01, May 2012

Havel: el contagio de la verdad

HavelAl enterarse en la cárcel de la muerte de John Lennon, Václav Havel le escribió a su esposa Olga. Sólo a ella le era permitido escribirle. Para el escritor checo, la muerte del músico iba más allá del famoso muerto: era el símbolo de una tragedia histórica. Es la muerte del siglo, le dice. Un crimen tan absurdo no podía más que descifrarse como símbolo. Un disparo del cinismo de los ochenta al idealismo de los sesenta. El asesinato en Nueva York lo habrá transportado de inmediato a la rebelión por la música que lo llevó a oponerse a un régimen que no toleraba el rock. Defendiendo a la Gente Plástica del Universo, una banda psicodélica, seguidora de Frank Zappa y Velvet Underground, Havel se convirtió en disidente. En 1976 los integrantes del grupo fueron arrestados por agitación antigubernamental. De ahí surgió la Carta 77, la denuncia más severa del régimen comunista porque pedía respeto a la constitución. La ley de Checoslovaquia fundaba el derecho a la libre expresión y los tratados internacionales ratificaban un compromiso con los derechos humanos. La sediciosa petición de acatar las reglas.

Los firmantes de la Carta se describían como una comunidad abierta, autónoma e informal. Advertían que no constituían una organización política y que no se oponían al régimen. Su denuncia se amparaba en la ley para conminar al régimen a cumplir con sus propias normas. Los denunciantes no eran ingenuos; sabían bien que exigir el cumplimiento de la ley era un acto de insumisión. El gobierno no tardó en reaccionar ante un manifiesto que describió como antisocialista, antiestatal, y demagógico. Los firmantes eran, por supuesto, renegados y traidores. La aparente inocencia del reclamo no escondía su radicalismo: era el brote de una organización autónoma: la subversión de una sociedad que se emancipa. El gran historiador inglés Timothy Garton Ash recuerda la firma de aquella carta como el primer crujido en la losa de hielo que aplastaba a una sociedad.

En aquella carta motivada por la muerte de Lennon, Havel se sorprendía del descrédito de los ideales de los sesenta. Más bien, del descrédito de los ideales. “A pesar de que es una historia de represión, asesinatos, estupideces, guerras y violencia fue, al mismo tiempo, una historia de sueños magníficos, anhelos e ideales.” Lennon no era sólo un símbolo para el prisionero del Este, era emblema de un oxígeno que también le hacía falta a las democracias liberales. Havel estaba convencido desde entonces que el totalitarismo comunista era sólo una de las caras de la crisis moral de Occidente; la otra era el consumismo del capitalismo industrial. La denuncia de Havel tenía como destinario inmediato al régimen comunista pero no se detenía ahí. El disidente criticaba la política convertida en tecnología. Unos años antes de firmar aquel peligroso manifiesto, había hecho pública una carta a Gustáv Husák, el Secretario General del Partido Comunista de Checoslovaquia. No lo cuestionaba porque faltara pasta de dientes en las tiendas o porque hubiera colas largas para comprar el pan. Su cuestionamiento era moral. Más allá de las penurias económicas, Havel describía al al régimen como una máquina espiritualmente degradante. El régimen gobierna a través del miedo y se empeña en convertir a los ciudadanos en cómplices. Un monstruoso ecosistema conduce a la maestra a enseñarle a sus alumnos cosas en las que no cree; temiendo por su futuro, el alumno las repite sin creer en ellas; por temor a no poder escalar en su trabajo, el empleado continúa mintiendo. Vivir en la mentira.

El miedo del que habla Havel en su carta a Husék no es el de las películas de terror: un temblor en las piernas ante el latigazo inminente. El miedo del régimen se vive en lo profundo: no es el temor de sufrir tortura sino el de ser aplastado por un poder imbatible que lo controla todo. El totalitarismo aparece así como una telaraña invisible hecha de mil líneas de poder que se entretejen. Todos actúan bajo el pegajoso imperio de la intimidación y el soborno. Como moscas atrapadas en la red, todos sabemos que en cualquier momento la araña podrá tragarnos. Nadie puede moverse con naturalidad, sin miedo, con confianza. Arrastrándonos sobre el viscoso pegamento de la telaraña, vivimos una simulación permanente.[3] La telaraña, por supuesto, también ofrece dulces. Quienes estén dispuestos a humillarse, quienes, sin remordimiento, entreguen al vecino a la tarántula recibirán recompensas. Código de hipocresía: todos somos públicamente sobornados por el régimen: si colaboras recibirás ventajas y privilegios. El costo es menor: solamente tienes que silenciar tu consciencia y anular tu ánimo de verdad. Si callas y haces lo correcto, el régimen te abrirá las puertas.

El resultado, observa Havel, es la simulación cotidiana, la indiferencia por la suerte de los otros, la apatía, el desánimo, la pasividad. A la nueva opresión, Havel la llama automatismo, un régimen muy parecido a la pesadilla democrática de Tocqueville: una sociedad bovina, desquiciada en lo cívico, arruinada en lo moral, una sociedad cobarde, mediocre y aburrida. La crítica que Havel dirige al Partido Comunista checoslovaco en abril de 1975 no es muy distinta de la que se hace, desde muchos ángulos, al conformismo burgués en las democracias capitalistas. Vaciamiento de sentido colectivo, refugio en lo íntimo, pérdida de lazos comunitarios, desolación espiritual, dejadez. Sin esperanza, la vida se comprime en la subsistencia biológica. La gran diferencia del argumento que articula Havel en Praga es el sitio de la ideología oficial y la presencia del miedo. El peligro ahí es el entierro de la historia bajo el asfalto del dogma.

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Un comentario

  1. que articula Havel en Praga es el sitio de la ideología oficial y la presencia

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