02, Oct 2019

Dar forma a lo invisible

 Es curioso que el arte que se escucha sea encarnado frecuentemente por alguien a quien no se puede oír. Un personaje que, al finalizar la función, acepta el aplauso, a pesar de haber permanecido en silencio durante todo el concierto. Abundan los chistes sobre los directores de orquesta. Chistes sobre su inutilidad, como el cartón que muestra que, en lugar de partitura, los directores ven sobre el atril el instructivo de su conducta: mueve el popotito que tienes en la mano hasta que la música se detenga. Luego date la vuelta y da las gracias. O chistes sobre su arrogancia: ¿Cuál es la diferencia entre Dios y un director? Que Dios sabe que no es director de orquesta. De este extraño oficio–y también de los chistes que inspira—trata el libro de Mark Wigglesworth, El músico silencioso. Por qué la dirección importa. Lo publica la Unversidad de Chicago y espera el editor que la traduzca al español.

Cuando Elias Canetti buscaba una imagen para capturar la dinámica del poder, no encontró mejor estampa que lo que ocurría en una sala de conciertos. El director de orquesta era el emblema perfecto: todos observan lo que hace. Dando la espalda al público, elevado por encima del resto de los músicos, da y quita la voz. Obliga a marchar apresuradamente y ordena silencio. Hasta sus cejas se imponen sobre los otros. Quien nada sepa del poder, lo entendería todo con solo verlo atentamente. Wigglesworth, reconocido director inglés, lo ve, ante todo como una figura de autoridad. Un artista que debe cultivar confianza. Si hay leyendas de los muchos déspotas con batuta, la era de esas tiranías ha pasado. Un director debe escuchar para aprovechar el acento que aporta cada uno de los instrumentistas. La imposición sorda atenta contra el propósito mismo del concierto.

Wigglesworth cita a Stravinsky quien pedía, antes que respeto por la música, amor. El respeto puede terminar por ahogar la creatividad del músico. Un director debe sentir lealtad por la pieza que interpreta, pero, al mismo acercarse libremente a su recreación. Por eso es necesario asumir riesgos y cuidarse del peligro de ser secuestrado por el fantasma de versiones previas. Se requiere para ello una mezcla saludable de tradición y espontaneidad. Saber que hay que estudiar la pieza a conciencia, pero también reconocer que la erudición puede ser un despiste para el artista. Que hay que ensayar sabiendo que puede ensayarse demasiado. Aunque se hagan chistes de su arrogancia, el director necesita humildad frente al compositor. Reverencia frente al autor y, al mismo tiempo, soltura y confianza para fundirse con el genio.

Lejos del chisme o del manual, el ensayo de quien fuera director de la National English Orchestra toca el sentido profundo de ese arte paradójico. El director tiene a su cargo descifrar la intención de los sonidos. La música vive en el tiempo, dice Wigglesworth. No hay fuerza en la naturaleza más potente que el tiempo. No se detiene ante nadie. Nadie puede liberarse de su paso terco. Pero el arte puede transfigurar el tiempo. Modificar nuestra percepción. Conseguir que una hora pase como un minuto o que un segundo se sienta como una hora. Ese es el privilegio del músico: jugar con el tiempo. Ahí radica la responsabilidad del director: organizar la música en el tiempo. Enorme el poder del director, concluye: “Vencemos al tiempo. Le damos forma a lo invisible.»

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30, Sep 2019

Futuros inesperados

Si la ciencia política ha encontrado en México un académico que la cultiva y la honra como una forma de comprender los usos históricos del poder y los dilemas del presente, si hay alguien que la ha practicado con rigor y sentido de pertinencia, ese académico ha sido Soledad Loaeza. Nadie como ella ha demostrado el valor de esa disciplina. Para explorar los mecanismos de la dominación y el sometimiento, los juegos de la rivalidad y las avenidas del cambio no bastan las impresiones instantáneas. Si todos tenemos opiniones, pocos han labrado sus ideas con la paciencia de la investigación y el esmero de la cátedra. Soledad Loaeza lo ha hecho ejemplarmente durante décadas de una extraordinaria producción intelectual. El Colegio de México lo ha reconocido otorgándole el nombramiento de profesora emérita. Es buena ocasión para escapar del tráfago de lo inmediato, y detenernos un momento para reconocer nuestras deudas.

En la perspectiva intelectual de Soledad Loaeza se juntan las dos costas del Atlántico. Su formación europea no la ha hecho ver con desprecio las aportaciones de academia norteamericana. No se ha encerrado nunca en una capilla ideológica ni se ha esclavizado a un método. Por eso parece que a sus trabajos llegan aguas antiquísimas y nuevas y que, en ambas, hay frescura. El aire de quien recupera el estímulo del clásico y de quien está al tanto de lo más reciente. Esa confluencia de tradiciones intelectuales la ha salvado de los dos vicios profesorales de nuestro tiempo: el encierro monástico y el opinionismo. Una académica comprometida dos veces: la primera con la profesión universitaria, la segunda con el debate público.

Autoritarismo y democracia han sido los polos de su constancia intelectual. Lo más valioso a mi juicio es que, para entenderlos iluminó zonas que eran despreciadas tanto por la retórica oficial como por el discurso académico. Se dedicó, por decirlo de alguna manera, a estudiar las sombras de la política manifiesta. ¿Para qué estudiar a la clase media si será el proletariado quien nos liberará de nuestras cadenas? ¿Qué sentido tiene entender al PAN, si las elecciones siempre las ganan otros? ¿Por qué perder el tiempo pensando en las elecciones y el reformismo si el régimen autoritario solamente se disfraza con votos? En estos actores subordinados, en esos procesos aparentemente irrelevantes se dibujaba la silueta del autoritarismo y se insinuaba también la ruta del cambio. El análisis meticuloso, la argumentación impecablemente fundada ahuyentó en sus lectores la simplificación que tan frecuentemente secuestra nuestras polémicas. Soledad Loaeza no ha estudiado las explosiones de la violencia, sino las complejidades de la estabilidad. Y así, sin caer en ingenuidades, fue registrando la evolución democrática de México. Si releemos sus libros, varios de ellos ilustrados con cuadros y viñetas de Abel Quezada, detectaremos no solamente las avenidas de la democratización sino también las de la frustración posterior. Y es que en ella no solamente encontramos a la estudiosa del poder, sino también, y sobre todo, a la crítica del poder.

