04, Mar 2020

La sexta propuesta de Calvino

Desde 1925 la Universidad de Harvard hospeda una extraordinaria cátedra de creadores. Es el famoso ciclo de conferencias en honor a Charles Eliot Norton. Se describe como una serie charlas de poesía en el sentido más amplio del término. Han desfilado por ahí músicos, críticos, cineastas, dramaturgos. Han ocupado esa silla T. S Eliot, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Leonard Bernstein, Igor Stravinsky, Czeslaw Milosz, John Cage, Nadine Gordimer, Umberto Eco, George Steiner, Agnés Varda. La tradición es que cada uno de los expositores dicte seis conferencias. El ocupante de la cátedra en 1985 fue Italo Calvino. De ahí vienen sus Seis propuestas para el próximo milenio.

Cuenta Esther Calvino, su esposa, que, desde que recibió el nombramiento, dedicó toda su energía a preparar las conferencias. Su entusiasmo fue tal, que imaginaba una octava conferencia sobre el principio y el final de las novelas. No llegó a dar las pláticas. Una semana antes de que hubiera viajado a Estados Unidos, murió en Siena. Dejó sobre su escritorio el borrador de las charlas. Cada conferencia dentro de un sobre transparente y todas en una carpeta rígida. Estaban terminadas cinco sesiones, pero faltaba una que pensaba escribir durante su estancia en Boston. Así, el lector que se dispone a leer las seis propuestas que anuncia el título del libro, encuentra solamente cinco. En la edición de Siruela puede verse una imagen con el plan que Calvino trazó para la cátedra y, con letra tenue, el aviso de la conferencia no escrita. Después de examinar la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad, vendría la consistencia.

El propósito del ciclo de Calvino era, ni más ni menos, defender las cualidades literarias que habrían de sobrevivir al nuevo milenio. Faltaban quince años para el cambio en el calendario y se disponía a componer una posible pedagogía de la imaginación. Defendía ahí los principios de una escritura airosa y veloz; una literatura nítida y rica en imágenes que se proyectan a todos los rincones. Se trataba de valores, advertía el propio Calvino en alguna de sus charlas, que no se contraponían al polo contrario. Queda desde luego la incógnita de la conferencia no escrita. ¿Qué habría dicho de la consistencia como cualidad perdurable de la creación literaria? La sexta propuesta inspira mayor curiosidad justamente por el contraste con las otras virtudes. La consistencia es característica del monolito: estable, pétrea, tal vez incluso, sofocante. ¿Cómo armonizarla con la liviandad, la rapidez, la multiplicidad, la visibilidad?

El escritor rumano Andrei Codrescu se ha atrevido a escribir lo que Calvino no tuvo tiempo de terminar. En la edición más reciente del Los Angeles Review of Books aparece un ensayito que se presenta como si fuera la sexta propuesta de Calvino. Lo describe como un valor, al mismo tiempo imposible e inevitable. Es la consistencia que nace de la soledad humana y el afán de contarnos cuentos. Como los algoritmos que pretenden completar la sinfonía inconclusa de Schubert, el sexto ensayo sirve, sobre todo, para subrayar que los misterios no están hechos para resolverse. Prefiero llenar esa conferencia ausente con un comentario que Calvino hizo en una entrevista que concedió mientras preparaba las notas para sus conferencias de Harvard. Ahí revelaba que tenía dos libros en su mesa de noche: La naturaleza de las cosas de Lucrecio y Metamorfosis de Ovidio. “Quisiera que todo lo que escriba esté relacionado con uno o con el otro. O mejor: con los dos.” Ahí debe esconderse el secreto de su consistencia.

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02, Mar 2020

El asa y el sebo

Para el político todo tiene forma de asa, decía Ortega y Gasset. Los hechos, las opiniones, las personas, los problemas no son más que instrumentos de su ambición. Por eso de inmediato les inventa agarradera. El filósofo se refería a la incapacidad del político para reconocer el mérito de las cosas en sí mismas y la tara que significaba el apreciarlas solamente como herramienta. Al político le estaba negada la emoción de disfrutar un relato, si no lo convertía en pieza de un discurso. Ese sujeto al que ubicaba en el polo opuesto de su propia vida era a su juicio incapaz de entablar relaciones desinteresadas, era ciego al placer estético y negado a cualquier deleite intelectual. Todo sometido a su ímpetu de dominio. Amigos y desconocidos, coyunturas y urgencias, inventos y recuerdos, afectos y aversiones. De ahí la imagen: todo tiene, para político, asa, agarradera. Si algo o alguien no le es útil, no existe.

El mundo es, para el político, una colección de instrumentos. Todo existe para ser usado. A todo puede encontrársele asa. En aquel famoso ensayo sobre Mirabeau donde dibuja agarraderas adheridas a cada uno de los objetos del mundo político Ortega resaltaba el efecto que tenía esa manía de reducirlo todo a utensilio. Era el mejor ejemplo de la oposición entre el político y el intelectual. Mientras el intelectual podía entregarse a la contemplación y esforzarse en comprender por la simple emoción de acercarse a la verdad, el político no perdía el tiempo en divagaciones: si abría los ojos era para detectar adeptos y enemigos, si pensaba era para provocar efectos, si hablaba era para trasmitir instrucciones o para sumar seguidores. Pero el asa que el político imagina en el cuerpo de todas las cosas y personas es también indicio de un talento necesario. El político ha de tener esa capacidad para atrapar los hilos esenciales de la circunstancia. No observa lo que sucede: lo aprehende. Engancha la realidad porque se percata de sus transformaciones y las atrapa. Al hablar y al decidir retiene los desafíos esenciales del momento. Entiende el conflicto y sabe conducirlo. Se percata de los riesgos y advierte las oportunidades del momento.

Hablo de esto porque creo que el presidente López Obrador ha soltado el asa del presente. Si el opositor supo atrapar todos los símbolos candentes de la coyuntura electoral, el presidente no logra sujetar las complejidades de su responsabilidad. Su discurso se aparta cada día más de la realidad. La repetición de sus gastadísimas fórmulas son la mejor evidencia de su fuga. No se adapta a los cambios, no registra los reveses. Niega lo que es evidente, se aferra a lo insostenible. Su obcecación provoca, cada vez más frecuentemente, burlas. El país, en efecto, se le empieza a escurrir. Su incapacidad para entender la raíz de la protesta de las mujeres es la señal más clara del escurrimiento. Se le resbala el país porque el presidente quedó congelado por las medallas de su antigua eficacia discursiva, porque no ha desarrollado, como presidente, las habilidades para lidiar con la complejidad. Al caudillo opositor no solamente le bastaba, sino que le era indispensable la simpleza. Había que partir el mundo en dos y colocarse del lado correcto. No era necesario profundizar; era incluso inconveniente detallar los obstáculos que su proyecto enfrentaría. Pero el presidente necesita instrumentos adecuados para la labor de gobierno. No los ha adquirido y no parece interesado en conseguirlos. La lógica binaria a la que se aferra le impide sujetar la realidad. Las generalidades del demagogo se convierten en el sebo de la administración. Cualquier proyecto se resbala cuando queda untado de la retórica rudimentaria de la enemistad o de la épica de la refundación.

