04, Oct 2012

Morin. Prosa para la poesía

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Cuando Edgar Morin empezó a concebir la
idea de sus memorias bordó una fórmula del deslinde para el título: No soy uno de ustedes, imaginó en la
carátula de su autobiografía. Quería arrancarse las etiquetas y distanciarse de
la nomenklatura intelectual a la que pretendían integrarlo. Buscaba sacudirse
el yeso con el que empezaban a moldearlo como notable. Veinte años después,
soltó aquel nombre. Ya no sentía la necesidad de definirse en oposición. Lo que
buscaba en su libro, lo que había buscado durante toda su vida era comprender,
comprenderse, y para ello no necesitaba distanciarse de nadie. Introspección:
busca de sus demonios.

Hace unos meses, a los noventa años de
edad, publicó un libro que ha vendido cientos de miles de ejemplares en
Francia. El título no es modesto: La vía
para el futuro de la humanidad.
Se trata de un libro que contiene toda una
vida. Están ahì su infancia y su adolescencia, el dolor por la muerte de su madre,
los años de la ocupación nazi, su curiosidad infinita, sus lecturas, el
compendio de cada uno de sus libros, sus obsesiones, sus contradicciones
vertebrales. Un testamento sabio y adolescente, iluso y puntual escrito frente
al abismo y la esperanza. En la segunda década del milenio, al tiempo que se
anuncia una nueva edad de hielo, todo puede comenzar otra vez.

Edgar Morin ha
estado animado por lo que el tao llama “espíritu del valle”: una llanura donde
se vierten todas las aguas. Ésa ha sido, según él mismo, su singularidad: alojamiento
de mil afluentes. Una cabeza deshinibida, absolutamente libre. Una curiosidad
omnívora con voluntad de unirlo todo, de hallar el parentesco de las ideas y
las cosas; situar la verdad en la infinita red de significados; palpar el pulso
de las contradicciones; descubrir, como teólogo, origen y sentido del mundo. Su
vida ha sido siempre una lucha contra la ceguera de lo parcelario. El
testimonio de que se puede ser culto hoy, como lo fueron sus parientese electivos
Goethe, Marx, Freud, Koestler, Popper, Paz, Eco o Castoriadis. Morin no ha
escrito una sino varias enciclopedias. Se encontrarán en ellas capítulos sobre
las bacterias y las galaxias, sobre el mito y las ciencias, sobre el planeta y
sus provincias. Manifiestos y confesiones; apuntes sobre la muerte, el cine, el
amor, la escuela.

Sus ensayos no son una cátedra seca. En
todo lo que Morin escribe aparece Morin, el pensador que se interroga a sí
mismo, que busca en el mundo y en su propia vida las claves para entender, para
entenderse. En el segundo volumen de El
método,
esa obra monumental, esa ciudad que pretende hospedar los
fundamentos de un nuevo pensamiento humano, apuntó con razón: “No escribo desde
una torre que me sustrae a la vida son en el interior de un torbellino que me
implica en mi vida y en la vida.”

El artículo completo, en nexos de este mes
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