Su comprensión de la política ha sido, ante todo, histórica. La politóloga es cada día más historiadora. Las instituciones, las decisiones legislativas, las coyunturas críticas sólo adquieren sentido en el tiempo. Quizá lo que subyace en su trabajo académico es una mirada de novelista que puede pintar el horizonte de una época, retratar los dilemas de una generación y así colorear las opciones de los protagonistas. La política condensa dramáticamente las disyuntivas de la historia. Por eso no sorprende que en su mensaje al recibir el emeritazgo haya hablado de la historia para asomarse al futuro. Lo que viene no es la simple prolongación de lo que fue. Lo inesperado es frecuente. Lo impensable se repite. Los avances son reversibles. El futuro no tiene compromisos con el pasado. Por eso sorprenderá al más astuto de los historiadores, recordaba que nos alertó Hobsbawm. De ahí que haya que tratar al futuro con respeto. Esa es una de las lecciones que aprendió de Raymond Aron, el “espectador comprometido”. En la incertidumbre del futuro se funda no solamente la libertad, sino también la responsabilidad.

 

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24, Sep 2019

Armonía de lo antagónico

En el epígrafe a la tercera entrega de El espectador, esa revista cuyo único autor era José Ortega y Gasset, se transcribía un fragmento de Heráclito: “No comprendo cómo la realidad, discrepando de sí misma, concuerda consigo misma: armonía de lo antagónico como el arco y la lira”. Este acorde de adversarios es parte esencial de la inteligencia de Ortega. Una razón empeñada en superar la cultura de la disyuntiva. Tal vez no haya nada que se empecine tanto cercenar uno de los dos hemisferios, como la política. Por eso advertía que quienes se definen por sus convencimientos políticos petrifican la mitad de su anatomía. Ver solamente con un ojo; prescindir de uno de nuestros pulmones, caminar con una pata tiesa. Ser de izquierda o de derecha es una forma de hemiplejia moral, decía: “una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

En su ensayo más famoso Ortega describía esa idolatría moderna como “politicismo integral”: política exorbitada, política fuera de sí. Una política que impide el encuentro con nosotros y que desfigura al mundo; una política que nos vacía de soledad y de intimidad. Lo decía porque sentía el aguijón de la política. La idea de hacer nación no dejará de cosquillear su vanidad platónica. Atracción y repulsión. Responsabilidad y vocación. Sin duda, el filósofo sintió la seducción del mando, se imaginó arquitecto de una nación europea, pero al final del día se definirá por oposición al arquetipo Mirabeau.

El artículo completo puede leerse en nexos de septiembre.

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24, Sep 2019

La abdicación

La escuela vuelve a perder y, cuando la escuela pierde, hay razones para ser pesimistas. La nueva mayoría le ha dado un golpe terrible al futuro de México. La reforma que han aprobado los diputados de Morena y sus aliados mantendrá la postración de nuestro sistema educativo, someterá a los maestros nuevamente a condicionantes extraescolares. Seguiremos rezagándonos, perdiendo dominio del alfabeto y de las operaciones matemáticas elementales. Ignorantes de la ciencia ajenos al arte. Se seguirá ensanchando la brecha entre nuestros estudiantes y los del resto del mundo. López Obrador no será, desde luego, el inventor de esta crisis en la que llevamos sumidos muchos años. Pero será responsable de haberla agudizado, de haber anulado la posibilidad de mejora. Lejos de corregir los errores de la reforma educativa, optó por eliminarla de tajo para acariciar otro cadáver del neoliberalismo y para congraciarse con los poderes sindicales.

Hemos asistido a la contrarreforma política de la educación. Si la reforma constitucional encubría ese propósito, las leyes secundarias, lo encueran. Se trata de entregarle nuevamente a las corporaciones la tutela de la escuela. Es cierto que la reforma previa, esa que el presidente bautizó como La Mal Llamada, fue, en efecto, menos que una reforma educativa. No reescribía los planes de estudio, ni inventaba métodos de enseñanza. Pero era la condición para esos cambios. Era una reforma política porque recuperaba, para el Estado, la rectoría de la educación. Era una reforma que reacomodaba el tablero para afirmar el mando del Estado. Eso es lo que tira a la basura la nueva mayoría. En esta órbita, como en muchas otras, se revela la miopía antiestatista del presidente López Obrador.

La reforma del sexenio pasado era valiosa porque suponía, ante todo, la refundación del gobierno educativo. Y sí… a pesar de sus autores, vale defenderla en su trazo fundamental porque significó la recuperación de una responsabilidad intransferible. Nadie más que el Estado puede dictar la política de la educación pública. Debe hacerlo en diálogo con los actores relevantes, pero sin someterse al dictado de los intereses parciales. Recuperar el mando de la política educativa no fue un triunfo para el gobierno de Peña Nieto, no fue una victoria del neoliberalismo. Creo que debe verse, auténticamente, como un triunfo del Estado mexicano, al que se le dotaba de instrumentos para impulsar una nueva escuela.

Los cambios legales recientes ponen al pizarrón, de nuevo, al servicio de la peor política, la política de la extorsión. Han triunfado los apoderados de los sindicatos. Ambas organizaciones, la acomodaticia y la beligerante, vuelven a apropiarse del gis. En el salón de clase se hará su voluntad. Ellos dirán quién entra y quién asciende. Y por ello, más que a prepararse, los maestros habrán de procurar la simpatía de los regentes. Al estado corresponderá solamente hacer los pagos. Por eso, entre los ya muchos fantasmas del gobierno federal se cuenta al Secretario de Educación. ¿Renunció? Ni siquiera en tiempos en que se discute la pieza legislativa más importante en su gestión, ha dado la cara. Ni una palabra en su defensa. El secretario Moctezuma decía hace unos meses que no se perdería la rectoría estatal de la política educativa. ¿Podría decirlo hoy, después de lo que aprobó la Cámara de Diputados?

La reforma no solamente representa una abdicación de la responsabilidad educativa del Estado, implica también una ceguera voluntaria. No tendremos ningún órgano confiable para medir el impacto de estas decisiones. Mataron al instituto de evaluación y pusieron en su lugar un órgano insignificante. Se desentiende también el Estado de los muros y los techos de las escuelas. Que los estudiantes, los padres y los maestros se encarguen. Y, por si fuera poco, la reforma viola la constitución. ¡Qué poderoso nuestro nuevo régimen! Emplea su incuestionable legitimidad, su imponente popularidad y su mayoría franca en el Congreso para abdicar de sus responsabilidades esenciales, para humillarse ante los gremios que imponen condiciones a la legislatura, para eliminar los observatorios imparciales que le proveerían de información valiosa, para poner en peligro la seguridad de los niños y para violar alegremente la constitución. Todo en una sola ley.