La estrategia gubernamental no encuentra asidero. La realidad se le patina: el recurso de la herencia maldita se agota, el permiso para las promesas se extingue, la fantasía de los datos alternativos irrita. El presidente empieza a habitar un mundo paralelo. Sometido a sus prejuicios, está dejando de entender el presente. La desconexión se ha acelerado en las últimas semanas. Aquel presidente de la comunicación y la cercanía se ha convertido en otro político apartado de las emociones dominantes y obsesionado con negar lo que los datos y los ojos revelan.¨

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24, Feb 2020

Narciso en el velorio

Llega de mala gana. Está convencido de que el velorio es, en realidad, una distracción de lo que importa. Desviarse de sus temas es una pérdida tiempo. Eso es, además, lo que quieren los malos: que hablemos de sus temas y no del mío. ¿Qué sentido tiene hablar del dolor de los otros, qué valor tendría hablar de las vidas segadas si podemos seguir trasmitiendo la buena nueva? Lo que de veras importa es su ocurrencia más reciente, su último sermón, la edificante lección de esta mañana. Lo que importa es el recordatorio de las desgracias que padecíamos antes de su llegada. Si acude al velatorio es para pedirnos que no nos fijemos en la mujer o en la niña de la caja. ¿Por qué hablar de ellas si podemos seguir hablando de mí?

A los dolientes pide que dejen de hablar del árbol y vean el bosque. No hablemos de la mujer golpeada, no nos desviemos con las historias de la agonía, no divaguemos con los relatos del crimen. Hablemos de cosas trascendentes, como mi sitio en el altar de la historia. Está convencido de que los asistentes a la funeraria carecen de perspectiva y quiere ofrecerles, no consuelo, sino razón histórica y lecciones de moral. En el gran lienzo de nuestra historia esa niña que ustedes lloran no es nada. Ustedes lloran a una niña torturada, se lamentan de la impunidad, exponen el miedo que las asfixia, denuncian la ausencia y la complicidad de los poderes, pero no se percatan de lo felices que somos porque existo. Sí, es triste lo que ha pasado, concede brevemente. Pero estén tranquilos: ya no sucederán estas tragedias porque yo soy bondadoso. Soy único. No me parezco a nadie. No se repetirán estos horrores porque yo deseo el amor para todos.

No son tiempos para estar tristes. No son tiempos para permitir el miedo, nos dice en la casa funeraria. Debemos darnos cuenta de lo dichosos que somos, a pesar de que se acumulen los ataúdes. Dejemos las anécdotas luctuosas a un lado. Aquí estoy y ustedes pueden verme. Son tiempos para la alegría. ¿No se percatan del privilegio que significa compartir el siglo conmigo? Ustedes pueden darse el lujo de despertar en la misma mañana que yo amanezco. No lo olviden: son mis contemporáneos. ¡Disfrútenlo! Son escasos los momentos en que la humanidad encuentra a alguien como yo que no soy siquiera propietario de mi mismo, sino simplemente el humilde vehículo que ustedes han encontrado para ser felices.

Se irrita el visitante cuando los afligidos regresan a su dolor y lo buscan con la esperanza de encontrar alivio o guía. Se siente ofendido cuando alguien se atreve a pedirle algo más que la enésima repetición de su empalagosa homilía. Yo no voy a cambiar mis convicciones por unas cuantas muertas, dice de pronto. No he caminado hasta este lugar para dejarme llevar por una queja de mis enemigos. No sería el héroe que soy y que ustedes tanto admiran si escuchara las voces de los perversos o si me dejara influenciar por el grito de quienes son manipulados. ¡Cuánto egoísmo, cuánta miopía en los dolientes! No son capaces de reconocer que el país está ya en camino de la gloria y que estos inconvenientes funerarios son vestigios de la era podrida. Son muy pocos y no son buenos quienes quieren empañar nuestra fiesta con lamentos. Y así repite su convicción esencial: porque existo, porque soy bueno, porque quiero el bien el mal desaparecerá. ¿Contentos?

Llama la atención de los deudos el que el visitante no pronuncie una sola vez el nombre de la persona que ha muerto. Quizá se deba a que no debemos hablar del árbol sino del bosque. Por eso no hay que hablar de la vida concreta que ha sido liquidada por el crimen, sino de la lucha del bien contra el mal, de los horrores del pasado reciente y del esplendor actual. Si todos en ese espacio de llanto repiten el nombre de la víctima, si tratan de rendir homenaje a la vida irrepetible terminada por la violencia atroz, resulta revelador que él no pronuncie las sílabas de sus nombres. Nada dice de sus vidas. Son “esa mujer;” es “la niña.” Fórmulas genéricas que le sirven para tomar distancia y repetir las cantaletas de su monomanía. Es que no acude al velorio para expresar su pena o para anticipar respuesta, sino para aprovechar la oportunidad de encontrarse de nuevo con el espejo y bordar sobre un tema importante: él mismo y su grandiosa epopeya.

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19, Feb 2020

El lente de las nubes

El poeta se asoma por la ventana del avión y encuentra un país de ceniza.

Desde el avión

¿qué observas?

Sólo costras

Pesadas cicatrices

de un desastre

Sólo montañas de aridez

arrugas

de una tierra antiquísima

En aquel poema, José Emilio Pacheco veía México como una isla de aridez, el reino del polvo. Desde lo alto veía una hoguera muerta, sepulcros naturales, cordilleras que nos rompen. Registraba también ese pero tan presente en su agudeza. Cenizas, cicatrices, sepulcros y, sin embargo, “la tierra permanece.” Como si emprendiera la tarea de documentar el paisaje de esa mirilla, Santiago Arau ha recorrido México para verlo como lo contemplan las nubes. El año pasado publicó en una coedición de Sexto Piso y la Fundación Bancomer uno de los libros mexicanos de fotografía más notables de los últimos años.

Acompañado con estupendos ensayos de Diego Rabasa, Luigi Amara, Pablo Soler Frost, Juan José Kochen, Sergio Rodríguez Blanco, Julia Carabias y Vivian Abenshushan, Territorios recoge la bitácora de la extensa travesía de Arau por los aires del país. 32,306 km por las cuatro puntas de México. Cuatro años desde el primer viaje hasta el último. 452 días fuera de casa. Durante años los mirones de tuiter y de instagram hemos podido asomarnos por a las postales de sus viajes. En el libro se recogen todas ellas. Estampas de la prodigalidad mexicana: cerros, desiertos, mercados, volcanes, costas, calles, islas, plazas, ríos, pirámides, bahías vistas casi siempre por encima de las nubes.

