07, oct 2015

La escritura de la cara

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Era panzón y mal vestido, los ojos saltones, las cuevas de la nariz abriéndose enormes hacia el frente, muy gordos los labios. El fisiognomista ateniese más famoso fue llamado a dar un juicio sobre el hombre que tenía delante. Zopiro, el médico, dio rápidamente su diagnóstico: éste tenía que ser un hombre “estúpido, brutal, voluptuoso y dado a la ebriedad.” Era Sócrates, mártir del conocimiento y la virtud. La anécdota la cuenta Francisco González Crussi para advertir la torpeza de esa disciplina que pretende ligar los rasgos físicos a las cualidades morales. Caras vemos…

Escribo fisiognomía para distinguirla, como lo hace González Crussí, de la fisonomía. La vieja fisiognomía hacía más que un diagnóstico al registrar el tono de la piel y las proporciones del rostro: retrataba moralmente a la persona. En El rostro y el alma (Debate, 2014), su libro más reciente, el patólogo vuelve a las artes de la antigua fisiognomía, esa “ciencia” cuyo propósito era descubrir los secretos que esconden los asgos exteriores del hombre. La cara vista como un jeroglífico, como oráculo. Quien sepa ver, observará pasiones insinuadas en una nariz, vicios que la desmesura de los pómulos anuncian, certificados de sensatez en una mirada. Desde luego, al reconstruir esa tradición, González Crussí no pretende atar la personalidad moral a nuestros rasgos exteriores. Invita a vernos en el espejo, a ver con atención a los otros rehabilitando las viejas artes de la observación. “El rostro con que venimos al mundo, escribe, es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino.”

La belleza y la fealdad son el primer impuesto de la casualidad genética. Nadie diría que son azares irrelevantes. Toda cultura ha tendido a repartir premios y castigos de acuerdo a la apariencia. El prejuicio no escapa ni a los dioses. En la Biblia abundan los pasajes que expresan una manía contra la fealdad. La deformidad es vista como el producto de la ira divina. Y al mismo tiempo, la belleza no está libre de cargas. Breve tiranía, la llamó Sócrates.

En el origen de la fisiognomía está la imagen de nuestro doblez: somos una cáscara visible y un interior secreto. Mostramos piel y escondemos pensamiento. Habrá, sin embargo, un puente entre esos mundos: las conmociones interiores harán surcos en el exterior hasta volverse gestos, pliegues, arrugas. De ahí la idea de examinar su correspondencia y apreciar la relación entre cuerpo y alma.

González Crussí es, sin duda, uno de nuestros grandes ensayistas. Un escritor que ha podido convertir su ciencia en literatura. En su obra, escrita con tanta fluidez en inglés como en español, resplandece la figura del médico como el observador privilegiado de la vida, la figura del escritor que medita sobre las experiencias esenciales: el nacimiento, el dolor, la muerte, el deseo. Los libros del patólogo son una feliz mezcla de experiencia profesional, lectura y buena prosa. En su libro más reciente reconstruye la historia cultural del rostro. La cara como una riquísima mina de mitos, metáforas, supersticiones, manías. El historiador de la medicina sabe de ligamentos y de tejidos pero no son esos conocimientos de los que se sirve para leer las alusiones de la piel. En las páginas de González Crussí se puede brincar con naturalidad de un reporte científico a la poesía de Baudelaire y de antropología decimonónica a la mitología china.

Se insinúa una pregunta en el libro de González Crussí: si el rostro es escritura, si ofrecemos al mundo un mensaje sin palabras, si hablamos en silencio, ¿quién redacta nuestras facciones? ¿Logramos ser dueños de nuestro rostro o somos siempre esclavos de él?

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02, oct 2015

El vaciamiento democrático

La democracia mexicana podría tramitar ya su credencial de elector. Ya no puede hablarse de ella como una democracia niña. No es quinceañera, ya cumplió la mayoría de edad. Por supuesto, no es claro el día de la concepción (y a pocos importaría fecharla) pero sí el día de su nacimiento: 6 de julio de 1997. Es cierto que la gran fiesta se celebró tres años después, con la derrota del PRI y la victoria de Fox, en la elección presidencial. Pero el pluralismo se constituyó en el verano del 97 porque fue entonces cuando estableció sus contrapesos, cuando se alojó en el centro de las instituciones y terminó con el presidencialismo hegemónico. Esa elección rompió el cordón autoritario. Aquella presidencia, se sabe bien, controlaba todas las riendas del poder: la representación y el arbitraje, el resorte de las ambiciones y el látigo de las amenazas. Perdiendo el control del Congreso dejó de ser el amo para convertirse en un poder entre poderes.