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18, Sep 2019

Tejidos de Toledo

Una de las claves para acceder al universo de Francisco Toledo es la red. Lo vio con claridad el poeta Alberto Blanco en su ensayo sobre las mil máscaras del artista. En efecto, su obra es un tejido. Los telares habrán sido la última fascinación de su larga exploración material, pero fueron, tal vez, la inspiración de toda su obra. Grabados, esculturas, lienzos que entrelazan especies. En el arte textil de Toledo reside un entendimiento del mundo: la paciencia para entreverar hilos y cuerdas, la imaginación para trensar colores y formas, la visión para surcar líneas que rompen el sentido, la luz para devanar pigmentos. Los mismos personajes se entreveran una y otra vez. Y en esas trensas, se reconcilia el mundo. Bien dice el poeta que todo se relaciona en el universo de Toledo: humanos, animales, plantas, cosas; luz y sombra. No hay ahí vestuarios que levanten fronteras ni géneros que impongan códigos. Todo baila, se toca, se penetra, se abraza y riñe. Danzas, coitos, pleitos. Nada está solo. Ni siquiera el artista cuando se ve en el espejo está solo porque hasta en el reflejo lo visitan alacranes, petates y armadillos. En “Fuego nuevo,” poema que Alberto Blanco escribió ante la obra de Toledo, puede encontrarse ese sentido de reconciliación:

Sopla de pronto el espíritu
justo donde menos se esperaba

Y brota una paloma, una tortuga,
un mirlo, un cangrejo, una serpiente,

Un prisma de cuarzo encendido
en el tronco de la ceiba milenaria.

El instante es frágil. Los changos copulan sobre la hamaca. Un aire cuarteado sujeta el tiempo. El cristal roto en sus óleos apenas retiene los fragmentos. Los surcos laberínticos de la piel son un caleidoscopio inagotable. La tierra es un mosaico de escamas. Orejas, huesos, mazorcas, tenazas, falos. Aprendizajes de la cestería. Tejer una canasta donde quepa todo mundo. Amarrar los nudos que nos permiten escapar del confinamiento que nos imponen los dioses y los hombres. Doble rebeldía que maldice la ciudad y la laguna. Cruzar con el lápiz las cuatro estrellas; trazar la silueta de las constelaciones; tocar todos los puntos cardinales, desde lo útil hasta lo fantasioso, del óxido al semen, de la tenaza a la piel. Todo en Toledo es deseo, pero deseo primordial, un deseo anterior a esa caída que fue la civilización. En ese territorio fuera del tiempo, Benito Juárez y las bicicletas existen como existen los murciélagos, el coyote y la lluvia. El suyo es un retrato del mundo ante las estrellas. Humanos, iguanas, sapos se aparean sin cortejo en sus lienzos y vasijas. Por eso no se asoma ahí el erotismo. La sexualidad que aparece en cada imagen de Toledo no es la sutil insinuación del deseo, el préambulo a la caricia sino la consumación directa y espontánea del apetito. Un placer sin cortejo y sin diferimiento donde reside el impulso original. Burlas de la convención: trazos que se ríen de la esclavitud de los cuerpos. La libertad o, más bien como vio Cardoza y Aragón: la vida misma, el desatado instinto de la fecundación.

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18, Sep 2019

La apuesta norteamericana

Bajo la rijosidad del discurso presidencial se esconde una apuesta decisiva. No pertenece a la fantasía del México renacido porque es una apuesta de continuidad. No tiene vuelos de hazaña, porque tiene, ante todo, propósito mercantil. Hablo de la decisión de mantenerse en la órbita norteamericana, de cuidar al máximo la relación con el gobierno de los Estados Unidos, de refrescar el acuerdo que rige el comercio de la zona. Se trata de una determinación clara y firme. En ello no hay ambages: López Obrador no coquetea con el sur y podría decirse que está dispuesto a todo para complacer al demagogo del norte. El presidente reconoce la importancia de la asociación económica y está decidido a no ponerla en riesgo. Para demostrar su empeño ha llegado a la medida más radical a la que podría llegar el presidente López Obrador: el silencio. En efecto, hay asuntos sobre los cuales el presidente puede callar. Y si algo puede provocar el mutismo del presidente es que es algo muy, muy serio. En efecto, cuando se trata de la relación con Estados Unidos y, en particular, de las agresiones de Donald Trump, el presidente de México calla. Sella sus labios como si fueran un zíper y extiende las manos en signo de paz. Si con sus opositores y sus críticos, con los medios independientes y las organizaciones civiles tiene una mecha diminuta, con el presidente de Estados Unidos tiene una cuerda kilométrica.

Esta es una de las zonas en las que el voluntarismo de López Obrador toca realidad. El presidente sigue creyendo que su prédica logrará la conversión espiritual de los criminales. Mantiene su certeza de que la derrota de la corrupción convertirá el dinero público en la sustancia más abundante sobre la faz de la tierra. Continúa aferrado a la idea de que sus proyectos pondrán en ridículo a todos los expertos de aquí y de fuera. Pero en la relación con Estados Unidos reconoce límite. No pretende destruir lo que se hereda ahí de la pesadilla neoliberal. Eso que él llama la cuarta transformación no tiene ninguna plataforma internacional. No la tiene, en particular, con Estados Unidos, el trato crucial de México. No aparece aquí el populista adicto al conflicto ni el nacionalista aferrado a los símbolos, sino el político pragmático que sabe qué batallas no debe emprender. En la relación con los Estados Unidos López Obrador no juega a la reinvención. Todas sus silencios, gestos, palabras y decisiones son un esfuerzo por preservar una asociación, así sea la que viene de los malditos tiempos de la rapiña.

Lo notable es que, en este ámbito, el presidente rema contra su impulso. En su discurso pueden encontrarse con frecuencia ilusiones de autarquía. Ser la isla feliz que produce todo lo que consume. Mantenerse libre de las contaminaciones del exterior. Ser fiel a la raíz y protegerse de las mañas que, obviamente, vienen de fuera. Y, sin embargo, sus decisiones han sido una contención de ese instinto de retraimiento. A pesar de la retórica nacionalista, hay en el presidente una plomada realista que no puede ser pasada por alto. Al lado del político populista actúa el político pragmático.

El costo que ha estado dispuesto a pagar es enorme. Ha callado ante las agresiones, ha restaurado las vejatorias certificaciones, ha cedido al chantaje más burdo, ha puesto a la flamante Guardia Nacional al servicio de la paranoia trumpiana. No defiendo esa política que, como advierte Michelle Bachelet, comisionada de la ONU para los derechos humanos, es un serio retroceso. Me interesa resaltar aquí la aparición del pragmatismo en un hombre que suele atender más el emblema que la consecuencia.