La fotografía de Arau, dice Pablo Soler Frost, nos permite ver lo que no vemos: lo extraordinario. Al elevarse del suelo, Arau rompe el cerco de lo inmediato. Nos ofrece así, otra retina para vislumbrar la anchura del mundo y sus dos inmensidades. Ciudades monstruosas y selvas infinitas. Laberintos los ríos y las calles. El ojo del dron captura geometrías y caprichos, reporta exclusiones e hibridaciones, bellezas y horrores. Encuentro en estas fotografías de Arau curiosas correspondencias artísticas: se asoman de pronto los microscopios de Felguérez o el horizonte turquesa de Joy Laville; la transparencia de José María Velasco y aquella vendedora de frutas que retrató Olga Costa.

Lo más sorprendente del trabajo de Arau es que la elevación de su lente no enfría la mirada. Se observa en él la secreta geometría de ciudades y bosques, la exactitud de lo inerte, el capricho de lo vivo. Este no es el reporte de un orógrafo. Los drones de Arau van más allá de la cartografía y escapan ese lugar común en que se ha convertido la fotografía desde los cielos en documentales y en libros de decoración. El clic del pájaro es registro artístico: en simultáneo, creación y crítica. Ejercicios de admiración y de denuncia que hacen íntimo lo inmenso.

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17, Feb 2020

El clima cortesano

La reinvención de México nos ofrece lecciones diariamente. Hay oligarcas buenos. Los empresarios que hace unos días eran el emblema de la podrida relación entre poder y negocios son ahora amigos del pueblo. El presidente los llama “empresarios con vocación social” porque se han puesto a su servicio. Hacen lo mismo que antes, se conducen como siempre, pero ahora, dice él, sirven a las buenas causas. Digo que se conducen como siempre porque aprecian, antes que cualquier otra cosa, la relación con el poder político. No hay mejor inversión en México que la amistad con el poder. Al Señorpresidente hay que acompañarlo sonrientemente aunque nos invite al precipicio. El Consejo Coordinador Empresarial se ha prestado para constituir la rama empresarial de la nueva hegemonía. Carlos Salazar, su dirigente, es el representante de un nuevo actor social y político. Pejeburguesía, la podríamos llamar. Empresarios entregados al nuevo poder, dispuestos a cualquier indignidad con tal de no arriesgar una fricción con el caprichoso que nos gobierna. Bailar al son que toquen en Palacio. Inversionistas prestos a convertirse en favoritos del nuevo régimen. Empresariado servil y acomodaticio, incapaz incluso de emplear las fuentes de su independencia para cuidar su propio decoro. No sé si en los asistentes a la cena infame haya alguna reserva cívica. Lo que llama la atención es su incapacidad para registrar y emplear su poder frente al poder. Su temor de marcar una distancia frente al absurdo al que se les convoca. Su disposición a montar espectáculo de su sumisión voluntaria, de su calculada servidumbre.

Aparecerán en las listas de los más acaudalados del mundo, pero en su encogimiento se muestran como empresarios bananeros. ¿Qué son unos milloncitos que nos pide el presidente para salir de un enredo en el que se metió, si no nos van a subir los impuestos? Mejor mostrarle lealtad y acompañarlo en sus estrafalarias ocurrencias. Se engaña quien sugiere que el bochornoso evento haya sido una expresión de libre voluntad. Al invitarlos, el presidente advirtió públicamente que en la asistencia, se vería quién era quién. Ya veremos qué empresarios están con nosotros y quiénes deciden apartarse. Tomaremos nota. Son libres de venir, pero, por supuesto, quedará registro de asistencia.

La charola pone de relieve una marca del régimen: la ausencia de quien plante cara al presidente. En el entorno presidencial hay un serio vacío de verdad. Es la victoria de los cortesanos que celebran cualquier tontería presidencial como si fuera una descarga de sabiduría infinita. El presidente puede decir, como dijo la semana pasada, una gran estupidez y su gobierno la enmarca para la historia. El decálogo que el presidente improvisó en su letanía reciente es casi una provocación de tan absurdo y de tan bobo. Inanidad propia de un concurso de belleza: estoy en contra de la violencia, se tiene que respetar a las mujeres, no a las agresiones a las mujeres, no a los crímenes contra las mujeres. El presidente hilaba sus sentencias como si estuviera taladrado el mármol de la conciencia humana y de su boca aparecieran súbitamente las tablas de la convivencia. Uno, dos tres… Al llegar a la frasecita número diez, preguntó fastidiado: ¿ya?

Mal momento, podríamos decir. Todos podemos reaccionar con torpeza ante un tema difícil y trataremos de cambiar pronto la página. Pero no… el gobierno actúa como si, desde el Palacio, se hubiera hecho la luz. Abraza de inmediato la lista y la define, sin ironía, como “decálogo.” En carteles que difunde en los espacios oficiales, se publicita la honda sabiduría moral del presidente. Supongo que habrá que aprenderse que el Quinto Mandamiento ordena: “Se tiene que respetar a las mujeres”. Y nunca confundir el Tercer Mandamiento, que ya todos sabemos a estas alturas que indica que es una cobardía agredir a la mujer, con el Cuarto que nos recuerda que el machismo estaba bien antes, pero ahora ya no tanto: “El machismo es un anacronismo.”

No parece haber nadie a su alrededor, nadie en su círculo inmediato, nadie a quien consulte que se atreva a advertir al presidente la magnitud de sus despropósitos. Se pasea encuerado y recibe de su entorno aplausos por la belleza de su ropa. Ese es el clima cortesano: indignidad y mentira.

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11, Feb 2020

El imperativo del placer

Al cumplir veintiún años, Virginia Woolf recibió un regalo de su hermano Thoby: una traducción de los ensayos de Montaigne. Llevaba años buscando esa versión. Le confiesa que ya estaba desesperada por llevársela a la cama. La admiración de Woolf por Montaigne no pudo haber sido mayor. Con su marido hizo tres veces la peregrinación a la torre. A su amiga, la poeta Vita Sackville-West, le escribía extasiada: “Te lo juro: es la misma puerta que él abría. Subí por los escalones gastados en ondas profundas que él pisó. Me asomé por las tres ventanas por las que contemplaba su viñedo. Ahí está su escritorio, las vigas, la silla, los perros. Todo exactamente como era en vida de Montaigne. Bueno, tal vez los perros no”.