La incertidumbre que se asocia al juego democrático aparecía bajo la luz del optimismo. El país se conducía claramente a la modernidad. La activación de la competencia habría de desencadenar una serie de efectos virtuosos. El Congreso actuaría como un foro de razones y un vigilante eficaz del gobierno. Se refundaría el federalismo para darle a la política local representación auténtica. Liberados de la amenaza gubernamental los medios se profesionalizarían para retratar la realidad y cuestionar al poder. La corrupción sería ejemplarmente castigada e iría arrinconándose bajo una atmósfera de exigencias. No sospechábamos un descenso en la barbarie, una tergiversación de los mecanismos de competencia, el vaciamiento de la democracia. A 18 años de la implantación institucional del pluralismo podemos decir que las funciones elementales de la democracia se han pervertido. Los partidos se mimetizan, los órganos de control se pervierten. Los medios se someten, callan, aceptan la verdad oficial. La ley es burlada. Y somos hoy más vulnerables que nunca a la trampa y al crimen.

El artículo completo  puede leerse en nexos…

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30, sep 2015

Ser humano

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28, sep 2015

Palabras sin música, de Philip Glass

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No hay muchos compositores de música clásica contemporánea de los cuales pudieran hacerse chistes como los que se hacen con Philip Glass.

Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass
Toc toc.
¿Quién es?
Philip Glass

La broma se la han gastado al propio músico. Cuando estrenó su Música en doce partes, una pieza que llega a durar cuatro horas, un amigo suyo le dijo: “Es preciosa. Me encantaría saber cómo van a sonar las siguientes once.” Poco después del estreno de Einstein on the beach se publicó una caricatura en The New Yorker. Unos exploradores en África asustados por los tambores de los aborígenes: “tambores golpeando incesantemente –dicen–, ¿será una nueva composición de Philip Glass?”. El compositor insistirá, por supuesto, que su música no es repetición sino variación, la sutil mudanza de los sonidos que emergen de la reiteración. Enjambre de variaciones. Otro era el juicio de John Cage: cada vez que escuchaba una pieza de Philip Glass, le decía: “Demasiadas notas, Philip. Demasiadas notas.” Una nota, se sabe, ya le parecía un exceso.

No hay monotonía en las memorias que ha publicado Glass recientemente. Palabras sin música es el título, un recorrido caprichoso de recuerdos que es, ante todo, un desfile de la gratitud. El músico se rinde ante el misterio de la composición pero reconoce puntualmente el camino de su aprendizaje. Desde la clases de flauta que sus padres financian con esfuerzo hasta las enseñanzas de su guía en París, la sabiduría de sus gurús, la tradición que absorbe de Ravi Shankar. Poetas y escultores, yoguis, amantes, pintores, dramaturgos, escenógrafos. Viajes, colores, atmósferas, ciudades. En su autorretrato, Glass no esculpe un homenaje a su genio. No es el prodigio que brilla desde niño sino un artista de poros abiertos favorecido por su entorno. Su música es el mejor testimonio de la fertilidad de los contagios: colaboración con intérpretes, aprendizaje de otras civilizaciones, aparición de la ciencia en el arte. Poesía, dramaturgia, danza, escultura, crítica política entrelazadas en las notas de sus partituras.

El artículo completo puede leerse aquí

 

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23, sep 2015

Cuarenta poemas de Ida Vitale

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23, sep 2015

El extraviado dios de Ida Vitale

“Las palabras son nómadas; la mala poesía las vuelve sedentarias.” Ida Vitale expone así su idea de la poesía en Léxico de afinidades, su caprichoso diccionario personal. No es tarea de la poesía ponerle casa el lenguaje. Su afán es soltar las palabras, dejarlas correr. Las palabras son un “halo sin centro.” Buscamos siempre algo y es la palabra, no la uña, quien escarba: “Abrir palabra por palabra el páramo, abrirnos y mirar la significante abertura.”·

Vitale, quien ha ganado en estos meses recientes el premio Alfonso Reyes y el Reina Sofía, ha mostrado la volátil precisión de la poesía:

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
airadas,
ariadnas.

Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.

Memoria, cuaderno de aforismos, poemario salpicado de prosa, el vocabulario que por primera vez publicara Vuelta en 1994 y que ahora puede leerse con el sello del Fondo de Cultura Económica, se rinde ante el dios del azar. Nada más arbitrario que enlazar ideas por la letra que las abre. Brincar del ajedrez al ajo. Merodeo, modelo, monólogo. Piedras, poesía, progreso. Afinidades misteriosas. No es casual, dice ella en un poema, lo que ocurre por azar. Es el trazo de la geometría celeste. Llamamos fortuna al fracaso de nuestra imaginación.

Ambulando entre animales y plantas, fantasmas y plazas, amistades y lecturas, el abecedario sugiere eso: la secreta afinidad de todas las criaturas. La preclara inocencia del alfabeto. Se trata, a fin de cuentas, de un testimonio del revoltivo que nos circunda. Los reinos se mezclan para fastidio de los catalogadores. El azar es un dios extraviado y no se esconde solamente en la catástrofe. A veces, escribe en su poema “Trampas”, se asoma en la alegría. Las líneas de Lucrecio que Vitale escoge como epígrafe de su diccionario son perfectas.

… como una barredura de cosas
esparcidas al azar
el bellísimo cosmos…

Afortunadamente, escribe Vitale, el mundo es difícilmente clasificable. La poesía aparece como el esfuerzo de un orden, así sea el más frágil. En “Reunión”, uno de sus poemas emblemáticos, la poesía aparece como un susurro, una leve disonancia:

Érase un bosque de palabras,
una emboscada lluvia de palabras,
una vociferante o tácita
convención de palabras,
un musgo delicioso susurrante,
un estrépito tenue, un oral arcoíris
de posibles oh leves leves disonancias leves,
érase el pro y el contra,
el sí y el no,
multiplicados árboles
con una voz en cada una de sus hojas.

Ya nunca más díríase,
el silencio.

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17, sep 2015

El Macbeth de Justin Kurzel

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15, sep 2015

Las últimas cartas de Isaiah Berlin…

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Está por publicarse el último volumen de las cartas de Isaiah Berlin. Nuevamente compiladas por su editor Henry Hardy (ahora con la ayuda de Mark Pottle) cubre el periodo de 1975 a 1997, el año de su muerte. Se han publicado (que conozca) dos notas sobre esta correspondencia. John Gray cree que las cartas pueden leerse como el comentario a las últimas décadas del siglo XX hecho por una de sus mentes más civilizadas y penetrantes. También como una lúcida defensa de su idea liberal. Stefan Collini es menos entusiasta en la lectura de estas cartas. La publicación de todas sus cartas, la reedición de sus obras, la cadena de homenajes tienta el hartazgo.  Tal vez la conclusión a la que podemos llegar, según Collini, es que su personalidad fue más interesante que sus ideas.

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09, sep 2015

La serenidad de Kahn

Vía @TALLER_Arq

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09, sep 2015

A crear y a callar

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Antes de recibir el Premio Nobel, Wislawa Szymborska había concedido apenas unas cuantas entrevistas. Lo hacía de mala gana. No estoy hecha para ellas, decía: “El poeta ha de callar.” La voz para los poemas y para el té, para la página y la conversación familiar. Nunca para el micrófono. Si el poeta habla, ha de hacerlo a través de su poesía. Lo decía curiosamente en una entrevista y recordaba a Goethe: el poeta puede saber lo que quiso escribir pero ignora lo que ha escrito. No tiene por ello título para pronunciarse sobre su trabajo. Una amiga suya de la infancia decía que era imposible hablar con ella de poesía. Al salir el tema se ponía a platicar de pastelitos. Esa habría sido su divisa: a crear y a callar.