En algún sentido, el lopezobradorismo es la consagración del proyecto que quiere desmontar. Esa es la paradoja de todo movimiento que se asume revolucionario. El antiguo régimen suele reír al último.  Si el neoliberalismo tiene entre nosotros, dos columnas esenciales, el primero es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el segundo es el banco central autónomo. El San Jorge de ese dragón, conserva intactas las dos cabezas del monstruo. Tiene gracia que Andrés Manuel López Obrador resulte el gran guardián del legado geopolítico de Carlos Salinas de Gortari.

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09, Sep 2019

El arte como generosidad

Pocos espacios hay en México tan hermosos, tan vivos, tan acogedores como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A un paso de Santo Domingo, la casona del siglo XVIII que es sede del IAGO es emblema de la obra de Francisco Toledo y de lo mucho que hizo por su ciudad y por su gente. Un modesto espacio de exposiciones, una tiendita, varios cuartos de biblioteca repletos de libros de arte y dos patios esplendorosos presididos por sus plantas sabias. Un refugio de arte, sombra y letras, animado por los jóvenes y viejos que van en busca de un libro, el periódico del día o una conversación alrededor de las mesas de pino. Ese era el lugar perfecto para despedirlo, para agradecer su vida. Lo era porque en sus muros y en sus libreros se mostraba su amor y su compromiso, la hondura de su sentido estético y de su nobleza. El arte hecho generosidad.

Contaba Toledo que, cuando participaba en la Casa de la Cultura en Juchitán, en aquellos tiempos de batalla intensa de la COCEI, Rufino Tamayo le pedía que no se metiera en problemas. Deje esas cosas que no son para usted. Póngase a trabajar. Recuerde que usted es pintor, no es político. Además, con esa voz tan chiquitita que usted tiene no va a lograr gran cosa. Debí de haberlo escuchado, decía años después Toledo, sin mucha convicción: algo me jala para el otro lado. En lugar de estar dedicado solamente a mi pintura, ando tras los drenajes de los pueblos. Estaba condenado a no ser solamente artista. O, más bien, a no ser artista solamente en su arte. En sus causas públicas, residía también la chispa de su creatividad. Ese algo que lo jalaba a ver por los otros, a sembrar árboles y a cuidar lo que puede extinguirse fue parte esencial de su obra. No era desviación de su arte, sino el complemento justo. En su imaginación prodigiosa se percibe una deuda, una gratitud, una lealtad. A los insectos y al tiempo, a todos los animales de la imaginación, a la infinita arena de los colores, al mito y a la lengua, al terruño y al mundo está ligado devotamente el arte de Toledo. Imposible la expresión del artista sin el amor a su fuente.

Todo se desea en el mundo de Toledo. Todos se saborean, se penetran, se devoran. Todo vive en cópula con todo lo demás. Al ver el desfile de sus personajes, observamos una alegre e inocente promiscuidad, una fraternidad orgiástica en la que peces, lagartos, cangrejos, monos y sapos se traspasan y se fecundan para multiplicar la creación o, tal vez, para burlarse de su catálogo disciplinario. Que a nadie se condene por su deseo. Que ningún apetito sea proscrito. Si llegaba a desatender el relato de esa fábula era, tal vez, porque cuidaba el sustrato que lo alimentaba: el mito que vive, la naturaleza que respira, la cultura que despierta.

El imán que lo apartaba del dibujo no era esa política que ha perdido a tantos creadores que sacrificaron su libertad creativa en nombre de alguna causa abstracta. Nada más alejado al artista que puso a Benito Juárez sobre patines, que la ceguera ideológica. No buscó el poder en el sentido pedestre en que lo entendemos hoy. Lo suyo no era imponerse sobre otros ni dar lecciones. Ejercía, desde luego, autoridad, esa influencia que viene de representar con limpieza causas, de no buscar el beneficio personal en la intervención, de estar acompañado de muchos. El suyo era un ascendiente tímido y decidido, al mismo tiempo. El artista del deseo fue el guardián de todas las seducciones: los árboles, las voces, la herencia, los libros, los oficios, las imágenes y los sonidos, el juego, la imaginación. Nadie ha hecho tanto por tantas causas concretas de cultura como Francisco Toledo. Hablar de la orfandad en Oaxaca no es repetir el lugar común. No solamente murió su gran artista. Murió también su cuidador

No deja de ser llamativo el que el artista indómito, el creador inclasificable, haya sido también—aunque suene solemne—creador de admirables instituciones culturales. Jardines, bibliotecas, archivos, cines, revistas, editoriales, talleres, fonotecas, colecciones, museos, galerías, escuelas, traducciones llevan su marca, aunque no lleven su nombre. Cuando donó el IAGO al Instituto de Bellas Artes, recibió, como compensación formal por la transferencia, un peso. Recibí un peso, dijo entonces, y no es deducible de impuestos. ¡Me lo voy a gastar solito!

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04, Sep 2019

La novena de Tarantino

Tarantino numera sus películas como si fueran sinfonías. Ahora proyecta su Novena. La penúltima, según ha anunciado. Érase una vez en Hollywood es, sin duda, su película más personal, la más íntima. El director la ha descrito como su Roma. Una cinta que, como la de Cuarón, recrea los objetos, los rincones y los sonidos más entrañables de su infancia. Una canción melancólica que queda detenida en la fecha que marcó su niñez. El título es homenaje a  Erase una vez en el Oeste, la famosa película de Sergio Leone, clásico del Spaguetti Western. Pero es también un aviso de que la película es, en realidad un cuento de hadas. La derrota del monstruo y la resurrección de la inocencia. Un cuento de hadas, en el que el final feliz—libre de sujeciones a la historia—está, por supuesto, envuelto en sangre gritos y llamas.

Tres actuaciones extraordinarias sostienen una historia atiborrada de tarantinismos. Leonardo DiCaprio encarna la ansiedad de quien siente que la vida empieza a mirarle la espalda. Rick Dalton, el personaje de un actor decadente, le exige a DiCaprio representar la máxima torpeza y la genialidad. En ambos extremos, el actor que da vida al actor cumple admirablemente. Cliff Booth es el maniquí que salta a escena en los momentos de peligro, pero es también el camarada, la piedra de serenidad y de lealtad. La tercera actuación ha sido injustamente menospreciada. Sharon Tate, la actriz a la que conocemos por el marido famoso y, sobre todo, por su horrorosa muerte, es un personaje crucial de la película. Hay quien ha criticado el retrato de Tarantino en su primera película que hace sin Harvey Weinstein por tener pocas líneas en el guión. Señal inequívoca de misoginia, dicen. No lo veo así. Las presencia de Margot Robbie es crucial porque eleva la cinta. Etérea, alegre, hermosísima, la Shaton Tate de Tarantino es aire en una cinta hecha de polvo falso.