La novelista llegó a sugerir que el género al que Montaigne había dado nombre podría ser considerado como el máximo invento literario. El artefacto, más que un vehículo, era una sustancia: una forma que expresa lo que no puede ser dicho de otra manera. La fundición del ojo y lo mirado. La autora de Las olas lo entendía como un arte de riesgos: “Un baile sobre la cuerda floja”. Es que en el ensayo aparece irremediablemente la palabra yo, que en inglés es una línea solitaria y vertical. La valentía del ensayista radica en la confrontación con sí mismo. Ahí se basa también el peligro del género. Virginia Woolf era muy consciente de ello. El ensayo podía volverse una plaga. La literatura de la inteligencia distraída puede encallar en la exhibición narcisista o en ornamento banal. Si el ensayo se nutre de perspectiva y de forma, ante ese doble embrujo (el espejo y la elegancia) puede sucumbir.

El artículo completo puede leerse aquí.

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10, Feb 2020

Cuidar al árbitro

Tenemos todavía la elección del 2006 atorada en la garganta. Si no fuera una imagen tan gastada, habría que decir que es una herida que no ha cerrado. Han pasado casi quince años y aquellos recuerdos siguen dividiéndonos intensamente. La del 2006 es una elección que, de alguna manera, sigue sin resolverse. Parece imposible encontrar una memoria común, una evaluación compartida. En el caldo se mezclan los hechos que bombardearon el consenso de la transición. Lo recuerdo como una conspiración de deslealtades. Un embate a dos frentes contra las reglas básicas de la democracia. En la historia de esa conjura habría que registrar, entre otros hechos, el abusivo desafuero del alcalde del Distrito Federal; la ventaja que el candidato puntero se empeñó en dilapidar durante su campaña; la intervención ilegal del presidente y de las organizaciones empresariales más importantes del país; el larguísimo silencio de la autoridad en la noche del voto; la confusión y la competencia de las mentiras; la sentencia del tribunal electoral que identificaba la ilegalidad de la intervención del Consejo Coordinador Empresarial y los atentados del presidente Fox que, a juicio de los magistrados, puso en riesgo la validez misma de la elección; la protesta, la ocupación de la calle, la pedestre argumentación de los perdedores que nunca aportaron pruebas para fundar la pretensión de su victoria; aquel grito que mandaba al diablo a “sus” instituciones y el teatro de la autoproclamación.

La traumática elección del 2006 es el origen de una condena injusta del órgano electoral y de una persuasión torcida: las instituciones tienen dueño. Les sirven a ellos, los protegen a ellos, los benefician a ellos. De ahí que el programa alternativo implique explícitamente una ocupación institucional. No la búsqueda de nuevos equilibrios sino una conquista territorial. Si las instituciones fueron de nuestros enemigos, ahora serán nuestras. Los defensores del abordaje nos dicen que el voto que recibieron en el 18 no solamente lo justifica sino lo ordena: la nueva mayoría ha de imponerse en todos los ámbitos del Estado. El árbitro electoral habría de convertirse entonces en representante de la nueva mayoría. Así lo dice abiertamente una secretaria de estado: ninguno de los consejeros del instituto electoral nos representa. Solamente uno es nuestro y como es nuestro proyecta la voz de todos los mexicanos. No hay intento por disimular la intención: vamos por un instituto electoral que esté integrado por delegados gubernamentales. Eso es, a su juicio, un órgano democrático. En otras palabras: buscamos restaurar una comisión electoral que haga la voluntad del presidente.

La claridad con la que se expresa la secretaria de la función pública es una prueba más del peligro que corre la vida democrática cuando una fuerza política pretende someter al árbitro electoral. Ahí están, desde luego, las iniciativas presentadas formalmente que pretenden supeditar la actividad del árbitro al ritmo y la voluntad de la legislatura. Como toda institución, el órgano electoral está lejos de ser inmaculado. Pero es un patrimonio común. Una institución profesional y confiable que se convirtió, adentro y afuera, en modelo. Mucho perderíamos si fuera convertido, como algunos quieren, en palanca del presidente y su partido. Las amenazas son claras y la responsabilidad de la nueva mayoría es inmensa. En asuntos como éste advertimos la gravedad de mantener inactiva la Secretaría de Gobernación, esa dependencia que habría de contribuir al fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Cuando se dice que la captura del árbitro es una amenaza al juego democrático no se advierte que el peligro lo corran solamente las oposiciones. Un árbitro sin vocación de neutralidad, un árbitro que se asume delegado del poder (por legítimo o popular que sea) es un árbitro para todos temible. Los integrantes de la mayoría deberían sentirse tan amenazados como los miembros de la oposición. Un árbitro respetable y distante de las fuerzas en pugna; un árbitro dotado de sólidos contrapesos interiores, un árbitro capaz de argumentar con solidez sus resoluciones es la única garantía para que la competencia entre y dentro de los partidos se ajuste a reglas. Las facciones que hoy se disputan el gobierno de MORENA, deberían saberlo bien: solamente una autoridad independiente podría poner fin a las controversias. Si el árbitro es órgano de facción, el pluralismo habrá sido secuestrado.

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05, Feb 2020

Steiner y las manos de Moore

Fallece el crítico literario judío George Steiner

Recordaba George Steiner que, en la universidad en la que trabajaba se aparecía a veces el gran escultor Henry Moore. La plática, tarde o temprano, encallaba en la política y los comensales escuchaban al artista revelar su simpleza. ¡Cuánta inocencia, cuánta ingenuidad en ese desfile de lugares comunes! De que el escultor era un idiota en política, no lo quedaba la menor duda. Pero de repente Steiner se fijaba en sus manos y se daba cuenta de lo que podía hacer con ellas. Detenerse en sus ideas se volvía absurdo. Su genio estaba ahí, en sus manos. Viendo el contraste entre el discurso de Moore y el movimiento de sus manos advertía la inocencia que hay en los grandes creadores.

Creyó que esa inocencia le había sido negada. Que no tenía esa mano del artista y que tenía que conformarse con la celebración del arte de los otros. No soy un creador, confesaba Steiner, el crítico que acaba de morir, poco antes de cumplir los 90. Estaba convencido de que, a pesar de haber escrito poesía, de haber incursionado en la ficción, no era un creador. Era un crítico. Solamente un profesor. Y por ello se sentía a años luz del artista.  “Si soy lo que soy, se debe a que no he sido un creador.” Ahí se escondía su tristeza, su profunda y sabia tristeza.

Por eso se describió como un cartero, alguien que trasmite los avisos de la inteligencia y la imaginación. Un hombre que no se deja intimidar por las inclemencias del tiempo y coloca todos los días las postales de Shakespeare, de Stravinsky, de Borges en el buzón correcto. Por supuesto, la correa de esos mensajes no es ciega. Para merecer trasmisión deben pasar por la severa aduana del crítico. Es ahí donde puede verse a Steiner como un subversivo. Un rebelde que se enfundó en la tradición para increpar al presente. Sí: ese hombre tachado por muchos como un elitista por la intransigencia de sus pasiones, ese profesor que insistía en el mérito de los grandes libros eternos, ubicaba en el recuerdo y la reelaboración de nuestros clásicos la mejor resistencia frente al “fascismo de la vulgaridad.”

