05, Oct 2010

Melancolía socialdemócrata

Judt El 19 de octubre del año pasado Tony Judt apareció en un auditorio de la Universidad de Nueva York. Vestido de negro, iba amarrado a una silla de ruedas y llevaba un tubo conectado a la nariz. Después del elogio de las presentaciones, el historiador tomó la palabra y disparó al elefante que se había sentado a la mitad del salón. Todos se estarán haciendo preguntas en este momento sobre mi condición, advirtió. Me observan instalado en esta jaula con ruedas y con una ridícula cañería pegada a la nariz. Señores: ante ustedes, la auténtica “cabeza parlante.” Les aseguro que no brincaré sobre las butacas, no recurriré a un exuberante lenguaje corporal, ni haré aspavientos con las manos. Observan la auténtica cabeza parlante. Esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad asociada al nombre de Lou Gherig, era la culpable de su postración. Se trata, al parecer, de una de las más crueles perturbaciones del sistema motor. Quien la padece va perdiendo progresivamente el control de los músculos. No es una enfermedad dolorosa ni implica una pérdida de sensibilidad. El cuerpo, poco a poco, se va colgando de los huesos. El efecto, decía Judt, es que uno puede contemplar el catastrófico avance de su propio deterioro. 

Le habían sugerido que la conferencia abordara su condición; que hablara de su enfermedad y de la manera en que la sobrellevaba. Sería edificante escuchar un testimonio de valor y dignidad, le aconsejaban. Judt contestó de inmediato: “soy inglés. Nosotros no hacemos cosas edificantes.” En realidad, sí abordó la pesadilla de su condición. No fue en aquella conferencia, sino en una serie de artículos dictados con los últimos músculos que lograba controlar. En esos apuntes escribió cómo su cárcel orgánica se iba angostando a diario y la forma en que su cuerpo se iba insubordinando a sus instrucciones. Primero un dedo se rebela, desacatando la orden superior. Después se insubordina el brazo. Finalmente, todas las extremidades se vuelven colguijos inertes. Los músculos se van atrofiando lentamente hasta hacer depender la actividad de los pulmones de la intervención de respiradores externos. “Su prisión progresiva y sin fianza” terminó el 6 de agosto pasado. 

La parálisis dejó al hombre en incapacidad para lidiar con lo ordinario. Desde luego, Judt no podía, al final de sus días, vestirse ni alimentarse solo. Tampoco podía rascarse cuando sentía comezón, no podía limpiarse la boca si quedaba un poco de comida en sus labios, ni acomodarse los anteojos, ni ahuyentar una mosca fastidiosa. Por eso dependía de la bondad de los demás. Sólo la ayuda de otros le permitía mover las piernas, cambiar la posición de sus brazos, estirarse. Una impotencia desoladora, una dependencia humillante. El cuerpo no está hecho para ser bulto.
Pero queda vida (y es humana) cuando se está en condiciones de conversar. Puede soportarse el sufrimiento si encuentra el consuelo de la comunicación. Lo decía Judt en sus últimos días: vivo porque todavía puedo hablar. Y aprovechó al máximo sus horas finales para aferrarse a la conversación, es decir, la vida. 

Desde joven, Tony Judt fue un “viejo historiador.” David A. Bell lo dice así porque no rehuía las preguntas importantes, porque no temía la evaluación moral, porque escribía bien. En efecto, Judt fue un elocuente narrador que abordó grandes temas y asumió el compromiso de la primera persona del singular.
Sus primeros estudios se dedicaron a la historia del socialismo francés: sus bases agrarias y su presencia en las fábricas pero también sus debates, sus confusiones y su miopía. Como advirtió Timothy Garton Ash, Judt fue un crítico muy severo de los grandes intelectuales franceses pero compartía con ellos la convicción de que las ideas valen. Al mismo tiempo, sabía que los procesos duros, importan. Registró aquel comentario de Hobsbawm sobre el ensayo de la revolución de Hannah Arendt, desinteresada en los hechos a tal punto que prefería sus inventos metafísicos a la realidad. En Judt aparecen las ideas y los hechos. “Como historiador, dice Garton Ash, uno de sus principales logros fue el haber podido integrar la historia intelectual y política de la Europa del siglo XX.” Sus libros sobre los intelectuales franceses enfatizaron la conexión entre idea y acto político. Judt sentía fascinación por ese bicho del siglo XX que prefirió cerrar los ojos que quedar del lado equivocado. Admiró por ello a quienes resistieron la tentación: a Raymond Aron, a Albert Camus, a Lezsek Kolakowski: tres inteligencias insumisas. El hombre que perdió la vida con el cuerpo como prisión, estuvo atraído desde muy pronto por un fenómeno paralelo: la política como cárcel del pensamiento: esclerosis ideológica. Antes del reto de abordar la complejidad, el intelectual ha de vencer las trampas de la lealtad. La esclavitud intelectual, dice con Milosz, es “el miedo de pensar por uno mismo.”

El artículo completo puede leerse acá.

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