No soy admirador de Tarantino. Soy un devoto de tres películas suyas. True Romance (dirigida por Tony Scott), Reservoir Dogs y Pulp Fiction son para mí tres joyas insuperables. Sus parlamentos, sus personajes, sus escenas me visitan constantemente porque me acompañan siempre. Seguramente no soy, por eso, buen espectador de lo que ha hecho Tarantino a partir de Jackie Brown. Erase una vez en Hollywood, a pesar de la cátedra de sus actores no atina a crear personajes a la altura de los que pueblan el universo de sus cintas clásicas. No aparecen tampoco los vertiginosos duelos de palabras, ni los virajes dramáticos que desconciertan por la comicidad de su horror. Me temo que el genio se vació en esas tres películas perfectas y lo que queda desde entonces es el talento de quien conoce perfectamente su oficio y confía demasiado en sus propias fórmulas.

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02, Sep 2019

Misterios de la trinidad

En su celebración de ayer, el presidente López Obrador nos ofreció una pista valiosa para acercarnos a su entendimiento del mundo. Invitaba al primer informe de gobierno al tiempo que en la escenografía se describía ese evento como el tercer informe. Misterios de la contabilidad lopezobradorista: lo primero es, al mismo tiempo, lo tercero. Como el dogma cristiano un solo dios son tres y esa trinidad no es triple sino uno solo, en la aritmética del México renacido el primero es ya tercero, aunque siga siendo el inicial. 3=1=3. Cierto: los publicistas del gobierno han aclarado que han contado como “informes” su discurso de los cien días y el mensaje al cumplir un año de la elección. Pero lo que revela esta trivialidad es la distancia del mundo de los números. Desatención, desprecio e incluso hostilidad a la aritmética.

¿Quién fue el primero que sumó uno más uno? Un miserable, respondió con vehemencia Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes. A su juicio, el libro de las sumas y las restas nació de la avaricia. Como todas las ciencias, la aritmética brotó del vicio humano. El bien carece de curiosidad. No multiplica ni se entretiene con decimales. Son las serpientes quienes nos tientan con la vanidad del conocimiento. Un virtuoso no pierde el tiempo sumando lo que tiene para compararlo con lo que desea. Una persona de bien no haría contabilidad de ganancias y pérdidas. Una persona virtuosa viviría feliz, libre del mal de números. Ahí está una de las fibras más profundas del romanticismo político: colocar la virtud por encima y en contra del cálculo racional. Ver con sospecha la ciencia que nos deshumaniza. Advertir que el avance científico es enemigo de la alegría. Imaginar una ignorancia dichosa, inocente y plena. Denunciar a la técnica como una perdición moral. En esa clave escribía Octavio Paz en “Entre la piedra y la flor” que saber contar no era saber cantar. El arte del canto, sugería claramente, era superior a la árida disciplina de las cuentas.

La política lopezobradorista es, en ese sentido, hondamente reaccionaria. Una política que desprecia el conocimiento y la técnica, que desconfía de los especialistas, que apuesta todo a su intuición y a su sensibilidad. Ayer, cuando volvió a la carga contra los números dejó claro que, a su juicio, lo esencial no es medible. En su primer-tercer informe, describió a los números como una obsesión de los tecnócratas que la Nueva Era debe superar. ¿Para qué perder el tiempo midiendo el crecimiento si ese dato no es relevante para la felicidad del alma? En la diatriba presidencial contra la medición del crecimiento, hay, por supuesto, un reproche moral. Los economistas que le toman el pulso a ese dato se fugan de la realidad. Se preocupan por montos y porcentajes porque no se conmueven con la vida. Medir no es, entonces, proveerse de un instrumento confiable para orientar la acción. Una herramienta para registrar adelantos y para identificar problemas. El presidente sostiene que medir es evadirse de lo importante. Así lo dijo ayer. “Otro elemento básico de nuestra política es hacer a un lado, poco a poco desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico. Nosotros consideramos que lo fundamental no es lo cuantitativo, sino la distribución equitativa del ingreso y de la riqueza.” Y más adelante aseguraba el presidente que ahora hay más desarrollo y más bienestar. Lo notable de estas líneas es que, al tiempo que desprecia la objetividad de la cifra, abraza con absoluta certeza una percepción que no tiene el mínimo sustento en la lógica ni en la evidencia. ¿Puede haber desarrollo sin crecimiento? ¿En qué se basa el presidente para asegurar que ahora “hay más desarrollo y hay más bienestar”? ¿Deben rechazarse los medidores técnicos para apreciar la distribución? ¿Será eso su “economía moral”?

Lo bueno es que el presidente nos ve muy contentos. Felices, felices, felices porque él nos gobierna. Fiel a su romanticismo, propone una nueva manera de apreciar la realidad. Si los números son reaccionarios, si las cifras son los juguetes que entretienen a los tecnócratas, dediquémonos a palpar la salud del alma. A eso se dedica el presidente, según nos los dice una y otra vez: a hacernos buenos, a hacernos felices, a purificarnos espiritualmente. Y para ello no hay que sacar la báscula.

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26, Ago 2019

El populismo como parásito

Acaba de publicarse un libro valiosísimo para comprender nuestro presente. Se trata, a mi juicio del estudio más ambicioso sobre la naturaleza profunda del populismo. Más que un estudio sociológico o económico sobre las causas de su atractivo, o una comparación histórica de experiencias populistas, es un trabajo minucioso de teoría política. Nadia Urbinati, una reconocida filósofa de la política, ha publicado un denso tratado sobre el fenómeno que recorre el mundo. Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma a la democracia es el título del libro ha que ha publicado la editorial de la Universidad de Harvard y que espera aún la casa que ofrezca una versión en español. Vale adelantar un comentario sobre este ensayo académico porque representa una de las mejores herramientas para entender el sentido del cambio en buena parte del mundo. En efecto, el populismo es el desafío más serio que enfrentan las democracias liberales contemporáneas. El libro de Urbinati nos ayuda a comprender la imaginación y el lenguaje populista; aprecia el origen de su astucia y registra también sus peligros.

“Cualquier entendimiento de la política contemporánea que quiera ser tomado en serio, dice la politóloga de la Universidad de Columbia, debe vérselas con el populismo.” En efecto, los gobiernos y los movimientos populistas están rehaciendo la política en todo el mundo. Por eso es indispensable precisar los contornos de esa fórmula, entender su mecánica, comprender las fuentes de su seducción, desarmar sus recursos retóricos y, sobre todo, analizar la complejidad de su vínculo con la democracia. Vale empezar por reconocer que el populismo es hijo de la democracia. No es, como el fascismo, su asesino, sino, si acaso, su amenaza y su desafío más complejo.