Pero, ¿es cierto que no tenía las manos de Moore? ¿Aceptamos su juicio de que era solamente un profesor, un crítico, un comentarista desprovisto de genio creativo? No lo creo. Si alguien ha demostrado que la crítica es un arte es precisamente Steiner. Me refiero, sobre todo, al Steiner viejo, al hombre que en las últimas horas de su “largo sábado” pudo despojarse de la jerga académica que enturbió sus primeros libros para dedicarse a escribir su bellísimo testamento. Me refiero al escritor que se revela desde Errata, su luminoso ensayo de memorias. A partir de entonces los libros empezaron a volverse más breves, más airosos. No desaparece en ellos la erudición, pero se envuelve en vida. Se leen como una celebración, una despedida. Las ideas en sus últimos libros adquieren cuerpo de experiencia, las lecturas alientan los juegos más íntimos, la imaginación seduce a la filosofía. Su bellísimo libro sobre los libros que no se atrevió a escribir, por ejemplo, es un ensayo sobre el camino no recorrido, una pintura de la vida que se asomó y que el temor ahogó.

A pesar de todas las advertencias que dejó en su obra para señalar la distancia entre el creador y el intérprete, sabía también que hay críticos que rozan la creación: Proust en el Contra Sainte-Beuve, los ensayos de Eliot, la lectura que Mandelstam hace de Dante. En esa compañía, la del crítico que acaricia la creación habremos de ubicar a George Steiner.

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03, Feb 2020

Cometer verdad

El acoso judicial que ha padecido Sergio Aguayo amenaza a todos. A todos, y no solamente a quien escribe porque callar a uno implica tapar los oídos de todos. La víctima de la persecución no es solamente quien pudiera ser silenciado por el poder, sino todo aquel que deja de recibir la información, la denuncia, la reflexión independiente. El tapabocas a un crítico es un tapaojos a México.

Un artículo de opinión que no cae en ninguna falsedad es considerado por un juez como un transgresión que merece castigo. En efecto: una opinión ilegal. Quien lea el artículo que Reforma publicó el 20 de enero de 2016 encontrará un texto severo, pero ninguna calumnia. Las líneas que un juez ha decretado contrarias a la ley constituyen la materia misma del debate en una sociedad democrática. Un crítico no debe callar para cuidar la imagen personal de los poderosos, como quisiera el juez de la censura. La severidad con la que Aguayo denuncia al político coahuilense y a su red de protección corresponde a la abominable actuación pública del priista y al régimen que lo prohijó.  Un régimen democrático no solamente debe tolerar estas “ofensas” a la actuación de sus políticos. Debe celebrarlas. Si la prensa no tiene el permiso de ofender, no tiene derecho a existir. El debate público es irremediablemente rasposo. Un estado democrático debe proteger al máximo la libertad crítica. Si debe honrar la verdad y respetar los refugios de la intimidad, necesita liberar a la crítica política del chantaje de los sensibles.

Después de haber padecido durante años el suplicio de los tribunales, después de haber sido condenado por el delito de opinar, parece que, en este caso tan sonoro, el fin de la persecución se acerca. La Suprema Corte de Justicia intervendrá en el asunto y puede confiarse que pondrá las cosas en su sitio para defender la libertad de expresión. Pero ese uso de la ley para limitar la expresión, esa manipulación de los tribunales para proteger a los poderosos e intimidar a los críticos, sigue firme. La ley misma abre la puerta de la intimidación: causar deshonra a quien la merece puede configurar una conducta ilegal. La verdad importa poco, la libertad menos.

No soy de quienes creen que en la persecución de Aguayo está el aviso del despotismo presidencial. No veo la mano del Ejecutivo en la aberrante protección judicial al exgobernador priista. Encuentro en este caso una nueva evidencia de la podredumbre de nuestro sistema de justicia. Pero de que hay enemigos de la crítica en el gobierno de López Obrador, no cabe la menor duda. Y no me refiero al cotidiano hostigamiento presidencial al golpismo que, a su juicio, se esconde en toda crítica. Quisiera referirme a expresiones públicas de altos funcionarios que corresponden a un afán grotescamente inquisitorial.

Conserva su puesto un subsecretario de gobernación que sugiere afilar cuchillos ante la discrepancia. “A chillidos de marrano, oídos de chicharronero.” No hay que escuchar la crítica, ni responder a ella: hay que ir calentando el aceite para los lloricones. Son enseñanzas, dice él, de la sabiduría popular que deben guiar la actuación de un gobierno. Bonita imagen: freír en aceite a los “moralmente derrotados.” Podría decirse que la frase pudiera interpretarse de manera menos literal, pero de la convicción del funcionario de que la crítica al gobierno merece castigo hay pruebas igualmente ridículas, pero mucho más ominosas. En un artículo publicado el año pasado por Excélsior el alto funcionario pide considerar terroristas a quienes difundan notas hirientes que dividan equipos de trabajo. Sí: terroristas. Lo cito para que no se crea que interpreto injustamente al señor subsecretario: “Crear ambientes de duda entre colaboradores, difundir notas hirientes para dividir equipos de trabajo y hasta contar con toda una infraestructura mediática y de redes para genera noticias falsas se puede configurar como terrorismo.” Si alguien tuitea algo que genere distancia entre el subsecretario y la secretaria de gobernación, debe ir de inmediato a la cárcel por sospecha de terrorismo. El subsecretario querría imponernos a todos los mexicanos un alto deber patriótico: cuidar la armonía entre burócratas. Nada de crear ambientes de duda entre los servidores de la nación. Jamás escribir algo hiriente. Y sí: el subsecretario conserva su puesto. Qué alivio saber que ya no es como antes.

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27, Ene 2020

Insultar a las víctimas

El hermetismo intelectual conduce a una ceguera ética. El soberbio que se imagina por encima de los mortales cierra los ojos al mal que puede causar, desprecia el sufrimiento de los irreverentes y cobija a los pillos, si le profesan devoción. El presidente abre las puertas del palacio a quien lo abraza, llega hasta el último rincón del país para recibir veneración. Pero al crítico le da la espalda. Al independiente desprecia. Recibir a quienes piden seguridad es, para él prestarse a un espectáculo indecoroso. La más reciente marcha del dolor mexicano ha recibido su menosprecio. Se trata, a su juicio, de un show, un montaje propagandístico. El reflejo de aquel intolerante que, desde el gobierno del Distrito Federal, agredía a quienes pedían seguridad en la capital, sigue intacto. Como entonces, ve a los ocupantes de la plaza como farsantes. Si no son sus seguidores, no defienden un derecho legítimo: montan un espectáculo de propaganda, con el que no está dispuesto a colaborar. El desprecio de López Obrador por sus críticos es un acto de congruencia: nadie, que no sea seguidor suyo, expresa un interés legítimo.

