08, Jun 2009

Isaiah Berlin, centenario

Berlin - Pyke 
Fotografía de Steve Pyke

En el más turbulento de los siglos, la vida de Isaiah Berlin fue básicamente apacible. Apenas atisbó el horror siendo muy niño, pero nunca lo sufrió. El historiador vivió entre libros, preocupado por la fecha de una conferencia, angustiado por la entrega de algún manuscrito. Sólo en un breve episodio diplomático se acercó a la política de los vivos. Trabajó en la embajada británica en Washington redactando informes que deleitaban a Winston Churchill. Escribiendo a sus padres, Isaiah daba pistas sobre la fuente de su talento para comprender la madeja política. Soy un chismoso, les contaba. Y mucho más que las teorías que he estudiado durante años, mucho más que la filosofía que he tratado de exponer a mis alumnos, el morbo por la vida de los otros me permite palpar la realidad, intuir el futuro, escuchar las insinuaciones del presente.

Podría decirse que Isaiah Berlin transformó el chisme en método para el estudio de las ideas políticas. No es que le obsesionara la infidencia de recámara, ni que pretendiera demoler estatuas difundiendo el rumor. Lo que movía el lápiz del retratista era el esfuerzo por capturar las telarañas y el contexto de las inteligencias. El clima de la opinión y los laberintos de la conciencia. Se alejó de la filosofía política para entregarse a la historia de las ideas. A pesar de que su ensayo más conocido y más discutido es la exposición que hace de los dos conceptos de libertad, lo más valioso de su trabajo está en otro lado. Su obra florece en el lienzo del retrato mucho más que en el pizarrón de las teorías. Como buen retratista se dibujó en el perfil de otros. Se escondió así en las facciones de Maquiavelo, en la mirada de Montesquieu, en el escepticismo de Herzen, en la blandura de Turgeniev. No es difícil advertir en cada uno de los bocetos la introspección y el asomo confesional.

En varios ensayos, Berlin recurrió a la línea de Arquíloco que contrasta al zorro con el erizo. El zorro sabe muchas cosas; el erizo una sola—pero grande. Berlin, un hombre que no recorrió un itinerario claro, que brincó de un tema a otro reivindicando siempre el pluralismo, escondió un erizo bajo la piel del zorro. Sus muchas ideas eran en realidad, una sola desilusión, es decir, una advertencia: no hay solución sencilla al problema de la convivencia; no hay respuestas armónicas a nuestras preguntas; no hay soluciones integrales a nuestros aprietos. Cuidado con los publicistas del paraíso, nos dice de mil maneras. Nuestro torcido tronco jamás será enderezado definitivamente. Todas sus lecturas desembocan en esa convicción maquiavélica: el bien no es enemigo del mal; el bien combate con otro bien. Los valores no se abrazan fraternalmente; se muerden, rivalizan, compiten. El hombre no rechaza el mal para abrazar el bien, como nos dicen en sermones y otros cuentos de hadas. La vida lo obliga con frecuencia a optar por el mal menor; a sacrificar un valor para defender otro. Hay por eso un dolor en el liberalismo berliniano: toda opción hiere: “estamos condenados a elegir y cada elección supone una pérdida irreparable.”

Berlin se ha convertido en una especie de santón liberal. Porque era liberal era escéptico del dogmatismo de mercado tanto como lo era del libreto marxista. Se sintió siempre un liberal de izquierda, un admirador de Roosevelt que sabía bien que la libertad no puede abrirse camino bajo la ignorancia y la pobreza. Le fascinaban los enemigos del liberalismo. Leer a los aliados le resultaba aburrido. Por el contrario, adentrarse en el pensamiento de nuestros críticos, pone a prueba nuestras ideas. Fue, quizá, el liberal que mejor entendió los huecos del liberalismo. Valoraba como pocos, el atractivo del romanticismo y el humano apetito de pertenencia que los ortodoxos del individualismo jamás han entendido. Berlin sabía que el hombre, además de comida, necesita casa. No un mero refugio contra el frío y la lluvia. El hombre necesita sentirse en casa, con los suyos.

También habrá que decir que no tuvo acero de combatiente. Fue un intelectual blando, un indeciso. Tal vez la inseguridad, tal vez la vanidad contuvo al polemista que pudo haber sido. El brujo de la conversación, el prodigioso conferencista esperaba con excesiva atención la sonrisa de su interlocutor en una fiesta, la respuesta de su auditorio en la cátedra. El peleador que Berlin no fue quedará sin embargo, como uno de los grandes defensores de la hospitalidad liberal en un tiempo de fanáticos.

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2 Comentarios

  1. Carlos Antonio dice:

    Si bien a ti las razones de los anulacionistas te parecen poco convincentes, por tu parte no nos has respondido a los anulacionistas una pregunta elemental: ¿por qué votar por algún partido, si pensamos que ninguno de ellos merece nuestro voto? Entiendo que el sistema de elecciones no está diseñado para recoger el malestar de los que asistirán a las casillas a anular su voto, razón por la cual se minimiza la efectividad de esta acción. Me pregunto si la clase política se da cuenta que se está iniciando un movimiento que tiene por objeto poner a la mayoría de sus miembros en el bote de la basura.

  2. La dicotomía entre libertad positiva y negativa es un producto de la guerra fria: o aceptas la libertad negativa del individualismo capitalista o aceptas la libertad positiva del colectivismo socialista. Hoy sabemos que la dicotomía es falsa.

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