El populismo es certero en su denuncia. En efecto, muestra las fallas de las democracias realmente existentes. Su lenguaje dicotómico ayuda a exhibir la crisis de la representación, la distancia de las élites, el secuestro de las instituciones, el efecto de políticas nocivas. Su gran éxito es construir en la imaginación un nosotros vivo y potente. Sin embargo, no se resuelve ahí la decepción democrática. Lo que parece claro es que incuba ahí mismo, en las grietas del régimen democrático. No inventa la crisis: la revela, la explota, la utiliza. Por eso el populismo es una especie de parásito. No derrota desde fuera a la democracia: se inserta en sus órganos vitales y los somete. Un caudal de transformaciones retóricas e institucionales alteran los equilibrios, los derechos, las cautelas de la democracia liberal. Las instituciones no son valoradas ya como procesos que dan cauce a la diversidad y que asientan algún principio de neutralidad. Las reglas dejan de ser ámbitos de lo común para convertirse en propiedad de los ganadores. Si la libertad que garantizan las leyes se usa para obstruir la voluntad popular, se vuelve ilegítima. El pueblo no es el cuerpo completo de los ciudadanos sino aquella parte del pueblo que es la auténtica, la buena, la moral. Esto es importante: a pesar de su discurso de inclusión, a pesar de su invocación constante y obsesiva de El Pueblo, el populismo se regodea en la exclusión: el Pueblo verdadero contra sus enemigos; el Pueblo real contra los impostores. El pueblo no es nunca toda la gente. Por ello, el populismo representa una política estructuralmente facciosa.

El populismo ocupa a juicio de Urbinati un espacio entre la democracia constitucional y el fascismo. Si llevara sus propósitos a su última consecuencia no podría más que terminar en algún tipo de dictadura. Si el antipluralismo triunfa, la democracia muere. Por eso el éxito definitivo del populismo sería su suicidio: su claudicación como forma extrema de la democracia y su conversión en dictadura. De ahí la pertinencia de la imagen del parásito. El enemigo de la democracia liberal necesita la sobrevivencia del huésped para vivir. Requiere la preservación de ciertas formas, de ciertas reglas, de ciertos órganos. El populismo desfigura esos canales, pero no los elimina; los pervierte, pero no los suprime. El populismo, quiere decirnos Urbinati, no matará a la democracia. La desfigurará a tal punto de hacerla irreconocible

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22, Ago 2019

La poesía de Herbert

A fines de los años ochenta José Emilio Pacheco traducía en su columna legendaria en Proceso, algunos versos del gran poeta polaco Zbigniew Herbert. Formaban parte del libro sobre la ciudad sitiada. Pacheco veía en ese informe desolador un paralelo con México: una rata se convertía en unidad monetaria, el alcalde era asesinado, se sucedían epidemias y suicidios. Testimonios de la bárbara monotonía. Finalmente he encontrado en librerías mexicanas una versión de la poesía completa de este gigante de la poesía del siglo XX. Gracias a la versión de Xaverio Ballester y en edición de Lumen podemos recorrer toda su trayectoria. Los poemas que escribió frente al realismo estalinista hasta los poemas de hospital.

Una de las incógnitas literarias del siglo XX habrá sido la aparición de cuatro poetas gigantescos en un mismo país. ¿Cómo pudieron respirar el mismo aire esos “cuatro poetas del apocalpsis”, Milosz, Szymborska, Rózewicz y Herbert? La marca de Herbert es la avidez irónica de su escepticismo. Una sensibilidad cáustica, reflexiva, pesimista. Su compromiso con la palabra es la valentía que no alberga ilusión. Una resistencia que no cree en el monumento de la posteridad. Ganarán los delatores y los verdugos, anticipa en un poema. Son ellos quien asistirán a tu entierro, quienes arrojarán tierra sobre tu tumba. Las lombrices escribirán tu biografía. Pero podrás ser valiente. Si hoy todavía respiras, no es para vivir, sino para dar testimonio. Se fiel. Ve.

Seamus Heaney vio en Herbert a uno de los máximos ejemplos de integridad ética y artística del siglo XX. Logró describir el mundo sin el humo de la propaganda, sin la coherencia de la ideología, sin las chispas de la metáfora artificial. Lo daría todo, confiesa, “por una sola palabra que cupiera en las fronteras de mi piel.” Encontraba la verdad en el “pétreo significado” de un guijarro. Herbert rechazaba comas y puntos para tocar la crueldad y la dulzura del mundo. Se propuso escapar de los engaños de lo visible. Los ojos nos confunden con el titubeo de los colores; en la caracola del oído, se pierde una maraña de rumores.

entonces llega certero el tacto
devolviendo a las cosas su quietud
frente a la mentira del oído a la confusión de los ojos
de diez dedos crece un dique
una dura e infiel desconfianza
pone sus dedos en la herida del mundo
para el ser separar de la apariencia

Contrasta Herbert el estudio de un pintor con el taller de Dios.

Nuestro señor cuando estaba construyendo el mundo
arrugaba la frente
y hacía cálculos cálculos cálculos
por eso el mundo es perfecto
e inhabitable

En cambio, en el estudio sucio y desordenado del artista, el ojo se pasea y sonríe. El espanto del siglo aparece en la poesía de Herbert tan frecuentemente como el humor y la ironía. Un poema en prosa retrata a una gallina y de paso, a algunos de sus amigos:

“La gallina es el mejor ejemplo de las consecuencias de una estrecha convivencia con los humanos. Perdió totalmente su ligereza de ave y su donaire. Su cola es un pegote plantado sobre un prominente trasero como un sombrerazo de mal gusto. Sus escasos momentos de arrobo, cuando se pone sobre una pata y sus membranosos párpados sellan sus ojos redondos, son de una repugnancia estremecedora. Añádase esa parodia de canto, entrecortados gritos de súplica sobre algo indescriptiblemente cómico: un redondeado, blanco, manchado huevo.

La gallina me recuerda a ciertos poetas.