Lo más preocupante es que el maniqueísmo moral ha hecho escuela. Los seguidores del presidente, siguen su enseñanza y la ponen en práctica. Han bebido el veneno de su prédica diaria: el país está dividido en dos y solo una de esas mitades es valiosa. La otra es perversa y no merece siquiera ser escuchada. En su clase de todas las mañanas el profesor ha insistido en que el tiempo de México ha sido el enfrentamiento de unos que han sido muy, muy buenos contra otros que han sido endiabladamente malvados. Los malos, por supuestos, monopolizan el vicio: la mentira, la corrupción, la deslealtad son de ellos. En el presidente y sus afines no hay siquiera la posibilidad de vicio. Dudarlo es ya una afrenta patriótica. “¡Eso calienta!”, dice nuestro simpático mandatario, como si, por impensable, fuera chistoso el trazar la línea de las continuidades en su gobierno. Hablar de las similitudes entre la política de hoy y la de hace unos años (aunque los paralelos sean más que evidentes) es para él inconcebible.

Pero ese hermetismo intelectual, decía en la primera línea, no dificulta solamente el trato con la realidad. También cancela la posibilidad del entendimiento. No solamente entender el mundo, sino entender al otro. Una administración sellada por la fe es torpe para adaptarse a la realidad cambiante, es incapaz de apreciar con realismo el efecto de sus decisiones para ajustar el rumbo o cambiar de dirección. Pero no se quedan ahí los efectos de esa cerrazón intelectual. Quien cierra las puertas a la razón del otro porque lo ha definido como perverso ha cancelado el diálogo con él. La política, hecha batalla, renuncia a ser un espacio de entendimiento.

Esa es la lección profunda y seguramente duradera del lopezobradorismo. No deja de ser curioso que un político que se entiende a sí mismo como un predicador, haya cultivado ese mensaje. Se trata de la proscribir moralmente al otro. El conservador acecha siempre, pero es incapaz de defender el bien. Ese es el cuento de la historia oficial que se ha creído y que repite a diario para ilustrar a la nación. Las escenas que pudimos ver ayer muestran la ponzoña de esa simplificación polarizante. El presidente había ya expresado su desprecio por la marcha organizada por Javier Sicilia y Julián LeBarón. Encontrarse con el poeta, dijo hace un par de meses, le daba flojera. ¡Qué pereza escucharlo! ¿Para qué perder el tiempo, si verlo sería un acto indigno de su investidura? ¿Para qué hacerle el caldo gordo a los conservadores?

En los oídos de los fieles, los dicterios del presidente son órdenes. Por eso resulta imposible respetar a quien discrepa, aunque sea un doliente. El impacto de la prédica constante es terrible:  el dolor deja de ser real si es de ellos. Deshumanización radical: el dolor de los otros es una farsa, el grito de los otros, una patraña. México enfermo: a las víctimas de los crímenes más atroces, los devotos del poder insultan.

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22, Ene 2020

Del vicio impune

En un poema publicado en La calle blanca, David Huerta describe una cosa intangible que se despliega con el furor de dragones suspendidos. El poeta descubre que un conglomerado de abstracciones y de ciencia infusa se vuelve esplendorosa en la maraña renacentista de Florencia. Y contempla con ojos insomnes esos esguinces tipográficos que se desdoblan en versos. Habla de sus lecturas para el verano.

libros, cuentos, poemas, lucientes teatros
del vicio impune, Larbaud dixit, pedazos encendidos de la vida vivida
aunque tantos digan lo contrario. Son el mundo conversado y silencioso,
los momentos agridulces de noches y tardes pobladas
por minuciosos cosmos de sonido y sentido

Al vicio impune de la lectura se dedica el nuevo libro de Huerta. Es un impecable librito publicado por Grano de sal, con un prólogo de Felipe Vázquez. El libro publicado para celebrar el Premio FIL del año pasado, recoge las notas que el poeta publicó en Hoja por Hoja entre 2005 y 2008. El título, Correo del otro mundo rinde homenaje a Diego Torres Villarroel, admirador de Francisco de Quevedo que fue, si creemos en su autorretrato, “sucesivamente criado de ermitaño, curandero-bailarín en Coimbra y soldado en Oporto.”

En las postales de Huerta llegan invitaciones para releer a García Márquez y detenerse en la abundancia de sus sustantivos; sugerencias para apreciar la autobiografía involuntaria que hay en las agendas de papel; elogios de esas maravillas que para nosotros los miopes son los anteojos. El libro brinca de la caligrafía que Peter Greenaway diseñó para el libro de Próspero a una cita cuya fuente ha quedado en el misterio: “la actividad poética es una negociación entre el diccionario y el sueño.” Paseos por la poesía, el cine, la política, la novela, la pintura y las nubes. Apuntes de un lector atento a la música de las letras que es, a un tiempo, libérrimo y riguroso: “sonido y sentido”.

De ese otro mundo llegan también recomendaciones por demás pertinentes para éste. Frente a quienes celebran la autenticidad de lo malhecho, frente a los que se fascinan con el arrebato irreflexivo pero apasionado, David Huerta propone a la asamblea: “rescatemos la inteligencia. Convirtámosla de nuevo en algo interesante. Hagámoslo sin la menor concesión al nihilismo sentimental y a sus destructivas operaciones cardiocéntricas. Tres o cuatro estamos hartos del “así lo sentí”, “me salió del alma” y otras zarandajas por el estilo.”

En ese rescate de la inteligencia está la apuesta del poeta. Al sumergirse en los libros, el vicioso da la espalda a los retablos. Por eso entiende la lectura como un acto de subversión: “Siempre he creído en el talante subversivo (antiestatal) de quienes leen libros; mejor dicho: en la índole marginal de esa actividad desinteresada.”

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20, Ene 2020

Intuición y aislamiento

Gobernar es fácil. Esa es la convicción profunda del presidente. No requiere ciencia. La experiencia está sobrevaluada, la técnica es sospechosa. Lo que nos dice el presidente es que, a lo largo de los siglos, las civilizaciones han perdido el tiempo tratando de precisar las complejidades del gobierno. Bibliotecas enteras dedicadas a lo obvio. La ciencia de la administración, la mecánica de los incentivos, el catálogo de experiencias son entretenimientos triviales. No hay dificultad alguna en el mando, en la gestión, en la economía, en la ley. Nada perderíamos si desaparecieran esas bibliotecas que han tratado de escudriñar los misterios y complejidades de lo social. En realidad, nos dice el presidente de México, eso de gobernar no necesita estudio. Y no me refiero, por supuesto, a una disciplina universitaria o a un diploma. Me refiero al respeto por lo complejo, a la atención al conocimiento. Lo que se desprecia en la práctica presidencial es el análisis de los enredos que caracterizan lo público, la seria ponderación de los costos, la carga que implica cualquier decisión. Se impone en el gobierno la simpleza de un moralismo elemental: cuando uno es bueno, todo lo que se hace será bueno. De esa soberbia moral proviene la idea de que las soluciones son siempre obvias y no requieren mayor reflexión.

