06, Feb 2013

9 de febrero

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En unos días se cumplirán cien años de aquel 9 de febrero que marcó la vida de Alfonso Reyes. La fecha terrible, inmensamente dolorosa de su parto moral, de su verdadero nacimiento intelectual. No el día en que vio la luz en Monterrey, sino el día que contempló la muerte de su padre. “Lloro, escribe en la Oración, por la injusticia con que se anuló a sí propia aquella noble vida; sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo” Ese confuso error en la mecánica moral del universo lanzó a Reyes a un planeta propio, a un territorio que fue solo suyo, solitario, incomprendido… y ejemplar. Fue la tragedia del cuerpo ensangrentado de su padre lo que marcó el compromiso excéntrico con su patria, su idea de la cultura como salvación, su fe en la civilización como esperanza de convivir. Un sentido del deber que no se subordina a la pedestre exigencia de la política, sino que se planta afuera, antes de ella: en el deber de volver hospitalaria la tierra nuestra, tan agreste y tan hostil.

Alfonso Reyes llora en la Oración la torre que se vino abajo, esa “preciosa arquitectura” de su padre, pero en el lamento del hombre maduro que confiesa el tormento de la orfandad se revelan las piedras de su propia constitución física, de su talante moral. El escritor nació con esa muerte y habría de escribir siempre desde esa muerte. Nada de lo que escribió, aún sus párrafos más sonrientes, pudo apartarse de aquel dolor. ”Aquí morí yo y volví a nacer, y el que quiera saber quién soy que lo pregunte a los hados de febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día.” El milagro que fue Alfonso Reyes está ahí, en la transmutación de la amargura en cordialidad; en la transformación del dolor en dulzura. “Cuando la ametralladora acabó de vaciar su entraña, entre el montón de hombres y de caballos, a media plaza y frente a la puerta de Palacio, en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto. Una ancha, generosa sonrisa se había quedado viva en el rostro: la última yerba que no pisó el caballo de Atila; la espiga solitaria, oh Heine que se le olvidó al segador.” Así concluye Alfonso Reyes el conmovedor recuerdo de la caída: imaginando en los labios de su padre agonizante, una sonrisa.

A ese día regresa también Alfonso Reyes en una carta a Martín Luis Guzmán en la que defiende la dignidad de su trabajo diplomático. Para el novelista era inexplicable que el escritor colaborara con el régimen. Como dedicatoria a La sombra del caudillo, escribió: “Para mi querido Alfonso Reyes, cuyo nombre—de claros destellos—no merece figurar en el escalafon del bandidaje político que encabeza el traidor y asesino Plutarco Elías Calles.” Reyes no calló al recibir el libro, tampoco ignoró la invectiva. Le respondió para explicarse, nuevamente, bajo la clave del 9 de febrero. “Aquello fue mucho dolor,” le dice recordando el día. Quedé mutilado, poseído desde entonces de un escepticismo frente a todo lo que viene de la política. Si ése es el reino de la simplificación y de la discordia, del combate y del desprecio, Reyes habría de mudarse a otro territorio. Su ‘política’ era la antigua, la de los griegos, esa que describía la convivencia, no el imperio. La política hoy, la del dominio, traía a su conciencia la imagen de un hombre cayendo del caballo, acribillado por una ametralladora.

Habría querido plantar mi sello en la política, le confiesa con honestidad. Ser leal a mi apellido y conquistar un poder para transformar a México. Modelar la historia un poco a mi modo. Pero no puedo: no tengo idea de rescate ni de venganza. Odio al odio, dice  el huérfano, tocando la herida. Me repugna la idea de esclavizarme al rencor. Y tal vez, desde mis libros, desde mi trabjo diplomático, le escribe Reyes a Guzmán, puedo servir a la Idea Mexicana, “platónicamente emancipada de todo accidente presidencial o político.” Aquel amargo día salvó a Reyes de esos accidentes miserables.

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4 Comentarios

  1. omar martinez dice:

    El eterno Don alfonso

  2. FMGARZAM dice:

    Eterno: Don Bernardo
    Imagino hubiera dicho su biógrafo Artemio Benavides H. (Los Herreras, N.L. 1933-2012 Monterrey)

  3. FMGARZAM dice:

    ¡Nada que hacer! Algo así interpreto el gesto de Alfonsito.
    Como ¡ya mejor me rindo! Algo similar a lo que hizo otro grande de México, uno que no era J.L.M. Mora, pero era Lucas Alamán. En el momento que la inútil caricatura de gobierno mexicano es finalmente derrotado y su capital tomada por los gringos, el señor se encierra y mejor se pone a escribir.
    México se venía abajo entonces y en 1913—y quizá no se ha levantado.

  4. FMGARZAM dice:

    ¡pos la razita no da pa más!

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