Hablamos demasiado. En nuestra época, dijo la poeta polaca, todo nos empuja a hablar: la radio, los periódicos, la televisión, los micrófonos, las grabadoras. Inventos para almacenar saliva. Hasta hace poco, “la Tierra se deslizaba por el universo en relativo silencio.” Ahora todo es ruido, ostentación, alharaca. En nuestra conversación con las plantas, la palabra la tienen ellas, que no hablan.

La biografía que se ha publicado recientemente de Szymborska es una celebración de su timidez, de su discreción, de su modestia. No es un monumento a la visionaria, sino un collage delicado como los que regalaba a sus amigos en cumpleaños: ilustraciones hechas de recortes de revistas y periódicos; frases que insertan ironía a una imagen. La han escrito Anna Bikont y Joanna Szczesna empleando el mismo cariño que Szymborka mostraba con tijeras y pegamento. El título viene de una línea de su instructivo para escribir un currículo.

La concisión y selección de los hechos es obligatoria.
Los paisajes deben convertirse en direcciones
Y dudosos recuerdos en fechas inmóviles.
De todos los amores, basta con el matrimonial,
Y en cuanto a los hijos, sólo con los nacidos.

(…)

Escribe como si nunca hubieras hablado contigo mismo
Y siempre te hubieras visto desde lejos.
Ignora perros, gatos y pájaros,
Trastos y recuerdos, amigos y sueños

Trastos y recuerdos, publicado por Pre-textos permite ese acercamiento íntimo. La memoria es borrosa, los amores fluidos, la militancia breve pero aleccionadora: una biografía más doméstica que literaria. Con buena razón el poeta Julian Przyboś le diagnosticó miopía: sólo es capaz de ver las cosas pequeñitas cuando las ve muy de cerca mientras las cosas grandes y lejanas le resultan invisibles. Escribió de la muerte de un escarabajo, de la caída de un mantel, del duelo de los gatos. La vida es tejida con palabras de amigos y lectores y, en alguna distracción, de ella misma. Sin mojigatería, atesoraba el recato. Exhibirse empobrece. “Al contrario de la moda actual, no creo que todos los momentos vividos en común sirvan para mercadear con ellos. Algunos son de mi propiedad sólo a medias. Además, sigo convencida de que los recuerdos que tengo de los otros todavía no han alcanzado su forma definitiva. A menudo converso con ellos mentalmente, y en estas conversaciones se plantean nuevas preguntas y respuestas.” Se disculpaba por estar chapada a la antigua. O a lo mejor resulta que soy vanguardista, agregaba: “¿y si en épocas venideras la moda de desnudarse públicamente fuera cosa del pasado?”

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02, sep 2015

Amar es donde

Joan Margarit

Sentado en un tren contemplo los campos
y de pronto, fugaz, pasa una casa
que es el relámpago de alguna verdad.
Sería un error bajar del tren.
Ya no estaría.
Amar es donde, y siempre hay algo
que me lo revela: una terraza al sol,
la tarima del director de orquesta
sin nadie, con una rosa solamente,
mientras alrededor los músicos tocan solos.
Un dormitorio al alba, un campo segado.
Por descontado, el canto de aquellos pájaros
en el cementerio una mañana de junio.
Amar es donde.
Perdura al final de todo: es de donde venimos.
Y es el lugar donde va quedando la vida.

*

Joan Margarit, Des d’on tornar a estimar, Proa, Barcelona, 2015. Versión de Jonio González. Tomado de aquí.

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02, sep 2015

La última entrevista de Hitchens

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En 2011 Richard Dawkins fue el editor invitado de la edición de navidad del New Statesman. Para el número entrevistó a Christopher Hitchens. Sería su última entrevista. Aparece ahora, por primera vez, en línea…

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01, sep 2015

Estar solo

Ida Vitale

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina?

Su Material de lectura puede leerse aquí.

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31, ago 2015

Sobre Oliver Sacks

Ha muerto Oliver Sacks. Aquí pueden leerse los obituarios del NYT, el Guardian, Washington Post, El país. Aquí pueden leerse los recuerdos de Michiko Kakutani, Jerome Groopman, Juan José Millás, Javier Sampedro, Julio Trujillo, Erica Goode, Jorge Comensal, Sabine Heinlein, John Midgley, Julio Patán, José María Pérez Gay, Philip Ball, Lawrence Weschler.  Ésta es la reseña del mismo Groopman a sus memorias, publicada en el NYRB. El archivo del New Yorker de sus colaboraciones y sus últimos ensayos en el NYT. La conferencia TED sobre alucinaciones, su conversación con Charlie Rose, su conferencia sobre la música y la mente, una conferencia en el MIT Media Lab (32’30”). De nexos, su artículo sobre la natación y la reseña de Auden a su libro sobre la migraña.