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19, Ago 2019

La ira noble

¿Habría que esperar reclamos suaves? ¿Peticiones dulces, reclamos delicados? ¿Cordiales solicitudes para no ser violentadas, humilladas, asesinadas? Pedir buenas maneras para exigir lo elemental: el respeto, la dignidad, la vida misma. Suplicar trato humano, sin incordiar a nadie. No queremos molestar, pero… si no es mucha molestia, preferiríamos que no nos mataran. ¿Sería eso posible? Ojalá pudieran dejar de violarnos. ¿Sería posible que dejaran de tratarnos como cosas, como instrumentos de su placer, como desahogos de su frustración y de sus miedos? ¿Nos podrían, por favor, dejar caminar tranquilamente por la calle? Sería lindo pasar un día sin pensar en la intrusión de sus palabras, sus manoseos, su violencia. No queremos ofenderlos, no se lo tomen personal, pero francamente preferiríamos vivir. Quisiéramos decirles que no nos ilusiona la asfixia, la puñalada, el ahorcamiento, el degüello. Nos gustaría salir a la calle sin temor. Quisiéramos pasear con libertad. Tener la confianza de que podemos caminar por la ciudad. Se los pedimos amablemente: no nos usen, no nos hostiguen, no nos lastimen, no nos maten.

No. No le pidamos protocolos a la rabia. Reconozcamos la fuente de la ira. Oigamos en ese grito el principio de la justicia. Eliminar la ira es cortar los nervios del alma, dice Remo Bodei, ese admirable estudioso de las pasiones. Negar la ira es romper las cuerdas del arco que dispara la flecha. Una larga, larguísima tradición nos llama a negarla, reprimirla. Se le acusa desde hace siglos de secuestrar el juicio, de reventar los equilibrios que nos sostienen, de cegarnos. En la ira se ha visto una locura destructiva y pasajera, una ceguera, una tiranía que nos saca de nosotros mismos, una esclavitud. Pero hay algo valioso en esto que los católicos llaman pecado. En la ira hay un resorte de justicia. Lo activa un golpe inmerecido. Un golpe intolerable. Haber sido traicionados, humillados, despreciados. No haber sido tratados con el respeto que merecemos. Sufrir maltrato. La ira es el chicote que nos permite reafirmar dignidad.

Tiene dos caras la ira. Una es justiciera, la otra destructiva. Por una parte, (continúo con la exposición del filósofo italiano), la ira es una saludable rebeldía, un impulso moral que levanta la voz frente al abuso. Una conmoción que revienta la apatía. Un estallido que, al decretar rechazo, pone en movimiento la posibilidad del cambio. También hemos visto a la ira como una furia que nos posee, una pérdida de razón, inevitablemente, una desmesura, corrosiva. Lo mismo podemos decir del impacto político de esa pasión: siglos de rechazo y beneplácito. En Hannah Arendt y en Judith Shklar, dos de las mayores teóricas de la política del siglo XX podríamos encontrar las puntas de esa polémica irresoluble. Arendt, exploradora de los mecanismos totalitarios, vio en la ira un impulso perverso, una efusión capaz de envenenar la causa más justa. La ira, a su juicio, subordina toda acción política al miserable impulso de la venganza. Judith Shklar no condena la ira. La comprende como emoción humana, como chispa moral. Desde su escepticismo entendió que bajo esa furia aparentemente irracional existía un sentido de justicia que no podía ser despreciada. Sin la patada de la indignación seríamos incapaces de encarar nuestra cara abominable. Arendt ve la ira como una emoción antipolítica: una peligrosa irracionalidad destructiva. Shklar, una pensadora a la que deberíamos prestar mayor atención, reconoce en esta pasión una energía política valiosísima. Será desde luego desafiante de hábitos y reglas pero ahí despierta la sensibilidad moral. No es la geometría de las abstracciones lo que nos llama, módicamente, a la acción: es el colérico sentir de lo inaceptable. A la política corresponde escuchar esa rabia porque en ella se encuentra la marca de lo intolerable. Indignación: la ira noble. No es una locura súbita. No es ceguera. Si es desmesura es porque responde a lo inaceptable. La racionalidad moral hecha alarido.

La indignación exige escucha. Eso que parece profanación es una posibilidad de luz. La indignación, lucidez iracunda, no busca la equilibrada exposición de un argumento ante un árbitro imparcial. Conmueve y nos sacude porque rompe indiferencias.

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14, Ago 2019

El tino de la crítica

El populismo se gesta en una impotencia. Los canales tradicionales no sirven para hacerse oír. Las escaleras de ascenso están bloqueadas; los derechos que se proclaman con toda solemnidad, se niegan cotidianamente. El ciudadano no se encuentra en su representación. No es visto ni atendido. La política real niega rutinariamente a la mayoría. Podrá reconocer al ciudadano en el momento de votar, pero lo ignora, lo desprecia y lo maltrata al día siguiente. Ese régimen democrático que ofrece inclusión, excluye; esa política que promete atención, resulta impenetrable. Los rituales de la política producen así una sensación de defraudación: hay votos, hay cambios de gobierno, hay alternancia… y poco cambia. Los mismos hacen lo mismo. Es la ausencia de alternativas lo que alimenta el llamado populista. Su denuncia es certera y, en algunos aspectos, irrebatible.  En su denuncia de esa estructura de exclusión, en su crítica de la cápsula oligárquica, en su burla a los augurios de la modernidad nombra una experiencia que toca la vida mucho más que la prédica liberal y su fascinación con las abstracciones.

El reproche populista debería ser tomado muy serio. Sólo escuchando esa crítica, en lo que tiene de válida, puede reconstruirse el proyecto democrático. No es necesario acompañar la propuesta para escuchar la denuncia. Que el camino que sugiera sea, a mi juicio, equivocado no significa que su argumento sobre las promesas incumplidas de la democracia sea absurdo. Bien nos haría reconocer la validez de la crítica como un llamado de atención. No podemos ignorar la hondura de las desigualdades, la concentración de poder, la captura de las instituciones, la debilidad de los derechos. Del populismo viene en nuestros días la crítica más severa a estas traiciones de la democracia liberal. Por eso creo que tiene razón el brillante politólogo español Fernando Vallespín cuando sugiere que la clave para entender al populismo es su dosis. Su compuesto químico no es necesariamente ponzoñoso. En la proporción justa, puede ser, incluso, medicinal. “El populismo opera como el pharmakon griego (…) porque significa a la vez remedio (medicina) y veneno; lo que cura y lo que mata, una antinomia inscrita en la misma palabra. Pues bien, creo que este es el caso del populismo en su relación con la democracia liberal: en pequeñas dosis sirve para tomar consciencia de qué es lo que no está funcionando en nuestros sistemas políticos y contribuye así a reconducir la situación. Pero si nos pasamos, el daño que puede llegar a producir es imprevisible. Basta con mirar los destrozos que está originando Trump para percibir que puede llegar a ser letal.”