Para gobernar no se requiere reflexión ni se necesita equipo. La política de la intuición es la política del aislamiento. Aunque se abrigue de multitudes, el presidente es un político aislado. Un gobernante omnipresente y un gabinete invisible. Y no creo que lo imperceptible del equipo se deba a la discreción de los funcionarios. Es el personalismo instintivo e impetuoso del jefe lo que impide el funcionamiento del equipo. La rutina misma del presidente corroe cualquier posibilidad de colaboración estable y productiva. Toda política pública cuelga de su saliva. Cada mañana la administración suspende la respiración. Habrá que ajustar la política a lo que en ese instante ha declarado el presidente. La improvisación que caracteriza su homilía cotidiana puede imponer un viraje radical a la labor de meses. No hay coordinación que resista esa frenética locuacidad.

El arreglo de las competencias que establece la ley le importa poco al presidente. Cuando era alcalde la capital hizo que la titular del órgano encargado de cuidar el medio ambiente, supervisara su regalo a los automovilistas. La confianza del caudillo está por encima de cualquier normativa. Los cargos importan poco: el canciller puede encargarse de la política migratoria y encarar una de las más severas crisis de seguridad del país. Un subsecretario de relaciones exteriores puede anular las competencias de la Secretaría de Economía y negociar (a solas) los acuerdos comerciales.

Esta semana vimos que el aislamiento presidencial se traduce en exhibiciones grotescas de descoordinación. Hace unos días, con el fiasco de la iniciativa de reforma judicial, se exhibió una terrible incomunicación. No abordo el contenido de la propuesta. Lo que me interesa aquí es el desbarajuste en la casa presidencial. El poderosísimo presidente López Obrador no es capaz de poner en sintonía a su propio equipo. El signo más claro de este desorden es el vacío en la primera silla de la administración. Desde hace un año, México vive sin titular de la Secretaría de Gobernación. Como se han encargado de difundir la broma los propios integrantes del equipo presidencial, la encargada de esa oficina cumple funciones decorativas. Una secretaria virtual. Se le puede ver de tarde en tarde en ceremonias públicas. Va al teatro. Pronuncia discursos. Recibe visitantes en el palacio que ocupa. Viaja en representación de su jefe. Pero nada que muestre el cumplimiento de sus atribuciones como coordinadora del gabinete, como garante del estado laico o conductora de una política migratoria respetuosa de los derechos humanos. Lo último que se supo de ella corresponde a su breve paso por el Senado. Desde diciembre del 2018 ha fungido como observadora con cargo.

Penosa, o más bien triste, la labor de la primera mujer a cargo de la secretaría de gobernación. Doña Olga Sánchez Cordero encarna en este gobierno lo que Rosario Castellanos llamaba en un brillante discurso, la “abnegación” de la mujer mexicana. La mujer que se nulifica, que se niega a sí misma.

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13, Ene 2020

Política de reconocimiento

En un artículo publicado en octubre del año pasado, el gran historiador inglés Timothy Garton Ash volvía al absurdo de buscar explicaciones económicas a la crisis política contemporánea. En un pizarrón del equipo de Clinton pudo escribirse hace ya mucho tiempo que era “La economía, estúpido”, pero hoy sería estúpido quien dijera que todo se reduce a lo económico. Alemania es el mejor ejemplo de ello, decía el brillante cronista de las revoluciones de terciopelo. Alemania es uno de los países más ricos del mundo, la gente reconoce, en su mayoría, que su situación económica es desahogada. Y, sin embargo, la extrema derecha crece y crece. Avanza, sobre todo, en el territorio que antes era Alemania del Este. El 75% de los ciudadanos de el territorio excomunista siente que su condición económica es buena o muy buena y al mismo tiempo, el 66% se siente tratado como de segunda. Cuenta Garton Ash que en 2015 la canciller Angela Merkel visitó un pequeño pueblo en el Este donde se habían recibido a cientos de refugiados en una vieja fábrica. La prensa registró lo que dijo entonces un manifestante indignado con la visita de la canciller: “Ella no nos voltea a ver ni con el culo.” Merkel misma viene del Este, pero, a juzgar por esta expresión, no deja de ser vista como parte de la élite que ignora al otro.

La escena se repitió instantáneamente por todo el mundo. Un muchacho de secundaria encuentra al presidente francés. Lo saluda afectuosamente y le dice algo así como. “¿Qué onda, Manu?” El presidente Macron no recibe bien la confiancita. Una inaceptable falta de respeto a la investidura presidencial. De inmediato, el pontífice de la república empezó a aleccionarlo: “Eso no lo puedes hacer. De ninguna manera. No. No. No.” El estudiante empezó a disculparse, pero el presidente lo interrumpió. “Si estás aquí en una ceremonia oficial, debes comportarte. No te puedes hacer el tonto, porque hoy es día de la Marsellesa y de la Resistencia. Así que me llamas Señor Presidente o Señor. ¿Está bien?” Y continuó el rapapolvo: “Y el día que quieras empezar una revolución, primero te pones a estudiar, obtienes un título, ganas lo suficiente para comer. Entonces podrás darle lecciones a los demás.” El joven y brillante presidente francés no toleraba la insolencia de un muchacho. Su petición implícita era directa: inclínate ante tu soberano.

Estas dos anécdotas, tal vez triviales, capturan algo de nuestro tiempo. La desconexión de las élites políticas y la intransigencia de la ciudanía. El repudio intenso que provoca el apartamiento de quien gobierna en nombre de personas que ignora o desprecia. Son dos anécdotas, por cierto, de dos de los dirigentes europeos más consistentes y lúcidos en la escena internacional. Pero en ambos se asoma la insensibilidad, el desprecio, la ceguera. Trasmitir al otro que no es visto ni reconocido por su gobierno. Amonestar a quien tutea. Dos estampas que alimentan la rabia: ser ciego a la experiencia de millones, pretender amaestrar para la servidumbre.