Abajo puede verse la ópera de Michael Nyman basada en El hombre que confundió a su esposa con un sombrero (y aquí la primera versión del texto, publicado por el LRB):

Aquí pueden encontrarse las apariciones al neurólogo en el blog.

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26, ago 2015

Un vivero para curiosos

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En los años sesenta, Václav Havel escribió un poema visual que tituló ‘Filosofía.’ No tenía una sola palabra, ni una sola letra. El poema era el cuadro de un regimiento de signos de admiración golpeados con el martillo de una máquina de escribir. Una parfecta formación de líneas marciales que no se atreven a doblarse. En una hilera inferior, escondida entre columnas enfáticas, se arquea un signo de interrogación. La vida, sugería el disidente checo, está en esa curva que interroga, en el arco inconforme que se abre paso frente a las órdenes. En esa sabiduría del escéptico se ha cultivado Alberto Manguel. En la literatura ha visto la ventana que le permite escapar del dogma y la certeza. Su nuevo libro, titulado Curiosidad. Una historia natural, que Almadía ha puesto en español, explora esta disposición soberbia y humilde y a la vez de entender la vida.

Como en todos sus libros, la escritura de Manguel es homenaje a sus lecturas. Entiende que leer no es recibir sino crear: la más imaginativa de las actividades humanas. Hablar de la vida y del mundo es, para él, hablar de libros. Si Borges imaginó el paraíso como una biblioteca, Manguel, su lazarillo, vive la vida como lectura. En uno de los últimos capítulos, por ejemplo, anticipa la muerte y se consuela sabiendo que no hay novela interminable. No quisiera vivir por siempre porque todos los libros tienen un punto final. El relato de mi vida tendrá que cerrar para no convertirse en balbuceo incoherente. Un sacerdote vasco, dedicado apicultor le contó que las abejas reconocían la generosidad de sus cuidadores que dejan algo de miel en la colmena. También le dijo que, cuando un apicultor muere, alguien debe avisarle a las abejas que su protecor se ha ido para siempre. “Desde entonces, escribe Manguel, siempre he deseado que, cuando yo muera, alguien haga lo mismo y le diga a mis libros que ya no volveré.” Preciosa imagen del lector como un apicultor generoso que bebe la miel de su biblioteca sin secar nunca la colmena.

Su historia natural se estructura con preguntas: ¿Qué es la curiosidad?, ¿Quién soy?, ¿Dónde está nuestro lugar?, ¿Qué es verdadero?, ¿Qué viene después? Cada pregunta abre con párrafos autobiográficos: recuerdos de su infancia en Tel Aviv; de su relación con los animales y las armas; de Borges; de sus viajes, sus colegios, su familia. La escritura de Manguel, ha de decirse, es a ratos luminosa pero en tramos es densa, extenuante. Sus divagaciones eruditas pierden en ocasiones el foco de la pregunta que explora. El aventurero cargla la biblioteca en su mochila y en ocasiones, temo decirlo, lo aplasta. Dante es su guía. El lector poco inclinado a los superlativos encuentra en la Comedia la obra más grandiosa jamás escrita en la historia de la humanidad. El libro pesca ideas en Homero y en el Talmud, en los clásicos persas, en Brodksy y en los teólogos más recónditos pero regresa una y otra vez a Dante.

Manguel se recuerda en uno de los capítulos como un niño de 9 años que se pierde en el camino a casa. Al salir de la escuela se distrae por algún motivo, toma un camino distinto al habitual y empieza a descubrir parques, calles, tiendas que nunca había visto. El extravío lo maravilla: ese espacio desconocido es el terreno de la aventura, de la curiosidad. Al reencontrar la ruta conocida, llega a su casa. Una decepción. A perdernos nos invita Manguel en este libro. Frente a la escuela contemporánea que pretende trasmitir respuestas, Manguel quiere un vivero para los curiosos.

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