tenía que ser un hombre “estúpido, brutal, voluptuoso y dado a la ebriedad.” Era Sócrates, mártir del conocimiento y la virtud. La anécdota la cuenta Francisco González Crussi para advertir la torpeza de esa disciplina que pretende ligar los rasgos físicos a las cualidades morales. Caras vemos…

Escribo fisiognomía para distinguirla, como lo hace González Crussí, de la fisonomía. La vieja fisiognomía hacía más que un diagnóstico al registrar el tono de la piel y las proporciones del rostro: retrataba moralmente a la persona. En El rostro y el alma (Debate, 2014), su libro más reciente, el patólogo vuelve a las artes de la antigua fisiognomía, esa “ciencia” cuyo propósito era descubrir los secretos que esconden los asgos exteriores del hombre. La cara vista como un jeroglífico, como oráculo. Quien sepa ver, observará pasiones insinuadas en una nariz, vicios que la desmesura de los pómulos anuncian, certificados de sensatez en una mirada. Desde luego, al reconstruir esa tradición, González Crussí no pretende atar la personalidad moral a nuestros rasgos exteriores. Invita a vernos en el espejo, a ver con atención a los otros rehabilitando las viejas artes de la observación. “El rostro con que venimos al mundo, escribe, es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino.”

La belleza y la fealdad son el primer impuesto de la casualidad genética. Nadie diría que son azares irrelevantes. Toda cultura ha tendido a repartir premios y castigos de acuerdo a la apariencia. El prejuicio no escapa ni a los dioses. En la Biblia abundan los pasajes que expresan una manía contra la fealdad. La deformidad es vista como el producto de la ira divina. Y al mismo tiempo, la belleza no está libre de cargas. Breve tiranía, la llamó Sócrates.

En el origen de la fisiognomía está la imagen de nuestro doblez: somos una cáscara visible y un interior secreto. Mostramos piel y escondemos pensamiento. Habrá, sin embargo, un puente entre esos mundos: las conmociones interiores harán surcos en el exterior hasta volverse gestos, pliegues, arrugas. De ahí la idea de examinar su correspondencia y apreciar la relación entre cuerpo y alma.

González Crussí es, sin duda, uno de nuestros grandes ensayistas. Un escritor que ha podido convertir su ciencia en literatura. En su obra, escrita con tanta fluidez en inglés como en español, resplandece la figura del médico como el observador privilegiado de la vida, la figura del escritor que medita sobre las experiencias esenciales: el nacimiento, el dolor, la muerte, el deseo. Los libros del patólogo son una feliz mezcla de experiencia profesional, lectura y buena prosa. En su libro más reciente reconstruye la historia cultural del rostro. La cara como una riquísima mina de mitos, metáforas, supersticiones, manías. El historiador de la medicina sabe de ligamentos y de tejidos pero no son esos conocimientos de los que se sirve para leer las alusiones de la piel. En las páginas de González Crussí se puede brincar con naturalidad de un reporte científico a la poesía de Baudelaire y de antropología decimonónica a la mitología china.

Se insinúa una pregunta en el libro de González Crussí: si el rostro es escritura, si ofrecemos al mundo un mensaje sin palabras, si hablamos en silencio, ¿quién redacta nuestras facciones? ¿Logramos ser dueños de nuestro rostro o somos siempre esclavos de él?

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02, oct 2015

El vaciamiento democrático

La democracia mexicana podría tramitar ya su credencial de elector. Ya no puede hablarse de ella como una democracia niña. No es quinceañera, ya cumplió la mayoría de edad. Por supuesto, no es claro el día de la concepción (y a pocos importaría fecharla) pero sí el día de su nacimiento: 6 de julio de 1997. Es cierto que la gran fiesta se celebró tres años después, con la derrota del PRI y la victoria de Fox, en la elección presidencial. Pero el pluralismo se constituyó en el verano del 97 porque fue entonces cuando estableció sus contrapesos, cuando se alojó en el centro de las instituciones y terminó con el presidencialismo hegemónico. Esa elección rompió el cordón autoritario. Aquella presidencia, se sabe bien, controlaba todas las riendas del poder: la representación y el arbitraje, el resorte de las ambiciones y el látigo de las amenazas. Perdiendo el control del Congreso dejó de ser el amo para convertirse en un poder entre poderes.

La incertidumbre que se asocia al juego democrático aparecía bajo la luz del optimismo. El país se conducía claramente a la modernidad. La activación de la competencia habría de desencadenar una serie de efectos virtuosos. El Congreso actuaría como un foro de razones y un vigilante eficaz del gobierno. Se refundaría el federalismo para darle a la política local representación auténtica. Liberados de la amenaza gubernamental los medios se profesionalizarían para retratar la realidad y cuestionar al poder. La corrupción sería ejemplarmente castigada e iría arrinconándose bajo una atmósfera de exigencias. No sospechábamos un descenso en la barbarie, una tergiversación de los mecanismos de competencia, el vaciamiento de la democracia. A 18 años de la implantación institucional del pluralismo podemos decir que las funciones elementales de la democracia se han pervertido. Los partidos se mimetizan, los órganos de control se pervierten. Los medios se someten, callan, aceptan la verdad oficial. La ley es burlada. Y somos hoy más vulnerables que nunca a la trampa y al crimen.

El artículo completo  puede leerse en nexos…

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30, sep 2015

Ser humano

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28, sep 2015

Palabras sin música, de Philip Glass

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No hay muchos compositores de música clásica contemporánea de los cuales pudieran hacerse chistes como los que se hacen con Philip Glass.

Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass

La broma se la han gastado al propio músico. Cuando estrenó su Música en doce partes, una pieza que llega a durar cuatro horas, un amigo suyo le dijo: “Es preciosa. Me encantaría saber cómo van a sonar las siguientes once.” Poco después del estreno de Einstein on the beach se publicó una caricatura en The New Yorker. Unos exploradores en África asustados por los tambores de los aborígenes: “tambores golpeando incesantemente –dicen–, ¿será una nueva composición de Philip Glass?”. El compositor insistirá, por supuesto, que su música no es repetición sino variación, la sutil mudanza de los sonidos que emergen de la reiteración. Enjambre de variaciones. Otro era el juicio de John Cage: cada vez que escuchaba una pieza de Philip Glass, le decía: “Demasiadas notas, Philip. Demasiadas notas.” Una nota, se sabe, ya le parecía un exceso.

No hay monotonía en las memorias que ha publicado Glass recientemente. Palabras sin música es el título, un recorrido caprichoso de recuerdos que es, ante todo, un desfile de la gratitud. El músico se rinde ante el misterio de la composición pero reconoce puntualmente el camino de su aprendizaje. Desde la clases de flauta que sus padres financian con esfuerzo hasta las enseñanzas de su guía en París, la sabiduría de sus gurús, la tradición que absorbe de Ravi Shankar. Poetas y escultores, yoguis, amantes, pintores, dramaturgos, escenógrafos. Viajes, colores, atmósferas, ciudades. En su autorretrato, Glass no esculpe un homenaje a su genio. No es el prodigio que brilla desde niño sino un artista de poros abiertos favorecido por su entorno. Su música es el mejor testimonio de la fertilidad de los contagios: colaboración con intérpretes, aprendizaje de otras civilizaciones, aparición de la ciencia en el arte. Poesía, dramaturgia, danza, escultura, crítica política entrelazadas en las notas de sus partituras.

El artículo completo puede leerse aquí

 

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