Esto viene a cuento porque creo que al populismo hemos de agradecerle la politización de la desigualdad. Que se hable de ella, que se denuncie, que se exhiba como nunca antes. Que se muestren sus múltiples manifestaciones. Que se señale la estructura de poder que la preserva y los artilugios ideológicos que la esconden, la exculpan y aún la justifican. Puedo discrepar del maniqueísmo y de la simplificación con los que se frecuentemente aborda la desigualdad en el nuevo discurso oficial, pero no dejo de reconocer que pone el dedo en nuestro gran pendiente histórico. Lo confirmo al advertir la ceguera de las élites frente a lo que tenemos en frente. Lo común que resulta cerrar los ojos a la segregación e imaginar que las ventajas que se disfrutan son justísimos premios al esfuerzo. Vivir como si en el país no imperara la discriminación. Y ese resorte de negación que lleva a muchos a decir que hablar de racismo es, en realidad, una actitud racista; que hablar del clasismo es puro resentimiento. No puede haber la menor duda de que el tono de piel demarca el horizonte de vida en México. El Proyecto sobre discriminación étnico-racial en México de El Colegio de México que coordina Patricio Solís lo documenta de manera contundente. Pero un excandidato presidencial se atreve a bromear que advertir el privilegio del color es una frivolidad.

La polarización puede tener buena secuela si nos hace ver, si nos hace oír. O más bien, si al final del día, nos permite vernos, nos permite oírnos

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14, Ago 2019

La sabiduría del deseo

En un poema de tres líneas, Octavio Paz admiraba el prodigio de un trompo en las manos de un niño:

Cada vez que lo lanza
cae, justo,
en el centro del mundo

El mismo juguete y el mismo niño aparecen en un cuento de Kafka. El relato breve cuenta de un filósofo que va una y otra vez al parque para ver a un niño jugando al trompo. Se deleitaba en la ingeniería de esa pera de colores porque estaba convencido de que en ese movimiento estaba el secreto más recóndito de la naturaleza. Descifrar la rotación que era capaz de derrotar a la gravedad era la puerta para comprenderlo todo. Si pudiéramos conocer ese detalle a fondo, si lográramos atrapar el instante vertical, lograríamos sujetar al mundo. Cada vez que el niño se aprestaba a proyectar el trompo se prendía la ilusión del filósofo. Por un instante pensaba que la iluminación llegaba, pero en el mismo momento en que parecía descubrirse el misterio del cosmos, el trompo perdía ímpetu, se tropezaba y caía a la arena. Esperanza, exaltación… y desánimo. La culminación imposible. En ese relato encuentra Anne Carson la metáfora del deseo: la belleza revolotea, la imaginación activa la ilusión de sujetarla y al rozarla, se desvanece.

Traductora de Eurípides, Carson es una académica estricta y meticulosa que, al mismo tiempo, ha puesto marca poética en todo lo que hace. En un poema que titula ensayo identifica a la poesía como una linterna de error. Cuando hacemos poesía invocamos el error para alumbrar lo inesperado. Si la prosa es una casa, ha dicho, la poesía es un hombre que la atraviesa en el incendio. Los géneros se mezclan. La referencia a los antiguos es constante. Pero en ella la erudición es un pasillo de su intimidad. Como bien dice Charles Simic, Anne Carson escribe “como si todo poeta, escritor, teólogo, dramaturgo o filósofo que haya vivido jamás fuera nuestro contemporáneo”.

El artículo completo puede leerse aquí

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14, Ago 2019

Quinientos

Quinientos números ha publicado la revista nexos. Este mes puede encontrarse en todas partes la edición que despliega la imponente cifra en su portada. Se trata, sin duda, de un acontecimiento que merece celebración. Acostumbrado nuestro medio a esas publicaciones religiosas que salen si dios quiere y que subsisten de milagro, la longevidad de un espacio cultural como nexos es una verdadera hazaña. Más de cuarenta años de estimular la comprensión y la crítica de la realidad.

El primer número apareció en enero de 1978. Era una revista sin tapa que rechazaba, desde su nacimiento, la mayúscula en su nombre. Habían pasado diez años de la represión estudiantil, dos años del golpe a Excélsior y apenas unos meses de la reforma política del 77. Como recuerda Enrique Florescano, su primer director, al país le urgían canales respiratorios. Nexos quiso abrir esas vías de oxigenación a través de una crítica rigurosa y de la ventilación de distintos saberes y sensibilidades. De ahí el nombre. Si bien podríamos decir que la revista no ha podido liberarse de la idolatría política que sojuzga a nuestra era, también debemos apuntar que ha hecho mucho para poner en contacto lo inconexo. Como toda revista, nexos ha sido fiel a sus preocupaciones esenciales. La política de hoy y la de ayer, el cambio democrático, la precariedad del orden legal han sido obsesiones de la revista. Pero haríamos mal en ubicarla como una revista meramente política. Lo que se propuso el grupo fundador desde su inicio y lo que han conseguido en buena medida sus continuadores es alentar el encuentro de esas culturas que apenas se hablan. Sus primeros colaboradores daban cuenta de su aspiración dialogante. Autores que hablaban de historia y de geofísica, que compartían hallazgos médicos o antropológicos, que hacían crónica y crítica de arte. Lo decía el anuncio de aquel primer número: “Nexos quiere ser lo que su nombre anuncia: lugar de cruces y vinculaciones, punto de enlace para experiencias y disciplinas que la especialización tiende a separar, a oponer incluso.”

La revista emergía de la academia en busca de lectores. Salía del cubículo para llegar al puesto de periódicos. De la jerga profesoral al lenguaje común. Hace un par de años, Luciano Concheiro, Ana Sofía Rodríguez y Álvaro Ruiz Rodilla formaron una antología de las décadas de nexos. Se celebraban entonces los cuarenta años de la revista. En los dos tomos que entonces publicó el Fondo de Cultura Económica en su colección de Revistas mexicanas puede constatarse que nexos ha hecho mucho más por la cultura mexicana que tomarle el pulso al poder. Quien recorra ese fresco encontrará a José Emilio Pacheco pensando en la naturaleza de los clásicos. Leerá el retrato que Luis Cardoza y Aragón hizo de Breton y Aragon, “hermanos enemigos” y la crónica berlinesa de José María Pérez Gay. Podrá reencontrar la crítica que hacía Cuauhtémoc Cárdenas al proyecto del TLC en los noventa y también el reportaje de Alma Guillermoprieto sobre la violencia en Medellín. Se confrontará el lector con el mejor registro de esa década sangrienta que se prolonga hasta nuestros días en vecindad con textos de Magris, Nélida Piñón y García Márquez. De página a página de nexos, puede el lector brincar de un mundo a otro, ha dicho Héctor Aguilar Camín,  el editor a quien los lectores de la revista tanto debemos

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