He pensado en estos dos eventos recientes por la persistencia de la popularidad de Andrés Manuel López Obrador. Resulta difícil imaginar que este nuevo empujón de respaldo que la encuesta reciente del Financiero registra se deba a los frutos del gobierno. La violencia no ha cedido ni un ápice. El estancamiento económico es inocultable. Y, sin embargo, el país advierte que su gobierno está cerca. Que es suyo. Lo entiende, y se siente más próximo al gobierno que a cualquiera de las alternativas disponibles. Se trata, a mi juicio, de la adhesión a la política de reconocimiento del gobierno. De manera muy consistente, el presidente pone en práctica esa política. Lo hace todos los días con un abanico de instrumentos simbólicos. Sus encuentros cotidianos con la prensa, sus recorridos a ras de tierra, su ostentosa austeridad. El presidente no deja de dirigirse al país. Le habla en un idioma claro, insiste en un relato sencillo y convincente que nos recuerda una y otra vez de dónde venimos.

Puede haber muchas dudas sobre su capacidad para edificar un nuevo régimen y para lograr los objetivos que ha planteado. Sin duda, en estos meses se han activado muchas alarmas sobre la manera en que diseña e instrumenta la política pública. Sin embargo, no puede ignorarse el éxito de su política de reconocimiento.

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06, Ene 2020

Ingeniería de la demolición

La semana pasada comentaba un libro que captura el aire de los tiempos. Era Cómo perder un país. Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura, el ensayo de la escritora turca Ece Temelkuran sobre los populismos de derecha. Tomaba de ahí la hilarante conversación imaginaria entre Aristóteles y un populista que daba cuenta del imposible diálogo. La zona de racionalidad común vuela por los aires. En el universo populista no es posible la neutralidad. Ninguna. Ni siquiera la lógica puede ser la razón común. Es su lógica contra la nuestra. Sus datos y los nuestros.

Vale adentrarse en el ensayo porque es una aportación valiosa para entender el desafío político de nuestro tiempo. Temelkuran, crítica política y novelista, ha publicado un testimonio personal que es, al mismo tiempo, una denuncia de la quiebra de la democracia en su país y la descripción de un trastorno global. No es el texto de una teórica de la política preocupada por el esclarecimiento de los conceptos, sino el ensayo de una observadora del poder que ha padecido sus abusos. Disparar las alarmas y pensar alternativas. Escrita desde la experiencia y sobre lo inmediato, logra asomarse a un fenómeno mundial. No son las democracias recientes las que corren peligro. Nadie puede decir hoy que el autoritarismo es un vicio del subdesarrollo. Hasta las democracias que considerábamos más arraigadas muestran su fragilidad.

Cuenta la autora que, cuando presentaba en Londres un libro sobre la política turca y la imposición de la dictadura de Erdogan, una mujer muy bien intencionada se levantó para hacerle una pregunta: “¿Qué podemos hacer nosotros por ustedes?” La intervención la desconcertó. Aquella mujer la veía como una víctima de una política que nada tenía que ver con la noble y civilizada política británica. Se imaginaba naturalmente como una fuerza bienhechora que podría acudir al rescate de esos bárbaros que, nuevamente, perdieron el camino. Seguramente pensaba que su país era inmune a la desgracia que asolaba a Turquía. Dígame cómo puede la Gran Bretaña acudir a su auxilio. Ese es el punto fundamental de su argumento: nadie está a salvo. Todos ahogados en la misma locura. La ingeniería de la demolición se extiende por todo el planeta. “Me crean o no, lo que pasó en Turquía va por ustedes. El delirio político es un fenómeno mundial.”

La exilada desde el autogolpe de Erdogan de 2016 identifica los pasos que sigue el populismo de derecha para demoler la democracia. Lo primero es romper con las ataduras del partidismo. Por encima de un partido, el populismo ha de formar un movimiento que exprese al pueblo “real.” Podrá inventar o absorber a un partido, pero el movimiento debe estar siempre por encima de él. El autoritarismo requiere igualmente corroer la racionalidad y eliminar los estorbos institucionales. Los datos son armas de una batalla y deben usarse a conveniencia. A los jueces corresponde tocar la tonada que marca el caudillo. La complejidad del debate público debe suprimirse, como si fuera una trampa de las élites y remplazarse con un relato simple e infantil que sirva para identificar al enemigo y llame a la epopeya del retorno. El código del populismo, dice la periodista, es la desvergüenza. Lo que era inaceptable y aún repulsivo debe convertirse, así, en motivo de orgullo. El maltrato, la humillación, la procacidad y la mentira se transforman en medallas de autenticidad. Y de esa forma, el populismo diseña un ciudadano y un país a su imagen y semejanza.

Esta distopía que borra verdad y lógica, que atropella derechos, elimina frenos y mina el entendimiento no puede comprenderse sin su precedente ideológico. Propone Temelkuran que ubiquemos al populismo (ella siempre se refiere al populismo de derecha) no como enemigo del neoliberalismo sino como su descendiente directo. Lo dijo con mucha claridad en una entrevista con Ricardo Dudda publicada hace poco por Letras Libres: “El neoliberalismo debilitó la parte fundamental de la democracia, que es la justicia social. La democracia sin justicia social es una cáscara vacía: un proceso repetitivo y ceremonioso y nada más. Es natural que la gente haya perdido su fe en las instituciones democráticas.”

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05, Ene 2020

La risa de Arendt

Una mujer se encierra a leer montañas de hojas de estenógrafo. Durante semanas se entrega a una lectura tediosa que interrumpe constantemente con gestos de espanto. También, de pronto, se descubre, riendo. Fuma un cigarro tras otro. Toma notas. Teclea en su máquina de escribir. Es una admirada profesora que desciende de las abstracciones más elevadas de la filosofía occidental para sumergirse en los testimonios del horror. Un expediente judicial consume sus horas. Si hace unas semanas brincaba de Aristóteles a Heidegger y de Cicerón a Wittgenstein ahora va de un interrogatorio a otro. Testimonios desgarradores y palabrería burocrática. Es Hannah Arendt, quien se prepara para escribir un reportaje filosófico sobre el Holocausto. En efecto, eso es su crónica del juicio a Adolf Eichmann: la crónica de un proceso judicial que le permite adentrarse en la naturaleza del mal y en los resortes más profundos del poder.

El ensayo periodístico apareció en las páginas del New Yorker entre febrero y marzo de 1963 y se publicó como libro poco después. Para la intelectualidad judía, que veía en ella al intelectual más admirable, fue una bomba. Se leyó como una traición, como una ofensa. Como una abstrusa exculpación del monstruo y una explícita acusación a las víctimas. El demonio no era tal; las víctimas terminaron, en la confusión del momento, colaborando con sus ejecutores. Y en cuatro palabras, su dardo más filoso y penetrante: “la banalidad del mal”. Después de más de medio siglo, puede decirse que la controversia no se ha apagado. Todavía hoy se escuchan en la prensa, en los círculos académicos, incluso en el cine, ecos de la indignación que esa crónica levantó.

El artículo completo puede leerse aquí.

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